Capítulo 28: La Carta
Bill iba caminando sumido en unos pensamientos que no llevaban orden coherente; se sentía intranquilo. Las calles se habían quedado extrañamente desiertas. Después de tanto enredo entre los presentimientos de Gustav y de Georg se sentía un tanto paranoico, además de que no podía desembarazarse de la sensación de estar siendo observado, y aunque a menudo volteaba sobre su espalda, nunca vio ni escuchó nada. El sol ya no brillaba, pero aun había claridad.
La casa de Georg se ubicaba en la vía Aspromonte y Bill había salido de ahí hacia mucho; no se dio cuenta de la dirección que tomaron sus pies hasta que el paisaje se le hizo tan familiar que le dolió. Se detuvo en seco. Estaba en la vía Amantea, y frente a él se alzaba la que por dieciocho años fuera su casa, suponiendo que alzarse no fuera un término demasiado presuntuoso para una casita como aquella.
Bill dejó de respirar, tragó duro y se acercó, como hipnotizado. Los peldaños del porche se hundieron y crujieron bajo su peso. La casa era muy vieja, pero resistente y sólida. Alguien había pintado un signo contra el mal de ojo en el umbral de la puerta; Bill sonrió al verlo. Aun después de todo, la gente del pueblo los seguía protegiendo.
La puerta tenía un llamador bastante aparatoso: la cabeza de un ángel tallado en madera, cuyas manos sostenían el anillo para llamar. Bill lo acarició con dedos llenos de melancolía y después se quitó el lazo que siempre llevaba oculto bajo las ropas, atado al cuello, donde colgaba la llave de la cerradura. La introdujo y la giró haciendo un poco de fuerza hasta que un sonoro crujido metálico le indico que estaba abierta. La puerta se abrió con un chirriar bastante molesto y Bill se adentró en su casa moviéndose con grácil delicadeza; la sangre estaba bombeando hacia su cabeza con tanta fuerza que le dolían las sienes.
La confusión de estilos y objetos de la decoración –esculturas de ángeles tan desconocidos como hermosos hechos de papel maché, un estante con frasquitos y más frasquitos llenos de yerbas y remedios populares y otros no tan populares, y algunos libros de hojas amarillentas- atrajo la atención de Bill en los primeros momentos. El único y desvencijado sofá de la casa seguía en el mismo sitio, así como la cutre mesa de madera con los dos únicos bancos que no hacían juego, todo cubierto por una fina capa de polvo.
El pasillo blanco, aquel que tantas veces Bill recorrió siendo tan solo un niño, parecía oscilar y temblar como un espejismo y capturó su atención durante algunos minutos antes de que percibiera el olor. Era tan débil…pero le resultaba totalmente familiar, era exótico, etéreo, tan delicado…
Era el olor oscuro y metálico del recuerdo y oculto debajo de él, se agazapaba el olor agridulce de los pétalos de rosa.
Bill sonrió y echó a andar por el pasadizo blanco. El aire le parecía tan puro y limpio como la laguna virgen de una montaña cuyas aguas estaban siempre inmóviles.
La puerta del dormitorio que perteneciera a su madre estaba entreabierta, y cuando Bill entró, los recuerdos le atacaron salvajemente. Bill odiaba los recuerdos tristes.
Todo estaba como lo recordaba: cama, tocador, ropero, cuarto de baño. Sobre el ruinoso tocador estaban algunos cepillos, un par de horquillas y un jarrón del que sobresalían suaves y delicadas flores secas. A Bill le pareció que un centenar de palabras estaban flotando en el aire, queriendo abrirse paso hacia él, palabras solitarias debido a su brillantez o a la oscura gloria que encerraban.
La cama estaba hecha y también estaba inmóvil debajo una delgada película de polvo transparente y aromático. A Bill le pareció que en cualquier momento, Constanza saldría del cuarto de baño, con su siempre cálida y amable sonrisa.
“Dios mío, estoy en casa” se dijo Bill en el momento en que salía del dormitorio de su madre y subía los peldaños que lo llevaron a su propia habitación. El comienzo del crepúsculo estaba frio y enfrió la casa; su habitación era la más fría de todas.
