Capítulo 9

El joven Bill iba en completo silencio dentro de la camioneta oscura que lo alejaba a más de cien kilómetros por hora de los mejores momentos que había vivido. Todo era oscuro, a pesar de que afuera, aún iluminaba tenuemente el día y daba paso al agonizante atardecer.

El chiquillo iba en la parte de atrás, casi pegado a la portezuela, pero no hizo el intento de abrirla, sabia que jamás se abriría, ni el vidrio polarizado y a prueba de balas con un blindaje de casi una pulgada se bajaría al accionar el botón.

No había escapatoria, estaba nuevamente atrapado. Las lágrimas de impotencia resbalaban por sus delgadas mejillas y un escalofrío le recorrió la espalda, provocándole envolverse mas en la chaqueta de cuero que Gustav le había colocado casi a lo bestia, ya que con Tom solo había estado vistiendo su pantalón de pijama y nada mas.

—Tom…—murmuró muy bajito, y un nuevo torrente de lagrimas escapó de sus ojos al pensar en el. ¿Cómo estaría? ¿Iba a morir por su culpa?

Los sentimientos eran tan fuertes, que Bill cayó en un serio estado de desesperación muda, lloraba, sentía que se ahogaba, no podía respirar, pero se obligó a controlarse poco a poco.

La enorme camioneta negra siguió rodando por mucho tiempo, hasta que tras casi  una hora, Gustav le habló a Bill en tono monótono.

—En el jet podrás cambiarte de ropa, no puedes presentarte ante tu padre así.

Bill no respondió, ni lo miró, ni siquiera se movió.

La camioneta entró en un pequeño aeropuerto privado y se detuvo en un hangar de pisos blancos pulidos y luces amarillas y penetrantes, todo era demasiado blanco, hasta el lujoso y gigantesco avión Airbus de súper lujo que esperaba ahí, imponente y callado.

El auto se detuvo, a Bill le abrieron la puerta desde fuera y el chiquillo miró hacia todos lados, buscando una posibilidad de escapar, pero no había ninguna, todo estaba lleno de oscuras siluetas armadas que lo atraparían antes de que terminara de dar el primer paso. Sabía que escapar sería inútil y estúpido, pero le quemaban las ansias de saber sobre Tom. Necesitaba verlo, saber que estaba bien. Lo necesitaba en verdad, la necesidad quemaba y hacia doler su sangre y le robaba la respiración. Pero no tenía posibilidad alguna. La mano de Gustav se posicionó sobre su nuca y lo obligó a caminar en línea recta hasta el avión, y una vez dentro lo llevó directamente hasta la única suite que poseía la aeronave, lo soltó y lo encaró.

—Dúchate y cámbiatela ropa, llegaremos en unas seis horas, así que tienes tiempo, vendré a buscarte cuando aterricemos, y mientras lo haces, vas pensando que le dirás a tu padre, porque esta muy enojado.

—Para lo que me importa— respondió Bill mientras se despojaba de la chaqueta de Gustav con un fluido y diáfano movimiento de hombros—déjame solo— ordenó Bill, dándole la espalda y pasando encima de la prenda que yacía en el piso, pisoteándola. Pudo escuchar el crujido de los nudillos de Gustav, pero poco le importó, sabía que aunque quisiera matarlo, jamás se atrevería a lastimarle ni una uña y no es que en aquellos momentos eso le importase. Nisiquiera le preocupaba su padre. Solo podía pensar en Tom, solo le tenia a el en la mente, y nada podía hacer.

Siguió pensando en Gustav mientras se adecentaba, y lo maldecía“Ojala te mueras, gordo”

Gustav en realidad no era malo, solo obediente, seguía las reglas de aquel negocio y eso le aseguraba su supervivencia. Su pasado había terminado por diluirse del todo, cuando, desde las calles, hambriento como un animal herido y agonizante, había llegado extrañamente a manos del mismo Bobrikov, quien empezaba a hacerse con las redes del narcotráfico más grandes entre Rusia y Europa. Algo en el joven Gustav llamó la atención del desalmado traficante. Quizá la fragilidad de su cuerpo debilucho y medio consumido por el hambre, o en la sombra de lealtad escondida en sus pupilas. Lo que fuera, le llamó la atención a tal grado para recoger a aquel chico moribundo en su propio auto y proporcionarle trabajo, techo, comida y un entrenamiento brutal, y todo aquel esfuerzo había dado como fruto a un elemento letal, frio, calculador y eficiente, que no se involucraba, que no opinaba, que obedecía, casi un robot.

