&   Capítulo 4   & 

—Ponte el cinturón— ordenó al maniobrar cuidadosamente para lograr sacar su camioneta intacta del garaje.

Bill obedeció y pronto la espaciosa Rover blanca se deslizaba suavemente por las calles iluminadas del centro de Berlín.

Tom condujo por inercia, parecía estar fusionado a su vehículo y no le costaba nada de trabajo. Encendió el estéreo y sonrió cuando las primeras notas melancólicas de “Dream On” inundaron el silencio del auto. El músico miró de reojo al niño que iba callado, mirando por la ventana, absorto. Le observó durante todo el camino, incapaz de resistirse a la intensa blancura de su piel, a la fragilidad de su cuello aun con los rojizos fantasmas de sus salvajes besos, en la negrura de medianoche que era su cabello…

Después dejó de mirar, volviendo a sentir asco de sí mismo, pero entonces reparó en el hecho de que la pequeña cría de cuervo parecía un niño maltratado. Tenía el rostro aun amoratado, con las vendoletas sujetándole la ceja rota que coronaba el ojo un poco morado. Su labio inferior aun tenía el vestigio de la herida que había sufrido, y además la cazadora militar se veía sucia, lo mismo que sus vaqueros, manchados levemente de polvo y unas gotitas de sangre seca en las rodillas. El músico negó con la cabeza, molesto.

Treinta kilómetros recorridos después, Tom se metió en el estacionamiento de un gigantesco centro comercial.

— ¿Comeremos aquí? — Bill se quitó el cinturón en cuanto Tom apagó el motor.

—No solo comeremos— respondió el músico mientras bajaba del vehículo y abría el maletero. Bill se le unió en cuestión de segundos.

Tom rebuscó entre la marea de cajas de CD y partituras arrugadas hasta que encontró lo que buscaba: una gorra negra con el estampado de Converse en el frente.

— ¿Qué mas vamos a hacer? — otra pregunta. Bill era impaciente y curioso como un gato, y Tom tenía muy poca paciencia, o más bien nada de paciencia. Le dirigió al chiquillo una mirada de advertencia mientras se colocaba la gorra sobre las rastas y unas gafas enormes sobre los ojos. La idea era pasar lo más desapercibido que pudiera. No contribuiría a su escaso buen humor el ver a la mañana siguiente su rostro estampado en cada periódico, con algún pie de foto ridículo y exagerado. Para nada.

No respondió, cerró su camioneta y echó a andar hacia dentro de la enorme plaza, siendo seguido por Bill. Dos minutos después, ambos atravesaban las demasiado elegantes y pesadas puertas de cristal esmerilado de una tienda de la cadena Neiman Marcus.

Tom pensó que a Bill se le abriría la mandíbula hasta el piso ante semejante esplendor, pero por el contrario, el niño entró confiado, caminando a su lado, atento. El músico volvió a desesperarse. ¿Quién demonios era aquel chiquillo?

Un empleado pulcramente vestido se les acercó en el acto, suprimiendo una mueca de incredulidad. No parecían especialmente clientes prometedores para una tienda como aquella, cuyos precios se elevaban hasta las nubes. Más bien lo hizo por desconfianza.

— ¿Puedo ayudarles en algo? — interrogó, con un escondido tono de altanería prepotente que hizo que Tom se cabreara en el acto.

—Sí, sí que puedes— dijo el músico, rabioso— largándote por donde llegaste— espetó, tomando a Bill del brazo y jalándolo hacia dentro del pasillo principal de la tienda.

El empleado, impactado por las palabras de Tom, se quedó estático un momento antes de seguirlos para asegurarse de que no fueran a robar nada.

“Imbécil, cretino, lame bolas” pensaba Tom, encolerizado, echando chispas con los ojos escondidos tras sus gafas. Condujo a Bill fácilmente por los pasillos suavemente iluminados de la tienda, hasta llegar al área de adolescentes. Niños habría sido muy poco, ya que Bill era  bastante alto. Al llegar, una chica de brillante cabello rubio y sonrisa dulce los abordó, pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca para saludar, Tom habló.

