&   Capítulo 1   & 

El joven músico caminaba despacio por el pasillo de los estudios que conectaba directamente con el estacionamiento. Al salir por las puertas laterales, pudo observar a los niños que habían concursado, no estaban todos, pero si algunos. Estaban en grupos familiares, adivinó. Algunos reían, otros lloraban abrazados a sus madres, algunos otros solo estaban ahí, viviendo sin más. El joven sacudió la cabeza, y al pasar por las jardineras adornadas con flores de colores, vio una melena de cabello negro peinada con gel.

Era el niño con la voz de ángel: Bill Kaulitz. Le sorprendió en sobre manera verle sentado ahí, completamente solo. Tom se detuvo un momento, desorientado y miró hacia todos lados, buscando un par de adultos con melenas negras y pieles pálidas, pero salvo las familias de los desabridos chiquillos, no había un alma.

Frunció el ceño, extrañado. Bill no lo había mirado aún, y cuando pasó a su lado lo escuchó suspirar mientras una delicada lágrima de cristal resbalaba por su mejilla.

Tom no se detuvo hasta llegar a su camioneta. Estaba extrañamente ansioso y salió de ahí rápidamente, sacando trabajosamente al niño de sus pensamientos al mismo tiempo.

Quince minutos de tráfico tranquilo después, estaba en su casa. Una pequeña joya minimalista anidada en las entrañas de una ciudad cruel y antigua.

Al entrar en la fría soledad de su hogar, dejó su chaqueta sobre el sofá y se preparó una bebida a base de whisky y hielo, se llevó el vaso de cristal con él, y se sentó en la enorme terraza. Esa noche, su compañía seria el ambarino esplendor del Jack Daniel’s.

Tom disfrutaba de la soledad como pocas personas sabían hacerlo, le agradaba, se sentía completo. Sabía donde y cuando hablar, cuando callar, cuando analizar, y cuando destrozar.

Encendió un cigarrillo y el repentino resplandor naranja de la punta le iluminó tenuemente el rostro de líneas agudas y fieras. La noche ya había caído, y aspiraba el aroma fresco del jardín que se desplegaba ante él, más allá de la piscina de aguas tranquilas.

Después de permanecer estático por un par de horas en las que estuvo vagando con su teléfono por redes sociales, se levantó y sin prisas se dirigió hacia su recamara; necesitaba descansar antes de volver a presentarse en el concurso para volver a someter sus oídos a la tortura.

Mientras se cubría con la sabana, pensó seriamente en renunciar, pero abandonó todo pensamiento cuando sus ojos se cerraron, dándole paso en la inconsciencia a la astuta y desconcertante mirada de la pequeña cría de cuervo.

&   Cuatro días después   &

La espaciosa camioneta Range Rover blanca de Tom se deslizaba con la suavidad de la mantequilla derretida por el asfalto de Berlín. La mañana era fría y soleada y Tom disfrutaba tras el volante, pues una de sus más grandes pasiones era conducir.

Aparcó sin muchos ánimos en el estacionamiento privado del estudio y con pesar sacó su cuerpo del vehículo calentito para recorrer aquellos pasillos azules tan fríos. Allí todo era demasiado azul, como si en lugar de ser un estudio fuera un maldito parque acuático.

Como siempre, se dirigió en línea recta hacia su camerino para pasar el tiempo esperando ahí hasta que comenzaran las actuaciones. Cuando llegó su maquillista, Tom se mantuvo con los ojos cerrados y la mente apagada a cualquier sonido, y la mujer que ya estaba acostumbrada, hizo su trabajo sin chistar y treinta minutos después ya se había marchado.

Aquel día también fue de actuaciones infantiles como lo había sido toda la semana, y la lista de chiquillos se había reducido con el paso de aquella semana hasta que, el último día solo quedaban dos niños, uno de los cuales era Bill.

Aunque Tom quería negarse a sí mismo, las actuaciones de aquel niño con pinta de cría de cuervo eran las que él más esperaba, y cada día se superaba a sí mismo, opacando a todos los otros pequeños infantes insípidos.

Ese último día habían cambiado un poco el escenario y la temática, poniendo una tarima iluminada donde Bill, de pie y con los ojos cerrados esperaba su canción y cuando ésta empezó, todo el mundo guardó silencio.

Tom no había notado que estaba conteniendo la respiración, hasta que suspiró cuando la primera nota musical escapó de aquellos labios de seda.

