& Capítulo 6 &
Y comenzaron a pasar los días.
La caja medio llena de pastelitos Twinky con relleno de vainilla yacía abierta sobre la alfombra al centro de la habitación que Tom tenía destinada como “sala de juegos”, porque él era un amante de los juegos de video.
El músico alargó la mano derecha hacia la vulnerada caja, tomó un pastelito y ayudándose con los dientes, destrozó el envoltorio plástico, lo escupió por ahí y se metió toda la golosina a la boca, comenzando a masticarla como un experto, todo sin despegar la vista de la enorme pantalla de ochenta pulgadas y sin soltar el mando de la consola Xbox. A su lado, Bill estaba dentro del mismo trance hipnótico, dándole con todos los dedos al mando de la consola.
Una gota de sudor espeso y transparente descendía perezosamente por la sien de Tom, mientras en su frustración se tragaba entero el pastelillo, sin masticar. Hizo una mueca cuando la bola de pan y crema se atoró por un doloroso momento en su garganta.
Bill estaba dándole una verdadera paliza en Halo Reach y no lograba vencer al mocoso…
“Y llegué a considerarme experto” pensó irónico.
Ambos estaban sentados de piernas cruzadas sobre la alfombra. Habían comenzado a jugar un par de horas atrás, después de la cena.
Todo muy decente, ambos sentados sobre el mullido sofá de piel que estaba al fondo de la habitación, pero por la excitación del mismo juego, los dos habían ido acercándose hasta tener las narices a tan solo un metro de la pantalla. Bill estaba incluso más cerca de la televisión, con media docena de envolturas de pastelitos a su alrededor y el pelo alborotado.
— ¡Jaaaaaaaa! — el grito de triunfo de Bill reverberó por cada habitación de la casa, dejando ecos que taladraron el derrotado cerebro de Tom, quien bizqueaba, en shock.
Bill le había ganado, y le había ganado con todas las letras, lo había hecho polvo.
El chiquillo soltó el mando y se levantó de un salto, cayendo hacia atrás al sentir las piernas entumidas por haber estado tanto tiempo en la misma posición. Tom ni se inmutó.
—Serás bobo.
—Bien Tom…— el tono de superioridad en la voz de Bill hizo que Tom quisiera realmente ahogarlo, pero se contuvo— perdiste y tienes que pagar.
— ¿Pagar? ¿Pagar qué? — preguntó el músico, fingiendo demencia.
—Ya sabes qué.
— ¿Ah sí? Tengo lagunas Bill, ¿y si me lo recuerdas? — pidió el músico, con un tono de inocencia tan fingida, que hizo dudar seriamente al niño. Sabía que estaba mal que hiciera eso, pero no podía contenerse. Amaba confundir y hacer enrabietar a Bill. El músico se estiró, recostado sobre la alfombra y sus huesos crujieron.
—Pues… debe ser la edad…— murmuró Bill muy bajo, tanto que Tom ni lo escuchó.
—Que murmuras… ¿también tienes lagunas? — picó, enderezándose y tomando un sorbo de la botella de cerveza que estaba a unos centímetros de él. Le dolía un poco la garganta después de haberse tragado semejante esfera de pastel y el frescor de la cerveza le aliviaba.
—No, yo estoy sano.
Tom se atragantó con la cerveza y por segunda vez quiso tomar a Bill y definitivamente ahogarlo.
— ¿Me estas llamando enfermo?
—Sí. — dijo Bill, quien sabiamente puso distancia de inmediato, siendo más rápido que Tom por una fracción de segundo. El músico había intentado pillarlo, pero se le había escurrido de entre las manos— ya Tom… cumple tu palabra.
—Deberías agradecer que sigues vivo, tu, melón. Si te pillo de mato.
—No cumplirás… no tienes palabra…— desvió el avispado chiquillo, haciendo que la expresión de Tom se nublara.
Desde luego que tenia palabra, era únicamente que jamás pensó que Bill fuera a ganarle, porque de haberlo sabido, de ninguna manera habría aceptado la descabellada apuesta de Bill. Y había perdido. Aquello significaba que debía dejarse tocar por Bill, quien había impuesto que si el músico perdía, le haría un par de coletas de colegiala en las rastas, por un minuto.
Tom en verdad estaba aturdido, ofuscado y rabioso. Le supuso cinco minutos de autocontrol mental para simplemente permitirle a Bill acercarse.
—Mira, mocoso, se lo que dije y yo soy un hombre de honor y cumplo mi palabra. Pero te daré un límite de tiempo.
