& Capítulo 16 &
Bill estaba sentado muy quietecito sobre una butaca de dos plazas, hecha de madera, con almohadones muy mullidos de lino color marfil para sentarse, en una terraza amplia y bien iluminada que delimitaba un vasto jardín con un enorme horno de leña para asar y una piscina. Apenas era medio día, un medio día más de una vida para él nueva, en su nueva casa (temporal) le decía Tom, pero que para el niño era el paraísoy4; el aire le alborotaba los cabellos y refrescaba su cuerpo. Habían pasado dos semanas ya desde que abandonaran Hamburgo y aquel departamento microscópico en donde el pequeño había contraído una infección estomacal que casi lo había hecho delirar por las altas temperaturas que alcanzó su cuerpo. Ahora, en Munich se estaba mucho mejor. Para la sorpresa de Tom, de Georg y del mismo Bill, su padre había enviado su autorización de inmediato para que Bill fuese trasladado a esa supuesta clínica, que no era más que una hermosa casa situada cerca de un gran lago, con arbustos frondosos sobre sus muros altos que disimulaban la alambrada eléctrica y las cámaras de video de alta definición, conectadas a un avanzado sistema de seguridad que funcionaba con reconocimiento de pupila, huella y voz.
Faltaba ya una semana para que su padre, según los documentos que Bill había tomado de su escritorio, llevara a cabo un muy importante traslado de droga, y con tan poco tiempo, todos estaban paranoicos, menos el pequeño Bill.
Había hablado muchas veces con muchos agentes de diferentes corporaciones, desde la DEA hasta el ejército y el FBI, siempre supervisado por un Tom solicito y muy nervioso, y por Georg, que se había mudado con ellos mientras Bill era interrogado casi todos los días, sin descanso.
Bill había dicho todo, todo cuanto su mente sabía y recordaba, y fue así que Tom escuchó, mudo de horror aquello que siempre quiso oír, a Bill relatando con lujo de detalles su vida caótica, con detalles realmente espeluznantes sobre su padre y sus negocios, y como había sido la terrible muerte de su hermana y de su madre a manos de la mafia italiana. A veces se interrumpía por un sollozo ahogado, y Georg, que estaba a su lado y ahora lo trataba profesionalmente, le daba ánimos, mientras que Tom no le quitaba el ojo de encima, pero permanecía alejado de él en los momentos en que Bill declaraba.
Es mejor que no sospechen nada raro. Le decía Georg, ya que habían tenido problemas. La policía quiso llevarse a Bill a otro lugar más custodiado, ya que su único tutor estaba por ser arrestado, pero Georg, valiéndose del documento firmado, logró quedarse con la custodia del pequeño en tanto se resolviera aquella situación.
Bill estornudó cuando una ráfaga de aire le llevó algo de tierra hasta la nariz, eran los primeros días del otoño y Bill amaba el otoño, le gustaba el aire abigarrado que soplaba entre los árboles, el tono ocre que tomaba el follaje de cada árbol, y como crujían las hojas secas bajo sus pies. Se sentía tranquilo. Dentro de la casa, Tom y Georg estaban metidos en la cocina, ocupados en decidir a qué restaurante llamarían ese día. El pequeño sonrió al escuchar en ese momento la voz de Tom, que le llamaba. Su estomago se retorcía a sí mismo cuando pensaba en Tom, y lo sobrecogía el miedo a pensar en que otra vez pudiera verse separado de él, pero el músico siempre le tranquilizaba, a veces hasta con una sonrisa.
El músico llegó a su lado, sonriendo con cara de listillo.
—Eh… Bill…—la voz de Tom fue vacilante, pero aquel nombre estaba envuelto en caricias. Se sentó a su lado.
—Hola Tom—Bill sonrió y respondió al saludo con una sonrisa tan enteramente infantil, que Tom no supo si quería reír o llorar, pero se reprimió bastante bien.
—Muy pronto vamos a comer— dijo el músico, recargándose y subiendo los pies en el reposé de la tumbona. — ¿Se te antoja algo en particular?
—Lo que sea estará bien, ustedes tienen buen gusto para la comida— dijo el niño, muy serio—Se ha ensuciado la piscina— comentó al cabo de cinco segundos de silencio, luciendo preocupado porque la inmaculada superficie azul de la piscina estaba llena de hojas y agujas de pino que la brisa otoñal había alborotado.
— ¿Te preocupa?— preguntó Tom, desconcertado. Si, Bill siempre conseguía desconcertarlo — ¿ibas a nadar?
—No…— dijo el niño, después de pensarlo, y Tom se lo agradeció. Si ya le costaba controlarse con el pequeño a su lado estando vestido, no sabría cómo iba a reaccionar si obtenía vistas de la preciosa blanca piel de Bill, mojada y brillante además… — es solo que me gusta limpia…
— ¿Tienes hambre?— preguntó el músico con voz ronca, y después de aclararse, repitió su pregunta
— ¿No podemos salir?— preguntó a su vez el pequeño, haciendo un adorable puchero— estoy cansado de estar encerrado.