Las maderas del piso –las que estaban exactamente al dar tres pasos exactos- crujieron cuando Bill las pisó. Su antigua habitación parecía estar muy oscura y la atmósfera resultaba cargada y un poco opresiva. Se acercó al cajón de su cómoda y sacó una vela a medio derretir y una caja de fósforos. Cuando la encendió, la luz convirtió sus ojos en dos profundos lagos de oscuridad y afiló todavía más los ángulos de su nariz y su mentón resaltándolos en un fantasmagórico relieve de sombras. Avanzó al centro de la habitación, ayudándose con la luz de la vela y el tenue resplandor plomizo que entraba por los cristales empañados de la ventana.
Un débil aroma a sequedad corrompida, polvo muy rancio y extraños espíritus oleosos floraba en el aire. Olía a hierbas. Cuando los ojos de Bill se hubieron acostumbrado un poco a la penumbra, pudo ver todo con más nitidez.
Ahí estaba su cama de cabecera rota y astillada perfectamente tendida, con el mismo colchón delgado hasta extremos muy incómodos, la almohada igual de desgastada, el piso, lleno de arañazos y marcas del paso del tiempo, cubierto por la siempre permanente capa de polvo.
Se había quedado inmóvil en el centro de la habitación y se balanceaba lentamente de un lado a otro como si estuviera absorbiendo la esencia del lugar, su propia sustancia vieja y teñida de abandono.
Una bola negra medio abandonada y cubierta de polvo le llamó la atención y se arrodilló al lado de su cama. No era otra cosa sino la capa que Tom le prestara para cubrir sus heridas hacia ya un largo año, las heridas que Andreas le había provocado con las afiladas puntas de sus botas. Aun era tan suave como el pelaje de una cría de gato, y estaba reseca en algunos puntos, con la sangre de Bill convertida en una dura costra color marrón. Bill la deslizó entre sus manos maravillándose ante la suavidad y recordando cuantas veces la había olisqueado, capturando la entidad de Tom en el aroma. Definitivamente aquella noche se la devolvería. Quería ver la cara de Tom cuando se la entregara. Sonrió para sí mismo al imaginárselo.
Se levantó y fue hasta el umbral de la puerta, pero antes de salir se volvió para mirar nuevamente el que fuera su refugio durante sus primeros años, cuando algo captó su atención.
Encima de las mantas recubiertas de partículas de abandono había una hoja de papel grueso doblada por la mitad, cuyo color había pasado del blanco al marfil por el paso del tiempo. Bill frunció el ceño y la curiosidad llameó furiosa por su pecho, así que caminó hasta su cama, tomó la hoja y la abrió mientras acercaba la luz de la vela para poder leer lo que tenia escrito. Era una carta escrita por ambos lados, dirigida a él. Reconoció la delicada caligrafía curveada y elegante de Constanza. La fecha era exactamente de hacia un año: Agosto 27, 1928.
Sólo bastó leer la primer línea para que Bill arrugara aun mas su expresión desconcertada y se arrodillara sobre la desgastada madera, dejara la palmatoria (un complejo artefacto de hierro negro tan lleno de curvas y volutas como los balcones de las exóticas casas de todo Calabria) que contenía la vela en el suelo a su lado y centrara toda su atención en las palabras plasmadas en el rígido papel que tenia entre las manos temblorosas.
Constanza había escrito:
Príncipe William, Adorado hijo mío:
Es difícil, querido Bill, comenzar a escribir esto, pero ya se ha llegado el tiempo de que sepas la verdad sobre tu… origen y tu destino. Ya no puedo seguir callando. Pero antes que nada quiero decirte una vez mas lo mucho que te amo, lo mucho que significas para mí, mi vida entera, mi respirar; que siempre has sido mi fuerza, mi alegría, mi motor y que la motivación de todo lo que voy a contarte es el gran amor que te tuve en cuanto te vi por vez primera…
Pero querido Bill, aunque me duela hasta desgarrarme el alma lo que voy a decirte, quiero que seas objetivo, desapasionado hasta donde puedas, y te muestres ecuánime y sereno, como yo te lo he enseñado.
