
& Capítulo 15 &
—Se le ve muy pacífico— dijo Georg media hora después. Estaba recargado de manera indolente en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho amplio, y las esmeraldas de sus ojos brillando. Sonreía con una ternura salpicada de preocupación al ver a Bill acurrucado y dormido, con el rostro tranquilo y color en las mejillas, al lado de Tom, que también estaba acostado y leía.
—Sí, creo que es lo más tranquilo que lo he visto desde que lo conozco— dijo el músico, bajando el libro y mirando luego a Bill. Así dormido y en paz, parecía más pequeño y frágil de lo que en realidad era.
—No sé si eso sea bueno o malo…
—¿A qué te refieres? —la mirada de Tom se oscureció.
—Hablemos afuera, para que el pequeño no se despierte —pidió Georg, y Tom sin decir palabra se levantó y ambos salieron.
—¿Qué piensas hacer Tom?
—¿De qué…?
—Con Bill… con quien más, le has dicho que lo cuidarías y a saber que tanto mas.
—Bueno, pareces un loro tú. En este momento no lo sé, pero algo haré, mis promesas no se quedan en el aire y lo sabes bien.
—Si lo sé, pero Tom, es tan difícil… mañana se termina este evento y mañana Bill se irá a su casa, y no logro pensar alguna otra forma para volverlos a juntar.
—Bill no puede regresar, no lo permitiré.
—¿Cómo lograr que se quede aquí…? —el psicólogo estaba de veras concentrado, tenía el ceño fruncido y los verdes ojos mojados de preocupación. —si su padre se llega a enterar que está contigo…
—Lo sé— tajó Tom con las mandíbulas trabadas—viene y me remata él mismo, pero no permitiré que tampoco eso pase. Debe haber otro modo— el músico pensaba, frotándose las sienes con sus dedos índices y los ojos cerrados— este negocio en el que esta ese hijo de puta es peligroso, pero tiene sus huecos también. Hay que cogerlo por los huevos, pero eso solo puede hacerlo alguien de entera confianza de él, alguien de quien no sospeche.
—Eso es imposible y lo sabes —apuntó Georg, mientras iba picoteando de un plato lleno de jamón ibérico que hace nada habían subido de las cocinas— ¿Quién se atrevería a traicionarlo? Le va la vida de por medio…
Y a eso, Tom no dijo nada, solo miraba a su amigo y pensaba y meditaba. Alguien debía dar un pitazo, debía dar información para que le cayera encima toda la guardia a ese malnacido de Brobrikov, pero Georg tenía razón. Y los informes que le había entregado el detective lo confirmaba, las pocas personas infiltradas habían sido asesinadas de una manera atroz… el músico negó con la cabeza
—No sé, Geo— confesó
—A menos que…— de repente, un destello iluminó los ojos verdes.
—¿A menos que, qué?— tajó el músico, siguiendo el destello de la mirada de Georg, que apuntaba a la puerta entrecerrada del dormitorio, donde el pequeño Bill descansaba.
—Puede ser…
—¿Qué demonios estás pensando?— casi gritó, atravesando al psicólogo con sus ojos de lobo blanco.
&
El pequeño rostro de Bill se arrugó en la frente, y bajando a los costados de sus ojos siguieron las arruguitas transparentes cuando se estiró, con los ojos bien apretados, como un felino que despierta de una larga siesta. Se sintió desorientado por un momento al ver la cama vacía con las mantas revueltas, y la sensación pasó casi inmediatamente, pues recordó que un grito no muy fuerte, pero si muy firme lo había despertado… y ese había sido Tom.
Su Tom… el corazón se le aceleró en ese momento, Tom estaba ahí, estaba ahí fuera, le había dicho que iba a cuidar de él… ¿sería verdad? ¿De verdad podría entregarse por completo a sus cuidados, y por fin bajar la guardia que había tenido siempre alta? Anhelaba hacerlo, anhelaba descansar, dejarse llevar sin pensar en nada más que no fuesen cosas buenas, tranquilas, en paz, sin tener a diez custodios a sus espaldas, cuidándolo de que en cualquier momento muriera atravesado por las ráfagas de las uzis de los enemigos de su padre, y por ende, de él mismo.
