Capítulo 32: La verdad
—¿Tu abuela? ¿Qué? ¿Pero por qué? —El rey de Mónaco no se lo creía; estaba prácticamente bizqueando por el shock.
—¿Estás seguro Tom? —Preguntó su padre con voz afilada—. Es una acusación muy seria, creo que deberíamos discutir esto con más calma ¿Por qué no llevan al chico a su recamara y…?
—Papá —cortó Tom, indignado—, haz el favor de callarte, si no vas a estar aquí para ayudar será mejor que te marches.
—Thomas, pero como te atreves…
Pero fueron interrumpidos porque el asustado y sudoroso escriba hizo abrir las enormes puertas nuevamente con estrepito revelando a Gustav, quien entró sin más ceremonia, para darle paso a un hombre muy anciano, que rozaba casi los 85 años, acompañado de un joven completamente pulcro de cabellera color arena y ojos cálidos como la miel tibia.
—El doctor Ferrer y su discípulo, el doctor Jean. —Anunció detrás de ellos el mayordomo, mientras ayudaba al escriba del Rey a cerrar la puerta.
Ambos, médicos profesionales, se quedaron de piedra ante la escena que los esperaba en la habitación real del príncipe Tom. Jamás habían estado presentes en una asamblea de aquel estilo, con los mismísimos Reyes presentes, y no solo los de Calabria, sino los de Mónaco también. Reyes que se miraban el uno al otro con el ceño fruncido y miradas cargadas. Gustav fue a pararse respetuosamente detrás del Rey de Mónaco, pero sin despegar la mirada de Bill, quien lucía terriblemente mal.
—Majestades… —Saludaron al unísono los dos médicos, pero los Reyes siguieron mirándose con enojo.
—Vinimos lo más pronto que pudimos —terció el médico más anciano, adelantándose con paso tembleque—, habría mandado únicamente a Jean, pero la familia Real siempre es prioridad… ¿Quién requiere atención medica?
—El joven William —respondió el Rey Magnus de inmediato, haciéndose a un lado para que los médicos pudieran ver al joven pelinegro.
Al verlo, ambos médicos abrieron mucho los ojos. Ambos estaban experimentando la más intensa sensación de deja-vu. A fin de cuentas, hacía poco más de un año habían atendido al mismo chico, en esa misma habitación, aunque el problema era menos grave que ahora. Los doctores se aproximaron al lado del lecho, donde estaba Bill y lo miraron con el terror brillando en las pupilas.
—Dios Santo —exhaló el anciano mientras se llevaba una mano a los labios.
El doctor Ferrer se preguntó cómo es que el joven se las arreglaba para terminar siempre sobre la cama de su hermano, completamente apaleado y prácticamente moribundo. Miró después disimuladamente a sus Reyes; por supuesto que nadie sabía todavía la verdad, porque de hacerlo, los soberanos de Calabria tendrían expresiones distintas, y serian los que estarían en primera fila, presionándolo para que revelara toda la información sobre el estado de salud del joven y gritándole que hiciera lo que fuera, hasta milagros para salvarle la vida; y nuevamente el anciano se preguntó si no sería mejor revelar toda la verdad de una vez por todas, y estuvo a punto de hacerlo, pero se acobardó a último momento al recordar la helada mirada de advertencia que la anciana ex-Reina le dirigiera hacía veinte años. Y además, seguramente los Reyes lo mandarían decapitar por haberles ocultado semejante verdad. Meneó la arrugada cabeza con desolación, pidiéndole al chico una disculpa con la mirada.
—Revísalo Jean —dijo fatigado y el joven asintió, sintiendo una puñalada de compasión y simpatía por Bill.
—¿Está muy mal? —Preguntó la Reina Simonetta con voz estrangulada, sin poder apartar la vista del joven. Sentía un extraño y muy potente y singular impulso de abrazarlo, de llegar hasta él y besar su frente, calmarlo y decirle que todo estaría bien.
—No lo sé, Mi Reina —respondió el anciano—. Lo sabremos hasta que Jean lo revise pero… en efecto, luce bastante mal.
El Rey Magnus volvió a lanzarle a Jörg otra furibunda mirada envenenada y esperó, igual que hacían todos, mientras el joven médico a toda prisa abría un enorme maletín de cuero negro sobre la cama y comenzaba a sacar su estetoscopio, un par de paletillas de madera y una pequeña linterna hecha totalmente de plata. Y sin ocultar lo impresionado que estaba se acercó a Bill para revisarle mientras los restos destrozados de su nariz y de su boca seguía rezumando lentamente una sangre espesa y casi negra. El joven negó, murmurando varios “umm” bastante desanimados. Le revisó con cuidado la humedad del interior de la boca, el tabique y el puente de la nariz, los pómulos afilados y con mucho cuidado le abrió a tientas el ojo derecho, iluminándolo con la lamparita. Los cortes externos que decoraban los antebrazos lucían mal, pero no necesitarían suturas. Toqueteó delicadamente el cuello del joven, frotando para disolver la costra de sangre coagulada de la herida de la nuca, y le revisó las costillas y el diafragma, palpando y escuchando atentamente los órganos internos con el estetoscopio. Se tomó su tiempo en examinar los reflejos nulos de Bill y descubrió que tenía una fisura en el menisco de la rodilla derecha. Por último se detuvo en el brazo torcido espeluznantemente hacia atrás y revisó detenidamente los bordes de la clavícula y el hombro. Bill había comenzado a reaccionar a los delicados toques del médico y agitaba la cabeza muy lentamente.
