Capítulo 31: Sálvalo

Tom se sentía cansado, extrañamente cansado. No había dormido ni pizca de bien durante cuatro días, pero el cansancio que sentía no era normal, estaba completamente extenuado, al límite de sus fuerzas, incluso podría echarse a llorar del cansancio que lo embargaba, y no entendía por qué se sentía así. Experimentaba emociones no propias de él, emociones y sensaciones que jamás había sentido y eso lo desesperaba y además de todo se sentía envuelto en dolor.

Era domingo, y técnicamente el tendría que estar de pie sobre esa ridícula tarima labrada en madera de caoba que habían solicitado sus padres, donde daría el “si quiero” en una boda que era un error, en lugar de estar dando vueltas como león enjaulado dentro de la sala de audiencias, siendo observado por un colérico Gustav y una pequeña horda de furiosos y preocupados Valientes del Rey.

El rubio estaba de pie, inclinado hacia la mesa donde el montón de papeles había crecido de manera considerable en cuatro días, y en los cuales no había más que ínfimas pistas. Los soldados habían buscado en toda la isla, en el pueblo, en los bosques y buscado en las extensas playas sin encontrar ni el más leve rastro que pudiera llevarlos hasta Bill.

Alteza —habló Gustav por tercera vez—, no queda sitio donde más buscar… más que vuestro palacio. Insisto en que me deje interrogar a vuestra abuela.

Tom levantó la vista, fatigado, indignado y parpadeó.

Debe ser broma ¿Crees que pudiera estar aquí? Y ya te dije que no metas a mi abuela en esto, ella es incapaz.

No puede haber otro sitio, a menos que se haya tirado de cabeza por el peñasco que está en la bahía —dijo el rubio con retintín. Sus sospechas hacia la temible y anciana abuela de Tom se habían acrecentado sin motivo aparente, y recelaba totalmente de ella. Podría apostarse todas sus medallas y ambos brazos a que la decrépita mujer tenía algo que ver en la desaparición de Bill.

Los Reyes y Príncipes de Mónaco piensan igual que yo. Por favor Alteza, solo cinco minutos.

He dicho que no. En cuanto a lo otro, si dices que el palacio es el único sitio que queda… a propósito ¿Cómo está la princesa?

Agotada —habló Gustav—, sumida en la desesperación.

Pues adelante entonces, peinen el palacio, las habitaciones, las bodegas, las…

Pero el príncipe guardó silencio cuando la puerta de la sala de audiencias se abrió de golpe, dándole entrada a un sudoroso y exánime guardia Calabriano, quien se aproximó entre trompicones hacia la mesa donde estaba Tom.

Alteza —balbuceó en un intento de tomar aire.

Serénate —dijo Gustav, poniendo la mano sobre el hombro del agotado gendarme— y dinos lo que sea que viniste a decir.

¿Qué sucede? —preguntó el príncipe, acercándose con apatía, pero el destello anhelante que iluminó los ojos del centinela hizo que Tom sintiera un pánico tan estúpido e irracional como el de la polilla que se estrella una y otra vez contra el cristal. Un pánico que le hizo sentir un deseo incontenible de asesinar a alguien. Tom lo entendió en un segundo. El guardia sabía dónde estaba Bill— ¡¿En dónde está?! —Gritó el príncipe sorprendiendo a todos al tomar al soldado por los hombros y agitarlo con violencia.

Ma-majestad… tiene que ir… está muriendo… vuestro comandante… tiene que salvarle. —Apenas podía hablar. Las manos de Tom le estaban oprimiendo el cuello con demasiada fuerza.

Gustav, quien había permanecido en silencio, dejó escapar un rugido y se plantó al lado de Tom con la espada desenvainada, acción que copió la docena de soldados que esperaban detrás.

¡¿En dónde, maldita sea?! ¡¡¡¿En dónde?!!! —Los ojos de Tom se desorbitaron, dándole por un segundo el aspecto de un hombre desquiciado.

En… en la habitación… el salón de torturas…en el pasillo que conduce a las mazmorras… —dijo el guardia con la voz estrangulada y el rostro totalmente morado.

Tom sintió que sus pulmones se endurecían, volviendo el aire en afiladas esquirlas de cristal que se comenzaron a clavar sin piedad a lo largo de su espina. Soltó al soldado con violencia haciendo que éste aterrizara en el piso y corrió como un bólido hacia la puerta, despareciendo por ella en cuestión de segundos, con el terror quemándole la garganta.

¡Ustedes, informen a los Reyes de Mónaco y Calabria!, únicamente a los Reyes — ordenó Gustav a un par de soldados anonadados—, el resto síganme —terminó mientras echaba a corren en pos de Tom, con una decena de enloquecidos soldados sedientos de venganza pisándole los talones.