Eso pensaba y discurrían sus pensamientos, hasta que se percató que Tom y Georg hablaban en el diminuto salón, en voz baja, a cuchicheos casi, y su curiosidad despuntó. Se levantó a tientas, sin ponerse las zapatillas nike que estaban abandonadas bajo la cama. No quería hacer ruido. Recordaba haber escuchado alguna vez en la voz de su madre, que escuchar conversaciones ajenas estaba mal, y pensó en volver a la cama, pero su curiosidad era grande.
Se paró detrás de la puerta, sin hacer ruido, y lo que escuchó le congeló la sangre.
—No permitiré que Bill haga eso— estaba diciendo Tom, con el coraje acentuándose a cada reflujo de su voz.
—Pues es lo mejor que se me pudo ocurrir.
—Se te ocurrió— dijo Tom, cínico— eso es una idiotez, ¡es arriesgar su vida!
—¿Crees que su propio padre podría asesinarlo?
—No te responderé eso, porque es una idiotez aun peor, y no estoy dispuesto siquiera a considerarlo, que Bill traicione a su propio padre dando información de sus movimientos a la policía… por favor.
—Entonces ponte a considerar, que mañana Bill regresa a Frankfurt y es probable que jamás lo vuelvas a ver.
Al escuchar aquello, los ojos de Bill se llenaron de lágrimas, no quería eso, su cuerpo entero comenzó a picar de miedo, de dolor agudo al pensar en su vida de nuevo sin Tom, en su vida metido en esa horrible mansión, en llegar a convertirse en un asesino como su padre o en un alma en pena como su madre o su hermana… definitivamente no.
Recordó entonces el juego de copias que había sacado un día antes de salir de casa… el informe del próximo cargamento de droga que su padre iba a transportar, además de detalles muy específicos de movimientos chuecos y muy poco claros y que iba seguro, guardado al fondo de su maleta, y sin pensarlo siquiera atravesó la habitación como un rayo y abriendo la maleta, después de rebuscar muy poco, sacó la carpeta color crema en donde estaba plasmada toda la información detallada, con los nombres de los involucrados, y que aun no había sido manipulada para tapar y dejar fuera de cualquier radar a su padre.
Se quedó entonces de pie con los papeles en las manos… pensando. Entregar aquello significaría hundir a su padre, destrozarlo, acabarlo, aniquilarlo… trató de buscar en su interior ese amor desmedido que se supone que los hijos sienten por sus padres, pero no lo encontró, solo había ahí rencor, miedo, odio. Se preguntó qué tan mal estaría al hacer eso, pero luego, con un gatillazo doloroso para su memoria, el pequeño evocó el recuerdo de Deliverance, tan pequeña, tan hermosa, tan risueña, tan perfecta… y luego sus enormes ojos grises tan abiertos y confusos, cuando la vio morir a unos centímetros de él.
Tomó su resolución, y salió hacia Tom y Georg con un trote ligero.
Ambos adultos se sorprendieron al verlo. Georg con su mirada de laguna quieta, y Tom con la ferocidad de lobo que lo caracterizaba. Bill quiso echarse en sus brazos en ese momento, pero se reprimió y solo le alcanzó la carpeta que contenía el fin del cártel ruso, y al hacerlo, sintió un apunte de náuseas.
Espero no marearme ahora, pensó, tocándose discretamente el plano vientre.
—¿Qué es esto?— inquirió Tom al tomar los papeles, pero sin despegar la vista de los ojos preocupados de Bill. Cuanto odiaba verle así, siendo un niño sin serlo.
—Escuché lo que estaban hablando— repuso el pequeño, con una voz muy baja, casi culpable, y los dos adultos solo atinaron a poner cara de póker, y el malestar en el estomago de Bill se agudizó, sufrió un mareo, y cuando empezaba a tambalearse, Tom hizo lo que él había deseado al verlo. Lo estabilizó, y luego lo sentó en su regazo… era tan pequeño…
El cuerpo de Bill se destensó, y quedó apoyado y flojo encima de Tom. Se sentía débil.
Tom abrió entonces la carpeta, sintiendo las respiraciones del pequeño escondido en su cuello, y su propia respiración se cortó, al ver papeles y mas papeles detallando las operaciones millonarias que Bobrikov estaba a punto de realizar.
—¡Pero Bill! — exclamó Tom, entre sorprendido y molesto por el riesgo tan gigantesco que el pequeño acababa de adquirir.
