EPÍLOGO

Volví a encoger mi figura y me deslicé por el sumidero hasta llegar al pasillo estrecho donde se hallaba descuartizado el cadáver de la joven pelirroja. Recuperé la antorcha improvisada al final del túnel, donde me animé a sacar el mapa completamente destruido. Lo tiré.  

Le prendí fuego a la antorcha y comencé a recorrer las catacumbas en dirección noroeste.

Todavía sentía el calor de su cuerpo en mi mano, su sangre en mis ropas y ese olor punzante clavado en lo más hondo de mi nariz. Tenía el corazón completamente desbocado. Mi respiración era un jadeo sonoro que se confundía con una fina corriente de agua que bajaba por una especie de canal, que arrastraba consigo seres como ratas (gimiendo en la oscuridad) o bichos. Cuando me alejaba de la corriente se podía apreciar el sonido de las cucarachas voladoras dándose contra las paredes y los murciélagos revoloteando en las profundidades del lugar.

Seguí caminando con paso acelerado.

Probablemente y dado los gritos del duque, ya hubiesen echado la puerta abajo. Mi única posibilidad era confundirme con un aldeano. Me maldije por haberme deshecho tan prontamente del disfraz de sacerdote.

Según mis cálculos, la siguiente ventana me llevaría al túnel que daba al puente de piedra. Desconocía qué hora era, pero más de las doce de la mañana. Si el día continuaba nublado, tal vez tuviese una oportunidad.

Me detuve en la salida, solté la antorcha en el canal donde, emitiendo un sonido agudo, se deshizo el fuego. Permanecí un momento de espaldas al hoyo por el que tenía que trepar, buscando en la oscuridad aquel imperceptible murmullo de carcaj con flechas.

Saqué las dagas y me di la vuelta cuando su arma estuvo a punto de rasgarme la garganta. Evité el golpe virándome hacia la derecha. Volvió a lanzarme una cuchillada, le respondí con un cuchillo arrojadizo que mordió la oscuridad  y calló lejos de nosotros. Hice una finta por la izquierda y conseguí herirla en el brazo, lo cual hizo que bajase la guardia por un momento y soltase un gruñido: era ella.

Sabía que no tenía ninguna oportunidad de vencerla en combate. Tantos años alejado de la lucha me habían hecho débil. Pero eso ella no lo sabía.

Se acercó por mi derecha, la esquivé rodando por el suelo. El agujero por el que me había dejado caer quedaba sobre su cabeza y no había manera de huir por ahí sin derrotarla a ella.

Ambos peleábamos como dos niños: toda furia y nada de estrategia, nos lazábamos mordeduras, intentábamos pegarnos sin planear el golpe, solo queríamos sangre y dolor, no vencer al otro. Fue como revivir uno de nuestros entrenamientos.

Se lanzó hacia mí, golpeándome en el costado con la rodilla, haciéndome perder el equilibrio, luego me profirió un puñetazo que me hizo caer. Ahí tumbado, con un pitido en las orejas, vi mi fin.

Se acercó a mí lentamente, la daga afilada cogida en sus manos, me la puso debajo de la garganta, permanecí quieto, soltando por la nariz una sangre que caía lentamente sobre mis labios. El acero me acarició la garganta buscando mi sangre. Iba a matarme, ambos lo sabíamos, era lo que ella más ansiaba desde que asesiné a nuestro maestro, su amante. Yo era su espinita clavada y sabía perfectamente que ansiaba más que nada en el mundo quitársela, pero, ella siempre cometía el mismo error: infravalorar a sus enemigos, así que cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí como para desequilibrarla, metí mi pierna izquierda entre las suyas al mismo tiempo que inmovilizaba su mano armada y empuñaba yo mi daga con la zurda. La apuñalé en el costado en un punto donde el golpe no fuese mortal, hasta que empecé a retorcer el arma en la herida y mi mano se bañó por segunda vez en sangre ajena y me relamí los labios porque me recreé en la muerte que nunca le profería al duque. Fue en ese momento en el que tuve bien claro que debía volver y terminar lo que había empezado, porque con castrarlo no había obtenido toda mi venganza, necesitaba matarlo como él me mató a mí años atrás.

