Capítulo 1: El funeral
Le despertaron los aplausos y la voz de su mujer cuando aterrizaron en el aeropuerto de Berlín, ya que ni los gritos de ilusión de la niña o los insufribles anuncios de la aerolínea habían logrado levantarle la cabeza. Un cansancio general le entumecía los músculos, y cuando no se sentía desfallecer por el agotamiento, le dolía la cabeza, le quemaba el estómago o sentía una leve nausea por cualquier olor a comida, y más si era de avión.
Pasaron por la terminal, cada uno con su maleta, en búsqueda de un Rent a car. Su esposa eligió el modelo más caro, y lo alquiló por una semana, plazo de tiempo más que suficiente para finiquitar cualquier asunto legal en la fría Alemania que no habían vuelto a pisar desde el otro funeral.
Condujo por las calles guiada por el GPS que configuró con destino a la residencia familiar de los Kaulitz, la de campo, no la ciudad, pues en dicho ático vivía Bill, dado su trabajo como actor, cantante y comediante.
Tom todavía no le había contestado el mensaje que él le había dejado en su Facebook, y que solo alcanzó a leer porque accidentalmente se había descargado la aplicación de Messenger en el móvil. Le había soltado una parrafada semejante a esta:
“Tom, lamento mucho el distanciamiento producido en los últimos años, pero ha ocurrido algo que me obliga a contactar contigo por cualquier medio.
Me acaban de comunicar el fallecimiento de mamá… sé que será muy duro para ti, al igual que lo está siendo para mí en estos momentos, por eso te pido que vengas a casa y hagamos juntos la última voluntad de mamá: que la enterremos junto a padre y nos distribuyamos los bienes. Te pido, como tu hermano, que no me dejes solo en estos momentos tan duros y vengas a pesar de lo sucedido, porque sé que ella te quería, aunque no lo supiese demostrar como a ti o a mí nos gustaría.
Te echo de menos, Bill.”
Al cabo de casi dos horas de viajes, que pasó durmiendo a intervalos, llegó a la casa, una mansión blanca en cuyos jardines se congregaban todos los conocidos (y no tanto) de su madre. Al principio le parecieron pequeñas hormiguitas negras, luego empezó a distinguir rostros de algunos conocidos y otros desconocidos.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
El velatorio se había celebrado la noche anterior, en la casa, y en la misma sería la misa funeral. Fue en ese momento en el cual se percató de que tendría que decir algunas palabras, al fin y al cabo la muerta era su madre.
Aparcaron el coche en el garaje familiar, donde su hermano había reservado una plaza. Salieron con las maletas y se acomodaron en su antiguo dormitorio, en cuyo baño se duchó para disipar el dolor de cabeza, pero el malestar de la resaca solo se le quitaría con un carajillo y una buena aspirina.
Se vistió con las ropas más oscuras que tenía, ante la vista de su esposa que contemplaba su lento acto de engalanarse con los labios entreabiertos.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó para romper el silencio solo interrumpido por un murmullo procedente de la planta inferior. Al instante se arrepintió de habérselo dicho, porque la respuesta era obvia.
—He visto a tu hermano.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Ella le miró a los ojos, esperando ver alguna reacción en aquel rostro impávido que su marido tan bien sabía copiar de la zorra de su suegra.
—Tom, estás deplorable —le dijo, poniéndose en pie para ir a su bolso, en la cómoda, del que sacó un par de ibuprofenos.
—Sírveme un wiski —sentenció.
—Agua es lo único que te daré de beber hoy… —Le tendió la pastilla.
Tom la tomó y la metió en el bolsillo de su pantalón del que terminó de subirse la cremallera.
—¿La niña?
—Abajo, con los primos.
Tom asintió, saliendo de la habitación donde dejó a su mujer, sola.
Recorrió los pasillos como un sonámbulo, mirándolos sin mirar. No había cambiado ni un solo cuadro o retrato familiar de su sitio. Ver de nuevo aquellas paredes color crema y suelo alfombrado le transportó a sus días de infancia, recuerdos que le daban tantos escalofríos que decidió apartar de su mente hasta que no hallase un wiski.
