& Capítulo 11 &
Una semana después.
El atardecer se aproximaba a toda velocidad hacia una noche helada y cruel.
“Frío” pensó el
chico de brillante cabellera azabache, y sintió que se le entumecía la mente.
Miraba los arboles desde la ventana de un dormitorio que no era el suyo, y los arboles eran como gigantescas estacas negras, líneas que temblaban y se acobardaban ante el viento, pero que contra todo pronóstico, se mantenían en pie frente a él. Bill pensó en cada árbol que estaba ahí fuera, solo, cada animal solo, escondido en su agujero, envuelto en sus capas de piel. El chico pensó que cualquier criatura que fuese atropellada esa noche moriría a solas, pensó que su sangre se congelaría dentro de las grietas del asfalto antes de que hubiese amanecido.
Bill estaba exactamente igual de solo que aquellas criaturas, la única diferencia era que él estaba dentro de su jaula de oro, bien provisto de comodidades y atenciones, las cuales le hacían permanecer vivo, aunque su cuerpo permaneciera constantemente helado.
Paseó sus ojos por cada rincón de la habitación en donde se encontraba. Observó por milésima vez las paredes cubiertas de fino tapiz dorado, moteado de pájaros y florecillas hechos de plata, los ventanales cubiertos por elegantes cortinas de seda rosa y brocado de perlas, colgando de los cortineros de oro macizo, y del techo blanco pendía una diáfana araña de brillante cristal cortado, con brazos para cien pequeñas bombillas que irradiaban arcoíris. Sintió bajo sus pies descalzos la mullida suavidad de la alfombra color marfil, y acarició con la punta de sus dedos el respaldo, suave como terciopelo, de un pequeño reclinatorio color hueso con su almohadón plateado, que estaba al lado de una enorme cuna que relucía como una perla, debajo de un gran dosel de seda rosa y tul transparente. Bill miró hacia sus profundidades, acariciando muy cuidadosamente el lecho claro y para siempre vacío, cubierto con una rica frazada de terciopelo dorado, tachonada de jazmines de plata y preciosamente ribeteada de perlas diminutas. Justo en medio del barandal de aquella cuna, estaba labrado en letras doradas el nombre “Deliverance”.*
Cuanto amaron a Deliverance.
Bill tomó el pequeño retrato de la mesa que estaba junto a la cuna y lo observó cuidadosamente, sonriendo cálidamente. El par de chimeneas que estaban siempre encendidas, le daban un brillo alucinante a sus enormes ojos de avellana, que se iban aguando a cada segundo. Recordaba perfectamente el día en que habían hecho aquella foto. El había estado ahí mirando. No le permitían jugar con su hermanita casi nunca, pero aquel día fue especial, el chico lo recordaba como si acabara de pasar. Se sumergió entonces en su recuerdo mientras miraba la foto. Deliverance llevaba un traje de raso plateado, ribeteada la diminuta falda con perlas finas, y por debajo de aquella pequeña faldita surgían dos diminutos zapatitos color rosa. Rosa y perla fue su hermana, una madeja de risas, delicada y primorosa, y en torno a su carita pálida con ojos de plomo, una aureola de rizos negros adornados con una bellísima rosa blanca.
Como la extrañaba, y no sólo a ella, también a su madre. Cada noche tenía pesadillas sobre lo ocurrido, veía a su madre, a su hermana, muriendo ante sus ojos, atravesadas por disparos salvajes, recordaba cómo había dolido su propia carne al ser quemada por las mismas letales balas, recordaba su interminable recuperación, el dolor inaguantable de haberlas perdido, y la locura de su propio padre. Su venganza había sido terrible, totalmente despiadada, la mafia italiana casi había sido extinguida, pero eso jamás iba a devolverle lo que los italianos le habían arrebatado. Su padre había idolatrado a su esposa y a su hija, mucho más que a él. Bobrikov siempre deseó una hija y cuando Deliverance nació, tan parecida a su padre, el se convirtió en el hombre más feliz del mundo, llenando de atenciones a su esposa y a su pequeña. Bill hubiera permanecido en el olvido de no ser por su madre, que a su vez le idolatraba a él, lo que provocaba constantes peleas con su padre, quien opinaba que Bill por ser hombre, debía ser fuerte e independiente, y vivir sin amor.
Pero su madre no lo permitía y lo adoraba con locura, Bill lo era todo para ella antes de Deliverance, y después incluso de su llegada, dejaba muchas veces a su pequeña hija al cuidado de la nana para pasar casi todo el día con Bill, o lo pasaban los tres juntos, divirtiéndose, hasta el triste día en que todo había terminado.
