Capítulo 14
Georg los encontró así mismo un cuarto de hora después, y cuando cayó la noche, los tres sentados a la mesa, Tom y Bill seguían muy cerca, el músico en actitud protectora, y Bill con una mueca de satisfacción, muy alegre como el niño que era, picoteando la cena que constaba de carnosos langostinos ahumados, abadejo al horno, ragout de cangrejo y vieiras, ensalada de frutas con almíbar de azafrán, pequeños melocotones rellenos con salsa de Módena y cocteles de ginebra, jengibre y granada para los adultos, y té helado de azahar y menta para Bill. Quizá había sido demasiada comida, pero apenas quedaba un bocado ya.
—Tu apetito no ha cambiado en nada ¿o sí? Pequeño cuervo— comentó Tom, mirándolo serio y satisfecho, igual que haría un padre ejecutivo que detiene a cero su ajetreada vida para llevar a su nene a un cumpleaños, con piñatas y amiguitos y payasos, disfrutando en silencio al ver al niño disfrutar, sabiéndolo a salvo bajo su mirada y sus cuidados.
Bill no respondió, solo miró a Tom con sus ojos tan negros como si padeciera aniridia y sonrió, haciendo que el pecho del músico sufriera un espasmo.
—Déjalo comer en paz, pesado.
—Calla, loquero
—Calla tú, payaso
Tom había recuperado casi en el acto su sentido del humor y su sonrisa, y con ello, también su carácter y su siniestra y enigmática sonrisa.
—Aun no les he perdonado lo que me hicieron, pude sufrir un infarto.
—Ah sí, perdóname Majestad, es que olvidé mandarte a tu teléfono seguramente intervenido, el mensaje de que aquí estaría esperándote el hijo de gánster ruso.
Bill enrojeció y bajó la vista. Tom se dio cuenta perfectamente de ello y le lanzó una mirada asesina a su amigo.
—Que gracioso Georg.
—Es un juego, o te ofendí ¿Bill? — preguntó, preocupado de repente.
—Niet— el niño negó, todo ojos brillantes y siguió comiendo como si nada hubiese pasado. Remató el ultimo melocotón rostizado, al que le escurría el almíbar de Módena y lo engulló casi de un bocado, relamiéndose después la miel que le había quedado pegada a los labios como si fuera un pequeño gato—Tengo hambre todavía…— fue lo único que murmuró aun con los labios mojados y rojos, y con los ojos puestos más allá de las manos del músico; Tom le pasó entonces unas tortillitas de camarones, sonriendo cuando el chiquillo comenzó a mordisquearlas. Entusiasmado y tan adorable como para no acabárselo. Encima esa inocencia a Tom le provocaba unas ganas intensas de abrazarlo hasta estrujarlo y terminar haciéndolo parte de su propio cuerpo. Era extraño. Tan extraño que estaba deseando que el chico se fuera ya a dormir, seguro, con el custodiándolo, estaría seguro.
Y finalmente, tras una media hora escasa, Bill se había despedido y retirado a la única habitación para descansar.
—Se ha quedado frito— anunció Tom, después de chequear a Bill solo cinco minutos después de que se había retirado.
—Normal, con todo lo que se comió.
Tom se dejó caer sobre la silla y, con coñac en mano, observó a Georg, callado y enigmático.
— ¿Estas molesto conmigo, Tom?— inquirió el psicólogo, totalmente ecuánime. “gajes del oficio” se dijo así mismo Tom, levemente sorprendido por la tranquilidad de su amigo.
No respondió enseguida, porque estaba pensando, mientras miraba atento como el coñac se movía con la espesura del oro fundido dentro de la copa.
—No— decidió al fin— sorprendido si, tanto que aun no lo creo— Georg enarcó delicadamente una ceja castaña y Tom prosiguió— quiero decir, después de lo que pasó, como una película de mafiosos italianos, ya sabes, todo al estilo El padrino, como de novela, y lo que pasé, y lo que pasó Bill…
— ¿Lo que pasó Bill?
