Notas: Hola!! Ya está el capi, a decir verdad me costó y espero que me haya quedado bien y les guste, y ahora si que espero sus opiniones porque quede medio insegura :S en fin, cuídense mucho y besos a tod@s!
Capítulo 9: Más allá
Bill estaba más callado que un muerto y Tom estaba más callado que una tumba. Bien podrían haber sido partes del cementerio de lapidas grisáceas medio derruidas que estaba en el bosque detrás del castillo.
Ambos se sentían algo incómodos, se habían sentido así desde que, durante el desayuno en el cual Bill había perdido la cordura y Tom había intentado consolarlo, habían terminado devorándose la boca como un par de desesperados. Bill había sido el primero en reaccionar, en el mismo instante en que Tom había empezado a besar su cuello. Aunque cada terminación nerviosa en su cuerpo le gritaba a todo pulmón que se dejara llevar, terminó por separarse de Tom, quien después de eso también reaccionó, pero en ningún momento quiso romper el contacto con su cuerpo y eso Bill lo agradeció. Y así, por primera vez en su vida, Bill tuvo una comida decente y variada, repleta de cosas deliciosas y dulces.
Ahora, mientras comenzaba a caer la tarde, ambos caminaban sin rumbo por los alrededores del castillo, por petición de Bill, petición a la que Tom se había mostrado algo reacio, pues Bill aún estaba débil y dolorido, así que solo aceptó llevarlo hasta el lago.
El príncipe miraba sin ver el lago, justo en el punto donde Bill tenía la vista fija, pero lo miraba más a él. Bill lucía la mar de inocente, mirando con los ojos brillantes el lago, donde los dos majestuosos cisnes de Tom se paseaban solitarios mientras se llevaba a la boca distraídamente más cubos de chocolate. Había sido imposible mantener a Bill alejado de él.
— ¿Y dices que son tuyos?
— ¿Qué? — Tom estaba completamente distraído — ¿Qué cosa es mía?
—Los cisnes— Bill parecía nervioso de nuevo.
—Oh, esos… si son míos, me los regalaron cuando cumplí 15, no sé ni de donde los trajeron, solo los puse aquí y aquí han estado.
—Son tan elegantes— y de nuevo, igual que por la mañana, la voz de Bill se quebró, pero se recompuso antes de que Tom empezara a hiperventilar.
Mientras caminaban por los alrededores del palacio, todos los sirvientes, jardineros, ayudantes, incluso los visitantes los miraban con la boca abierta.
Les sorprendía ver al príncipe Tom, quien casi nunca salía de sus aposentos y cuando lo hacía, era para irse a cabalgar. Pero verlo caminar lentamente, acompañado de otro joven, vestido tan magníficamente como él, era algo muy extraño, y todos comenzaron a sospechar, sobre todo al ver de cerca al desconocido, que tenía exactamente los mismos ojos que el príncipe. Los rumores no tardarían en esparcirse como reguero de pólvora, pero ambos jóvenes parecían ajenos a todo.
—Cuéntame sobre tus padres— pidió Tom, mientras ambos caminaban sobre el puente de maderos que atravesaba el lago. Los tacones de sus botas resonaban con alguna especie nostalgia olvidada escondida entre las tablas.
El corazón de Bill se aceleró, ardía en deseos de ver a su madre pero el príncipe aun no lo dejaba marchar. Concentró su vista en el lago.
—Mi mamá es la mejor del mundo— suspiró con nostalgia— ella me enseñó todo lo que sé, y me sostuvo con su propio esfuerzo… ahora está muy enferma— y la familiar marea de sentimientos y tristeza se formó en el pecho de Bill— el médico dice que no tiene muchas esperanzas…
— ¿Te gustaría que el doctor Ferrer la viera? — ofreció Tom de inmediato.
—No… será mejor que no, debe costarte mucho dinero.
—El dinero no importa Bill… ¿y tu padre?
