&   Capítulo 5   &

Casi treinta minutos después de conducir con extremo cuidado, la herida camioneta por fin estaba aparcada en el oscuro garaje lleno de cajas de herramienta pulcramente apiladas, mangueras, bicicletas y artículos de campismo de Tom, con dos rines doblados y el parachoques blanco inmaculado lleno de raspones.

El músico, inclinado hacia los daños sintió el pulso acelerado, latiendo furioso y maldijo una docena de veces. No había remedio, tendría que enviarla a la agencia para que la reparasen.

Le dirigió una mirada corta a su Cadillac negra, aparcada perfectamente a un lado y al pequeño y sensual Audi blanco que se escudaba detrás. El amaba sus autos, pero había desarrollado una preferencia extraña y especial por su Rover blanca, tan amplia, elegante, cómoda, iluminada… suspiró, mirándola de nuevo con una expresión de lastima culpable, esperaba que se la pudieran entregar pronto.

Después sacudió la cabeza para liberar su frustración y caminó hacia la portezuela del pasajero. Bill seguía durmiendo la siesta, y Tom, que en aquellos momentos se encontraba aun en su estado fatalista, sólo le tomó por la barbilla, moviéndolo un poco y de manera suave hasta que Bill se meció, medio aletargado y soñoliento.

—Despierta, ya hemos llegado— espetó, tomando la famosa botellita de Ogo antes de que se terminara derramando sobre los asientos de piel blanca, lo cual no contribuiría en nada a mejorar su negro humor.

—¿Huh? ¿Llegamos? — Bill se frotó los ojos, intentando decidir si volvía al mundo de los vivos.

—Eso fue lo que dije— Tom liberó el cinturón de Bill del seguro y esperó mientras el chico se bajaba de un salto.

—¿Me dormí? — preguntó, inocente, y Tom le dirigió una mirada de incredulidad shockeada, antes de pasar de largo y entrar en su casa. Bill lo siguió con su amarronada mirada y podría jurar que le había escuchado suspirar un “Dios santo”.

Tom se movía con seguridad por su casa. Entró esquivando las bolsas cuidadosamente apiladas con los elegantes logotipos de las tiendas NM, y un océano más de bolsas repletas de víveres. Al músico cada semana le surtían despensas directamente las tiendas en donde él depositaba su confianza, y cuando llegaba, todo estaba ya en casa. Pero solo en el recibidor, era un hombre escrupuloso y él acomodaba todo, nadie podía meter mano en sus cosas… o casi nadie… exceptuando al chico que en ese momento se encontraba con las narices pegadas a la pantalla táctil empotrada en la pared del pasillo, donde estaba su agenda, calendario y mando a control remoto que contralaba la casa y las alarmas.

Tom lo observaba mudo, apoyado en la amplia barra de piedra de cuarzo claro que separaba la cocina del comedor, y tenía una ceja arqueada.

— ¿Te diviertes? — inquirió, sin apartar la mirada, preguntándose porque le dejaba hacer eso. Tratándose de otra persona, ya la habría tacleado para quitarla de ahí, para hacer que dejara de ver sus cosas privadas y personales, pero a Bill, sólo lo dejaba.

—Humm…— el tono de circunstancia de Bill le hizo, extrañamente sonreír —Tom, aquí dice que hoy era la clausura y…

—Demonios…— murmuró Tom llevándose una mano a la frente —lo olvidé por completo— murmuró muy bajo.

Decidió en un segundo que no llamaría, Dieter sabía muy bien que el show había sido una completa tortura para él, “una que todavía no terminaba”, se dijo al ver al chico aun con las narices clavadas en la pequeña pantalla.

—Dieter te comerá con todos sus dientes— dijo Bill ahogando  una risilla ante la que Tom puso los ojos en blanco, entre divertido y molesto.

—¿Si? No me digas… — bufó el músico.

—Sí, y después te va a mirar con esos ojos que…

—Ya, bueno ya, ya— interrumpió Tom, levemente exasperado— no me hables mas de eso, aun no consigo librarme del todo de ese reality eh… ¿tú qué opinas? — tentó, mirándolo mientras arqueaba una ceja cínicamente.

—Bueno… yo… emmm…— Bill no supo que mas decir, era obvio que Tom se refería a él y la vergüenza recorrió su pequeño cuerpo. Dejó de mirar la pantalla y se concentró en todas las bolsas que yacían en el piso laminado, a la entrada de la cocina.

Tom dejó de mirarlo cuando su estomago emitió un sonoro gruñido. La pizza del centro comercial había sido realmente un asco para él y estaba muriéndose de hambre.

—¿Ese fue tu estómago? — Cuestionó Bill — ¿Estas hambriento?

