Capítulo 3: Crematorio
Bill se sentó en el suelo del corredor y permaneció en silencio durante un momento en el que sus pensamientos volaron a través de la ventana, desde la cual veía las aves negras cruzar el cielo cada vez más anaranjado. Su vuelo era de lo más irregular, pues primero iban en una dirección y antes de culminar la trayectoria, retrocedían en un ágil aleteo, mostrándole durante un brevísimo instante su pecho plateado que desacordaba con las extensas alas sombrías. Sintió celos del rápido vuelo de las oscuras golondrinas que le invitaron, por un momento, a abrir la ventana y unirse a ellas, pero no imitarlas, jamás imitar su vuelo circular entorno a sus nidos; Bill se iría lejos, tan lejos como aquellas cortas alas le permitiesen. Pero ser libre tenía un precio y para él era demasiado caro…
—Tom, ¿estás bien?
Nada se escuchó desde el interior de la habitación.
Volvió a su postura original y se mantuvo con los brazos rodeando las rodillas hasta que escuchó un murmullo del interior.
—Estoy bien —dijo—. ¿Por qué no iba a estarlo? Saldré enseguida.
Sonrió lúgubremente, apenas estirando sus labios, que volvieron a su sitio inmediatamente.
—No lo pareces—suspiró—. ¿Necesitas algo?
—Nada, ya te he dicho que estoy bien. ¿Y, de todos modos, qué podrías hacer tú por mí, Bill?
—¿Una manzanilla?
—Por eso no te preocupes, seguramente mi mujer me la esté preparando ya.
Bill bostezó cansado antes de sacar de su bolsillo las imágenes que Tom le había dado. Siempre había temido el día en el que saliese la verdad a la luz, sin embargo, más había temido el día en el que lo echaran de su escondite; no se sentía preparado para ello, pero menos para la muerte de su madre.
—Tom, ¿te he contado alguna vez la teoría de mamá sobre nosotros?
Nadie contestó. Bill siguió ojeando las fotos hasta detenerse en una en la que claramente se apreciaba que era él. Se fijó en cada parte de aquel vestido que no permanecía perfectamente llenado con una carne que biológicamente no iba desarrollar nunca: como unos pechos henchidos, una cintura curva y las caderas como las de un ídolo africano.
—¿No me lo vas a contar? —preguntó Tom, cuya voz sonó amortiguada por las paredes.
—Sí, sí. —Tosió, aclarándose la voz, mientras guardaba las imágenes en el bolsillo—. Nos llamaba antípodas…
—¿Qué? Pensé que me hablarías sobre las teorías de mamá sobre por qué acometíamos incesto…
—No, no, nunca me habló de eso. —Hizo una pausa en la que volvió su vista nuevamente a la ventana—. No, no me dicho lo que piensa sobre eso, es decir, pensaba. —Volvió a quedarse mudo en un silencio solo quebrantado por el chillido lastimero de las aves que gemían como violines rotos —. Antípodas son dos personas opuestas, ¿entiendes? Tú serías mi antípoda porque eres lo opuesto a mí, mira, fíjate: vivimos en dos sitios distintos, tú eres distante, frío e impasible y yo cercano, cálido y emocional; a ti te gusta las ciencias, siempre has sido bueno en matemáticas, contabilidad… mientras que yo soy de artes, me gusta la música y el baile; tú estás casado y yo estoy soltero, tú tienes una hija y yo estoy aquí, solo… tú eres un hombre y yo, y yo soy una mujer…
Miró la puerta con un nudo en la garganta, dejó su cabeza apoyada en la madera blanca, esperando escuchar algo, pero desde fuera no se sentía ni el más leve susurro; bajó la vista y se llevó la mano al pecho cuando sintió un escozor que le arrancó un escalofrío. Apretó los ojos buscando contener sus emociones, pero no pudo dominarse por más tiempo. Intentó coger aire por la nariz y soltarlo por la boca para tranquilizarse, contando desde diez a cero, como le había enseñado el psicólogo, sin embargo, el nudo continuó obstruyéndole su garganta, la nariz comenzó a picarle por dentro, los ojos se le humedecieron, de manera que para cuando llegó a cero las lágrimas corrían por sus mejillas.
