Capítulo 35: El enigma de los Gemelos

Tres meses

Los días comenzaron a pasar, lentos, almibarados y levemente airosos y fríos. El Reino entero había entrado nuevamente en un ambiente de celebración dulzona y lánguidamente empalagosa. La tan esperada como odiada unión entre el príncipe de Calabria y la princesa de Mónaco no se había llevado a cabo, y los visitantes Reales ya se habían marchado. La despedida había sido especialmente traumante y dolorosa para la Joven princesa Ambrosia y para el nuevo Príncipe de Calabria, pero con el pasar de los días, el dolor había ido menguando, transformándose en una densa nube de añoranza melancólica, que amenazaba con deteriorar el quebradizo estado de ánimo del príncipe menor, pero el príncipe Thomas era especialmente hábil en mantener cuerdo a su hermano.

Calabria entera había aceptado al nuevo príncipe con los brazos abiertos y los corazones henchidos de esperanzas.

Hubo una gran conmoción cuando se exhibieron en lo más alto de las verjas de entrada al palacio el par de jaulas oxidadas que contenían el cuerpo medio podrido y reseco del espía que torturara al príncipe, así como la cabeza cercenada de la anciana que alguna vez fuera la Reina, flanqueando con ironía el dorado caballete que descansaba en la explanada de abrasadora cantera negra, custodiado por dos soldados y en donde se mostraba la verdad en la carta que Constanza redactara hacia un año, arrugada y manchada por la sangre del príncipe. Todos los moradores del reino la habían leído, y después de leerla, presas de la indignación y la injusticia habían lanzado piedras a las jaulas que colgaban en lo alto.

Eran claras advertencias de lo que le sucedería a cualquiera que se atreviera a atentar incluso con el pensamiento en contra de alguno de los príncipes gemelos, pero no había peligro alguno, todo el Reino los veneraba y Constanza se convirtió en una clase de deidad para todos los lugareños.

En los aposentos del Príncipe Thomas, que ahora eran también los del Príncipe William, el nuevo y joven Médico Real había obrado milagros en el más joven de los príncipes. Bill ya podía levantarse y andar solo. Aún llevaba el brazo izquierdo en un cabestrillo especial, bien sujeto al pecho, pero apenas se tambaleaba al caminar.

El médico tenía muy buenas expectativas en cuanto a la recuperación total del joven soberano. Había logrado que el príncipe recuperara completamente la vista en ambos ojos y la audición en ambos oídos. La hinchazón había desaparecido casi completamente, y sus ojos de almendra volvían a estar abiertos, brillantes y llenos de sentimientos, aunque el derecho estaba completamente teñido en sangre, lo que le daba un aspecto siniestro y bastante tétrico, sobre todo cuando su mirada se oscurecía al recordar algunas cosas, pero a los Reyes y a su hermano les parecía algo totalmente adorable.

Por su parte, Tom detestaba cuando Bill tenía que hacer los ejercicios que le ordenara el cansino doctor. Las primeras semanas se enojaba tanto hasta el punto de querer vomitar vitriolo, ya que Bill bufaba y se retorcía de dolor al intentar ponerse de pie y mover su cuerpo, aunque trataba de ser valiente y no demostrar cuanto le jodía hacer aquello frente a Tom; pero con el paso de las semanas el dolor había mitigado y ambos príncipes estaban mucho más relajados.

Con pesar por parte Bill, le habían tenido que cortar el maravilloso torrente de cabello suave y aterciopelado, ya que las rastas blanquinegras que lucía orgullosamente se habían estropeado sin remedio cuando aquel espía sinvergüenza le había estado revolviendo y tironeando del pelo sin piedad. Ahora tenía los laterales de la cabeza con el cabello corto casi al ras, pero en la parte superior su lacio cabello azabache estaba siempre alborotado, con un rebelde mechón oscuro en la frente, y después de un par de días, Bill descubrió que le encantaba, y por lo visto a Tom también le encantaba, pues podía seguirlo sujetando fácilmente de la melena cuando hacían el amor.