Bajó a la planta cero donde la señora Robinson le dio dos besos, la señora Krammer le dio el pésame, el señor Müller le dio la mano mirándole a los ojos, una señora que no había visto en su vida, medio en lágrimas, le dio una bandeja con pastel de plátano, alegando que le encontraba flaco.
Su tío Fritz le saludó con aire informal, como si estuviese en un bautizo, una boda o algo similar, le invitó a una copa y aceptó, fue entonces cuando se tomó la pastilla.
Salió del despacho de su padre, cruzó toda la sala atiborrada de gente que le saludó, le besó, le dio el pésame, la mano, el teléfono, la tarjeta y más comida argumentando que le encontraban delgado y otra vez les dijo que la comida, mejor, lo dejasen en la cocina. Aquello solo lo hacía la familia más remota, la de campo, la que no se había enterado de que tenían catering sirviendo copas y canapés.
Los empezó a esquivar cuando la tercera vieja le repitió lo mismo que las otras dos, por lo que se fue directamente al baño, fingiendo que la gente que le llamaba en susurros para no romper el murmullo general, no le llamaban a él sino a otro. De esta manera fue como se encontró por primera vez, en casi dos horas, a su hermano, que apenas podía reconocer con aquel pelo rubio platino y traje negro idéntico al suyo.
Se le encogió el estómago al verlo por primera vez, macilento, con los mofletes hundidos y una sombra violácea bajo la mirada perdida.
Tuvo la necesidad de darse la vuelta e ir al cuarto de baño de arriba, pero cuando se decidió a hacerlo, Bill ya lo había visto. Le contempló consternado, como si viese una aparición del pasado, pero no tardó en acercarse a él.
Fue el único de los presentes que no intentó darle la mano o dos besos, solo se mantuvo a una distancia prudencial, mirándole a los ojos con curiosidad. En aquel momento temió que su hermano menor se echase a llorar, pero ni un brillo de lágrima se asomó en sus ojos, en cambio, Tom se vio envuelto por un sentimentalismo que le lleno el pecho y le hizo desear lanzarse en los brazos de su hermano y llorar en su hombro, porque, joder, él también le había echado de menos. En su lugar, cogió una copa y se acercó a Bill, bebiendo lo que fuese aquello. Se detuvo ante él y se contemplaron sabiendo que uno de los dos tenía que romper el silencio, pero ninguno sabía qué decirse.
Tom asintió lentamente y en el instante en el que se dispuso a hacer uso de su oratoria de abogado para esquivar aquel momento tenso, vio varias fotografías familiares en el mismo mueble en el que había dejado su copa.
El corazón se le encogió en el pecho de tal manera que se sintió incapaz de utilizar su lengua para disuadir a su hermano, y más cuando Bill ya abría los brazos para abrazarle. Tom, en un intento desesperado por evitar caer en ese odioso sentimentalismo, utilizó su mano izquierda para frenar el avance de su hermano y la derecha para acariciarle la mejilla, mientras le asentía a su hermano de manera tranquilizadora.
Bill, un tanto confuso por la situación, se quedó parado en aquel corredor apenas frecuentado por visitantes.
Conociéndole como le conocía, aquello había sido una evasiva en toda regla, porque Tom, como animal de costumbres, tenía el hábito de jamás tomar una decisión hasta el último momento; pero como aquello no podía seguir siendo así, Bill golpeó la puerta del baño, decidido a hablar con su hermano, que cuando salió esperando encontrarse a otro invitado (uno que ninguno de los dos conociesen) fue abrazado por Bill como si no se hubiesen visto en un siglo, que dadas las circunstancias de su relación, para ambos lo era o al menos solo para Bill, que era el único de los dos capacitado para enfrentarse a sus emociones.
—Te he echado mucho de menos —le dijo Bill a Tom.
