& Capítulo 12 &

A la mañana siguiente, muy temprano, Bill fue despertado por su propio padre en persona. Bobrikov estaba pulcramente bañado, usando un traje diseñado solo para el por la marca Hugo Boss* y olía a perfume y tabaco.

Bill saludó, soñoliento y aguardó.

—Ayer investigué después de nuestra eh… plática, y vas a asistir con tu escolta a visitar a uno de los mejores licenciados de Alemania en la convención nacional de psicología en Hamburgo, ya lo he arreglado todo.

Bill casi gritó de gusto para sus adentros, conocía tan bien a su padre, que con solo unas pequeñas señales, podía adivinar lo que haría, y tratándose de Bill, siempre era lo mejor.

— ¿Una convención?— repitió Bill frunciendo el ceño. Debía seguir actuando y mostrarse rebelde o todo se iría por tierra. — ¿Quieres que vea a un montón de loqueros?

—Sí, y no me interesa si no quieres, vas a ir y si es necesario hablarás con todos. El evento dura tres días.

— ¿Y Gustav?—

—El tiene otros asuntos que atender. —aquello no podía ir mejor, iría, y sin el orate de Gustav.

Y aunque quería gritar de alegría, el chico puso su mejor cara de asco y empezó a refunfuñar, mientras estrujaba sus mantas, lo que le daba un aspecto aun mas trastornado.

—No quiero ver a los loqueros.

—No me interesa, te hará bien, a ver si alguno puede poner en orden tu cabeza. Te vas el viernes a primera hora. Tu nana preparará tus cosas y quiero que estés listo ¿entendido?—Bobrikov, firme y ya molesto, se cruzó de brazos, y Bill pudo captar una vista fugaz de los gemelos de diamantes que su padre lucía en las mangas de su camisa.

—Entendido— dijo, con un tono de voz tan derrotado, que no dejaba lugar a dudas.

—Muy bien, está arreglado. Hasta luego Bill— dijo Bobrikov al salir de la habitación de su hijo, sin esperar una respuesta.

—Hasta luego…— dijo mientras abrazaba fuertemente una de sus almohadas en forma de balón. Su trabajo estaba casi listo. Iba a ver a Tom.

Se levantó, feliz y después de ducharse, almorzar y tomar su lección diaria, se dispuso a vagar por su casa. Tenía que ir a la bodega del embarcadero, pues le habían avisado que un nuevo lote de ropa nueva que su padre había ordenado para el ya había llegado, pero Bill no quería ir, esa ropa le provocaba nauseas; todo eran camisas, trajes, corbatas y zapatos italianos, no ropa para un chico de 12 años como él. Y no fue, solo decidió pasearse para mitigar las ansias. Y su paseo lo llevó directo al estudio de su padre, que siempre estaba abierto. Para el traficante, el lugar más seguro era su casa, o eso pensaba él.

Bill se coló con la ligereza y el silencio de un remolino de aire caliente y comenzó a husmear entre los papeles que su padre había dejado sobre su escritorio, y después de leer un poco algunos documentos, se enteró de que su padre estaba a unos días de transportar un cargamento muy importante de cocaína. Nada menos que treinta toneladas escondidas en costales de arroz, que serían transportadas por tren hasta España. Un viaje muy largo, y Bill pensó que aquella información podría serle útil. Tenía nombres, direcciones, horarios, costos y sobre todo, la información no había sido manipulada aun y el nombre de su padre aparecía en cada uno de los párrafos. El chico tomó todo el legajo de papeles, encendió la copiadora y cuando el zumbido molesto de los ventiladores se apagó, comenzó a fotocopiar cada uno de los documentos, dándoles vuelta y agregando incluso más tinta para que quedaran nítidos. Decidió también sacar copias de direcciones, actas y documentos de más de una docena de compañías a nombre de su padre, compañías en las cuales se lavaba el dinero proveniente de la droga que traficaba. Cuando terminó, diez minutos después, logró dejar todo como lo encontró, apagó la copiadora y escondió los papeles en la cinturilla trasera de sus pantalones, dentro de su ropa, para después huir sigilosamente hasta su habitación.

Tom

La camioneta blanca estuvo recorriendo Berlín durante una hora sin rumbo fijo. Era una noche espesa, una noche traicionera y rastrera como una serpiente venenosa, en la que se agazapaba la tumultuosa confusión de los más tristes recuerdos.

El músico observaba con expresión lúgubre las tiendas de brillantes escaparates ya cerradas, las gasolineras con sus surtidores pulidos y limpios, el asfalto oscuro y plano por el que circulaba y un molinillo de viento un tanto psicodélico que se movía incesantemente en el escaparate de una popular y exclusiva discoteca.

