Capítulo 34: Persuasiones y sangre

Tres días. Tan solo tres días después de que Bill hubiera sido encontrado no hubo alma viviente en el palacio que pudiera contener a la princesa Ambrosía. La chiquilla se presentó con la tempestuosidad de un pequeño huracán en los aposentos de Tom, estallando en un llanto desesperado al ver a Bill, quien no lucía ni la mitad de terrorífico de lo que había estado cuando había sido rescatado por los brazos de su propio hermano.

Tom la miró con fastidio por haberlos interrumpido. Estaban a punto de iniciar la misma clase de rutina que tenían desde hacía tres días atrás, en donde Tom le besaba la frente, los ojos y la boca, y restañaba con sus labios cada una de las heridas, cada uno de los morados, hasta la más ínfima magulladura del cuerpo de Bill, mientras ambos se acariciaban con una extraña clase de ternura obsesiva hasta que terminaban corriéndose uno sobre el otro entre los gruñidos de Tom y los jadeos medio adoloridos de Bill.

Y Tom estaba frustrado por la interrupción. Bill sabía que aquello no era bueno, pero no iba a rechazar a la princesa. Sonrió como un niño pequeño y le tendió el brazo en un extraño abrazo al que la chiquilla se arrojó convertida en un mar de lágrimas, mientras su hermano se ponía de pie y se cruzaba de brazos. La princesa ni siquiera lo había mirado.

El pelinegro sintió los fogonazos de dolor recorrerle la espalda, pero apretó los dientes y nadie lo notó, más que Tom.

El Rey Magnus y la Reina habían acompañado a su hija, incluso el príncipe Adam estaba presente, con su siempre indolente y apática actitud, pero con las azules pupilas incrustadas en Bill.

¡Bill! —Chilló la princesa, levantándose un poco y sentándose en la cama al lado del pelinegro— ¡Mira lo que te hicieron! Tu carita y tus manos y tu boca.

No es nada— dijo Bill, sintiéndose cortado sin saber si era por la efusividad de la chiquilla o por la sonrisa complacida de su padre. —Pronto voy a estar como nuevo; — y entonces la princesa se rió con una risa musical, una extraña melodía a base de campanas y carrillones, pero Bill no sonrió. Se mantenía serio y muy erguido. La sonrisa de Ambrosía no había conseguido hipnotizarlo como antes. Quizá era por el ambiente, pero no pudo volver a caer en la trampa.

Entonces muchacho —Magnus se colocó al lado de su hija, adelantándose y poniéndole una enorme mano en el hombro, acción que relegó a Tom lejos de Bill—, luces mucho mejor; tú dices ¿Cuándo estás listo para moverte?

¿Para moverme? —Bill frunció el ceño hasta que sus cejas se juntaron. Le costaba un poco concentrarse en las palabras del Rey Magnus cuando sentía las oleadas de añoranza desesperada de la princesa y la sardónica bruma de celos que rodeaba a Tom. —Pero Majestad… no entiendo.

El príncipe de largo cabello trenzado había reculado unos pasos y observaba la escena con los puños apretados fuertemente delante del pecho. Su sangre hervía y el fuego que ardía en sus ojos era un veneno mortífero. Bill podía sentirlo muy bien; una especie de aura muy densa de celos punzantes provenientes de Tom los rodeaba a él y a Ambrosía. La sentía perfectamente dentro del pecho; era como vino espeso que se atasca en la garganta, levemente aceitoso y con un sabor que sugería el casi imperceptible comienzo de la putrefacción, pero ese vino estaba mezclado con más sentimientos igual de amargos que salían a flote perfectamente claros en el brillo de los ojos de Tom -pena, miedo y dolor.

