
& Introducción &
Un día más…
Tras bambalinas, en su camerino adornado con decenas de alegres bombillas iluminadas, él suspiraba, hastiado. ¿Por qué había aceptado ser un crítico? Todo por culpa de ese maldito estúpido de Itchy… habría sido mejor negarse en redondo. Pero ya no podía, las grabaciones habían comenzado… había sido una verdadera tortura escuchar a los pobres ingenuos participantes. En realidad los había escuchado poco, porque era experto en bloquearse a sí mismo, en encerrarse en su solitario mundo interior. Habría preferido mil veces estar en la soledad de su estudio, acariciando con dedos trémulos y cuidadosos las cuerdas de su guitarra, o perdiéndose en las sombras de su seguro halo de pensamientos impenetrables… pero no ¿Qué hacia él, Thomas Trümper, un músico reconocido a nivel mundial por sus maravillosas y abstractas canciones, soportando aquello? No lo sabía.
Golpes en la puerta.
Con un suspiro se levantó, tomando su chaqueta color marrón bajo el brazo y salió a la parte de atrás de las instalaciones del escenario del “Deutschland sucht den Superstar”, o lo que podría traducir como un pequeño purgatorio en el centro de Alemania. Y lo que era aún peor… aquella semana tendrían un especial infantil…
Si ya era duro soportar las desafinadas voces de los mayores, ¿Qué esperaría con simples niños ceceantes? Hizo una verdadera mueca de dolor por sus oídos. Tendría que escuchar berridos, cacareos, llantos, tartamudeos… “Pero al menos iré al cielo por esto” se dijo, y acto seguido se encontró con el patéticamente agradable Dieter Bohlen, quien lo miró con una sonrisa deslumbrante en sus seis hileras de dientes mientras le ofrecía un café. Justo a su lado estaba Mateo, aquel imbécil con tan buenas intenciones que le había solicitado su “ayuda” para encontrar a la siguiente súper estrella alemana. Una completa pérdida de tiempo a su parecer.
—Tom, pensaba que no ibas a salir— comentó Dieter, con su sonrisa de tiburón.
— ¿Y porque no habría de hacerlo? — murmuró Tom, forzando una sonrisa de pura cortesía. Acto seguido tomó el vaso de café.
—Porque hace diez minutos que hicieron el llamado— agregó Mateo, el idiota bien intencionado.
—Hoy es diferente, es la presentación de los chiquitines— canturreó Dieter y luego se echó a reír con Mateo mientras Tom ponía los ojos en blanco. Intuía que esa semana sería terriblemente aburrida y dolorosa para sus pobres e inocentes tímpanos.
Cuando sus dos compañeros de crítica se adelantaron por el pasillo que conducía a los escenarios, Tom vació el vaso de café en una maceta, tiró el envase a la basura y los siguió desganado. Odiaba el café de máquina.
El angosto y azulado pasillo se desplegaba ante él como un océano iluminado y brillantemente aburrido y finalmente llegó umbral detrás del cual esperaban los invitados, el escenario, la mesa de jurados y aquellos insulsos chiquillos, Tom apretó la mandíbula y esperó medio dormitando mientras el presentador chillaba toda la palabrería innecesaria para anunciarlo. Cinco segundos después, Tom avanzó con todo el peso de sus veintitrés años hacia la mesa de jurados. Había sufrido una transformación: sonreía, estiraba la mano, respondía saludos… pura apariencia.
Cuando tomó su lugar al centro de la mesa rectangular, tomó un sorbo aburrido del vaso con agua que tenía enfrente, entornó los ojos y esperó.
En una pequeña banca al frente y abajo del escenario estaban los pequeños concursantes. Una decena de cabecitas rubias y vacías. Eran como cualquier chiquillo de diez o doce años. Rubios, con la infancia tan marcada en las facciones que inspiraban flojera. Las tres únicas niñas, dos rubias y una de cabello castaño vestían faldas planas en colores pastel y suéteres a juego, con zapatos, medias y todas las demás ridiculeces que sus madres pudieran haberles colgado.
Los niños, que abundaban, eran como la copia de uno solo. Absolutamente todos llevaban pantalones de mezclilla y camisetas o camisas formales a cuadros, y todos tenían ese ridículo peinado relamido hacia un lado. Tom entornó los ojos y dejó entrever una sonrisa burlona. Sería divertido despedazar a los críos con sus críticas, sin duda las más temidas de todas. Sólo lo haría por esos peinados tan ridículos que llevaban, y disimuladamente acarició con cariño una de sus rastas negras sujetas a lo alto de su cabeza con una pañoleta azul. Oh si, quizá tuviera defectos y fuera frio y callado, pero vivía a gusto consigo mismo y sabia que todos, o prácticamente todos lo consideraban un chico tan hermoso como inalcanzable.