—¿Qué es eso?— pidió Georg, y Tom le pasó los papeles, rígido.
El psicólogo leyó detenidamente, y después le dio una ojeada larga a Bill, especulativo.
—¿Estás seguro?— preguntó, y Bill asintió, y la violencia de su decisión le arrancó lágrimas. Tom no podía verlo, pero sintió la tibieza de aquellas lagrimas mojarle el pecho, y abrazó muy fuerte a ese pequeño tan valiente y tan vulnerable a la vez, que se enroscaba entre sus brazos.
Georg volvió a mirar fijamente los papeles.
—Está acabado, totalmente frito— dijo, al ver toda la información. — ¿es seguro, Bill?
El chiquillo solo asintió, y agarró con más fuerza los brazos de Tom, parecía querer fundirse con su cuerpo.
—Si le damos esta información a las agencias, van a ir por Bovrikov y nada podrá salvarlo— dijo, hojeando el gran paquete de hojasy4; El nombre de Aleksandre Bobrikov estaba ahí, junto con otros que le provocaron estremecimientos solo de verlos, había teléfonos, puntos de contacto, intermediarios, cifras, claves, nombres de ciudades, de países extraños y mucha de aquella información se le escapaba, pero seguramente a los federales no.
Bill no podía ni moverse… su mente comprendía bien lo que acababa de hacer, acababa de traicionar a su propio padre, de venderlo, de delatarlo, y el niño ya tenía la edad y conocimientos suficientes para saber lo que pasaba con los soplones. En un segundo estaban vivos, al segundo siguiente estaban muertos, y eso los que tenían mucha suerte, los que no terminaban en el desierto, o en algún mugriento cuarto, en donde con machete en mano, iban cortándoles centímetro a centímetro cada dedo mientras les hacían preguntas, hasta que obtenían lo que deseaban obtener, o aparecían en cajuelas de automóviles abandonados, o al fondo de alguna barranca con las manos atadas a la espalda, una bolsa de plástico en la cabeza y el tiro de gracia entre ceja y ceja.
El niño sintió regresar la náusea, y tembló tan fuerte, que en realidad fue un espasmo y algo en su estomago repuntó. Trató entonces de zafarse del abrazo de Tom, quien en el acto lo soltó y se levantó al mismo tiempo que él. A pesar del intenso malestar, Bill guardaba la calma y caminó despacio hasta el baño, con el músico pisándole los talones, y apenas llegó, se arrodilló en el váter para vomitar la marea de bilis que le quemaba la garganta, y el resto de sus lágrimas.
—Necesitamos encontrar la forma de evitar que regrese.
Los adultos hablaban, Bill los escuchaba sumido en su sopor, como si fueran sus voces la sirena de un barco muy lejano que llegaba queda a sus oídos, acompañando al intenso y grave rugido que tenía dentro de la cabeza.
—Lo sé— decía ahora el psicólogo, la voz consternada. —Siento que el chico está llegando a sus límites.
—Es que está llegando a sus límites, y yo también. Este apartamento es tan pequeño que siento que me asfixio. Hay que salir de aquí.
—Estoy trabajando en eso Tom, no te desesperes.
El músico puso los ojos en blanco. Casi tres horas habían transcurrido desde la pequeña crisis de Bill, quien volvía a dormitar pero ahora sobre el banquillo de cuero negro, tapado hasta las orejas con una manta de micro fibra. Temblaba constantemente, y en su mente ya se dibujaba la tragedia. Estaba enfermo y no porque hubiese comido algo en mal estado, simplemente porque su aguante y sus defensas estaban casi agotadas, y el cuerpo lo resentía, su mente estaba por colapsar. Tom estaba sentado junto a él en el amplio diván, tenía las manos acariciando sus sienes y se le notaba terriblemente estresadoy4; mas allá, sentado a la mesa estaba Georg, tecleando a toda velocidad en su laptop. Los clic clic clic de las teclas acrecentaban las náuseas y el malestar de Bill, que a veces se estremecía antes los ojos de Tom, que lo rondaba como un animal torpe, inexperto en cuanto a cuidar a un pequeño enfermo. Asustado.
—Podría ser…— murmuró Georg, mas para sí mismo que para otros, pero Tom le apremió.
—¿Podría ser qué?
—Pues…— el psicólogo le dio una ojeada preocupada al chico enfermo, los destellos verdes de sus ojos parecieron aclararse y luego miró a Tom.