La actuación fue esplendida, soberbia. Bill cantaba sus propias canciones, aquellas canciones extrañas que le hacían pensar en el silbato de un tren que nunca llegaba a extinguirse del todo, y las letras, que eran melancólicas y un poco aterradoras.

Y la voz, la voz del niño era el sonido más dulce, tan suave y nostálgico como la calma proveniente de un extraño mar, como la voz de un arcángel negro. Tom se sorprendió a si mismo sonriendo, suspirando y votando positivamente, igual que Dieter y Mateo. No había punto de comparación alguno. El otro niño (que no lo hacía mal, pero ni de cerca tan bien como Bill) fue eliminado, y eso convertía a Bill en el ganador absoluto al final de la noche.

La siguiente temporada tendría lugar muy lejos, en las vegas, exactamente en un mes, donde Bill competiría contra muchos más niños. Después de aquella actuación habría muchos estudios discográficos peleándose por pulir ese talento que era un diamante en bruto, y era más que seguro que el niño triunfaría absolutamente en la segunda temporada y que ganaría el premio de quinientos mil euros. Era una pequeña súper estrella que había nacido para brillar. Tom incluso pensó seriamente en tomarlo  bajo su ala para impulsarlo al estrellato, pero se retractó en el acto, sin saber bien porque.

Durante la premiación, cada crítico felicitó al niño, otorgándole un reconocimiento y un abrazo, mientras el público enloquecía, las luces bailaban alocadas en combinación con miles de papelitos de colores que se desprendieron del techo y la música de fondo sonaba.

El abrazo de Mateo fue cálido y amistoso y el de Dieter demasiado apretado, algo que incomodó al niño y para su sorpresa, también a Tom, quien no lo abrazó, solo estrechó su cálida mano blanca y pequeña.

—Estupendo trabajo Bill, felicidades— dijo Tom, luciendo serio, y el niño le agradeció, medio balbuceando, antes de liberar su mano de la presa de Tom, que de repente se había endurecido.

—Gracias— respondió, arañando la palabra con su marcado acento alemán, y Tom reaccionó, volteándose y regresando a su asiento, mientras el presentador volvía a sacar a Bill del escenario.

El joven músico anhelaba ya salir de ahí, se sentía ansioso. Había seguido a Bill con la mirada y se había golpeado mentalmente por hacerlo, pero es que el chiquillo conseguía ponerle extraño con su mirada. Deseaba marcharse, desesperadamente, pero aun tenía que esperar a la clausura de la semana infantil, y tuvo que quedarse.

Una hora después, Tom iba caminando con prisa por el pasillo que llevaba directo al estacionamiento, una vez más. Aun no era noche del todo y el cielo lucia con un melancólico tono bermellón que hacía pensar en amores perdidos y en momentos y cariños desperdiciados.

Cuando el lujo de su camioneta lo envolvió como un capullo, Tom suspiró. No era algo que hiciera muy a menudo, pero ese día en particular se encontraba sumido en un estado de profunda nostalgia. No tenia particulares ganas de volver a su casa vacía, a la soledad de su estudio o a la desierta terraza, pero de todas maneras arrancó el motor y se dirigió por el camino de siempre.

Llegó al primer semáforo, que estaba en rojo y puso su camioneta en neutral. De un momento a otro le había atacado una molesta jaqueca y movió su cabeza para despejarse mientras se frotaba las sienes, y cuando volteó, pudo ver un oscuro callejón, apenas iluminado por el rojizo resplandor del cielo.

Algo estaba ocurriendo ahí, entre los contenedores de basura y el suelo encharcado.

Una bola oscura rodó por el callejón, yéndose a estrellar contra una pared, y en ese momento, Tom pudo ver que esa bola oscura era un niño. Sus dos agresores eran niños un poco más grandes, casi adolescentes, pero eso no importaba. Las manos del músico empezaron a sudar ¿debería bajarse y ayudar? A fin de cuentas era un niño, y era probable que lo estuvieran asaltando o algo peligroso.

El sonido estridente de una bocina detrás de él lo impacientó, y puso la camioneta de nuevo en velocidad antes de mirar por última vez la escena que se desarrollaba en aquel nauseabundo callejón, y entonces, cuando volvieron a golpearlo, pudo ver la cara del chiquillo, que no era otra que la de la pequeña cría de cuervo. Su rostro blanco estaba distorsionado por una leve sorpresa y algo de pánico, y Tom sintió que algo en su interior se contraía. La bocina volvió a sonar, impaciente, y Tom hundió el pie en el acelerador, subiendo la camioneta sin cuidado alguno a la banqueta. Un rin se dobló y la defensa se raspó al arrastrarse por el suelo, y Tom maldijo por lo bajo. Amaba su camioneta.

