Capítulo 29: Cautivo

Unas horas después de que se movilizaran los soldados de Mónaco por orden de Thomas y de Gustav para la búsqueda, Bill entreabrió los ojos y vio un trozo de cielo muy oscuro a través de una diminuta ventana atravesada por postigos de hierro negro. No conseguía recordar porque le dolía tanto el cuello, ni porque lo sentía húmedo y pringoso, reseco y con un escozor muy particular, ni porque tenía las ropas empapadas en neblina y los miembros tan envarados y fríos. Era incapaz de comprender; se hallaba sumido en un sopor muy peculiar en el que no había más que frío y dolor.

Tan solo una ínfima parte de su cerebro estaba consciente, y ésta registró el porqué de su malestar. Se hallaba postrado de rodillas en un suelo frío y húmedo, de aroma fétido y consistencia pegajosa. Ambos brazos los tenía estirados hacia arriba, demasiado tensos y un poco echados hacia atrás, con las muñecas presas en gruesos grilletes de los que salían cadenas que iban hasta el techo y que lo mantenían suspendido, siendo sus rodillas el único punto de apoyo con el piso. En ese mismo instante le pusieron sobre la cabeza sin consideración alguna un pestilente costal de arpillera rígido y rasposo, completamente asqueroso. Sintió una vaharada de podredumbre y un olor a seco y a rancio.

Podía escuchar cerca de él un tamborileo dado con el pie de alguna persona que estaba, o bien muy impaciente, o muy nerviosa, y estuvo a punto de preguntarlo cuando escuchó que se abrían varios cerrojos de fierro y el rechinar de los goznes de una puerta al ser abierta. Se quedó muy quieto, (y no es que pudiera moverse mucho) y esperó.

Eran exactamente las tres de la mañana cuando la malévola anciana Lucila bajó “al nido” para ver después de veinte años a aquel nieto suyo que debería estar más muerto que los corrompidos sepulcros del cementerio del pueblo.

Quitadle el saco de la cabeza— ordenó secamente, con una voz tan ronca como si se hubiese estado fumado un paquete entero de puros en lo que iba de la noche.

Bill sintió como con un brusco tirón que se llevó varios de sus cabellos, le fue arrancado el saco de la cabeza. Por la posición en la que estaba, de rodillas, con los brazos estirados hacia el techo, la espalda encorvada hacia adelante y el dolor terrible en el cuello, no pudo levantar la mirada. Su cabeza estaba echada hacia adelante con su oscuro cabello formando una negra pantalla entre él y sus captores, así que solo podía verles los pies. Había tres personas delante de él. Dos estaban calzadas con las botas que Bill reconoció iguales a las que usaban los soldados calabrianos, y el tercer par de pies era mucho más pequeño, grácil, embutido en un par de zapatillas bajas forradas de satén color morado muy pálido, medio escondidas detrás de varias capas de sedas de colores… y ya casi completamente despierto, permitió que el alivio y la furia se fueran adueñando de él. Sintió alivio porque no había querido morir a manos de alguien tan cobarde, torpe y terriblemente vacío de pasión como lo era el tipo que lo había capturado; y sintió furia porque a pesar de haber sido advertido, había cometido el error de distraerse y esa distracción le costaría probablemente la vida, y todo el esfuerzo que había hecho su madre año tras año yacía despedazado en el mugriento suelo junto a él.

Levantadle el rostro— espetó la voz ronca y vacía.

Bill arrugó los ojos al sentir como eran tomadas sus suaves rastas en un puño sin cuidado alguno y le levantaban la cabeza de un tirón, provocándole un dolor atroz en la herida abierta de la nuca, pero todo eso se le olvidó al contemplar el par de ojos más fríos y perturbadores que había visto en toda su vida. Por un momento las miradas de nieto y abuela se incrustaron la una en la otra. Azul ártico contra bronce fundido. La anciana dio un par de titubeantes pasos hacia atrás, como si una fuerza terrible le hubiese azotado el rostro. En sus ojos no había más que sorpresa e incredulidad.

Si Bill hubiese sido capturado tan solo doce horas antes, habría muerto sin saber tan siquiera el porqué, pero ahora lo sabía, y lo entendía muy bien. Le sostuvo la mirada a su “abuela” con tanta tranquilidad y ecuanimidad que se sorprendió de sí mismo.

No puede ser él— ladró la bruja a su esbirro, que esperaba de pie en el fondo del cuarto, con la mano estrujando sin piedad el cabello del pelinegro. El par de aturdidos guardias, (uno de los cuales conocía bien a Bill), estaba flanqueándolo. El soldado que conocía al pelinegro estaba bastante nervioso y sudaba copiosamente. Nadie entendía por qué habían llevado al joven hasta ahí. A fin de cuentas no había hecho nada malo.