—No dijiste nada de límite de tiempo— refunfuñó Bill.
—No me lo preguntaste. Ahora, debes buscar en mi habitación un par de gomas para el cabello, regresar, y hacer esa ridiculez que quieres, todo en dos minutos… y contando— terminó Tom, dirigiendo la mirada a su reloj.
Bill entonces salió disparado como relámpago hacia la puerta, se derrapó en las maderas pulidas del piso del pasillo y corrió a la habitación de Tom, pero se detuvo en seco al entrar. ¿Dónde demonios se supone que debía buscar? Aquella habitación estaba tan ordenada como un museo, y no se atrevía a abrir ninguna gaveta o cajón, a pesar de llevar en casa de Tom casi diez días.
Se decidió por el baño simplemente por pura desesperación. Había perdido por lo menos treinta segundos, y en el baño encontró las gomas para el cabello en el segundo cajón de una cajonera transparente.
Regresó corriendo a toda velocidad y se encontró con Tom, quien seguía en la misma posición, sentado en el piso con las piernas cruzadas y la vista clavada en su enorme reloj de pulsera.
—Eres rápido— murmuró— minuto y medio, y si me das un solo tirón, te empotraré contra la pared y no podrás moverte en tres días.
Bill asintió con nerviosismo. No pasó por alto la advertencia de Tom, sabía que el músico la cumpliría al pie de la letra, así que con dos movimientos rápidos y certeros separó las rastas en dos partes iguales, las sujetó con las gomas, y después se alejó para contemplar el resultado: Tom con coletas.
No pudo evitarlo, era demasiado gracioso, superior a él, y terminó por tirarse al piso, presa de un ataque de risa.
—Pero esta te juro que me la pagas, Bill— murmuró Tom, con los ojos cerrados y las aletas de la nariz dilatadas— te la voy a cobrar al doble.
—No importa— hipó el chiquillo —esto no tiene precio— y siguió rodando por el piso, riendo a carcajadas y mirando cada pocos segundos a Tom quien trataba de mantenerse sereno, solo contando los segundos. Nunca le había parecido tan eterno un solo minuto.
Cuando el plazo se cumplió, Tom sacudió la cabeza como lo haría un cocodrilo en pleno frenesí, obteniendo como resultado que las gomas salieran volando. Se levanto de un salto y atravesó a Bill con la mirada. Se sentía rabioso, extrañamente rabioso, sádico incluso, pero no para dañar a Bill, era una emoción rara que no supo clasificar, y como no quería decir ni hacer ninguna insensatez, volvió a mirar su reloj.
—Será mejor ir a dormir, son las dos de la mañana.
—Tom pero…
—Pero que
— ¿Pero y este desastre? — inquirió Bill de pie al lado de Tom, mirando hacia dentro de la desordenada habitación. La alfombra estaba tapizada de envolturas de pastelitos, latas de jugo de frutas y un par de botellas vacías de cerveza, los mandos de la consola de videojuegos en el piso con los cables enredados y los almohadones del sofá desperdigados por ahí.
—Mañana vienen a hacer limpieza— dijo Tom restándole toda la importancia y ahogó un gigantesco bostezo— a menos que quieras limpiar tú en lugar de ir a dormir…
—Yo…— Bill se lo pensó por un momento en el que Tom lo miró intensamente, tratando de descubrir algo sobre su personalidad a través de sus pupilas, pero como de costumbre, no pudo ver más allá de una simple sombra de desconcierto, y exasperado, rodeó el delgado cuello de Bill con su enorme brazo y lo jaló hacia afuera.
—Mejor nos vamos a dormir.
Bill ya estaba algo más acostumbrado a la extraña y violenta forma de ser de Tom, y sabía que cuando el músico se desesperaba, lo más probable era que desquitara parte de esa frustración con él, pero a Bill no le molestaba, aunque tuviera ya algunos leves magullones en los hombros y en el cuello.
“Quizás por eso sigue soltero” se dijo el chiquillo a si mismo mientras se dejaba arrastrar hasta la habitación de Tom, donde ahora siempre dormía…
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— ¿Harás algo hoy? — preguntó Bill con la boca medio llena de una porción de los panqueques de vainilla y nuez que eran una de las especialidades de Tom.
—No hables con la boca llena— espetó el músico, desviando los ojos de su revista de arquitectura para mirar a Bill con el ceño fruncido.
