Capítulo 8
El cálido viento nocturno acariciaba el cabello de Tom y la sensación resultaba maravillosa.
El músico y el psicólogoestaban sentados cómodamente en los sofás del salón bebiendo whisky y conversando. Tom le había referido, entre tragos del licor ambarino y caladas al cigarrillo, toda la historia sobre Bill y cómo fue que terminó viviendo en su hogar, y su amigo lo escuchó atentamente casi por dos horas, asintiendo, serio y haciendo a veces algunas preguntas, y cuando Tom terminó, Georg se quedó en silencio por muchos minutos, pensando y también dándole un tiempo al músico para que se relajara.
Pero ya había pasado demasiado tiempo sin que Georg abriera la boca y Tom estaba a punto de estallar.
—Georg, ¡solo di algo!— dijo el músico exasperado
—No séqué decir.
—Eres un psicólogo, di lo que sea
—Exacto, soy un psicólogo, no un maldito adivino Tom, esta situación es lo más extraño que he visto y sé de cosas extrañas. Pero para ir recapitulando, veamos… éste pequeño saltamontes— dijo, apuntando con el pulgar hacia las escaleras iluminadas— ganó nada menos que el DSDS, lo encontraste completamente solo, le salvaste de la paliza de su vida, y simplemente lo trajiste aquí a vivir contigo, y ya.
—Pues…— Tom lo pensó un momento, y siendo como lo decía Georg, realmente sonaba ridículo— a ver genio, ¿Qué habrías hecho tú?
—Lo llevo a la agencia de policía más cercana para que rastreen a sus padres. Es un niño, no un perrito que te encuentras y adoptas porque esta bonito.
Y aquello era algo que Tom había pensado hacer, pero que no había hecho al ver el terror en los oscuros ojos del pequeño.
—Él no quería eso…
—Tom, en verdad deberías escucharte, te desconozco.
El músico se apoyó en el respaldo del sofá, estaba molesto y fastidiado y tenía unas enormes ganas de romperle la cara a su amigo.
—Geo, quiero golpearte.
—No te desquites conmigo, me pediste mi opinión— el psicólogo estaba pensativo y relajado, sabía que Tom no le haría nada, eran hermanos prácticamente, habían crecido juntos.
— ¿Qué mas sabes sobre él?
—No sé prácticamente nada sobre él, nunca habla de sí mismo— Tom se sentía patéticamente frustrado, tanto que estaba por comenzar a arrancarse las uñas una por una— siempre que intento abordar ese tema se calla, cambia la conversación, e incluso parece a punto de echarse a llorar.
—Ya veo— asintió Georg, pensativo. Se entretuvo contemplando las profundidades ambarinas de su vaso mientras cavilaba. —Es más que obvio que el chico viene de una familia disfuncional, totalmente rota, y arrastra consigo un enorme trauma… es un precioso reto para alguien como yo.
—Ni lo sueñes…
—Aunque lo sueñe Tom, el chico es un menor de edad y necesitaría consentimiento de alguno de sus padres, y llegados a éste punto, lo mejor es que te deshagas de él si no quieres tener verdaderos problemas.
— ¿Qué clase de problemas? Sólo estoy dándole hospedaje
—Oh vamos, yo te creo pero ¿crees tú que será así por siempre? Pude observar al chico y no se nota para nada que sea un niño de la calle, todo lo contrario, seguramente tiene una familia que está buscándolo y si ya han informado a la policía y te pillan con el chico aquí, vas a tener muchos problemas.Piénsalo, lo más seguro es que te denuncien por secuestro antes que ponerse a investigar a fondo y eso ocasionaría una mancha terrible en tu carrera, es algo muy serio. En mi opinión, tanto profesional como amistosa, lleva a Bill a la comisaría, y no trates de presionarlo para que te dé más información, porque lo único que conseguirás es afectarlo más. Ni siquiera yo podría sacarle información de manera fácil, necesitaría muchas sesiones para lograr penetrar esa muralla tras de la cual el verdadero niño está escondido.