— ¿Acaso no lo viste? Sus ojos parecen más atemorizados que antes, y tiene una cicatriz nueva en la mejilla.
—No lo vi, a decir verdad.
Tom estaba callado, inusualmente callado, meditabundo, y Georg presentía que su amigo estaba librando una crisis en su interior, una letal lucha interna… Quizá debió decirle que no a Bill.
— ¿Qué pasará ahora?— se atrevió a preguntar, al cabo de cinco largos minutos de silencio por parte del atractivo músico.
—Esa es la cuestión ¿no? —Dijo irónico— ¿Qué pasará ahora? No sé qué demonios pasará ahora, ni mañana, ni pasado, lo único que puedo decirte, es que no permitiré que Bill vuelva con ese maldito loco.
Georg volvió a quedarse en silencio, sopesando las palabras del músico, y diciéndole, indirectamente “eso es cosa tuya, tu decisión, no mía”
— ¿Conoces la palabra vulnerabilidad, Georg?
El otro reflexionó un poco, en silencio.
—No lo domino muy bien— dijo al fin— pero sé lo que dices.
— ¿Lo sabes…?
—Bill te hace vulnerable
Tom no respondió, pero sus ojos centellearon. Ese maldito castaño siempre daba en el blanco.
— ¿Has sentido miedo, Georg? Ese miedo que te hace dejar todo y echar a correr con o sin ganas, de ese que se enrosca en las entrañas como una serpiente de cascabel, ese miedo blanco y frio semejante a la placa de una lapida.
Georg volvió a pensar y sobre pensar aquello, y decidió que no, que nunca había sentido un miedo así.
—No— dijo finalmente, afirmando con un movimiento de negación con la cabeza.
—Yo lo sentí, tú lo sabes…
Por supuesto que Georg lo sabía, aquella helada mañana de hace doce años, cuando la sangre del joven e inocente Will, había manchado el rostro de Tom.
—Lo sé…— apenas se atrevía a responder.
—Y mírame ahora aquí sentado. Desde aquel día no he sentido miedo, me he apegado a mi vida y a mi soledad como si fuera una regla invisible que sigo a rajatabla. Y sin embargo tengo miedo Georg, y tengo que tragarme este miedo que me carcome las entrañas. He vivido sin miedo durante doce años, cuando perdí aquello que ame más que a mi vida, y he comenzado a verlo de una manera extraña.
Tom guardó entonces silencio, llenó su copa nuevamente de coñac, y la de Georg de paso, y miró la suya por un rato largo, tan largo que Georg estaba a punto de instarlo a seguir, cuando el músico retomó.
—Veo a la vida como a una grandísima hija de puta, que se ríe de mí, que se ha reído de mi desde hace doce años. La veo, quitándome lo que más amaba, y devolviéndomelo el mismo día en las circunstancias más jodidas y adversas… ¿sabes de lo que te hablo?
—La muerte de Will, y el nacimiento a las pocas horas ese mismo día, de Bill.
—Exacto, me quitó aquello que más amaba, devolviéndomelo por decirlo así, de una manera extraña, letal y peligrosa. Y esa es la mayor paradoja de mi maldita vida; el hijo del asesino de mi hermano.
Georg no sabía ni que decir, solo lograba pescar y resumir la información más importante, y era que Tom estaba muerto de miedo por la seguridad de Bill, que se sentía vulnerable, atado, preocupado y que eso lo irritaba quizá demasiado.
—Tom…
—No debería importarme ¿sabes?— interrumpió bruscamente, casi como una justificación, estaba furioso— no debería importarme en absoluto la vida parásita y minúscula, que duerme ahí dentro— señaló con su afilada nariz la puerta entrecerrada de la habitación donde Bill dormía, y Georg palideció, mudo de horror ante las palabras del músico— pero lo cierto es que me importa, me importa mucho más incluso que mi perra vida de soledad y de miserias.
— ¿Qué es lo que sientes por él?