Tom quería echarlos a todos prácticamente a patadas; en especial a la princesita; pues se acababa de dar cuenta de algo. Lo que antes había resultado ser meramente una molesta espina en el costado, ahora se había convertido en una amenaza letal, pues al ser Bill un príncipe de sangre real pura, cabía la posibilidad de que la pesada carga que Tom había llevado en sus hombros pasara a hombros de su hermano… y a juzgar por el aspecto de la chiquilla nada la haría más feliz que desposarse con Bill. La especie de tolerancia cariñosa salpicada de irritación que Tom había sentido por la princesa días atrás se había convertido en un odio tan negro como intransigente.

Sí, moverte Bill… porque regresamos a Mónaco y vendrás con nosotros ¿verdad? —lo acorraló la chiquilla usando su arma más letal, la única que funcionaba con Bill. Abrió desmesuradamente los ojos azules, totalmente acuosos como los de una indefensa cría de venado y tomó la mano libre de Bill.

¡Por supuesto que no!— estalló Tom acercándose y plantando los dos pies delante de los soberanos de Mónaco— Bill no va a ninguna parte porque éste es su sitio.

Pero es mi guardaespaldas— atacó la princesa luciendo desvalida.

No seas ingenua Ambrosía— dijo Tom con tono mordaz— esa excusa es patética.

Se enfrentaron cara a cara. La chiquilla pálida y encaprichada, con el rostro sonrojado y ojos brillantes, contra el hombre alto y delgado, de afiladas facciones vulpinas y ojos tan oscuros como fragmentos de noche.

Ten cuidado, Thomas— amenazó el Rey.

Tengan cuidado ustedes. No les permito subestimar a mi hermano, y mucho menos voy a permitir que vengan con esas escatológicas y baratas tentativas de chantajearlo para que vuelva a Mónaco porque jamás lo vamos a permitir —dijo haciéndole frente al Rey.

No me digas ¿acaso eres su dueño? —Contraataco el Rey, mirando como Tom se inclinaba de manera sobreprotectora hacia donde descansaba su hermano— William es un adulto capaz y autosuficiente para tomar sus propias decisiones sin que su hermanito tenga que hacerlo por él. Además Thomas, a ti no se te hizo ninguna pregunta, por lo tanto no debes entrometerte en conversaciones ajenas.

Al escucharlo Bill siseó, completamente furioso, pero aquello no había afectado en nada a Tom.

Que conveniente te parece ¿eh Magnus? Ahora no te resulta beneficiosa mi presencia… pero ¿Qué tal, cuando pensabas que Bill era inferior por no saber que su sangre es tan pura como la mía? Entonces si te convenía que yo entrara en tus calculadores planes aunque no me soportaras. Te convenía mi rango, mi cuna y mi ascendencia para desposar a tu caprichosa hijita, pero ahora ya no te sirvo ¿no es así? Tus trucos son tan de poco valor que hasta dan lástima.

Tom… —advirtió Bill, al notar como los ánimos de su hermano se comenzaban a elevar.

¿Qué quieres, Bill? —El príncipe volvió su lobuno rostro hacia su hermano y lo traspasó con sus pupilas encendidas— ¿Qué no te das cuenta que esta viéndote como mera mercancía? ¿Cómo un trofeo que se subasta al mejor postor?

Por supuesto que Bill lo entendía, y entendía también que debía tomar una decisión, y le sorprendió lo sencillo que fue tomarla. Jamás podría soportar irse lejos de Tom nuevamente. Apenas podía aguantar estar sin él por cinco minutos. Le aterrorizaba el simple pensamiento de estar separados de nuevo. No se iría a ningún lado, iba a quedarse para siempre ahí, donde estuviera Tom, porque se pertenecían; porque la conexión que los unía era la vida, porque irse dejos de él significaría estar muerto en vida.

