
& Capítulo 10 &
Dos semanas después.
La habitación de hospital era blanca, pulcra, elegante e incluso pudiera haberse confundido con la suite de un hotel de cinco estrellas, de no ser por el pitido del monitor holter que registraba incesantemente el ritmo cardiaco profundo, vivo y completamente acompasado de Tom, quien después de dos semanas de haber estado en una cirugía de emergencia al borde de la muerte y haber pasado por terapia intensiva, se recuperaba con una rapidez asombrosa.
El músico descansaba, o eso intentaba, pero no lo conseguía. Su mente estaba despierta, viva, lúcida y no se apagaba un segundo. A su lado, en un sofá tapizado en cuero negro de tres plazas estaba sentado Georg, mirándolo con esos penetrantes ojos verdes suyos. El psicólogo estaba molesto, Tom sabía por qué, pero no le importaba. En su mente despierta, únicamente daba vueltas una palabra, un apellido “Bobrikov Bobrikov Bobrikov…Bill Bobrikov”¿Qué no era Bill Kaulitz? su mente se cerraba ante eso y le hacía doler la cabeza.
—Tom…— se lanzó Georg por enésima vez— si estas pensando otra vez lo mismo, te sugiero que lo olvides.
— ¿Cómo puedes atreverte a pedirme eso? Te lo he dicho mil veces, no lo olvidaré.
—Y lo hemos hablado mil veces ¿es que no te miras?— ladró Georg, apuntando con su blanca mano al pecho de Tom, cubierto con vendajes muy gruesos. — Estas vivo de milagro. Debes olvidarte, olvidar a ese chico y seguir tu vida. Lo tienes todo para continuar, tu dinero, tu fama, tu éxito, solo sigue adelante.
—De nada sirve tener todo, si no tienes con quien compartirlo… ahora lo veo al fin.
— ¡Demonios Tom!— casi gritó, exasperado mientras se llevaba las manos al cabello —habían sostenido esa charla muchas veces, y Tom seguía negándose en redondo.
—Entiende Georg, no puedo simplemente seguir con mi vida y olvidarlo a él.
—El —interrumpió Georg— es un Bobrikov, ¿ya se te olvidó?
—No es culpa suya ser lo que es— Tom se levantó apoyándose en los codos, la rabia lo consumía y estaba a punto de lanzársele encima a Georg— ¡No es más que un niño! Uno muy asustado por cierto. — dijo, dejándose caer después sobre el lecho, adolorido y exhausto.
—Sé lo que es, y que no tiene la culpa de serlo,—respondió Georg mientras le acomodaba las almohadas a Tom— pero por él te dieron un tiro que casi te manda al otro mundo, y por Dios deja de moverte así, me pones nervioso.
—No puedo Geo, no lo dejaré. —Tom cerró los ojos, fatigado, y recordó, recordó absolutamente todo: la sombra de desesperación escondida en las pupilas de Bill, su fragilidad, no porque fuera débil, sino porque llevaba mucho tiempo siendo fuerte, su miedo, su inocencia corrompida. —Bill es solo un niño obligado a vivir como un adulto en la línea de fuego, y el merece ser un niño únicamente, merece vivir tranquilo, seguro… feliz.
—Te desconozco Tom…
—Y yo a ti Geo, te estás portando verdaderamente insensible.
—No me mal entiendas Tom. Yo no tengo nada en contra de Bill, pero si en contra del mundo a donde él pertenece, tu eres mi amigo, eres prácticamente mi hermano, y él… es… el núcleo de la mafia rusa. Lo van a proteger, ya viste que sin pensarlo matan por él.
—Tengo que sacarlo de ahí…
Al oír aquello, Georg pensó que su amigo estaba ya delirando, y por un momento no lo tomó enserio, pero después se dio cuenta que Tom hablaba muy enserio.
—Tom, sabes que lo más probable es que mueras antes de haberte comunicado siquiera con él. Bobrikov es un tipo muy inteligente, muy astuto y muy desalmado, y te aseguro que no permitirá que su hijo se le escape de la vista ni medio segundo. La mafia es capaz de todo, son decididos, atacan a sangre fría, son peligrosos, muy peligrosos.