El vuelo de regreso a Frankfurt fue rápido y sin contratiempos. Aterrizaron en el pequeño aeropuerto privado de la familia de Bill, y cuando la compuerta se abrió, Gustav quiso tomar a Bill por el hombro, pero el chiquillo lo esquivó con la rapidez y agresividad de un gato salvaje.

—No me toques, no te atrevas a ponerme un solo dedo encima— amenazó— aquí no puedo escapar, ¿no lo notas? déjame solo.

Bill bajó las escaleras de tres saltos y caminó por los pasillos interminables que comunicaban la residencia de su familia con el aeropuerto, la laguna y las piscinas. Era todo un paraíso, pero Bill odiaba todo aquello, y no dirigió la mirada ni por error a ninguno de los atractivos que lo rodeaban.

Sabía que su padre estaría escupiendo fuego, furioso como un toro, pero le importaba un rábano, solo quería alejarse de ahí aunque no pudiera. Estaba tan frustrado que en su camino le dio un puntapié a un macizo de flores, enviando raíces y terrones por todos lados.

Cuando por fin entró en su casa, la intranquilidad lo invadió de inmediato. Odiaba aquel sitio donde tantas cosas dolorosas y terribles habían sucedido.

En esa casa se apreciaba verdaderamente el arte y eso se podía ver hasta en el másínfimo rincón, a primera vista, ya que cuando se sabía quien vivía ahí, todos los lujos se volvían amenazas.

El chiquillo ingresó por la terraza, andando con paso ligero y silencioso. Estaba bien entrada la noche y la casa estaba suavemente iluminada, totalmente quieta y al parecer vacía.

Bill bordeó la enorme piscina interior iluminada, pero se detuvo un momento ante la chimenea de paredes transparentes que estaba al borde del agua; esa chimenea siempre había conseguido sorprenderlo e intrigarlo, el agua, el fuego y el tenue y fragante viento formaban una ecuación irresistible. Después siguió su camino atravesando el pasillo amplio y blanco que dividía la terraza del colosal bar comedor de catorce plazas y muros llamativos y seductores hechos de ónix iluminado.

El niño suspiró y siguió su camino, pero hizo una segunda parada en el enorme salón familiar, repleto de sillones, tapetes y cojines, lámparas y antigüedades estratégicamente acomodadas, pero no era nada de aquello lo que había detenido a Bill, sino la nostalgia de la gigantesca fotografía que dominaba la pared central por encima de la chimenea. El marco era de caoba africana y hoja de plata en los bordes, y en la fotografía a blanco y negro se podía apreciar a una pequeña niña regordeta, de espeso cabello negro y ensortijado, piel blanca como la nieve, a juego con el vestido blanco y las flores de naranjo que tenia a los pies. La criatura de la foto no tenia más de dos años, y Bill tembló al verla.

—Deliverance…— suspiró, antes de dar media vuelta y marcharse. Siguió su camino suspirando y jurando. La casa era tan grande, que llegó cansado a su habitación, ubicada en el lugar más alto de la construcción.

Aquel lugar era tan sobrio, que no parecía la habitación de un chiquillo de doce años. El suelo estaba cubierto por una mullida alfombra persa de colección en tonos claros. El techo tenia un recubrimiento de fibra óptica que siempre estaba iluminado como si fuera una replica exacta de la vía láctea. También había un gran escritorio con un ordenador de última generación que Bill usaba para leer, jugar y estudiar.

La cama era gigantesca, con una cabecera en cuero color chocolate  y muchos almohadones pequeños en colores marrón y beige. La habitación también tenía una pequeña terraza con vista al jardín y al pequeño campo de golf de nueve hoyos de la casa. La terraza estaba separada de la habitación por un par de puertas de cristal de piso a techo, además de mamparas deslizables realizadas con listones de madera, las cuales le proveían intimidad a la vez que creaban interesantes juegos de luces y sombras. Lo único infantil en aquel sitio eran tres pequeños cojines con forma de pelota de futbol y una enorme repisa de mármol negro llena de todos los muñecos de acción de Halo Reach.

Su móvil descansaba en el buró y Bill lo tomó. Estaba al cien en carga y en la pantalla aparecían miles de notificaciones de llamadas y mensajes. Estaba a punto de desbloquearlo para eliminar todo aquello, cuando una voz tenue, musical y conmovedoramente dulce lo llamó desde la puerta.

—Bill…

La mujer que lo llamaba no era otra que su nana, una inmigrante que había llegado de Tahití hacia muchos años, y que había cuidado de Bill desde el primer día en que había venido al mundo.

