EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO

(Fic de Shugaresugaru)

PORQUE LA REALEZA Y LA POBREZA LLEVAN LA MISMA SANGRE…” 

PREFACIO

El ambiente en la habitación real estaba cargado, los cortinajes con brocado parecían cansados y muy pesados; y los inciensos tenían ya un buen rato apagados, aunque el aroma dulzón aun flotaba en el aire denso, creando una nuble blanquecina en torno a la enorme cama blanca y dorada.

 

Los paños de lino blanco con arrugas más blancas aun estaban desparramados por todos lados, algunos goteando rojo. Las sábanas colgaban por el piecero de la cama, salpicadas en sangre tan roja que el contraste con el blanco inmaculado resultaba chocante.

 

Cinco figuras se inclinaban hacia el centro de la cama, con la vista fija en la princesa, que jadeaba, gemía y pujaba, ya totalmente exhausta.

 

El parto había resultado uno de los más complicados y difíciles que el doctor real había atendido en sus casi cincuenta años de profesión, y temía seriamente por la vida de la princesa y el vástago real que se negaba a nacer.

 

La figura más cercana a la princesa Simonetta de Hannover, era su madre, la cruel reina Lucila de Hannover, quien estaba acompañada por su demasiado joven dama de compañía Constanza, acompañadas por el doctor real y dos matronas. Ya hacía rato que habían sacado al rey y al príncipe debido a lo complicado del parto.

 

La princesa por su parte se encontraba tan cansada como aterrorizada al final de nueve largos meses y las constantes amenazas de su madre durante todo el embarazo la habían distraído y había olvidado que lo realmente difícil iba a ser dar a luz.

 

La reina le repitió hasta el cansancio durante los meses de la dulce gestación que las esperanzas de todo el reino recaían en ella y su próximo bebé, que se esperaba fuera un varón. Tanto los reyes como todo el reino tenían la mente fija en eso, aquella era la meta. Una hija en lugar de un hijo seria una desgracia para el reino, excepto para el príncipe y su esposa, a ellos les daba igual el sexo de su bebé, solo deseaban que naciera bien.

 

Majestad, puje una vez más— rogó  el médico, — creo que ya llegó el momento.

Una de las matronas había luchado por tratar de acomodar al bebé hacia el canal de parto y al parecer lo había logrado, así que la princesa guardó todo el aire que pudo en sus pulmones, dispuesta a liberar a su bebé y a ella misma de esa tortura, porque sabía que la criatura estaba sufriendo tanto o más que ella y con un gemido atorado en la garganta, empujó.

 

El grito de triunfo del médico seguido de un potente y penetrante aullido lleno de fuerza le indicó que todo había pasado, el bebé estaba fuera, y, al parecer, sano.

 

La reina se adelantó con avidez a mirar al bebé que se retorcía furioso en los brazos del médico real, y una sonrisa de satisfacción ilumino su rostro cetrino y pálido.

 

Felicidades Alteza, tiene usted un hermoso y muy sano varón.

 

Dichas estas palabras tan esperadas, la princesa se abandonó y cayó desmayada debido a tan tremendo cansancio y la pérdida de sangre.

 

Por su parte, la reina admiraba a su pequeño nieto mientras el doctor lo limpiaba y revisaba, anunciando que era un niño muy grande y sano, sin contar lo hermoso que era su diminuto rostro.

 

Las dos matronas ayudantes del médico estaban en la faena de limpiar a la princesa durmiente cuando una de ellas dejo escapar un ruido bajo, ahogado, como de terror, que hizo a todos los presentes voltear a verla.

 

En las sabanas teñidas de rojo yacía otro bebé, pálido y azulado, de una talla muy inferior a la de su recién nacido hermano.

 

Los ojos del médico se desorbitaron y el corazón de la reina se detuvo por un momento. Las respiraciones de todos los presentes se ralentizaron mientras el nuevo bebe hacía su primer movimiento al inflar  el pecho y dejar escapar un débil llanto.

 

Todos en la habitación se movilizaron después de aquel sonido ceceante, el príncipe mayor fue depositado en brazos de la reina mientras que el médico separaba al segundo bebé del cuerpo de su madre cortando con cuidado el cordón y miraba a la reina con miedo y una pregunta muda en los ojos, ¿qué pasará ahora?

 

La mente de la Reina era todo un torbellino. Jamás se había visto que nacieran dos príncipes ¿Cómo iba a ser eso posible?, no podía haber dos herederos y no los habría. Dirigió una mirada de desprecio a su segundo nieto que aun estaba inmóvil y débil envuelto en una manta ensangrentada en brazos del médico y entonces mirándolo tomó una decisión; recostó al príncipe mayor a un lado de su madre dormida y tomó en brazos al menor.

 

Constanza— llamó a su dama con voz queda, alejándose del lecho en dirección a la ventana y mirando hacia el crepúsculo que comenzaba a oscurecer los jardines.

 

Sí, Alteza— respondió con respeto la joven al acercarse a su noble ama.

 

Tómalo— dijo, mirando con una extraña mezcla de rencor y repugnancia al pequeño, —tómalo ahora— susurró, poniendo en sus brazos al diminuto príncipe —llévatelo y… arrójalo al rio— susurró sin el más mínimo remordimiento.

 

¿Majestad? — Preguntó la joven, aturdida por su nueva tarea — ¿… a-arrojarlo? ¿Asesinar al príncipe?

 

No habrá dos príncipes, además éste niño esta medio muerto de todas maneras, el único príncipe que habrá es el que duerme ahora junto a su madre. Llévate a este chiquillo y tíralo en el río, quiero que se hunda y no vuelva a salir a la superficie jamás— terminó y sin dirigir la mirada a su nieto menor ni a su dama de compañía, regresó donde el doctor mientras se envolvía mas en sus capas carmesíes.