Por su parte, ambos Reyes estaban exultantes, y en el palacio reinaba la alegría. Tom siempre había sido un joven sobrio y callado, pero Bill en cambio era como un cascabel e inundaba cada rincón del castillo con su cálida luz hecha de oro puro. Los Reyes habían observado con plácida ensoñación como sus hijos se unían más y más con el paso de los días. Tenían los mismos gestos, los mismos ademanes, la misma dependencia del uno por el otro. Eran prácticamente uno solo y era habitual que en donde estaba uno estuviera también el otro. Incluso a veces en el gran comedor durante los almuerzos, comidas y cenas o cuando los reyes asistían a las prácticas de tiro con arco de Tom, o en las ceremonias religiosas de los domingos, un príncipe comenzaba una frase y el otro la terminaba como si supiera lo que su gemelo quería decir. Era completamente alucinante para todos.

El Rey Jörg había consultado con los astrólogos durante muchos días, solicitando el título que habría de llevar su hijo menor, hasta que durante una soleada mañana, el integrante más sabio y anciano de la cámara se había presentado ante él; toda imponencia encorvada envuelta en túnicas color púrpura y escarlata.

¿Y bien, qué noticias me tienes? —preguntó el Rey, sentado detrás de su imponente escritorio.

Majestad— habló el mago más viejo mientras hacía una reverencia zalamera—, se leyeron los signos muchas veces y no fue nada sencillo porque al ser vuestro hijo un Príncipe de sangre real pura por nacimiento y un Príncipe Heredero de Italia por nombramiento, su título debe entrañar un gran poder y ofrecerle total protección. Todos los astrólogos del gabinete y un servidor opinamos de manera unánime que el príncipe no debe llevar por más tiempo el apellido Diávolo.

Pero El Príncipe William se rehusó de manera terminante a eso, y se los dije. No voy a quitarle el apellido de la que, durante veinte años, él considerara su única familia.

También estamos al tanto de eso Majestad, de modo que después de muchos de días de alegatos y conclusiones por fin hemos llegado a algo.

Entonces habla de una vez… ¿Cuál será?

Vuestro hijo llevará el siguiente noble título: William Diávolo Von Kaulitz, Alteza Real e Imperial Soberano Menor Heredero de Calabria.

Muy bien…—el Rey asintió complacido— los astros hablaron. Llévales la noticia a la Reina y a mis hijos. Puedes retirarte, tengo cosas que hacer aquí.

Cuando el anciano se hubo retirado, el Rey sacó la carpeta que el nuevo médico real le había entregado esa misma mañana. Sus manos temblorosas la sostuvieron cerca de su rostro; el simple título hacía que sintiera nervios y un poco de miedo. La investigación estaba completa, con información obtenida por toda Europa. El título de la carpeta eran simples letras legras trazadas elegantemente con curvas estilizadas y picos muy largos. Solo había una palabra:Gemelos.

El Rey levantó la pesada portada color marfil y lo recibió la ortografía pulcra e impecable del recién nombrado médico real. La investigación contaba con tres hojas completas, más las referencias y testimonios de los doctores con los que Jean se había entrevistado. El Rey devoró la lectura en un tiempo record, ansioso y curioso. Quería entender qué clase de criaturas había engendrado y no es que recelara o dudara que Bill fuese hijo suyo, ya que después de que su rostro se había casi normalizado, con el cabello corto y sin tanta sangre de por medio, todos habían notado que aunque más delgados y afilados, sus rasgos eran exactamente iguales a los de Tom. Eran un par de hermanos completamente idénticos.

Cuando terminó de leer, dejó la carpeta sobre el escritorio y apoyó la espalda en el respaldo acojinado en escarlata de su silla. Estaba conmocionado y sobrecogido. Nunca se hubiera imaginado el enigma que se encerraba en sus dos hijos, y el saberlo finalmente hizo que su sangre hirviera y maldijo la memoria de la anciana que debería estar ardiendo en lo más oscuro y denso del infierno por haberlos separado.

La información se había quedado incrustada en su consiente y subconsciente, algunas partes más que otras…como el comienzo.

