Capítulo 4: Diez años después II

&   AGOSTO   &

(Bill)

El sol estaba brillando en lo más alto del cielo y avanzaba con su lenta majestuosidad hacia el horizonte, para morir detrás de él y renacer al día siguiente desde las entrañas del mismísimo océano atlántico.

Una perlada gota de sudor se escurría con la perezosa lentitud con que fluye la nata batida por el canal de una espalda muy blanca, de líneas muy fuertes y suaves a la vez. El calor sobrepasaba los 39°C y el suelo ardía.

Bajo este calor abrazador, estaba trabajando el despojado príncipe William, Bill a secas para todo el pueblo de Calabria. Aquel muchacho que levantaba suspiros por todo el pueblo, de todas las chicas y algunos chicos incluso, pero era comprensible o eso pensaba su madre, Constanza. Todos lo habían visto con el pasar de los años. Bill se había transformado completamente, de ser un pequeño desnutrido, insanamente delgado y desproporcionado, hasta convertirse en la criatura más fascinante que se había visto en varios reinos a la redonda. Ahora, a los 18 años era muy diferente. Tenía un rostro simétrico y andrógino, de piel lisa y suave, blanca como el alabastro y unos ojos relucientes, tan claros como un par de topacios imperiales. Su melena era tan oscura como la noche cerrada, la llevaba larga y caía en una cascada lacia por sobre sus hombros de marfil. Unos cuantos mechones rebeldes escapaban para enmarcar aquel rostro asombrosamente bello y la puñalada oscura de sus ojos. Su silueta era alta y delgada, grácil y esbelta, sus movimientos eran elegantes, fluidos y su mirada digna y apacible relajaba a quien quiera que estuviese con él.

Bill nació para la realeza, así de sencillo” se decía Constanza siempre que lo miraba.

Buen día Bill— saludó con amabilidad la señora Cravioto, la esposa del panadero, al joven pelinegro que se afanaba en quitar la hierba mala de la cerca de madera blanca de su jardín.

Buen día, o tarde— respondió el chico con amabilidad al momento que alzaba la cabeza.

Cuando los ojos de Bill se encontraron con los suyos, la mujer sintió que se le humedecían las entrañas. Lo contemplaba con una concentración que rozaba lo fascinado y bajó la mirada en el momento en el que Bill se removió incomodado por sentirse observado.

Espero que termines pronto— le dijo la mujer y después se perdió por el sendero de piedrecillas de colores que llevaban hasta su casa, con la mente vuelta un torbellino, el mismo de siempre cuando se topaba con Bill, y entró en su hogar sin dejar de repetirse que él era demasiado joven.

Bill se pasó el dorso de la mano por la frente para apartar las molestas gotitas de sudor, y dio un leve chillido cuando una cruel espina se incrusto en su pulgar.

La señora Cravioto volvió a hacer una aparición después de unos minutos, llevaba en una mano un vaso de cristal rebosante de agua cristalina y  se topó de nuevo con Bill,  que tenía el pulgar en la boca, en una actitud infantil bastante graciosa y le tendió el vaso.

Toma querido, esto te reanimará— dijo y Bill, agradecido tomó el vaso.

Se lo agradezco de veras— alcanzó a decir antes de llevarse el inmaculado vaso a los labios. Bebió el agua con avidez, a borbotones y algunos delgados hilillos cristalinos se escurrieron por sus comisuras, bajaron danzando por su esbelto cuello blanco y se perdieron en las profundidades de su pecho que quedaba cubierto por la holgada camisa negra que portaba.

La mujer se perdió observándolo otra vez y cambió el peso de un pie a otro, incómoda al sentir como ese territorio ya desconocido para ella, con el que estaba muy poco familiarizada ya, y que se extendía entre sus piernas, quedaba repentinamente empapado. Se dio la vuelta y caminó de prisa hacia su casa, prometiéndose a sí misma estar en la iglesia al día siguiente para olvidar aquella experiencia.

Pasaron dos horas más y finalmente Bill se incorporó y se sacudió las roídas ropas.

Terminé— anunció con un suspiro mientras se recargaba en el marco de la puerta de entrada de la casa de la señora Cravioto. Esta decidió —por su seguridad— no volverlo a mirar.

Tu paga está en la mesita junto a la puerta querido, gracias. — dijo y siguió con los ojos fijos en su lectura, aunque no tenía idea de que leía, ni siquiera había notado que tenía el libro al revés.

Pero…— el pelinegro bajó la voz al ver el dinero— esto es el triple de lo que me prometió— le dijo al ver las tres relucientes liras de plata que descansaban inocentes sobre una linda carpetita tejida.

Lo mereces, has trabajado muy duro, y estoy segura que será de mucha utilidad para tu madre y para ti, y por cierto entrégale mis saludos y dile que espero mejore pronto.

Gracias— balbuceó Bill, con el usual nudo en la garganta que le impedía hablar cuando le preguntaban por su madre. — yo le entregaré sus recuerdos.

Y salió de la casa antes de soltar el llanto.