Es el Majestad, no hay duda. — dijo el hombre.

La anciana volvió a mirar a Bill, y volvió a contemplar por segunda vez en cinco minutos los ojos castaños más hermosos y tranquilos que había visto en toda su vida. No era de extrañar que cada alma viviente en el pueblo ofreciera su propia vida para salvar la de aquel chico. Aquellos ojos color caramelo brillaban en un rostro excesivamente bello y delicado, enmarcado por mechones de cabellos negros tan suaves como la lluvia. Esos ojos estaban totalmente seguros de sí mismos y la anciana Lucila se preguntó que se sentiría tener unos ojos semejantes. No lo podía creer. La criatura que tenia arrodillada delante, completamente indefensa y vulnerable, era hermosa, y a ella le encantaba la gente hermosa.

¿Cómo te llamas? — preguntó la anciana en voz muy baja, pero Bill apenas la escuchó, ya había roto contacto y sus ojos vagaban rápidamente por toda la habitación. Era un cuarto redondo, pequeño, totalmente nauseabundo, de techos muy bajos, y repleto de instrumentos de tortura. Bill se preguntó cuál de todos ellos tenía su abuela en mente para su suplicio, para martirizarlo hasta la muerte. Rogó porque fuera algo rápido, la horca o tal vez la guillotina. Había incluso unas cuantas costillas humanas tiradas en un rincón, mismas que se habían desprendido del tronco de alguna desafortunada víctima, cuya calavera estaba abandonada sin cuidado sobre uno de los banquillos de las esquinas. Era un sitio consagrado al dolor y al sufrimiento.

Te hicieron una pregunta— bramó el hombre que lo había capturado. Le asestó a Bill una potente bofetada con los nudillos extendidos, enrojeciéndole de inmediato el pómulo. Bill escupió la sangre que se le había acumulado en la boca por el golpe.

Es suficiente— dijo la anciana levantando la mano, al ver que el hombre iba a volver a golpearlo— ¿Cómo te llamas? — repitió. Bill se mordió los labios hasta hacer brotar sangre.

William— murmuró con voz apenas audible. Sus rastas volvieron a ser apretujadas dolorosamente en un puño — William Diávolo…

El rostro de manzana marchita de la anciana se iluminó con un siniestro brillo.

Así que aquí estas al fin… Tú…el mismísimo éter de la traición.

¿Traición? — Bill sintió un estremecimiento de miedo. La anciana lo miraba sin parpadear, examinándolo con gélido interés, como una llama en un túnel oscuro y lleno de viento. Los ojos de su abuela estaban sumidos en un vacio tan terrible que nunca podrían llegar a inspirarle pena.

Sí, la traición. La traición de esa perra infame que fue Constanza.

Bill sintió que lo invadía la furia, se debatió agitando los brazos presos en cadenas, aguantando los calambrazos que enviaban dolor por todo su cuerpo. ¿Cómo se atrevía esa anciana? Intentó ponerse en pie pero lo volvieron a arrodillar propinándole una potente patada en la parte de atrás de la rodilla.

No le vuelvas a decir así— medio gritó recibiendo como respuesta una arrugada sonrisa burlona. Hubiese podido gritar mas fuerte pero el dolor le minaba la voz.

¿Sabes que todo esto es su culpa? — dijo la anciana, creyendo que Bill no tenía ni idea de lo que le decía — la causa de todo éste dolor en el que ahora te ves envuelto querido mío, es la desobediencia— Bill puso su mejor cara de póker — no me mires así— la anciana comenzó a pasearse lentamente delante de él— te lo explicaré; si ella hubiese acatado la orden que le di hace veinte años, esto no tendría que estar pasando, de haber obedecido tu hubieras abandonado este mundo sin sentir el más mínimo dolor, pero como ella no está para que pueda castigarla, lo hare contigo, porque que eres su hijo. Y tengo muchísima curiosidad por saber cómo pudo mantenerte con vida. Creí que estabas muerto cuando naciste, y sin embargo aquí estas. Me gustaría preguntarle de que artimañas se valió incluso para alimentarte…

Llegados a ese punto, Bill no pudo impedir que una chispa de desprecio y diversión brillara en sus ojos.

No te engañes mas abuela— soltó, paladeando la palabra, como si la hubiese llamado así durante sus veinte años de vida — sé muy bien porque estoy aquí.

La anciana calló abruptamente y lo miró con las cejas alzadas, en una mueca de total y ofendida incredulidad. Abrió tanto los ojos que Bill creyó que podía ver a través del cráneo que escondía su cara hasta distinguir las orbitas abiertas en la palidez de la calavera. Incluso sintió el temblequeo de los esbirros apostados a sus espaldas. Nadie, absolutamente nadie estaba preparado para algo como aquello. La mano que estrujaba sus rastas repentinamente desapareció y el espía de la anciana hizo un enorme esfuerzo por no caer de rodillas ante el recién descubierto príncipe.