—No Bill— dijo Tom, tajante— por lo menos hasta que tu padre este… detenido, será seguro que salgas, y no sé… la verdad es que tendremos que irnos…
Tom había estado discutiendo con Georg durante todos los días de impuesto cautiverio, en los ratos en los que Bill dormía o miraba tv, aquella circunstancia. Bill no podría vivir más en Alemania después de haber entregado a su padre. Conociendo lo desalmado que era el corazón de Bobrikov, Tom ni dudaba en que mataría el mismo o mandaría matar a Bill por traicionarlo, y no estaba alejado de la verdad. Solo le preocupaba la reacción de Bill ¿querría irse? No lo sabía, pero tampoco tenía tiempo de hacer una preparación apropiada. Bill era un niño inteligente, y Tom estaba dispuesto a dar su vida para que Bill le confiara el cuidado de la suya.
—¿Irnos?— repitió el niño, abriendo mucho sus ojos.
—Si pequeño… no podrás vivir más en Alemania, muchas personas querrían hacer algo contra ti, por esa decisión tan valiente que tomaste.
—Lo sé— meditó Bill, bajando la mirada. Buscaba remordimiento dentro de su alma por haber traicionado a su padre, pero no lo encontraba.
— No te importará irte…?
—¿Importarme?— dijo, y parecía pensarlo profundamente. Sus cejas se juntaron, y se rascó distraídamente la sien, provocando que Tom sufriera una descarga de afecto que quería comérselo a besos. Se reprimió.
—Sí, importarte, dejar todo atrás.
—¿Todo?— sus cejas estaban tan juntas, que parecían fusionadas ya. Tom no entendía y empezaba a sentirse desconcertado — ¿Qué es todo Tom?—lanzó— no tengo nada…
Ahí de nuevo la nostalgia, el dolor en la voz y la impotencia de Tom. Quería que Bill lo tuviera todo.
—Entonces… ¿quieres ir conmigo?
—Si… a donde tú vayas…
Me gustas, pensó Tom, pero no lo dijo, solo rectificó:
—Me gusta tu cabello así, más largo—le dijo y con un gesto tierno le despeinó la negra melena que le llegaba casi por los hombros.
—No Tom— replicó el niño entre risas, intentando sacudirse la mano que lo despeinaba— me despeinas
Y aquello le arrancó al músico una carcajada.
—Como si estuvieras peinado— le dijo con una amplia sonrisa, y se abalanzó sobre Bill para hacerle cosquillas. El chiquillo cayó de costado sobre lo largo del sofá, presa de agudas carcajadas salpicadas de negativas, provocadas por las manos de Tom en sus costillas. El músico también reía, y Georg los observaba desde la ventana que separaba la terraza del salón. Tenía una expresión curiosa y pensativa… y preocupada a la vez, pero una sonrisa le curvaba los labios. Jamás había visto a Tom reír como ahora lo hacía, tanto que toda su blanca dentadura de caninos afilados estaba a la vista. Sabía que el músico tenía sentimientos muy profundos hacia aquel pequeño niño, profundos y sinceros, que iban mucho más allá de algo meramente carnal. Lo quería. Quizá fuese una proyección, restañar su propio pasado haciendo feliz a un niño inocente, concebido, nacido y criado en la violencia, rodeado de tragedias, pero le quería, verdaderamente, realmente, quería el bienestar de Bill incluso sobre el suyo propio y aquello era profundo, y de Bill ni hablar, estaba aferrado a Tom con todas sus fuerzas, y Georg sabía que si algo salía mal con lo que estaban llevando a cabo, (y que era muy probable que saliera mal) a Tom le tomaría mucho tiempo recuperarse, pero Bill no se recuperaría jamás.
—¿Cómo va la operación, Gustav?— el ruso habló, inclinado sobre una mesa llena de mapas, brújulas, computadoras de alta gama, una impresora, un cenicero con muchas colillas, cuatro celulares codificados, varias armas de fuego y muchas balas.
—Todo estará a punto— dijo el rubio, ahogando un gran bostezo. Eran las cuatro de la tarde y habían estado trabajando toda la noche, y así cada día desde hacia tres semanas. Las treinta toneladas de mercancía que Bobrikov iba a trasladar por tren estaban casi listas, aguardando en bodegas disfrazadas de graneros a las afueras de Frankfurt.
—¿Cuánto personal tenemos?— inquirió de nuevo, con sus ojos de plomo clavados en los papeles sobre la mesa.
—Casi los de siempre— explicaba el rubio serio, eficiente— doce en el Helsinki, el tren que hará de transporte, y otros seis en el Sapsán, el tren señuelo, el que viajará con las luces apagadas.
—¿Y en donde están ahora?
