Capítulo 5: Primer encuentro

¿¡QUE VAS A QUE?! — tronó el príncipe Andreas, negándose a creer lo que Tom le relataba; incluso se había mareado y había tenido que sostenerse de la mesa de mármol blanco que estaba en el cuarto del príncipe. El florero encima de esta se tambaleó peligrosamente.

Pues lo que oíste Andreas, que mis padres vinieron con el cuento de que estoy comprometido con una mujer que en mi maldita vida he visto, y que en un año debo ser un viejo anquilosado y estar casado— respondió el príncipe mientras miraba al rubio con advertencia. El florero era regalo de su abuela y pudo estabilizarlo antes de que se hiciera añicos contra el suelo.

¿Pe-pero con quien? — demandó Andreas aun sin podérselo creer, es que no podía ser posible, jamás podría hacerse a la idea de un Tom casado, un Tom con esposa, besándola, abrazándola y haciéndole el amor cada noche, simplemente no podía y no iba a permitirlo. La resolución brilló salvaje en sus ojos claros.

Ya te dije, ¿eres anormal? Es más, ni me acuerdo del nombre ridículo que tiene, algo iba del hambre…ambrosia, hambreada o algo así y no me importa— Tom había caminado hasta su terraza y con los codos apoyados contra el barandal de piedra caliza miraba distraído hacia el horizonte. La ominosa capa ondeaba libre al viento y sus ropajes negros llenos con adornos en plata le conferían un aspecto casi irreal.

Andreas reprimió las ganas de abrazarle y se colocó a su lado.

¿y no puedes zafarte? Digo ¿Qué tal si te rehúsas o algo así? — habló más para sí mismo que para Tom pero éste de igual manera le respondió.

No puedo, o vendrá de nuevo mi Padre con su maldita canción de que él es el Rey y mil insensateces más y no podre hacer nada, hablar con él es como hablar con un maldito muro.

Tom se sentía aun frustrado y molesto, no había salido de su habitación desde que el día anterior sus padres le hubiesen arreglado, -o desarreglado- la vida. Solo había atinado a mandar un mensajero para que le trajera a Andreas, el único con el que realmente podía desahogarse.

Venga Tom, no pensemos mas en eso. ¿Qué tal si vamos a cabalgar? Así te distraes y sales de aquí porque ya hueles como a muerto— se burló y recibió un puñetazo en el hombro por parte de su amigo. Además el también necesitaba distraerse o se terminaría por arrancar a puños su melena rubia.

Y tú apestaras a rosas ¿no? Rubio pollo, anda vámonos— a Tom le agradaba la idea de salir a cabalgar, quería ir a la playa y ver como las olas salvajes se envolvían en sí mismas y se reventaban contra las rocas cortantes y puntiagudas de la playa de Torrino. Quiso ser una ola para poder ir y venir a su antojo sin que le dijeran como vestir o a donde ir, incluso a quien debería entregarse en cuerpo y alma aun sin conocer a dicha persona.

Vámonos entonces— saltó Andreas, contento mientras seguía la gallarda caminata de Tom. En comparación, el rubio parecía un cachorro feliz de que su amo se decidiera a jugar con él. En cambio la expresión de Tom era del más puro hastío pero el rubio ni lo notó.

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Bill se había hundido tanto en las frías olas que su trasero tocó la arena. Se imaginó que estaba dentro de las fauces de un monstruo furioso, el cual iba a engullirlo de un momento a otro. “Pero no lo harás” se dijo y se impulsó a la superficie, y en cuanto asomó la cabeza, otra ola gigantesca reventó en su cara volviendo a enviarlo al fondo y despachando un chorro de ardiente agua salada que bajó quemando por su garganta. El mar de la costa de Torrino estaba enfadado.

Como odiaba que le sucediese eso, si Georg no se hubiera puesto a jugar como un niño de 5 años el podría haberse clavado en las entrañas de la ola pero no, ahora él castaño iba a ser responsable de su trágica muerte… Bueno, quizá estaba dramatizando un poquito porque él era un experto nadador, solo le fastidiaba luchar con esas olas caprichosas e inquietas. “Las mujeres deben ser igual que las olas” se dijo y no supo de donde había sacado aquello y como no quería seguir pensando estupideces nadó con gracia y destreza, sonriendo hacia las azules profundidades, hasta que salió trotando a la playa, con sólo unos pantalones cortos pegados a sus atléticas piernas y el pelo mojado chorreando gotitas saladas por todo su cuerpo. Era una visión que hubiera detenido el corazón de los mismísimos Dioses del Olimpo.