La furia helada que emanaba de la anciana se lo impidió.

¿Cómo lo supiste?

Lo adiviné— mintió.

Mientes ¿desde cuándo lo sabes?

Desde hoy— respondió el moreno de manera criptica. Aquello no era mentira.

¿Qué miran? — Ladró hacia sus esbirros tan quietos como estatuas —Si alguno abre la boca le cortaré la lengua y me la comeré para el almuerzo— dicho aquello se volvió nuevamente a Bill. —Así que lo sabes… te estabas burlando de mi— dijo Lucila con voz cortante y siniestra. Bill sintió un nuevo estremecimiento. — Oh, ¿Tienes frio? ¿Quieres que mande a cerrar las ventanas? Podrías resfriarte. — dijo irónicamente.

Aquello era colmo.

¡¿Qué dices?! — Bramó Bill a voz en grito— están listos para cortarme como si fuera un salchichón tú y los otros, pero finges temer que me dé catarro.

La anciana estalló en una carcajada tan ronca y arrugada que hizo que Bill sintiera verdadero terror.

Eres único William— murmuró — es una verdadera lástima que tenga que matarte… si tan solo lo hubiese sabido— su voz bajó tanto que parecía que estaba hablando para ella misma.

Sí, es una pena ¿no? — dijo Bill con voz ácida, por lo que sintió otro potente bofetón cruzarle el rostro, dejándoselo volteado, todo ordenado por su abuela.

No seas tan malicioso— lo reconvino la anciana como si regañara a un nieto muy querido que ha hecho alguna travesura; y después pasó una arrugada mano por la frente mojada de Bill, restregándole el sudor y apartando los cabellos que se le habían quedado pegados al rostro por la humedad helada que perlaba su piel, todo envuelto en una caricia repleta de una extraña clase de ternura psicopática. El joven intentó rehuir el contacto, pero no pudo, las cadenas se lo impedían. La anciana tiró suavemente del arete que le atravesaba la ceja y Bill temió seriamente que se lo fuera a arrancar, pero lo soltó al cabo de un par de segundos.

¿Por qué…?— preguntó el moreno con un hilo de voz fatigada.

¿Porque qué William? Sé más específico.

¿Por qué me odias… por qué quieres…? es decir, soy tu nieto— esa quizá era la pregunta que más le atizaba la cabeza a Bill, no entendía porque su propia abuela lo quería muerto.

No lo sé…— aquí, los ojos helados ardían con sinceridad — me causas una animadversión muy grande, William—la anciana se alejó rengueando hasta sentarse en una silla frente a Bill— te odié siempre… criatura maldita… ser asqueroso… no creas que no puedo ver detrás de esa belleza angelical— su voz era como un cremoso bombón de chocolate blanco relleno de un corrosivo veneno verde— te odié desde el momento en que apareciste de repente, como conjurado por la magia del infierno, y sin embargo también admiro tu valentía y tu fortaleza.

Bill la miraba de hito en hito, bizqueando por el shock; sintió que le daba un vuelco el corazón. ¿Qué le había hecho el a ella? ¿Qué pasaba por esa cabeza tan marchita y llena de telarañas? No lo entendía. ¿Lo odiaba pero lo quería? Bill se preguntó que sentimiento ganaría al final, aunque le apostaba todo al odio. Volvió a debatirse entre las cadenas. Quería ver a Tom, no le importaba que fuera su hermano, quería abrazarlo y besarlo con un deseo que nunca había sentido, con una soledad helada.

Yo no soy nada de eso… y no tengo nada en contra de nadie. ¿Por qué no me dejas en paz?

No puedo William, y mucho menos ahora que sabes la verdad… me inquietas, pero también me intrigas— la anciana sonrió y la sonrisa fue una mueca helada — si he de confesarte algo… cuando naciste eras una criatura horrible, como un pequeño demonio azulado, completamente nauseabundo, una porquería comparada con el pequeño querubín regordete que era Tom— la anciana seguía su perorata sin importarle un comino los sentimientos ajados de Bill, ni su disminuido orgullo, que yacía en el suelo hecho trizas— pero me sorprendiste en cuanto te vi hace unos minutos… Estas convertido en una verdadera beldad, tu gallardía y tu belleza superan incluso a las de Tom… si tan sólo lo hubiese sabido, sin duda lo mando matar a él y no a ti… pero ya nada se puede hacer, la mala estrella nació contigo, criatura que nunca debió ser, yo te estoy haciendo un favor; voy a regresarte al sitio de donde perteneces.