—De acuerdo— aceptó el músico después de algunos segundos de pensar en el asunto— lo haré.
Georg frunció los labios, arrugó el ceño y miró profundamente a Tom, y sus ojos verdes se volvieron de fuego líquido.
—Dime algo Tom… —Georg entornó los ojos, y aquel gesto volvía su mirada felina más penetrante— ¿Dónde duerme Bill?
—En mi habitación.
— ¿En tu cama?
— ¿A qué viene todo esto?— Tom se enfureció repentinamente, y fue un poco presa de los nervios, ¿tanto se le notaba el interés malsano que sentía por el chico?
—No me andaré por las ramas porque tú y yo somos amigos, y porque hacer el tonto nunca ha sido mi estilo, ni el tuyo. Sé que es lo que te atrae, y tener a un chico como Bill metido en tu vida, en tu rutina…, en tu cama, puede resultar hasta peligroso. Como te dije, he observado al niño y es alto y muy llamativo para tener solo doce años. Es una perfecta tentación Tom y lo que menos quiero es que caigas en algo así.
—No te preocupes— Tom no se sentía listo para hablar sobre ese tema en particular, quizá después, ya que Bill no estuviera con él, quizá…
—Bien entonces…— Georg le dirigió una mirada escéptica a Tom y después miró su reloj— es tarde, será mejor que me vaya.
Ambos se levantaron y Tom fue con su amigo hasta la puerta, donde se despidieron con un fuerte abrazo y un “volveré pronto” por parte de Georg.
El psicólogo se había marchado intrigado y con la mente llena de dudas y preocupaciones sobre el futuro que le deparaba a su mejor amigo, un futuro que presentía iba a ser terriblemente doloroso, futuro que de una u otra forma ya no tenía marcha atrás.
Tom cerró suavemente la puerta mientras se apoyaba en la pared y ahogaba un suspiro. Su mente era un mar de preguntas sin respuestas, de pensamientos agitados y negras nubes de tormenta. Sabía que Georg tenía razón, sabía que debía deshacerse del niño antes de involucrarse aun más, porque incluso esa noche, mientras el músico apagaba manualmente las luces y subía las escaleras con paso cansado, tenía ya la certeza de que seguir su vida sin el chico cerca iba a ser una pequeña y punzante agonía.
Llegó sin mucho ánimo a su habitación, y en el acto sintió un calor abochornante, pesado y húmedo, y el músico caminó sobre la alfombra hasta el enorme ventanal, y abriendo las dos ventanas se permitió aspirar el aire levemente fresco que entraba desde el jardín y la habitación comenzó a templarse. Después se encaminó al cuarto de baño, donde se quitó la camiseta, se lavó los dientes y se puso un pantalón de pijama negro.Hacia todo cuidando los detalles, siempre había sido así, metódico y meticuloso, alerta y quizá hasta un poco obsesivo, pero le gustaba.
No había dirigido ni una sola mirada a su enorme cama de KravitzDesignCollection* hasta que salió del baño. Toda la habitación estaba en penumbras, pero gracias a las farolas anaranjadas del jardín, podían apreciarse las negras y calladas siluetas de todo cuanto había ahí, y la mirada de Tom se clavó directamente en el cuerpo de Bill, quien yacía recostado sobre su costado izquierdo, destapado y únicamente con un pantalón de pijama a rayas que Tom le había comprado hacia algunos días. El músico rodeó la cama, tiró las mantas y las sabanas a la alfombra y se recostó por su lado en completo silencio, sabiendo de ante mano que no podría conciliar el sueño a pesar de que se sentía muy cansado; el calor era muy opresivo y su cuerpo se encontraba rígido y tenso, su mente aun vagando en las palabras de su amigo y en lo que debía hacer con Bill a muy corto plazo y sus sentidos estirados hacia la persona que dormitaba a su lado. Pasó así inmóvil mucho tiempo, hasta que poco a poco comenzó a relajarse, concentrándose en las profundas respiraciones dormidas de Bill, y en algún momento de la calurosa madrugada, por fin cayó rendido al sueño.