—No sé quién es, nunca lo conocí y cuando le pregunté a mamá, ella dijo que algún día lo tendría enfrente, pero no tengo ningún deseo de conocerlo, no me hace falta…—Bill sonrió tenuemente, sin alegría, no sentía ningún deseo por conocer al canalla que había embarazado a su madre y después la había abandonado— ¿y los tuyos?
Tom se tensó.
—Si he de ser sincero, no conozco a mis padres —Bill frunció el ceño en un gesto de interrogación —no me mires como si hubiese perdido la cabeza, me refiero a que no sé nada sobre ellos, siempre están viajando y haciendo cosas de viejos, no nos conocemos.
—Entonces ¿con quién te criaste?
—Principalmente con las niñeras y mi institutriz, y cuando cumplí doce años, preferí estar solo que mal acompañado.
Bill rápidamente cambió de dirección antes de que Tom se amargara.
—Oye ¿Qué se siente saber que vas a ser… ya sabes, Rey? — no se le daba nada bien fingir, esperaba que Tom no notase su patético intento de distracción.
—Esa pregunta es interesante—al parecer no lo había notado. Habían llegado hasta las puertas del palacio y se detuvieron un momento a mirar como el atardecer se desangraba sobre el cielo de Italia— cuando era un niño, era mi más grande sueño, ansiaba con todas mis fuerzas ser el rey para poder hacer lo que me viniera en gana— suspiró y entrecerró los ojos para ver mejor hacia el jardín— pero al crecer me di cuenta de que es una vida de esclavitud, mis padres no tienen tiempo ni de darme los buenos días y no es algo que quiera para mi futuro, quiero viajar, ser libre y hacer lo que me plazca.
—Tal vez no sea tan malo.
— ¿puedo preguntarte algo?
—Si…— Bill se tensó.
—Cuando te vi por vez primera, allá en la bahía— apretó los dientes al recordarlo— vi que tenías pintura negra en los ojos… ¿Por qué?
Bill sonrió, aquello era fácil de responder.
—Aunque creas que no soy un hombre por pintarme, no tiene mucho que ver con fines estéticos— dejó escapar una risa leve, musical y Tom se desesperó— leí que los antiguos egipcios lo hacían para reflejar la luz del sol… y como yo paso tanto tiempo trabajando al aire libre… en verdad ayuda bastante.
— ¿Sabes leer? —aquello descolocó completamente a Tom. Él tenía entendido que solo los nobles y la realeza podían estudiar, pero ahí estaba frente a él un chico que parecía muy bien educado.
—Claro… esto…—Bill recordó que su madre le llevaba las lecciones del palacio… así que sin duda habrían sido los libros de Tom los que lo habían instruido— mi madre me hacía estudiar de vez en cuando, ya sabes, decía que el estudio podría abrirme las puertas…
— ¿Qué tanto sabes? — Tom estaba muy interesado en saberlo, un chico como Bill no era un regalo de esos que se reciben a diario.
—Pues, estudié filosofía, arte, matemáticas, ciencias, física, biología, literatura, historia, economía y algunas otras cosas que leí por ahí.
—Pues vaya que eres toda una caja de sorpresas Bill—al final su voz envolvió su nombre en una caricia
Al escuchar sus palabras, Bill se estremeció sin saber por qué.
—Mejor subimos ya, tu aun estas débil— musitó Tom en voz baja y le sonrió a Bill, pero éste ya era un manojo de nervios ¿y si pasaba lo que había sucedido al medio día? No sabía si podría soportarlo de nuevo.
—Está bien— respondió con voz chiquita y ambos se adentraron en el castillo.
El vestíbulo era pura opulencia de mármol y gruesas tapicerías, un aparatoso esplendor de alfombras rojas y cuadros enormes. Tom pasó de largo sin apreciarlo en lo más mínimo, y Bill se sintió intimidado.
—Es demasiado ¿No crees? — le pregunto sin mirarlo.