—A ver, ¿me estas tratando de decir que yo soy un estúpido? Conozco perfecto al maldito ese. Tengo la misma o quizá hasta mas inteligencia que ese cerdo ruso, además de un odio sin fronteras hacia el. La diferencia entre él y yo, es que yo utilicé mi cerebro y mis habilidades para hacer cosas buenas, y ese imbécil se ha dedicado a joder la vida de millones de personas, sabes que jodió la mía, pero no permitiré que arruine a Bill.
—Bill es su hijo, y ese traficante es de los peores que ha pisado Europa y hasta todo el mundo.
—Lo sé, créeme que lo sé— de un momento a otro, la voz de Tom se volvió fría, casi sepulcral y en su rostro no apareció otro gesto mas que el de un dolor infinito— sabes que perdí a mi único hermano, hace doce años…
—Si…, lo sé—el ritmo cardiaco del psicólogo se disparó, Tom jamás había hablado de eso, ni siquiera de su hermano ni de las extrañas circunstancias de su muerte, pero su enteramiento profesional le decía que Tom estaba a punto de revelarle quizá lo más oscuro y doloroso que había en su pasado, así que con los sentidos alertas y el corazón golpeteando furioso contra sus costillas, aguardó y escuchó a su amigo.
—Bobrikov es el responsable de la muerte de mi hermano gemelo, Georg…—silencio—… mi padre fue un funcionario importante, justo e incorruptible, era un juez, y se le opuso a Bobrikov en un asunto turbio cuando ese maldito empezaba su carrera criminal, no se dejó sobornar por él… recuerdo perfectamente aquella última noche que mi padre llegó y se acercó a mi hermano y a mí, su rostro estaba distorsionado por lo que ahora comprendo que era pánico y desesperación… y juro por mi vida, que desde entonces, cada minuto he deseado que mi padre no hubiera sido tan justo aquella vez. Will y yo no éramos más que unos niños felices y despreocupados, ajenos a las injusticias del mundo y a la porquería que lo domina todo. Y recuerdo lo que sucedió al día siguiente, como si fuera una película que mi mente reproduce para mi cada día, con todos los malditos detalles…— la vista vidriosa de Tom no miraba nada, estaba clavada en sus manos fuertes, llenas de venas, venas llenas de sangre que ardía furiosa, llena de rencor—Will y yo habíamos salido de nuestra clase de karate, era jueves ¿sabes? Todos los jueves después de la clase nos llevaban a comprar helados y a jugar a un parque cerca de casa… y recién habíamos llegado al parque, cuando una camioneta negra se detuvo quemando los neumáticos, pensábamos todo menos lo que iba a suceder después…
En aquel punto Tom guardó silencio, y en su habitación de hospital no se escuchaba absolutamente nada más que sus respiraciones y el pitido regular del holter. Georg no se animó a abrir la boca, debía dejar que Tom volviera a hablar, a concentrarse. Podría haberlo detenido, pero él sabía que era bueno para Tom liberar un poco de la aplastadora presión que cargaba sobre los hombros, y en aquel momento, era Georg, su mejor amigo, no Georg el psicólogo.
—Bajaron varios hombres vestidos de negro, cinco hombres y vinieron por nosotros tan rápido, que no pudimos reaccionar y ni siquiera preguntarnos qué sucedía. Uno sujetó a mi madre de una manera muy bestia y la empezó a acariciar…, ella intentó protegernos, escudarnos con su cuerpo, pero era mujer, y esos malditos unos gorilas, otro me cogió a mí, y otro más a mi hermano… las otras personas que estaban en el parque se fueron, haciendo caso omiso de nuestros llantos y de los gritos desesperados de mi madre, simplemente se fueron, abandonándonos a nuestra suerte… mala suerte… me acuerdo Geo, a la perfección de la helada sonrisa de uno solo, el que se paseó frente a nosotros, para detenerse finalmente frente a mi madre, y decirle que venía a dejarle un mensaje de Bobrikov al estúpido y correcto de mi padre.