Unas horas después, Tom despertó sin motivo alguno. Abrió los ojos y miró directamente al techo blanco, que en aquellos momentos era gris por la hora. El músico no supo bien qué hora era, pero sin duda amanecería pronto, todo era gris, la hora cuando no es ni de día ni de noche, la hora precedente al amanecer. Escuchó claramente la misma respiración acompasada de Bill, y se preguntó cómo era capaz aquel chico de dormir así, y finalmente le atribuyó esa extraordinaria capacidad de dormir como oso a su infancia.
Pensó en levantarse, su soñolienta melopea se había esfumado, pero incluso aunque se levantara no tenía nada que hacer, de modo que permaneció inmóvil unos minutos, estirado y con la cabeza apoyada sobre sus brazos, hasta que a su lado Bill se quejo, se removió y en un acto involuntario, el chico pegó su espalda desnuda al costado derecho de Tom, buscando calor. Durante el transcurso de la noche, finalmente había refrescado el clima y el ambiente estaba más bien frío, tan frío como la pálida y suave piel de Bill.
Tom quiso levantarse, ir por las mantas para tirarlas sobre el chico, pero se había quedado petrificado, con las manos levemente crispadas y la mente en blanco. Pensó automáticamente en las palabras de Georg “Es una perfecta tentación” pero aun así permaneció inmóvil, indeciso, incluso había dejado de respirar.
—Tom…— el murmullo que Bill le dirigió en aquel momento era tan bajo que apenas resultaba inteligible.
—Ummm…
—Tengo frio…— suspiró Bill, y Tom pudo notar que el chico estaba más dormido que despierto, y su rostro lucia tan pacifico, que Tom no quiso ni moverse a por las mantas, porque eso significaría despertarlo y a él le gustaba verlo dormir, así que tras encogerse de hombros y olvidarse de todo un poco, finalmente el músico se dio la vuelta y cubrió con su pecho y abdomen la delgada espalda de Bill, absorbiéndolo casi por completo. El chico estaba prácticamente helado, y Tom cerró los brazos a su alrededor para calentarlo.
Sabía que después se sentiría como la peor basura del mundo, pero en aquel momento no le importó en lo másmínimo, después de haber escuchado un tenue “Gracias Tom” de parte del chiquillo, y tras unos minutos, ambos volvieron a quedarse dormidos.
Cuando el músico volvió a abrir los ojos, el reloj indicaba que eran las 4:43 de la tarde y el sol entraba por el ventanal desparramando su luz dorada en un ángulo perpendicular, casi totalmente horizontal y bañaba la espalda desnuda de Bill, quien yacía lejos de Tom, durmiendo boca abajo y con una pequeña sonrisa curvándole los labios.
El músico se retrepó sobre su almohada y se estiró mientras sonreía levemente también. Se sentía tranquilo, por un momento después de mucho tiempo, se sentía completamente tranquilo en el silencio caliente de su habitación, aspirando el dorado aroma de la luz del sol, mirando cómo se mecían las copas oscuras de los pinos italianos de su jardín, escuchando el canto de algunas aves, y la respiración acompasada del chiquillo que dormía a su lado. La calma se podía saborear, sonrió hacia el atardecer, pensando en que cuando Bill despertara bromearían, se asearían y saldrían a dar algún paseo y a buscar algo para comer. Si pudiese elegir, elegiría pasar toda una vida así.
