& Capítulo 3 &
3:01 am
El músico despertó de un gran sobresalto en medio de la oscuridad y escuchó el quejido de su acompañante pero no prestó atención. Acto seguido miró el reloj de números parpadeantes y maldijo hacia sus adentros mientras se levantaba y comenzaba a buscar su ropa con la rapidez de un tornado, tirando cosas a su paso, ahogando juramentos y golpeándose con el elegante mobiliario. Tan rápido iba que en menos de dos minutos ya estaba totalmente vestido y calzado.
No se molestó en despertar a Andy, ni en despedirse, ni en nada, nunca lo hacía. Tomó sus llaves de la mesita que estaba junto a la puerta principal y salió rápidamente, furioso. Hubiera querido despertar tarde, siendo atendido por los melosos cuidados de su rubio, pero tan estresado había estado por culpa del maldito show, que se había olvidado por completo de la pequeña cría de cuervo que seguramente seguiría en su casa.
Condujo a una velocidad pasmosa por las calles desiertas, pasándose todas las luces rojas, derrapando en las esquinas y tocando la bocina, hasta que por fin llegó a su casa. Todo estaba a oscuras, se apreciaba desde el garaje, todo en silencio, le parecía incluso un poco tétrico.
Entró atropelladamente y encendió una lámpara de tenue luz amarillenta que decoraba el recibidor, arrojó las llaves de su camioneta a la mesa y buscó al niño con la mirada.
No lo encontró.
Todo estaba en su lugar, y las frazadas que le había dado la noche anterior seguían cuidadosamente dobladas en un lateral del sofá. Tom barrió toda la planta baja con la mirada y volvió a maldecir.
Subió las escaleras en menos de dos segundos mientras se despojaba de la chamarra y la dejaba olvidada por ahí, y cuando llegó a su habitación, abrió la puerta de un tirón y pudo observar gracias al resplandor de la luna que se colaba por el enorme ventanal, como un bulto diminuto estaba enroscado en su gigantesca cama, respirando acompasadamente; y Tom no supo la razón, pero dejó escapar un profundo suspiro de alivio mientras apoyaba su peso en la pared y se frotaba la frente.
Una mueca extraña, -mitad sonrisa, mitad gruñido- afloró de sus labios mientras sentía como las garras del cansancio volvían a apoderarse de él.
Y el mocoso estaba en su cama.
No podía creer aquello.
Jamás nadie había dormido en sus sábanas.
Nadie, absolutamente nadie.
Todas aquellas personas que habían disfrutado de su cuerpo, lo habían hecho en hoteles o en sus casas, nunca en casa de Tom, era la regla principal.
Sus cosas eran suyas y no las compartía con nadie, pero sin embargo ahí estaba, desnudándose al pie de su cama mientras miraba como el pequeño se removía y arrugaba la nariz.
Se quedó únicamente en bóxers, cubierto como la noche anterior y después se metió bajo las sabanas, empujando levemente al chico dormido hacia el lado derecho para hacerse un hueco en su propio lecho, y mientras se tapaba con las mantas se frustró, impotente ante lo que estaba haciendo; incluso había movido al niño con cuidado para no despertarlo, mientras pensaba si había comido algo, o si se había sentido muy solo; se odió por pensar aquello y estrelló su puño furioso contra su almohada muchas veces antes de derrotarse y finalmente caer dormido.
Cuando el molesto trino de los pájaros rompió el silencio sepulcral de la habitación cargada de Tom, el músico se removió lánguido, con los ojos cerrados, desorientado y dejó escapar un quejido bajo.
Podía sentir perfectamente el calor corporal y la respiración de una persona dormida muy cerca a su lado, y como Tom era en aquellos momentos presa de la desorientación, pensó que se trataba del rubio caprichoso con el que se divertía aquellos días, así que aún con los ojos cerrados se volteó y envolvió entre sus brazos al que pensó era Andy, y buscó a tientas su cuello; besándolo y mordiéndolo con avidez nada mas al encontrarlo. Se maravilló ante la suavidad de la piel del contrario y no reprimió el impulso de restregar su dura entrepierna contra el cuerpo que abrazaba, pero entonces algo lo despertó a tientas de su lascivo sopor. Conocía bien al rubio, tan bien como para notar el extraño silencio que provenía de él. Andy siempre era muy escandaloso y en cuanto Tom lo tocaba, él le respondía abrazándose a su cuerpo como un pulpo, y también se percató de que su cuerpo no podía haberse encogido en tan solo una noche… porque el cuerpo que apresaba entre sus brazos era extremadamente delgado y pequeño, y sabia también que la piel de Andy olía diferente, sabía que no tenía el delicioso aroma de los dulces HoHo ni de crema batida, como olía la piel tan suave que tenía entre sus labios.