Tom corrió como nunca en su vida había pensado hacerlo. No corría, prácticamente volaba, atravesando pasillos, empujando a sirvientes, nobles y cortesanos; no le importaba quienes fueran. Sus botas creaban ecos resonantes y su capa se agitaba violentamente a su espalda. Sentía perfectamente la presencia de Gustav y de sus soldados muy cerca. Tanto mejor, porque sin duda rodarían cabezas.

Por más que corría, sentía que no avanzaba nada. Jamás le había parecido tan grande el palacio como en aquellos momentos. Finalmente, después de unos cuantos minutos, su carrera desembocó en el estrecho y bajo pasadizo que conducía directo a las mazmorras. Al fondo del mismo había otro guardia de pie custodiando una puerta, y en cuanto se había percatado de la figura del príncipe, que se aproximaba corriendo igual que lo haría un toro de lidia, perdió totalmente el color y levantó los brazos, queriendo detenerlo aunque sabía que era inútil. Tan solo un par de metros atrás de Tom venían más personas, personas a las que reconoció como los bárbaros soldados de Mónaco, por las gigantescas lanzas y los fuertes arcos de madera y remaches plateados.

El príncipe no perdió el tiempo, apartó al guardia de un violento empujón, abrió la puerta de madera oscura de una furiosa patada haciendo que esta se partiera en dos y quedara colgando de los goznes… y la escena que lo recibió lo dejó sin habla.

Lo primero que captó fue una potente vaharada a mugre y putrefacción que le revolvió las tripas, seguida por la mirada plasmada en el rostro de su mismísima abuela. Tom no se lo podía creer; la mirada era de un terror tal, que incluso resultaba hilarante. La anciana se había quedado petrificada al ver aparecer a su nieto como lo haría el mismísimo Perseo clamando venganza. Detrás de ella, Tom pudo ver una enorme jaula parecida a una jaula para pájaros, en tamaño real, pero esta era de hierro tan oxidado que el color había pasado del negro medianoche al marrón rojizo con el paso del tiempo. Estaba abierta de par en par con las puntiagudas estacas tan amenazantes como atrayentes, lista paras para atravesar y desangrar a alguien. Un hombre a quien Tom no conocía de nada acababa de colocar una palangana justo debajo de la jaula, que sin duda era para contener la sangre que las estacas oxidadas harían brotar del cuerpo de la infortunada víctima, y en cuanto había visto al príncipe se había quedado igual de tieso que la anciana. Pero Tom ya no los miraba porque sus ojos aterrorizados, vueltos todo pupila, se habían quedado enganchados a la silueta completamente quieta y extrañamente retorcida que estaba al fondo de la habitación.

¡¡¡¡NO!!!! —El grito lleno de pánico del príncipe retumbó por las cuatro paredes mientras el joven corría cruzando la habitación como un rayo ante la atónita mirada de los presentes, derrapándose con la sangre de Bill esparcida por el suelo al llegar a él— ¡Oh no! —Sus palabras eran un lamento agónico—. No es posible. Por Dios. No. Bill. ¡BILL! —gimió, deteniéndose delante de él. El rostro de Tom se contorsionó. Miró a su alrededor con tanto miedo y desesperación como si los rayos del sol, las mohosas partículas de polvo que flotaban en el aire y los oxidados instrumentos de tortura se hubieran convertido de repente en algo totalmente nuevo para él.

Gustav y los soldados llegaron en ese mismo instante, y se quedaron momentáneamente absortos e inmóviles contemplando la terrible escena.

Gustav miró a Tom después con una cólera helada. Quiso ir hacia él y gritarle en toda la cara un “te lo dije”, pero logró contenerse. Tom volvió a mirar a Bill, abrió la boca, y dejó escapar un rugido tan terrible que desgarró la quietud de la tarde, partiéndola por la mitad.

¡Fuera de aquí! —Bramó la anciana al salir lentamente de su postración. Gustav la miró con verdadero odio y temió por un momento no poder contenerse y empezar a golpearla. Pero entonces la anciana se volvió hacia su espía— ¿Qué esperas? ¡Mátalo! —Gritó, señalando el cuchillo que su espía portaba en el cinturón, el mismo con el que le había hecho varios cortes en los brazos a Bill.

Gustav sintió que su sangre hervía de puro coraje. Aun después de ser descubierta, la inhumana mujer ordenaba terminar con el frágil hilo de vida que le quedaba al pelinegro, y lo hacía sin contemplaciones ni remordimientos.