Terminó por detenerse ante una luz roja y su cabeza no tardó en inclinarse hacia adelante hasta quedar apoyada sobre el volante. Lanzó una fugaz mirada hacia el asiento del pasajero, que estaba totalmente vacío y emitió un suspiro entrecortado. El músico era consciente de la camioneta negra que le seguía a muy corta distancia los pasos, y eso, a pesar que era para su seguridad, lo exasperaba.

Se sentía tan condenadamente solo…

Cuando la luz verde se encendió, Tom condujo sin ánimos hasta su casa. El vigilante que le permitió la entrada y le deseó cortésmente una buena noche, era nuevo. A Pete lo habían asesinado los rusos aquella tarde horrible que también se había llevado a Bill…

Tom pasó de largo y no respondió, no tenía ganas, ni siquiera miró por su retrovisor a la camioneta negra que aparcaba de manera muy discreta en frente de su casa, solo metió su camioneta al garaje y cerró.

Su casa estaba particularmente oscura y fría. Maldijo al equivocarse en introducir el nuevo código para la alarma, le costaba memorizarlo, pero en cuanto lo introdujo bien, todo estuvo tenuemente iluminado, todo ordenado, perfectamente limpio y en su lugar. La cocina elegante, amplia, pero vacía. La barra de piedra brasileña pulida hasta parecer un espejo, vacía. El salón, con sus sofás blancos con almohadones rojos en perfecto orden, nada fuera de lugar. Todo vacio.

Todo invadido por la melancolía.

Se sentía morir sin poder morir.

Vacío.

Jamás le había parecido así de desierta su casa, siempre se sentía reconfortado al llegar, pero ahora era todo lo contrario.

Avanzó lentamente por el pasillo con la nariz y la boca saturadas por el olor reseco del papel de sus partituras, por el aroma casi impalpable del abandono que se había ido acumulando en los rincones. Pero el músico añoraba otras cosas, tenia incrustado en la memoria el aroma de Bill, como un fragmento de cristal, hundido profundamente en su memoria, aquel aroma que lo enloquecía, el excitante olor subyacente que tenía su piel joven y sana impregnada y ungida por el veloz fluir de su sangre, y la dulzura que emanaba de su aliento caliente y húmedo. Finalmente pudo llegar a la espeluznante y brutal conclusión de que estaba enamorado de Bill, no solo lo deseaba, estaba enamorado de él, de un niño de doce años. Se sentía estar enloqueciendo y cada minuto vivido le parecía una verdadera tortura. ¿Era un monstruo? ¿Era un enfermo? No deseaba al niño en el ámbito sexual, solo añoraba protegerlo y añoraba su compañía. Y sin él, nada le satisfacía, nada le llenaba. Una semana había pasado desde que pudo abandonar el hospital y cada día era más difícil. Intentaba hacer caso a las recomendaciones de Georg sobre distraerse, pero nada funcionaba. Había estado inútilmente en su estudio tratando de componer algo, pero solo se quedaba horas pasmado, hasta que se desesperaba y se acostaba a dormir, y aquello lo irritaba grandemente. Estaba perdiendo el control, no solo porque extrañaba profundamente a Bill, sino porque no sabía nada de él, y eso era una verdadera tortura. Los sucesos recientes habían traído a la superficie todos los demonios internos con los que arrastraba Tom, y aquello que creyó que había muerto junto con su hermano aquel día hacia doce años, fue regresado a la vida con una potencia letal por Bill; su pasión, su entrega, sus ganas, su coraje… su amor… y en las noches de locura aplastante y dolorosa en las que moría por el chico, lo maldecía a la vez, simplemente por haberlo hecho adicto a él, y por momentos llegaba incluso a arrepentirse de haberle rescatado, aunque tras medio minuto se arrepentía de arrepentirse de haberlo ayudado.

—Estoy jodido. — se dijo mientras tiraba su chaqueta sobre el sofá. No quería pensar más. Tomó la botella de whisky del armario de los vinos y se sentó en su terraza a beber directo de la botella, tragos largos que bajaban por su garganta con la misma fuerza con la que había sentido aquel disparo. Se sentía impotente. Por un lado sabía que teniendo fuerza de voluntad conseguiría salir adelante y seguir, pero es que no la tenía, no tenía ganas de nada, estaba verdaderamente afectado, y la herida apenas cicatrizada de su pecho dolía todo el tiempo, porque Tom sentía una opresión en el pecho todo el tiempo, era la añoranza que lo dejaba casi sin aliento.

Se quedó un buen rato observando la espesura del licor color ámbar del whisky, sintiendo como se resbalaba igual que almíbar espeso por su garganta una y otra vez. Y tenía prohibido beber.