—Ropa, para él— dijo, bajando la mirada hacia Bill, cuyos ojos se agrandaron enormemente por la sorpresa.

— ¿Para mí? — inquirió.

—Silencio— chistó el músico.

—Desde luego— respondió la chica, eficiente, grata — ¿algo en especial?

—Lo que le guste y le venga bien, para varios días, guardarropa, todo completo. — la dependienta asintió, sonriéndole a Tom de manera un tanto boba y después tomó la mano de Bill, pero Tom lo alejó de ella, dándole un leve tirón. Después se agachó para hablarle cerca.

—Volveré por ti en treinta minutos y más te vale haber terminado, ni un minuto más, y no juegues ¿entendido?

—Entendido— replicó Bill con su voz de luz de luna— pero… ¿volverás?

—Claro que volveré, no lo dudes— la expresión de Tom se suavizó ante la ternura de la interrogante inseguridad del chiquillo, quien sonrió, confiado nuevamente.

—Anda, ve.

La vendedora los observaba callada, extrañada, y cuando Tom se dio la media vuelta para irse, ella volteó a ver a Bill.

— ¿Listo? — sonrió, y Bill también sonrió, tímido. Ella le tendió la mano nuevamente.

—Ya sabe caminar solo— espetó el músico con ironía antes de retirarse completamente.

&

 

Tom se entretuvo en el área de música, mirando sin ver fila tras fila de CD’S sin interesarse particularmente en uno. Solo tenía espacio en su mente para aquel mocoso extraño al que había ido a comprarle ropa. No se lo podía creer, era tan inverosímil que de vez en cuando dejaba escapar una carcajada seca e irónica, no sabía si de incredulidad, o de desespero. No lo sabía, pero era extraño, como nada que hubiese vivido antes. Jamás había hecho aquello, ni siquiera le había comprado ropa a ninguna de las personas con las que había estado, nada, cero atenciones, porque no quería compromisos; sin embargo ahí estaba, en las mismísimas Galerías Lafayette, esperando, mientras un chiquillo escogía ropa que él pagaría. Increíble, inconcebible, pero cierto.

Miró su reloj, escogió al azar el CD hit de Avicii y tomó el ascensor hacia el piso superior, donde a Bill más le valía estar ya listo.

La tienda estaba prácticamente vacía, y no encontró a Bill. Frunció el ceño, comenzando a impacientarse, pero entonces lo vio doblando el pasillo, caminando hacia él… y parecía otro. No lo podía negar, la empleada con la sonrisa de Barbie plástica sabía lo que hacía.

Estaba alucinante. Desde las bambas nike negras y anchas, los jeans, ajustados a sus largas piernas, hasta la camiseta negra, con un extraño estampado de una granada alada que rezaba “Death Metal Forever”. Le brillaban los ojos, remarcados sutilmente con sombra y delineador negro, y sus labios humedecidos estaban entreabiertos. Tom no pudo contener una sonrisita de admiración escondida tras un aire sardónico, lo intentó, pero no pudo.

—Eso está mucho mejor— aprobó, no resistiéndose al frágil cuerpo del chico, que parecía haberse vuelto de fuego liquido, mas alto, mas estilizado… mas tentador.

Entonces la dependienta apareció, y Tom se aclaró la garganta.

—Tiene gustos extraños— dijo ella, con simpatía, y Bill sonrió como siempre, tímido.

—Son sus gustos— tajó Tom, nuevamente serio— ¿eso fue lo único que escogiste?

Bill negó.

—Lo demás está en la caja— dijo, cohibido, y Tom hizo un gesto de molestia ante la modestia del niño.

—Entonces vamos para pagar, ya me harté de éste sitio— y caminó a grandes zancadas hacia la caja donde esperaba la pequeña montaña de ropa que Bill había elegido.

El empleado que les había recibido al entrar era quien estaba tras la caja registradora, y Tom lo atravesó con sus pupilas, desde detrás de sus grandes gafas.