¡Arrestadla! —Bramó el rubio, mientras él mismo saltaba encima del espía y empezaba a rodar por el suelo, forcejeando con el—. Y a estos insensatos también —vociferó y ocho grandes manos enfundadas en armaduras cobrizas sometieron al hombre y a la anciana en cuestión de segundos.

¡No! Asquerosos plebeyos ¡Suéltenme! ¡Tom! Tom ayúdame. —La anciana lucía aterrorizada, y comenzó prácticamente a implorarle a su nieto, quien la ignoró como si ésta no existiera.

Que se calle —ordenó Gustav mientras se sacudía la ropa— y en el acto, la mujer fue silenciada por la enorme mano de un soldado.

El rubio fue hacia Tom, sin poder creer en el semejante ultraje que veían sus ojos.

Bill estaba completamente inconsciente, con las rodillas dobladas incómodamente bajo su cuerpo, siendo sostenido únicamente por sus brazos aun presos en grilletes suspendidos del techo. Olía a polvo y a mugre y su cuerpo estaba casi totalmente bañado en sangre. Desesperado, Tom tomó su cabeza con infinito cuidado y la levantó. Las manos temblorosas le quedaron totalmente pringadas de sangre, y jadeó de horror al verlo. Bill lucia irreconocible. Su hermoso rostro estaba casi totalmente destrozado y respiraba con un gorgoteo muy débil que salía desde el fondo de su garganta.

Tom apenas podía soportar verlo, y sin embargo no podía apartar la vista. Sintió que lo invadía una rabia obcecada. Tiró de las cadenas, pero éstas no se movieron ni un ápice. Volvió a mirarlo mientras apretaba la mandíbula y sus dientes rechinaban. Toda la mitad inferior del rostro de Bill se había convertido en una máscara de sangre y morados. Tenía el cuerpo totalmente flojo, pero los dedos ensangrentados de sus manos se tensaban y se relajaban incesantemente.

La llave —gritó— ¡¿Dónde está la maldita llave?! —No podía tolerar ver a Bill así por más tiempo, colgando y roto, desangrándose como un animal en el matadero.

Gustav fue hasta el enorme espía que ahora estaba de rodillas con la punta de una lanza presionándole la nuca. Se inclinó y le arrebató la llave del cinturón después de propinarle una tremenda patada que le hizo pedazos el maxilar derecho, después le llevó la llave a Tom.

Está muy débil —dijo Gustav al revisar los signos vitales de Bill, restregándole la sangre pegajosa del cuello para palpar la piel ardiente, encontrando las señales de vida que aunque eran muy sutiles, estaban ahí—. Le quitaré los grilletes. Sosténgalo bien Alteza.

Tom asintió desesperado y pasó ambos brazos por el tórax de Bill, justo por debajo de las axilas del pelinegro y lo levantó. Gustav metió la llave en las cerraduras oxidadas de los grilletes, haciéndolas crujir. Pronto el brazo derecho quedó libre y se hundió hacia abajo.

¡Con más fuerza! —pidió Gustav—. Levantadlo Alteza, éste brazo está roto, o dislocado, y cuidado también con su cabeza, puedo ver una herida muy profunda en entre el cuello y la espalda —dijo al empezar a abrir el grillete que sujetaba la muñeca izquierda de Bill. Tom dejó escapar un aullido de rabia. El cuerpo del pelinegro se desplomó sobre los brazos de Tom una vez que los grilletes fueron liberados. Gustav sintió un estremecimiento de verdadero terror engancharse a su columna cuando vio el escalofriante y antinatural ángulo en el que había quedado el brazo izquierdo de Bill.

Traigan de inmediato al doctor Ferrer —ordenó el príncipe a gritos. Gustav se alejó de Tom asintiendo asustado; Tom lo asustaba. Había una luz de desesperación en aquellos ojos marrones hundidos en las orbitas y la desesperación parecía estar mezclada con una furia terrible—, que venga de inmediato si quieren seguir viviendo.

Gustav le dirigió una última mirada de tristeza y compasión al cuerpo estropeado de su amigo antes de volverse hacia el guardia para asegurarse de que se obedeciera la real orden y trajeran al doctor.

Tom se acercó entonces a la figura encorvada de la que fuera hasta hace unas horas su abuela, y la miró con helado odio y desdén. Uno de los soldados la tenía bien sujeta, casi con sadismo, con las manos dobladas en la espalda fuertemente. Después le echó una ojeada a la enorme jaula y se sintió inundado por un instinto asesino.

Planeabas meterlo ahí, ¿no es verdad?

Nadie respondió, pero la mirada de censura en los ojos del esbirro de la anciana hablaba por sí sola.