—Puedo alargar el tiempo de Bill con nosotros, lo suficiente como para que te reúnas con el detective y llevar a Bill con todos los datos que trajo a declarar… para que así aduanas pueda interceptar ese cargamento y sea el fin de Bobrikov. Seguramente lo van a extraditar a estados unidos y jamás se sabrá de él…
—¿Cuál es el pero?— preguntó Tom, con la certeza de que había un pero de dimensiones bastante grandes.
—Pero… —continuó el de los ojos verdes— es extremadamente peligroso, voy a falsificar la firma de otro psicólogo en mi reporte, y si el padre de Bill decide investigar, se nos cae el teatro, y por otro lado… una vez que Bobrikov sepa que su propio hijo va a declarar en su contra… no lo sé Tom… no sé como pueda actuar…
—No lo sabremos si no lo intentamos…—decidió Tom después de unos minutos, luciendo apesadumbrado, terriblemente afligido y mirando hacia donde Bill se había quedado dormido, pensando en el terrible peligro en el que próximamente el pequeño iba a estar.
&
Septiembre por la noche era bastante frío y algo lúgubre. Cantaban docenas de grillos en aquella oscuridad mientras ascendía una luna esplendorosa que iluminaba cada hoja y blanqueaba el sendero que parecía ondular ante la vista. Hacía rato que todo estaba silencioso y recogido en la enorme mansión Bobrikov, y su dueño, Aleksandre se paseaba en silencio por los jardines, rodeando la gigantesca piscina iluminada y el césped cortado con una escrupulosidad tan marcada, que parecía un campo de golf, y el traficante se paseaba con un paquete de hojas en la mano derecha, y un habano en la izquierda. Meditaba. Lo que sostenía era el informe psicológico de su único hijo, recién llegado desde Hamburgo por fax esa misma tarde, y aunque era traficante de los duros, impasible, cruel, indiferente, inhumano… en ese momento estaba preocupado, no tanto por Bill, si no por su reputación. No quería que nadie supiese que su único hijo estaba medio chiflado, aunque lo que decía aquel informe, por mucho que el capo no lo quisiera reconocer, le ponía la carne de gallina, porque en su mente sabía que era cierto (aunque el informe fuese totalmente falso, redactado por Georg de manera muy dramática a nombre de Hanss Gessmann)
Según aquellas hojas tan siniestras, el joven heredero al imperio del narcotráfico ruso padecía un severo trastorno de identidad disociativo, entre paréntesis, personalidad múltiple. Un mecanismo de defensa para poder sobrellevar dolores y miedos causados durante la infancia, desencadenado por un impacto emocional muy fuerte, o repetidos traumas que hacen a la persona afectada separarse de la realidad, creando así otras personalidades que tomaban el control, (aunque casi siempre, el trastorno era causado por repetidas ocasiones de abuso sexual, algo que Bobrikov ignoraba pero que Georg modificó un poco) y así la persona afectada podía escapar de esos periodos de traumas continuos, y aunque aquello en realidad no tenía mucho sentido, Bobrikov se lo creyó. Finalmente Bill había perdido a su madre, a su hermana y casi la vida de una manera atroz, y no había manera de negar aquello. Quizá por eso, pensó el capo, Bill era tan rebelde, tan callado, tan… enigmático hasta el punto de crisparle los nervios y querer sacudirlo a bofetones, algo de lo que se abstenía únicamente por el inmenso parecido de Bill con su madre, a la que Bobrikov amó más que a nada en el mundo.
La brasa del habano le brilló a Aleksandre en la cara. Le solicitaban “autorización” para trasladar a Bill a Múnich a una clínica privada para comenzar con el tratamiento, que requería de muchas sesiones de psicoterapia con hipnosis, además de varios periodos de hospitalización psiquiátrica, lo que volvía al tratamiento ardúo y emocionalmente doloroso, y como a Bobrikov los asuntos emocionales no le atraían en absoluto, se resolvió a sí mismo enviar a la mañana siguiente a primera hora su autorización, dando carta blanca a lo que fuera que costase ese tratamiento para su hijo. No mandaría seguridad, ya que lo que decía aquel informe, esa clínica era de alta seguridad. Haría absolutamente de todo, con tal que Bill, su único heredero, fuese digno de él.
& Continuará &