Cálmate por favor— pidió el pelinegro y tomó la mano de Tom con su mano sana y le dio un reconfortante apretón. Después clavó su mirada en las pupilas aumentadas y tristonas de Ambrosía y sonrió, mostrando el decorado de hilos de seda que mantenían su piel unida. — sabes lo mucho que significas para mí— le dijo, soltando a Tom y acomodando un mechón de cabellos rubios detrás de la oreja de la princesa para recoger después una lágrima, que desbordó de aquellos ojos color de mar— desde siempre, tú fuiste mi única amiga, tú me aceptaste y procuraste todo lo bueno para mí, gracias a ti y a tu tenacidad es que pude volver a mi verdadero hogar. Ahora tengo todo lo que siempre soñé, una familia y no puedo abandonarlos. No puedo dejar a mi único hermano. Perdóname Ambrosía, pero me quedaré aquí. —Pasó su pulgar lentamente por las comisuras de los ojos de la princesa para quitarle las lágrimas— esto no es un adiós, es un hasta luego. Nos volveremos a ver más tarde o más temprano, no lo sé, pero siempre te lo dije, podrás contar conmigo en todo lo que quieras, y por ese cariño tan grande que hay entre nosotros te pido que me entiendas.

¿Estás seguro, Bill? —Magnus parecía totalmente desconfiado— no lo hagas porque te sientas obligado por alguien— dijo mirando directamente al desafiante Tom— sabes que Mónaco es tu casa y que serías bienvenido de planta, y con las comodidades y deferencias que mereces.

No tengo palabras para agradecer todo lo que ha hecho por mí, Majestad, pero mi lugar es aquí, y aquí me quedaré.

Pero… mira lo que te hicieron— sollozó la princesa— y además…te lo hizo tu propia familia ¿aún así quieres quedarte aquí?

Bill bajó la mirada apesadumbrado. La princesa había dado justo en el blanco.

Yo…— el pelinegro no sabía ni que decir y Tom quiso golpear a la chiquilla por atreverse a decir aquello.

Sabes que en Mónaco no te habría pasado jamás algo como esto, ahí estarías a salvo. — intervino el Rey.

Aquí también— atacó Tom, rodeando los hombros de Bill— y ya no lo atormenten mas. Él se va a quedar aquí y no diré una palabra más sobre el asunto. —la voz de Tom rezumaba coraje.

Y así, Tom dio por zanjado el asunto, pero Ambrosía no. Cayó en una especie de catalepsia después de un prolongado llanto en el cual Bill se había visto obligado a prometer visitarla en cuanto se sintiera mejor. Su cariño por Ambrosía no había disminuido en lo más mínimo. Seguía viéndola como a una especie de chispita de luz, como a una brillante estrella lejana, intocable y solitaria, pero esa estrella se había visto terriblemente opacada desde que la luna había salido en la noche de Bill, aquella luna que era su hermano gemelo.

La familia imperial de Mónaco se retiró después de dos horas de llantos y promesas y los príncipes se entregaron sin reparos el uno al otro, con un ímpetu tan ansioso como desesperado, como si les quedaran tan solo unas horas para seguir viviendo. Ni siquiera sentían la necesidad de hacer el amor, además de que las heridas y debilidad de Bill lo impedirían; les bastaba con estar lo más cerca el uno del otro, abrazados casi hasta fundirse en uno solo, respirando el aliento del contrario, dibujando extrañas formas con sus lenguas sobre sus pieles, viviéndose.

Era mejor que estar en el cielo.

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La siguiente persona en hacer acto de presencia fue el, ridículamente apuesto, mejor amigo de Bill. El más joven de los dos príncipes había sonreído como un completo gilipollas ante aquella aparición de relucientes ojos verdes y sedosa melena castaña.

¡Cielo Santo, Bill! —estalló Georg al presentarse frente a Bill, ante la atenta mirada depredadora de Tom— ¡¿Qué rayos te pasó?! ¡¿Fue este imbécil nuevamente?! — dijo el castaño, levantando los puños hacia Tom en una actitud totalmente amenazadora.

¡¿Qué?! ¡¡No!! —Vociferó el moreno, indignado— no le digas así Geo, mejor siéntate y deja que te cuente.