Algunos minutos después el joven médico se levantó para dar su diagnostico y se topó con siete pares de ojos muy ansiosos. Se dirigió directamente a los Reyes y Reinas.
—Bueno… —dijo, colgándose el estetoscopio al cuello de manera competente—, el joven está bastante mal. Tiene el cuerpo lleno de heridas y magulladuras. Las heridas demuestran que fue víctima de tortura, por lo menos durante 72 horas, quizá más. Es la peor y más brutal golpiza que he atendido en toda mi vida. Los desgarrones en las cejas, los labios, los pómulos y los antebrazos los puedo suturar. Tiene roto el tabique pero puedo enderezarlo. El ojo derecho esta traumatizado, por suerte no tiene daño en la retina… pero por poco, podría haber perdido el ojo… Lo tendrá teñido de sangre por algunas semanas hasta que el derrame vaya desapareciendo… aunque es probable que pierda un poco la visión —mientras más hablaba, los presentes mas se aterrorizaban y se enfurecían—, la herida de la nuca es profunda, llegó hasta el hueso cervical y los músculos están desgarrados, la suturaré de adentro hacia afuera dejando un orificio para el drenaje, pero puede que presente hemorragias constantes que habrá que atender sin demora. No hay heridas de consideración en el tórax, aunque puede que alguna costilla esté astillada, no lo sabré hasta que revise más a fondo. Su corazón bombea lentamente por toda la sangre que ha perdido, la recuperará completamente dentro de seis meses, quizá más. —El joven prosiguió sin detenerse—. El brazo izquierdo no está fracturado, solo esta dislocado. La razón más segura es por algún violento tirón o por haber estado suspendido de los mismos por demasiado tiempo, además de que claramente puedo notar que estuvo todo el tiempo sostenido sobre las rodillas. Las dos están luxadas y la derecha tiene una fisura en el menisco además del músculo del muslo totalmente desgarrado; no puedo asegurar que el príncipe vuelva a caminar completamente bien. Además de eso, está casi totalmente deshidratado y la fiebre está comenzando, así que algunas de sus heridas deben estar ya en proceso infeccioso.
— ¿Puede salvarlo? —La voz quebrantada de Tom era de pura conmoción.
—Haré todo lo que pueda Alteza, pero necesito de alguna autorización para aplicar un tratamiento nuevo contra la infección.
—¿Qué tipo de tratamiento es ese? No autorizaré nada si eso implica riesgos para él — afirmó el Rey Magnus.
—Uno nuevo… bastante eficaz pero… aún está en etapa de experimentación.
—¿Y quieres experimentar con él? —dijo Tom con el rostro oscuro, totalmente indignado.
—Lo siento Alteza… pero es lo mejor que puedo ofrecer, sin ese tratamiento las posibilidades de recuperación son casi nulas, probablemente la infección y la fiebre lo matarán… por otro lado, el medicamento es bueno, pero…
—Pero qué. Di todo lo que tengas que decir. —Ordenó Tom casi con desesperación.
—Las reacciones adversas son totalmente fatales. Si su cuerpo rechaza el medicamento…
—¿Y así esperas que lo autorice? ¿Pero qué clase de medico de un centavo eres tú? — Magnus estaba totalmente enrabietado, tanto que podría comenzar a escupir fuego en cualquier momento.
—Es lo único que puedo ofrecer en éste caso… el chico está muy mal —y como afirmación, Bill empezó a emitir extraños sonidos guturales desde el fondo de la garganta, sonidos que el joven médico identificó de inmediato como de asfixia. El pelinegro se estaba ahogando con su propia sangre, así que el joven no perdió tiempo y le acomodó la cabeza sobre varias almohadas.
—Hágalo. Sálvelo. —Ordenó la Reina de Calabria, hablando por primera vez. Nadie más objetó nada. El joven asintió y le pidió a uno de los esclavos que sostuviera la cabeza de Bill, pero Tom fue el primero en saltar, encargándose de la petición del médico, mientras que él tomaba su maletín y comenzaba a preparar todo sobre la mesa que tenía las palanganas de cerámica repletas de agua humeante y paños de lino color blanco. El príncipe observaba mudo de horror y de pena el guiñapo irreconocible en que se había convertido su adorado y elegante pelinegro.