Para aumentar su enojo, el castaño que lo había acompañado desde que pudo sostenerse en pie, el de ojos alegres que le recordaban a un par de esmeraldas brillando en una montura de plata, el fortachón que lo protegía cuando era más niño: su mejor amigo Georg, estaba revolcándose en la arena, presa de unas carcajadas tan potentes que hasta los ojos le lagrimeaban. Tenía el cuerpo totalmente blancuzco por la arena que se le había pegado a la piel húmeda y el cabello enredado.

 

¡Deja de reírte marmota! — Gritó Bill, sintiéndose ofendido —por tu culpa casi muero ahogado ahí dentro— chilló.

Oh vamos Bill, tú no te ahogas ni aunque yo te hundiera la cabeza por cinco minutos— hipó entre risitas ahogadas— además hubieras visto tu cara cuando la ola te cayó en la cabeza, ¡fue de época!

Así meteré yo tu cabezota pero en la letrina de mi casa— amenazó al castaño con voz trémula. Decidió ya dejarlo pasar y se arrastró hasta la arena seca de la playa. Tanto luchar contra las olas lo había dejado completamente agotado y se tendió cómodamente. Los rayos del sol impactaban en su blanca piel y secaban lentamente las gotitas que danzaban traviesas sobre su pecho. El aire caliente acariciaba sus parpados cerrados y enviaba mechones de sedoso cabello negro hacia su nariz, mechones que Bill apartaba haciendo gestos, pues le hacían cosquillas.

Pensó en su madre, ella siempre ocupaba gran parte de su mente. La había dejado durmiendo –últimamente solo dormía- después de administrarle el medicamento que el  médico había ordenado y a que Bill tanto le había costado conseguir,  pero no le importaba trabajar hasta que las manos le sangraran, lo hacía gustoso porque esa pasta dulzona y pegajosa -a la que llamaban morfina- hacia que su madre pudiese dormir y dejara de gritar.

No supo en qué momento se quedó dormido, solo fue consciente de que Georg, tendido a su lado ya llevaba un buen tanto roncando. Nunca se percató del par de jinetes  vestidos con finas sedas y terciopelos que cabalgaban hacia ellos a paso lento.

 

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Tom y Andreas atravesaron el pueblo sin prisa alguna, cada quien sumido en sus pensamientos. A Tom le relajaba en sonido de los cascos de su enorme caballo negro contra las piedras. Le parecía que nada podía escucharse mejor y siempre se aseguraba de que su animal estuviese en perfectas condiciones. Adoraba a su enorme corcel negro al que había llamado Aquiles.

La guardia de Tom los seguía a una prudente distancia, atentos a cualquier situación que pusiera en peligro a los jóvenes nobles.

Mientras avanzaban, los habitantes del pueblo los reverenciaban cayendo rodillas en el acto con la cara al suelo y los brazos estirados al frente. Andreas se ufanaba al verlos así de sometidos. A Tom no le interesaba en lo más mínimo, ni siquiera los miraba. Su mente trabajaba a mil por hora maquinando ideas para zafarse de la ridícula boda que se le avecinaba. Un escape, un homicidio, fingir una enfermedad, tal vez ir con su abuela… pero desechó en el acto la idea, pues si lo hacía seguramente rodarían muchas cabezas en el palacio –literalmente hablando pues la anciana ex reina no había perdido su sadismo con el paso de los años- y con esas ideas rondando su cansada mente llegaron a la costa y caminaron a la orilla de la playa.

Su caballo Aquiles bufaba cada vez que sus patas se hundían en la arena húmeda y Tom le dedicaba palabras de aliento al animal, acompañadas de suaves caricias para que no se desanimara, pero a la octava vez que sucedió, Tom decidió detenerse un momento para darle un descanso, de modo que Andreas se le adelantó unos metros. Los 8 jinetes de la guardia de Tom se detuvieron detrás de él.

Por su parte, el rubio príncipe también pensaba en el compromiso de Tom. Estaba molesto y se desquitaba hasta con las piedras que se le cruzaban al frente y acicateaba a su caballo castaño sin compasión alguna.

 

Majestad— saludó un pescador mientras bajaba una red llena de peces de su bote, Andreas le dedicó un asentimiento distraído y siguió su camino.