Eres una estúpida. Agradezco a los Dioses que decidieron beneficiar el nacimiento de mi hermano, que sea yo y no él quien esté encadenado aquí— dijo Bill en voz baja y carente de toda inflexión. Se sentía tan rabioso que se le estaba nublando un poco la vista, pero captó el sobresalto de la decrepita mujer, y después de su furia, pero no se arredró — eres una estúpida y todos tus mitos están equivocados. No tienes corazón, ni alma ni sentimientos… y daría lo que fuera por no llevar la misma sangre que tú— escupió.

La vetusta mujer se levantó con la furia palpitando en su frente. No podía dejar de sorprenderse de la inteligencia de Bill, aquella inteligencia fulgurante, exasperante, lúcida y constantemente alerta hasta la obsesión. Pero eso no iba a tolerarlo. Estiró un largo dedo lleno de arrugas y en el acto el joven recibió otra retahíla de golpes en todo el cuerpo, en especial en la quijada y el cuello. El ataque duró casi cinco minutos.

Tu mamá te entrenó maravillosamente William. Y me refiero a Constanza, tengo que otorgarle ese crédito. Parecía tan simple e insulsa cuando trabajaba para mí… —Dijo la anciana, paseándose frente a la figura rota y sangrante de su nieto— Pero ahora lo veo. Ella hizo de ti un pequeño monstruo. Y yo adoro a los pequeños monstruos. Pienso que te ha convertido en una maquina fascinante. Mírate, aunque yo ordené tu muerte, supiste como sobrevivir, como abrirte paso; como un pequeño demonio trepador. Creo que habrías sido un Rey excelente, mucho mejor que mi caprichoso y arrogante Thomas. Pero déjame decirte algo sobre tu madre. Creo que ella merecía ser quemada viva por haberte convertido en lo que eres, por desobedecerme. Estaba loca, William. Completamente loca. Ella en realidad no te amaba. De hacerlo te hubiera ahogado para ahorrarte esto.

Los ojos de Bill se desbordaron al escuchar a la anciana. Se dejo caer, dejando todo su peso colgando de sus brazos los cuales ya no sentía. Solo los estremecimientos de su columna traicionaban la extraordinaria violencia de su furor y de su odio.

Mírame bien abuela— demandó con voz temblorosa y cargada de furia, levantando lentamente la mirada— sé que me vas a matar, ya lo tengo más que asumido, pero quiero que me veas mientras lo haces— tosió— porque al matarme a mí, estas matando también una parte de ti; la sangre que derramas es noble; la misma que corre por las venas de mi hermano, por las de mis padres, los Reyes, por las tuyas…

¡Cállate! — Gritó la provecta mujer, y ordenó que se le diera otro golpe— Él no es tu hermano. No eres nada nuestro. ¡No lo vuelvas a decir!

Sí, lo digo abuela, es mi hermano, y mis padres son los Reyes, por mucho que te lo quieras negar… mira mi sangre… —Susurró. La voz que se abría paso a través de la sangre y los tejidos destrozados era suave, mucho más de lo que debería, considerando el terrible dolor que el moreno sentía— por muy roja que sea, tiene los mismos grados de sangre azul que la tuya; soy tu nieto, y te irás a la tumba sabiendo que no tienes un solo nieto, sino dos — Bill escupió un glóbulo de sangre rosada y torció el gesto en una mueca de dolor puro— aunque al más joven lo hayas mandado matar…no podrás esconder la porquería por siempre debajo de tus sedas y oropeles.

La anciana bufaba, con el rostro pálido y feúcho, rojo de ira. Sus ojos bailoteaban como arañas enloquecidas, y en el brillo que los iluminaba no había ni un átomo de cordura.

¡Cállate! Yo no soy tu abuela… bastardo desvergonzado de cabellos negros. No eres otra cosa más que un error de la naturaleza; ¿y sabes qué? me bañaré en tu sangre cuando estés muerto, se la daré de beber a mis esclavos y tu cuerpo será el alimento para mis perros.

Bill la miraba fijamente. En algún rincón de su mente, su madre lloraba; y era un llanto totalmente desconsolado. Y eso fue en realidad lo peor de todo; eso lo envolvió en una furia ciega. Se debatió dando puntapiés y puñetazos a los hombres e intentó alcanzar a su abuela; y en la décima de segundo siguiente llegó el primer golpe. Intentó arrancar del rostro aquellos ojos tan helados. Volvieron a apalearlo; sintió que lo estaban haciendo pedazos. Se dejó caer. Uno de sus hombros se dislocó enviando calambrazos de dolor insoportable directo a su cerebro. Desde ese momento los golpes se sucedieron con una regularidad atroz. Perdió el sentido pero logró captar algunas imágenes de una anciana de ojos azules con el rostro ensangrentado; salpicado por su propia sangre y una sonrisa gélida; después sintió más golpes. Entonces se desvaneció por completo.

Estoy muriendo, Thomas, ¡qué pena…!”

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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