—¿Te acuerdas del día en el que mamá lo descubrió todo? Creí que nos iba a desheredar a ambos… si tan solo fuese dinero lo que nos estábamos jugando aquel día… me hubiese gustado que se lo quedase todo. ¿Qué crees que hubiese pasado si madre no lo hubiera sabido nunca, Tom? Nunca lo hemos hablado. Después de tres años todavía no me creo que haya algo incorrecto en la forma en la que nos queremos…
Se escuchó una puerta cerrarse desde dentro de la habitación. Bill se quedó callado enjugándose las lágrimas mientras se ponía en pie posicionándose en dirección a la puerta, esperando ver a su hermano después de casi media hora.
Al cabo de cinco minutos, Tom apareció con el rostro completamente demudado, expresando consternación. Cerró la puerta tras de sí y sin mirar a Bill se sacó un cigarro de la cajetilla dirigiendo su vista a ambos lados del pasillo.
—Bill, este no es el mejor momento para esto.
Bill asintió.
—Lo importante ahora es incinerar a mamá y para ello tenemos que bajar ahí y sobornar a todo aquel que haga falta para hacerlo. A no ser que quieras que toda la familia sepa que eres un travesti. —Se encendió el cigarro—. En ese caso, me ahorraría un dinero.
—¿Cuánto les damos?
—Han pedido 900.000.
Bill lo miró con el ceño fruncido.
—¿Te lo dijo la escritora? ¿Está loca o qué? ¿Se cree que somos multimillonarios o algo?
—No, el vagabundo, o sea, el hippie… el que cantó “The end” de los Doors.
—Qué hijos de puta, ¿estarán compinchados?
Tom se encogió de hombros, pasándole el cigarro a su hermano.
—¿No hay otra cosa que podamos hacer?
Tom negó. Iba a bajar a la planta cero, cuando Bill lo detuvo, poniéndole la mano en el brazo.
—¿Hay alguna posibilidad de que hablemos antes de que te vayas?
Tom abandonó la mirada penetrante que le dirigía su hermano para observar la ventana donde los pájaros lanzaban sus estertóreos cantos.
—Si hablar es lo que necesitas para dejar atrás el pasado, como tu hermano que soy, lo haré. Pero, Bill, no somos antípodas y que mamá pensase que de verdad somos tan diferentes, solo demuestra lo poco que nos conocía.
Bill le dirigió una mirada húmeda, luego bajó la vista.
Comenzó a seguir a su hermano hacia la planta baja limpia de gente, donde la esposa de su hermano y su hija los esperaban. Por una vez, su cuñada había sido infalible en algo.
—¿Y el hippie? —le preguntó Tom a su mujer, que le tendió una taza violeta con manzanilla.
—Se ha marchado, cariño, ¿por qué? Eran parte de tu familia. Pensaba que era, bueno, tú ya sabes, un indigente —susurró, mientras Tom sorbía la infusión. Dirigió una mirada a su hermano que resoplaba inquieto sin musitar una palabra. Cuando se hubo terminado la bebida, los cuatro se subieron al coche en dirección a la funeraria, penúltimo paso de los tres largos días que duraría toda la despedida de su madre.
En silencio, los cuatro escuchaban la radio que emitía el resumen del último partido de futbol, mientras un ligero viento se mezclaba con el trino de los pájaros. Solo la niña hablaba de vez en cuando, para decirle a Bill, su tío, sus aventuras en segundo de primaria; aprovechando este interludio, su mujer, sentenció:
—Había gente muy particular en el funeral.