Bill no respondió, había clavado la mirada en un cuadro enorme que dominaba toda la pared central. Era una enorme pintura al óleo, donde estaban los reyes plasmados por pinceles cansados, con sonrisas frías y ropas antiguas. La cara de la reina era pálida y cetrina, con profundos ojos azules, muy hondos y agotados, parecía tener la boca crispada, tratando de contener un grito de agonía. El rey, con su pesada corona dorada lucia aburrido. Si, aquella era la palabra, aburrido y hastiado, pero con una leve mirada despectiva, muy propia de la realeza. Su rostro era pálido y delgado, y Bill tuvo la sensación de que sus facciones le parecían muy conocidas. Delante de ellos había un niño enfurruñado, un niño de penetrantes ojos oscuros y cabello negro, vestido con la misma opulencia agotada y vieja y la inminente corona que le iba demasiado grande y que opacaba completamente el brillo de aquellos ojos oscuros y la frescura de su rostro enmascarado por la infancia.
—Odié cada minuto que pasé posando para ese ridículo cuadro— dijo Tom a sus espaldas y Bill lo miró directamente a los ojos.
— ¿Y porque lo hiciste entonces?
—Me obligaron, mi abuela quería que hicieran ese cuadro y como aún era la reina, no quedó de otra más que obedecer— Tom le obsequió a Bill una sonrisa malévola de aquellas que detenían latidos— en cuanto sea rey, quemare ese estúpido cuadro.
—A mí me gusta— mintió Bill
—Mientes— acertó Tom —tu voz se vuelve aguda, ya vámonos de aquí.
Bill siguió a Tom, pero se detuvo a la entrada de otro salón, mirando boquiabierto la araña de cristal de tres niveles que refulgía como miles de soles.
Definitivamente le gustaba más el ambiente de la habitación de Tom, con sus gruesas alfombras de colores claros, tan blandas como la nata, y la colosal cama blanca situada estratégicamente al centro de la enorme habitación. En cuanto llegaron, Bill se quitó las botas y hundió los dedos de los pies en sus cremosas profundidades y los movió perezosamente. Le gustaban los sofás enormes y mullidos como nubes, y se dejó caer en uno con ganas de ahogarse en él y no volver a salir jamás.
Tom se había quitado la camisa y las botas y anduvo hacia la terraza para mirar el lago, como hacía cada noche, sintiéndose extrañamente satisfecho y completo, como nunca antes se había sentido. La noche ya había caído, cálida y especiada y el aire tibio rozaba su pecho y agitaba sus trenzas casi imperceptiblemente. Abajo, alrededor del lago, los sirvientes ya habían colocado y encendido todas las antorchas, dándole un increíble resplandor anaranjado a la inmaculada y quieta superficie del agua, que de tan quieta parecía un espejo negro y profundo. Cogió una manzana dorada del frutero que estaba sobre la mesa y jugueteó con ella sin prestarle demasiada atención y regresó con Bill.
La iluminación de las habitaciones de Tom era más tenue y cálida, y Bill se sintió relajado, pero dejó escapar una exclamación de sorpresa cuando una bola de pelos de color blanco saltó a su regazo y comenzó a frotarse en su torso con roces sensuales.
—Vaya, al fin regresó— dijo Tom, sentándose en el lateral del sofá, junto a Bill y después explicó— ella es mi gata aura, pero va y viene cuando se le da la gana, es demasiado diva.
—Es muy linda, me gusta— dijo Bill mientras acariciaba los pelos finos como la seda de la gata y se mordisqueaba el labio nervioso, con anticipación. Podía sentir el ambiente cargado con una estática muy particular, tan vívida que le erizaba todos los vellos del cuerpo.
—Parece que le agradas también— Tom acercó la manzana a los labios Bill y éste la mordió gustoso, disfrutando de su granuloso sabor dorado intenso y siguió acariciando a la gata, pero se dio cuenta de que los ojos de Tom estaban clavados en él y sintió el llamear de aquella luz cobriza resiguiendo lentamente las líneas de su cuerpo, y cuando alzó la mirada lo único que vio fue la boca de Tom, sus labios entre abiertos y la punta rosada de su lengua, que parecía atrapada entre dientes muy afilados… y unos instantes después, Tom estaba sobre él, presionándolo con el calor de su cuerpo, trazando con las manos las líneas de su pecho, acercándolo a aquella boca, y Bill se dejó ir, pensando en si podría reposar en su lengua hasta terminar siendo engullido.