El funeral fue desgarrador. Decenas de personas, decenas de custodios armados hasta los dientes. Un par de féretros blancos adornados con tracería de oro, uno grande, otro diminuto, cubiertos por miles de rosas mas blancas aun. Bill, totalmente de negro y el corazón destrozado, presenciando todo desde una silla de ruedas para no fatigarse por la recuperación del disparo que había atravesado su pecho y que milagrosamente no le dañó ningún órgano vital, solo había chamuscado su carne al entrar y salir de su cuerpo. Bobrikov, en silencio y con una mano apoyada posesivamente sobre el hombro sano de su ahora único hijo, no había dicho ni hecho movimiento alguno, presenció todo, callado, pero muriendo de pena, rabia y coraje por dentro.
Y lo que siguió después, la inmensa soledad de Bill, quien solo era un niño, la locura de su padre, sus paranoias, su rabia inmensa que buscaba desahogar con cualquiera que se cruzara en su camino, y mil cosas dolorosas mas…
Bill dejó la foto en su sitio con un cuidado que rozaba en la adoración y se dio vuelta para salir de la habitación de Deliverance, su padre detestaba que alguien estuviera ahí, era un santuario para él, un lugar en donde ni siquiera Bill tenía permitida la entrada.
El chiquillo caminó con la ligereza del vuelo de una gaviota por los pasillos vacíos de su casa, cobijándose con las sombras de la noche, y en su mente apareció la imagen de Tom, como siempre, como cada noche. Apareció su apuesto rostro de ojos penetrantes, su sonrisa filosa, sus labios, su cabello, sus manos…
Aun no sabía si estaba bien, si al menos estaba vivo… su desalmado padre afirmaba con una frialdad aterradora que estaba muerto, pero Bill se negaba a creerlo, no creía que estuviera muerto, algo dentro de él lo negaba. Bobrikov se mofaba de Bill e insistía con sus amenazas de enviarlo a un centro psicológico.
Era una verdadera agonía física pensar en Tom. Añoraba con cada fibra de su pequeño cuerpo al músico, su voz grave y tranquilizadora, su aroma fresco, su callada solemnidad y la fuerza de su mirada, se sentía vacío y perdido sin él. Era demasiado joven para afirmar que estaba enamorado, únicamente estaba seguro de lo que había sentido al estar con Tom: plenitud, felicidad, emoción, alguien con quien compartir su alma, su vida, sus temores y alegrías, sus recuerdos… alguien que le comprendía mejor de lo que nadie había hecho hasta aquel momento, alguien a quien algún día podría entregarse, desde lo más profundo de su alma, sin temores.
Aquella noche era especialmente helada; Bill atravesó las tinieblas del enorme corredor y se detuvo ante el ventanal del descansillo de las escaleras de caracol que subían hasta la segunda planta y se estremeció, se acarició las costillas y los huesos de las caderas. Le gustaba estar tan delgado. Contempló calladamente la luna y volvió a estremecerse, quizá fuera la ventana en la fría noche, o los arboles que se retorcían ante el viento, o la añoranza por Tom, o el dolor de recordar a su madre y a su hermana asesinadas, lo que convocó a los pequeños espectros nocturnos de su mente que le hablaron en susurros. “Tienes que salir de aquí” le dijeron “tienes que encontrar tu lugar, tu sitio… tu vida…, tienes que hacerlo antes de que te pudras y mueras”
—De acuerdo— susurró, después de haberlos escuchado por un rato largo— de acuerdo…
Apenas lo hubo dicho, echó a correr escaleras arriba, supo que tenía que marcharse, pero esta vez para siempre, era algo inevitable y se preguntó a si mismo porque había esperado tanto tiempo. Y en su mente solo estaba fija la imagen de Tom. Tenía que volver con Tom, pero esta vez asegurándose de no llevar a la muerte de acompañante… pero y si Tom había…
Su mente se negaba, tenía que averiguar primero ¿pero cómo?
Llegó a su habitación con la mente vuelta un torbellino. No tenía el número de móvil de Tom, y era probable que el músico hubiera cambiado el número, no se acordaba de su dirección, y si investigaba algo podría salir mal.
Se sentó en su escritorio y encendió su computadora, solo tuvo que esperar treinta segundos para poder abrir el navegador, pero desechó la idea enseguida, el modem de internet podría estar intervenido y podrían chequear su historial, últimamente se estaba volviendo muy paranoico. Apagó la computadora y maldijo la antimagia de su padre.