—¿Señor…? ¿Método de pago? — su tono venenoso volvió a mosquear terriblemente a Tom, quien estuvo a punto de reventarle las narices de un puñetazo, pero entonces el músico se distrajo a mirar un par de muñecos de acción de Halo Reach y un CD de videojuegos del mismo tema. Se volvió hacia Bill, enarcando una ceja, mientras volvía a sonreír. Había sonreído más con el chiquillo en dos días, que durante casi toda su vida.

—Eres un gran fan ¿eh? — inquirió, mientras Bill asentía, cohibido, haciendo que la sonrisa de Tom engrandeciera, entretanto le arrojaba la tarjeta de crédito negra (como quien se deshace de una basurita) al vendedor en el rostro, para gracia del pelinegro.

—Mucho, espero que no te moleste.

—Para nada— negó Tom, haciendo un puchero de negación. El también amaba el juego, los tenía todos, quizá después jugaría con Bill, quizás lo retaría, quizás, quizás…

El empleado, después de tomar la tarjeta de mala gana, comenzó a hacer sonidos como de asfixia, ocasionando que el músico lo mirara.

—S-s-señor T-Trümper— balbuceaba, rojo de sofoco. No podía creerlo, había sido borde con una de las celebridades más famosas y temidas de Alemania. Bien sabía que si el músico se quejaba, el terminaría en la calle, como indigente, comedores sociales, albergues. Tembló.

—El mismo— aceptó Tom, retador— y más vale que te calles, porque lo mínimo que espero de este establecimiento es un poco discreción ¿estamos? — su voz era salvaje, contenida y el empleado solo atinó a asentir frenéticamente mientras comenzaba a marcar en la registradora todos los códigos de los productos que en breve serían de Bill.

Tom dejó de mirarlo y centró su atención nuevamente en el chiquillo, que esperaba, distraído, mirando hacia abajo y de nuevo se abandonó en su esplendor abstracto y volátil, sutil, como el vuelo de una mariposa. Se sentía extraño, impropio de él, pero no lograba contenerse ¿Qué rayos sucedía con él? Ese pensamiento lo amilanó casi por completo, porque no tenía respuesta alguna.

—¿Señor…?—la voz irritante del empleado volvió a crisparle los nervios, y frustrado, dejó de mirar a Bill para darle una ojeada a tan molesto elemento.

— ¿Qué?

—Una firma… por favor —dijo, alargándole a Tom su tarjeta, y el recibo de compra junto con un bolígrafo plateado y común.

El músico garabateó su firma sin mirar la cantidad y lo devolvió con brusquedad.

—Que envíen todo a mi casa, hoy.

El empleado asintió agitado, mientras Tom emprendía la retirada, siendo seguido de cerca por Bill, y una vez afuera el chiquillo haló a Tom por la manga de la chaqueta.

— ¿Qué sucede? — inquirió el músico, brusco.

—Tengo hambre.

—Si —coincidió Tom, pensativo— yo también, vayamos a buscar algo.

Después de mirar muchos de los lugares que ofrecían suculenta comida, terminaron sentados en una pizzería decorada al puro estilo italiano. A Tom ni le gustaba la pizza, el hubiera preferido entrar a algún restaurante que ofreciera comida gourmet, pero a Bill se le había antojado la pizza, y se había sentado en una mesa colocada en un lugar ruidoso, próxima a la puerta, y él había accedido. ¿Por qué demonios lo complacía? No sabía, no sabía, no sabía ya nada de la vida. Se sentía fatalista.

El músico lo miraba, siempre lo miraba, pero con expresiones cambiantes. Ahora sentía algo de pánico, pues Bill le estaba propinando un gran mordisco a su quinto pedazo de pizza, mientras que él, no podía llegar aún ni a la mitad del primero. No le gustaba, no había caso. Desvió la mirada incómodo, cuando un poco de la salsa de tomate escapo de la comisura de la boca de Bill, y volvió a sentirse enfermo, porque aquello le había tentado, sobre todo cuando el chiquillo se había limpiado usando su propia lengua. Quiso estrellar su apuesto rostro en la superficie grasienta de la mesa hasta que su nariz se incrustara en su cerebro…

Si, fatalista definitivamente.