Ahí estaba al fin, la pregunta nunca formulada, la secreta, la profunda, pero que le había corroído las entrañas desde la primera vez que vio a Bill.
Tom le dirigió una mirada larga, de ojos entrecerrados, considerando si aquella pregunta era por curiosidad malsana o por interés profesional.
—No lo sé— repuso al fin.
—Yo creo que si lo sabes.
“Interés profesional” se decidió, al ver en los ojos de su amigo el brillo de la genuina preocupación.
—Quiero a Bill para mí— dijo en voz baja, sin reflexión ni calculo alguno.
La expresión de Georg se congeló de golpe y miraba a Tom como si lo viera por primera vez. Estaba pálido.
— ¿Para ti?— chasqueó
—No pienses que soy un degenerado, porque no lo soy. Lo quiero para mí, como te dije, y estoy dispuesto a esperar lo suficiente para que el crezca, y por supuesto me acepte.
— ¿Y si no te acepta…?
—Al menos lo habré librado de esa vida de mierda.
—Todo suena como a cuento de hadas, pero estas olvidando un par de cosas… La familia o lo que sea que tiene Bill a sus espaldas, y que tú no eres un vampiro que no va a envejecer…
—No se me olvida, eso lo tengo más presente que nada.
—Tom…— el psicólogo dudaba, temía el negro panorama que se le dibujaba a su amigo. —Ni siquiera puedo pensar cómo lograr que Bill se quede contigo. Y créeme que se que es lo mejor para él.
—Como lograrlo…— repetía el músico, picoteando jamón de un plato, distraído.
— ¿Te ha pasado más información ese detective privado?
—Mucha, y sé que el ruso es listo, porque él no trafica droga, anda limpio, ni un solo gramo, ni un cristal, ni un carrujo encima, solo la transporta, la lleva del punto A al punto B y se acabó, así que para joderle bien, hay que pillarle un cargamento.
—Pero para poder pillarle un cargamento, es necesario que alguien lo traicione…
Y los ojos de Tom volvieron a centellear, cuando dirigió la mirada de nuevo a la puerta entrecerrada.
— ¿De verdad piensas que Bill traicionaría a su propio padre?
—No lo sé… pero te aseguro que lo odia, y ese sentimiento no puede ser muy bueno para tan pequeño cuerpo.
— ¿Piensas decirle a Bill que… ya sabes… lo de tu hermano?
—No, nunca. ¿Para qué abrumarlo con semejante verdad? Lo que ese niño necesita es paz. Imagina su reacción al enterarse de que su padre asesinó a mi hermano, como es Bill, asumiría toda la culpa y sería joder su vida y no lo haré.
—No lo sé Tom, creo que él está en derecho de saber que tu vida y la suya están, de cierto modo entretejidas desde el mismo día en que vino al mundo.
Tom sopesó aquello, pensando pausadamente.
—Bueno— dijo al fin— si algún día ha de saberlo, debe ser cuando cuente con la madurez suficiente para comprenderlo.
— ¿Y tú, lo comprendes?
—No me jodas Georg —jodidos psicólogos, pensó, siempre rondando y asestando en el blanco, nato en ellos— no estamos hablando de mí, hablamos de él.
—Creo que hablamos de los dos.
—Creo que mejor iré a dormir— cortó Tom, viendo el reloj que marcaba las cuatro de la mañana. Se levantó y de un trago que le contorsionó levemente el rostro, terminó el coñac— que descanses en tu diván, te viene al pelo.
—Ándate a la mierda, evasivo idiota.