Entonces fue en ese momento que abrió desmesuradamente los ojos… ojos que se encontraron con el espejo amarronado de los ojos de Bill, ojos en los que se apreciaba el sorpresivo terror de tan extraño despertar mezclado con aquella chispa de confianza absoluta escondida en el fondo de sus pupilas.
El músico lo soltó en el acto y salió disparado de la cama a trompicones, hacia atrás, tropezando con las mantas y finalmente cayendo al piso estrepitosamente ante el shock de lo que acababa de hacer, mientras Bill permanecía quieto y rígido sobre la cama, en la misma posición en la que Tom lo había dejado, recostado y con la playera que le iba demasiado grande medio enroscada hacia arriba, también en shock, pero al ver caer a Tom, reaccionó y gateó hasta el borde de la cama.
— ¿Tom…?
El artista sufrió un acceso de furia incomprendida, acompañada por otro acceso de nauseas violentas.
—Fuera…— murmuró, negándose a mirarlo.
— ¿…Que? — el niño no lo había escuchado bien.
—Que te vayas… ¡fuera! ¡¡¡FUERA DE AQUÍ!!! — vociferó el músico a todo pulmón, colérico, haciendo que el niño saliera corriendo del cuarto como un cervatillo asustado, azotando la puerta en el proceso.
Tom no se levantó, al contrario, siguió en el suelo alfombrado de su habitación y estampó su cráneo varias veces contra la mullida alfombra, seguido de los puños. Se sentía asqueado y tenía las tripas revueltas en varios nudos ciegos. Pero no por culpa de Bill. No. Se sentía asqueado de sí mismo, totalmente repugnado de sus actos. Ni siquiera podía justificarse con el hecho de haber confundido al niño con el rubio, sino porque no podía negarse que el haber tenido aquel delgado cuerpo infantil entre sus brazos le había gustado, le había gustado más de lo que era capaz aceptar, y no había manera de negarlo… la erección que tenia palpitaba y le causaba un dolor agudo, era intensa, peligrosa, jamás había tenido una así de potente y vencido, se arrastro hacia el baño para terminar con aquel problema.
El artista estuvo casi dos horas metido en su cuarto de baño, tumbado sobre la losa fría del piso de la ducha, con el agua helada cayendo a chorros sobre su cuerpo desnudo; mientras pensaba y le daba vueltas a todo el asunto de haberse excitado tocando a Bill. Se sentía mal, pésimo, enfermo, pero finalmente terminó atribuyéndole la culpa a la nueva experiencia de tener al chiquillo en su casa, y a la reciente salida alocada del departamento del rubio en medio de la madrugada para buscarle precisamente a él.
Rato después salió del baño completamente vestido con unos vaqueros, una camiseta blanca que resaltaba los músculos de su pecho y con su cuerpo controlado; buscó al niño con la mirada, pero entonces recordó que le había dicho que se largara…
“Rayos”
Pensó mientras bajaba las escaleras a toda prisa, deseando que Bill no se hubiese marchado a la calle. Al llegar a la primera planta lo buscó por la sala y el comedor, no encontrando ni rastro, tampoco estaba en la cocina, ni en el enorme jardín con terraza, ni en el estudio.
Buscó algún indicio, su mochila, alguno de sus juguetes. Nada. Se había ido, y el músico comenzó a hiperventilar, sin saber por qué.
Abrió la puerta de entrada de un tirón y salió hasta la acera mientras entrecerraba los ojos al sol matinal para poder escudriñar mejor el paisaje, y a lo lejos, pasando las verjas de seguridad que permitían el acceso hacia adentro de tan exclusivo condominio pudo divisar la menuda figura de Bill, quien estaba acompañado por otra persona. Tom camino hacia el sin duda alguna y descubrió que el guardia de seguridad que custodiaba la entrada era quien estaba con Bill.
El chiquillo vestía nuevamente aquella ropa sucia y manchada.
—Señor Trümper— saludó el guardia al ver venir a Tom de manera decidida.
—Pete— dijo el músico con los dientes apretados y después clavó su oscura mirada en la nuca de Bill, quien pareció encogerse al sentirlo; acto seguido lo haló del sitio habitual, por el cuello de su camiseta, pero el guardia lo retuvo, tomándolo del brazo. La irá relampagueó en los ojos de Tom.