Desvió su vista hacia la espalda blanquecina de Bill y se entretuvo contando sus respiraciones, hasta que algo le llamó seriamente la atención, algo en lo que no había reparado. Sobre la espalda del chico, justo encima de su omoplato izquierdo la piel se veía dispareja, alterada, extraña…
Tom se acercó y pudo apreciar un pequeño revoltijo de cicatrices rosáceas y muy extrañas para adornar la espalda de un niño, y después de observar detenidamente por un par de segundos, su estomago sufrió una convulsión y se revolvió por la sorpresa, el coraje y el miedo.
No tenía ninguna duda de que aquella cicatriz era la de un disparo. A Tom dejó de importarle todo y le dio la vuelta a Bill con su brusquedad típica, y nadamas al voltearlo encontró lo que estaba buscando, otra cicatriz igual adornando su pecho, en paralelo a la cicatriz de su espalda, y aquello confirmó lo que él se negaba a creer. Bill había recibido un disparo, uno que había dejado marca de entrada y salida. Un disparo. Su mente se negaba a procesar esa información, a creer que aquello fuera posible, pero lo era y casi no podía soportar mirarlo. ¿Enqué clase de mundo de porquería vivía para que un niño de doce años llevara estampada en su piel semejante marca?
El chico se había despertado por todo el jaleo, estuvo desorientado por un momento, pero al notar el shock en las facciones de Tom y su mirada clavada en su pecho, se dio cuenta que había cometido el error de dejar al descubierto aquello que se había prometido no mostrar a nadie jamás, y sabia que Tom esta vez no lo dejaría en paz.
—Bill… — Tom apenas podía articular palabra, y Bill quería que la tierra se abriese y lo tragara, estaba temblando.
—No es nad…
—No te atrevas a decir que no es nada Bill, no me tomes por estúpido— el músico le tomó por los antebrazos y lo mantuvo quieto frente a él— ¿Qué demonios pasa en tu vida? ¿Quién te hizo esto?— dijo, mirando fijamente la cicatriz traicionera del pecho del chiquillo. Tenía tantas preguntas. Además de desesperación y deseos de matar a alguien. Estaba perdiendo el juicio.
—No puedo Tom… no puedo…— Bill no quería mirarlo. Había desviado la vista hacia abajo y sus ojos derramaban enormes lagrimones de cristal. Una parte de él quería dejarse llevar, llorar y buscar consuelo. Era solo un niño, y quería actuar como uno. Pero no podía, ¿Cómo iba a explicarle a Tom que con su silencio le estaba salvando la vida? Bill se revolvió, quería alejarse, pero Tom imprimió más fuerza a sus manos sin darse cuenta siquiera y sus dedos se hundieron en la pálida piel de Bill.
— ¿No puedes?— bufó el músico— por Dios Bill ¿Qué pasa en tu vida? tienes que decirme.
—Solo quiero cantar Tom— sollozó— yo solo quiero cantar. —Su cuerpo se agitaba mucho más violentamente y Tom lo soltó por un momento para después rodearlo en un fuerte abrazo. Bill llevaba tanto por dentro, que estaba a punto de caerse a pedazos, a punto estaba de derrumbarse y Tom no lo presionaría, pero necesitaba saber la verdad.
—Vas a cantar Bill, eres una pequeña estrella, tendrás al mundo a tus pies, el futuro es tuyo, pero debes dejar ir el pasado para obtenerlo.
—Yo… Tom no puedo…
—Si puedes, vamos… confía en mí.
Bill sorbió por la nariz, haciendo que Tom se derritiera por la ternura y estaba luchando ante la decisión de revelarle a Tom o no su oscuro pasado, cuando ambos escucharon ruidos extraños.
El sonido de una puerta al ser forzada de manera muy silenciosa, mas silencio aterrador por unos segundos, y después, pasos intrusos subiendo por las escaleras.
Tom escuchó conteniendo la respiración, en un autentico shock, sus ojos solo mostraban algo de sorpresa y mucha, mucha rabia.