—No se preocupen Majestades —dijo el médico anciano tratando de conciliar—. Jean acaba de regresar de un viaje que hizo por Paris y Londres, donde trabajó con una eminencia, el científico Alexander Fleming. Él es el descubridor del tratamiento que se le aplicará al joven. Se trata de un antibiótico en etapa de desarrollo. La penicilina evitará que la infección se disperse por el cuerpo del chico y probablemente le salve la vida.
—Adelante entonces, adelante, pero más os vale que no tenga reacciones adversas o lo pagarán caro —farfulló el Rey Jörg. Quería tener lo más tranquilo que pudiese al Rey Magnus, antes de que éste decidiera cumplir su amenaza de iniciar una absurda guerra por un joven que para sus ojos, no lo valía, pero eso no se lo dijo a nadie—. Todo por un simple plebeyo —murmuró para que nadie escuchara.
El joven médico remojó un paño y empezó a limpiar las heridas del rostro de Bill con tiento, tratando de no rozarlas más que lo necesario; al llegar a la nariz, le acomodó el tabique con un movimiento rápido, temiendo el dolor que pudiera ocasionarle al chico, pero éste no se movió, solo Tom fue el que dio un respingo al escuchar el crujido, mientras arrugaba la nariz al sentir un latigazo de dolor que no sabía de dónde provenía.
—Siempre te metes en unos líos soberbios —le dijo el médico en voz baja, con simpatía —, pero no te preocupes, yo te arreglaré.
El aspecto del pelinegro dejó de ser tan terrorífico una vez que la sangre seca fue eliminada de su rostro y cuello, pero aun así las heridas eran graves.
Tom se perdió mirándolo. Por debajo de la sangre y la hinchazón, su rostro seguía siendo pálido y casi insoportablemente hermoso, simétrico y perfecto.
El médico se levantó y sacó una aguja delgada, brillante como el mercurio y ligeramente redondeada en una elegante curva; acto seguido sacó un rollo de hilo de seda.
—¿Qué es eso? —Preguntó el rey Magnus curioso, todos los presentes estaban igual, menos Tom. El príncipe estaba indignado, quería que le dieran mas privacidad, pero los Reyes habían rehusado marcharse hasta que estuvieran completamente seguros de que el joven se recuperaría.
—Es sutura Majestad. He de suturar las heridas con mucho cuidado. Sobre todo las del rostro. Aprendí una técnica en París. Las suturas las haré escondidas, y los puntos separados para no arruinar la belleza de éste rostro. Ahora se ve hecho pedazos, pero en poco tiempo y con mucha suerte apenas le quedara marca alguna, pero antes debo sedarlo un poco —dijo el médico mirando a Bill de manera embobada. Aun con los labios partidos y las cejas rotas seguía siendo perfecto… y Tom se estaba dando cuenta de todo y lo miraba con los ojos entrecerrados por la rabia mientras que el doctor llenaba una jeringuilla con un líquido transparente y levemente aceitoso.
—¿Qué es eso? —Preguntó Tom.
—Es morfina, he de ser muy cuidadoso o podría meter una burbuja de aire en la vena— El médico alzó la jeringuilla mirándola a contraluz—, allá va la burbuja, tan inofensiva como la leche —después se inclino sobre el pliegue interno del codo de Bill y empezó a hundir con mucha delicadeza la aguja en la suavidad de la carne—, allá va —El médico fue subiendo el émbolo muy lentamente hasta que un diáfano remolino de sangre llenó la jeringuilla. Un segundo después toda la morfina entró al sistema de Bill.
Tom sintió su sangre arder cuando vio cómo el médico le dedicaba una caricia casi imperceptible al rostro magullado de Bill, y estuvo a punto de lanzársele encima como lo haría un perro rabioso, pero logró contenerse, porque de no hacerlo podría lastimar aun mas a Bill.
“El no sabe nada”se dijo finalmente mientras acariciaba los mechones de la frente de Bill, pringándose los dedos de más sangre. No le importó.“Únicamente juzga a Bill como todos lo hacen, sólo por su externa belleza etérea, pero nadie lo conoce como yo. Nadie conoce su ingenio, sus agradables silencios, y su repentina y muda pasión. No sabe nada sobre nuestras noches calientes y la textura de seda húmeda del interior de su sexo. Puede fantasear un rato entonces”.
El médico suturó las heridas del rostro de Bill con tanta pericia que cuando terminó, apenas se notaban tenues líneas rojizas donde antes la piel había estado abierta, y los Reyes asintieron satisfechos. El doctor Ferrer se adelantó hasta la cabecera e intentó quitar el arete que atravesaba la ceja de Bill, pero Tom lo detuvo, apartándole la mano con actitud posesiva.
—No lo toque —advirtió.