Tom sofocó una risa y entró al único pequeño cuarto, que estaba envuelto en oscuridad, aunque la luz de la luna y de las farolas de la calle iluminaba las sabanas revueltas. Su mirada buscó al pequeño con la velocidad de un latigazo y ahí lo encontró, enterrado en el nido de mantas blancas, vestido con la misma ropa con la que había llegado, con las bambas incluso, y ahogando un suspiro se sentó junto a él. Le quitó los zapatos deportivos sin esmerarse en ser demasiado cuidadoso y Bill se removió inquieto y dejó escapar un quejido. Entonces Tom procuró ser más cuidadoso y a tientas buscó el equipaje del chiquillo, que bastaba de una mochila negra (no era la misma de la primera vez) que estaba junto a su propia maleta de cuero rígido. El músico rebuscó en la mochila de Bill, ayudándose con la luminosidad de la pantalla de su teléfono para poder ver, y refunfuñando algo sobre que Bill nunca se ocupaba de llevar pijamas siguió buscando, pero no encontró nada lo suficientemente cómodo para dormir. Resignado, dejó todo en su lugar, cerró la ventana por la que entraba una corriente de aire muy fresca, y él mismo se tendió en la cama al lado del niño. Estaba exhausto, tanto que se sentía hasta un poco mareado, aunque eso quizá fuera producto de la media botella de coñac que se había empinado él solo. Y Bill suspiraba entre sueños, abandonado a la seguridad que sentía al saberse cerca de Tom, quien solo tenía deseos de tomarlo en sus brazos, de apretarlo, al mismo tiempo que se decía que no podía permitirse esa clase de lujo. Pensó en levantarse e irse a otro lado, a la mesa a seguir bebiendo quizá, pero algo en su vientre y en su cintura le obligaba a permanecer ahí quieto: pugnaba un impulso denso y poderoso, compuesto de cansancio, de soledad, de anhelo y de un instinto protector que se volvía más fuerte con el paso del tiempo.
No supo bien en qué momento se quedo dormido, tieso como un muerto; solo supo que sentía calor, mucho calor, y esa sensación lo hizo despertar casi abruptamente, desorientado, y sorprendido miró a su alrededor, a la claridad que entraba por la ventana. Le parecía que había dormido tan solo cinco minutos, pero sorprendentemente habían pasado varias horas y la habitación se había cargado. Sudaba a chorros, la espalda y el pecho los sentía empapados, así que se quitó la camiseta que salió volando hacia algún sitio y entonces reparó en Bill, que seguía dormido, empapado en sudor, pareciera que recién salía de la ducha, tenía el cabello negro empapado y la frente ardiente y perlada de sudor.
—Mierda— masculló Tom. Se levantó a medias y le sacó la camiseta a Bill de un tirón. Una camiseta azul con un estampado demasiado psicodélico que lastimaba los ojos.
—Joder Bill, estas empapado— volvió a murmurar por lo bajo, usando la misma camiseta de Bill hecha bola para secar el sudor que le resbalaba al niño por el cuello, e increíblemente Bill seguía dormido, los ojos cerrados, las pestañas relucientes, los labios lustrosos y perfectos, entreabiertos, y un océano de piel blanca mojada por el sudor, exhalando su aroma dulce directo en las fosas nasales de Tom, que ya estaba idiotizado. Comenzó a desabrochar los vaqueros de Bill, pero una aguda y dolorosa punzada en su entrepierna hizo que abandonara su tarea en el acto. Aquello sería demasiado. El músico, haciendo un gran esfuerzo por despejar sus neuronas, consulto el reloj de pared. Marcaba las nueve de la mañana, y bostezó mientras iba a trompicones hasta la ventana para abrirla. Una corriente de aire casi fresco le golpeo el rostro, le aclaro las ideas… y Bill seguía dormido. Eso le preocupó. ¿Estaría bien?
— ¿Bill…?— susurró, volviendo a enfrentarse a él, pero Bill dormía profundamente, su gesto tranquilo, incluso sonreía, incluso cuando su boca no lo hacía. Comprobó que estaba perfectamente bien, aunque quizá tenía la temperatura algo elevada— eres una marmota— le dijo, y su mirada recorrió el pecho del chico, deteniéndose en el revoltijo de cicatrices que Bill tenia sobre el hombro izquierdo. La marca de entrada de ese tiro era otra cicatriz que Bill tenía en la espalda, una pequeña estrellita de piel blanca y arrugada. Tom adivinó que en los días fríos y húmedos aquella herida se resentía, igual que a él le dolía su propia cicatriz en forma de estrellita que le adornaba el esternón. La bala se la habían sacado en el quirófano, aplastada contra el hueso, munición blindada, si hubiese sido plomo, no estaría ahí ahora.