Habían invadido su territorio, había alguien en su casa, en su espacio, en la seguridad que élhabía creído tener para el mismo y ahora para Bill, y ese alguien era peligroso, su intuición se lo decía. Sintió su sangre arder por el coraje y a la vez congelarse por el miedo, pero no por él, sino por Bill, quien por su parte solo cerró los ojos, derrotado, resignado.
Antes de que ambos pudieran al menos reaccionar, la puerta de la habitación se abrió con violencia, dándole entrada a tres sujetos vestidos totalmente de negro, dos de ellos con lentes oscuros y un rifle sniper con mira telescópica en los brazos cuyos cañones apuntaron directamente a la cabeza de Tom. El tercer sujeto, el último al entrarvestía un traje totalmente negro, pero él no llevaba lentes oscuros, el llevaba gafas, era alto, robusto, se apreciaba fuerte, con su rubia cabellera brillando como el oro y de no ser por los ojos astutos y vivaces que se movían de un lado a otro siguiendo cada movimiento, su rostro impávido y sereno habría resultado verdaderamente terrorífico.
Tom solo atinó a cubrir a Bill con su propio cuerpo y encararse con aquel sujeto en silencio, midiéndose. El músico sabía que era estúpido hacer preguntas sobre el motivo de tal ultraje o incluso ordenarles que se largaran. Lo único que su mente podía procesar en ese momento es que ambos, Bill y él, estaban en grave peligro, tenía esa certeza y no sabía tan siquiera porque, mientras el joven Bill, escondido entre los omoplatos de Tom caía presa del terror, la culpabilidad y la sensación de haberlo jodido todo… otra vez.
El hombre de cabello rubio se había entretenido un momento mirando a su alrededor, la cama sin hacer, con las mantas desordenadas sobre la alfombra, las cortinas medio cerradas y el ambiente que solo olía a frescura y atardecer.
—Hmmm— suspiró, movió la cabeza y sin despegar la mirada de los ojos de Tom, escupió en voz baja una orden que era dirigida a los hombres que lo acompañaban — tráiganlo.
Tom reaccionó y salió de la cama hacia atrás, arrastrando a Bill con él, sin saber bien que hacía, solo tenía claro que no podía permitir que aquellos sujetos se llevaran al chico que tantos buenos momentos le había hecho pasar, simplemente iba mas allá de su entendimiento. ¿Pero como lo habían encontrado? La mente de Tom era un torbellino, y finalmente atinó a que aquello se debía al espectáculo montado en la agencia, no había más, seguramente la red estaba llena de esas noticias.
El hombre que había dado la orden, al ver la postura de Tom, solo movió la cabeza de un lado a otro con pesar y sacó de su espalda una pistola enorme, totalmente negra y con un silenciador adaptado al cañón, mismo que apuntó a la frente de Bill sin ningún miramiento.
—No haga estupideces señor Trümper, porque en menos de treinta segundos habré matado al niño, y después a usted.
Tom pestañeó un par de veces, se sentía en un completo shock por dentro, pero por fuera se mantenía erguido y tenso, alerta. Su mente trabajaba mil por hora, calculando las posibilidades, y descubrió, con furia y desesperación, que no había posibilidad alguna, con tres armas de fuego de alto calibre apuntando directo hacia ellos.
Tan ensimismado estaba, que no había notado que Bill se removía en sus brazos, hasta que finalmente se dio cuenta, el chiquillo, que trataba de mantener su dignidad en alto aunque las lágrimas resbalaban por sus mejillas, se había soltado de su agarre.
—Bill, ¿Qué haces?— intentó volverlo a acercar a él, pero el niño lo rechazó.
—Si no voy nos matan a los dos, lo siento Tom…— la voz baja de Bill se quebraba, y en sus ojos brillantes y oscuros como obsidianas solo había dolor— perdóname, por favor— después se volvió hacia el hombre de cabello rubio — ¿el… va a estar bien?— y había tal inocencia en esa pregunta, que los ojos del hombre se suavizaron por un segundo.