Tom asintió, subiendo el volumen de la radio. Ella lo bajó.
—No me parece muy común lo que ha ocurrido durante la misa. —Tom cambió de emisora—. Ese cura… no me ha parecido trigo limpio.
Tom frunció el ceño, dirigiéndole una mirada de soslayo a su esposa.
—¿El cura? Pero, ¡si es cura!, ¿cómo no va a ser trigo limpio?
Ella negó mientras Tom suspiraba. La risa de la niña se expandió por todo el coche cuando Bill comenzó a hacerle coquillas. La mujer se dio la vuelta para contemplar la escena ante la que no pudo evitar contener una sonrisa.
—Estaba nervioso.
—Eso no lo convierte en mala gente.
—Te digo yo, Tom, que ese ocultaba algo.
—Bueno, da igual. Ya no lo volveremos a ver.
—No sabía ni hablar latín con propiedad, ¿no recuerdas lo que dijo?
Tom se encogió de hombros.
—Era “pulvis et umbra sumus”.
—No sabía que ahora hablabas latín.
Ella negó mirando por la ventana. Una ligera bruma se extendió por la carretera. En un sutil movimiento Tom puso las luces largas y descendió la velocidad. Las risas dejaron de escucharse, pero al menos ahora sonaba algo de música.
—Tu prima está embarazada.
Tom asintió.
—¿No te interesa?
—Claro —respondió—, me alegro por ella.
—No lo sabía —añadió Bill—, ¿cuál de todas es?
—La que vive en Austria, creo.
Se hizo un silencio entre los adultos que solo fue interrumpido por la niña que inició otra anécdota. Tras varias tentativas de su esposa por decirle algo, al final, soltó su frase de carrerilla sin detenerse en pronunciar ninguna palabra con especial emotividad:
—Cariño, creo que estoy embarazada.
Tom, sin pestañear, ni apartar la vista de la carretera, asintió impasible y le respondió pausadamente que sí, que se alegraba.
Llegaron a la funeraria, donde solo encontraron a los familiares más cercanos para el último adiós.
Tom aparcó el coche junto al de la tía Otilia que salió a recibirles cuando entraron a un lugar de luz templada, decorado con azulejos azules y cuadros impresionistas.
De todas las esquinas emanaba un ligero olor a desinfectante que llegaba a ser tan fuerte que se metía en la boca, llenándola con un sabor amargo que provocaba arcadas. El mayor de los gemelos tuvo que hacer un esfuerzo por quitarse aquel asqueroso sabor mediante un vaso de agua, que su propia tía le tendió.
—Tom muy buen discurso. Muy emotivo.
—Gracias, tía.
—Mañana es la lectura del testamento. —Se secó una lágrima—. Me gustaría no ir. Preferiría volver a casa, con mis nietos, y sentir el calor de esos niños nuevos conocer con sus ojitos lo que para uno ya es lo cotidiano. —Hizo una pausa en la que miró a una pareja pasar—. Ojalá pudiese volver a ver cada espectáculo que la naturaleza nos tiene reservada como si fuese la primera vez, pero uno ya con esta edad no puede sino esperar morirse, porque es lo que nos toca a nosotros.
—Tía, no hables así, seguirás viendo crecer a tus nietos por varios años.
—Ya, Tom, ya, durante un años o dos más, puede que cinco, pero esto se acaba y no hay nada que pueda detenerlo. ¡Mira tu madre! Hace cinco días estaba organizando un evento benéfico para los niños huérfanos y, hoy… —Se quedó muda mirando a la nada—. Quisiera tomármelo como algo natural, pero esto no puede ser lo que Dios dispone, esto no puede ser todo a lo que aspira el hombre: vivir durante cincuenta años como si no hubiese un mañana y un día despertarse y ver que eres vieja, pura piel que recubre un hueso desmigajado por dentro por los vaivenes de la vida. —Se detuvo para mirar al encargado de la funeraria—. Si mañana tenemos que celebrar otro funeral, ten claro que la causa de mi muerte será haber visto morir a mis tres hermanas, Tom, a mis tres hermanas, sobre todo a tu madre, la más pequeña. —Hizo otra pausa en la que movida por la pestilencia, se llevó el vaso de agua a la boca—. Tom, siempre pensé que serían mis hermanas las que me enterrasen a mí primero, al fin y al cabo, soy la mayor, pero hay veces que Dios decide saltarse el orden natural de las cosas y se lleva consigo a los mejores.