Tom no respondió, solo le dirigió una mirada de molestia acompañada de una extraña mueca, mientras se inclinaba sobre las bolsas para revisar su contenido.

—¿Tienes hambre tú? — inquirió el músico, al momento de ir sacando cosas.

Bill se lo pensó por un momento.

—Sí.

—Me lo imaginé— respondió, sin mirarlo —siempre tienes hambre.

Bill sonrió, se acercó y se retrepó en uno de los bancos altos de la barra desayunador que dividía la cocina del comedor y descansó su barbilla puntiaguda sobre la fría piedra de cuarzo pulido.

—¿Sabes cocinar? — preguntó, entrechocando los dientes al hablar con la mandíbula pegada a la barra. Su tono era de un escepticismo tal, que Tom reprimió las ganas de saltar sobre él y hacerle cambiar ese tono de cualquier manera.

Logró contenerse.

—Por supuesto que sé —repuso indignado— y haré algo mil veces más delicioso y digno que ese asqueroso pedazo de suela de zapato que te atreviste a comer en el centro comercial… es más, anda primero a lavarte la boca, no sé cómo puedes soportar tener ese sabor— dijo, nada mas por el placer de molestar al chiquillo, quien no se movió un ápice.

—…— Bill bostezó

—¿No piensas ir?

—No

—¿Ah no? — Tom se rió lóbregamente. Sobre el otro extremo de la barra del desayunador había colocado una pechuga de pollo, algunos vegetales y varios frascos de condimentos, y después había sacado un gigantesco cuchillo.

Bill se tragó valientemente el nudo que se le había formado en la garganta.

—No— dijo, seguro por fuera, preocupado por dentro. Sus ojos lucían soñolientos. El chiquillo también era buen actor.

—¿Y por qué no, pequeño renacuajo? — preguntó Tom con un tono de fingida afabilidad mientras apoyaba los codos sobre la barra, sin nunca soltar el cuchillo.

Era más que obvio que jamás se atrevería a dañar al mocoso, pero se estaba divirtiendo mucho.

—… porque… — la joven mente de Bill trabajaba a mil por hora — porque si me lavo los dientes ahora, la comida va a saber horrible después…

—Oh vamos, ¿no tienes nada mejor? — Tom desechó el pretexto de Bill tachándolo de insulso, mientras agitaba levemente el cuchillo frente a los enormes ojos asustados del niño— el mal sabor es momentáneo.

—Además no tengo cepillo— dijo Bill sonriendo ante la repentina revelación — ¿puedo usar el tuyo? — tentó con malicia, haciendo el amago de levantarse.

La expresión de Tom se oscureció.

—Jamás— sentenció, y apuntó el cuchillo hacia el niño, que seguía sobre el banco, a casi dos metros de distancia — ¿sabes…? Lo pensé mejor, tienes prohibido moverte de ahí hasta que yo te lo diga.

Bill asintió, satisfecho y continuó mirándolo.

&

Una hora después, Bill miraba su plato con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto. Frente a él tenía una humeante y enorme porción de comida gourmet, y Tom le había servido una copa llena hasta el tope de vino blanco helado.

—…ehh… ¿Tom? — Bill no sabía ni por donde comenzar, la porción era casi una montaña.

—¿Qué? — inquirió el músico mirándole de frente. Estaban sentados frente a frente, cada uno a un lado de la barra. — ¿No te gusta el risotto?

Bill miró la copa disimuladamente y Tom sonrió con malicia.

—Ah, el vino… ¿no te gusta el vino?

Desde luego Tom no era irresponsable, ni mucho menos estúpido. Sólo estaba algo desesperado. Todo lo que estaba haciendo tenía un porqué, y ese porque era lograr descifrar más detalles sobre la vida del chiquillo que tenía delante. Necesitaba indagar más, y como el niño no abría el pico para hablar sobre sí mismo, a Tom no le quedaba más remedio que tratar de averiguarlo por otros medios. No podía continuar ni un día mas con la única información de su afición a la pizza y el fanatismo por Halo Reach. Necesitaba saber.

—Pues… en casa no me dejan beber…

Tom casi quiso saltar de alegría. Tenía al menos un dato ahí, aunque fuera algo obvio.

—Creo que es lógico, tienes ocho años ¿no? — repuso el músico con retintín.

—No tengo ocho— dijo Bill molesto mientras removía el humeante risotto con la punta del tenedor. Una voluta de vapor impregnada con el aroma provocativo y granuloso del azafrán se enroscó en el aire y le acarició el rostro.

—Los que tengas, eso da igual, sigues siendo un mocoso, pero yo opino que no te vendría mal probar éste vino. Es una cosecha especial, dulce y suave y no tiene casi nada de alcohol.