No hay nada en este mundo que pueda poseer el encanto, la singularidad, la atracción, la sorpresa y hasta el misterio y la poesía que tienen los gemelos –con más relevancia en los idénticos- . Pocas personas tienen el don de poder sentarse y mirarse el uno al otro enplanos exactamente iguales. Es un ejemplo casi exclusivo de estar hecho a la imagen y semejanza uno del otro, según reza el credo cristiano.”

Aunque en el código de las siete partidas, desde hace mucho tiempo, ya preocupaban estos niños que nacían uno detrás del otro, en un mismo parto. Los gemelos siempre se han visto con mucho interés, superstición, fascinación y misterio, pero también con rechazo.”

En aquel punto, el Rey cerró los ojos y exhaló el miedo que había estado conteniendo en el pecho; volvió a tomar la carpeta y la abrió en la segunda hoja:

La concepción de un embarazo gemelar es algo extremadamente singular y delicado. Se trata de un único embrión que se divide accidentalmente en dos durante las primeras fases de su desarrollo. El resultado son dos embriones viables y sanos, gemelos idénticos porque coinciden en todos sus rasgos.”

En otros lugares los nacimientos de gemelos son acontecimientos excepcionales, se les considera seres sobrenaturales y se les dedican oraciones, y de los dos, el que nacía ultimo, era tenido por un ser de rango muy elevado.”

William…— susurró el Rey.

La veneración hacia los gemelos no es de extrañar, ya que se les consideraba en la antigüedad como hijos del Dios Zeus y Hera, pero esto no es más que mitología.”

En Europa ha habido ignorancia y crueldad con respecto al origen, nacimiento, cuidado y comprensión de los gemelos. Sacrificar al segundo de los gemelos fue una costumbre muy practicada por los españoles en la época de la conquista, considerada como bárbara por la Iglesia Católica.”

También en la época actual ha habido ignorancia, oscurantismo y crueldad con respecto al cuidado de estos seres hechos por duplicado, unidos por algo mas allá de la comprensión de la sangre. Una conexión espiritual irrompible e inquebrantable.”

El rechazo y la muerte de los gemelos, penosamente es parte de la historia actual, como un lastre cultural por considerarlos portadores de malos augurios y representantes del diablo.”

Que estupidez— farfulló el Rey, negándose a imaginar a sus angelicales hijos como representantes del diablo.

En cuanto a la primogenitura, el nacimiento de gemelos ha planteado esa cuestión entre ellos, aspecto que considero muy importante, puesto que es creencia que al primogénito le corresponden todos los derechos. ¿Pero quién es el primogénito en un caso cuyo nacimiento ocurre con escasos minutos de diferencia? Algunos tratadistas han pretendido que el primogénito debe ser el nacido al último, pues por haber permanecido el mayor tiempo dentro del claustro materno, se le ha de considerar mayor. Esta teoría ha sidoaceptada por fisiólogos, pero no es considerada en algunas legislaciones, que reconocen primogénito al nacido primero. Pero un nuevo código ha sido aceptado en los estatutos.”

El Rey abrió una hoja anexa a la investigación, la cual era una copia certificada hecha a mano del tribunal mayor en el que rezaba lo siguiente:

Si nace más de un hijo vivo en un solo parto, los nacidos son considerados de igual edad y con iguales derechos”

Entonces el Rey volvió a la investigación y volvió a leer las conclusiones del acertado medico.

Como he demostrado, la gemelaridad además de sus encantos y misterios, también ha estado rodeada de ignorancia, rechazo, mito, muerte y crueldad. Ha llegado a considerarse por algunos hasta un error de la naturaleza, una manifestación de atavismo, un fenómeno genéticamente en retroceso, aduciéndose entre otras cosas, que sólo lo eficaz es irrepetible. Pero sin lugar a dudas –y esto es lo más importante- los gemelos han formado parte de la historia de la humanidad desde sus albores, donde para bien han estado presentes con toda la singularidad, atracción, poesía, encanto y misterio que les caracteriza, siendo un raro milagro viviente ofrecido por la madre naturaleza para su cuidado y veneración.”

Y el nombre de Jean Darder por toda firma.

