Notas de la historia: Este capítulo especial pertenece a la serie «Te prometo» No es una continuación, sino un «qué hubiera pasado si Bill se queda solo con el bebé»

(One-Shot de Xim_Alien)
«Lo que hubiera sido de nosotros»
Las tres de la mañana y no he podido dormir a causa del llanto del bebé. Tom había insistido en que podíamos con él estando juntos, y también estoy consciente de que no lo quería, pero cedí porque, al final, es de Tom. Así que aquí estoy, con un bebé que ni siquiera puedo voltear a ver porque, de algún modo, me hace sentir de una forma que me da vergüenza aceptar o siquiera pensar que salió de mí, lo tuve yo. Es mío y no hay manera de deshacerme de él ahora. Aunque si pudiera, tampoco él me lo perdonaría.
Las dos primeras noches, Tom se hizo cargo de él en todo sentido, sin embargo, esta noche no está, dijo que su madre se había enfermado y tenía que ir a verla y, claramente, yo tenía que quedarme con el bebé, el cual sigue llorando y yo no puedo levantarme de la cama, así que continué escuchando su llanto constante en la habitación de junto. De repente, dejé de escucharlo y sentí una calma embriagante. Me dormí.
Cuando desperté, me di cuenta que había dormido como en nueve meses no había podido hacerlo, fue increíble, mi cuerpo se sentía liviano, recuperado de una enfermedad que no sabía que tenía. Cada una de mis extremidades parecían no tener peso, no me dolía el cuello, y no me dolía nada más. Instantáneamente recordé la situación por la que había tenido malestares en cada zona de mi cuerpo, me levanté de la cama y fui al baño, mojé mi cara y aproveché al no escuchar ni un ruido para hacer mis necesidades. Luego de eso sí fui hasta la habitación donde él duerme, aún no me acostumbraba a la idea de que tenía que llamarlo por su nombre. Robert, ese nombre lo decidió Tom en honor a mi papá, lo odié, no quería que ese bebé tuviera el nombre de mi padre, no lo soporté y le pedí perdón hasta el cielo, porque Tom no se daba cuenta de lo que acababa de hacer, le había puesto el nombre de nuestro héroe, a lo que yo había engendrado, yo, un hombre.
Entendí perfectamente que papá pudiera sentirse de cualquier forma menos honrado, pero sí molesto, avergonzado, incluso asqueado por tener un hijo como yo todavía en la tierra.
Entré a la habitación preguntándome por qué tenía que hacer esto si es algo que ni siquiera pedí y mucho menos quería. Aún así entré hasta la cuna que Tom compró emocionado. Y lo que vi me dejó sin expresión, y es que no pude hablar, gritar, chillar, ni siquiera pensar en qué debía hacer. El bebé estaba ahí, sin moverse, sin color, blanco y casi azul, no me moví.
De repente estaba yo en la habitación, viéndolo, viéndome, petrificado y sin poder pensar en nada que no fuera un alivio porque jamás iba a volver a escucharlo en mi vida. Entonces sonreí.
Estaba muerto.
Me senté en la silla que también compró Tom, dijo que la usaría para cuando llegara del trabajo y sentarse con él en el regazo, que le contaría todos los cuentos del mundo porque, eso quería de su propia madre, porque lo consiguió de la mía. Ahora esa silla ya no tenía ningún uso a futuro. Pensé en lo que debía hacer, sostener ese cuerpo y llevarlo a un hospital, me dirían que no fue mi culpa, que se llama “muerte de cuna”, luego recordé que soy un hombre y que claramente no pasaría por “su madre”; pensé que podía bailar y cantar, total, tenía el tiempo y la vitalidad que diez horas de sueño me dieron, podría hacer el quehacer total de la casa si se me viniera en gana; y por último, pensé en llamar a Tom.
Estaría muerto.
Si llamaba a Tom significaba que tenía que llorar, llorar y lamentarme porque jamás volvería a escuchar ese llanto molesto. Si quería hablarle, necesitaba llorar.
Solo pude sonreír.
Entonces llegó, desde que abrió la maldita puerta, preguntó por él, no había ni un saludo para mí, lo odié nuevamente. Y sonreí triunfal porque ya estaba muerto.