Bill miró la condensada forma de la copa y se hundió en la alta silla.

—Una vez… — dijo el niño, mirando hacia un punto específico ubicado en la nada —una vez mi mamá me hizo beber una copa de Dom Perignon*… —Bill suspiró tristemente— recuerdo ese día Tom. Yo tenía siete años, ella y yo bailamos por mucho tiempo y después me dio vueltas la cabeza y entonces ella me tomó en sus brazos y me dejó dormir en su cama…

La voz de Bill se fue apagando y sus ojos se nublaron de agua en tan solo un parpadeo, pero el chiquillo se tragó valientemente sus lágrimas y levantó la mirada hacia Tom en una muda suplica de silencio, haciendo que el músico comprendiera que por el momento no debía presionarlo más.

—No pienses en eso ahora…— tajó Tom sintiéndose vencido y molesto consigo mismo —anda y come. — dijo antes de intercambiar la intacta copa de vino de Bill por una repleta de jugo de frutas.

&

—Bill… ¿es en serio? — un par de horas después, Tom estaba al pie de la escalera con los brazos cruzados fuertemente contra el pecho para así mantenerse quieto y no cometer alguna estupidez.

—Yo…—El chiquillo no lo miraba, y estaba rojo de bochorno.

—¡¡No lo puedo creer!! — Vociferó el músico sin poder contenerse más, agitaba los brazos y las venas del cuello se habían marcado bajo su bronceada piel— te trajiste media tienda ¿¿¿y no metiste nada para dormir??? Es increíble…

—No me acordé y de todas formas tengo tu enorme camiseta— se defendió Bill en voz baja pero firme.

—¿Qué? — Tom bizqueaba y el mal humor lo consumía, así que solo atinó a apretarse el puente de la nariz entre el pulgar y el dedo medio, respirar profundamente y contar hasta diez en su mente. —Está bien, está bien… anda ve, ve, ve, ve, ve, ve y duerme y no hagas ni un solo ruido ¿me entiendes? Ni el más chiquito ruidito de pajarito porque bajo y no sé qué te hago.

—Pero…

—No, nada de “peros”, a dormir dije…

—No tengo sueño— dijo Bill inflando los mofletes.

—No, claro que no tienes sueño después de tirarte todo el día de ayer de siesta, y todo el camino de regreso durmiendo en la camioneta, pero ¿sabes qué? Yo desperté a las malditas tres de la mañana para venir corriendo aquí a buscarte a ti y estoy muy cansado, así que subiré ahora a dormir, y quiero silencio ¿puedes quedarte aquí en silencio? ¿O tendré que obligarte a estar En-Silencio?

—No, no haré ruido— prometió Bill de pie frente a Tom, con la vista levantada hacia su altivo y atractivo rostro.

—Bien. Ahora, buenas noches Bill— terminó Tom, se dio la media vuelta y comenzó a subir siendo seguido por los ojos brillantes de Bill, pero al llegar al primer descansillo de la escalera el músico se volvió con la rabia brillando tenuemente en sus ojos oscuros. Bill retrocedió un par de pasos por puro instinto de conservación.

—… ¿Tom…?— el murmullo fue vacilante.

—Bill… subí nueve peldaños esperando que me dijeras buenas noches…

El niño parpadeó un par de veces y después sonrió nerviosamente.

—Lo siento Tom… eh… buenas noches…

—Los modales de hoy en día dejan tanto que desear— murmuró el músico por lo bajo al seguir subiendo— no sé donde vamos a parar…

Bill dejó de escuchar cuando Tom terminó de subir, y el chiquillo ahogó una risita boba y un tanto nerviosa.

Caminó hasta el enorme sofá mientras iba despojándose de la ropa recién comprada y en menos de un minuto ya estaba de nuevo enfundado en la enorme camiseta de Tom. Bill sonrió ampliamente mientras pensaba en el músico furioso que estaba escaleras arriba.

Su joven mente estaba volcada y no tenía pensamientos concisos, sólo podía darle vueltas y más vueltas al incidente de aquella mañana, a aquel despertar tan nuevo para él en todos los sentidos, y en la reacción tan negativa que había sufrido Tom.