—Eres hermoso— le dijo Tom, hablando casi dentro de su boca.
—Tú también— respondió Bill y se le encogió el corazón.
—Me has embrujado— y volvió a besarlo apasionadamente.
Bill no tenía muy en claro por quésentía esa atracción tan fuerte hacia Tom, y aunque quisiera pensar en ello no podía, porque su sangre se iba poco a poco concentrando en un único sitio, un sitio que recibía atenciones especiales por parte del príncipe. Incluso sentía los brazos y piernas ya entumidos por la falta de oxigenación.
Tom pegaba cada centímetro de su cuerpo al cuerpo de Bill, cuidando de no hacer mucha presión sobre su costado herido y metía su lengua en la boca de Bill, persiguiéndolo por todos los rincones, tomando en control, dominándolo por completo y Bill solo dejaba escapar gemidos y gorjeos ininteligibles.
La temperatura se elevó varios grados, cubriéndolos a ambos con una fina capa de sudor, haciendo que sus pieles quedaran rociadas de gotitas tan frescas como la primavera. Tom le quitó la camisa a Bill de un tirón, la arrojó por sobre su espalda y contempló lo que tenia debajo de él. Solo la parte superior de su pecho, que se agitaba con cada inspiración, era visible por sobre el blanco inmaculado de las vendas, su cuello estaba tenso, marcado por los músculos y los huesos, sus hombros eran finos y anchos a la vez, el izquierdo adornado con una floritura rojiza y purpúrea en proceso de cicatrización. Su rostro era todo un poema. Los ojos brillantes, húmedos y oscuros como un par de ópalos, le miraban con deseo y vergüenza, las mejillas ruborizadas, los labios mojados, rojizos y entre abiertos, y la cascada de cabello negro esparcida desordenadamente sobre sus hombros, hacían de su rostro algo ridículamente bello.
Tom se volvió a inclinar y besó nuevamente aquellos labios, frotando y reclamando con su lengua todo el espacio disponible. Menos mal que aquellos sofás eran tan amplios. Con sus manos reseguía delicadamente los hombros de Bill, hasta llegar al comienzo de los vendajes. Los comenzó a aflojar poco a poco, esmerándose en rozar la mayor cantidad de piel que tuviera a su alcance y después dejó escapar una risita, al notar la impaciencia de Bill, que se retorcía ansioso debajo de él…
Bill no fue muy consciente del momento en el que su pecho estuvo completamente desnudo, estaba tan excitado que comenzó a sentirse un poco mareado y cuando Tom volvió a besarle, devolvió el beso con apasionamiento.
—Tom…—susurró Bill mientras Tom besaba su garganta, su pecho y la tira de piel inmensamente suave que se combaba debajo de las costillas. Después sintió la humedad de sus labios besando con ternura cada uno de los morados, hasta el más diminuto cardenal y las cicatrices que adornaban su talle. No podría haber imaginado un amante mejor ni aunque le hubiesen regalado los planos.
En algún recoveco olvidado de su mente cantaba una vocecilla insidiosa y molesta, recordándole que habría problemas si se dejaba llevar, pero Bill decidió ignorarla cuando sintió las manos calientes de Tom colarse debajo de su pantalón.
Las manos de Bill se enredaron en su cuello de forma inmediata y se pego completamente a él, nervioso y asustado.
— ¿Nunca has hecho esto antes?
Bill negó con la cabeza, se sentía perdido dentro de la ardiente mirada de Tom.
—No… nunca… con-con nadie.
—Tranquilízate, también es mi primera vez— “con un hombre” pensó Tom, y con el mínimo esfuerzo cargó a Bill y lo llevo hasta su gigantesca cama, depositándolo con cuidado sobre ella y después acomodándose sobre él, con las rodillas apoyadas sobre las sabanas, a sus costados.
Bill respiraba con jadeos dificultosos y movía las manos sin parar, queriendo asirse de Tom para encontrar la seguridad que había anhelado toda su vida.
