& Capítulo 17 &
—Por favor, señor Trümper, es lo más sensato.
—He dicho que no, coronel Hintze ¿Por qué tanta insistencia?
Tom bufaba por el coraje. Era la tarde del último viernes de la libertad del padre de Bill, puesto que en la madrugada de ese mismo día era su movimiento de embarque y toda la policía de Alemania estaba al tanto, pero alguien le había dado una leve advertencia al ruso, algún funcionario corrupto y la policía entera ahora temía seriamente por la vida de Bill y sus acompañantes; aunque la policía había sido muy hábil en el manejo de la información.
—Es nuestro deber asegurar la seguridad de ustedes tres, y en especial la del niño. Y solo ofrecemos las dos opciones que ya le he mencionado. O aceptan que un equipo muy especializado en seguridad esté en la casa durante el traslado y unas semanas más, o nos llevamos al chico al cuartel, donde nadie podría entrar.
—No se va— dijo Tom, haciendo un gesto mundano— traigan al equipo aquí— dijo al fin, ya sin mirar al coronel. Le irritaba un poco su postura tan militar, tan recto, con las manos cruzadas en la espalda, con el corte de cabello casi al ras de la cabeza, y sus ojos azules duros e inquisidores.
La mirada de Tom se había perdido mas allá de las puertas de cristal de piso a techo que separaban el salón de la terraza, dando paso a la enorme piscina de azulejos de cuatro metros de profundidad. Su mirada se enganchó en la delgada figura de Bill, que estaba de pie al borde la piscina, y una oleada de ternura le sacudió desde los pies hasta el último de sus cabellos. Su ceño se frunció hasta que sus cejas casi se juntaron mientras observaba al pequeño, le parecía frágil, siempre le había parecido frágil a pesar de lo fuerte que era. El fresco viento de la tarde le agitaba los cabellos negros que ya estaban mas largos y le alborotaba las pestañas, y por el modo en el que Bill cerraba los ojos, aquello le encantaba.
Tom sabía que estaba siendo observado muy de cerca por el coronel pero en realidad poco le importaba. Se sentía idiotizado.
—Esta bien— dijo nuevamente— traigan al equipo, pero con discreción, tanta, que no quiero que Bill se dé cuenta.
—Llegarán en una hora señor Trümper, policías dentro, militares afuera— dijo el coronel y después de dirigirle al músico una displicente inclinación de cabeza, se marchó.
Tom lo vio pasar al lado de Bill, luego detenerse, agacharse hasta estar en cuclillas y saludar al cálidamente al chiquillo antes de reanudar el camino, y algo en el pecho de Tom se oprimió, un mal presentimiento, un mal augurio, tan malo, que el músico se levantó como resorte para ir a buscar a Bill, quería tenerlo cerca, lo mas cerca que pudiera.
—Bill…— le dijo, aliviado al llegar a su lado, y Bill lo miró con los ojos entornados.
—Hola Tom— saludó con una ancha sonrisa, como si hubieran pasado diez días sin verse en lugar de tan solo diez minutos. El músico se agitó.
—¿Qué te dijo el coronel?
—Me preguntó como estaba— dijo el niño, mirando de nuevo las azules profundidades de la piscina.
—¿Y como estas?
—…bien…— respondió Bill, encogiendo casi imperceptiblemente los hombros, mientras un ligero rubor le cubría las mejillas —contigo siempre estoy bien…— y Tom se quedó por unos momentos en blanco — ¿Qué te dijo a ti el Coronel?
Tom se concentró haciendo un verdadero esfuerzo y pensó, al ver al chico, si no estaría mejor en el cuartel, donde nada pudiera pasarle…
—Está afinando los últimos detalles— decidió que no le ocultaría nada a Bill— mañana es cuando tu padre hará ese movimiento de embarque, y vino a ofrecerme dos opciones…
—¿Cuáles?
—Mandar un equipo especializado aquí a cuidarte, o…
—¿O que? — el niño volvió a mirarlo, abriendo enormemente sus ojos de chocolate fundido.
—O enviarte a la jefatura de policía, donde estarías custodiado y…
—¡No Tom! — Bill casi gritó al momento que se daba la vuelta sin mirar nada mas que al músico, aterrorizado de que fueran a separarlo nuevamente de él. Quiso asirse de Tom, pero uno de sus zapatos deportivos resbaló con la orilla humeda y tapizada de hojas mojadas de la piscina, y Bill se desplomó, cayendo de lleno en el agua fría, arrastrando a Tom a su paso. Hicieron un enorme estruendo al caer, salpicando agua helada por todos lados.
Por puro acto reflejo a causa del frío y del miedo, Bill se pegó a Tom como una calcomanía, y el músico lo sujetó con fuerza, mientras daba dos poderosas patadas dentro del agua, para poder impulsarse hacia afuera.