—Ya lo sé, pero esto podríamos haberlo dejado para la intimidad, ¿no ves que estos hijos de puta están aquí solo por cosas como esta? Les encanta ver caer en un mar de lágrimas a los que se quedan para regocijarse en las miserias ajenas a pesar de saber que ellos son los siguientes.
—Pensaba que venían por la comida gratis.
Tom rio.
—Claro, se me olvidaba que encima de circo teníamos que meterles el pan en la boca.
Bill apretó a Tom un poco más contra sí, buscando el calor de su hermano.
—Tengo… tengo tantas cosas que decirte.
Tom se deshizo del agarre de su hermano para mirarle a los ojos
—¿Y por qué no me has dicho nada en tanto tiempo?
—Mamá me dijo que por lo pronto era mejor que lo dejásemos así.
—Mamá, mamá, mamá, siempre ella…
—Tommy, es que tenía razón en algunas cosas.
Tom suspiró llevándose a su hermano al comedor donde los curiosos no pudiesen verlos hablar, pero resultó que ahí estaba todo el mundo poniéndose como cerdos, lo cual les obligó a irse a la primera planta, donde ocuparon el despacho de su padre, hoy una biblioteca.
—La verdad es que no te esperaba después de la pelea que tuvieron —le dijo Bill.
—Si te digo en qué condiciones he viajado entenderías que haya venido.
Bill frunció el ceño.
—Nada, olvídalo.
—Te veo cansado… la verdad es que todo ha sido tan precipitado que no sé cómo has llegado a tiempo tras un vuelo de ¿cuánto? ¿Tres horas? —Tom se encogió de hombro—. Pero tenemos cosas más importantes de las que hablar.
Tom le miró asintiendo con la cabeza lentamente, impasible. Bill bajó la mirada esperando a que su hermano dijese algo pero se mantuvo en silencio hasta que no pudo más y…
—Tom…
—Bill —le interrumpió su hermano.
Ambos se miraron dudando entre quién hablaba ahora.
—Bill. —Se apresuró a decir el mayor de los hermanos—. Ahora que lo dices estoy agotado, ¿te importaría que me retirase a descansar un poco o tienes algo importante que decirme?
—Pero, Tom, si has sido tú quien me ha traído aquí.
—Ya, ya. —Apartó la vista de él—. ¿La misa será en una hora, no?
Bill asintió retirando su vista hacia el exterior donde un nuevo coche, otro más, se unía a la colección de Jaguar, Porche, Mercedes y demás modelos que ocupaban el exterior. Sintió el roce de la mano de su hermano en el hombro, lo cual le hizo retirar la vista de la ventana para mirarle.
—Hablamos luego, ¿vale?
Bill asintió y ambos se fueron. Tom recorría el pasillo hasta su habitación mientras Bill bajó por las escaleras a paso lento, pensando en lo decepcionante que era ser hermano de Tom Kaulitz y que este se acostase con todo el mundo menos con él.
Entonces se fijó en una mujer que acababa de entrar. La luz blanca del exterior dibujaba su contorno resaltando el negro de su vestido, que sería el típico LBD de no ser por el encaje de la espalda y el velo que ocultaba aquellos ojos negros de la vista de Bill. La dama misteriosa se detuvo en mitad del recibidor y observó a los invitados, ahondando en los rostros de la gente, hasta que dio con lo que buscaba.
—¡Gabriela Romero, escritora! —dijo, dándole la mano.
—Bill Kaulitz, encantado.
La mujer le miró a los ojos fijamente, sin decirle nada por un momento, luego continuó:
—Lamento mucho la muerte de su madre.
—Es una lástima, sin lugar a dudas —dijo Bill, creyendo que se apartaría de él y dejaría paso a la conversación que tenía pendiente con el cura, que acaba de entrar.
—La echaré de menos… éramos intimas amigas, ¿sabe?
Bill la miró arqueando una ceja.
—¿Íntimas? Nunca me habló de usted… perdone que se lo diga.
—No, no, está bien. Pero nos queríamos mucho, ¿sabe?