El Rey suspiró, sintiéndose irónicamente satisfecho. Recordó cuando Bill no le parecía nada más que un simple joven sin otra cosa además de su hermosura. Sin duda el destino se había lucido cerrándole la boca con un guantazo de dignidad. En aquellos momentos no se atrevía a pensar en sus hijos de otro modo que no fuera como un regalo de los cielos.

Pero el Rey no era tonto, y sabía que algo ocurría entre sus hijos, y después de observarlos se había dado cuenta de todo.

Pensó en ellos, y en la obsesiva pasión incestuosa que cada uno sentía por el otro.

«¿A quién pueden hacer daño? Son tan pocos los gemelos… Y si eso impide que dos almas tan bellas conozcan la agonía de la soledad, ¿entonces donde está el daño?»

Se levantó con una sonrisa bobalicona aleteando en las comisuras de su boca y salió de su sala privada para ir con su Reina y asegurarse –por décima vez en lo que iba de la mañana- que sus hijos estuvieran tranquilos y bien atendidos.

&

Una tarde ventosa y fría de mediados de Diciembre, casi cuatro meses después de la terrorífica experiencia que Bill sufriera a manos de su abuela muerta, el joven príncipe despertó de su lánguida siesta, y miró a su alrededor a punto de sufrir una crisis de pánico hasta que encontró a su lado, con el rostro medio enterrado en la almohada, a su único hermano. Durante el sueño el rostro de Tom resultaba completamente inocente, cuando no podías ver sus ojos ardiendo de furia, de cariño o de deseo.

Hermano” pensó Bill.

Se levantó sin hacer el más mínimo ruido porque no quería despertar a Tom. Se encaminó completamente desnudo y descalzo hacia el cuarto de baño, disfrutando de la frescura del mármol blanco pulido hasta parecer un espejo de sus habitaciones. Después se había contemplado en el espejo, y había descubierto que le costaba un poco mirarse a los ojos. Ya casi se había acostumbrado a ver su rostro con algunas cicatrices levemente visibles y el ojo derecho tintado en rojo.

Llevas más de un año totalmente enamorado de tu hermano” – se había dicho- “Su lengua ha estado dentro de tu boca más veces de las que puedes contar, se la has chupado hasta que se ha corrido, le has permitido que posea tu cuerpo”

Pero no podía llegar a sentir repugnancia de sí mismo. No podía sentir vergüenza de sus actos. Sabía que esos eran los sentimientos que se suponía debería estar sintiendo, lo que el mundo diurno y racional esperaría que sintiera; pero Bill no podía obligarse a sentir nada de todo aquello. ¿Qué importancia podrían tener aquellas normas descoloridas e insignificantes en un mundo de sangre y de noche?

Bill sabía que no hubiera podido sentir esas emociones ni siquiera cuando era una parte involuntaria más del mundo normal. Su moral nunca había sido la suya; incluso ahora las baratijas de posición y rango que le ofrecían no habían conseguido hipnotizarle con sus falsos oropeles.

¿Sería posible que los gemelos nacieran provistos de un instinto amoral que servía como protección contra la culpabilidad generada por el hecho de estar enamorado de su propio hermano?

Bill intentó imaginarse la cadena de circunstancias o puras coincidencias que habían desembocado en el resultado final de que un príncipe de sangre pura como él fuera arrancado de su hogar, trabajara toda su vida sin descanso y acabara siendo salvado por el mismísimo miembro de su raza que había sido concebido y llevado en el mismo caliente y apretado útero junto a él. No consiguió imaginarlo. Aquello no había sido circunstancia ni coincidencia, sino algo que tenía que ocurrir. Había un mapa en su vida en algún sitio, y Bill había pasado toda su vida perdido por sus fronteras. Ahora por fin había encontrado la pauta general.

Ser una especie de monstruo incestuoso no le molestaba en lo más mínimo.

Su lazo con Tom era también el lazo que le unía a aquel mundo de realeza y de sangre. Ahora sabía que Tom no le dejaría y que no le abandonaría nunca. Se había enfrentado con Tom en una ocasión y había salido triunfante, y podría volver a hacerlo; y por extraño que resultara, el que Bill fuera capaz de hacer eso parecía ser uno de los motivos por los que Tom se sentía más orgulloso de él.