—Tom…— el llamado de Bill hizo que se distrajera y olvidara las náuseas que de repente le nublaban la mente.

—Que— espetó.

—Uhm, quería agradecerte…

— ¿Agradecer que? ¿Por qué?

Bill bajó la mirada, desconcertado aun por las formas tan hoscas que tenia Tom.

—Por los muñecos… y todo…

—Oh, eso— el músico se suavizó un poco— considéralo un premio, no pienses que todo te lo daré solo por tu linda cara…

— ¿Un premio?

—Por lo del concurso, pescado.

—Ah— las mejillas de Bill se encendieron, ya había olvidado que había ganado el concurso— entonces gracias.

—Bill, en verdad me desesperas.

— ¿Yo? ¿Por qué? — preguntó, perdido.

—Me enerva que me digas gracias a todo, no lo hagas.

—Así me educaron.

Tom frunció el ceño y entrecerró los ojos.

—Te educaron, ajá. Hablando de educación ¿ya vas a decirme donde están tus padres?

Y como Tom lo esperaba, automáticamente el estado de Bill cambió. Su sonrisa se esfumó, se tensó y perdió el color. Aquellas reacciones comenzaban a afectar a Tom, algo que él no quería que sucediera, pero todo lo que Bill encerraba era tan enigmático, que necesitaba descubrirlo, ya que no sabía nada de él más que su nombre. ¿Por qué esa renuencia a hablar de sí mismo?

Bill se había dado la vuelta en el banco, y estaba encogido, con la cabeza gacha y los hombros encorvados, aquello atravesó a Tom directo en el pecho. Aquel mocoso lograba confundirlo terriblemente.

Se levantó de su asiento sin ser consciente de sus movimientos y se acercó a él, agachándose, poniendo la mano en su hombro.

Bill no lo miró, estaba envuelto en una densa bruma de callada melancolía, casi palpable, y Tom se desesperó más, y sin pensarlo muy bien, actuando por instinto tal vez, tomó el rostro de Bill por la barbilla y lo levantó, quería ver sus ojos, leer en ellos, buscar respuestas. Pero los ojos de Bill se habían vuelto inescrutables, y estaban vidriosos. Tom no supo si estaba a punto de romper a llorar, o a punto de quedarse dormido, era ilegible.

—Bill…— su voz era baja, contenida apenas— no voy a presionarte, pero sabes que tarde o temprano tendrás que hablar de ello…

—Sí… pero…

—Pero nada— Tom se incorporó y volvió a su asiento. — Olvida eso y termina, debemos irnos ya. — espetó, volviendo a su tono fuerte.

Pero Bill se había quedado sin hambre al notar ciertas miradas de censura que les dirigían algunas personas del restaurante y sorbió ruidosamente por la nariz.

Tom también lo había notado, pero a él no le importaba absolutamente nada lo que pensara la gente, no buscaba problemas, aunque si alguien se atrevía a hacer algo que le incomodara, entonces sí, ardería Troya.

Se levantó y le hizo una seña a Bill para que esperara, mientras se sacaba el móvil del bolsillo del pantalón. Estaba recibiendo una llamada.

Bill lo observó detenidamente: Tom se paseaba fuera del restaurante, enérgico, resuelto, fuerte, autoritario… dominante. Daba órdenes al auricular, caminaba de un lado a otro y a veces hacia ademanes con las manos. Bill estaba impactado, aquello era alucinante. Lo observó durante todo el tiempo, estático en su silla, inmóvil, incluso conteniendo la respiración. No sabía porque, era un chico extraño, siempre lo había sido, y el despertar de la infancia a la pubertad iba a jugarle malas pasadas.

Finalmente Tom regresó tras quince minutos al teléfono. Miró a Bill con una ceja alzada y con un inclinamiento de cabeza le indicó que era hora de irse, a lo que el delgaducho chiquillo obedeció poniéndose de pie en un salto.