Su mirada vagó traviesa por entre la nada, pero de repente se quedó más de los dos segundos habituales mirando una melena negra. Frunció un poco el ceño. Y mientras lo hacía, el dueño de aquella cabellera peinada con gel a la última moda volvió su pequeño rostro sonriente de nariz respingada y levantó las cejas, en una muda respuesta a lo que sea que le hubiera preguntado el chiquillo insustancial que estaba sentado junto a él.
¿Cómo no se había fijado en él? Podría decir a su favor, que el mocoso era un poco más alto que sus compañeros, pero había algo mas… él no llevaba el peinado ridículo, ni la ropa demasiado formal como para un crio de diez años. Él iba vestido con una cazadora al estilo militar sin mangas, a sus caderas se ajustaban unos pantalones negros y tenía los pies enfundados en botas, y el collar metálico que adornaba su cuello le confería un aspecto todavía más infantil.
Tom rebuscó entre sus notas la hoja de admisión del chiquillo, pero no la encontró, por que no estaba asignado a él. Miró a su lado izquierdo, pero Mateo tampoco la tenía, y entonces se volvió hacia su derecha. Dieter tenía la hoja del chiquillo pelinegro entre las manos, y lo miraba atentamente, con una sonrisa tirando de las comisuras de sus labios.
—Si me disculpas— dijo Tom, llevándose la hoja de entre las manos de Dieter.
— ¿Tom? — Dieter arrugó el ceño, extrañado por la actitud de Tom.
—Tomaré a éste— le dijo, entregándole en cambio otra hoja de algún otro niño que ni se molestó en revisar.
— ¿Crees que tiene potencial? — pregunto Dieter, con profesionalismo.
—Para nada, solo quiero divertirme un poco esta noche— le dijo, mirando de nuevo al chico con el aspecto de ser una cría de cuervo. Hasta ahora lo había mirado de espaldas y de perfil, y no había pensado que era la gran maravilla… aunque algo había en él. Su turno era el último y Tom adivinó, con un asomo de molestia, algo de bullying en contra del mocoso.
La primera en concursar fue una adorable y ridícula criaturita llamada Caroline, cuya voz plagosa y desentonada había destrozado sin remedio la hermosa canción de Sinead O´Connor: Nothing compares to you. Tom pensó que si Sinead hubiese estado ahí, probablemente habría roto la foto del papa nuevamente después de bajar a la chiquilla del escenario con una simple y oscura mirada.
La actuación terminó. Dieter y Mateo hicieron la crítica más suave posible, aludiendo tan inmenso fracaso a la falta de práctica de la pequeña, mientras Tom los miraba en un shock de ofendida incredulidad, y de un momento a otro, todo quedó en silencio mientras esperaban por las realistas y crudas palabras del famoso Trümper.
—Bien… Caroline…— dijo, sosteniendo la hoja de la chiquilla en la mano y tallándose un ojo con la otra—después de ver tú… actuación, debo decir que me ha parecido estar escuchando a un gato con dolor muscular maullar delante de miles de personas. Está claro que no sirves para esto, así que intenta profundizar en otras actividades ahora que eres joven… algo que no requiera mucho esfuerzo mental.
Las lágrimas corrían por el rostro de la pequeña rubia mientras salía corriendo del escenario.
Dieter palmeó la espalda de Tom.
—Son niños— dijo con una sonrisita— tenles un poco de paciencia, no seas tan duro.
—Es mejor ser duro ahora que son niños, o cuando crezcan serán tan inútiles como la mayoría de los jóvenes de esta generación. — le dijo en un encogimiento de hombros.
Tom había tenido que soportar las siguientes diez actuaciones a base de puro coraje y fuerza de voluntad. Habían sido más de dos horas de pura tortura, y aun quedaba seleccionar a los que pasarían a la siguiente ronda, que si por él fuera, no sería ninguno, pero debían escoger.
Por fin le había llegado el turno al chiquillo de la cazadora militar, y mientras subía Tom se deleitó mirándolo. Sus movimientos frágiles eran hipnóticos, y con la delicadeza del revoloteo de una polilla se colocó detrás del micrófono.
Tom se sentía impactado. Jamás había visto a un niño así. El chico dirigía hacia todos lados unos perturbadores ojos marrones que no demostraban temor, sino por el contrario, una perspicacia apabullante, muy viva y de una agudeza atroz.
La voz del presentador inundo los altoparlantes.