Así, sin rodeos, certero, rápido, limpio y brutal… pusieron a Will frente a mí, frente a mi madre, El lloraba en silencio, aterrado, igual que yo… y sin más, ese cerdo puso una pistola negra en su pequeña frente y disparó, asesinándolo en el acto… Yo vi morir a mi hermano a treinta centímetros de mi… su sangre bañó mi rostro… vi sus ojos oscuros y llenos de lagrimas volverse blancos al morir… y no voy a enfatizar en más detalles, esos me los guardo para mí.
A Georg se le desencajó la mandíbula, la carne se le puso de gallina y se le detuvo la respiración. Su mente ya experimentada en casi todo tipo de situaciones permaneció embotada. Ni siquiera podía pensar en lo que Tom tuvo que ver siendo apenas un niño, y se había quedado sin palabras.
—Todo fue muy rápido, ¿sabes?—Siguió Tom—ni siquiera cinco minutos, aunque a mi me pareció una eternidad. Dejaron caer el cuerpo de mi hermano como si fuera un desperdicio, subieron a su camioneta y se marcharon en silencio dejando una enorme nube acre con olor a neumático quemado. No recuerdo nada más de ese día, pero si recuerdo el tiempo que siguió, el vacio que sentí y que he sentido. Se buscó justicia obviamente, pero ese maldito tenía compradas a todas las autoridades en aquel entonces, no es como ahora, que si hacen su trabajo porque el mundo presiona, en aquellos tiempos no era así, y el asesinato de Will nunca se esclareció, quedó impune. Mi padre al poco tiempo se suicidó, carcomido por la culpa, mi madre enloqueció y también murió en un hospital psiquiátrico a causa de electrochoques, ¿y yo? Nadie pensó en mí, fui enviado a un internado de máxima seguridad aquí en Berlín, donde tú y yo nos conocimos, lejos de Frankfurt, donde nací. Quedé a cargo del gobierno alemán hasta que tuve la edad para valerme por mi mismo y hasta que pude reclamar la herencia de mis padres… crecí lleno de odio, lleno de rencor, Georg, callando, jurando venganza cada noche contra Bobrikov, siendo paciente, esperando. Con solo doce años comprendí que la soledad iba a ser mi compañera, que no debía tener personas amadas, para que no pudieran volver a destruirme. Si amas, te vuelves vulnerable, un blanco fácil, pueden hacerte pedazos incluso sin tocarte, pero si no tienes nada que perder, te conviertes en un adversario de cuidado. Mis padres murieron con Will aquel día, pero a mí su muerte me hizo despertar a la vida, por muy paradójico que suene… y mira como mi destino ha estado entretejido con el de ese maldito desde entonces…
—Tom… yo… me has dejado sin palabras en verdad…
—Mejor, no digas nada, si te conté esto no para que me des un rollo psicológico ni un sermón evangélico y mucho menos para que me tengas lastima, solo quédatelo y guárdalo para ti… — Tom suspiró pesadamente, sus ojos vidriosos se cerraron y así permaneció—mucha gente no lo ve, ni se enteran siquiera, pero a veces el mejor consuelo que puede haber en el mundo, es una silenciosa y amistosa compañía en donde palabras huecas y vacías no sean las protagonistas. Si te lo dije es para que entiendas un poco más mi manera de ser, y porque aparte de Will, tú eres también mi hermano.
—Tom, aunque no lo notes, dices cosas jodidamente dulces a veces— dijo el psicólogo, a lo que el músico le respondió con una mueca de molestia fingida— no sabía la magnitud de tu pasado, ni de qué modo esta entretejido con el de esa familia… solo dime algo Tom… ¿vas a usar a Bill para vengarte?
— ¿Usarlo?… ¿Vengarme?— en el rostro de Tom apareció una mueca de puro horror, estaba escandalizado— ¿Cómo puedes pensar eso? No soy como Bobrikov, ¿piensas que quiero matar a Bill para devolverle lo que me hizo? No me creas tan hijo de puta, amigo.
—Lo siento— Georg rectificó en el acto, sintiéndose culpable por pensar eso de su amigo— no quise decir eso.