—El Helsinki en la bodega que tenemos a las afueras, en Taunus, están terminando de poner la carga.
—¿El personal es de fiar?
—Depende de lo que se les pague
—Ese no es problema.
—Son de fiar.
—¿Y el Sapsán? —el ruso confiaba en su elemento, esperaba su respuesta y mientras lo hacía, encendió un cigarrillo, se lo llevo a los labios con la mano izquierda que relucía la gruesa y dorada argolla de matrimonio y le dio una calada larga. El humo le hizo entrecerrar los ojos al quemárselos, y desvió la vista hacia la entrada de la casa de máxima seguridad en donde estaban. Su convoy lo esperaba afuera, una camioneta negra con blindaje de dos pulgadas para él, otras dos que iban siempre atrás, con torretas ametralladoras y camuflaje del ejercito, y cuatro motocicletas con pilotos experimentados, todas esperando, todos fieles, listos para dar la vida por su jefe. Bobrikov dio otra calada larga, perdido en sus pensamientos, mirando los faros pulidos de la gigantesca Cadillac* blindada que lo esperaba. Aquella camioneta era exactamente igual a la ocuparon por última vez su esposa y sus dos hijos. Si no hubiera sido tan estúpido, tan descuidado, una camioneta sin blindaje… ¿Cómo pudo?
—El Sapsán está en Karben, en la bodega de vino que hace poco se adquirió ahí.
Sonó uno de los teléfonos. Gustav contestó al primer timbre y enseguida le pasó el teléfono negro a su jefe. Su expresión era pétreamente seria.
—Diga— dijo el ruso, y esperó. Su semblante se nubló de preocupación.
Hablaba un funcionario corrupto de la comisaria de policía, que le advertía de una nueva movilización denominada Operación letat, la operación para desmontar todo el clan ruso y acabar con ellos.
—¿De dónde obtienen la información?— pregunto Bobrikov, aun el ceño fruncido. Estaba seguro que había una confusión. Aquella operación era totalmente secreta, y solo sus operativos de máxima confianza, de muchísimos años, sabían de aquello. Le dirigió una mirada peligrosa a Gustav, hasta desconfiada, pero al ver los ojos color teca del rubio, descartó enseguida la sospecha. Pero la dejó archivada en un rincón de su cerebro. Solo un topo podría acabar con su imperio tan fácil como soplar en un castillo de naipes.
El contacto no lo sabía, de hecho solo era una pequeña organización de la operación, quizá muy pequeña, o quizá muy bien disfrazada, pero él estaba en la exorbitante nómina rusa, era su deber avisar incluso si se levantaba una hoja que tuviera aunque fuera una letra que ver con los rusos, o de lo contrario pagaba con su vida.
—Mantenme informado, y por tu bien, averigua la fuente— dijo el ruso y colgó. Gustav lo miraba expectante, preocupado, y Bobrikov ni lo miró. En aquel negocio, cualquier cosa que se pasaba por alto era cara, costaba mucho, y el ruso se preguntaba una y otra vez de donde podría haber salido la filtración ¿de dónde? Solo los elementos de confianza, se repetía.
— ¿Pasa algo señor?— preguntó el rubio, preocupado. A sus espaldas, otros diez pares de ojos preocupados aguardaban, la tensión se sentía en el ambiente.
Bobrikov no hablaba, sentía un profundo rencor perforarlo por dentro. Necesitaba saber quién era el traidor. No tendría piedad.
—Nada, aun. Pero después hablaremos tú y yo, Gustav.
—Como ordene.
—¿Dónde se va a descargar la mercancía?
—Diez toneladas en Florencia, lo demás irá en barco hasta Palermo. — tras decir eso, la expresión del rubio se volvió aun más preocupada, y Bobrikov lo notó.
—¿Qué sucede?—quiso saber —habla.
—Me encuentro un poco preocupado, señor— y al ver que el ruso esperaba, Gustav continuó —usted no ha negociado con los italianos desde… desde que deshizo a la antigua mafia.
—Te refieres al atentado— apuntó
—Si…
—Entiendo tu preocupación, pero así es este negocio, los que la hicieron, la pagaron, y ahora con este clan nuevo no tengo nada, más que un viejo resentimiento.
—Pero los italianos son rencorosos
—Estaremos preparados, solo debemos preocuparnos porque la mercancía llegue a salvo. ¿Está todo en orden?
—Sí señor.
—Muy bien— asintió Bobrikov— ¿y el pago?
—Depósito en metálico primeramente en nuestro banco en Zurich, y de ahí, todo blanqueado posteriormente en Berna.
El ruso volvió a asentir. Todo su dinero de aquella operación, mas de cien millones de euros, estarían listos, limpios y nuevecitos en sus cuentas, listos para usar, si es que todo salía bien… y debía salir bien…
& Continuará &
Que nervios! 😨 Te miedo que le pase algo a los chicos 🥹