Vaya, vaya, vaya, pero que tenemos aquí— suspiró y se detuvo al ver a dos jóvenes con ropas harapientas tendidos cómodamente en la arena. Uno era fornido y grande, con cabello castaño y facciones muy marcadas; el otro era delgado y blanco, con una brillante cascada de cabello negro que estaba desparramada por la arena y un rostro en calma que era perfecto, algo que Andreas no podía soportar y la envidia llameó ardiente y roja por su pecho.

De rodillas— les ordenó a las dos figuras dormidas y ninguna reaccionó al estar sumidas en un profundo sueño. Se le calentaron los ánimos y desmontó.

¡DE RODILLAS DIJE! —grito a todo pulmón y pateó a Bill sin piedad en las costillas desnudas obteniendo como respuesta a un joven que se despertaba de un salto, presa de un dolor punzante y se retorcía por la arena. Andreas sonrió.

Parece que solo así aprenden ustedes, ratas infelices— habló con voz afilada, peligrosa.

Georg había despertado y se había levantado de un salto, dispuesto a atacar como una pantera, pero al ver al rubio príncipe había caído de rodillas ante él, aunque no perdía de vista ni un segundo a Bill, quien aun se retorcía en su agonía y no se había postrado aun.

Tú, pelinegro ¿es que no escuchas? dije de rodillas al frente— volvió a repetirle pero Bill ni siquiera lo escuchó. Apenas podía meter suficiente aire a sus pulmones cuando otro golpe, otra punzada, lo quemó a través del torso. Andreas lo había vuelto a patear y con bastante saña además, y en esta ocasión un líquido caliente empezó a pringarle el costado. Al patearle, el rubio príncipe había hundido la punta dorada de su bota entre la suave carne que separaba las costillas de Bill, haciéndole una herida muy profunda y bastante aparatosa.

 

Los ánimos de Georg se caldearon y deseó poder saltar encima del príncipe sádico y estrellar su cara contra las rocas hasta que los ojos se le botaran de las cuencas y se le borrase esa maldita sonrisa del rostro, sus dientes rechinaron por el coraje.

Bill jadeaba y reprimía los aguijonazos del dolor. Había logrado colocarse sobre sus rodillas y se había abrazado el torso con ambos brazos para contener el dolor y la hemorragia. Respiraba trabajosamente inclinado contra la arena y ésta se le metía en la boca y la nariz y le picaba los ojos. “¿Pero qué clase de cobarde despierta a patadas a alguien que no le estaba haciendo nada?” pensó y el mismo se respondió en menos de dos segundos “la realeza Bill, esos asquerosos príncipes mimados son los que lo hacen” y entonces levantó el rostro para mirar mejor a su agresor con sus ojos de felino. Se topó con un par de pupilas azules, frías como el hielo y un rostro que sonreía maniáticamente. Casi en el acto reconoció al príncipe que el día anterior había estado a punto de pisotearlo con su caballo. El príncipe Andreas. Pensó en defenderse, en responder, total, al fin podría poner en práctica todo lo que le había enseñado el general Takeshi, un soldado de la elite japonesa, retirado, que había llegado a las costas italianas hacia muchos años en busca de un retiro tranquilo, y que había accedido a enseñar a Bill a defenderse cuando era un niño–nunca a atacar- por petición de Constanza, para cuando le fuera necesario, y vaya que era necesario en esa ocasión, pero al sentir que las costillas le ardían como si tuviese una llama dentro, supo que no podría esquivar ni un solo golpe.

Andreas se acuclilló frente a Bill y acercó su rostro al del pelinegro, mirando las gotas de sudor que le resbalaban desde las sienes hasta el cuello. El dolor debía estarlo matando y eso le agradó.

 

¿Te duele, pelinegro? — preguntó con sorna y le asestó un puñetazo en el pómulo izquierdo. Bill se tambaleó pero logró sostenerse sobre sus rodillas. También sintió correr la sangre por su cara. Además del dolor del golpe, las sortijas que portaba el príncipe en los dedos le habían abierto algunas heridas en el rostro.

Te pregunté algo, maldito miserable, si no me respondes volveré a hacerlo y puedo estar así toda la tarde— le dijo con voz suave y se levantó para volverlo a patear. Esta ocasión fue de lleno en el pecho y Bill fue arrojado sobre su espalda contra la arena y el aire fue expulsado de golpe de sus pulmones. Comenzó a ahogarse.