Estaban sentados en la barra desayunador, como siempre. El sol brillante de la mañana entraba a chorros por la ventana abierta, bañando los pisos de madera pulida, acompañado de una brisa fresca con aroma a jazmín y agua clorada. Bill suspiró, tranquilo y en paz consigo mismo, relajado y feliz, y aquello no pasó desapercibido para los ojos de Tom, quien dejó de prestar atención a su lectura y fijó su brillante mirada en el niño que tenia a escasos treinta centímetros.
Se entretuvo mirándole por un rato. Bill pinchó una rodaja de fresa con la punta del tenedor y se la llevó distraídamente a la boca, saboreándola con lentitud, mientras seguía con la vista fija, perdida en algún punto fuera y a través del enorme ventanal, y Tom no se dio cuenta, pero ya tenía la boca entreabierta y el cerebro saturado de endorfinas por el simple hecho de observar a Bill. Empezó a pensar e imaginar que sabor tendría ahora el interior de esa boca, un sabor colmado y repleto a fresas y nuevas experiencias…
Frunció el ceño y se alejó, molesto. ¿De dónde había surgido aquel ridículo pensamiento? ¿De qué rincón de su cerebro alterado por el ácido había podido nacer? Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en la lectura que tenía enfrente. Bebió incluso ávidamente de su taza de café para despejarse y recordó la pregunta que hace unos momentos Bill le dirigiera.
—Si… iremos — dijo, haciendo énfasis en el plural—… a la agencia por la camioneta.
Habían pasado casi ocho días desde que Tom había enviado su adorada camioneta blanca a la agencia para que repararan el rin doblado y quitaran los raspones de las defensas, y según la factura, aquel día estaría lista— además, te dije que hoy venían a hacer limpieza y si estamos aquí sólo estorbaremos.
— ¿Y cómo iremos hasta ahí? —preguntó Bill con suspicacia. Tom volvió a fruncir el ceño.
—Esa es una pregunta muy buena— lo pensó mientras volvía a tomar otro sorbo de su taza de café —¿sabes conducir…?— le preguntó a quemarropa, sonriendo al estilo grinch.
Bill parpadeó, confuso y se sumergió casi por completo en su vaso de leche con chocolate mientras negaba con la cabeza.
—Interesante…— Tom sonrió y rio un poco, dejó su taza medio llena de café sobre la revista y tomó su celular que descansaba sobre la mesa.
Bill lo miró levantarse al momento que deslizaba los dedos con gracilidad por la pantalla; su corazón se aceleró de un modo muy particular, su cuerpo reprimió un estremecimiento, y Bill culpó a la fría brisa matinal. Se ajustó mas la cremallera de su chaqueta de cuero, y se concentró en terminar su desayuno, el más delicioso que había probado hacía mucho tiempo; sin embargo no resistió mirar a Tom mientras éste hablaba por teléfono cerca de las puertas de cristal que daban paso a la terraza. El chiquillo contempló fijamente la boca de Tom, sus sonrisas traviesas, su manera de hablar y el modo en el que el piercing de su labio se movía cuando él lo jugueteaba con su lengua… no podía dejar de contemplar esos labios y deseó poder caer por entre ellos, poder bajar por la garganta de Tom y acabar enroscado en su vientre, cómodo y seguro. Estaba empezando a ponerse nervioso y quería hacer mil cosas a la vez. Tom volvió justo en ese momento, se sentó y volvió a tomar su taza.
— ¿Todo está bien? — Bill se le acercó quizá demasiado, y Tom lo miró fijamente, en blanco.
—…— el músico sólo emitió un pequeño sonido ahogado.
— ¿Tom? — el aliento caliente y dulzón de Bill se estampó en su rostro y Tom se acercó más a él, de manera inconsciente, ávidamente hambriento de ese aliento. Bill entornó los ojos con languidez, mirando fijamente los labios de Tom, esos que lo habían hechizado. Se encontraban tan solo a cinco centímetros, cuando el celular de Tom comenzó a vibrar sobre la mesa, reclamando atención. Entonces el músico se percató de la situación y se alejó en el acto, con la mente ofuscada y obnubilada.
—Diga— espetó molesto, mientras se levantaba y caminaba lejos de Bill, quien solo atinó a hundir el mentón en el pecho, avergonzado y emocionado al mismo tiempo.
Tan ensimismado estaba en sus cavilaciones, que no se dio cuenta de que Tom, ya casi totalmente tranquilo, había tomado asiento nuevamente frente a él.
— ¿Estás bien? — inquirió el músico, y el chiquillo saltó —ehh, serénate.