Para Tom era ahora tan fácil como respirar entender a Bill, entendía sus silencios, su desconcierto y sobre todo aquel temor acechante que dominaba sus enormes pupilas. Lo único que no comprendía es porque el chiquillo no había confiado en él desde un principio, pero aquel no era el momento para cuestionarlo en realidad.
Y en ese momento el niño despertó, parpadeando, sus ojos confusos y desenfocados, totalmente adorable.
—Tom— fue lo primero que exclamó, haciendo –sorprendentemente- sonreír a Tom.
—Hola, Bill— increíble, Tom lo miraba como si lo viera por vez primera. Increíble tenerle ahí. Los ojos oscuros de Bill bailotearon entonces por todo lo que era Tom, y fueron a clavarse exactamente en donde el músico lucia aquella estrella de piel más blanca y mucho más sensible.
—Oh no…— fue casi un sollozo, los ojos llenos de lágrimas.
—Nada, no es nada Bill. — apuró Tom, asustado al ver al niño así.
—Es mi culpa— murmuró, la voz totalmente quebrada.
—Ven aquí— le dijo, tomándolo en sus brazos— métete esto en esa cabecita de cuervo tuya. No tienes la culpa de nada, mucho menos de esto ¿me entiendes?— le decía como una letanía. Bill se dejo abrazar, se aovilló en los brazos del músico, entre sus piernas abiertas, apenas ocupaba espacio, y no decía nada, sus lagrimas hablaban solas. Tom cerro fuertemente los brazos a su alrededor, apenas respirando, el aroma de Bill lo enloquecía, su peso, su calor, la suavidad de su piel desnuda… y se quedo estático cuando sintió la melena negra y rebelde de Bill frotándose contra su pecho desnudo, no se atrevía a respirar, y su corazón iba a más de ciento ochenta, y se detuvo a cero en el momento en que Bill apoyo delicadamente su oído justamente ahí, donde la vida de Tom latía furiosa e irregular.
—Tom… pensé que jamás escucharía tu corazón… pensé tantas cosas…
—shhh— le chisto suavemente el músico— ya no hables…
Tom se levantó entonces, dejándolo ahí sentado sobre la cama, desubicado. Se levantó, porque de no hacerlo, habría empotrado al chiquillo en la cama y si que le habría quitado a tirones el pantalón.
Era tanto el dolor en los ojos de Bill, que Tom casi se derrapó hasta su maleta, no quería que Bill pensara otras cosas, solo quería distraerlo.
— ¿Tom…?
—Ten calma Bill, dejaste olvidado algo en mi casa… — le dijo, y entonces le mostró aquello que había sacado de su maleta: los dos muñecos de acción de Halo Reach* que Bill llevaba consigo aquella primera vez. Tom siempre cargaba con los muñecos, a cualquier sitio que fuera. El rostro del niño se iluminó con una sonrisa destellante y Tom se recordó a sí mismo, a patadas mentales, que solo era un niño. Volvió a sentirse asqueado de sí mismo. Furioso, rabioso ¿por qué demonios tenía que ser un crío de doce años aquel que quería como hombre, como pareja, como su todo? Estaba frustrado. Era difícil comprenderle, quería golpear algo, y lo único que estaba ahí para golpear era Bill, fascinado con sus muñecos. Y no quería golpearlo… Tom reprimió una arcada y salió como flecha hasta el baño.
…
— ¿Y no ha salido dices?
—No…
Profundas arrugas surcaron el ceño de Georg. Bill había salido de la única habitación para buscarle y le encontró metido en su computadora portátil.
Ahora estaban ambos en la entrada de la habitación, casi media hora después de que Tom se metiera en el baño.
— ¿Uh…Tom? ¿Todo bien ahí dentro?