El chico dejó el móvil olvidado y fue hasta su nana, quien lo recibió con un maternal y cálido abrazo.

—Nana…—sollozó.

—Shh, no llores, yo estoy aquí— dijo, estrechándolo con fuerza. Cuanto lo había extrañado.

—Lo siento mucho… no quería irme así, pero no podía mas… en verdad no podía mas…— respondió, separándose para mirar directamente en los profundos ojos negros de su nana, los cuales estaban inundados de un amor excesivo y un deseo de protección impotente.

—Oh Bill, quisiera que no te sintieras así, no puedo entender tu dolor, pero estoy contigo, siempre estaré contigo y lo sabes.

—Gracias nana.

—Tu padre quiere verte…

— ¿Ahora?

—Ahora mismo— ella dio un paso atrás para contemplar al chiquillo, y al hacerlo hizo una mueca. Sabía que su aspecto molestaría más a su padre, pero no le dijo nada sobre eso. No entendía porque se molestaba, para ella, Bill era la criatura más hermosa que existía, incluso como iba vestido: zapatos deportivos negros, vaqueros con cadenas y cierres que subían enroscándose en sus largas piernas, una camiseta negra con dibujos amarillos y una chaqueta de cuero negro, con remaches. Cada chaqueta de Bill era una obra maestra con complejas pautas de remaches e imperdibles, pegatinas de grupos arcanos, parches y cadenillas, prendas invaluables que Bill había decorado con sus propias manos.

—Iré ahora a verlo, ¿está en…?

—Si querido, esta en el estudio y te espera, pidió que no demores.

—No lo haré, gracias nana— dijo Bill antes de emprender el largo camino al estudio de su padre.

Bill desanduvo el camino que había recorrido hacia tan solo unos momentos, y durante todo el camino estuvo cabizbajo, frustrado, triste. Daría su vida entera por estar con Tom, con tan sólo saber como se encontraba. Deseaba con todas sus fuerzas que él estuviera bien, así que en ese momento hizo un trato con Dios: se resignaría a no volver a verlo jamás si con eso Tom se salvaba, no le importaba otra cosa que no fuera eso.

Siguió caminando un par de minutos mas y finalmente llegó al estudio de su padre, una enorme habitación de puertas estilo francés y muebles diseñados a medida también en caoba africana. Al centro del estudio había un colosal escritorio de piedra negra concienzudamente pulida, donde descansaba una computadora de última tecnología, y muchas carpetas ordenadas y pulcras. Bill caminó como un espectro, sin hacer ningún ruido sobre los pisos alfombrados y se detuvo a dos metros del enorme ventanal que daba una esplendida vista al jardín y a las piscinas. Y ahí, de pie, mirando hacia el ventanal estaba en completo silencio Aleksandr Bobrikov, el padre de Bill, magnifico, alto, enfundado en un traje color gris muy oscuro hecho a la medida de la marca Hugo Boss, su favorita.

El chico permaneció enteramente inmóvil y esperó. Sabia que su padre estaba ya enterado de su presencia, y era consiente de su enojo, se podía sentir en el ambiente, palparlo, tocar sus bordes puntiagudos como los dientes de una piraña.

Bobrikov suspiró pesadamente y se volvió para mirar directamente a Bill, quien se estremeció un poco, como siempre le sucedía al mirar los ojos vacíos, feroces y oscuros de su padre, su expresión distante y en aquellos momentos un poco perpleja; tenía un manojo de hojas blancas entre sus manos y las hojeaba con fingida indiferencia, alternando la mirada entre su hijo y los documentos.

—Así que Bill Kaulitz— comenzó, haciendo énfasis con su acento ruso alemán en el apellido —Si mal no recuerdo Bill, tu eres un Bobrikov, Bill Bobrikov para ser mas exactos.

—Odio tu apellido y lo sabes, y Kaulitz es también mío, es el apellido de mamá. — la sola mención le quemó las cuerdas vocales.

El padre de Bill hizo un gesto de molestia y arrojó con violencia los papeles que sostenía a los pies de Bill, quien pudo apreciar el logotipo del programa DSDS en una de las hojas.

—Explícame que es esa basura.