—Tom— murmuró Bill sin aliento —me asustaste.
El músico no respondió, solo se dedicó a mirarlo fijamente por algunos segundos agónicamente desesperantes para Bill
—Ya está todo arreglado.
— ¿De qué hablas?
—Dios santo Bill, sufres un grave déficit de atención, pues de lo que hablábamos sobre ir por la camioneta a la agencia.
—Oh… ohhhh si, de eso— balbuceó estúpidamente, su cerebro aun vagaba por rincones desconocidos para él.
—Sí, de eso— imitó Tom con una voz chillona y exagerada a la de Bill, y a consecuencia de ello, el chico enrojeció de rabia y vergüenza.
—No hagas eso— bufó.
— ¿Por qué no? Es graciosa tu cara de enfado— Tom comenzó a reír y Bill entornó los ojos, molesto.
—No me gusta, no lo hagas— volvió a bufar, y Tom rió mas sonoramente ante ese comportamiento de niño chico.
—Ya, ya pequeño Bill— dijo, haciendo énfasis en la palabra pequeño— termina tu desayuno porque en treinta minutos llega nuestro transporte.
Dicho esto ninguno volvió a hablar. Bill terminó todos sus panqueques y la ensalada de frutas bañada de jarabe de chocolate que Tom le había servido como guarnición, entretanto el músico, enfrascado en su lectura, apuraba lo último de su taza con café.
Treinta minutos después, Tom iba cómodamente retrepado en el asiento de piel de un enorme mercedes negro. Y aunque su postura reflejaba comodidad, en su rostro solo podía apreciarse una mueca de incredulidad fastidiada. Bill iba en el asiento contiguo, totalmente callado. El chiquillo miraba por la ventana sin mirar realmente nada y jugueteaba con el zipper de su chaqueta de cuero roja y blanca.
—Dime Bill— Tom se acercó a él tanto como para poder hablarle al oído sin que escuchara el chofer— ¿no te parece una ridiculez que envíen un mercedes desde una agencia de autos Rover?
Bill se lo pensó durante un momento, estaba distraído y no podía hilar bien sus ideas, sin embargo conocía lo suficiente de autos como para responder sensatamente.
—Un poco ridículo solamente Tom… piénsalo bien, seguro este es el auto del dueño de la agencia.
— ¿Qué te hace pensar eso?
—Tratándose de ti… un músico famoso, si yo fuera el dueño de una agencia, enviaría a por ti mi auto personal.
Tom no dijo nada más, tampoco volvió a acercarse a Bill, pero aquello se quedó clavado en su pensamiento y supo que Bill tenía razón cuando vio como el chofer sonreía de admiración complacida hacia las palabras del chiquillo.
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—…y como ve, señor Trümper, la camioneta ha quedado como nueva— el asesor financiero de Tom le estaba haciendo entrega de su amada camioneta, y Tom examinaba con ojo de neurocirujano las reparaciones, alegrándose al no encontrar ni el mas mínimo desperfecto.
— ¿Pudieron reparar el rin? — inquirió Tom, suspicaz. Recordaba perfectamente las casi 7 abolladuras que le había hecho y la inseguridad que le produjeran las mismas ante la posibilidad de que pudieran repararse.
—No señor, estaba demasiado dañado así que se le colocaron rines nuevos a los cuatro neumáticos.
Tom sonrió complacido y dio un paso atrás para admirar el esplendor que irradiaba de su camioneta de súper lujo.
— ¿Qué te parece Bill? — Silencio — ¿Bill…?— Tom se volteó para ver porque Bill no le respondía, pero Bill no estaba por ningún lado y Tom sintió su sangre congelarse dentro de sus venas.
—¡¡Bill!! — casi gritó y después se volvió hacia el asesor, quien había levantado la mirada de los papeles que revisaba.
— ¿Señor…?
— ¿Dónde está? ¿Dónde está él? — le gritó a la interrogante y confusa mirada del asesor —El chico que venía conmigo, alto, delgado, de cabello corto negro.
—Lo siento… no me di cuenta— se excusó el hombre.
Tom ya estaba comenzando a sentir el aguijón del verdadero pánico clavado con saña en la nuca, acompañado por una clase muy particular de sudor frío que nacía de sus sienes al darse cuenta de que podía perder al chico con la misma facilidad con la que lo había encontrado.
Le dio una escaneada rápida a todo su alrededor. La agencia era un paraíso de pisos de mármol pulidos, ventanales gigantescos de piso a techo, alegres arreglos de plantas y flores en sus macetas y camionetas de acabados cromados y lustrosos en los que se reflejaban las decenas de luces del techo, creando en sus metálicas superficies una textura casi diamantada.