Tom le había deseado desde el principio; le había reclamado inmediatamente. Debía existir algún tirón biológico entre ellos. Tom no había sabido por qué deseaba tanto a Bill y en aquel entonces el sentimiento quizá aun había sido revocable. El tirón podría haberse debilitado e incluso podría haber desaparecido cuando Bill se había ido lejos, o cuando Tom había estado a punto de contraer matrimonio; pero cuando Constanza había revelado la verdad –esas palabras mágicas y aterradoras, “Eres hijo de los Reyes de Calabria, eres un Príncipe Real”-, el lazo se había hecho carne.

No, no meramente carne… sangre. Los lazos estaban forjados en sangre, naturalmente, tanto el que existía entre Tom y Bill, como el que unía a Bill con la Reina, de cuyas entrañas había salido. Bill era de la sangre de Tom y Tom no le abandonaría ni ahora ni dentro de un millar de años.

Alzó los ojos al techo del cuarto de baño decorado con querubines de oro con mármol y sonrió. No lo veía, pero en su sonrisa había una salvaje lubricidad que hacía cuatro meses no estaba ahí.

Una pisada casi inaudible hizo que volviera la mirada hacia la puerta de entrada del cuarto de baño. Había una silueta inmóvil en el umbral, una sombra oscura aureolada por una delgadísima línea de luz plateada. Cabellera negra, larga y trenzada, hombros erguidos…, una silueta esbelta, alta y desnuda que se alzaba con el mismo porte masivo y regio que si hubiera medido tres metros de altura: Tom.

Ven aquí— dijo Bill.

Tom fue resuelto hacia él y lo abrazó desde atrás, tensando sus brazos alrededor de la cintura de Bill mientras le besaba la cicatriz rosácea y medio abultada de la nuca.

Bill se estremeció de los pies a la cabeza.

Por un momento pensé que te habías ido…— susurró Tom con los labios pegados a su espalda.

¿Irme? A ningún lado sin ti— respondió.

¿Estoy invadiendo tu privacidad?

No.

Que te sucede— no era una pregunta. Era una afirmación. Tom sentía la agitación de Bill palpitando dentro de él.

Estoy nervioso, Tom.

Es por lo de la próxima semana— otra afirmación.

Si… no sé…

¿Qué es lo que no sabes? ¿Crees que alguien se atrevería siquiera a mirarte mal?

¿Y si cometo un error?

Tom reptó sus manos lentamente por los planos del pecho de Bill, después acarició su cuello y terminaron enterrándose en su cabello tan suave como las plumas de los cuervos. Después hizo un poco de presión, obligando a Bill a mirarse de frente contra el espejo; Tom apoyó entonces su rostro sobre el hombro derecho de Bill, quedando ambos a la misma altura. Eran completamente iguales.

Míranos. Mírate bien— dijo Tom, horadando los ojos de Bill con los suyos a través del reflejo— ¿crees que podrás cometer algún error? Y aun si lo hicieras… Todos te aman. Yo te amo y sabes que esto debió hacerse hace veinte años.

Ah Tom… yo también te amo. Lo demás no importa— desechó Bill bajando la mirada al sentirse abrumado por el sentimiento. No podía dejar de sentirse nervioso al escuchar las palabras de Tom, ni por la ceremonia de la semana siguiente. Estaría prácticamente todo Calabria. Todos mirándolo. Todos interesados. Si no fuera a tener a Tom a su lado no asistiría a la ceremonia de su propia coronación.

No importa nada, tienes razón, mientras estemos juntos, nada más importa— dijo Tom y después le mordió el cuello con gran delicadeza.

Bill sintió como los últimos retazos de su vida anterior –el pueblo, las multitudes de amigos que se congregaban perezosamente en las tabernas para beber chartreuse y cerveza hasta embrutecerse- se desprendían de su cuerpo y se alejaban a la deriva flotando sobre el río caliente que era la lengua de Tom, perdiéndose en sus besos, en el repentino vaivén de sus cuerpos al encajar a la perfección, en su sagrado amor fraternal, que los había sorprendido con su tórrido apasionamiento sobre el frescor del suelo del cuarto de baño.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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