Y como respuesta la puerta se abrió de un tirón, dándole salida a un Tom envuelto en una toalla blanca de la cintura para abajo, el pecho aun mojado y el cabello escurriendo algunas gotitas que dejaban motas oscuras en la alfombra. Pasó encima de ellos, casi atropellándolos. Georg se hizo a un lado a tiempo para evitar ser mojado, pero Bill reaccionó más lento y Tom le propinó un empujón que lo mandó al suelo.
—Fíjate, bestia— reprochó Georg al mismo tiempo que ayudaba a poner de pie a Bill.
Tom no respondió, se enfundó una playera negra que sacó de su pequeña maleta y comenzó a secar su cabello, sin mirarlos siquiera, puso su maleta sobre la cama y se quedo ahí de pie.
Georg frunció el ceño, y los ojos de Bill se cristalizaron, no sabía porque, aun era joven, pero algo en su pecho se retorcía y dolía como jamás le había dolido nada antes, se sentía herido, por primera vez herido por la brusquedad de Tom. No había sido como las otras ocasiones, era algo fuerte esta vez.
—Mejor esperamos fuera Bill— comento Georg, ya con una mano en los hombros del chico, guiándolo a la salida.
—No— la voz de Tom era grave, y ambos se detuvieron, sin mirar. El músico tampoco los miraba— que se quede.
—No, te va a esperar afuera— la voz de Georg, siempre jovial, se había endurecido de repente. No entendía a Tom, nunca había podido hacerlo del todo, pero esta vez no tenia ánimos de tolerarlo, y tampoco se le daba la gana dejar a Bill con él. Le había molestado la bestialidad de sus maneras para con el niño, que era un solo eso, un niño.
— ¿Qué dijiste?— y Tom se volvió, con la furia brillando en sus ojos.
—Lo que escuchaste Tom, dije que Bill te va a esperar afuera—la mirada verde de Georg también se había encendido y era desafiante.
—Dije que se quede— la voz de Tom empezó a elevarse, y se acercó un par de pasos, para tomar al chiquillo por los hombros, pero Bill reaccionó para sorpresa del par de adultos. Esquivo la mano de Tom con agilidad, moviéndose y apartándosela de un manotazo.
—No me toques— advirtió, herido, hosco, como un gato con el pelaje erizado. Lloraba a mares. Se puso a una buena distancia, cerca de Georg, que seguía asesinando a Tom con la mirada.
Y sin más, el chiquillo se esfumó por la puerta, dejando a Tom con un palmo de narices y a Georg sumido en una seriedad molesta, muy molesta.
— ¿Qué demonios te pasa Tom?— le retó en voz bastante alta, poniéndose a dos centímetros del músico, la ira ardía en sus ojos verdes. — ¿Para eso lo quieres? ¿Para eso quieres hacer todo un circo para alejarlo de su familia, para tratarlo de esta manera? Mejor vamos regresándolo a su casa. Esto no va a funcionar.
—No te metas Geo, tú no sabes nada, no entiendes.
—No, te equivocas, se mas de lo que crees, y entiendo el doble, y somos amigos, y por eso no permitiré que lo trates así, eres tan contradictorio que me dan ganas de romperte la boca, y aunque no entendiera, tratar a un niño inocente de esa forma es de verdaderos hijos de puta.
— ¡Entiéndeme!— gritó Tom — a veces no me puedo controlar con Bill, sobre todo cuando veo en sus ojos la sombra de la mirada de su padre.
—No me vengas con eso ahora por favor, son cosas muy distintas Bill y su padre
—Pues si— el psicólogo había ido acorralando lentamente a Tom y a sus argumentos, porque estaba enojado, sabía que estaba siendo despiadado, pero Tom estaba siendo muy injusto con un chiquillo que no se lo merecía, y Georg no lo iba a permitir.
—Yo ni siquiera lo busqué, fue él quien me buscó— replicó Tom con un dejo de amargura que se esfumó al instante, cuando se dio cuenta de la estupidez que había dicho, y sobre todo, cuando vio como una menuda silueta de melena oscura se alejaba del marco de la puerta, ahogando un enorme sollozo.