—No es basura— dijo Bill, y se agachó a recoger los papeles desperdigados por el piso. Estaba ahí su hoja de admisión al reality con los datos falsificados de la chica que dijo ser su hermana mayor. La segunda hoja tenía los comentarios hechos de admiración hacia su prodigiosa voz, la tercera tenia su propia foto y en el pie de la misma estaba impreso en un profundo color negro el primer lugar de Bill, su victoria absoluta, y las instrucciones para la inscripción del show en las Vegas y la última hoja tenia el rostro de Tom impreso, hablando de él como juez del concurso y hacia mención a su vida llena de éxitos.— Tom…— su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lagrimas.

—No llores, compórtate como un hombre, y respóndeme ¿Cómo es que pensaste que no iba a encontrarte? ¿Qué es lo pensabas hacer Bill? ¿Qué rayos te pasa en la cabeza?

—Quiero cantar.

—Cantar— bufó su padre. —Eso es una estupidez y lo sabes— dijo y se cruzó de brazos frente a Bill, pareciendo aun más alto y salvaje, pero por primera vez, aquello no asustó a Bill.

—No es una estupidez— defendió —es lo que tu piensas, no lo que realmente sea, y aunque fuera una estupidez, la preferiría mil veces antes de convertirme en un monstruo y asesino como tu.

Bobrikov no se lo podía creer, Bill jamás se había atrevido siquiera a sostenerle la mirada por mas de algunos segundos, pero ahora sus ojos oscuros y acusadores le taladraban hasta lo mas hondo, en el lugar escondido donde estaba su podrida alma si es que la tenía, ahora su mirada era idéntica a la de su madre, como todo Bill lo era, pero aunque fuera su copia exacta, no iba a aceptar aquello.

—Basta— casi gritó— no voy a tolerar tu atrevimiento Bill, ya no eres un niño pequeño, y  además eres demasiado insolente, tus modales dejan mucho que desear, por no mencionar tus aspiraciones futuras, pero ya me encargaré poco a poco de encarrilarte otra vez, y de deshacerme de las malas influencias, como lo era ese estúpido músico bueno para nada que ahora es comida de gusanos.

A Bill todo el aire se le escapó de golpe con un ruido sordo, su corazón se detuvo y un pitido agudo comenzó a resonar en sus oídos. Estaba hablando de Tom, hablando de su muerte como si fuera algo trivial, como si fuera un mero obstáculo, pero Bill se negaba a creer que Tom hubiese muerto, algo en su interior le decía que el estaba vivo.

—Tom… mandaste asesinar a Tom.

—Y fue demasiado tarde, mírate, consiguió echarte a perder, a envolverte con esa idiotez de cantar, de actuar. Y en cuanto pongas un pie fuera de aquí, mi médico va a revisarte de los pies a la cabeza, y olvídate de esa estupidez de cantar. No Bill, tú continuaras con este negocio. Eres hábil, astuto, inteligente y no permitiré que ningún músico de pacotilla arruine tu potencial.

—¡Me interesa una mierda el potencial y tu negocio y tu mismo!— gritó el chiquillo, histérico, haciendo que su padre clavara en el su mirada aterradora e innegablemente llena de poder— preferiría estar muerto a estar viéndote la cara ahora mismo ¡te odio! Eres un asesino, por tu culpa mamá y Deliverance están muertas, es tu culpa ¡es tu maldita culpa!

Pero antes de que Bill pudiera decir o derramar una sola palabra y lágrima mas, una potente mano le cruzó el rostro con un bofetón, uno tan fuerte, que su delgado cuerpo fue enviado directamente al piso y el chico permaneció ahí, con el rostro volteado, quemando el dolor como fuego, la mejilla entumecida y roja por el golpe. El anillo, la alianza de matrimonio que uniera por once años a Bobrikov con su esposa muerta había rasgado la piel de porcelana de la mejilla de Bill, abriéndole una herida de la cual una gota de sangre intensamente roja comenzó su lenta danza, descendiendo por la línea recta de su mandíbula.

—Bill…—Bobrikov había recuperado su aplomo, y aunque el letal aguijón de la culpa le picaba la nuca, lo ignoró perfectamente bien—levántate—El chico obedeció y se puso de pie, pero sin mirar ni por error a su padre.— déjame verte.— pidió, estirando las manos hacia el rostro precioso y herido de Bill.

—No— Bill retrocedió asqueado, mirando hacia el suelo—sé que hay muchos niños como yo que pelean a diario con sus padres y dicen cosas que no quieren decir— la voz de Bill había perdido toda chispa, era átona, y tenía los mismos niveles letales que había heredado irremediablemente de su monstruoso padre— pero yo te digo, desde lo más profundo de mi ser, que te odio con todas mis fuerzas, papá.— La última palabra lleva implícito un desprecio tal, que Aleks quiso volver a abofetear a Bill, pero la herida sangrante en el pequeño rostro de su hijo se lo impidió.