Bill no lo comprendía a sus doce años, pero sabía que era incorrecto por su edad, y por más que trataba de auto convencerse de olvidar todo aquello haciendo caso a las palabras de Tom, no lograba alejar de su mente esa nueva emoción de tener el estomago en los pies y la mente en Marte cuando recordaba la sensación de los labios mojados y ansiosos de Tom sobre su cuello…

Sacudió la cabeza, sintiéndose molesto y se enterró entre los blancos almohadones del sofá, con la manta de micro fibra encima, y esperó y esperó a que el sueño lo alcanzara, pero no podía dormir. El sofá le parecía ahora incomodo y dio muchas vueltas, intentó muchas posiciones, con la luz apagada, con la luz encendida, con las cortinas cerradas, abiertas, pero nada funcionaba, así que después de varios minutos decidió quedarse quieto, esperando, sin moverse, y para lograrlo comenzó a contar, como Ella le enseñara hacia tanto tiempo atrás…

&

Tom siguió refunfuñando para sus adentros durante todo el tiempo que tardó en quitarse la chaqueta, la camiseta y los vaqueros, cepillarse los dientes, colocarse un pantalón de pijama y meterse en su gigantesca cama, dispuesto a dormir a pierna suelta por lo menos hasta las cuatro de la tarde del día siguiente… pero por alguna causa desconocida no lograba dormir aunque en realidad estaba agonizando por el sueño. Sus sentidos se encontraban en un estado extrasensorial, sobre todo su oído agudizado por el silbido del silencio que reinaba en la oscuridad de su habitación…

Trató de escuchar a Bill. Estaba completamente seguro de que el chiquillo no estaba dormido, pero no lograba percibirlo. Estuvo intentando captarlo por casi un cuarto de hora obteniendo sólo resultados negativos, y vencido se levantó con el coraje burbujeando en la sangre que corría por sus venas. Para él no era nada nuevo sentirse así, siempre tenía la sangre inundada de fuerza, de rabia. No había manera de evitarlo y tampoco lo intentaba… vivía sus heridas con intensidad, las dejaba sangrar, aun después de tantos años…

El músico se levantó apartando las mantas a patadas, y bajó descalzo las escaleras sin hacer el más mínimo ruido. Todo estaba oscuro, pero Tom conocía su casa a la perfección y llegó al primer piso con la sigilosidad de un gato. No vio movimiento alguno por ningún lado, y confiado se acercó al pie del sofá, donde Bill yacía hecho bola, con la respiración acompasada y los enormes ojos marrones abiertos de par en par hacia el ventanal de cortinas corridas que dejaba ver la terraza con la piscina iluminada por la luz de la luna en la superficie y las luces artificiales por debajo del agua.

—¿Qué haces? — demandó, furioso, haciendo que Bill saltara sobre la mullida superficie del sofá y dirigiera hacia él sus ojos asustados

—Tom…— articuló con el poco aire que logró halar hacia sus pulmones— yo… nada…

—Aja, nada— el músico se cruzó de brazos. Sabía que estaba siendo un poco estúpido e irracional, pero la ira lo dominaba aquella noche en especial— ¿no te dije que te durmieras?

—…es que no puedo…

—Levántate.

Bill frunció el ceño, asustado, receloso, arisco, y no se movió.

—No quiero.

—¿Ah no quieres?… Bill… No… no me obligues. — susurró Tom en un tono peligrosamente bajo.

—¿Para qué?

El músico apretó la quijada ante semejante insolencia y levantó al chiquillo de un tirón, tomándolo por el antebrazo derecho. No le costó trabajo alguno.

—Cuando yo te diga que hagas algo, solo lo haces Bill, y ya ¿entiendes?

—Pero no he hecho nada, ni un solo ruido, nada— contraatacó el niño mientras Tom lo arrastraba sin esfuerzo alguno hacia las escaleras. Subieron en menos de veinte segundos, y al llegar a la habitación de Tom, éste lo arrojó sobre su cama abusando quizá un poco de su ferocidad.

—Ésta noche en particular Bill, no confío ni en mi propia sombra. No trates de entenderme, no podrías ni aunque tuvieras mas años que yo. Simplemente no puedo conciliar que haya alguien aparte de mi por ahí en el primer piso de mi casa, así que sólo metete ahí y duérmete ¿estamos? Necesito tenerte vigilado, por lo menos hoy. Esto es parte de mí. Tú quisiste quedarte aquí, así que no te queda de otra más que aguantarte, y no me importa lo que pienses ¿entiendes?

—No… no entiendo.

—Bien, tampoco me importa— cortó Tom mientras se acomodaba bajo la manta negra, dándole la espalda a Bill, quien yacía al otro lado de la cama, con la duda dibujada en sus finas facciones.

Estaba un poco asustado, aunque una parte de él estuviera feliz. La cama de Tom era inmensamente cómoda, y su presencia, aunque plagada de oscuros demonios, resultaba reconfortante. Decidió alejarse todo lo que daba el enorme colchón, se enroscó en las mantas negras, y en menos de cinco minutos, ambos estaban profundamente dormidos.

&   Continuará   &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!