Bill lo había escuchado.
—Eres un idiota— se lamentó Georg.
—Mierda—murmuró Tom.
—No lo puedo creer— Georg estaba pasmado— ¿Cómo puedes decir eso después del circo que montaste y de la fortuna que le pagaste al detective para saber más de Bill? Estabas que te revolcabas por saber de él y ahora que lo tienes, lo desprecias. Será mejor que me lo lleve y lo entreguemos a su familia.
—No te atreverías.
—Yo pensé, que jamás te atreverías tú a tratarlo así.
—Ya, cállate— pidió el músico en voz baja —iré a hablar con él.
—Hazlo ya, Bill es un chico muy vulnerable que ha aguantado demasiado, y se ha apegado de un modo nada saludable a ti, es apenas un niño, no tiene familia, no tiene bases, no tiene lazos, no tiene amigos, no tiene nada, lo único que conoce es soledad, muerte y violencia, se puede decir que ustedes están en el mismo barco, pero él es mucho más frágil que tu, y si le das otra estocada así, si vuelves a aprovecharte así de él, lo hundirás definitivamente. Atiende lo que te digo Tom, ese chico está a punto de tener un serio colapso que quizá no tenga vuelta atrás. Te toca a ti salvar su cordura.
—Créeme, Geo, que no permitiré que ocurra eso. — respondió el músico, reprimiendo un estremecimiento en la columna.
Tom terminó por cambiar la toalla por unos jeans negros y así con los pies descalzos y húmedos salió en busca de Bill, pateándose mentalmente al pensar en la estupidez que había dicho,.
El chiquillo estaba sentado frente a la ventana, con la mirada perdida dieciséis pisos abajo, los hombros hundidos y un par de fantasmas de lágrimas, delgados y transparentes tintando sus mejillas. Se veía tan pequeño y delicado como un trozo de marfil, sus cabellos cayendo sobre sus hombros igual que raíces de asfódelo, los ojos semicerrados, oscuros como topacios mirando a la nada. A Tom se le oprimió algo en el pecho.
—Uhm… ¿Bill…?— tanteó, sintiéndose estúpido, estúpido ante un chiquillo.
—Creo que cometí un error, Tom— dijo Bill en voz baja, y Tom se quedo prácticamente estupefacto ante el cambio operado en el niño. Su voz era grave, y en su ceño fruncido se le notaba mas madurez de la que Tom había supuesto en un principio, era casi igual a su padre, y Tom no estaba dispuesto a tolerar aquello.
—No digas eso, no has cometido ningún error— tanteó Tom, acercándose muy lento hasta quedar sentado al lado de Bill, a medio metro, no se atrevía a acercarse más, pues podía sentir la inestabilidad del pequeño. Para Tom, Bill era como un pequeño erizo, adorable, pero peligroso si no se tocaba con cuidado.
—Sí, creo que si… finalmente…tú no me pediste que viniera— dijo, en voz muy baja, y Tom pudo captar el destello de una estrella de agua incrustada en una lagrima iluminada, que iba resbalando por la mejilla del niño. Bill se limpió con rabia, haciéndose daño— Georg tenía razón… debí quedarme en mi casa, en mi vida, aceptarla y ya, recogeré mis cosas y me iré.
Y aquello fue demasiado para Tom, esa dureza y esa certeza jamás deberían haber brotado de un cuerpo tan joven. Sin pensarlo, abrazó a Bill, llevándoselo a su regazo, sorprendido porque el chico se dejó llevar, y apoyó la cabeza en su pecho, fatigado. El músico pasó sus dedos por las mejillas mojadas de Bill con la misma delicadeza como si estuviera acariciando una pompa de jabón.
— ¿Qué Georg te dijo que?— preguntó en un tono bajo, pero molesto.
—Que no debía buscarte…
— ¿Y con qué derecho te dijo eso?— el pecho de Tom estaba empezando a ponerse ardiente de puro coraje.