¿Sabes? incluso te vez cómico así ¿no lo crees tú, castaño? — Pregunto apoyado en una rodilla, mirando a Georg quien temblaba de rabia e impotencia —vaya otro que no responde, ¿es que no tienen lengua?… da lo mismo, me encargaré de ti después de educar a este pesado— amenazó a Georg y se acercó a Bill, quien yacía tendido de espaldas al suelo e intentaba con todas sus fuerzas jalar aire hacia sus pulmones.

¿Sabes qué guapo? Tu rostro es bonito, quizá demasiado y eso aquí no está permitido, así que vamos a arreglarlo cuanto antes, además el rojo te sienta, estas demasiado pálido, yo te ayudaré— ofrecía y desenvainó su daga familiar, la que había pasado seis generaciones en su familia. Era un cuchillo largo y afilado, el pomo y el nudo central eran de oro solido y estaba adornado con piedras preciosas. —Es bonita ¿no? Con ella podre arreglarte un poco, tal vez te saque un ojo o amplíe tu sonrisa hasta la oreja, además, quien te viera, si no tuviera a la vista tu pecho plano y flacucho pensaría que eres una de esas prostitutas baratas de la taberna del centro, ¿Qué clase de hombre se pinta los ojos? — le comentó a Bill, como si fueran grandes amigos y se rio al ver la expresión de completo terror que desfiguró las facciones del chico cuando acercó la punta reluciente del cuchillo a su ojo derecho, donde el agua salada había corrido a medias su maquillaje negro.

Georg comenzó a temblar de verdadero pánico. Sabía que el rubio iba enserio y que no podría hacer nada mientras torturaban y desfiguraban a su mejor amigo ante sus ojos. Pensó e incluso se decidió, si herían a Bill con ese cuchillo el saltaría sobre el príncipe y lo mataría, aunque fuera a la horca por eso, y estaba a punto de hacerlo cuando vio que se acercaba por la playa otro caballo de potentes patas negras y crin larga y brillante.

Andreas— habló Tom, aburrido—, Aquiles se lastimó una pata, deja lo que sea que estés haciendo y vámonos.

Georg levantó la vista un momento y vio a su soberano sentado sobre la silla de su caballo. La expresión de su rostro era de profunda apatía, había apoyado una mano en el cuerno de la silla y miraba hacia abajo con los ojos entrecerrados y una mueca de preocupación le nublaba el rostro.

Vete tú Tom, lleva a tu caballo a los establos, yo después te alcanzo— respondió Andreas con voz excitada. Ya se había sentado sobre el desnudo pecho de Bill y estaba a punto de comenzar con su sadismo…

Tom estaba fastidiado, le molestaba esperar a que Andreas terminase de atormentar a los pueblerinos y estuvo a punto de seguir su consejo y retirarse, pues sabía que si Aquiles se rompía la pata tendría que sacrificarlo, y si eso sucedía, bueno, seguramente el reino entero ardería en llamas, pero entonces se fijó en Georg. El castaño temblaba, tenia los verdes ojos abiertos y anegados en agua, “en agua amarga” pensó Tom y le extrañó, pero lo dejó pasar. Aun no había visto el rostro del otro chico, pero tampoco es que quisiera verlo, solo quería irse de ahí.

Oye Andreas, que estás haciendo ¿Por qué torturas a este par de campesinos? — le preguntó y la curiosidad salió a flote.

Estaban dormidos cuando deberían haber estado de cara contra el suelo y sabes que no tolero esas faltas de respeto— le respondió mientras hundía la punta de su daga en el hombro desnudo de Bill. Pensó que el pelinegro gritaría o chillaría, pero ningún sonido salió de su boca, se mantenía digno incluso al borde de su tragedia y eso le molesto más, si cabía.

Ya basta Andreas, en verdad ya deseo irme— presionó Tom, algo incomodo, pues una pequeña multitud se había reunido y observaba nerviosa los censurables actos del príncipe Andreas.

Que te vayas tú, Tom, yo después voy— dijo impaciente y tras decir esto volvió a reírse inclinándose hacia atrás, lo que permitió que Tom obtuviera una vista panorámica del rostro ensangrentado de Bill.