—Nuestro último concursante es el pequeño Bill Kaulitz, — su voz emocionada taladró los oídos del chiquillo y de todos los presentes— que nos viene a cantar una canción escrita por el mismo, llamada I needn’t you… —después se fue retirando, dejando el escenario libre para el niño— el escenario es todo tuyo pequeño. — dijo el presentador antes de retirarse completamente.
Las luces se atenuaron, todos guardaron silencio mientras el niño tomaba el micrófono en sus pequeñas manos, cerraba los ojos y abría un poco la boca, mientras el sonido apagado de una batería lejana inundaba el lugar; segundos después se le unieron los acordes empañados de una guitarra, y entonces el chiquillo cantó con una voz de bordes suaves y delicados, perfectamente acompasada, aguda donde debía serlo, y grave en donde se requería… y toda la actuación la llevó a cabo con los ojos cerrados. Era una voz tan hermosa que podría haber hecho llorar a los monjes agustinos. Cuando terminó, abrió de nuevo sus maravillosos ojos oscuros y sonrió con timidez. Las personas que asistían al evento se levantaron de sus asientos, aplaudieron emocionados, cubriendo de elogios al pálido y extraño niño, quien se erguía con toda modestia en medio de esa tormenta de afecto.
En la mesa, dos de los tres jueces estaban de pie aplaudiendo con energía, y cuando el ambiente se relajó un poco, llegó la hora de juzgar.
El primero en hacerlo fue Mateo, cuyas luces se reflejaban en su cráneo liso como si fuera un espejo.
—Bill— Mateo estaba anonadado— ¿es la primera vez que haces esto?
El niño asintió frenéticamente.
— ¿Y tus padres, qué piensan de esa maravillosa voz?
—Ellos… nunca me han escuchado, nadie lo había hecho… — dijo con un penoso temblequeo de mandíbula que hizo que el recinto entero suspirara de ternura y horror ante semejante blasfemia.
—Hey, —el crítico se inclino hacia adelante— nada de lágrimas, si algún día llego a tener un hijo, quisiera que fuera la mitad de lo talentoso que tú eres. Mi voto es un SI. — casi gritó, mientras el niño hacia esfuerzos sobrehumanos por contener el llanto.
El segundo en hablar fue el siempre sonriente Dieter, y lo hizo mostrando una aquellas sonrisas que tanto irritaban a Tom.
—Bueno Bill… tengo que decir que eres ¡¡absolutamente brillante!! Además de hermoso— dijo, mientras los aplausos se hacían escuchar con más fuerza, acompañados de gritos ensordecedores— nos dejaste hechos un completo desastre. Solo hay una persona a la que necesitas impresionar, y es nada menos que el amargado Tom Trümper, ¿Qué piensas Bill? ¿Crees que le agradaste? — preguntó amable y Bill, se encogió de hombros mientras sudaba copiosamente.
Y como si fuera acto de magia, el recinto entero esperó en un tenso silencio. Las criticas de Tom eran las más duras e implacables, las más temidas y despiadadas, y podría despedazar al pequeño niño con tan solo unas cuantas palabras. Durante toda la temporada, no había dado ni un solo voto positivo.
La audiencia aguardó.
—Bien Bill…— su voz era grave y potente, los demás jueces reprimieron una mueca. Bill no había mirado a Tom ni un momento, temeroso, y cuando sus miradas se conectaron, una corriente de chispas de energía saltó entre ellos, tan fuerte que era casi palpable— creo que es mi deber decirte que tendré que juzgarte como lo haría con un adulto, es importante y debes saberlo. Pienso que eres…— guardó silencio un momento para concentrarse en la palabra adecuada—… pienso que eres… fantástico.
Y una verdadera marea de gritos, flashes, llantos y aplausos se desató en aquel lugar como nunca antes visto. Bill sonrió, mostrando su desproporcionada sonrisa y para asombro de todas las televisoras nacionales, Tom también sonrió con simpatía— sólo tengo una pregunta para ti… ¿en verdad eras tú el que estaba cantando? Hay demasiado talento encerrado en tus doce años — dijo, con la misma sonrisa arredrada en la cara.
El chiquillo asintió mientras las lágrimas incontenibles resbalaban por sus mejillas.
—No llores— murmuró autoritario— no hay porque, mi voto es un sí.
El auditorio aun hervía en caos cuando el presentador tomó la mano de Bill y lo sacó del escenario.
—Maravilloso, simplemente maravilloso— murmuro Dieter mientras recogía sus papeles, se volvió hacia el músico, pero Tom ya se había marchado a su camerino.
& Continuará &

Mi coshita ♥️