—¿Cómo está? —preguntó entrando a la habitación, yo me quedé en el mismo lugar donde me quedé desde que lo encontré, sentado en la silla especial de Tom. No me había duchado, no me había cambiado, seguía con la bata y con mi cabello largo y enredado por la almohada. Si habían pasado días no me había enterado, incluso semanas, tal vez y solo pasaron horas, lo que sí entendí fue que él estaba más preocupado por su propia reacción, es decir, me habló un par de veces, y no fue para decirme algo bonito, no. Insistió en gritarme y preguntarme qué había pasado, no pude decir nada.
—Bill, por dios… ¿Qué pasó? ¡Dime algo, maldita sea!… Oh por Dios. ¿Por qué? ¿Por qué, Dios mío?
Lo vi sostenerlo, buscando algo que no supe qué era hasta que lo encontró y cuando habló, sé que se desgarró por completo.
—Mi bebé, ¡mi bebé está muerto! —gritó en la bocina.
Lo escuché dando nuestra dirección, lo escuché regresando a la calma y luego, tan solo después de caer al suelo con ese cadáver en los brazos, se dirigió a mí sin mirarme.
—Esto era lo que querías —no contesté, pero tenía razón y sonreí—, no querías al bebé, y es mi culpa por dejarte solo con él. ¿Cómo pudiste?… ¿Cómo pudiste hacerlo?
Entonces me miró, desde el suelo, trágico y melodramático, pidiendo, no, exigiéndome una explicación. En mi mente solo estaba un Bill orgulloso de que todo acabara sin haber hecho nada.
—Deja de verme así —contesté al fin—. Yo no hice nada, pero no vas a creerme.
—No, sí te creo. No hiciste nada, absolutamente nada. ¿Desde cuándo está así? ¿Desde que me fui? ¿La primera noche? Tres días, Bill. ¡Tres malditos días y no pudiste hacer nada!
—¡Yo no quería tenerlo!
—¡Yo no te obligué a que lo tuvieras!
Sonreí porque no, no me obligó.
—Tienes razón, no, no me obligaste. Solo usaste el chantaje como método de persuasión, usaste a mi mejor amiga para que lo reforzara y lo conseguiste, pues aquí estamos. Yo no lo quería, perdón. Perdón por no sentirme una mierda como tú, perdón por haberlo dejado llorar hasta que se ahogó, perdón por ser un puto desalmado que solo quiere follar ahora porque tenemos todo el puto tiempo del mundo y no hay nadie que pueda interrumpirnos. Perdón por no cumplir con tu fantasía de “una familia feliz”. Es mejor que me vaya.
—¿A dónde vas a ir si no tienes a nadie?
—Touché. Tú mismo lo has dicho, soy tan atractivo que encontraré a alguien que me quiera recoger.
Me levanté de la silla, dejé caer la bata y me sentí aún más melodramático que él. Sonreí.
—Vete al diablo —dijo.
—Ya estoy con él.
En mi mente, ya lo estaba. Un bebé muerto, el amor de mi vida, ambos estaban en la misma habitación, y yo no sentía nada más que puro alivio. Tomé ropa, me vestí, me peiné y salí de la casa sin nada más.
Caminé unas calles, llegué a un bar pero no hizo falta que entrara para ver a un chico, me excité en cuanto lo ví, estaba tomando una cerveza, con aspecto chulo y varonil, su barba me invitó a quedarme frente a él y esperar a ver cuál era su reacción. Sus amigos también me vieron, no me llamaron la atención.
—¿Buscas a alguien? —preguntó con voz rasposa, me gustó.
—¿Qué tal a ti?
Entonces cambió de pose, alargó una mano y yo la tomé, me jaló hacía él y olió mi cabello, mi cuello, entonces lamió la línea de mi quijada y besó mis labios.
—¿Cómo te llamas?
—¿Cómo quieres que me llame?
Era una pregunta tonta y sacada del cine, pero no quería escuchar mi nombre pronunciado por otra boca que no fuera por la de Tom, aunque ahora estuviera deseando mi propia muerte.
—Eres un juguetito precioso.
—¿Quieres jugar conmigo?
—Tengo mi propio juguete. Me encanta —dijo y siguió besando mi cuello.
—Tus amigos pueden vernos jugar si quieren, están muy entretenidos —me dejó para correrlos y los otros se fueron sin rechistar.