Mi más grande tesoro, tu sabes que eres mi hijo, y que lo único que quiero es tu bienestar y tu felicidad, aunque… aunque no hayas sido concebido y llevado en mis entrañas, ni nacido de mi carne, ni formado con mi sangre.
Tú, mi más grande orgullo, mi más grande acierto, eres el hijo menor de sus Majestades la Reina Simonetta y el Rey Jörg, Soberanos de Calabria.
Eres un príncipe.
Bill tuvo que hacer una pausa en ese punto de la lectura, para meter de manera desesperada una bocanada de aire reseco y mohoso a sus pulmones y eliminar la película de lágrimas que empañaba completamente sus ojos oscuros. Después continuó leyendo.
Todo comenzó la noche del primero de Septiembre del año 1908. Era una noche fría y tempestuosa y la Reina llevaba más de dieciocho horas en la labor de parto más complicada y peligrosa que podría haber, hasta que finalmente dio a luz a un diminuto y bello bebé. Sí, el príncipe Thomas. Así que todos suspiraron aliviados porque después de todo había nacido un heredero varón completamente sano, cuyo nacimiento aseguraba la herencia del trono de Calabria a un príncipe de sangre pura. Eso significaba que Calabria no tendría que buscar fuera de sus tierras un hijo real para que ocupara el trono. Pero nadie, absolutamente nadie estaba preparado para lo que sucedió después.
No bien pasaron diez minutos y del cuerpo de la Reina nació otro bebé varón en medio de una verdadera marea de sangre, pero de un peso y una talla muy inferior a la del primero. Ese fuiste tú, mi adorado. Naciste pequeño y débil, amoratado por la falta de oxigeno, porque tu hilo de la vida se enroscó alrededor de tu cuello y estaba asfixiándote, y todos pensamos… no se que pensaron los demás, pero yo supe que eras un completo milagro, cuando inspiraste y dejaste escapar un débil llanto, mi príncipe valiente.
Llegados a este punto, mi amado, se que estarás preguntándote el porqué has vivido toda tu vida conmigo y no con tus verdaderos padres y tu hermano, así que quiero que prestes atención, porque una vez que sepas la verdad, estarás consciente de que tu vida ha estado siempre rodeada de un enorme peligro; deberás actuar con tiento y ser muy precavido.
Después de tu nacimiento, en el que estuvimos presentes sólo el doctor, un par de matronas, tu abuela Lucila y yo… fue tu abuela la que… la que tomó terrible la decisión que marcó tu destino. Ella me ordenó arrojarte al rio, sin la más mínima compasión ni misericordia, aunque tú eres también su nieto y estabas vivo. No sé qué es lo que pasó por su cabeza, pero siempre fue una mujer cruel y despiadada, completamente inhumana. Y en fechas recientes sigue siéndolo. Te entregó a mí y yo hui contigo, alejándote de ella y de su desalmada crueldad. Te llevé a las orillas del río, y ahí, al quitarte la manta ensangrentada en la que estabas envuelto, me miraste con esos maravillosos ojos oscuros tuyos. Eras un bebé precioso, un bebé que parecía hecho de luz de luna, con abundante cabello negro como el ala de un cuervo y las facciones tan finas y delicadas como las de un ángel y solo la luna fue testigo muda de tu bautismo y de la promesa que hice de cuidar de ti hasta que tuvieras la suficiente fuerza y capacidad de defenderte por ti mismo, para reclamar lo que por derecho te arrebataron, porque tú, eres un príncipe, un príncipe de sangre real pura. Eres el príncipe William, sentenciado a muerte por su propia abuela, y la peor ofensa que podrías hacerle a mi memoria es dejar en la ignorancia y sin castigo semejante blasfemia.
No me odies, amor mío por ocultarte la verdad durante tantos años. Tenía miedo, sigo teniéndolo y sé que me moriré con miedo de que algo malo pueda llegar a sucederte.Puedes estar completamente seguro que, desde el lugar en donde me encuentre, siempre estaré cuidándote y velando por ti.