—Señor Trümper, éste niño salió del condominio hace unos minutos, pero no me ha dicho que hacia ahí dentro, temo que tendré que llamar a la policía.
Tom frunció el ceño levemente extrañado ante lo que el guardia había dicho: hace algunos minutos, sin embargo Tom le había echado de su habitación hacia casi dos horas.
—Él está conmigo— dijo, después de deshacerse de sus pensamientos, y entonces arrancó el antebrazo de Bill de la mano del guardia para acercarlo a él, mientras el guardia lo miraba con incredulidad, haciendo que el enojo de Tom aumentara — ¿Acaso no me crees, Pete? — retó con saña, y el guardia se disculpó en el acto, antes de regresar su regordete trasero a su pequeña caseta.
Entonces Tom caminó hasta su casa, acarreando a Bill con él. Ninguno dijo ni media palabra hasta que estuvieron dentro, en el salón. Tom soltó a Bill con un poco de violencia sobre el sofá más grande y se dirigió a la cocina, sirvió dos vasos con jugo de naranja artificial que milagrosamente encontró al fondo de la nevera y volvió hacia el salón.
—Escucha, Bill— comenzó el rastudo, sentándose al lado de Bill, silenciándose en el acto al ver las marcas rojizas de sus salvajes besos en la delicada palidez de la piel infantil; volvió a sentir nauseas, pero lo controló bastante bien.
El chiquillo no lo miraba, tenía la vista clavada en las maderas pulidas del piso y aceptó sin ceremonia alguna el vaso que Tom le tendió— lo de hace un rato fue una confusión… no estoy acostumbrado a vivir con nadie ¿entiendes? No recibo visitas nunca, simplemente fue una equivocación, y quiero que lo olvides ¿de acuerdo?
Ninguna respuesta.
— ¿De acuerdo? — presionó en voz alta, acercándose al niño, quien asintió frenéticamente.
—De acuerdo, de acuerdo— dijo atropelladamente. Le dio un gran trago al jugo por tener algo que hacer, y en el acto comenzó a toser violentamente cuando el líquido bajó por el lado equivocado de su garganta. Tom le palmeó la espalda con cuidado y alerta hasta que el chiquillo volvió a respirar más o menos con normalidad.
— ¿Estás bien? — preguntó el músico.
—Si…— respondió el chico con la voz rasposa y levemente dolorida.
—Cielos… ¿siempre eres así? —volvió a preguntar, haciendo que el niño se sonrojara.
—No… estoy nervioso, es todo.
—Nervioso ¿eh? — la voz de Tom adquirió repentinamente un matiz de burla. Se inclino hacia atrás y sonrió malignamente —No Bill, no tienes por qué estar nervioso, no voy a comerte— y esas palabras hicieron que el chiquillo se sonrojara mas escandalosamente, revolviendo un poco a Tom, quien frustrado se levantó.
Bill lo miró desde su posición en el sofá, sumido hasta el fondo, abrazándose las rodillas envueltas en el mismo sucio pantalón sin hacer ningún ruido. Tom lo paralizaba, totalmente. Era una mezcla perfecta entre miedo y confianza, algo que lo aturdía, que despertaba sensaciones nuevas en él y en sus casi trece años de vida.
El músico se paseó por la sala, como un león enjaulado, bufando, y finalmente volvió a mirar a Bill.
— ¿Qué hiciste ayer? — demandó saber, con repentino, autentico y autoritario interés.
El niño parpadeó, concentrándose.
—Sólo dormí— respondió con calma.
Tom levantó una ceja, incrédulo.
— ¿Dormiste todo el día?
—Estaba cansado— se excusó el niño.
—Pero… ¿todo el día? ¿Comiste algo?
Ninguna respuesta. El chico solo negó suavemente. Tom se pasó la mano por los ojos, y después se tiró suavemente de las rastas, mientras ahogaba un suspiro de pura desesperación.
Aunque si lo pensaba bien, el tampoco había comido nada desde el almuerzo insignificante que le ofrecieran en los estudios hacía casi veinticuatro horas.
Le dirigió una mirada elocuente al niño mientras revoloteaba por el pasillo, tomando su chaqueta y sus llaves.
—Anda, vámonos.
El niño no hizo ningún movimiento, solo miró a Tom con perspicacia usando sus enormes ojos oscuros.
— ¿A dónde? — estaba receloso.
—A comer, ¿es que no tienes hambre? Porque yo sí.
Al chiquillo se le iluminó el rostro y se levantó de un salto para pasar por la puerta que Tom ya había abierto para él…
& Continuará &