 

Y entonces algo sucedió. El príncipe Tom reaccionó de inmediato, como si dentro de él hubiera un interruptor que esperaba por ser accionado, una palanca que esperaba ser accionada, que había esperado ahí durante dieciocho años, estática y aburrida y que al fin había sido encendido y accionada al contemplar las asombrosas pupilas de caramelo derretido incrustadas en ese rostro sangrante. El joven príncipe sintió un deseo tan urgente como ridículo de protegerlo, un deseo que se mezclo en proporciones iguales con las ganas de venganza. Supo que tenía que salvar al campesino, era lo único que tenía en claro, lo demás se transformo en nada. Volvió a ser un niño, un niño pequeño que lo tiene todo y que a la vez no tiene nada, pues aquel rostro pálido y perfecto lo había eclipsado por completo, dándole a entender que a pesar de tener un reino entero a sus pies, no tenía nada.

Saltó de la silla de su caballo con rapidez y separó a Andreas de Bill propinándole al primero un violento empujón. Los guardias desenvainaron sus espadas y aguardaron la orden que nunca llegó.

 

¿Pero qué demonios…?—El rubio trastabilló en la arena, completamente sorprendido. Por un breve momento pensó que había sido el castaño y se volvió con la daga en alto, pero grande fue su sorpresa al toparse de frente con la alta figura de Tom, y aun más se sorprendió por la expresión en el rostro de Tom. Sus ojos ardían con una luz salvaje. Tom le alzó en vilo meneándolo con una violencia tan despreocupadamente brutal que su cuello crujió y después lo arrojo a la arena.

¿Qué rayos te pasa Tom? — chilló el rubio, desconcertado. La daga se le había resbalado de las manos dejando de ser un factor clave en la ecuación.

¿Qué rayos te pasa a ti Andreas? — Respondió Tom a voz en grito — ¿Quién te crees que eres para venir y atormentar a mi reino? ¿Con que derecho golpeas a este chico de esta forma? Que no se te olvide que estas en mi reino y si alguien va a aplicar castigos aquí, seré yo. Ya bastante soporte tus infantilerías, pero esto no te lo voy a pasar— y lo alejó de un empujón, asqueado. —ahora lárgate— le espetó a un herido príncipe —y Andreas, cuando digo lárgate, me refiero a que te esfumes, no quiero verte cuando regrese a mi palacio, ándate a Sicilia y no vuelvas, que ésta vez no te buscaré— terminó el príncipe Tom y Andreas subió a su caballo con la poca dignidad que le quedaba –y es que la arena que tenia embarrada en el cuerpo por el empujón de Tom le había dado, le había quitado todo el orgullo- y partió a todo galope.

Bill, Georg y todas las personas que contemplaban el hecho se habían quedado a cuadros, aunque Bill no captaba muy bien, pues oía un rugido grave e intenso dentro de su cabeza y tenía nauseas. Aprovechó el momento que le había regalado el príncipe para hacer un rápido recuento de sus heridas. El pecho le dolía bastante, sobre todo al respirar; el hombro donde el acero de la daga le había herido le ardía, sentía la cara desfigurada e inflamada pero lo que más dolía eran las costillas, estaba seguro de alguna estaba rota. Jadeó al intentar incorporarse y no lo logró. El dolor lo había paralizado en su sitio.

 

Estate quieto Bill— le convino Georg al oído con voz muy baja mientras se inclinaba sobre él y le presionaba el costado con sus grandes manos— no te muevas aún, en unos minutos te sacaré de aquí, parece estos chiflados ya se van —y Bill agradeció enormemente aquellas palabras, aunque fue solo por 5 segundos, pues vio a otra figura oscura que se acercaba a él, y resignado cerró los ojos, esperando recibir la siguiente retahíla de golpes. Pero los golpes no llegaron y abrió lentamente los ojos.

Tom se había arrodillado a su lado, haciendo retroceder a Georg, y Bill contempló por unos momentos las pupilas que tenía tan de cerca. Eran unos ojos cálidos, de color tan claro que parecían bronce derretido y no sabía de donde le parecían tan familiares. Después se puso nervioso en el acto al recordar quién era él y quien era la persona que estaba a escasos dos palmos de su cara con el rostro distorsionado por la preocupación y la pena. Jamás pensó que así conocería al príncipe Thomas y se ruborizó completamente, haciendo que sus heridas sangrasen más, pero no prestó atención, sus ojos seguían clavados en el rostro de Tom; su aroma fresco lo embriagaba, su cuello fuerte lleno de venas, la piel color canela. Deseaba estirar la mano para sentir la textura de su rostro, para ver si era tan suave como se notaba, pero fue prudente y no se movió.