Dejó el motor encendido y se deslizó como un torbellino hacia el interior del callejón, en el momento exacto en el que la cabeza de cabellos oscuros se dejaba caer, vencida, derrotada y agotada sobre un charco de agua sucia, y cuando iba a recibir otro golpe, Tom sujetó a uno de los agresores, (cuya edad no sobrepasaba los quince años), por el cuello de la camisa.

Sintió que una furia terrible lo invadía, lanzó el cuerpo por el aire como quien se deshace de un bulto y lo mismo hizo con el otro y entonces pudo apreciar bien sus rostros, y los reconoció como un par de los perdedores del show.

Ambos chicos no dijeron palabra y salieron corriendo despavoridos al verse descubiertos, sin mirar atrás.

Tom los miró irse, tenía la mandíbula apretada por el coraje. Quería ir tras ellos, pero se controló y después se acuclilló al lado del niño, que estaba como petrificado.

—Vamos, niño — le dijo en voz baja— ven.

Bill no pareció escucharlo; tenía los ojos muy abiertos, como si estuviera paralizado; y Tom no tuvo corazón para abandonarlo ahí. Era muy pequeño y parecía muy débil, aparentaba menos edad de la que tenía y la pena emanaba de él en pequeños tropeles.

A su lado estaba tirada una mochila abierta, de la que habían escapado unas prendas de ropa oscura y dos muñecos de acción de Halo Reach; y al verlo, el músico sintió que lo invadía la ternura. Metió las cosas en la mochila, la cerró deslizando el cierre y se la colgó al hombro. Después tomó al chico en brazos, se cercioró de que no lastimarlo más, y casi corrió con él los veinte metros que lo separaban de su camioneta de motor ronroneante aun encendido. Acomodó al niño en el asiento del pasajero y le ajustó el cinturón de seguridad; segundos después estaba arrojando la mochila a los asientos traseros mientras ponía en marcha el motor y salía de ahí, conduciendo a una velocidad que nunca había practicado en unas calles tan estrechas.

Comenzó a conducir en círculos, mientras pensaba. Incluso el dolor de cabeza se le había pasado abruptamente. ¿Qué debía hacer con el niño? ¿Llevarlo a donde? Lo miró por unos segundos, ¿debía llevarlo al hospital? No lucia tan mal, solo tenía un hilillo de sangre escurriendo de la boca y nariz, y una ceja rota.

Finalmente se detuvo en la zona de aparcamiento de una calle desierta y se dejó caer sobre el volante, mientras echaba un vistazo al asiento contiguo. El chiquillo yacía desmadejado, como si se tratara de un títere, y sus ojos seguían dramáticamente abiertos.

— ¿Bill?

El niño no hizo el menor movimiento.

—Bill, no sé si me recuerdes… soy Tom Trümper, del concurso…

No hubo respuesta, sin embargo el chico se enderezó sobre el asiento y permaneció muy erguido, con las manos colgando a cada lado de su cuerpo.

Tom negó mientras ponía el motor en marcha nuevamente. Condujo unas calles más hasta que una lucecita parpadeó en su tablero de instrumentos.

Tom se detuvo en un enorme establecimiento.

—Voy a llenar el tanque de gasolina— creyó conveniente advertir al chico y se bajó, asegurando las puertas.

Llenó el depósito en actitud sombría, subió al auto y arrancó.

El niño ahora lo miraba, sus ojos oscuros y templados, clavados en él, eran impresionantes.

— ¿Estás bien?

Ningún gesto.

Tom titubeó y condujo con lentitud por las calles que conocía tan perfectamente bien.

Por instinto quizá, había tomado el camino hasta su casa y minutos más tarde, ya había metido la camioneta en el garaje.

— ¿No vienes? — invitó al bajarse y tomar la mochila del niño— no puedes quedarte ahí toda la noche. — y para su sorpresa, el niño bajó de la camioneta y con un titubeo se adentró por la puerta que Tom había abierto para él.

Tom anduvo con seguridad por su hogar. Dejó la mochila sobre el sofá y encendió todas las luces.

—Es bonito— comentó Bill con su voz de cristal, mirando el interior minimalista del lugar. Tom le dirigió una mirada curiosa, mientras abría la nevera.