Oh… bueno, mis disculpas — refunfuñó el castaño con asco y después se sentó frente a Bill en uno de los enormes sofás blancos que alguien había acercado al lecho.

Bill volvió a sonreír. Aquellos ojos verdes hacían que se sintiera levemente temerario, pero Tom no sonrió; estaba mordazmente callado, mirando a Georg con sus enormes ojos castaños que relucían y chisporroteaban con un extraño fuego ácido.

Espera a que te cuente todo…— prometió Bill su ojo sano brillante y la mano de Tom fuertemente apretujada entre la suya…

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Cinco días después de su rescate, Bill recibió otra visita que lo dejó agradablemente sorprendido.

Se trataba de Gustav, su fiel amigo. El rubio se había pasado toda la mañana con Bill y Tom; aunque este último se había retirado por un rato para darles algo de privacidad, pero volvió al cabo de veinte minutos escasos; pues sentía una opresión llena de un pánico muy particular en el pecho que no era otra cosa que una de las crisis de Bill; crisis que únicamente el conseguía mantener a raya, y desde entonces había permanecido con él, acunándolo en un abrazo tan protector como posesivo; pero Gustav no vio en ello nada de malo.

El rubio había tenido una larga semana para pensarlo y finalmente había decidido regresar a Mónaco; y así se lo expuso a Bill.

En verdad quisiera quedarme, Bill, pero no lo haré. El Rey Magnus me ha solicitado que me ocupe personalmente de la seguridad de su hija, y estando ella tan deprimida…

Lo sé — terció Bill torciendo el rostro en un gesto de dolor. Le hería profundamente ser el causante de la infinita pena que embargaba a Ambrosía, su amada niña… regresaría a Mónaco sin duda alguna de no existir Tom, pero su hermano existía y no podía ni concebir estar lejos de él. Cuando eso sucedía su mente se bloqueaba y el terror se apoderaba de su cuerpo. Necesitaba a Tom como necesitaba el aire para respirar, y por alguna extraña razón, Tom le necesitaba a él de la misma desesperada manera— quisiera hacer algo para que ella no estuviera tan mal…

Lo único que podrías hacer sería regresar a Mónaco, Bill… pero Tom tendría que ir contigo y Calabria se quedaría sin herederos, cosa que no puede suceder. Todos aquí hemos comprendido la imperdonable atrocidad que sería intentar separarlos de nuevo. He visto un poco de las investigaciones que está haciendo el nuevo Medico Real y… su conexión es mucho más profunda de lo que cualquiera pueda imaginarse— el rubio había boqueado al ver la petulante sonrisa complacida de Tom— a decir verdad os envidio. ¿Quién no daría lo que fuera por nacer con una alma gemela incluida? — rió y después de pasarse con los príncipes casi todo el día se había retirado para cenar y charlar con Georg, el nuevo visir de Calabria, a quien le sentaban de maravilla los trajes de terciopelo y las botas con espuelas relucientes. Bill estaba eufórico por tenerlo en el palacio con él.

Una semana después del rescate, durante las frescas horas del atardecer, Bill estaba cómodamente medio enterrado entre las sábanas, viendo el delicado trazado de tallos y flores que la enredadera de jazmín dibujaba sobre la esquina inferior del ventanal de la habitación y que se recortaba contra la brillante luz del cielo vespertino mientras Tom se había tomado unos minutos para ducharse, cuando las blancas puertas decoradas se abrieron violentamente de par en par. Bill apenas pudo medio levantar su cabeza de oscura melena cuando su lenta mirada de bronce derretido se había vaciado directamente, chamuscando unas pupilas del color del océano, enmarcadas por una melena rubia casi platinada.

El príncipe Andreas se quedó momentáneamente petrificado al entrar. Había esperado encontrarse todo menos aquello. Sabía que la boda se había cancelado, pero no estaba enterado del porqué, ni estaba enterado de qué había pasado durante su ausencia, pero jamás se hubiera imaginado que le recibiría sobre la cama de Tom aquel joven que creía un ordinario bastardo muerto de hambre y al que el despreciaba enormemente.