Bill tosía violentamente cuando emergieron, producto del enorme borbotón de agua que se había tragado, y su cuerpo se sacudía al hacerlo, mientras que Tom lo remolcaba hasta los escalones de la orilla.
—Maldición Bill— mascullaba Tom al sujetarlo, Bill se le resbalaba y se tropezaba a cada minuto, estaba entumecido por el frío—estas helado— decía el músico.
—Tu tam-también— tiritó Bill haciendo un puchero.
—Vamos— dijo Tom, saliendo al fin del agua. Caminó rápido, chapoteando por el césped, remolcando y arrastrando a Bill y sentía que el aire vespertino le hacia llagas en la piel expuesta de su rostro. Verdaderamente hacia frío.
Georg saltó del sofá en el cual leía uno de sus libros de psicología en cuanto Tom abrió de un portazo la puerta de cristal del salón.
—¿Pero que demonios…? —preguntó, pero Tom ya había comenzado a subir las escaleras y se dirigía al cuarto de baño, todo su camino estaba mojado. Georg los siguió a una prudente distancia.
—Un accidente de piscina— murmuró Tom al llegar al baño que estaba en el cuarto que ocupaba Bill— Bill esta totalmente helado, necesita darse una ducha caliente o pescará una neumonía o algo peor, trae unas toallas Georg por favor — Tom hablaba atropelladamente mientras iba prácticamente arrancando la ropa de Bill: las zapatillas nike, su camiseta azul marino con uno de esos estampados psicodélicos que a Bill tanto le gustaban, los ajustados jeans recién adornados con cadenas e imperdibles, pero se detuvo al verlo únicamente en unos bóxers negros de la marca clavin Klein, que se pegaban a sus caderas delgadas y empapadas.
—Vamos, métete ahí— le dijo al chico, justo en el momento en el que salía agua muy caliente que creaba volutas de vapor ardiente por todo el baño, mismas que se enroscaban en la nariz de Tom, llevándole el aroma dulce y acre que despedía Bill, como de caramelo caliente con nata. Sus sentidos se empezaban a nublar.
—Tom— lo llamó el chiquillo con un hilo de voz— ¿no vienes? — le preguntó, haciéndose a un lado en la tina de la ducha que ya empezaba a llenarse, y a Tom se le apretaron todos los músculos del cuerpo.
Se sentía helado e incómodo, mojado y con la ropa que le pesaba demasiado, y Bill con su cuerpo blanco y casi desnudo, metido en el vapor del baño y llamándolo con esa voz tan vacilante y atrayente… era casi irreal, y estuvo a punto de olvidarse del mundo y acompañar a Bill, al menos para ayudarle a lavarse el cabello, en el momento en que Georg entró en el baño, cargando dos esponjosas toallas blancas.
—Te preparé el baño de tu habitación— le dijo a Tom, inocentemente — y traje el aceite de eucalipto para Bill, unas gotas en el agua y tendrá el resfriado superado. — el psicólogo terminó de hablar mientras vaciaba unas gotitas del aceite en el agua jabonosa que cubría las piernas de Bill.
—Gracias— masculló el músico, sintiéndose tan furioso como agradecido con su amigo— ¿estarás bien tú solo? — le gruñó a Bill, y cuando este asintió, el músico se retiró. A Tom le pareció que Bill lucía decepcionado, y se fue rápidamente antes de arrepentirse de haberlo dejado solo.
Tom se duchó a la velocidad del relámpago, se frotó con alcohol puro al terminar y se enfundó en un conjunto deportivo negro de chaqueta holgada, se secó meticulosamente el cabello, y entonces, ya seco y tibio atravesó el pasillo alfombrado que separaba su habitación de la de Bill y tocó cortésmente a la puerta.
—Pase— se escuchó la voz cantarina del niño y Tom entró, solo para hallarlo sentado al borde de la cama, todo ojos enormes y húmedos, con una camiseta negra, un pantalón gris de piyama, descalzo y con el negro cabello revuelto. Y esa imagen llena de ternura hizo que el corazón de Tom se apretara de angustia y miedo, y volvió a jurarse a si mismo, que jamás permitiría que nada ni nadie dañase aun mas a aquel pequeño. Entró hasta sentarse en la cama, al lado de él.
—¿Todo bien?
—Si— dijo Bill, y estornudó, haciendo que sus palidas mejillas comenzaran a tornarse rosadas.
—Mierda.
—No es nada— se disculpó, apenado, y aquellos ojos abiertos y oscuros se volvieron vidriosos.
—Rayos Bill, estas resfriado.
—Tengo hambre— dijo, con la voz chiquita— quiero leche caliente
Y Tom puso la mejor cara de idiota redomado que tenía.
—¿Leche caliente?— repitió agudamente, como loro, y Bill asintió.