Frustrado, miró a su alrededor y reparó en su móvil abandonado sobre la mesita al lado de su cama, y recordó lo que alguna vez leyera en la web. Si usaba el internet por medio de los datos móviles, era casi imposible seguirle el rastro, siempre que fuera cuidadoso. Su rostro se iluminó y se arrojó de un salto sobre la cama, tomando el teléfono entre sus manos y deslizando los dedos por la pantalla. No quería exponer a Tom, pero debía hacer algo, hasta que se le ocurrió. Escribió en su navegador “Georg Listing, psicólogo” y en menos de un segundo la pantalla estaba llena de información. Entró en una página medica de aspecto aburrido, y descubrió que Georg trabajaba para la clínica más prestigiosa de toda Alemania, en Berlín, y ahí mismo estaba la dirección, el teléfono de su consultorio y el mismo número de su móvil para emergencias. Las manos comenzaron a picarle, sudaba y se puso ansioso en el acto. ¿Debería llamar? Miró el reloj, eran las 11:26 de la noche… quizá podría esperar a la mañana, pero no, ni siquiera iba a poder relajarse si no lo hacía. El chiquillo siguió su impulso y presionó la opción para llamar.
Aguardó en silencio, sin respirar, con el corazón golpeteando como loco contra sus costillas y resonando en sus oídos… un tono… dos tonos… tres… y finalmente la voz adormilada del psicólogo resonó al otro lado de la línea.
— ¿Diga…?
— ¿Georg…? Soy Bill…
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— ¿Bill? ¿Quién?— el psicólogo estaba desorientado, y su mente se negaba a despertar del todo. Estaba cansado y aquel era su teléfono “solo para urgencias”. Se sentía algo rabioso.
—Bill… Kaulitz…
Y como si fuera un relámpago, su mente hizo la conexión. Se levantó como resorte y su mano aferró el teléfono, como si quisiera fundirlo a su cráneo.
—¡¡Bill!!—casi gritó, haciendo que el chiquillo diera un saltito.
—Si…— apenas un murmullo.
—Bill, porque me hablas… quiero decir… ¿Cómo estas…? … perdóname, se que sueno como un estúpido pero estoy sorprendido.
—Y yo muy apenado…
La voz de Bill era tan baja y tristona, que Georg sintió un deseo irracional de calmarlo.
—Mira… Dios mío estoy como un idiota… Bill, me gustaría decirte y preguntarte tanto pero… sabemos quién eres tú y no creo que sea seguro hablar por teléfono.
—Entiendo…
Silencio.
— ¿Para qué me llamas Bill?
Y el chiquillo siguió en silencio, quería hablar pero tenía un enorme nudo en la garganta que se lo impedía. Se ahogaba…
—Tom… —dijo, y el nombre del músico fue pronunciado en un gran sollozo contenido, un llanto infantil que le rompía el alma a Georg.
— ¿Qué pasa con Tom?— Georg estaba empezando a endurecerse, sabía que no era justo, pero no podía evitarlo.
— ¿El está…?— no podía pronunciarlo…— ¿Qué pasó? … por favor Georg… solo quiero saber si está bien… por favor…
—Mira Bill, te hablaré claro, sé que no tienes la culpa de ser quien eres ni de pertenecer a donde perteneces, pero la verdad es que por ti, Tom estuvo a punto de morir.
Georg se odió a sí mismo por haber dicho aquello, y seguramente si Tom hubiese escuchado, lo habría molido a golpes, serios golpes.
—Lo sé, lo sé— dijo Bill atropelladamente en medio de su llanto, haciendo que Georg frunciera el ceño, arrepentido.
—Calma chaval, no estoy diciendo que sea tu culpa, es solo que así son las cosas, así que calma ya, no llores…
— ¿Tom está bien? … ¿está vivo…?
—Si— Georg hizo una profunda inspiración, y siguió hablando— El ya está bien, y está bien vivo.
Y al escuchar aquello, Bill sintió que su cabeza era liberada de una aplastadora presión, y pudo respirar profundo, tan profundo que casi se desvaneció.
—Gracias, gracias, gracias— sus palabras eran una oración. — Quiero verlo… — dijo sin pensar.
— ¿Estás loco?— Georg estalló en ese momento, aquello era demasiado— ¿Quieres que lo maten esta vez?