—Pero Alteza… es más higiénico si se lo quitamos.
—Ahí no tiene golpes, déjelo como está.
—Tom —intervino su padre con tono de advertencia—, deja que los doctores hagan lo que tengan que hacer.
—No tiene porque tocar eso —determinó el príncipe.
—Tiene razón —intervino Gustav—, eso está intacto.
Y siguieron discutiendo aquel sinsentido, nacido de la desesperación y la incertidumbre, mientras el médico más joven tomaba unas tijeras plateadas para cortar el chaleco de cuero negro totalmente estropeado y pringado de sangre que portaba Bill. No podía arriesgarse a sacarlo; si el joven tenía alguna fractura podría ser fatal para él.
El médico anciano miraba desde el pie de la cama, mientras Tom, con la rodilla apoyada en el lecho y la cabeza de Bill entre sus manos, seguía bufando de coraje, de desesperación. Los Reyes también observaban mudos y cabizbajos mientras el joven quitaba los jirones maltrechos del chaleco, cuando un trozo de papel de apariencia pesada, entintado en sangre se deslizó por el forro de seda purpura del bolsillo interior, y aterrizaba sobre las sábanas, a un lado de la mano quieta y llena de magullones sanguinolentos de Bill, ante los ojos de todos los presentes. El joven medico la tomó por puro acto reflejo, frunciendo el ceño y la abrió para leerla.
Permaneció inmóvil durante bastante tiempo, y mientras leía su rostro fue perdiendo paulatinamente el color hasta quedar blanco como la cera, sus ojos prácticamente se desorbitaron y se atragantó con su propia saliva. Al terminar de leer le dirigió una mirada a Bill y sintió su interior contraerse de terror en un violento acceso de nauseas. Sus fosas nasales se dilataron y sufrió una convulsión.
—¿Qué sucede Jean? ¿Qué es eso? —Preguntó el anciano Ferrer, preso de la angustia, pero el joven no respondió. Solo le dedicó una mirada amarga y repugnante que hizo al anciano medico sudar en una oleada de terror que se extendió por su cuerpo tan deprisa como la corrupción se extiende por el sepulcro.
—¿Qué pasa muchacho? Habla de una buena vez —intervino el Rey Magnus con su voz atronadora, mirando como los ojos del joven médico vagaban por toda la habitación, como si no la reconociera, para posarse finalmente en la alta y esbelta silueta del Rey Jörg.
—M-majestad —tartamudeó—, creo que… será mejor que vea esto.
Y se levantó para llevarle la carta al sorprendido Rey Jörg.
—¿De qué se trata? ¿Qué es todo esto? —dijo él mientras tomaba el sucio trozo de papel—. ¿Esto es sangre?
—Solo lea, Majestad —dijo el médico, cuya actitud había cambiado al entender que la vida de un príncipe estaba en sus manos. Gruesas gotas de sudor le escurrían desde las sienes y tenía los ojos dilatados por el pánico. Comenzó a trabajar en el estropeado cuerpo de Bill con una pericia y concentración atroces, como si su vida dependiera de ello. Tom lo miraba con desconfianza y cólera, mientras los Reyes de Mónaco, la Reina de Calabria y el anciano Ferrer e incluso Gustav fruncían el ceño, viendo como Jörg tenía una reacción similar a la del médico a medida que avanzaba en su lectura, estaban preguntándose qué demonios estaría escrito en ese trozo de papel para causar semejantes reacciones.
Cuando Jörg terminó de leer levantó la vista lentamente, con una mirada totalmente impactada. Su corazón latía tan ferozmente que parecía que se le iba a escapar del pecho, y su mirada fue a posarse directamente en el rostro de su valiente hijo, pero no el del mayor. Estaba mirando a su hijo menor, mientras los ojos, de idéntico color a los de Tom y Bill se le llenaban de lágrimas y se llevaba una mano temblorosa al rostro.
—¿Querido? —La reina Simone se acercó a su esposo, presa de la turbación— ¿Qué sucede? ¿Qué dice esa carta?
Pero el Rey Jörg la ignoró y caminó directamente hacia el médico anciano, y le tendió el papel con una violencia inusitada.
—¿Majestad? —El médico no tomó la carta.
—Lee esto —espetó el Rey, con la voz baja, rabia apenas contenida, y esperó mientras el anciano leía. Cuando terminó, el papel temblequeaba en sus manos como si el anciano tuviera el mal de Parkinson totalmente avanzado. Acto seguido bajó la hoja.
—¿Es cierto? —Fue apenas un murmullo.
—Ma-majestad yo…
—¡¡¿ES VERDAD O NO?!! —Bramó el Rey, haciendo que todos saltaran ante el potente grito.