—Por favor— murmuró, y entonces Tom estuvo a punto de asfixiarlo de un abrazo de oso, pero se contuvo.
—Entonces, la tomarás aquí, si sales te hará daño el ambiente frío. — y como no quería hablar más, salió de la habitación, y bajó a la cocina, topándose con Georg viendo las noticias en el salón.
—¿Algo interesante? — inquirió Tom, abriendo la nevera y rebuscando en su interior hasta encontrar el cartón de leche.
—Nada relacionado con lo que nos interesa. — dijo, volteando a verlo, ahogando una risita juguetona— ¿y tu?
—¿Quita esa cara de imbécil quieres?— tronó Tom, algo fastidiado— Bill está resfriado y quiere leche caliente.
—Ya veo— dijo con la misma sonrisita de autosuficiencia — estas hecho todo un papito— y al ver la mirada asesina en los ojos de Tom, corrigió— digo hermano mayor. Ponle unas gotas de miel a la leche— dijo, volviendo su atención de nuevo a la pantalla.
Tom lo miró pensativo y furibundo, pero terminó añadiendo dos cucharadas de miel en la leche al sacarla del microondas.
—¿Solo miel? — preguntó el músico y el psicólogo volvió a verlo.
—Sí, sería bueno agregar propóleo pero obviamente no hay, así que solo eso. Por cierto, hace quince minutos llegó un convoy entero de tipos armados hasta los dientes. Y los militares que ya sabes, llevan toda la tarde afuera.
—¿Cuántos hay adentro? —preguntó Tom, acercándose al ventanal y viendo que efectivamente, había varios bultos negros camuflados entre los árboles, los arbustos y los macizos de flores.
—Tres en el porche de la entrada, seis por el jardín y dos camionetas llenas de militares en la calle. Ya sabes, jurisdicción, no pueden pasar mas hacia acá. Están bajo las ordenes de un policía que parece un tipo decente.
—Ojalá lo sea— suspiró Tom, con las facciones endurecidas por la preocupación— iré con Bill
—Adios papito.
—Púdrete. —y luego de mandar a Georg al infierno, regresó con Bill.
El chico estaba hecho un ovillo sobre el sofá blanco que estaba al pie de la cama y miraba una serie de televisión con los ojos mas abiertos que Tom había visto hasta ese momento.
Si tan solo supiera pensó Tom, si tan solo supiera que hay cerca de cincuenta personas aquí para proteger su vida…
Y Bill, con su inocencia infantil, solo estaba absorto en la televisión.
—Toma— dijo el músico, brusco como siempre, poniendo el vaso caliente entre las manos de Bill— tómala ahora que esta caliente —y apretó los labios cuando escuchó el siseo de Bill, pues una gota humeante había caído en el dorso de su mano, y cuando el chiquillo dejó entrever una rosada lengua que limpiaba aquella gotita tan blanca y caliente como su piel, al músico se le nublaron los sentidos y se mareó. Quizá la atracción se le estaba yendo de las manos, y justo cuando iba a levantarse para largarse a hacerse una paja de una buena vez, Bill se arremolinó a su lado, apoyando su espalda en el brazo de Tom, sin despegar los labios del vaso, ni los ojos de la televisión; ignorante ante la extrema lucha interna de Tom, de su malestar y su falta de aliento. Pero con la televisión como distracción y un pequeño en automático que la miraba, Tom tuvo suficiente tiempo para calmar su agitado espíritu, poner en orden sus pensamientos y volver a ser el hombre centrado que era, y poco a poco terminó por meterse un poco en la serie de Bill, que era acerca de jóvenes que se transformaban en bestias a voluntad.
—Tom— la voz repentina de Bill era de queja— auch Tom— dijo, removiendose, pues el codo de Tom le picaba la carne blanda de la espalda.
—¿Qué te pasa? — inquirió el músico con el ceño fruncido.
—Quita— dijo Bill haciendo que por la inercia de los movimientos, Tom levantara su brazo.
—Ah el brazo— dijo Tom, quedándose petrificado un segundo después, cuando Bill se acomodó en la protectora curva de su abrazo.
—Mucho mejor— canturreó el chiquillo, arremolinándose de nuevo, ahí sobre la suave piel que recubría las costillas de Tom— esta calientito— dijo, rodeando finalmente al músico con su brazo.
Y Tom seguía petrificado en su sitio, incluso su corazón se había ralentizado, pero una tenue sonrisa de ternura le tiraba de las comisuras de los labios. Se sentía tan condenadamente bien ¿estaría mal? Bill necesitaba mucho consuelo, podía sentir el agotamiento de cada fibra de su cuerpo. Y el chico era como un gato cálido, una bola de pelos tibia y húmeda pegada a su costado, buscando calor y alivio, y Tom no iba a negárselo, así que terminó rodeando a Bill con su enorme brazo, que casi le cubría toda la espalda, apoyó su barbilla con cuidado sobre la cabellera húmeda y perfumada de Bill y aspiró el aroma del cielo, y con voz muy suave le habló:
—Descansa pequeño cuervo…
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La brasa del cigarrillo iluminó los fieros ojos ensombrecidos y siempre al acecho del asesino padre de Bill.