—Me odias con todas tus fuerzas, pequeño—Bobrikov se paseó frente a su hijo un par de ocasiones, mientras cavilaba— el odio es un sentimiento fuerte, así que supongo que me alegro que lo hagas, ya veré yo que hacer contigo, ahora retírate.

Pero Bill no se movió un ápice, y aun sin mirar a su padre, habló de nuevo.

— ¿Tom esta…?— no podíani pronunciar la palabra, se ahogaba.

— ¿Muerto? — Bobrikov en cambio, la pronunció por el con una facilidad aterradora— Yo supongo que si— continuó indiferente mientras se sentaba frente a su gigantesco escritorio— no conozco a muchas personas que se salven de un disparo en el estomago ¿Tu si? Y ahora sal de aquí Bill, tengo cosas que hacer, oh, y otra cosa, no te atrevas a asomar las narices fuera, porque si lo haces te encerraré por el resto de tu vida.

—Primero me mato— dijo el chico tan bajo, que su padre no estaba seguro si había escuchado bien, pero antes de que pudiera reprenderlo, Bill ya había abandonado su enorme estudio.

Bobrikov maldijo por lo bajo y levantó el teléfono inalámbrico que descansaba sobre su base, oprimió un solo botón y tras dos segundos respondió la voz gélida de su jefe de seguridad.

—Gustav— espetó

—Al habla señor.

— ¿Murió? — no hacía falta pronunciar mas, ambos sabían de quien se hablaba

—Estoy haciendo un seguimiento del estado de Trümper, pero es difícil, la policía entera de Berlín se movilizó después del atentado. Lo último que supe es que había entrado a una cirugía de urgencia y hasta ahora no ha salido.

—No se si deseo que muera o no— reflexionó Bobrikov en voz alta, pensándolo, y después recordó que alguien mas lo escuchaba—investígalo, todo, familia, amigos, mascotas, todo.

—Ya lo hice señor, y no tiene familia alguna. Sus padres fallecieron hace años, su único hermano, gemelo, fue asesinado frente a él, no tiene mascotas, no tiene pareja, no tiene hijos. Su único amigo más o menos cercano es un psicólogo de Berlín que se llama Georg Listing, pero no se frecuentan en casi nada. Es un hombre solitario.

—Ya veo… maldita sea, ¿sabes que este tipo de personas son las mas peligrosas Gustav? Porque tienen todo que ganar y nada que perder.

—Lo se señor.

— ¿Podrás continuar el seguimiento?

—Lo intentaré señor, esta custodiado por demasiados policías y detectives, pero encontraré la manera.

—Muy bien, y otra cosa, haz que mi medico personal atienda a Bill, que busque cualquier herida o indicio de abuso sexual.

Y tras esto, varios segundos de silencio absoluto precedieron.

—Lo que ordene señor…, pero…

—Pero que, habla de una vez.

—Señor, el joven Bill opondrá resistencia.

—Lo se, pero no me importa, que lo examinen, y si encuentra el mas mínimo signo de lo que sea, yo mismo visitaré a ese imbécil músico y le sacaré las vísceras procurando que este vivo durante todo el proceso.

—A la orden, ¿se le ofrece algo más?

—Si, ¿Cómo va lo del cargamento?

—Muy bien señor, veinte toneladas de polvo de alta pureza van por tren escondidas en cajas de té, se entregarán mañana por la noche. Ya está arreglado todo con las autoridades de las fronteras de Rusia, no habrá problema, y en dos días tendrá usted en su cuenta seiscientos millones de euros.

—Muy bien, eso no es nada, pero clientes son clientes. Hay que cerrar también el trato con los colombianos.

—Estamos encargándonos de eso señor. Lo tendréal tanto ¿alguna otra cosa?

—Estaba pensando Gustav… aumenta la escolta de Bill, por mucho que el chiquillo me desespere es mi único hijo varón, un tesoro invaluable. Encárgate de que sus escoltas le ofrenden su vida, y advierte que si se vuelve a escapar, ordenaré que los trituren en pedazos muy pequeños y usaré sus restos para los cimientos de alguna casa nueva que me quiera hacer.

—Como ordene.

—Muy bien, encárgate de todo como tú sabes.

—Entendido.

Bobrikov colgó el teléfono, y desde lo mas profundo, oscuro e inhumano de su ser, surgió un negro suspiro.

—Te arrepentirás, Trümper.

&     Continuará     &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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