—…Si Majestad
El aspecto del Rey Jörg era tan conmocionado que resultaba digno de compasión. Tenía los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas que parecían estar a punto de desbordarse. La tristeza y la desolación luchaban en su rostro. Todos en la habitación, salvo el médico joven, lo miraban con los ojos abiertos como platos, sin emociones en los rostros. Jörg le arrebató la hoja al médico y llamó a gritos al mayordomo que esperaba afuera.
—¿En dónde está Lucila? —Preguntó una vez que el mayordomo estuvo frente a él en la entrada de las habitaciones de Tom.
—Su Majestad esta en sus aposentos, custodiada por seis soldados de Mónaco. — respondió el mayordomo.
—Mejor, que la traigan ellos y no la pierdan de vista; si intenta alguna estupidez deténganla, pero no la maten…aun.
Cuando el sudoroso mayordomo se hubo marchado Jörg volvió a entrar a la habitación, con la mirada de un hombre consumido. Nadie se atrevió a preguntarle más nada, pero todos esperaban con expectación. Acto seguido, el soberano hizo algo que sorprendió aun mas a los presentes. Se acercó decidido al pie de la cama y acaricio los pies de Bill envueltos en sabanas. Al mirar a su hijo, sintió que su ira se incrementaba. Delgado y bastante sucio, vestido con ropas ensangrentadas y todas esas heridas plasmadas en el cuerpo. A juzgar por su aspecto llevaba días sin disfrutar de una comida decente o una buena noche de sueño, pero aun así estaba envuelto por un aura de dignidad extraña e inocente. Sus rasgos eran hermosos, puros y conmovedoramente jóvenes, y mientras las manos del médico iban restañando y sanando sus heridas, su rostro dormido adquirió una nueva expresión, algo que solo podría definirse como una especie de santidad o como la sensación de estar donde tenía que estar, de haber llegado por fin al sitio que llevaba buscando desde hacia tanto tiempo. El lugar al cual pertenecía.
Y el cambio que se había operado en el príncipe hizo que la chiflada y malévola anciana le pareciera más horrible y amenazadora que nunca.
—Papá, que es lo que sucede —Preguntó Tom, sintiéndose ansioso. Quería averiguar que le pasaba a su padre, el porqué había cambiado su mirada de molestia a una de adoración aterrorizada al ver a Bill, pero se resistía a apartarse del lado del pelinegro.
—Ahora no Tom, espera un momento —Pidió Jörg, y Tom asintió, estupefacto.
El Rey Magnus, su esposa, y Gustav estaban del lado de la pequeña sala blanca, en un silencio totalmente perdido, preguntándose qué había pasado, cuando las puertas volvieron a abrirse, revelando a la anciana Lucila, quien iba caminando lentamente seguida de cuatro enormes guardias de lanzas alzadas. La malevolencia y perversidad que emanaban de su persona hizo que Tom, Gustav, y el Rey Jörg arrugaran la nariz con asco. En especial los dos jóvenes le dirigieron miradas asesinas, e incluso el rubio se llevó la mano al cuchillo que estaba en su cinturon pero la anciana no se alteró.
Se detuvo delante del Rey Jörg, y le sostuvo la mirada desafiante y helada. EL Rey inspiró tres veces para lograr calmarse, después le hablo:
—Puedo soportar tu orgullo —exclamó— ¡y tu flagrante ineptitud y tus costumbres estúpidas! —gritó, subiendo el tono— ¡¡¡¿PERO COMO PUDISTE SER CAPAZ DE SEMEJANTE BAJEZA?!!! —vociferó el Rey a todo pulmón, con histerismo, levantando una mano mientras la anciana retrocedía impactada, al igual que el resto de los presentes.
—¡Jörg! ¡No! ¿Qué haces? —Gritó su esposa, colgándose de la mano que el Rey había levantado.
El Rey le entregó la carta a su esposa sin decir nada más y esperó, destilando ira por cada poro.
Pero nadie estaba preparado para la reacción que la reina tuvo al acabar de leer. Se alejó del Rey y se acercó a su madre, tomándola por los brazos y sacudiendo ese cuerpo envejecido y falto de sentimientos y la Reina vio en su propia anciana madre un alma negra y putrefacta, una criatura sin moral y sin pasiones salvo aquellas que podían ser satisfechas a base de dolor y sufrimiento, una horrible criatura enloquecida que podía entregarse a rabietas incontrolables y horriblemente destructivas.
—¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué derecho tenías? Nos arruinaste la vida… —lloró la Reina y alejó a la anciana de un empujón para tener el paso libre hacia la cama de Tom, y al llegar ahí se abalanzo sobre Bill con tanto ímpetu, que el mismo Tom tuvo que medio saltar a un lado para que el movimiento no dañara mas al pelinegro. Entonces las manos de Tom fueron sustituidas por las manos de la Reina, mientras ella acunaba la cabeza de Bill en su regazo y lloraba de forma sonora—. Mi bebé. Mira lo que te han hecho. Dios mío. No puede ser. Pero te pondrás bien, te pondrás bien —Las palabras eran como un rezo, una letanía.