—¡¡BILL!!— vociferó, andando a grandes zancadas por el lugar. Sus gritos atrajeron la atención de otros cuantos compradores y trabajadores de la agencia. Pronto todos se dieron cuenta de que Tom buscaba a un niño, y las personas ahí reunidas comenzaron a mirar hacia a todos lados, curiosos y consternados a la vez.
—Yo vi a un niño solo— dijo una señora de manera reflexiva al ver pasar a Tom, quien se detuvo en seco y la encaró. El músico estaba tan exaltado, que la señora dio un paso atrás.
— ¿En dónde? — demandó, demasiado brusco.
—Estaba mirando unas camionetas, allá por la entrada, y otra persona hablaba con él, recuerdo que me pareció muy raro porque no era un chico muy normal, le dije a mi esposo que era demasiado delgado y huesudo y…
Pero Tom ya no la escuchaba. Se dio media vuelta en dirección hacia la entrada y caminaba tan rápido que ni siquiera su asesor y unas cuantas personas curiosas más le igualaban el paso.
En un principio no vio absolutamente nada, pero después escuchó voces, y reconoció con infinito alivio el agudo timbre de voz de su pequeño murciélago. Bill estaba encaramado tras el volante de una elegante camioneta Evoque* color negro y un hombre vestido con traje y corbata roja que lo distinguían como trabajador de la agencia estaba con él, de pie a un lado de la camioneta. Tom sonrió por un micro segundo antes de sentirse invadido por la furia y el coraje. Sabía que aquello no era racional, solo era el resultado del pánico por haberle creído perdido. Estaba comportándose como un perfecto imbécil, pero lidiaría con aquello después.
Se acercó a grandes zancadas a Bill y lo bajo de la camioneta dándole un fuerte tirón a su brazo.
Las pupilas del chiquillo se dilataron por el terror y la sorpresa, pero antes de que pudiera reaccionar, ya estaba de pie frente a Tom y éste agachado hacia él, lo había tomado por los brazos, justo por encima de los codos y había comenzado a apretar antes de darle dos violentas sacudidas.
—¡¡ ¿Por qué te fuiste así de mi lado sin decirme nada?!! — Bramó colérico —¡¡Bill!!
Los asesores y los pocos entrometidos curiosos que presenciaban la escena se quedaron estupefactos ante aquel despliegue de violencia.
El chiquillo no podía entender tan tremendo enfado, estaba asustado y sus grandes ojos se inundaron de lágrimas, pero ni una se derramó. Tom tampoco podía entender muy bien porque se sentía tan rabioso, al punto de querer encadenar a Bill a uno de los postes de su cama, pero al ver su propio reflejo distorsionado y monstruoso en el espejo de los ojos de del chico, se relajó lo suficiente como para guardar algo de compostura y le soltó un solo brazo.
—Vámonos.
—Sólo quería ver esa camioneta— murmuró Bill con la voz muy baja. Tom no respondió; caminó de nuevo hacia dentro de la agencia, remolcando del brazo a un Bill cabizbajo y sumido en un silencio rebelde.
—Señor Trümper— dijo su asesor con voz suplicante al mirar como Tom metía a Bill a su camioneta abriéndole la portezuela con helada cortesía— no se enfade tanto con su… con el chico— dijo finalmente al no tener ni idea del parentesco entre Bill y Tom— así son los niños.
—Tal vez, pero debió haber prudencia en ese empleado que estaba con él— respondió Tom, furioso y cerró de un portazo, y como no quería hablar de mas y terminar mordiéndose la lengua, se subió a su camioneta y encendió el motor— carguen todo a mi tarjeta de crédito.
Dicho esto el músico aceleró y pronto estuvieron deslizándose por el asfalto oscuro de Berlín en completo silencio.
Bill iba mirando por la ventanilla abierta con el ceño fruncido y mirada pensativa, y Tom solo miraba el camino por el cual conducía. Ya no estaba enojado con Bill, sino consigo mismo. La escena que montaran en la agencia hacia algunos minutos le había vuelto a la realidad que vivía con Bill. Realidad en la que se había querido engañar a sí mismo. Había dejado que transcurrieran los días con la esperanza de saber más cosas acerca de Bill, pero no habían avanzado en nada, al menos en ese aspecto. Y lo que acababa de suceder había hecho a Tom sobrecogerse de furia y miedo, pues se dio cuenta de que ya estaba encariñado con el chico. Se había acostumbrado a su presencia, a disfrutar del aroma dulce de su aliento, de la chispa de rebeldía en sus ojos y en lo reconfortante de su silenciosa compañía. Y aquello era lo único que Tom se había prohibido a si mismo hacía doce años. Estampó su puño cerrado contra el volante en un ataque de rabia. Bill dio un salto y se alejó lo más que pudo de Tom, pegando tanto su cuerpo a la puerta, que parecía que se quería fundir con ella.