Entonces fue cuando yo cometí el error que siempre hacía en los entrenamientos y que ella conocía perfectamente: distraerme, regodearme en mis tentativas de venganza y me golpeó en la sien con una daga oculta, lo cual me llevó a la inconsciencia.

 

Cuando me desperté estaba completamente desnudo, atados de manos y pies a la misma cruz de madera donde yo había puesto al duque horas atrás. Tardé en poder asumir la escena que borrosa se me presentaba. Primero vi mi mano derecha atada, luego a la asesina a mi izquierda, mirándome; entorné mi vista y vi las brasas encendidas alumbrándome y por último la mesa de madera donde solo quedaba la sangre del miembro amputado y perdido de Thomas.

Ante mí se hallaba Elizabeth, la hermana del rey y el duque. Ningún guardia estaba en la sala, según lo que podía ver, solo se encontraba la asesina, observándome con ojos de gata, amenazando con darme con su vara del dolor.

Creo que eres un regalo del cielo —dijo la condesa—. Jamás nadie había aparecido en un momento tan propicio como este. ¿A quién debo el honor?

Guardé silencio. Los ojos verdes de la condesa se desviaron hacia la asesina que me azuzó con la vara en las rodillas, profiriéndome un dolor que me arrancó un grito.

Soy un campesino.

Ya lo veo —habló, chasqueando los dedos con desprecio para que ella volviese a azuzarme con la vara que mordió la carne de mis muslos, abriéndola—. Solo quiero un nombre con el que honrarte, asesino.

La miré con lágrimas en los ojos. Si ella era la muerte, era bella la condenada. Tenía esos ojos grandes, como los de sus hermanos, la nariz respingona, los labios carnosos, el cabello negro y largo en trenzas que le caían sobre un vestido rojo que resaltaba sus ojos.

¿Por qué lo has hecho? —preguntó—. ¿Sabes que mi hermano todavía vive, verdad? Algo perseguirás con todo esto.

¿Qué más dará si vais a matarme igualmente?

¿Quién te ha contratado?

Tú.

No, te equivocas, mi plan no era tan elaborado. ¿Mi marido, puede ser? —Hizo una pausa en la que dirigió su mirada a lo más profundo de las llamas, a la raíz misma del fuego—. No, no, no ha sido él.

La asesina volvió a azotarme, esta vez su vara me cruzó la cara, abriendo mi carne de la que manó una sangre caliente. El dolor era tal que apenas podía mirarla a la cara, solo podía retorcerme en las amarraduras —que me cortaban las muñecas—, en un intento por escapar de aquel calvario.

Dime quién ha sido y haré que cuando te ejecuten tengas la más limpia de las muertes, sin dolor, sin más tortura.

Tú ya sabes quién ha sido, ¿para qué más preguntas?

¿Qué rey te ha pagado? —Se puso en pie, caminando hacia mí velozmente—. ¿El de las tierras vecinas? ¡Dímelo! —espetó.

Su aliento me quemaba la herida abierta. La sangre se metía en mi boca y seguían caminando por mi pecho.

El único enemigo al que deberías temerle es a ti misma. Mis manos no están bañadas por la sangre de mis hermanos.

¿Y me vienes tú con lecciones de moral? ¡Qué sabrás tú un simple plebeyo de algo! —Volvió a sentarse—. Le has quitado lo único bueno que tenía al mejor de mis hermanos. Recibirás el más severo de los castigos en la plaza pública tras mi coronación. —Y salió de la sala.

Aalis se acercó a mí peligrosamente, tanto que pude ver mi reflejo en sus ojos.

Al final has conseguido lo que te proponías.

La miré sin expresarle nada.

No puedo matarme —me dijo—. Pero puedo hacer que esta sea la peor noche de tu vida, al menos eso me llevaré, al menos podré estar en primera fila para verte morir.

Me escupió. Comenzó a golpearme el rostro con ambos puños, con la vara, con todo lo que pudiese infligirme daño hasta llegado a un punto en el que de mi garganta no salió un grito más.