¿No te enseñaron a tocar las puertas? —bufó Bill, molesto.

¿Y a ti a no meterte en sitios en donde no perteneces? ¡¿Qué demonios haces metido en la cama de Tom?! — chilló Andreas totalmente indignado.

Eso a ti no te importa, y ahora lárgate. —demandó Bill, frunciéndole el ceño, pero el rubio príncipe se carcajeó.

Veo que alguien se atrevió a ponerte en tu lugar— dijo, señalando el cuerpo medio mutilado de Bill. El pelinegro tenía una camisa blanca desabrochada y se podían apreciar los vendajes del cuello y el brazo, además de que su rostro hablaba por si solo— pero les faltó un poco ¿no crees? Yo arreglaré eso— dijo el rubio, desenvainando su espada. Bill se tensó como las cuerdas de un piano y se encogió levemente sobre la cama. En ese justo momento estaba seguro de que Andreas podría matarlo si quisiera, y él no podría hacer nada para defenderse teniendo las dos piernas y un brazo inutilizado.

El rubio príncipe se adelantó hasta quedar a los pies de la cama, y disfrutó del tremendo desasosiego que emanaba de cada poro de Bill mientras le acercaba al pecho la punta de la espada.

Si te atreves a tocarlo, Andreas, te despellejo vivo y después empalo tu cuerpo sobre una estaca para decorar la entrada de mi palacio —la voz de Tom sonaba baja y contenida, pero totalmente rabiosa. Andreas se volvió lentamente hacia él. El príncipe estaba de pie en el umbral de la puerta del cuarto de baño y tenía su propia espada en la mano. La espada del rubio se resbaló de sus manos y abrió desmesuradamente los ojos. Jamás había visto a Tom tan furioso como decidido.

Tom ¿pero qué rayos? Soy tu amigo… ¿Qué está sucediendo?

No te mato aquí mismo porque no lo sabías, así que eso cuenta levemente a tu favor— dijo Tom bajando la espada mientras caminaba hacia donde estaba tendido Bill con los pupilas dilatadas—, pero entérate de una vez, Bill es mi hermano, es hijo de mis padres y por lo tanto un príncipe, así que como tal vas a tratarlo y si no estás dispuesto a hacerlo ya te puedes ir largando.

¿Qué? Tú me estas tomando el pelo— bizqueó el rubio, reculando— ¿Cómo sucedió? No entiendo… ¿éste… tu hermano?

Si quieres saber qué pasó, pregúntale a los escribas porque yo no tengo tiempo de platicarte nada. Sabes que eres bienvenido en nuestro Reino, pero si llego a ver tan solo una mirada que me desagrade dirigida hacia mi hermano, desearás no haber nacido. Aclarado eso, retírate por favor, porque Bill esta algo débil y necesita descanso. Ya sabes que habitación puedes ocupar.

Y el príncipe Andreas, después de asentir y reverenciar a los gemelos con actitud envarada se había retirado como un perro con la cola entre las patas.

Cuando se hubieron quedado solos, ambos príncipes hicieron lo que mejor sabían hacer, amarse. Parecía que no podían tener las manos lejos el uno del otro por más de unos minutos; Bill sonrió con su sonrisa remendada, Tom jadeó al verlo y se abalanzó sobre él con tanta destreza que no le causo el más mínimo dolor; pero Bill quería que le doliera; podría decirse que se le cruzaron los cables, o que ya se había vuelto medio masoquista, pero ansiaba un beso de Tom tan ardiente como doloroso, por eso el pelinegro serpenteó lentamente hasta encajar sus labios magullados con los perfectos y lustrosos labios de Tom, desesperándose al sentir como Tom trataba de contenerse.