Bill asintió, e iba a ir a hablar con el cura cuando la mujer le detuvo.
—¿No quiere saber cómo nos conocimos? —preguntó ella con lágrimas en los ojos, que empezó a secarse con un pañuelo que se acababa de sacar del clutch.
—Claro, claro, pero, tengo que hablar con más gente.
—Será solo un momento, su madre me inspiró en la creación de mis más notables obras, ¿las ha leído usted? ¿Ha leído mis novelas?
—No, pero… ¿Gabriela Romero, era? Creo que mi madre tiene algunas de sus obras. —Se mantuvo meditabundo durante un tiempo—. ¡Claro! Creo que ojeé una de sus obras —afirmó recordando que fue en el baño donde se la empezó a leer—. ¿Pasión a medianoche, puede ser? Una en la que dos mujeres (una más mayor que otra) se lo montan en la habitación del… del hijo…
Hubo un silencio en el que ambos tomaron una copa de vino blanco y bebieron al unísono.
—En la cama del hijo, sí…—Hizo una pausa—. Una pena que este vino no sea tinto, me gusta más.
—Igual que a la protagonista, fíjese usted —habló Bill, parpadeando anonadado.
—Ya, ya, esa obra la escribí después de conocer a su madre, qué casualidad, ¿no? Pero, bueno… ¿su hermano, el guapo, dónde está?
Bill la miró atónito. No sé podía creer que fuese la típica que iba a un funeral a ligar, lo dijese sin vergüenza alguna y, además, probablemente, se la fuese a chupar a su hermano esa misma tarde.
—No ha llegado todavía —mintió.
En aquel momento Bill se fijó en un recién llegado, un hombre de media edad, con greñas, barba larga, camisa blanca desabotonada, tejanos y una guitarra acústica en la mano.
—Se nos ha vuelto a colar un vagabundo en la casa, joder, igual que en el funeral de papá —musitó siguiendo la figura del hombre, que tomó un copa y un canapé y se sentó en el sofá al lado de su tía Otilia, con la que comenzó a hablar—. Discúlpeme, señora Romero, pero tengo que irme.
Bill la esquivó a ella y a otros dos que intentaron hablarle y fue directamente hacia el salón donde residía el ataúd cerrado de su madre.
—Muy bien. Solo una última cosa. —Bill se detuvo dándose la vuelta mientras cambiaba su expresión de fastidio a una más amable—. ¿Sí?
—¿Le gustó el libro?
—¡Claro! —Se giró en dirección al vagabundo.
—A mí también me gusta cómo canta usted.
—Sí, sí, ¡gracias! —respondió Bill, adelantándose hacia el salón sin prestarle importancia a las palabras de la mujer, hasta que se dio cuenta de que nadie le había visto cantar y menos ella, pues la única manera de que le hubiese visto actuar sería en el club…
Por un momento, la respiración le faltó, un nudo se le hizo en la garganta, el corazón se le disparó al mismo tiempo que un sudor frío le empapó la frente.
Se giró velozmente en busca de la mujer, pero detrás de él ya no estaba ella sino el cura, que le sonrió dulcemente, obligándole a retirar la expresión congestiona de su rostro por una más sosegada.
—¿Bill Kaulitz? —le preguntó. Bill asintió secándose el sudor con el dorso de la mano—. Soy el padre Gustav.
Le dio la mano, asintiendo.
—El padre Johan no ha podido venir y yo le sustituiré hoy. Mi más profundo pésame por la muerte de su madre, era una devota sierva de cristo muy apreciada en la iglesia.
Bill asintió sin darse cuenta de que su madre no iba a misa desde hacía años.
—Gracias, padre Gustav.
—¿En media hora empezará la misa, cierto? —le preguntó con su melodiosa voz que le transportó a los coros de la misa.
Bill asintió, sudando, resoplando incómodo porque la corbata le asfixiaba.
—¿Se encuentra bien, hijo? Necesita agua, sentarse, ¿algo? Le encuentro muy pálido.
—No, no, está bien. —Tragó saliva.