 

No hay vocabulario para describir el dolor, como no lo hay para describir el llanto de una mujer que había perdido el amor de su vida en mis manos.

 

Cuando me desperté estaba en una celda, tumbado en una cama, completamente desnudo. En una silla de madera habían dejado algunas prendas de ropa. Me mantuvieron ahí durante tres días en los que se celebró los funerales de los últimos barones de la Dinastía Kaulitz y se inició la guerra contra los hijos del duque ante la inminente coronación de Elizabeth.

Pasé los tres días previos a mi juicio desarrollando una fuerte infección en mis heridas que, gracias a los dioses no podía ver, pero que sabía que se había convertido en un amasijo de carne sin forma que ocultaba mi rostro lacerado teñido con mi sangre.

La verdad es que no tengo ni idea de cuál de los tres hermanos me contrató, si William para defenderse de su hermano, Thomas para tomarme como cabeza de turco o Elizabeth para que me ocupase de las dos. O incluso Georg al presentir que su esposa le era infiel y se había preñado de su propio hermano. Pero, ¡ya daba igual!

El día de mi ejecución por asesinar al rey, me llevaron a una tarima en mitad de la plaza, la nueva reina y el rey me miraban desde un balcón de la iglesia que daba a la plaza. El cadáver del rey y del duque habían sido mostrados desde el primer minuto de su muerte al pueblo entero, para que no cupiese duda de que ella era la legítima reina y yo, un asesino a sueldo enviado por el rey del país vecino. La reina conseguía con ello sus dos propósitos más ansiados: ser coronada reina de Suburbia y hacer la guerra con la que tanto había soñado. Elizabeth I fue apodada la loca porque se cree que mandó cortar la cabeza de William, al que siempre quiso, para embalsamarla y guardarla para siempre en su cámara donde le lloró durante tres días y tres noches, entre besos ardientes y lágrimas de dolor. Sus damas decían que más de una vez la encontraron semidesnuda en su habitación hablándole a la cabeza, abrazándola entre sus pechos o sus genitales… Las damas decían que cuando no sujetaba la cabeza en una mano, tenía el falo de su otro hermano en la otra, guardado como una reliquia junto a la cabeza…

Ya nadie sabía qué era verdad y qué era mentira. Se decía también que ambos estaban vivos, encerrados y que aquellos cadáveres tan perjudicados pertenecían a dos granjeros. Tampoco a nadie le interesaba saber con certeza si fue William IV quien murió por la hemorragia o fue Thomas, Duque de Misericordia el que por lo mismo falleció la misma noche.

Estoy ante una muchedumbre que grita enfurecida “asesino”, que me lanzan todo aquello que cae en sus manos: coles y tomates podridos; mierda o barro. Son tantos que apenas puedo mirarlos a todos, entre la cantidad, la fiebre que ha ido en aumento desde la tarde anterior y la desfiguración de mi rostro que es tal que la gente se repugna al verme, pero ella, no, ella me mira con la capucha calada desde la primera fila.

 

Cuando me pregunta el verdugo mi última voluntad, solo soy capaz de mirar a la reina de semblante pétreo, con la capa magna y la corona que he robado para ella inconscientemente. Sé que se avecinan tiempos difíciles, probablemente una guerra civil, pero si la muerte era el precio de mi venganza, estoy dispuesto a pagarlo…

FIN

Bien, he aquí el final, ¿qué les ha parecido? ¿Creen que Elizabeth está loca y hace todo lo que relata Gustav o han sido sus enemigos quienes la están acusando de todo ello? ¿Tom y Bill siguen vivos o han muerto? y lo más importante ¿quién contrató a Gustav para «robar la corona» Elizabeth, Tom, Bill o el propio Georg? Y bueno, por tener seguro ni si quiera es probable que haya sido Tom quien violentó a Gustav, el mismo niega haberlo visto antes y culpa a su hermano…

Es un final ambiguo, lo sé, solo quería plasmar el oscurantismo que rodea a la Edad Media y hacer una historia de libre interpretación. Ya me dirán ustedes qué les ha parecido y si he logrado mi objetivo: múltiples opciones. xP

¡Muchas gracias por leer!

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