—¿Quieres ir a algún lugar en especial? —preguntó sin dejar de tocar mi cintura y sin dejar de besar mis boca. Su lengua sabía bien, y me encantó sentir su barba, no podía y no quería apartarme.
—¿Y si te digo que aquí y ahora?
—¿Tienes prisa?
—Nadie me ha tocado desde hace mucho, tengo sed, es todo.
—Uf, entonces estás… Aquí hay un callejón, ¿qué te parece?
—Perfecto.
No me preguntó nada más, me siguió comiendo la boca, me acorraló a la pared en cuanto dimos la vuelta y me tomó, abrió mis pantalones y los bajó lo suficiente para tocarme, su parte favorita fue mi cintura, mi cuello y mi boca, cuando se cansó me dio la vuelta, me hizo mojar sus dedos con mi saliva y los introdujo poco a poco. Luego de unos minutos estar jugando así, introdujo su miembro, de igual manera poco a poco, pero dolía, tomé su longitud con una de mis manos, lo sentí grueso y apenas con la punta queriendo romperme. Chillé.
—Está muy gruesa. Me duele.
—¿No te habían metido una así?
—No, la de mi novio es un poco más delgada.
—¿Tienes novio?
—No, ya no.
—Entonces vamos a enseñarle que sí puede caber una más gruesa en este agujerito, y que es mejor para ti. Te alimentaré con toda la lechita que pueda darte.
—Solo no la metas tan…
Y como si le hubiera dicho lo contrario, metió toda su carne en mi cuerpo. Se quedó ahí, estático un momento, lastimándome porque no se movía, pero de repente sí lo hizo, se movió y mis lágrimas salieron sin querer detenerse.
—¿Todavía quieres que mis amigos nos vean? —preguntó cuando el dolor se convirtió en placer, y cuando mis lágrimas salían en menor cantidad que mi saliva.
—Sí.
—¿Les darás oportunidad a ellos?
—Oh, sí —chillé sintiendo mi propio orgasmo venir porque había soltado su leche en mi interior.
Cuando volteé fue como ver a tres perros hambrientos porque alguien agitó carne enfrente de ellos.
—Sírvanse.
Me quedé aún contra la pared, sonreí cuando ví a dos chicos con menor complexión que el primero, pero con sus miembros fuera, empalmados, masturbándose y sacando chorros de presemen. Elegí a uno sonriéndole. El tercero aguardaba con calma.
No duró mucho, ni siquiera la tenía gruesa, entró, soltó lo que tenía que soltar y salió de mi cuerpo. El segundo tuvo imaginación, pero no me gustó, hizo que se la chupara y soltó sus restos en mi cara, lamí su punta cuando acabó, pero no me hizo correrme. El tercer amigo siguió aguardando. No entendí.
—¿Y tú? —pregunté.
—Estás roto.
—¿Eres un puto psicólogo o qué?
—Sí, de hecho. Mira, no te conozco, pero…
—Exactamente, no me conoces, y tal vez no nos volvamos a encontrar nunca en ningún otro sitio en ningún otro momento, así que haz lo quieras, cógeme o te la chupo, pero hazme algo.
—Si es lo quieres.
Era un par de centímetros más larga y un poco más gruesa que la de Tom, me sentí bien, era un dolor soportable y en un momento, todo lo que me provocaba era placer, placer absoluto y no hice otra cosa más que chillar, gemir, sudar y pedir más hasta que se corrió en mi interior. Agradecí cada gota, estaba caliente y no quería que me soltara. Quedé agotado, me dejé caer en el suelo sucio, de rodillas, pidiendo y suplicando que me dejara chuparla. En lugar de eso me ayudó a levantarme, me llevó al otro lado de la calle y me invitó a subir a su auto.
—¿Te llevo a mi departamento?
—Solo quiero más sexo.
Arrancó a no sé dónde.
—Eres muy bonito.
—Y una mierda.
—No te gusta escucharlo. Bueno, eres tan follable. ¿Por qué huiste de tu novio? ¿Abusa de ti?
—¿Tú lo harías?
—Si te tuviera conmigo no me despegaría de ti.
No quería que siguiera hablando, por lo que sonreí y bajé hasta la altura de su miembro, lo saqué de sus pantalones y comencé a chuparlo, oí sus ruidos de placer y no me importó hacer más ruido con mi saliva y mi lengua.