Habrá un cambio de planes —dijo el príncipe, y se volvió hacia Gustav—. Metan a este imbécil ahí —dijo señalando al espía— y una vez que este muerto, exhiban la jaula con su cadáver en las verjas de entrada al palacio hasta que se pudra y quemen y fundan todas estas maquinas de tortura. En cuanto a ti, hipócrita que fingiste estar preocupada por él… —dijo, volviéndose hacia la anciana. Tom llevaba el cuerpo inerte de Bill entre los brazos, sentía el retumbar vivo, lento y pesado de su corazón y por encima de los labios destrozados y la nariz fracturada, se podían ver los ojos del pelinegro escondidos detrás de los parpados entrecerrados y llenos de morados, que solo dejaban ver una línea de lágrimas resecas color blanco con ribetes plateados. El príncipe, presa de una ira absoluta e inconmovible, solo fue capaz de mover la boca para escupir cuatro palabras impregnadas de odio y amargura—. Pagarás muy caro esto. —Acto seguido, se retiró.

&

La siempre eternamente vacía habitación del príncipe Thomas estaba llena de gente con rostros silenciosos y mirada atemorizada.

Tras pensarlo cinco segundos Tom había decidido llevar ahí a Bill, gritando por todo el camino ordenes; agua caliente, muchos, pero muchos paños limpios, ropa limpia y comida caliente, pero cuando finalmente Bill estuvo recostado y seguro en el lecho blanco de Tom, el Príncipe no se atrevió a tocar ninguna de sus muchas heridas. Solo le había retirado los mechones de cabellos negros pegados al rostro. Al ver a Bill tan herido, vulnerable y al borde de la muerte, sentía que todas sus ilusiones se estaban esfumando desagüe abajo, como un remolino de agua sucia. Las inmaculadas sabanas blancas estaban ahora teñidas de sangre, de desesperación, de dolor…

El Rey Magnus y su esposa fueron los primeros en aparecer… y el caos se desató.

¡¿Pero qué demonios…?! —Gritó el Rey al ver el lamentable estado en el que se encontraba su brillante Erpa-ha— ¡¡¿Quién cometió esta infamia?!! —Y después se volvió hacia su escriba—. ¡Que la princesa Ambrosía no venga aquí ni por error! Y dile a mis soldados que se preparen para luchar —ordenó. Después volvió a fijar su rabiosa mirada en Tom. A su lado, la Reina estaba totalmente atónita, como si sus ojos no pudieran creer lo que estaban viendo. Un sollozo ahogado fue su única reacción—. ¡Castigaré con la horca a los responsables de ésta bajeza! ¡¡Reduciré toda Calabria a cenizas!! —Gritó— ¡Tú, Thomas! ¿Dime, quién lo hizo? ¡Dímelo!

Fue…

Pero antes de que Tom pudiese responder, las puertas se abrieron y sus padres hicieron acto de presencia, deteniéndose abruptamente al ver al chico medio muerto que respiraba dificultosamente sobre el lecho de Tom. La Reina Simone se llevó las manos al rostro para esconder una mueca horrorizada.

Te lo dije, Jörg —Tronó Magnus totalmente colérico, señalando a Bill con su índice lleno de anillos dorados—. Te advertí lo que pasaría si William resultaba herido y ¡míralo nada más! ¿Pero qué clase de bárbaros tienes en tu Reino? No te tendré misericordia. ¡Aplastaré tu Reino sin piedad!

Cálmate Magnus… —dijo Jörg, poniendo una mano en el hombro de su esposa, quien se había puesto a llorar al ver al joven herido, sorprendiendo a todos los presentes y enfureciendo a Jörg— ¡Bueno, no es culpa nuestra lo que le ha sucedido!… estoy de acuerdo que fue aquí en Calabria, pero me parece un poco ex…

¡No te atrevas a decir que es exagerado! —Vociferó Magnus—. ¡¡Míralo!! Mira su rostro ¡maldita sea! —Entonces se volvió hacia Tom, que había estado escuchando indignado a su padre, pero sin despegarse un segundo del lecho donde yacía Bill. No le importaba si había guerra o no. El se fugaría con Bill en cuanto éste se pudiera mover— ¿Quién le hizo esto? ¿Dónde lo encontraron?

Un segundo Magnus, fíjate como le hablas a mi hijo…

Le hablo como me da la gana, Jörg.

Aquí en el palacio lo encontré —Tom cuadró los hombros y le hizo frente al Rey que en aquellos momentos debería ser su suegro— y se lo hizo Lucila.

¿Qué? —El sollozo ahogado de su madre le puso los vellos de punta a todos. Verle destrozada por su pena y vergüenza al enterarse de lo que propia madre había hecho, hizo que los músculos y nervios de todos los presentes se apretaran, al ver el terror que se agitaba en las azules pupilas de la Reina…

Y el infierno comenzó.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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