Tomó su bolso tejido y se lo cruzó por el pecho al salir a la calle empedrada llena de personas aun en actividad. Camino rápidamente entre la gente, saludando cortésmente aquí y respondiendo por allá. Saludó al lechero y le agradeció con una enceguecedora sonrisa cuando este le tendió un vaso de yogur natural que estaba muy frío. Le deseó buen día al carpintero, y también se topó con el papá de su amigo Geo; conversaron unos minutos, y Bill le anunció que iría con Geo a la costa al día siguiente, ya que ese día el castaño estaría en los campos labrando hasta entrada la noche.

Estaban por despedirse cuando un alboroto les llamó la atención. Los cascos de un caballo resonaron en las piedras y la bestia castaña apareció a todo galope por el camino principal dos segundos después. Bill apenas alcanzó a salir del camino antes de ser aplastado por el imponente caballo. El jinete era un joven de reluciente y larga cabellera rubia que revoloteaba con el viento. El sol hacia relucir su casaca azul celeste, los botones de oro brillaban como diminutos soles y las botas negras y lustrosas acicateaban al caballo para que aumentara la velocidad.

¡Apartá del camino, plasta! — le gritó a Bill.

Bill lo siguió con la mirada hasta que desapareció por un recodo del camino sin despegar los labios ni un segundo de su vaso ya casi vacío de yogur.

¿Quién era…?— preguntó al padre de su amigo, mientras apuraba las últimas gotas de aquel producto lácteo tan frío.

El príncipe Andreas— respondió éste. — todo un petardo real, seguramente aparecerá por aquí de un momento a otro el tirano príncipe Tom, persiguiéndolo. Esos dos siempre están peleando como marido y mujer mientras que todos nosotros trabajamos para que ellos…

Pero Bill no lo escuchaba más, se había desconcentrado. Aún vivía dentro de él su anhelo por los terrenos palaciegos. Durante toda su vida había escuchado hablar de su soberano, el monarca tirano que les quitaba su poco dinero con los elevadísimos impuestos, el niño mimado que hacia pataletas y rabietas a diestra y siniestra, el apuesto y arrogante príncipe Tom, o eso decían porque Bill jamás había tenido oportunidad alguna de verlo. Y tampoco es que quisiera esperar para verlo porque seguramente su madre ya lo esperaba a él en casa, así que se limpió la boca con restos de yogur con el dorso de la mano y meneó la cabeza.

Hasta pronto señor List, por favor salúdeme a Georg, mañana vendré por él— se despidió y reanudó su camino. Iba caminando procurando las sombras, pues las piedras del suelo aún seguían ardientes cuando giró por la calle de la taberna.

Y al pasar por la taberna, vio a Cinzia, una prostituta, recargada en la puerta, con su habitual atuendo que no dejaba casi nada  a la imaginación. Al verlo, ella lo saludó con un guiño, lanzándole un beso con sus carnosos labios rojos. Bill, ruborizado se acercó a ella. A él le caía bien Cinzia, y se preguntaba si no había algo malo en su cabeza, pues las voluptuosas curvas del cuerpo femenino no despertaban absolutamente nada en él, más que una especie de simpatía lastimosa. Odiaba que Cinzia tuviese que ganarse la vida así, soportando ser besada y poseída por hombres borrachos y gordos, y todo por unas cuantas liras de bronce deslucido.

¿Qué tal, guapísimo Bill? — saludó acercándose y meneando la cadera de manera sugerente en dirección al pelinegro. Aún albergaba la esperanza de poder disfrutar de ese cuerpo.

Hola Cinzi— respondió Bill sonriendo con entusiasmo — ¿Qué tal estas? ¿Te tratan bien ahí dentro?

Aburrida pastelito y no te preocupes por mi —Bill se ruborizó hasta las puntas de los pies — lo importante no comienza hasta dentro de unas horas, ¿aún tienes del carboncillo que te regalé o quieres un poco más?

El pelinegro cerró los ojos varias veces, agitando sus largas pestañas para mostrarle los parpados oscuros y delineados. Curiosamente al pintarse los ojos no se le veía afeminado, al contrario, se le notaba mas afilado y encantadoramente apuesto. Algunas de las prostitutas que estaban dentro de la taberna dejaron escapar suspiros y risitas tontas al verlo.

Bill lo notó y las saludó con timidez, levantando su larga mano. Quizá las manos de Bill era lo que más pregonaba a gritos su sexo, eran grandes y fuertes, y las venas azules se abultaban debajo de la delicada piel blanca.

Ya sabes que las vuelves locas queridito— dijo Cinzia con voz sugerente —y sabes que podríamos hacerte sentir bien, entre todas —se acercó hasta quedar muy cerca de él y pegó los rojos labios a su oído— y sin cobrarte ni media lira, cariño— le dijo mientras le mordisqueaba el lóbulo suavemente y un diluvio de sensaciones se instaló en el bajo vientre de Bill. Las manos de la chica se colaron debajo de su camiseta al ver que él no retrocedía, y una vaga sensación de júbilo la embargó, pero las delgadas manos femeninas sobre su pecho despertaron en él la alarma. Sonrió y con firme caballerosidad apartó las manos de Cinzia de su cuerpo, la obsequió con un beso en la frente y apretó sus manos al verla hacer un puchero.