Los Reyes de Mónaco, Gustav y Tom estaban totalmente sorprendidos, impactados, confundidos. Mas este último al ver a sus padres perder de aquella manera la compostura, y al ver la mirada fría en el rostro de su abuela sintió que una nueva ira gélida lo invadía. Quería saber lo que estaba pasando, y quería saberlo ya. Se plantó delante de su padre, ignorando totalmente a su anciana abuela.
—¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué de pronto miras a Bill como si fuera una rara especie de divinidad y porque ahora mi madre llora de forma desconsolada por él? ustedes lo odian —demandó, cruzando los brazos delante del pecho. Miraba fijamente a su padre, pero con la vista periférica tenía una buena visión de lo que hacían con Bill. El médico había abierto su camisa blanca y palpaba la piel entre blanca y amoratada de su pecho—. ¿Qué es lo que dice esa carta?
—Ésta carta Tom —dijo el Rey, señalando el papel arrugado que tenía su madre en una mano—, ese papel dice que el muchacho que esta medio muerto sobre tu cama, es tu hermano. Dice que es hijo nuestro. Dice que es un príncipe. Dice que nació tan solo unos minutos después que tú, el mismo día, la misma noche. Dice que es un príncipe que…ésta mujer —señalo a la anciana— mandó matar para que jamás se supiera la verdad… —Terminó el Rey con la voz totalmente estrangulada.
Y Tom dio un par de pasos hacia atrás como si hubiese recibido un terrible puñetazo en toda la cara. Estaba completamente impactado y no de una buena manera.
—Tienes que estar bromeando —farfulló, mirando ora a su padre, ora al Rey Magnus, cuya mandíbula había caído hasta el piso. El joven noble camino hasta la cama y tomó de manos de su madre la carta, leyéndola en un tiempo record. Después meneó la cabeza— esto es una broma.
—No —dijo la anciana con voz venenosa—, no está bromeando. Es verdad querido—confesó sin parecer arrepentida, dejando a todos sumidos en un completo shock—. Yo lo mandé matar en cuanto nació, pero tuvo suerte y se me escapó —los ojos de la mujer bailaban enloquecidos, taladrando los aturdidos orbes de su nieto— y luego tu Tom sembraste la semilla al hablarme de tu amigo, el hijo de tu nana. Así que mande investigar y que me encuentro, que está vivo y de no ser por ese maldito guardia soplón, tú hermano estaría totalmente muerto ahora… pero sé que tú me entiendes Tom, yo lo hice por ti querido.
—¡No te atrevas a decirme así! —Bramó el príncipe, estallando en lo que todos pensaban que era una de sus crisis de egoísmo— ¡Tú no eres nada mío! ¡¿Cómo rayos pudiste?! ¿Cómo puedes estar aquí parada y mirarnos a la cara? ¡Le arrebataste a mi madre a su hijo de los brazos! ¡¡Ordenaste asesinar a mi hermano!! ¡¡¡Y no te atrevas a mirarlo a él!!! ¿Con que derecho lo hiciste? ¡¡¡Eres la peor clase de escoria que ha pisado este mundo!!! Qué asco y lástima siento de ser algo tuyo.
La anciana retrocedió intimidada ante la furia de su nieto y posó la vista en el cuerpo tendido de Bill, mirándolo con desprecio.
—Entiéndelo Tom, querido —dijo— y todos deberían hacerlo. Ese chico —señaló a Bill con el índice— es un error, una ignominia, algo que no debió ser ¿o como se explican que nazca un niño después de otro? Sin duda es obra del demonio.
Los nobles estaban tan atónitos ante tanta ignorancia que no podían decir palabra. El médico joven fue el que habló.
—Está equivocada —sentenció— no es común, pero si es posible. Estos príncipes son hermanos gemelos uniovulares. Un milagro de la naturaleza. Un milagro que está a punto de desvanecerse gracias a usted.
—Sáquenla de aquí. —Pidió Jörg, con voz fatigada, pero de pronto, Bill abrió los ojos (el izquierdo mucho más que el derecho) haciendo que el médico saltara hacia atrás y quedara sentado sobre sus talones. Tanto Jörg, como Tom, el médico anciano y los Reyes de Mónaco se acercaron en el acto.
Tom vio el rostro bañado en sudor de su hermano y se dejó caer a su lado. Bill respiraba con gran dificultad y alrededor de su boca apareció un hilo de espuma. Tenía las pupilas dilatadas y, en la profundidad de sus ojos, Tom pudo ver el pánico y la inmensa tristeza que su hermano sentía. Los labios magullados estaban tensos sobre los dientes y los huesos de sus pómulos estaban mucho más prominentes que cuando habían estado rodando sobre la cama hacía tan solo cuatro días.