—Entiendo que este sea un momento muy duro, pero, me veo en la obligación de recordarle que la Señora Kaulitz era una gran benefactora de la casa de Dios y…
—Claro, claro, no habrá ningún cambio a pesar de su muerte.
—¡Que Dios le bendiga! —contestó mientras Bill escalaba los peldaños de la escalera para llegar a la segunda planta lo más a deprisa posible. Recorrió el pasillo deshaciéndose el nudo de la corbata, que en breve se iba a convertir en una soga amenazando con ahorcarle.
No tocó la puerta de la habitación sino que entró precipitadamente en la antigua habitación de su hermano, donde le vio tapado con la tenue luz blanca que entraba por la ventana, acostado en ropa interior, con un antifaz puesto, roncando débilmente, mientras su esposa le colgaba la camisa en la percha, la corbata junto a la chaqueta, los pantalones bien puestos en la silla y los zapatos de charol negro bajo la silla frente a la ventana.
Se precipitó en la habitación sobresaltando a su cuñada que le miró inquisitivamente mientras depositaba en los labios su dedo índice a modo de silencio.
Se acercó a ella por la espalda mientras terminaba de colocar la ropa de su marido en la silla y le susurró al oído que necesitaba hablar con su hermano urgentemente.
—Se acaba de dormir, ¿no puede ser en quince minutos? —le contestó en un susurro.
—No, ¡ahora!
La esposa le miró molesta, dejando la ropa de su marido para posicionarse delante de su cuñado.
—Oye, Bill, si quieres hablar con Tom será luego, cuando se despierte, ahora sal de aquí que lo vas a despertar.
En ese momento llamaron a la puerta. Ella fue a abrirla rápidamente, antes de que volvieran a llamar y su marido se volviese a remover inquieto en la cama, pero el estrepitoso llanto de la niña inundó el cuarto y la esposa se tuvo que llevar a la niña, cerrando la puerta tras de sí en un intento porque Tom siguiese durmiendo, pero ya era demasiado tarde.
—Tom —musitó Bill arrodillándose en la cama—. Tom, por favor, es importante.
Tom se quitó el antifaz negro que llevaba sobre los ojos y tras frotárselos, entornó la mirada hacia Bill que en solo media hora había mudado había adquirido un color mortecino.
—¿Qué? —preguntó con la voz tomada, peinándose el cabello con las manos.
—Tom, no sé cómo decirte esto, pero… hay una amante de mamá abajo y quiere dinero.
Miró a su hermano esperando su respuesta, mientras este se ponía en pie e iba en busca de su ropa, completamente lista para usar.
—Pues dáselo.
Bill lo miró atónito.
—No, Tom, no le voy a dar nada a esa zorra.
—Pues no se lo des.
Se levantó de la cama para ponerse ante su hermano que se vestía ante el espejo de cuerpo entero.
—Tom, ¿es que no te importa que vayan diciendo por ahí que mamá era lesbiana?
—¿Hay algo de malo en ello, Bill?
—¡No, claro que no! Pero, si no hacemos nada probablemente se lo dirá a la gente.
—En primer lugar, puede ser mentira; en segundo lugar, ningún rumor estúpido contado por una amante resentida nos la devolverá a ninguno; en tercer lugar, mamá supo en vida a lo que se arriesgaba teniendo sus affaires, pero ahora que está muerta, ¿en qué medida le iba a afecta a nuestra madre lo que alguien diga de ella? —Hizo una pausa mirándole a los ojos mientras se ponía la camisa, descubriendo en los ojos de su hermano cierta tranquilidad. Prosiguió—: Y, por último y más importante, ¿desde cuándo nos importa lo que diga la gente?
Bill cogió a Tom por las mejillas y le besó directamente en los labios sin esperar a que este dijera nada más. Sentir los labios húmedos y carnosos de Tom después de tanto tiempo, le hizo recobrar aquella deliciosa sensación en el estómago que ya experimentó cuando eran niños y se daban piquitos a escondidas en el patio del recreo.
Continuará…
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