Sabes que eso no sería justo Cinzi, no puedes hacerlo, pero seré tu amigo toda la vida, y te quiero de verdad— dijo con fervor —ahora he de irme, quizá mi madre se haya puesto mal otra vez.

La atractiva chica asintió, sintiéndose derrotada y lo miró irse, anhelando cada centímetro del cuerpo esbelto y blanco que se alejaba.

El joven príncipe caminó apresurado. Quería ver a su madre, le daba pánico dejarla sola mucho tiempo, esos dolores que la aquejaban aterraban a Bill, sus gritos desesperados le hacían llorar de rabia y presentía que no había remedio alguno, que solo estaba prolongando lo inevitable, pues nunca se enteraría que su madre estaba siendo consumida por una variedad aun desconocida y oscura del cáncer.

Su casa estaba casi a las afueras del pueblo, cerca de la vereda que llevaba directamente a la costa, donde casi siempre estaba encallado un barco enorme, con las coloridas banderas de la isla Siciliana. Bill había trabajado ahí también, limpiando las cubiertas y puliendo las chapas, adornos y esculturas hechas de oro macizo.

Sabía que el navío era del príncipe Andreas, el rubio que casi lo había aplastado con su caballo hacía un rato.

Caminó distraídamente hasta llegar a su casa, la puerta chirrió un poco y retumbó al ser cerrada.

Ya estoy aquí mamá— anunció Bill, mordiéndose el labio inferior al oír un leve quejido.

Que bien cielo ¿te fue bien? — respondió una voz ronca y cascada.

Sí mamá— respondió y se dirigió a la habitación de su madre, se sentó a los pies de su cama y acarició sus pies envueltos en mantas —mamá no has comido nada de lo que te dejé— se quejó al ver el plato intacto al lado de la cama de su madre, ya frío y reseco.

Lo siento corazón, pero en verdad que no tengo nada de hambre, tal vez mañana…

Está bien mamá— dijo Bill y se levantó para tomar el plato.

Te trataron bien Bill ¿verdad? — preguntó su madre, con la mirada clavada en las manos rojizas y cansadas de su hijo.

Bill retiró el plato con rapidez, tratando de esconderlas. Sabía que Constanza estaba fatigada con su enfermedad, como para mortificarla aún más, le dolía en el alma ver a su más grande ejemplo postrada en la cama, sin moverse, casi sin respirar por el dolor. Ella había sido lo único que él conocía, lo único que tenía, lo más valioso y luchó por contener la marea de lágrimas que empezaba a formarse en sus ojos.

No claro que no mamá, incluso me dieron agua y yogur, eso me ayudó muchísimo— relató Bill sonriendo con mucho esfuerzo, quizá porque no estaba mintiendo ni exagerando.

Constanza vio la veracidad en las palabras y en las facciones de porcelana de Bill y asintió satisfecha.

Me da muchísimo gusto, cielo —comentó con voz cansada. Los ojos se le cerraban y antes de notarlo ya estaba nuevamente dormida.

Bill se acercó a su madre, la arropó con cuidado y ternura y besó su frente, sintiendo los pelos de punta ante la frialdad de su piel, su extrema delgadez y sus rasgos cadavéricos. Alcanzó a salir a medias y sus mejillas ya estaban surcadas de lágrimas de amargura, de odio contra la vida. Odiaba al destino que se había ensañado con su madre de aquella manera.

Dejó el plato en el cubo destinado para ello. Por la mañana tendría que ir a traer agua para lavar los pocos platos que tenían y asear un poco a su madre. Bill odiaba bañarse de aquella manera, mojándose con algunos chorros de agua helada, y odiaba aún más tener que someter a Constanza a aquella tortura helada. Él prefería asearse en el océano, su actividad favorita era nadar, lo hacia todos los días por la tarde, y cuando estaba en lo profundo del fresco mar su mente se ponía en blanco y olvidaba todos sus problemas. Hubiera querido ir con Constanza, como cuando él era un niño, pero ella estaba demasiado débil, incluso para hablar.

Después de frotarse las sienes con cansancio, se sentó en la sencilla silla de madera, apoyó los codos en la superficie de la mesa llena de agujeros y cortes ocasionados por el paso de tiempo y apoyando su delicado rostro en sus manos lloró, dejando que sus lágrimas cayeran libremente por su rostro hasta que se desahogó. Ahora que su madre no salía de su habitación para nada, no podía cuestionarle el porqué de sus lágrimas, las cuales caían con tanta abundancia porque en el fondo de su corazón, sabía que su madre no tenía cura alguna, que solo era cuestión de tiempo.

Alzó su vista, empañada como un cristal sucio y le rogó a Dios que la agonía de su madre no fuera larga, que se apiadara de ella y se la llevase pronto con él, aunque eso implicara quedarse completamente solo en el mundo.

Se levantó y con la mente atribulada llena oscuros pensamientos se dirigió a su pequeña habitación y mientras se dejaba caer en su delgado colchón ya se había quedado dormido, aunque las lágrimas no dejaron de manar de sus ojos.

&   Continuará   &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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