Salieron del centro comercial.

Bill no tenía ni idea de en qué hora estaba viviendo. El clima era especialmente cálido y seco, y el sol estaba ya muy bajo, tanto que no se veía, se había extraviado bajo el océano de construcciones modernas de Berlín, y el único vestigio que quedaba de su resplandor era el cielo tintado con matices dorados y naranjas. El pequeño entrecerró los ojos y ahogó un enorme bostezo, abriendo con desmesura su boca desproporcionada y repleta de dientes puntiagudos, luego tosió, se quejó y se llevó la mano a los labios. Había olvidado completamente la pequeña herida de su labio, y ésta se había vuelto a romper.

—Dios Bill— habló Tom, mirándolo, mientras una sonrisa de ternura luchaba por nacer de sus labios — ten más cuidado, ¿estás muy cansado?

Bill asintió y después se lamió una gota de sangre intensamente roja que resbalaba desde su labio inferior. Tom observaba todo, absorto, parecía que no ponía atención, pero seguía cada uno de los movimientos de Bill, cada una de sus respiraciones, podría jurar que incluso escuchaba cada uno de sus aleteantes latidos.

—Mucho… ¿esta noche saldrás?

El músico puso los pies sobre la tierra y se abofeteó mentalmente para aclarar sus ideas. Lo pensó.

—No, no voy a salir.

—…vale— respondió Bill, por responder algo. No sabía que mas decir, y agradeció enormemente el haber llegado por fin a la camioneta de Tom. Se subió de un salto en cuanto los faros se iluminaron un par de veces, indicando que ya no estaba asegurada. Se puso el cinturón y esperó.

Tom había notado la repentina inquietud de Bill, pero no dijo nada, lo dejó ser, porque no quería hundirse más. Ya le costaba bastante sacarlo de su mente.

Tom subió por el lado del conductor, ambos se colocaron los cinturones de seguridad, y el músico le tendió a Bill un pañuelo desechable para que contuviera la pequeña herida de su labio. El chico lo aceptó sin ceremonia y lo llevó con cuidado hacia su boca mientras el músico maniobraba con destreza, y pocos minutos después ya habían tomado el viaducto que los llevaría a las calles del centro de la ciudad, donde estaba anidada su casa.

Entonces Tom se relajó tras el volante. Encendió el estéreo, sorprendiéndose ante una canción que el mismo había hecho, y sonrió, satisfecho, tranquilo con la vida por ese instante. El viento agitaba su larga cabellera llena de rastas negras y el resplandor anaranjado del atardecer le bañaba el rostro.

Cuando volvió la mirada, vio que Bill estaba dormido a su lado, con la cabeza asomando un poco por la ventanilla del asiento derecho. Tom sonrió. Una botella de agua estaba entre las piernas de Bill, tres cuartos vacía, destapada y corría peligro de caerse a pesar de la floja mano que se curvaba a su alrededor. Tom se inclinó sobre Bill, cogió la botella y le dio un buen trago.

—…su rastro me conduce— le cantó al viento— hasta la distancia…

— ¿Ah? — Dijo Bill— ¿Qué?… ¿Qué?

—Olvídalo— dijo Tom— vuelve a dormirte. Toma agua.

Aceleró un poco, llevando su camioneta arriba de los 140 km/h. despertaría a Bill cuando llegaran a casa. Ahora quería que siguiera durmiendo por un rato. Bill cogió la botella de la mano de Tom y trató de enfocar la etiqueta con la mirada. Sus ojos marrones se movieron  de un lado a otro, después parpadeó y sus pupilas recobraron algo de viveza.

—Ogo— mira Tom, es agua Ogo… ¿sabes que así se llamaba mi gato?

—Ya me lo habías dicho hace rato Bill, por eso te compré la botella.

Tom apretó el volante y concentró toda su fuerza de voluntad en la idea de hacer dormir a Bill.

—Corrió demasiado, corrió demasiado y escapó— dijo Bill, en un tono de tristeza impresionada.