Quiero que vayas al palacio, lleves ésta carta contigo y busques y consigas el apoyo del doctor Paolo Ferrer. Él es el médico real, el atendió tu nacimiento y de no ser por las amenazas de Lucila, estoy segura que habría hecho lo correcto y te habría puesto en los brazos de tu madre, para que recibieras el calor de su cuerpo y te criaras en sus pechos, como debió ser desde un principio.
Busca y consigue su apoyo, la Familia Imperial confía y cree ciegamente en él, y cuando le muestres esto, se que te ayudará. Es tu deber y tu compromiso el que se te reconozca como el príncipe que eres, y se te otorguen todos los derechos que por nacimiento te corresponden. Siempre quise vivir para verte convertido en la magnificencia que esconde el hechizo mágico que corre en tu torrente sanguíneo, mi precioso niño de sangre azul. Pero no me será posible hacerlo, así que realízalo en mi memoria.
Y por favor William, extrema los cuidados y las precauciones, todo lo que tengas que hacer para salvaguardar tu bienestar personal, porque una vez que la verdad se sepa, o al menos se comience a sospechar, tu vida estará en un gran riesgo. La anciana Lucila no se tocará el corazón para ordenar tu muerte nuevamente y eso no lo puedes permitir. Te tuve prohibido acercarte al palacio durante toda tu vida para evitar que ella te viera y llevara a cabo su vil propósito, pues cuando eras pequeño, el parecido que tienes con tu hermano Thomas era claramente notorio y todos se darían cuenta.
Creo que es todo lo que tenía por revelarte mi amado. Por favor, no me desprecies, no me odies y reclama lo tuyo… y cuando seas un príncipe, se que guiaras a tu pueblo basándote en los principios, las virtudes y la moralidad que yo te he inculcado. Tampoco odies a tus verdaderos padres. Tu madre perdió el conocimiento incluso antes de que nacieras y tu padre esperaba afuera, esperando en los pasillos. Los Reyes han vivido en la misma ignorancia que tu y sé que al enterarse de tu existencia, te amaran como se ama a cualquier hijo, y más aun a uno tan hermoso y valioso como tú. Tampoco odies a tu hermano, solo ten… un poco de cuidado con él, porque el príncipe Thomas es orgulloso y fatuo; no sé si vaya a aceptarte tan fácilmente. Las únicas personas enteradas de ésta verdad somos tu abuela, el doctor Ferrer y yo, porque las matronas que ayudaron en el nacimiento, fueron decapitadas a la mañana siguiente para que no pudiesen revelarle a nadie la verdad, así que no subestimes a tu abuela. Guárdate de ella, porque no se detendrá ante nada.
Es grande la desesperación que tengo al revelarte esto, mi hermoso niño hecho de luna, el terror que siento, el pensar en que te dejo solo para enfrentar esta difícil misión me impide respirar, pero aunque yo no esté contigo Bill, mi mente, mi corazón y todos mis sentimientos se quedan para siempre dentro de tu alma, y te llevare dentro de mi corazón eternamente.
Te amo, mi precioso Bill. Mi hijo.
Con amor.
Constanza Diávolo.
Un oscuro hálito de aire helado se cernió sobre la habitación en ese momento, sobre el recién descubierto príncipe, oscureciéndolo y empequeñeciendo su figura. Se le puso la piel de gallina y tiritó.
Cuando Bill terminó de leer la terrible misiva –por cuarta vez–, hizo algo que jamás había hecho en toda su vida. Dejó escapar un sollozo ahogado, y después del primero, siguieron muchos más.
Había llorado, si, en pocas ocasiones, pero jamás había sentido la necesidad de sollozar para crear así una vía de escape a sus aturdidos pensamientos, ni siquiera cuando Andreas lo golpeó hasta casi matarlo, o cuando… Tom le había amenazado con una futura vida de esclavitud, servidumbre y abusos sexuales. Cada partícula de su maltrecha alma se escurría y quedaba impregnada en sus húmedos lamentos.