—El solo estaba preocupado por ti…—dijo, sorbiendo a medias la nariz, encogiéndose más al hacerlo— yo no soy una buena compañía para nadie.
—Vamos Bill— Tom no sabía ni que decir, se sentía como un idiota. — no digas eso…
—Si Tom, — Bill se tensó— ahora ya sabes quién soy, y lo que le pasa a las personas a las que me les acerco— dijo, mientras pasaba sus dedos muy suavemente por el pecho cubierto de Tom, justo encima de donde estaba su pequeña cicatriz en forma de estrella.
—Eso no es culpa tuya.
—No importa, es mi cruz.
— ¿Por qué no me lo dijiste cuando te lleve a mi casa por vez primera?— aquello a Tom le quemaba como ácido, necesitaba saber porque el chico se había callado, saber qué clase de firmeza tenía, para siendo tan solo un niño, llevar su secreto y su dolor a cuestas con tanta dignidad.
—Porque sabía que me ibas a rechazar.
Tom se sintió ofendido.
— ¿Cómo puedes pensar eso? ¿Te he rechazado acaso?
—Lo acabas de hacer…
—Touché*…— el músico volvió a lamentarse por lo que había dicho hacía un momento, porque Bill había resultado muy afectado.
— ¿Qué?
—Nada. Mira Bill, a veces los adultos decimos cosas por impulso, por idiotas, cosas que no pensamos, ni sentimos, ni creemos, ni un carajo, y tú eres muy puro para entenderlo, demasiado puro y perfecto quizá…, pero que te quede claro que jamás voy a atreverme a hacer algo así, yo estoy aquí contigo para cuidarte, y no dejaré que vuelvas a esa vida, a la que no perteneces.
— ¿A dónde pertenezco entonces Tom…?— preguntó, dejando al músico aturdido un momento, pensando a toda velocidad. ¿Qué rayos contestar? La primera respuesta se le vino a la mente con la rapidez de un relámpago, pero no sabía cómo podría tomarlo Bill…, quizá pensaría que era un degenerado, un chiflado, un enfermo si le decía que le pertenecía a él… incluso se le antojaba ilógico aquello, Bill tendría que estar acurrucado así en los calientes brazos de su madre, no en los suyos, pero estaba ahí entre los suyos, los únicos que le podían acunar, fuertes, cálidos, varoniles, surcados de venas, y Tom se había convertido en su único defensor, en su único amigo, en su único puerto seguro… y Bill seguía insistiendo con su pregunta blanca, y Tom, que tenía poca o nula paciencia le respondió sin querer pensar más.
—Tu perteneces a donde sea que yo esté.
Y como por arte de magia, Bill se relajó y una sonrisa cansada bailoteó por su pequeño rostro, Tom lo sintió perfectamente. Fue como si algo se desprendiera del niño y se fuera volando como un espectro oscuro, como una especie de fuerza aplastante que lo mantenía sujeto, tenso, como aturdido. Ninguno de los dos dijo nada más. Tom entonces levanto su afilado rostro lobuno de mirada peligrosa, y fue perdiendo la vista fuera y más allá del enorme ventanal de piso a techo, donde un nuevo día iluminaba y calentaba sus facciones esculpidas a mano. Mantenía los brazos bien sujetos y firmes alrededor del delgado cuerpo del niño, lo sentía perfectamente, como si sus sangres se hubieran conectado de algún modo con el extraño idioma con el que se comunican las sangres. La melena negra y alborotada de Bill le hacía cosquillas en el cuello, y su aliento espeso le calentaba el pecho, y así, Tom notó que Bill se había quedado profundamente dormido… otra vez.
No dijo nada, únicamente sonrió, besando aquella espesa melena y se levantó con tiento, para colocar medio minuto después el pequeño cuerpo de su pequeña súper estrella sobre la cama, bajo las mantas, quedándose ahí, asegurándose de que absolutamente nada perturbase aquellos inocentes sueños.
& Continuará &