Se encontraba sentado detrás de su enorme escritorio, cabizbajo y rabioso. Los últimos días había repasado sus calculados movimientos uno por uno, y finalmente, supo de algún modo, que de su propia casa había venido la filtración, y no se equivocó.
Hacía escasa media hora, Gustav le había entregado un dictamen, hecho por un experto en huellas dactilares, que se había pasado medio día en el estudio de Bobrikov y ni siquiera se había sorprendido al ver, que las huellas de su pequeño hijo estaban esparcidas por todo su estudio, en especial en las carpetas, archivos y papeles comprometedores, así como en la fotocopiadora.
El mismísimo Bill lo había traicionado, su hijo, y el alma retorcida de Bobrikov, se torció mas aún.
—Ese pequeño monstruo— musitó. La voz ronca por la ira.
Y aquello no era todo. Naturalmente, Bobrikov había mandado enseguida traer a su hijo, para notar, con más rabia aún, que la clínica psiquiátrica en donde se supone Bill iba a estar, en Hamburgo, no existía, y que el psicólogo Hans Hessman ni siquiera conocía a su hijo. Se lo habían vuelto a robar en sus narices. Y estaba seguro que aquella era obra de aquel maldito músico.
—¡Te mataré!— el puño furioso de Bobrikov se estampó con violencia sobre la superficie pulida del escritorio—¡¡¡Juro que te mataré con mis propias manos Trümper!!!— gritó.
Se sentía abrumado. Apenas podía creerlo.
Y eso no era todo.
El teléfono sonó estridente a su lado, y Bobrikov respondió al segundo timbrazo.
—¡Diga!— ladró.
Era Gustav, y su voz sonaba conmocionada.
—Señor, vigilancia aduanera acaba de detener al Helsinki— dijo, como si el no pudiera creérselo.
—Estas bromeando — dijo Bobrikov, estupefacto.
—Lo detuvieron a las afueras de Florencia, y también detuvieron a nuestro tren señuelo. Asesinaron a todos los tripulantes y tienen la carga. Han decomisado la mercancía y también hay agentes de la DEA en doce de sus compañías.
Los ojos del ruso se habían vuelto de piedra, y un pitido agudo le impedía escuchar bien a Gustav.
—Está vez si nos jodieron, y mucho— le dijo a su elemento.
—Señor, debe salir de la casa, han enviado toda una delegación policiaca con órdenes de cateo para toda la casa y una orden de aprehensión en su contra.
El ruso no se lo podía ni creer, sentía el pulso bombeando furioso en las sienes y apenas podía pensar. La rabia lo consumía.
—¿En donde está Bill?
—No lo se aún con exactitud señor, solo sé que su hijo está demasiado bien resguardado por toda la policía alemana y estadounidense.
—Está con ese malnacido de Trümper— dijo, aquello no era una pregunta, era una afirmación.
—Tampoco lo se con exactitud señor, solo pude averiguar qué Trümper hace semanas que abandonó Berlín y nadie sabe de el.
—Y el psicólogo está con él— otra afirmación.
Gustav no respondió.
—Quiero que averigües para esta misma noche en donde está mi hijo, tengo que ir por él, debo castigarlo… y asesinar a un músico y a un psicólogo en el proceso…
Y había tanta mordacidad en su voz, que Gustav sintió que un escalofrío de terror le sacudía la espina.
—Como ordene señor.
Y la comunicación murió.
El ruso alcanzó a sacar dos maletas llenas hasta el borde de billetes de mil euros, y salir rodeado de más de diez custodios hasta la pequeña pista de aterrizaje de su mansión, y cuando su jet privado acababa de despegar, con su ronroneo suave y característico, alcanzó a ver cómo llegaban a la mansión más de treinta coches de policía.
—Pequeño Bill— se dijo así mismo, mirando en la pantalla de su teléfono móvil una foto reciente de Bill, tan ceñudo y cabizbajo, idéntico a su madre— has podido destruirme, pero también te has destruido a ti mismo…
& Continuará &
Ahhhhhhhhhhh el hijo sabe que to es una trampa raiossss….Pero quien fue el soplon
de mierda que hablo para gustav -.-
maldito sea ese tipo que hablo -.-
Y ahora? Ya hasta me lo imagino
el hara mucho mal para bill & tom
Y por la visto hasta georg pasara
malo momentos se este tipo los encuentra
MALDITO SEA EL PADRE DE BILL, LO ODIO
Porfavor porfavor que esto termine bien, no lo soportaría!!😭