—Cuando entraron en mi casa…, y se lo llevaron a la fuerza, apuntándole con el arma en su pequeña cabeza… algo se despertó en mí, algo dormido hace tanto, una rabia ciega. En esos momentos no vi tanto a Bill, vi a mi hermano, fue vivir la misma pesadilla, pero esta vez no estaba dispuesto a permitir que él fuera la víctima, por eso me lancé contra ellos, recibiendo yo el tiro y no él, y no me arrepiento de nada, volvería a hacerlo solo para salvarlo otra vez.
—Tom… ni puedo pensarlo pero… ¿en verdad crees que hubieran asesinado a Bill? Creo que más bien querían probarte.
El músico se lo pensó por un momento, pero antes de que pudiera responder, tres golpes resonaron en la puerta cerrada de la habitación, y después de que Georg abriera la puerta, un hombre alto, delgado, de rostro muy atractivo, vestido de negro y con un sobre amarillo bajo el brazo se detuvo a los pies de la cama de Tom.
—Señor Trümper. — hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo.
—Saludos Phillip— Tom lo miró con la expresión más seria que tenia y después hizo las presentaciones— el es Georg, el psicólogo, Georg, el es Phillip, detective privado.
Georg lo miró mientras hacia un gesto displicente con la cabeza y no habló. Solo fue a sentarse a un sofá estratégicamente acomodado frente al ventanal y se perdió en sus pensamientos.
—Aquí están los datos que me solicitó— dijo el detective al momento de pasarle a Tom el sobre, haciéndolo despacio, pues Tom debía moverse muy lento para no desconectar alguna de las muchas mangueritas y sondas que ayudaban a mantenerlo con vida.
— ¿Esta completa?
—No toda, pero los datos más relevantes están ahí, dos semanas es un breve tiempo para hacer una investigación a fondo sobre los rusos.
—Lo sé— dijo Tom, haciendo caso omiso de la mueca horrorizada de Georg. — ¿no tuviste ningún problema?
—Fue difícil, pero no imposible, mi gente sabe cómo moverse y como preguntar sin levantar sospechas señor Trümper, lo verdaderamente difícil fue poder ingresar hasta aquí, hay todo un ejército de escoltas y policías por todo el hospital.
—Uhum…ya —fue todo lo que respondió Tom, más interesado en tratar de abrir el sello del sobre. — ¿tienes algún comentario sobre tu investigación hasta ahora?
—No me gusta dar mis opiniones sobre mis investigaciones señor Trümper… pero esta vez olvidaré eso. En todas las investigaciones que he hecho, nunca he visto nada peor que esto. Los rusos son el cártel más violento y peligroso de todo el mediterráneo, superan a los colombianos, a los franceses, a los españoles, los mexicanos, incluso a los yakuza de Japón, y son más peligrosos que los italianos. A los rusos no les tiembla la mano a la hora de matar, no preguntan, solo lo hacen, lo llevan en la sangre. Desde hace años si hay algún asunto chungo, algo chueco, algo ilegal, está metida la mano rusa.
Tom miraba impávido al detective, y parpadeó un par de veces.
—Créeme Phillip, si alguien sabe sobre los alcances de violencia de esta escoria, soy yo. Ya puedes retirarte.
Y el detective asintió con formalidad y se retiró sin decir ni media palabra, y ese mismo silencio permaneció todo el tiempo que Tom demoró en abrir el sobre. Le picaban las manos de anticipación, de vacío, de coraje. Sus sentimientos eran encontrados y bullían dentro de él.