—Tú te has escapado…

—No me extraña que mi cerebro esté navegando con él…, eres músico Tom.

—Sí, lo soy.

—Cántame.

—Soy músico, no cantante.

—Cántame algo para que me duerma— insistió el chico.

El cuerpo de Tom se estremeció mientras una sonrisa afloraba naturalmente de él, y el músico alzó la voz para cantar la primera canción que le vino a la cabeza.

—Algún día… algún día volveré.

—Volverá…— la voz de Bill se iba debilitando poco a poco

—Algún díiiiia— canturreó Tom, haciéndose eco del sonido acompasado de la guitarra eléctrica que brotaba de los altoparlantes de la camioneta.

Él y el atardecer cantaron para que Bill volviera a dormirse; el atardecer con su soñolienta canción ambarina, Tom con una voz que se quebraba cada vez que intentaba llegar a las notas más altas. El era músico, no cantante, pero en ese momento no le importó.

Bill se durmió.

La protuberancia que había entre los asientos  le sirvió de almohada y Bill empezó a soñar con la cabeza apoyada en ella.

Tom puso una mano sobre la cabeza del niño y la movió hacia atrás, apartando mechones de cabello oscuro de sus ojos cerrados. Se preguntó que había en ese chiquillo que lograba arrasar con él de semejante insultante manera. Incluso le había cantado, él, Thomas Trümper, había cantado. Increíble. Se preguntó que parte de su ser había nacido, resucitado y sido asesinado desde que su mirada se cruzó por primera vez con la de Bill, quien ahora sonreía y abría la boca, emitiendo pequeños gemidos y soniditos guturales que nacían desde el fondo de su garganta.

Y aquellos sonidos hicieron que el joven músico se sintiera repentinamente nervioso, y volvió a poner la mano en el volante.

Dejaron atrás el viaducto, la zona hotelera mas exclusiva, un cobertizo de comida rápida y varios escaparates llenos de maniquís vestidos a la última moda hasta que al tomar las pequeñas calles del centro, un perro cruzó la calle como una flecha, y Tom tuvo que hundir el pie en el freno para no cargárselo, lo maldijo y después retomó velocidad, cabreado de momento, y tenso después. El movimiento había hecho que la cabeza de Bill resbalara hasta quedar apoyada en su rodilla, y el cuerpo del músico estalló en llamas, el volante se le resbaló de las manos, la camioneta dio bandazos y terminó subida nuevamente en una banqueta alta, mientras Tom, nervioso, se echaba lentamente a un lado para liberarse.

Bill no se había despertado por todo el jaleo, solo se había removido hasta apoyarse de nuevo en el reposa brazos, ausente, inocente, ignorante ante lo que había provocado.

Tom se miró la rodillera del tejano y vio una manchita oscura. La saliva de Bill… la saliva que había escapado de la boca de Bill mientras dormía la siesta… Tom frotó la tela con el índice y se lo llevó distraídamente a la boca. Un sabor potente a caramelos y crema batida se apoderó de su interior casi en el acto…

¿Y qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué se chupaba un dedo mojado por la saliva de Bill? No lo supo, y eso incrementó aun más su nerviosismo, que latía contenido junto a la rabia de haber vuelto a joder su camioneta contra el pavimento.

No lo soportaba y dejando así el vehículo subido en la banqueta se bajó y encendió un cigarro cuyo humo devoró a bocados mientras intentaba relajarse con la espalda apoyada contra la portezuela cerrada. De vez en cuando volteaba a mirar a Bill, quien seguía plácidamente dormido con la natural inocencia de un niño y entonces él suspiraba, miraba el cielo rojo anaranjado, se pasaba la mano por el cabello, exasperado y aflojaba y tensaba su peso.

Cinco minutos después estaba de nuevo dentro de su camioneta, metió reversa, y volvió a tomar el camino hacia su casa, manteniendo una velocidad y distancia prudentes para evitar más incidentes, aunque sabía que aquello no duraría mucho tiempo.

&   Continuará   &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Un comentario en «PSE 4»

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