—Gracias— dijo, mirando el interior de su refrigerador. Quería ofrecerle algo al niño, pero solo había cervezas, hielos y agua. No lo podía creer ¿no tenia al menos leche? No pudo recordar la última vez que había bebido leche — ¿Un poco de agua?

—No… gracias— rechazó Bill, aun de pie en actitud intimidada al centro de la sala.

Tom cerró de un portazo y miro al niño intensamente. Lo desesperaba verlo ahí de pie como  una estatua, y entonces se percató de que el chiquillo seguía sangrando.

—Vamos— caminó hasta él y le tomó bruscamente por la muñeca.

— ¿A dónde vamos? — preguntó, temiendo que el músico fuera a sacarlo de su casa, pero se tranquilizó cuando comenzaron a subir las escaleras.

—Vamos a limpiarte un poco. Me da grima verte así.

Tom abrió la puerta del baño de un envión, y sentó al pequeño Bill sobre la base de piedra brasileña donde estaban empotrados dos enormes lavabos blancos con grifos cromados.

— ¿Me va a doler? — preguntó, mientras le temblaba la mandíbula penosamente.

Tom le dirigió una mirada dura y molesta.

—Sí, te va a doler, así que se un hombre valiente— ordenó, en el momento en el que sacaba del locker de madera, un maletín de primeros auxilios color blanco con una gran cruz roja plasmada en la tapa y lo abría al lado del niño.

El chiquillo se mosqueó visiblemente cuando Tom empapó una bola de algodón con  tintura de yodo.

—Quédate quieto— ordenó, con los dientes apretados. Sujetó el diminuto rostro del chiquillo con una de sus enormes manos y con la otra presionó muy suavemente sobre la ceja herida.

Los cristales de yodo atacaron salvajemente la carne expuesta, desinfectando y limpiando, pero era muy doloroso. El niño se estremeció y quiso huir, pero el agarre que Tom tenía en su mandíbula se lo impidió, y su quijada crujió.

—Te dije que te estuvieras quieto— demandó, furioso al verse desobedecido.

—Eso duele— siseó, con los ojos apretados y un par de lágrimas amarradas en sus pestañas.

—Te advertí que te dolería, no sé porque te sorprendes tanto— comentó, mientras seguía pasando el algodón, que ya estaba manchado en sangre, sobre la herida abierta. El chiquillo emitió un jadeo y su aliento impacto en el rostro de Tom, descolocándolo y desconcertándolo. Era una nube de vapor tibio y húmedo que olía a dulces HoHo y crema batida.

— ¿Ya? — suplicó, tenso, y Tom lo liberó del fuerte agarre.

—Ya está limpio— le dijo, y abrió los grifos, esperando a que el agua fría se fuera graduando. — Ahora tienes que lavarte para quitar esa sangre seca— y Bill obedeció sin rechistar. No quería volver a ser sujetado con tanta brutalidad por no obedecer.

Tom esperaba de pie, con los brazos cruzados mientras Bill se enjuagaba la cara con agua tibia, y cuando terminó, le alcanzó una toalla para que se secara.

—Ya estoy listo— anunció la vocecita aguda. Estaba sentado sobre la piedra, con la espalda muy erguida y los ojos abiertos. Tom asintió y remojó la punta de un cotonete en le botellita de yodo.

—Esto no te dolerá tanto— anunció, dando leves toques a la herida que coronaba el labio inferior de Bill— con eso basta. Ahora no te muevas— y Bill se quedó más quieto que una estatua, mientras Tom sujetaba su ceja rota con tres pequeñas vendoletas blancas. — eso es todo. — anunció el músico, satisfecho con su trabajo.

—Eso no dolió tanto—coincidió Bill, sintiendo el rostro tirante.

—Dolerá unos días, y el ojo se pondrá morado.

— ¿Muy morado?

—Supongo que ésta es la primera paliza que recibes…— el niño asintió y Tom arrugó el ceño. Por el aspecto tan extraño de Bill, podría haber jurado que recibía palizas a diario en el colegio— que extraño. Dolerá, pero con los días todo desaparecerá y será como si nada te hubiera pasado. — comentó mientras ponía el botiquín en su lugar.

Bill se bajó de un salto, pero sus piernas se doblaron y cayó de rodillas mientras ahogaba un quejido. Tom lo levantó y pudo apreciar que su pantalón estaba manchado de sangre justo encima de la rodilla derecha.

—Dios santo— se quejó el músico mientras volvía a sentarlo sobre la base de los lavabos para repetir todo el proceso, para sufrimiento del pelinegro.