El primer documento que salió del sobre fue una foto grande en blanco y negro, típica de expediente de policía que rezaba al pie “Aleksandre Bobrikov”… y a Tom le hirvió la sangre. Miró la foto detenidamente, ansioso, odiando con toda su alma cada poro del ruso que tenía delante. Un tipo delgado, entrado en años, de cabello corto y entrecano. La piel blanco mate. Sus ojos grises, fríos como el plomo, el perfil recto y aristocrático, su estampa de escoria, y agradeció al cielo no ver el más mínimo parecido para con Bill. Un momento después dejó la foto a un lado y siguió sacando documentos. Fichas de investigaciones policiales, actas de cateo, de registro, recortes de periódico que detallaban horripilantes masacres efectuadas por los rusos, en los que jamás se encontraba un culpable. Tom las leyó una por una, y se dio cuenta que el clan ruso tenia detrás a todos los departamentos de justicia; narcóticos, la guarda civil, el escuadrón antidroga, la policía, la DEA, y la lista era larga, pero aun así no lograban poder juntar las suficientes pruebas para una detención, y los rusos continuaban impunemente asesinado gente.
— ¿Algo interesante?— inquirió Georg, volteando ligeramente la cabeza hacia Tom, la luz del sol le bañaba el rostro y su mirada era helada.
—Muchas cosas…— Tom estaba intensamente concentrado en lo que tenía delante— este tipo tiene a toda la policía tras él, pero no ha conseguido atraparlo, siempre va un paso adelante, es como si fuera un maldito vidente.
—Es astuto
—Han tratado de infiltrar mucha gente en su organización, pero cada agente infiltrado ha sido asesinado, sin excepción, así es como se atrapa a un capo. Debe haber un sapo, un topo, alguien que se gane la confianza y esté dispuesto a traicionarlo pero es como si tuvieran un radar, algo que les hace descubrirles…—Tom hablaba mientras miraba todos los papeles y hacia muecas de concentración.
—Lo sé, en esos negocios, las personas son desconfiadas, hasta de sus propias sombras…
Y Tom no contestó más. Justo en ese momento había sacado otro legajo de información sujeta por un clip grueso y negro. El primer documento era una foto reciente de Bill tomada a distancia. El músico la contempló largamente… ahí estaba frente a él su pequeña estrella con su expresión entre dolorosa y distante, custodiado por muchos escoltas; ahí estaba, el mismo enigmático chico; la misma cabellera negra, el mismo mentón puntiagudo, la misma pequeña naricilla respingada, los mismos ojos oscuros en forma de almendra, estaba aquel niño nervioso y lleno de magia, vestido con ropas surgidas de alguna tienda de empeño fantástica y sus ojos… sus ojos de avellana, con sus pestañas que parecían flotar como colas de cometa.
Tom cogió la foto con ambas manos, se la llevó a la boca y le dio un beso que tenía el acre sabor de la añoranza, la besó con el mismo anhelo enloquecido que se adueñaba de él cuando soñaba con besar esa boca que estaba seguro era la más dulce y suculenta imaginable, con aquel aliento a galletas y crema batida que le robaba el juicio…
Georg lo miraba boquiabierto, petrificado, pero a Tom le importaba una mierda, no podía hablar, el nudo que se le había formado en la garganta se lo impedía. Sabía que estaba siendo objeto de un duro escrutinio, ¿pero qué podía hacer?
Se decidió a dejar la foto de Bill sobre su pecho cubierto de vendajes y trató de concentrarse en los papeles que tenía en las manos, papeles que hablaban del chico. Tom hubiera querido estar en su hogar y revisar aquello en soledad, solo con el whisky como compañía, pero era imposible en aquellos momentos.
Con un suspiro extrajo una hoja color marfil y la examinó, descubriendo que era una copia foliada del acta de nacimiento de Bill. Fue grande el asombro. Bill había sido registrado como Bill Kalevi Brobrikov Kaulitz, hijo legitimo de Mikhail Aleksandr Bobrikov y Simone Kaulitz, nacido el primero de septiembre de 1989 en Moscú a las 06:30 horas.
—No puede ser— susurró Tom, perdiendo el color por completo, su expresión en shock. Tuvo la sensación de que algo muy oscuro se tensaba en torno a él y de que su silueta de negrura se alzaba a su alrededor, algo aterrador, y en su cara se dibujó una delicada expresión de pétrea estupidez.
Georg se alarmó tanto, que en dos segundos estuvo a su lado mirando la hoja que Tom aun sostenía en sus manos, la examinó entera, no encontrando nada que pudiera afectar a Tom de esa manera.