—El estará bien sitú obedeces.
Pero Tom no era de esas personas que ceden, que pierden, que bajan la cabeza y se dejan ganar, el no, el era un lobo que luchaba hasta la muerte.
—Dije que no— tronó el músico, harto ya. Quería que aquellas personas se largaran de su casa, le daba igual como fuera. Se irguió en toda su estatura, escudando a Bill con su propio cuerpo justo en el momento en el que el hombre de cabello rubio meneó la cabeza, desvió el arma hacia él, y disparó.
Tom sintió la fuerza de la bala antes de escuchar el casi insonoro cañonazo de la pistola. El impacto lo derribó hacia atrás, haciendo que su espalda se estampara contra la puerta cerrada del baño mientras su cuerpo se iba escurriendo lentamente hacia abajo. No sintió dolor por un instante, pero después corrió por su cuerpo como un cuchillo de fuego y quiso gritar, pero el lobo que vivía dentro de él lo obligó a callar, a permanecer allí, casi sin moverse.
Su mente estaba ofuscada, paralizada. La bala entró profundo en su pecho, zigzagueando entre las costillas y destrozándole partedel diafragma hasta que se detuvo a escasos milímetros de su pulmón derecho.
Quería pensar que aquello no era real, que era otra de sus pesadillas, pero su lucidez que jamás se apagaba lo obligó a reaccionar. Escuchaba su propio nombre en los alaridos desesperados de Bill, y a pesar de que su vista era clara y borrosa a momentos, pudo distinguir a su pequeña súper estrella forcejeando en los brazos de alguno de aquellos tres lunáticos. Estiró una mano, como si pudiera alcanzar al chico de esa manera, quiso levantarse, pero su cuerpo no le obedecía y de un momento a otro, dejó de oír y de mirar, su habitación se había quedado vacía y en silencio, o eso pensaba él, hasta que frente a sus ojos apareció el rostro del hombre que le había disparado.
Su cara era perfecta, como el esbozo de un pintor que había trabajado solo con curvas y círculos, sus ojos, grandes y redondos eran color marrón, el mismo color de la madera de caoba y su boca pequeña de labios siempre húmedos se curvó en una amigable sonrisa. Demasiado amigable tal vez.
— ¿Bill…donde esta?— preguntó Tom. Su voz sonaba pastosa y débil.
—Es una lástima. Si hubiera estado en mis manos, yo nohabría disparado, pero ordenes son órdenes.
— ¿…ordenes?— tosió, haciendo muecas de intenso dolor— ¿de quién?
—Del señor Aleksandr Bobrikov, por haberte llevado a su hijo.
— ¿Dónde está Bill?— demandó Tom, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban.
—Olvídate de él, como si jamás hubiese existido en tu vida, será lo mejor.
Aquellas palabras provocaron en Tom un dolor más fuerte que el de la bala que ahora laceraba su pecho.
—No…— dijo apenas con un hilo de voz, mientras la sangre manaba a chorros desde la herida abierta de su pecho.
El hombre, que respondía al nombre de Gustav, se alejó hasta la cómoda en donde estaba el móvil de Tom.
—Por tu bien Trümper, mas te vale morirte— le dijo al momento de tirar en su regazo el móvil, después de haber marcado el numero de emergencias, dejando la línea abierta— hasta nunca.
Y se fue, dejando a Tom completamente solo, en la penumbra, débil y vulnerable. La parte humana y simple que había en su interior quería acostarse ahí a esperar la muerte, pero la chispa de lobo que corría en cada gota de su sangre era mucho más resistente y con las últimas fuerzas que le quedaban, tomó el móvil para responder a la operadora de la línea de emergencias, con solo un pensamiento en su mente:
“Bill…”
& Continuará &
Que mierda 🫥🫥🫥🫥