—Mierda —exclamó y seguí, continuó manejando y no me detuve hasta que frenó de repente. No pudo hablar porque tuvo que disparar en el interior de mi boca—. Tu novio es un idiota.
—Cállate, no sabes qué pasó.
—Sí, tienes razón. Ahora ven, tengo tantas ideas conmigo adentro de ti.
—Dímelas.
—Mejor te lo muestro.
—Entonces vamos.
No supe si en verdad era psicólogo, pero su departamento parecía el reflejo de un trauma escondido. Aunque quién era yo para juzgar a alguien que acababa de conocer
—Siéntate, ponte cómodo. Te traeré un trago.
Entré y él fue directamente al otro lado, mientras yo le echaba un vistazo a todo el complejo, escuchaba el choque del vidrio con el hielo.
—¿Qué quieres? Tengo whisky, vodka, tequila y cerveza.
—Vodka, por favor.
—Vodka —repitió—. ¿Y? ¿A qué te dedicas?
Llegó al sofá y se sentó a mi lado, no podía dejar de ver el librero en la pared, los títulos no solo estaban acomodados en orden alfabético, sino que cada repisa estaba acompañada con una figura de colección de Star Wars, cosa que me dio un repelús interesante.
—No me mal entiendas, pero mañana ya no estaré aquí.
—Ah, claro, sí. No, solo quería sacar una plática.
—Bueno, pues no trates más. Mejor empieza a enseñarme qué harás conmigo.
—Tu impaciencia me…
—¿Te molesta? —interrumpí.
—Iba a decir que me prende.
Bebí lo que restaba de vodka y dejé el vaso en la mesita de centro, me subí a horcajadas encima de él, acaricié su barba, vi sus ojos y me gustó lo que vi, un océano en ellos, su piel era la arena y sus manos la brisa de la playa. Me quitó la playera, yo besé su boca.
—¿No te molesta que me hayan fallado tus amigos? —pregunté cuando sentí sus manos en mis nalgas, aprovechó para abrirlas tanto como mi pantalón lo dejó hacerlo.
—No, lo disfruté, Leo fue el primero, odié su trabajo, casi te rompe. No tiene cuidado.
No respondí, más bien me bajé para quitarme todo y volví a mi posición, fue entonces cuando metió dos dedos luego de dármelos para mojarlos con mi saliva.
—¿Por qué estás aquí?
—¿Preguntas que por qué tengo sexo contigo?
—Como sea, el final es el mismo.
—No quiero hablar, quiero coger. ¿Te resulta difícil?
—Me resulta agobiante no saber nada de ti, que hayas aparecido y…
Lo callé, dejé que mi lengua tomara el control de cada sonido hecho por su boca, y él se detuvo, volvió a gemir cuando me introduje su miembro con una de mis manos. Di brincos encima de él, me sostuve de sus hombros y luego de un momento, luego de que la fricción se hiciera más y más placentera, estallé en su abdomen y él dentro de mí.
Los dos terminamos agotados, él echó su cabeza para atrás y vi cómo cerró los ojos para no volver a abrirlos; yo en cambio, me levanté del sofá y entré a la ducha.
Por fin lloré
Había tenido sexo con cuatro hombres diferentes en la misma noche, había peleado con Tom como nunca antes, dejé que el bebé muriera, y por último, ese era el único hecho que no me importaba.
Salí de aquél departamento sin ningún lugar a cuál ir, me di cuenta entonces que no llevaba móvil ni nada, y entonces pensé en ir al hospital. Caminé por la carretera, levanté el pulgar a cualquier auto que pasara, todos pasaban de largo, hasta que un tráiler se detuvo.
—Necesito ir al hospital —dije.
—Sube, te puedo dejar a una calle —dijo el hombre de tal vez cuarenta años.
—Bien, gracias. Se lo agradezco.
—¿A quién verás? ¿A tu novia?
—Sí —mentí, no era un buen momento para dar explicaciones, tampoco quería poner a prueba la sociedad y sus prejuicios.
—Vamos allá.
Pasó un gran rato contándome de su familia, cosa que en realidad no me importaba para nada, lo único en lo que pensaba era en llegar al hospital y que Tom estuviera menos enojado conmigo. Aunque… tampoco estaría menos enojado conmigo mismo, acababa de engañarlo con cuatro hombres.