Media hora después, ambos estaban sentados frente a frente en la sala. Bill hurgaba alegremente en su mochila, buscando algo mientras Tom lo miraba con la mente en blanco, con una expresión tan sorprendida que resultaba un poco cómica. Los sofás eran amplios, blancos y mullidos, los pisos de parquet pulido estaban recubiertos por una alfombra roja y dos lámparas alumbraban alegremente la estancia.

¿Cómo rayos había llegado hasta ese punto? Ni en sus más locos sueños hubiera imaginado que tendría en su pulcra y silenciosa casa a un chiquillo tan extraño, delgado y frágil. ¿Qué se supone que debía hacer con él? Había pocas pistas. Era un niño misterioso e ilegible, callado y con un aliento que olía maravillosamente. Lo habían golpeado, y Tom se sentía mal por ello. Y estaba el alarmante detalle de la mochila llena de prendas de ropa ¿Por qué cargaba con aquello? ¿Dónde estaban sus padres? Ningún niño podía inscribirse en el reality DSDS si no iba acompañado por un adulto. Y además había resultado ganador. En aquellos momentos debería estar con sus orgullosos padres, cenando en algún lugar ruidoso y lleno de otros mocosos, no en la sala de una persona tan intolerante y solitaria como Tom.

—Hey, Hey… Bill— llamó Tom, haciendo ademanes con sus brazos para atraer la atención de Bill, quien siendo niño al fin y al cabo, ya se había puesto a jugar con sus muñecos de acción.

— ¿Eh? — respondió distraído, cabreando a Tom, quien se levantó y le quitó los juguetes. — ¡Son míos!

—Ya sé que son tuyos— bisbiseó Tom molesto, acuclillándose frente a Bill. — pero quiero que me pongas atención.

El niño era todo oídos.

—Está bien. — dijo, y Tom se quedó sin palabra. ¿Qué debía preguntarle?

— ¿Por qué cargas con esto? — inquirió de inicio, mientras levantaba la mochila de Bill.

No hubo respuesta.

— ¿Dónde están tus padres?

—No… no saben que vine.

—Entonces… ¿escapaste de casa? — El niño asintió, desviando la mirada— ¿y ya? ¿Eso es todo?

—Si…

— ¿Y cómo te inscribiste en el show? — inquirió, y Bill se ruborizó un poco al recordarlo.

—Una muchacha me dejó decir que era su hermano pequeño…

&   Flashback   &

El chiquillo pelinegro caminaba con paso tambaleante por entre el tumulto de personas que hacían fila para inscribirse a las audiciones. Se había resaltado los rasgos con manchas oscuras de maquillaje y se había untado brillantina en el pelo, formando una confusión de picos y curvas. El escapar de casa y viajar tantos kilómetros era resultado de su espíritu inquieto, viajar solo, con unas cuantas cosas en la mochila nada más. Tomar los trenes había sido sencillo, trasbordar, mentir, todo era muy fácil, pero cuando llegó al estudio, vio que era necesario ser inscrito por alguien que presentara una identificación, aunque la señora que tomaba los datos realmente no las miraba. Solo necesitaba encontrar a la persona perfecta.

“Alguna joven que pueda ser mi hermana” se dijo, y casi en el acto encontró dos chicas que platicaban bajo la sombra de un árbol. Una era rubia y parecía muy tonta. La otra era morena y muy hermosa. Bill la abordó.

—No deseo que piense que quiero seducirla— le dijo cortésmente, con la nariz a la altura de los senos de la muchacha.

Ella comenzó a reír y entonces él supo que lo había logrado. La muchacha había presentado su identificación, y casi en el acto a Bill le había sido asignado un número. Después de aquello se despidieron, intercambiando datos, números, sonrisas y un abrazo de agradecimiento por parte del pelinegro, que resultó de un convincente amor fraternal para la mujer gorda que controlaba las inscripciones. Prometieron algún día llamarse.

&   Fin flashback   &

—Y ¿eso fue todo?

—Sí.

— ¿Y en donde has estado durmiendo?

—Pu-pues… los días del show dormí dentro de la jardinera, la piedra guarda el calor. Siempre he sido aventurero y quería probar esa teoría. La leí en un libro.

A Tom se le revolvieron las tripas.

— ¿Y donde pensabas quedarte hoy? ¿No piensas volver a casa?

El niño negó vehementemente.

—No… estaba decidiéndolo, quería ir a un hotel pero no sabía si podía registrarme solo, y fue cuando esos chicos… me arrastraron al callejón… y luego llegaste tú… gracias.