Mentira. Esa era la única palabra que flotaba dentro de su mente. Todo era una mentira. Su vida entera, una mentira. Las verdades escritas en el trozo de papel que temblequeaba en sus manos eran brutales. Verdades que no podían ser reveladas al mismo tiempo, y que sin embargo lo habían hecho; verdades que, irónicamente convertían su vida en una mentira. No podía concentrarse en una sin pensar directamente hacia otra.
¿Qué era un príncipe? ¿Un verdadero príncipe?… su mente acarició esa verdad con miedo y desapego. Era el hijo menor de un par de Reyes, un par de aristócratas iguales a los que él despreciaba. Y en la carta estaba escrito uno de los motivos de aquel desprecio: la inhumanidad.
Hubo un tiempo en el que Bill, como todo niño pequeño, soñaba con una familia numerosa y unida en donde reinara el amor y el entendimiento. Una familia con una mamá, un papá, algún hermano, un par de abuelos, mascotas… pero había abandonado ese sueño al cumplir diez años, al darse cuenta de que únicamente tendría a su madre y que nunca jamás iba a tener esa familia con la que fantaseaba. Por ese motivo, por aquel mutilado sueño infantil, fue que le laceraba tanto enterarse de que su propia abuela había ordenado su muerte cuando no era nada más que un recién nacido débil e indefenso, un bebe inocente que no había pedido ser concebido.
—¡No fue mi culpa! —Vociferó a todo pulmón con la voz ronca, ahogado en su desesperación— yo no pedí este destino —susurró ahora en voz baja, mientras el manantial de lágrimas continuaba cayendo por sus mejillas.
Se sentía igual a un apestado. Su cabeza siempre había tenido un precio y juraba que en su frente se había dibujado “la croce nera” la marca en forma de cruz invertida en color negro que indicaba quien era el próximo en pasar por la horca, o la guillotina o lo que fuera.
Era inconcebible, hijo de los Reyes… entonces Tom era… él era… no pudo ni pensar en la palabra ¿Qué rayos había hecho? El amaba a Tom, amaba a su hermano, y a saber qué clase de hermanos eran al haber nacido uno tras otro en la misma noche. ¿Existiría una manera de enamorarse con un amor fraternal a primeva vista? Bill conocía la respuesta. Aún se sentía adolorido y le molestaba al moverse la sensación de pegajoso escozor anidada en lo más profundo de su recto. El recuerdo de Tom.
Todo era lacerante, terriblemente doloroso. Y su madre… su madre ni siquiera era su madre biológica. Esa quizá era la más hiriente de las verdades, sin meter en la ecuación su lazo consanguíneo con Tom, aquello era incalificable.
Se concentró en su madre, en su imagen. La visualizó. Ella le enviaba imágenes suyas, de su sonrisa, de sus alucinantes ojos grises horadando la delicada palidez de su delgado y joven rostro, de su voz: “Se que no renunciaras jamás, mi amor, mi vida…” y recordándolo se sumergió en un mundo de cariño y de ternura; se ahogaba, lloró. Era algo superior a sus fuerzas. Pero entonces recordó el porqué de su entrenamiento, de la fabulosa maquinaria que Constanza había modelado dentro de su cabeza. Se concentró en uno de sus recuerdos. No tenía ni cuatro años cuando ella llegó con un juego de ajedrez bruscamente labrado en madera y le enseñó a mover las piezas sobre el tablero. Lo aplastaba en cada ocasión, implacable, persiguiéndolo de casilla en casilla, hasta que el cedía y lloraba de rabia. Luego, ella le decía que así era la vida, que nadie le haría jamás un favor y que debía permanecer lucido y frío, sobre todo cuando se sintiera acorralado, atrapado, aplastado, porque en esos momentos es cuando se demuestra el verdadero temple. “Oh, querido mío, mi amor” le decía ella después, tomándolo entre sus brazos “¿De qué otro modo puedo armarte para la vida que llevaras por mi culpa?” entonces ella lloraba, y el notaba cuan dramática y sin esperanza era la pena que la embargaba. Creyó siempre que era culpa suya…y odiaba a aquella porquería de mundo que le causaba esa terrible pena a ella, a su madre.