El músico vio su reacción de reojo y suspiró pesadamente.
—Lo siento— murmuró y continuó pensando y conduciendo. Solo un par de preguntas rondaban en su mente en aquellos momentos “¿Qué voy a hacer con Bill?”… “¿Qué voy a hacer sin Bill…?”
Miró al chiquillo. Se había relajado un poco, pero su cuerpo entero irradiaba tensión y miedo, y Tom no quería que Bill le tuviera miedo, pero lo había, flotaba en el ambiente, y Tom miró como Bill se frotaba de manera inconsciente los antebrazos, que seguramente le dolían, y el músico quiso matarse.
Consultó el reloj en el tablero de instrumentos, viendo que apenas era medio día. No sabía bien a donde ir, solo estaba conduciendo en círculos. No quería volver a casa, y además el equipo de limpieza seguiría ahí.
— ¿Quieres hacer algo? — le preguntó al chico.
— ¿Yo? — Bill lo miró con aquellos desconcertantes ojos marrones suyos, y Tom asintió.
—Sí, tú… escucha Bill— Tom se frotó la frente y continuó conduciendo con una sola mano— no estoy enfadado contigo.
Bill parpadeó confuso.
—Pero yo pensé que…
—Eres muy joven como para entenderlo, ya te lo he dicho, y aunque tuvieras mi edad no entenderías, así que solo confórmate con saber que no estoy enojado contigo.
— ¿Por qué quieres que me conforme con eso?
—Porque odio verte con esa actitud de conejito asustado, relájate. Iremos a hacer algo.
— ¿Algo como qué?
Tom no respondió, se detuvo en una luz roja y miró a su alrededor, fijándose en una enorme pantalla a la entrada del estacionamiento de un centro comercial.
— ¿Te gustaría entrar al cine?
— ¿El cine? — A Bill se le iluminó el rostro —me encantaría.
Bill sonrió y Tom también sonrió, recordando que su acompañante no era nada más que un crio de doce años.
A menudo solía olvidarlo…
El músico encontró un buen lugar cerca de la entrada y entró con Bill en el centro comercial, no sin antes cubrirse con la gorra y las gafas, aunque se dijo que aquello era ya una ridiculez, sin duda el espectáculo recién montado en la agencia inundaría los periódicos y las redes sociales al día siguiente. Pero Tom no quería pensar de momento en eso así que solo se dedicó a disfrutar del paseo y de la compañía de Bill, quien iba prácticamente saltando del gusto.
En la taquilla ambos miraban las pantallas que anunciaban las películas que se exhibían, y cuando la empleada les preguntó cuál función verían, ambos se miraron, sonrieron cómplices y respondieron al unísono:
— ¡Transformers!
Bill y Tom pasaron casi todo el día en el centro comercial, comieron después de salir del cine, pasearon por las tiendas, compraron chucherías y al caer la tarde, el músico conducía su camioneta de regreso a casa, donde el equipo de limpieza debería ya haber terminado su jornada semanal.
El sol estaba prácticamente exangüe en el horizonte cuando Tom ingresó al exclusivo fraccionamiento residencial donde vivía. Conducía de una manera muy lenta porque no tenía prisa alguna, y además porque Bill iba cómodamente dormido sobre el asiento que Tom había reclinado para él. Parecía que la camioneta ejercía algo en aquel chico, quien no podía pasar más de un cuarto de hora dentro de ella antes de caer frito.
Tom suspiró, metió la mano en la consola central y sacó el control de su portón eléctrico, pero se percató de que había un pequeño auto compacto negro aparcado justo en su entrada, estorbando totalmente. El músico frunció el ceño, se detuvo y dejando su camioneta en punto muerto salió de ella, y el dueño de aquel reluciente auto también descendió. Ambos se miraron por una corta fracción de segundo, mientras la tensión y la adrenalina inundaban todos y cada uno de los músculos de Tom. Sin duda, su tiempo con Bill pronto terminaría…
& Continuará &