—De nada, de nada— respondió el músico impaciente, nervioso. — necesito que me digas en donde vives. Te llevaré a casa.

Pero el niño perdió el color y se tensó.

—No… no puedo— su mandíbula volvió a temblar patéticamente.

—Necesito saberlo, no puedes estar así…

—No, no hace falta— el niño le quitó los juguetes de las manos, los guardó en su mochila y se la colgó al hombro— ya me voy…— dijo, dirigiéndose a la puerta— gracias por todo.

Tom lo miró caminar en línea recta hacia la entrada. No podía hablar, era demasiada la sorpresa. Cuando Bill abrió, una ráfaga de aire extrañamente frío se coló hacia adentro y Tom se estremeció.

—Espera, Bill— se levantó, luchando contra sí mismo, contra la moral que le decía que no dejara que el niño se marchase, y contra su gran soledad arraigada que le pedía a gritos que lo dejara marchar.

— ¿Si? — la cabeza de cabellos negros se volvió hacia él, levantando las cejas en una mueca de interrogación.

—…. — el músico estaba en blanco, pero se dio por vencido. — Ya está oscuro… quédate hoy, y mañana hablaremos. — dijo, mientras tomaba al niño por la parte trasera del cuello de su camiseta y tiraba hacia atrás para cerrar la puerta. Bill volvió a entrar en la casa dando tropezones.

Después lo llevó hacia la sala, donde lo dejó al centro, con una expresión expectante.

— ¿En dónde voy a dormir? — preguntó.

Tom maldijo por lo bajo a su preocupación mientras miraba a su alrededor. Aunque su casa era amplia, con tres habitaciones muy grandes, no tenía una para invitados, porque no le gustaban los invitados. La única habitación con una cama gigantesca era la de él. En las otras dos guardaba sus instrumentos, y su sala de entretenimiento, y además tenía el estudio en la primera planta, pero ninguna otra cama.

—Pues…— miró al más grande de los sofás. Ahí por lo menos cabían otros dos chiquillos. Sin duda Bill estaría cómodo ahí— el sofá— señaló, y Bill asintió, con una sonrisa tironeando la comisura herida de su labio.

— ¿Entre esas cosas que cargas, traes algo que puedas usar para dormir? — preguntó Tom con mirada dura. Quizá se estaba portando demasiado rígido con Bill, quien a fin de cuentas era solo un niño, pero el músico no tenía experiencia, ni paciencia. Ya le costaba tolerar a los adultos, y ahora tenía que ver por un chiquillo.

Bill se examinó de arriba abajo, y luego encogió los hombros.

—Usaré esto. — dijo, señalando su cazadora estilo militar manchada de tierra seca y los vaqueros, rasgados y manchados de sangre en las rodillas.

Tom puso los ojos en blanco y subió las escaleras de tres en tres. Después revoloteó hacia un mueble de madera oscura que descansaba en el pasillo del piso superior y comenzó a sacar cosas.

Bill lo escuchaba atento desde abajo, con los ojos abiertos y agudizando los oídos a los sonidos de prendas que se deslizaban, una que otra maldición y de nuevo los pasos de Tom bajando las escaleras.

—Aquí, toma— respondió, empujando en los delgados brazos del niño una enorme bola de ropas blancas— y buenas noches— terminó Tom. Su paciencia se encontraba en una peligrosa reserva, y como no quería olvidarse de todo y echar al niño a la calle como si fuera un perro, decidió retirarse, dejando a Bill solo, parado en el centro de la estancia.

Bill dejó caer al suelo lo que Tom le había dado y se puso de rodillas, aunque se levantó en el acto, pues sus rodillas recién curadas se quejaron instantáneamente, así que optó por ponerse en cuclillas. Tom le había dejado una sábana blanca y una frazada de micro fibra, tan suave como el pelaje de un gato, además de una almohada y una camiseta enorme. El pequeño se despojó rápidamente de todas sus ropas, y se puso la gigantesca camiseta blanca de Tom, completamente lisa; después se rió de sí mismo. La camiseta le llegaba por debajo de las rodillas, y las mangas hasta las muñecas.

Decidió hacer caso omiso de su ridículo aspecto y con las mantas y la almohada bajo el brazo se instaló en el enorme sofá de Tom, y en menos de quince minutos estaba ya profundamente dormido con los muñecos de acción aferrados fuertemente entre sus brazos.

&   Continuará   &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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