Siempre que sucedía eso, el le decía que comprendía y aprobaba todo lo que ella había podido hacer; que se contentaba con no verla más que unos breves momentos, después de largas ausencias, y practicante en secreto. Que no le importaba si había destruido o no su infancia… y ahora, finalmente lo comprendía, comprendía el porqué ella estaba obligada a vivir acosada, apremiándola a ocultar la existencia de su propio hijo a fin de que no pudieran encontrarlo y asesinarlo.
La vio nuevamente en su memoria, sonriéndole mientras él era un niño, siempre hablándole en voz baja, confiándose a él como si fuera su único compañero. “Serás siempre el único hombre de mi vida, William”
Y nuevamente la verdad; “No soy su hijo… ¿o sí?… ¿Cómo podría odiarla?” simplemente era la mujer más valiente y valerosa que jamás hubiese existido, y él era su hijo, para siempre. Nada podía hacer, la amaba con todas sus fuerzas.
El joven se estremeció y cerró los ojos; pero volvió a abrirlos al sentir una presencia humana, gracias a lo que Ella un día llamó en tono de broma “su instinto de rata”
La inexplicable sensación de una mortal amenaza se volvió de inmediato más fuerte. La aparición recién llegada no era amistosa, y estaba casi sobre él. Podía sentirla acechando en el umbral de la puerta, su respiración era pesada, y Bill necesitó solo unos segundos para entender que no era solo una, eran por lo menos tres o cuatro.
En un solo movimiento rápido y fluido dobló la carta y la metió en el bolsillo interno de su chaleco de cuero y suspiró sintiéndose totalmente encolerizado. Había cometido un error, había bajado la guardia y lo tenían acorralado como a una rata.
“Oh mamá, no te enojes conmigo, sé que me dijiste que tendría problemas pero no pensé que llegarían tan rápido”
Ya nada podía hacer, ni siquiera tratar de defenderse. Escuchó el retumbar de pisadas a su espalda y levantó la vista hacia la oscura silueta que estaba a su lado, ligeramente echada hacia atrás. No podía distinguirla muy bien, la llama de la vela era tenue y la noche estaba cerrada, pero si escuchó muy bien las palabras.
—Hasta aquí llegaste, mi querido Diávolo.
Un certero y brutal golpe propinado con algo de metal impactó en su nuca, exactamente entre las vertebras c2 y c3; Bill se desmayó de manera inmediata y la vacilante luz de la vela se extinguió en el momento en el que su cuerpo cayó desmadejado sobre el suelo polvoriento.
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Las luces eran cálidas y ambarinas y el fuego de la chimenea crujía alegremente, inundando la habitación de calor. Una habitación cuyo dueño no estaba presente.
En el palacio de Calabria, la habitación de Bill estaba vacía; sobre la mesa descansaba la bandeja con la cena, ya completamente fría. Y más fríos eran aún los oscuros ojos del príncipe Tom, que estaba sentado en la orilla de la cama, con la corona tapizada de diamantes con la que había coronado a Bill en la mañana descansando en sus manos y el ceño fruncido. Su angustia era inmensa. Sobre la mesa-buró que estaba al lado de la cama descansaba la insignia platinada de Bill, la que lo señalaba como príncipe heredero y los gruesos y plateados brazaletes de comandante.
Casi era la media noche y aun no había señal de Bill. Nadie le había visto volver; nadie sabía absolutamente nada de él. Tom se sentía extraño, le dolía el cuello de la misma forma que si hubiera recibido un terrible golpe, le dolía la cabeza y toda la tarde había sentido una ola de desesperación y desasosiego que le impedía casi respirar; fue así como supo que algo iba verdaderamente mal con Bill, por eso había ido a esperarlo, confiado en que de un momento a otro, el pelinegro haría su aparición, con su rostro sonriente y perfecto, de ojos brillantes y oscuros; pero mientras más pasaba el tiempo, más desesperado se sentía.
Cuando el reloj anunció las doce campanadas que indicaban la media noche, Tom no pudo esperar más, se levantó y se colocó la corona sobre la cabeza mientras salía del cuarto de Bill a grandes zancadas. No sabía que iba a hacer, pero tenía que hacer algo. Mientras iba caminando por uno de los enormes pasillos oscuros del palacio, vio por los ventanales que afuera en las barracas de los soldados de Mónaco había luz y mucho movimiento así que se encaminó hacia ahí.