La anciana sonrió con petulancia, parada al pie de la cama.
—Bendito seas, nieto mío —habló, dejando congelados a todos—, cuando contemples el rostro del señor, me darás las gracias.
Tom volteó en el acto y miró a la anciana con una furia tal, que ella tuvo que recular varios pasos hacia atrás. Las pupilas marrones del príncipe, que acechaban detrás de las rendijas de los ojos ardían con el fuego de la amargura y tenían el color del veneno.
—¡¡Fuera de aquí!! —Bramó el Rey Magnus estallando en la exasperación y con una seña le indicó a Gustav que se hiciera cargo; en menos de cinco segundos la anciana fue remolcada por el rubio a base de empujones fuera de la habitación, siendo seguida por los imponentes guardias.
—Por favor Magnus, dame algo de espacio aquí. —Pidió Jörg sin ver a nadie más que a sus dos hijos—. Después hablaremos. Hay mucho que hablar.
—Por supuesto Jörg. Serenidad —le dijo poniendo una enorme manaza rosada en el hombro esbelto del Rey de Calabria— Bill es un chico fuerte —agregó sin mucha convicción y acto seguido se retiró, caminando al lado de su esposa y con un Gustav que volteaba hacia Bill en todo momento.
—Tom… —murmuró Bill con su voz de oro que parecía estar a punto de quebrarse— Tom —volvió a llamar y el príncipe volteó a verlo con una mirada desolada, pero los ojos de Bill ya se habían apartado de los de Tom y recorrieron lentamente la habitación hasta encontrar al Medico Real— Yo no pedí éste destino. Yo no lo quería. Yo solo deseo… paz… no más dolor.
Tom se apartó de Bill. No lo podía soportar. Sintió que su rostro se contorsionaba, pero no iba a llorar. No, no iba a llorar. Se dirigió hasta los ventanales y clavó la mirada en las verdes extensiones de césped recién cortado, mientras el crepúsculo comenzaba a entrar. Los soldados de Mónaco habían formado una hilera cerrada en torno a los ventanales del cuarto de Tom, esperando con las lanzas en alto y los arcos cargados de flechas, colgando de las espaldas.
La cabeza de Bill se empezó a agitar entre las manos de su verdadera madre, revolviendo la mata desordenada y pegajosa de cabello negro, al tiempo que el joven murmuraba frases entrecortadas e ininteligibles. El joven gemía y se retorcía adolorido, con la frente bañada en sudor. Ambos Reyes le tomaron la mano derecha con desesperación, desolados mientras el príncipe doblaba las rodillas cada vez que le acometía el dolor. El joven médico se incorporó y cubrió el delgado cuerpo con las mantas.
—¿Qué le sucede? —Demandó saber el Rey.
—Esta delirando por la fiebre y el dolor y el efecto anestésico de la morfina ya fue consumido por la temperatura tan alta de su cuerpo. Tiene las costillas muy golpeadas, pero no creo que haya fisura alguna. Necesito un par de esclavos fuertes. Voy a acomodarle el brazo y mi recomendación es que esperéis afuera Majestades.
—No, no me iré. —La Reina estaba decidida. El Rey asintió, sin moverse, mirando como el médico le pedía al mayordomo que trajera a los esclavos.
—Bueno entonces necesito que os apartéis y no miren por favor, no es algo que os gustará. El Doctor Ferrer comenzará a preparar los analgésicos más fuertes. —Pidió el médico con amabilidad y tras un segundo de vacilación los Reyes se situaron a ambos lados de Tom, con las miradas fijas en las filas de soldados que esperaban en el anochecer, mientras el mayor de los hermanos tenía los ojos ocultos tras un velo de lágrimas.
Unos segundos después en el silencio de la noche se escuchó un sonoro crujido, acompañado por el alarido de dolor más terrorífico y espeluznante que alguien podría haber oído. El lamento viajo por todo el palacio, anidándose en cada rincón, retumbando por cada pared hasta que paulatinamente se fue acallando, dejando todo sumido en un silencio sepulcral en el que solo se escuchaba el crepitar de las llamas de la chimenea. El mayor de los hermanos había sentido claramente el dolor del otro, y aunque fue amortiguado le bastó para soltar un siseo, y las lagrimas que había estado conteniendo por meses y meses finalmente se desbordaron de sus ojos al pensar en la agonía que Bill estaba sintiendo.
Los Reyes regresaron al lado de Bill de inmediato para demandar información, mientras Tom era abandonado frente a los ventanales. Un cúmulo de sensaciones extrañas se habían abierto hueco hasta anidarse en su estomago. Ahí dentro luchaban la rabia, la indignación, la injusticia, la negación, la tristeza y el orgullo. No se sentía bien.
—¿Qué va a hacer ahora? —Preguntó la Reina con voz quebradiza.