Tom volvió a besarle, podría pasar toda su vida besando aquella boca y no se cansaría. Bajó lentamente por su cuello y mordisqueó delicadamente el pezón derecho de Bill, mientras su mano se colaba nuevamente por debajo del cinturón, hasta toparse con una temblorosa masa de calor derretido. Bill se arqueó, poniéndole a tiro su cuello largo y blanco. Tom le mordió, con la suficiente fuerza para hacerle daño, pero antes de que la presión pudiera hacer brotar la sangre, Bill dejó escapar un leve lloriqueo y Tom le liberó para volver a besar su boca.
—ahh…n-no—las manos de Tom habían empezado a bajar lentamente los pantalones de Bill, pero éste se resistía.
—Confía en mi… nunca te lastimaría— la voz que hablaba en su oído era perezosa y fluida y Bill entrecerró los ojos, sintiéndose totalmente avergonzado en cuanto Tom lo desnudó por completo. Se sentía expuesto y por un leve momento tuvo auténticos deseos de huir. En lo más profundo de su alma, donde se guardan los sentimientos que no se quieren recordar, sabía que saldría herido y mal parado de aquella situación, pero antes de que pudiera hacer caso sus impulsos, Tom volvió a reclamarle, con besos ansiosos y apasionados.
—No… yo nunca— Bill no sabía ni que decir, y se quedó completamente mudo cuando Tom se deshizo de su propia ropa con dos movimientos rápidos y fluidos. Jamás, ni es sus mas locos sueños imaginó que estaría así, desnudo, observado, y siendo el motivo de que el mismísimo príncipe heredero se encontrara sobre él, restregando su tiesa entrepierna sobre la suya, besando toda la piel disponible que tenía a su alcance, ahogando jadeos y gemidos roncos en la piel de su pecho.
—Ya lo sé— el cálido aliento de la boca de Tom bailoteó sobre el ombligo de Bill cuando habló —no tengas miedo— y después subió y volvió a besarle los labios, reteniendo el inferior entre sus dientes, justo en el momento en el que su mano se cerró alrededor del miembro erecto de Bill y comenzó a apretarlo, subiendo y bajando.
Para Tom, aquello habría sido total y completamente repulsivo, pero con Bill… con el no era asqueroso, era más bien alucinante y mil emociones nuevas bullían en su pecho. Lo quería para él, únicamente para él. Se había convertido en lo que más había querido tener durante toda su vida, y ahora que lo tenía no lo iba a dejar ir tan fácilmente. Disfrutaba el modo en el que Bill arqueaba la espalda y entre abría la boca, presa del gusto y del placer que su mano le brindaba, totalmente a su merced, y disfrutó más aun de sus quejiditos y lloriqueos en cuanto llevó la mano a su entrada y comenzó a ahondar en aquella cavidad tan caliente y estrecha, al principio con un solo dedo.
—Ahh… ¡Tom! — Bill apenas podía contenerse, le arañaba el cuello y se mordisqueaba los labios, inquieto. Quería moverse, quería saltar sobre algo, entonces, cuando los tres dedos que Tom retorcía en su interior rozaron un punto escondido en lo más profundo de su cuerpo, su boca se abrió completamente y un hilillo de saliva se escurrió de sus labios— ya… házmelo… Tom…
Bill no fue consciente de sus palabras, ni de lo que éstas podrían desencadenar, solo supo que quería que Tom siguiera besándolo, que lo abrazara con más fuerza y que pudiera perderse dentro de él, y que se sintió reventar de alegría cuando el príncipe lo giró sobre sí mismo, le abrió las piernas y lo hizo, pero en cuanto el miembro de Tom se clavó en lo más profundo de su ser, solo sintió una aguda punzada de dolor e incomodidad y quiso que todo terminara rápido.