—Tengo que salir adelante— se repetía— Bill… tengo que dejarte ir… ayúdame a dejarte ir…— le decía a la foto del chico que el detective le había dado. Sobre la mesa estaba toda la información que le diera, sobre el pasado y la familia de Bill, información que Tom casi había memorizado, y su mente no lo dejaba en paz. Recordaba con cada agónico detalle, los miedos, la melancolía los silencios, las lágrimas, las profundas tristezas de su pequeña súper estrella… El músico estampó su puño en la mesa, astillando el cristal y cortándose la mano.

Si se tratase de una ruptura con alguien más, para Tom habría sido más que sencillo salir adelante, pero este caso era especial, porque ni siquiera era una ruptura, era un desgarre, algo que había sido arrancado de cuajo de su pecho y sangraba sin parar, doloroso, porque por más que el músico se esforzaba en salir adelante, su mente no cesaba de enviarle preguntas, de cuestionarse más que nada sobre la seguridad del niño, y aquello era un sin vivir, impotencia al límite.

La vibración de su teléfono celular sobre la mesa de cristal sacó a Tom de su pequeño infierno. Miró ceñudo la pantalla, era Georg, pero el músico la ignoró decidido a no contestar. Sonó una vez, dos, tres, cuatro timbres y se apagó. Tom respiró, pero al cabo de un momento, volvió a sonar, la vibración sobre los cristales rotos era molesta, tan molesta que desesperó a Tom, quien rabioso contenido contestó.

— ¿Que pasa Geo?

—Hey Tom… ¿Qué haces?

El aludido encendió un cigarrillo, tomándose su tiempo antes de responder.

—Nada. No hago nada para variar, y ¿tu? Siendo las… —le echo una ojeada rápida a su reloj de pulsera y dio una calada—once y media de la noche.

—Me gustaría que platiquemos…

Y Tom estuvo a punto de mandarlo a la mierda en ese instante, pero se contuvo… en realidad quizá le serviría hablar con Georg, pero desde el punto de vista psicológico, porque se sentía como un completo idiota chiflado.

—Cuando— espetó el músico, dejando pasmado al psicólogo, quien ya se había programado una larga lista de estrategias para intentar convencerlo.

—Eh… —titubeó— voy a dar una serie de conferencias en Hamburgo, y estaré ahí un par de días…

— ¿En Hamburgo? Quieres que vaya a ¿Hamburgo? Tú eres loco. Hablaremos cuando vuelvas.

—De verdad Tom— la voz de Georg era tan suplicante…— creo que te haría bien una salida, y está cerca. Podrías reaparecer frente a tus fans.

—No lo creo, y ya sabes que tengo a dos aspirantes a psicópatas siguiéndome.

—No son aspirantes a nada, es tu escolta, solo por prevenir, y además son lo mejor de lo mejor en espionaje y custodia…

—Blablabla— cortó Tom— ¿cuando quieres que esté en Hamburgo…?

—El viernes por la tarde.

—Viernes…— repitió Tom mirando el calendario en su tableta electrónica— estamos en miércoles… muy bien, entonces el viernes.

—Cuando sepas la hora del vuelo me avisas, te veré en el aeropuerto de Hamburgo.

—Prefiero llegar solo a la dirección que me des ¿Cuándo sales tu?

—Mañana mismo, debo prepararme, ya sabes, mis temarios…

—Bien bien, entonces yo te llamo— cortó Tom, ya harto del parloteo de su amigo, pero algo no le convencía, Georg parecía… nervioso— ¿pasa algo?

— ¿Algo de qué?—Georg maldijo la perspicacia de Tom y echó mano de todo su autocontrol para mantenerse sereno, lo más sereno que podía como para estar concretando una reunión entre su mejor amigo y el hijo de uno de los monstruos de la mafia más buscados por la policía.

—Todo está bien ¿Por qué no habría de estarlo?

—No lo sé, te siento ansioso.

—Sientes mal, debo ir a prepararme Tom. — maldito listillo, pensó Georg.

—… de acuerdo, hasta el viernes.

—Hasta el viernes. — y la línea murió.

El músico se levantó, y vagabundeó por la cocina, estaba un poco hambriento, y al abrir la nevera se topó de frente con muchas latas verdes que contenían el dorado jugo de frutas favorito de Bill.

Tom cerró de un portazo y finalmente después de rebuscar en la alacena, terminó tomando un pastelito twinky, que también le recordaba demasiado a Bill. Devoró la golosina a pequeños mordiscos y la ayudó a bajar por su garganta con sorbitos de whisky; luego se curó levemente la mano cortada y finalmente, en algún momento de la noche, el sueño se apiadó de él, y el músico se revolvió bajo sus mantas, suspirando, cansado. Su aliento apestaba a licor y a neblina llegada del río y se durmió, con el nombre de Bill atravesado en la garganta.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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