Sonreí.
Me odié por sonreír.
Traté de no sonreír más, pero se formó en mi mente ese momento en el callejón, cuando ese tal Leo dejó toda su carne dentro de mí, me sentí mal al principio y luego, supe que estaba portándome mal, mi primera vez siendo infiel, mi primera vez dejando ser quien soy a un lado por un poco de placer, el placer que no había obtenido desde hace más de nueve meses. Tom no me había tocado desde entonces. Nuevamente, agradecí que por fin ya no estaba.
—Bien, llegamos al hospital.
—Oh, pensé que me dejaría a una calle.
—Vengo hablándote de todo lo que soy y de lo que he hecho por mis hijos, y no me haz hecho nada de caso, creo que estás pasando por una situación difícil así que… Solo bájate y vete. Espero que quien esté aquí se recupere pronto.
—No, está muerto. Creo que solo quería que alguien confirmara su muerte y lo declarara.
—Vaya. Eso es…
—¿Fuerte?
—Iba a decir una putada, pero sí, eso es mejor.
—Gracias.
—Que te vaya bien.
Bajé del tráiler y él se fue de inmediato. Seguí derecho con la esperanza de llegar a un lado si entraba por la bahía de las ambulancias. Sin embargo, me detuve en seco cuando lo vi salir, ahí estaba y me congelé, traía en una mano mi móvil y en la otra los cigarrillos que según ya no fumaba.
No me miró, yo no dejé de verlo. Me sorprendió un poco porque llevaba puesta la playera plateada que se reflejaba con cualquier cosa brillante en la noche. La puerta de urgencias era deslumbrante, y no me miró. El sentirme tan poca cosa repercutió fuertemente para que pensara dos veces si debía acercarme o no. No lo hice, por supuesto, me quedé congelado, como una piedra.
—¿Qué haces aquí? —rompió el silencio, llevando a sus labios un cigarrillo encendido.
—No sé —admití, desde mi lugar, sin moverse un ápice siquiera.
—Vete, dijiste que te irías.
—También dijiste que no tengo a nadie.
—Y tú que te conseguirías a cualquiera. ¿Cuántos encontraste?
—Cuatro.
Soltó un resoplido burlón, como si estuviera burlándose de mí y de mi situación, en lugar de gritarme o cualquier otra situación.
—Vete de aquí, por favor.
—No puedes odiarme ahora.
—¿Ah no? Te cogiste a cuatro idiotas, dejaste que nuestro bebé se muriera, ¿en serio no puedo odiarte?
—Yo no quería tenerlo.
—Esa es tu excusa.
—No es una excusa, lo sabías y siempre lo supiste. No lo quería. No quería tenerlo —dije llorando—. Tú eres el que debería pedirme perdón.
—¡No te amenacé con una pistola en la cabeza!
—Así lo sentí. Cada vez que hablabas del bebé lo hacías como si estuviera dándote una razón para seguir conmigo, si yo decidía no seguir con esto me hacías sentir como un maldito monstruo al que no le importaba tus sentimientos, ni siquiera una vida que, no quería sentir ni ver y mucho menos tocar. ¿Alguna vez te preguntaste cómo me iba a sentir yo después? Perdón por no haber hecho nada, pero no sabes lo libre y aliviado que me siento ahora. Sé que solo ves en mí un monstruo, un cuerpo sin sentimientos, pero créeme que me siento mejor, mucho mejor como nunca antes lo había estado. ¿Y sabes qué? No me arrepiento de no haber hecho nada. ¿Tú te arrepientes de haberme orillado a tenerlo?
—Es que ni siquiera te entiendo.
—Bien, creo que hasta aquí llegamos entonces.
—Hasta aquí llegamos.
—Gracias —dije antes de romperme por completo.
—¿Por qué?
—Por haberme cuidado desde… desde ese día. Por haberme amado como lo hiciste y…
No me dejó continuar, tampoco respondió de ninguna forma. Solo sacó el cigarro de su boca, lo dejó caer al suelo para pisarlo como le hubiera gustado pisarme, lanzó mi móvil a mis pies, dio una vuelta y regresó al hospital.
Era todo.
Y lloré.
Vaya que lloré.
F I N
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