—No… pero necesito verlo, o hablar con él al menos…
— ¿Y tú te crees que no te tienen vigilado hasta cuando vas al baño? No Bill, sinceramente no creo que sea posible. Tom y tú pertenecen a mundos muy diferentes, y el tuyo es un mundo letal.
—Tienes que ayudarme Georg… por favor— y era una súplica tal, que Georg se sintió muy tentado. Finalmente aquello no era culpa de Bill, como Tom siempre dijera… solo era un niño, pero se sentía contra la espada y la pared… y como su abuelo le dijo en alguna ocasión, si te sientes contra la espada y la pared, lo mejor es agacharse.
—Voy a pensarlo Bill… y si te dijera que sí, tendríamos que superar el ingenio de esa escoria que te rodea, así que tú también piensa como podría ser, sin ponerte en peligro a ti, ni a Tom.
—Ni a ti— puntualizó Bill, mientras sorbía la nariz, haciendo que el psicólogo casi se derritiera por la impotencia.
—Bueno, sí rayos, a los tres. Piensa muy bien Bill, y si tu teléfono es seguro, llámame en tres días.
—Lo haré, lo haré— el chiquillo casi saltaba de la emoción.
—Pero debes haber pensado en algo, ¿oíste?
—Sí, pensaré, lo prometo.
Georg rió sonoramente, podía imaginarlo brincado por todos lados.
—Muy bien, ahora debes dormir, que no dejas de ser un crio de ocho años. — dijo animado, para molestarlo.
—Tengo doce— refunfuño Bill, pero siguió sonriendo.
—Ya, ya, cuídate Bill.
—También tu… y gracias…— dijo, antes de cortar la comunicación.
En Berlín, el reloj del psicólogo marcó la media noche. Georg se metió bajo sus mantas con la mente revuelta.
“¿Que estás haciendo Georg…?” se dijo, y no pudo volver a conciliar el sueño en toda la noche.
Al siguiente día, el ingenio de Bill entró en acción.
Después de ducharse, dedicó el doble de tiempo a arreglarse, con el atuendo que sabía volvería loco a su padre. Lo vería durante la cena, como casi siempre. Pero todo era parte del plan. Se enfundó unos pantalones totalmente negros y algo desgarrados de las piernas, una camiseta negra con una mano llena de la sangre del corazón agónico y goteante que sostenía entre los dedos; una chaqueta de cuero negra, llena de remaches y estoperoles y concluyó con su pelo y su rostro. Llevaba la negra melena locamente enmarañada formando pinchos que sobresalían en todas direcciones, el rostro fantasmagóricamente blanco y los manchones de maquillaje oscuro eran intensos alrededor de sus ojos y terminaban en colitas de ratón. Se sintió satisfecho consigo mismo cuando terminó, justo al momento en que sonaba la campana que anunciaba la cena. Odiaba esas ridículas formalidades en las que su padre insistía como un maldito poseído.
Cuando por fin llegó al gigantesco comedor, su padre ya estaba sentado en la cabecera de la mesa, con los once lugares restantes vacíos. Bill siempre se sentaba a su derecha y por lo general comían en silencio, y últimamente un silencio sepulcral.
Unos segundos después, Bill ya había tomado su sitio junto a su padre, y su nana al verlo sentado y con esas pintas, solo pudo hacer una expresión de angustia terrible. Sabía que iba a haber problemas en cuanto su padre lo viera. Se quedó cerca porque Bill la iba a necesitar. El primer plato que constaba de sopa cremosa de almendras estaba humeante frente a él, y Bill miraba fijamente las volutas de vapor que se desprendían del plato y le tentaban la nariz con su aroma, pero se sentía inapetente.
—Buenas noches Bill— dijo su padre sin mirar a su hijo, tenía la vista fija en unos papeles que descansaban a su lado.
Bill no contestó, necesitaba que su padre lo mirara, y lo haría, ya que detestaba las faltas de educación, y no responder a su saludo era una falta grave.
—Dije, Buenas noches Bill—ladró, subiendo varias octavas la voz, y finalmente mirando a su hijo…—un momento— estalló, mirando con ojos desorbitados a Bill— ¿Qué infiernos es esto?— sujetó bruscamente el delgado rostro de Bill y lo miró a los ojos— creo que me debes una explicación…
Y en ese momento, su nana se apareció como convocada por el viento detrás de la silla de Bill.