—Tú misma lo has dicho, los senderos de Dios son inescrutables.
—Pero si tú no eres creyente —le soltó. Al cabo de un instante retomó la conversación para ocultar entre las palabras lo que le acababa de decir—: Tú, ¿cómo estás, hijo? —le preguntó. Tom miró aquellos ojos azules empañados por un velo húmedo, enmarcados por su pelo, como la misma nieve, peinado en un moño que contrastaba sobre el oscuro vestido confeccionado entorno a su cuerpo consumido y arrugado de mujer casi octogenaria.
—Mejor de lo que esperaba.
—Una lástima que nunca llegasen a hacer las paces… ¿te hubiese gustado?
—Eso da lo mismo, era imposible que nos reconciliásemos.
—Ella te quería —le dijo. Las palabras le transportaron a aquel mensaje de Bill en el que le decía “mamá nos quería a su manera.”
—¿Y de qué me ha valido su amor? —le preguntó elevando el tono más de la cuenta, lo cual provocó que su tía retrocediese un paso.
—Tom, deberías plantearte por qué tu madre hizo lo que hizo recordando que solo quería lo mejor para ti.
Sonrió.
—Ya lo he hecho, tía, y bastantes veces —susurró—. Y lo único que veo ahora es lo hipócrita que era.
—Tu madre no tenía que ser perfecta, Tom, solo tu madre. Seguro que ambos han cometido errores.
—Mi único error fue no satisfacer sus expectativas —musitó impasible.
Su tía le dirigió una mirada cargada de congoja, le puso la mano en el hombro para luego alejarse hacia la familia, que desfilaban hacia una sala aparte. Tom tiró el vaso de plástico en la papelera que estaba justo a la máquina de agua y entró junto a la familia al lugar en el que guardaban el féretro antes de la cremación.
O eso era lo que Tom pensaba. En aquella antesala no había más que sillones rojos ajados con una insuficiente luz anaranjada procedente de la claraboya. Un susurro de voces dejó paso a la voz ronca del funerario que se retiró poco después de decir tres frases. Tom, hasta entonces rezagado por la conversación con su tía Otilia, en la que todavía se encontraba cavilando, llegó a Bill solo para descubrir que ante ellos no había ningún ataúd, solo una urna gris que descansaba en manos de su hermano quien la miraba con una expresión desoladora.
Vio cómo tragaba saliva.
—Esto es todo lo que queda de ella.
Tom miró la urna y cuanto más diseccionaba con la mirada el contorno ovalado de esta, más trémulo se encontraba, hasta el punto de que el pecho se le convirtió en cristal roto, un cristal que le pinchaba por dentro los costados en cada leve gesto que hacía por intentar escapar de aquella sala en la que los ojos de sus familiares le escocían tanto como el agujero que tenía en la garganta. Sentía que si se movía lo más mínimo, se le romperían los ojos congelados sobre aquella cerámica fría que contenía los restos de su madre. Temía parpadear por si alguien notaba sus lágrimas y por eso estuvo ahí quieto hasta que ya nadie quedó dentro para ver cómo se quitaba su disfraz de hombre.
Continuará…
Me he demorado muchísimo con la historia, pero, estaba trabajando en la trama y valorando ciertas cosillas 😉 Espero que les guste y muchas gracias por leer y por comentar. Ya me dirán que les ha parecido.