Dentro de las enormes tiendas de los soldados estaba reunida una pequeña multitud en torno a una mesa que contenía un mapa, brújulas, muchas espadas y algunas hojas de pergamino. Al centro estaba el rubio que Tom reconoció como Gustav, gritando por sobre todas las voces para hacerse oír; todos callaron en cuanto Tom entró, caminando con lentitud y una gélida seguridad en sí mismo.
—Gustav… ¿podríamos hablar un momento? —pidió el príncipe con cortesía, y Gustav asintió, extrañado. Se alejó de sus hombres y se acerco al príncipe.
—Usted dirá, Alteza —le dijo en voz baja.
—Creo saber el porqué de tanto alboroto, Bill no está.
—No, no está, ha desaparecido y no sabemos en donde podría encontrarse ahora mismo.
—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—Ésta misma mañana…—Gustav parecía muy desdichado —le dije que no fuera— susurró y para su sorpresa, Tom lo tomó de los hombros, apretándolo.
—¿Qué no fuera a donde? ¿Sabes que tenía planeado hacer? — el tono del príncipe era apremiante y cargado de angustia, tanto, que el capitán y todos los soldados estaban conteniendo el aliento.
—Él dijo que iría al cementerio a ver a su madre y que después bajaría hasta el pueblo para buscar a un viejo amigo —Tom adivinó en el acto quien era ese viejo amigo. No podía ser otro que Georg, el grandulón de cabello castaño y ojos verdes. — pero le dije que no fuera, tenía un mal presentimiento y ahora Bill no está, debí acompañarlo… debí…
Pero Tom no tenía tiempo para lamentaciones, el conocía el pueblo, a fin de cuentas era su reino. Pasó de Gustav y se acercó a toda prisa a la mesa con el mapa. Los soldados se alejaron un paso, temerosos de la potente aura de furia que irradiaba de príncipe, cuya corona brillaba intensamente enviando un chisporroteo de colores hacia todos lados cuando la luz iluminaba los diamantes.
—Hay que ir a buscarlo, yo se las ubicaciones del cementerio y del pueblo, y también sé a quién pudo ir a buscar Bill, a sus viejos amigos.
—¿Cómo sabe eso Alteza? —preguntó un muy curioso Gustav, pero se calló en cuanto Tom le dirigió una fría mirada de advertencia—. De acuerdo — e volvió hacia el capitán, quien le dirigió a Tom una pluma y el frasco con tinta— por favor Alteza, marque los lugares donde están esos puntos.
Y Tom lo hizo en el acto, y no solo indicó las ubicaciones exactas del cementerio y del pueblo hacia la casa de Georg, sino que también marco las rutas más rápidas para llegar. Gustav se inclinó sobre el mapa, lo estudio y asintió, para mirar después al capitán.
—Envía un escuadrón de Valientes del Rey a cada ubicación y recaba toda la información necesaria hasta que encontremos al comandante— ordenó.
El capitán asintió y comenzó a ladrar las órdenes al grupo de soldados, quienes en el acto se movilizaron y salieron para preparar sus armas y caballos.
—No sé porque, pero siento que todo esto es inútil— dijo Tom, quien se había quedado solo con Gustav, la preocupación le había dejado profundos surcos sobre la frente.
—También yo Alteza, pero es por donde tenemos que comenzar, ahora si me disculpa, he de ir a ver a su Alteza Ambrosía. He de asegurarme de que no sepa nada aun.
Tom asintió, realmente no le importaba en lo más mínimo lo que pensara o no la princesa; era Bill quien estaba matándolo de angustia, de dolor, de frustración. No había pasado ni un solo día de haberlo recuperado cuando ya lo había vuelto a perder.
Echó a andar hacia el palacio, caminando lentamente hasta fundirse con la oscuridad que reinaba en aquella noche fría, oscura y sin luna.
En donde estas Bill…
& Continuará &