 

Nadie, absolutamente nadie debe saber nunca de él y mucho menos mi hija— le susurró al médico real al oído —le daré una muy buena suma de oro a cambio de su silencio, las matronas serán ejecutadas al amanecer, para que no hablen, y mi dama de compañía es de confianza, ¿entendido?

 

El médico solo atinó a asentir y comenzó a recoger todas sus cosas.

 

Vete ya Constanza— mandó la reina sin mirarla —y trata de que nadie te vea.

 

La aturdida dama de compañía de la Reina corrió sin descanso por los pasillos desiertos del palacio con el bebé real fuertemente apretado a su pecho, cobijándose en las sombras y pasando desapercibida por los guardias, su cabello negro se fundía con el negro de la noche y sus ropajes oscuros la volvían prácticamente invisible. Solo se podía ver su rostro, un borrón blanco de alucinantes y atemorizados ojos grises.

 

Durante todo el camino desde el palacio hasta el río, el pequeño príncipe no produjo ruido o movimiento alguno, así que la asustada joven pensó que ya estaría muerto.

Llegó sin aliento a la rivera del río y con manos temblorosas despegó al pequeño de su cuerpo y decidió mirar por última vez su rostro.

 

Enorme fue su sorpresa cuando al retirar la sucia manta, un par de enormes ojos de avellana la miraron atentamente, unos ojos alucinantes, ribeteados por espesas y negras pestañas. Unos ojos confusos, inteligentes… inocentes.

 

El pequeño príncipe era un bebé precioso y diminuto, tan pálido que parecía hecho de luz de luna, con una abundante melena negra y espesa, aun pegajosa y llena de sangre.

Ella jamás en la vida había visto un ser tan hermoso y delicado aunque aun se encontrara levemente amoratado por la hipoxia, y supo también que jamás se atrevería a asesinarlo o causarle daño alguno. Y fue como si el príncipe también lo supiera porque en ese mismo instante el pequeño sonrió, dejando ver sus blandas y rosadas encías que no dejaban de moverse. Ella también sonrió y hubo una conexión profunda como los océanos, la certeza de que un amor profundo que desconoce limites acababa de nacer entre ellos dos, puro y limpio como una estrella.

 

Constanza efectuó la decisión, quizá la más importante de su vida. Criaría al niño como si fuera suyo, le amaría, lo protegería y le daría el amor que la cruel Reina le había arrebatado, ella lo haría feliz. Entonces levantó al pequeño hacia la luna llena que acababa de salir por entre las montañas y con los ojos cerrados le ofreció al niño para que lo cuidase y velase siempre por su salud y su bienestar hasta que fuera lo suficientemente mayor para reclamar lo que por derecho le correspondería. Y decidió darle un nombre real, un nombre fuerte, que fuera recordado; lo llamó William, pero para ella siempre sería Bill. Y se prometió a si misma que Su hijo algún día sería Rey.

 

El pequeño Bill parpadeó mirando hacia la suave y aterciopelada noche, las comisuras de sus labios se inclinaron hacia abajo y sus cejas se juntaron en un fruncimiento de ceño. Tenía hambre. Aunque estaba cómodo y calentito en los brazos de Constanza, solo supo que deseaba más calor, comida y luz, que es lo que quieren todos los bebés, así que chilló con fuerza y siguió llorando durante todo el recorrido hasta la diminuta casa de Constanza, casa que sería su nuevo hogar. 

&

En el Reino de Calabria todo fue celebración y felicidad, se organizaron fiestas, banquetes, bailes, reuniones, tertulias, todo en honor del nuevo príncipe. 

Los Reyes estaban pletóricos, la realeza, la nobleza y hasta la plebe festejó durante semanas la llegada de su nuevo soberano, la luz de la nación, quien fue bautizado pocos días después en una ceremonia con todo lujo y se le otorgo el nombre Thomas Von Kaulitz de Hannover, Su Alteza Real príncipe de Calabria. 

Todos festejaban, salvo la princesa Simonetta. Ella sentía en el fondo de su corazón que algo le faltaba, sobre todo cuando miraba a su hijo reír, patalear y pelearse con sus adornos no podía evitar sentir una tremenda melancolía, tan grande que cayó enferma y le fue diagnosticada depresión después del parto. Tal diagnostico fue entregado por el ahora millonario medico real y sus dudas y lamentos fueron apagados por la cruel reina.

 

Más vale que dejes esos pensamientos fuera de tu cabeza Simone, o terminaran por afectarte y afectarnos a todos, agradece que tienes un hijo sano y que gracias a  él heredaras todo el reino. — la reprendió tajante la reina mientras la princesa paseaba por la enorme habitación con su pequeño en brazos, quien dormía plácidamente.

Lo sé madre, tratare de despejarme, te lo prometo— dicho esto la reina se retiró y la princesa colocó al pequeño con rostro de ángel en la cuna forjada en oro y piedras preciosas, regalo de su abuelo el Rey Baltazar; después se dirigió con paso lento hacia su cama y lloró hasta quedarse dormida.

 

Inocentemente se convenció de las palabras de su doctor y se entregó en cuerpo y alma a su pequeño, hermoso y demandante príncipe, a su gentil esposo y a sus deberes como próxima reina de Calabria, honor que se le había otorgado al haber dado a luz a un varón, pero la tristeza que sentía siempre empañaría su corazón, aunque la escondiera detrás de los oropeles y  falsas sonrisas.

&   Continuará   &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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