Ve más despacio, Bill…

Tom…no — llamó Bill, encontrándose con los atribulados ojos castaños de su hermano, en donde claramente luchaban el miedo a herirlo contra el deseo a poseerlo— no te cortes… estaré bien…— pidió y las palabras brotaron de él como un río de oro. Tom fue incapaz de resistirse y le besó con fuerza, profundizando en la boca de su gemelo con ímpetu y dominio.

Bill sintió las llamaradas metálicas de autentico dolor desprenderse de cada una de las heridas de su boca y sonrió mientras le respondía aquel beso prohibido a su hermano incluso con mas brío, disfrutando de la deliciosa sensación de dolor y placer.

Casi de inmediato ambas bocas se impregnaron con el metálico sabor de la sangre; Tom quiso detenerse, pero Bill no lo quería y Tom se sentía arrastrado por sensaciones que no venían propiamente de él, pero que se adueñaban de su ser con una facilidad insultante y solo fue capaz de hacer la voluntad de Bill; de besarlo como un desesperado, mientras recorría los suaves planos de su cuerpo delgado por debajo de las frescas telas de algodón que pronto les sobraron.

Ninguno supo bien lo que sucedió; la sangre que brotaba de la boca de Bill terminó manchando ambos rostros, y hubo un momento en el que ambos cuerpos se fusionaron en uno solo, encajando tan perfectamente bien como un único rompecabezas de pieles sudorosas y manos desesperadas.

Bill arqueó la espalda, aullando de dolor y placer, mientras Tom le embestía con fuerza y destreza, perdiéndose en la estrecha profundidad de su hermano y saboreando el jardín del Edén, hasta que ambos estallaron, (Tom dentro de Bill, Bill entre las manos de Tom) deslizándose cabeza abajo en una interminable espiral de placer y dolor, mientras el aire húmedo de la habitación se cargaba con el aroma de la sangre y del semen que fluía de ambos cuerpos como una marea cálida y lechosa; Tom soltó el miembro temblorosamente derretido de su hermano, se llevó la mano a los labios y saboreó el semen igual que había saboreado la sangre sazonada de Bill. Los dos sabores se mezclaron en su boca, cremosos, delicados, picantes, salados, tan puros y potentes como la vida misma, y la combinación resultaba tan embriagadora que apenas pudo soportarla.

Cuando la respiración de Bill volvió más o menos a ser regular, Tom alzó su cuerpo y lo sostuvo junto a su pecho acunándolo como si fuese un bebé recién nacido mientras contemplaba aquel rostro manchado de carmín, que era aun mas pálido que antes, y los ojos semi-cerrados por el éxtasis. Abrazó a su hermano durante mucho tiempo, y después alzó sus ojos hacia la fría luna que empezaba a asomarse, esquivando algunas hilachas de nubes blanquecinas mientras iluminaba con su blanco resplandor el níveo cuerpo de su hijo, aquel que Constanza le ofreciera hacia tantos años; y algo pasó entre ellos, algo fue de Tom hacia la luna, algo tan antiguo como las mareas, o como las inmensas distancias que se interponen entre las estrellas.

Y si la luna hubiera podido mirar a Bill directo a los ojos, habría visto que su hijo estaba a salvo por fin, y habría visto que ya no tenía hambre, ya no estaba enfermo, ya no tenía frio. Sabía también que la unión de Tom con Bill había hecho que el primero ya no se sintiera solo ni desgraciado… y entonces la luna salió completamente llena, deslumbrante, orgullosa.

Si, ante los ojos de los hombres estaba mal lo que los príncipes hacían, pero era algo que no estaba en sus manos evitar. Los príncipes se pertenecían, eran razas completamente iguales que estaban lo suficientemente cerca para amarse, pero cuyo amor sería tan complicado como sería tratar juntar el crepúsculo con el amanecer, pero los mortales dormían y no lo sabían; así que nadie se atrevió a interrumpir la noche de los príncipes, aquella noche de sangre y altares vigilada por la luna, aquella noche deliciosa.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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