Para el príncipe, fue la gloria profanar aquel sitio estrecho y caliente, tuvo que apretar los dientes y concentrarse para no correrse en ese mismo instante. Sin embargo pudo notar que Bill no lo estaba disfrutando, por el modo en el que apretaba la mandíbula y tensaba el cuerpo. En otras circunstancias, tratándose de otra persona, como el par de mozas que habían pasado antes por su cama, no le habría importado si sufrían o no, pero en cambio ahora era diferente, Tom quería que Bill disfrutara con él, y fue por eso que se movió con lentitud y cuidado, no quería lastimarlo y además tenía muy presente que el cuerpo herido de Bill estaba en proceso de curación.
Quizá por esa razón actuó con esmero, inclinándose sobre la espalda de Bill, besando cada protuberancia marcada por sus huesos de marfil, acariciando su nuca con la frente, deslizándose lentamente dentro y fuera de él, con la mayor precaución posible.
Bill dejó de sentir dolor en el mismo instante en el que la mano de Tom volvió a posicionarse alrededor de su miembro erecto, subiendo y bajando sobre él de manera lenta al principio y rápida después, marcando el ritmo justo de cada profundo movimiento que sentía. Echo la cabeza hacia atrás, recargándola en el hombro de Tom, abrió la boca y dejó escapar un borbotón de suspiros y gemidos, que se mezclaban con los jadeos roncos y ahogados del príncipe.
Bill lo sintió primero que Tom. Una explosión de calor abriéndose paso desde su bajo vientre, escalando en espirales de placer por su columna vertebral.
Se fusionaron en uno solo, uniéndose como algo más profundo que un par de simples amantes. Sólo la luna fue testigo: un par de hermanos con la misma alma que al final, después 18 años se volvían a unir en una sola, aunque ellos no lo supiesen. El menor gritó. Las sabanas quedaron llenas de su semilla, y Bill sintió como sus entrañas se contraían y que algo dentro de él estallaba y se humedecía, y que el semen de Tom olía como los altares…
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Unas horas después de que los hermosos gemelos se hubieran quedado dormidos debajo las sabanas, uno junto al otro, después de gozar en su burbuja privada, Constanza abrió los ojos hacia el techo oscuro y descascarado de la casa de Georg.
La habían llevado ahí la noche anterior, cuando sus dolores se volvieron tan insoportables que habían tenido que administrarle un brebaje hecho a base de láudano y opio directamente en las venas por orden del médico.
Pero esa noche estaba lúcida y no tenia dolor, solo tenía ganas de ver nuevamente a Bill, ella sabía que con suerte sería la última vez que contemplaría el rostro de su hijo con aquellos rasgos tan dulces, elegantes y delicados.
—Georg— llamó con voz cascada una sola vez, y Georg pareció materializarse de la nada a su lado— por favor, trae a Bill… necesito a Bill…— su repentino y fugaz vigor comenzaba a apagarse. —…Bill… tráelo…a Bill…
—No te agites, lo traeré cuanto antes— le prometió y se esfumó tan rápido como había llegado. Era la oportunidad que Georg había estado esperando para ir y rescatar a su mejor amigo de las garras del príncipe, había algo en su mirada que no le inspiraba nada de confianza.
Constanza necesitaba revelarle la verdad a Bill cuanto antes, o de otro modo quedaría desamparado y despojado de sus derechos de nacimiento de por vida, pero Constanza sabía que iba a ser extremadamente difícil que Tom soltase a su hermano después de haberlo encontrado. Nadie mejor que ella conocía el carácter celoso, posesivo y destructivo de Tom. Recordó vagamente el rostro del gemelo mayor, lo había visto por última vez hacia casi dos años y al verlo su corazón se había vuelto pesado como si fuese de plomo. Los huesos de la cara de Tom eran como una máscara perfecta y levemente cruel, tallada a partir de una enorme piedra preciosa, el rostro de un aristócrata. Su piel no tenía el más mínimo defecto, salvo por una leve sombra de malevolencia escondida en el fondo de sus pupilas, y al recordarlo sus temores por la seguridad y el bienestar de Bill se acrecentaron. Si la verdad no era revelada a tiempo, el menor de los gemelos estaría totalmente perdido, tal vez para siempre…
& Continuará &