— ¿Qué sucede?— cuestionó, lleno de angustia — ¡Tom!
—Bill nació el mismo día Georg… —su voz era casi átona— tan solo unas horas antes de que mi hermano muriera… el mismo día.
Georg entonces lo comprendió, y pudo sentir por un momento los bordes de la red de poder en la que Tom se había derrumbado hacia mucho, hebras rotas que le rozaban la cara.
—Tom…
—Hay mas— despachó el músico. El siguiente documento era una fotografía en blanco y negro, con un retoque que le daba el aspecto viejo y algo terrorífico de los años 50’s de una mujer muy joven, con la piel blanca como el alabastro, el cabello negro, lacio y brillante y los mismos ojos amarronados que tenia Bill. Sin duda su madre.
—Hermosa…— dijo la voz la Georg con un dejo de admiración. Tom solo asintió levemente— es igual a Bill…
—Lo es…— Tom acaricio suavemente la fotografía, maravillándose ante la dulzura que emanaba de los ojos negros como la brea de quien fuera la madre de Bill. Lo siguiente era otra fotografía, una pequeña tipo polaroid de una niña pequeña de expresión locuaz en sus alegres ojos color gris tormenta, y en su cabellera llena de rizos desordenados; sostenía entre las manos llenas de hoyuelos una pelota de colores y sonreía. Al pie de la foto estaba garabateado un nombre con bolígrafo negro: Deliverance Bobrikov.
—Debe ser hermana de Bill— apuntó Georg, pensativo al ver la fotografía.
—Seguramente— dijo Tom, dejando ambas fotos de lado, concentrándose en el siguiente documento, una hoja larga, una copia de una investigación policial… y a Tom se le congeló el alma. Miraba la hoja con los ojos abiertos y llenos de sombras y se sobresaltó tanto que se olvido incluso de respirar. Georg esperaba, con cada nervio del cuerpo en tensión, pero el momento de silencio se fue estirando cada vez más hasta que se volvió insoportable.
— ¿Tom…?
—Esto es demasiado— alcanzó a decir el músico con un hilo de voz. No lo podía creer.
Lo que leía era una investigación de hacia un año y medio escasamente. Era la información de un atentado. La mafia italiana había ajustado cuentas con la mafia rusa al estilo usual de los mafiosos por un asunto de entrega de mercancías que había salido mal. Los despiadados italianos habían emboscado el convoy ruso, cebándose con el vehículo en el que viajaba la esposa de Aleksandr Bobrikov con sus dos hijos. Se desató un tiroteo violento, fuegos cruzados por ambos grupos, un infierno de pólvora y humo en el que habían muerto asesinadas sin misericordia alguna la madre y la hermana de dos años de Bill, y en donde había sobrevivido de milagro el mismo Bill.
—Por eso tiene la cicatriz…— susurró Tom.
El documento, que constaba de doce hojas, llevaba sujeta una serie de fotos de por el piso. Un par de bultos dentro de la parte trasera del vehículo, uno mucho más grande que el otro, cubiertos por sabanas blancas machoneadas de sangre dentro archivos confidenciales, llenas de marcas y sellos, que el músico no quiso ni ver en un principio, pero que terminó viendo de todos modos. Una camioneta de súper lujo color blanco llena de agujeros de bala en medio de una nube de humo, con las portezuelas abiertas, los neumáticos pinchados, casquillos de bala a raudales tirados de una zona acordonada y repleta de policías y paramédicos… muchos autos de policía y ambulancias de luces titilantes, una camilla con un cuerpo delgado y pequeño, cubierto con una máscara de oxigeno rodeada de mas paramédicos y policías… Tom reconoció la cabellera negra y desordenada de Bill por debajo de la mascarilla de oxígeno.
—No puedo más…—Tom dejó caer las fotos y sufrió una convulsión, que no era otra cosa que una serie de arcadas y náuseas. El pitido del holter se disparó hasta las nubes y los vendajes se tiñeron de sangre y Georg, olvidándose de los horrores que acababan de mirar, solo atinó a aplastar con fuerza el botón rojo de llamada de emergencia a la central de enfermeras.
& Continuará &