Tom apenas podía soportar mirarle, estaba tan enojado que se preguntó porque no había comenzado a escupir fuego por la boca. Pensó seriamente en reunir a su ejército y declararle la guerra a Sicilia; después sacudió la cabeza.

 Miró el cuerpo del pálido chico con los dientes apretados: su costado manaba sangre, tenía el rostro golpeado e inflamado y más sangre rezumaba por su hombro, la arena estaba teñida de rojo. Cerró los ojos y su boca se convirtió en una línea fina.

 

¡TU! — Gritó hacia uno de sus guardias— dame un pañuelo, algo ¡lo que sea! — pero el guardia tardaba mucho y Tom recordó que en el bolsillo interior de su capa estaba su propio pañuelo de seda y lo sacó en el acto para presionarlo en la mejilla de Bill, no sabía cuál de sus heridas cubrir y solo atinó a colocarlo en su cara.

Lo siento… mira como te ha dejado…— murmuró en voz baja al ver que Bill contraía la cara en un rictus de dolor, y puso más cuidado al limpiarle la sangre seca y la pintura corrida—presiona aquí—le dijo deteniendo el pañuelo sobre su mejilla y Bill obedeció sin despegar su vista de Tom. Lo miró levantarse y tirar de los lazos que sujetaban la capa de terciopelo a su cuello, quitársela y hacerla una bola negra con la cual le presionó el costado que sangraba. Bill dejó escapar un jadeo ahogado por el dolor pero lo aguantó al ver la expresión torturada de su príncipe.

N-no… majestad—tosió y el dolor llameó por su cuerpo— no es necesario… e-estoy bien—tartamudeó e intentó levantarse ignorando el tremendo dolor que le carcomía las entrañas “cojones ¿cuánto tardare en reponerme?, debo trabajar” pensaba mientras se esforzaba por ponerse en pie, pero un par de manos fuertes y muy calientes lo obligaron a tenderse de nuevo. Supo que ese toque no era el de Georg, porque cuando Georg lo tocaba no encendía cada terminal nerviosa de su cuerpo, ni sentía estremecerse los bordes de su cordura.

Mejor te quedas ahí un momento— le recomendó Tom, pues se inquietó al ver como su torso empezaba a colorearse con una gama de colores que iba desde el tono morado lila hasta el púrpura profundo— quizá tengas alguna fractura.

Bill iba a protestar pero la mirada que le dedicó el príncipe lo hizo callar. Los rasgos de Tom estaban contrariados, tenía el ceño fruncido y miraba hacia todos lados, como buscando algo, topándose con muchos pares de ojos curiosos y al no encontrar ese algo volvió a clavar los ojos en Bill.

Bill logró ver la alarma, la incertidumbre y desesperación de aquellas pupilas y sonrió a pesar del dolor.

No se preocupe por mí, Alteza, estaré bien— lo tranquilizó, pero el temblor de su mandíbula echó por tierra la mentira. Bill sabía que aquello era nuevo para Tom, sabía que nunca antes había hecho algo así y quería sacarlo del atolladero. Tom lo miró con una ceja alzada y un gesto de incredulidad.

Tienes que ver a un medico— demandó el príncipe y Bill asintió, sumiso— y que sea cuanto antes. Tu, castaño ¿sabes si alguien puede atenderlo? — le preguntó a Georg mientras se ponía en pie.

Sí, yo sé de alguien— respondió inseguro Georg, al ver la mirada de advertencia en los ojos de Bill.

Muy bien— fue todo lo que dijo y se inclinó de nuevo hacia Bill— espero que sanes pronto— le dijo y acto seguido se alejó rumbo a su caballo, lo montó y después de un breve grito el animal salió disparado hacia la vereda, siendo seguido por los ocho caballos de los guardias.

 

Tom no quería irse, era extraño, deseaba quedarse con el joven pelinegro y asegurarse de su bienestar, pero lo había incomodado tanta gente.

Antes de perderse por el camino, el príncipe volteó y alcanzó a ver como la pequeña multitud que se había reunido en torno a Bill lo levantaba con cuidado y lo sacaban cargando de la playa.

 

Y ni siquiera le pregunte su nombre” pensó con amargura al tomar el sendero que lo llevaría hasta su jaula de oro.

&   Continuará   &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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