—Espere un momento Aleks— dijo, furiosa. Ella no temía al traficante, protegería a Bill aunque aquello le costara la vida, y extrañamente, Bobrikov le tenía cierto respeto, ya que era la única a la que el confiaba la vida de su hijo— Bill no es malo, solo debería usted invertir más tiempo de calidad en él y…
— ¿Tiempo de calidad? ¡Y una mierda! —estalló su padre finalmente, levantándose y tirando la silla hacia atrás con ese movimiento— Bill ya no es un niñito pequeño, tiene casi trece años y va de aquí para allá sin hacer nada productivo al parecer… sus lecciones privadas son desaprovechadas, tira la ropa que le compro a la basura o la hace pedazos antes de ponérsela, se tiñe los ojos con ese ridículo maquillaje negro —dijo su padre haciendo cara de repugnancia— las cosas van a CAMBIAR.
—Aleks… hablaremos nosotros de ello ¿de acuerdo?— su nana irradiaba benevolencia y plenitud espiritual— no te preocupes Bill, no vas a tener ninguna clase de problemas.
— ¿Qué demonios quiere decir con eso de que no va a tener ninguna clase de problemas? —Gritó su padre, fúrico— maldita sea, pues claro que tiene problemas, y va a tener más…
Bill había cerrado sus sentidos a aquella escena y caminando sin hacer apenas ruido, salió del salón comedor, dejado sus ahora dos platos, el de sopa y el de carne de venado asado intactos.
La primera fase estaba completada.
Esa misma noche, Bill, con los fantasmas de su maquillaje aun presentes en su pálido rostro, caminó con ligereza por los pasillos vacios de la enorme mansión hasta llegar a las enormes puertas del estudio de su padre. Veía la luz colarse por debajo de la puerta, y percibió el tenue y picante olor de la pipa. Su padre estaría trabajando, y cavilando a la vez.
El chico hizo un par de profundas inspiraciones y titubeó, pero solo con pensar que aquello era el primer paso, para quizá volver a ver a Tom, hizo que sacara todo su coraje, y tocó cortésmente tres veces a la puerta.
—Adelante.
Bill se adelantó hasta llegar al pie del escritorio y permaneció ahí con la mirada baja. Sentía el ambiente salvaje y ligeramente peligroso, pero no se arredró.
—Bill— dijo Bobrikov, después de mirar fugazmente a su hijo— ¿Qué quieres? Estoy ocupado.
—Quiero pedirte perdón…—y aquello le quemaba como ácido.
— ¿Perdón?— su padre, sorprendido, le dedicó su total atención, y aquel era el momento preciso. Bill evocó el recuerdo de su madre, el recuerdo de su hermana, y finalmente el recuerdo de Tom, de todos los momentos vividos con él, de su pérdida y en la desesperación que viviera al no saber si estaba muerto o vivo, y como por arte de magia, sus ojos se anegaron en lágrimas.
—Perdón por ser el hijo que soy…— dijo, mirando entonces directo en los ojos de su padre. Un par de gigantescas lágrimas crearon senderos cristalinos al deslizarse sobre los manchones de maquillaje negro. Bill tenía un aspecto que habría conmovido hasta a la más fría piedra, el aspecto de un niño maltratado, y Bobrikov no era tan inmune a su hijo, sobre todo por su extremo parecido con su madre.
—Ehm, Bill…
El chico sentía la incomodidad inexperta de su padre, y le lanzó otro dardo de tristeza.
—Quiero cambiar… quiero ser mejor y que estés orgulloso de mi pero no puedo solo… ayúdame… por favor…
Quizá Bill era algo callado, pero era un excelente actor. Su padre se atoró con su propia saliva y agitó un poco el cabello de su hijo.
—Ya no llores, un Bobrikov no llora. Haré lo que sea por ayudarte. Serás un digno hijo mío. Ahora vete a descansar.
Bill obedeció después de sorber la nariz de aquel modo que lo volvía aun más adorable, y salió del estudio, limpiándose rabiosamente los restos de lágrimas.
Subió hasta su habitación, se metió bajo sus mantas, apagó la luz y vio como el chasquido acababa con el reflejo de su dormitorio y la noche de inmediato inundó los cristales. Se subió las mantas hasta la barbilla y alzó la mirada hacia los planetas y las estrellas que brillaban en su techo; los anillos de Saturno retorcidos, las constelaciones enloquecidas. Pasado un buen rato, las constelaciones empezaron a bailotear. “He de salir de aquí” se dijo, cuando faltaba muy poco para que amaneciera, y el fantasma inconforme de los indignos que se dejan morir en la comodidad, flotó delante de su rostro y murmuró que estaba totalmente de acuerdo con él.
& Continuará &