—Vamos a darle una tintura de arsénico mezclada con amapola para quitarle el dolor y Jean le administrará la primera dosis de penicilina. Por ahora nada más —dijo el más anciano de los médicos con absoluta seriedad, mirando como Jean sujetaba el brazo recién acomodado de Bill a su cuerpo con varias vendas que lucían muy apretadas.
—Un momento ¿y qué pasa con la fiebre? ¡Está ardiendo! —exclamó el Rey.
—El antibiótico se encargara de eso, hay que mantener la frente fresca pero sin humedecer las heridas y… esperar, esperar a que el chico… esto… el príncipe responda.
La Reina había ocupado nuevamente sitio en la cama y tomó la mano que Bill tenia libre. La piel se sentía caliente y seca, y el rostro húmedo y ardiente.
—Siempre supe que había algo —murmuraba en voz baja, con los ojos clavados en el estropeado rostro de su hijo—, siempre sentí que me faltaba algo. Te llevé dentro de mí como una inspiración. Siempre te amé. Te lo dije Jörg, muchas veces. Ahora puedes ver que no me equivoqué. —El Rey acarició los hombros de la Reina para intentar confortarla, pero nada podía darle consuelo.
—Jean —dijo el Rey—, te quedarás en la habitación de al lado y te asegurarás de que el príncipe vuelva a estar en pie. Y quiero una investigación completa sobre todo lo que puedas averiguar acerca de los nacimientos de gemelos. Quiero entenderlo. En cuanto a usted, doctor Ferrer, quiero hablarle en mi sala de audiencias mañana por la mañana.
Entonces se acercó a Tom.
—Thomas… sé que esto es difícil. Moveríamos a William a otra habitación provisional pero ahora está bastante mal como para hacer eso… y me temo que eso solo pueda acelerar lo que parece inevitable —El Rey sentía que caminaba a pasos muy pequeños por un campo minado. No tenía idea de cuál sería la reacción de Tom y no quería perder tiempo en ella, su otro hijo lo necesitaba—. Puedes quedarte en los aposentos que recién se mandaron construir…—y guardó silencio en cuanto Tom levantó la vista hacia él. Lo primero que el Rey vio en aquellos ojos inundados en lágrimas fue la impresión de edad y de una sabiduría oscura que se hallaba mas allá de comprensión o medida, y lo segundo había sido una soledad tan terrible como resignada, un anhelo por alguien que quizá había llegado solo para volver a marcharse.
—Yo cuidaré de él. —Fue lo único que dijo el príncipe Tom.
—¿Estás seguro?
—Totalmente. Quiero estar a solas con él.
—Pero…
—Descuide Majestad —intervino Jean—. El príncipe Tom es muy capaz de cuidar de su hermano y yo estaré muy cerca por cualquier cosa que pudiera ocurrir.
Y fue así que tras unos cuantos minutos y después de bastante renuencia de los Reyes, finalmente los hermanos se quedaron solos y sumidos en la penumbra. La única luz procedía de una vela titilante que alguien había dejado al lado del mueble de la cama, alumbrando la cabellera oscura de Bill y los cristalinos frascos con las medicinas.
Tom se desató la pesada capa y se arremangó la camisa blanca mientras se acercaba a la cama para mirar a su hermano.
Bill había perdido el conocimiento en cuanto el medicamento había hecho efecto y su sueño finalmente era tranquilo. Tom se sentó a su lado en la parte libre de la enorme cama matrimonial y lo observaba embelesado. Su rostro en calma, a pesar de los delgados hilos invisibles de sutura y los morados seguía siendo andrógino e irresistiblemente bello, pero de la misma manera en que una estatua o una máscara pueden ser bellas: simétricas y perfectas, pero frías, sin color y sin vida. Tom sintió un estremecimiento de miedo. Estaba contemplando al alma perdida entre las almas perdidas. Éste era su hermano secreto y una parte de su mente seguía aferrándose al deseo, y más ahora cuando el resto ya sabía que se trataba meramente de una realidad.
Se quitó la pesada corona hecha de oro macizo que portaba aquella noche y la acomodó muy cuidadosamente sobre la cabellera desordenada de Bill; después sonrió al verlo, y en medio de su fatigado sueño, Bill también sonrió. Entonces el príncipe se quitó las botas, se metió en la cama y se acostó a su lado, tirando del montón de sábanas y mantas medio manchadas de sangre y envolvió –con muchísimo cuidado- a Bill entre sus brazos. Esa noche no quería pensar, no quería pensar en nada; no era una noche para reflexionar, lucharía con sus propios demonios internos después. Le bastaba con sentir el reconfortante peso y temperatura del cuerpo que dormía entre sus brazos para poder conciliar el sueño, poco importaba que fuera su hermano o no, lo único que contaba para él es que lo tenía a salvo consigo y se aseguraría de que siguiera así…
& Continuará &