Capítulo 27: Georg
Bill salió del cementerio y retomó la vereda que llevaba al pueblo; iba tan sumido en sus pensamientos, los cuales giraban alocados dentro de su cerebro con formas de Tom en miniatura, que no se fijó en toda la gente que reparaba en su alta figura en movimiento. Iba caminando mecánicamente, pensando en la magia susurrante que irradiaba cada átomo de Tom. Bill murmuraba su nombre para sí mismo continuamente. Era como el sabor de la nata batida, como un beso muy profundo dado con la lengua. Solo prestó atención al camino cuando pisó los primeros adoquines negruzcos de las calles que llevaban al centro del pequeño pueblo.
La tarde comenzaba a caer.
Se encaminó con paso rápido por entre el laberinto de calles doradas que conducían a la casa de Georg. Los habitantes del pueblo que se llegaron a topar con él le miraron con ojos desorbitados y Bill recibió tantos apretones de mano, saludos y palmadas en la espalda, que después del décimo le fue imposible contarlos.
Al pasar frente a la taberna reconoció a Cinzia, la atractiva prostituta que siempre se le insinuara nada más al verlo; estaba de pie como siempre en la puerta esperando a algún cliente. Bill le sonrió con galantería, guiñándole un ojo y estuvo seguro de escuchar cómo se le detenía el corazón a la joven, pero no se quedó a charlar, tenía que ver a Georg.
Después de escasos minutos de caminar al centro de las calles donde las casas estaban más separadas y comenzaban los diminutos océanos dorados de trigo y los morados helechos de lavanda, llegó finalmente a la alegre casita de su mejor amigo. Estaba como siempre, con sus molduras de madera oscura, el pórtico bordeado de estacas color blanco que él y Georg habían pintado cuanto apenas contaban con ocho años y las alegres margaritas anaranjadas de la señora Listing, enraizadas en la jardinera que estaba bajo las ventanas cerradas de la cocina. La casa estaba totalmente silenciosa y las tripas de Bill se liaron en un apretado nudo. Su primer pensamiento coherente fue “¿Y Georg? ¿Qué ha sido de mi hermoso amigo Georg, el de los ojos verdes? Tiene que estar bien…” Bill expulsó ese pensamiento en el momento en que otro llegó
“Estoy aquí, realmente estoy aquí, el tiempo ha transcurrido demasiado rápido y he vuelto a casa”
Bill se acercó a la puerta, la tocó y esperó por casi cinco minutos. Nadie abrió. Las cortinas estaban cerradas y las puertas y ventanas también. Estuvo a punto de tener un verdadero ataque de pánico cuando recordó que el padre de Georg tenía un taller donde guardaba el algodón y donde había empezado a maquilarlo hacia algunos años, creando esponjosas nubes blancas, lo que le había valido tener mejores ingresos para su diminuta familia. Bill casi corrió el medio kilómetro calle abajo hasta llegar al taller. Ahí las puertas estaban abiertas de par en par y el ruido de las maquinas le llegaba a los oídos con su inminente rugido. Bill supo que aunque tocara la puerta de madera nadie le escucharía así que entró.
En primera instancia pensó que el taller estaba vacío, pero no era así. Sus ojos oscuros se enfocaron en la silueta de la única persona que estaba en el lugar y el nudo que había estado oculto en el fondo de sus entrañas se esfumó al ver aquellos relucientes ojos verdes y aquel rostro de sedosa cabellera castaña que seguía siendo tan joven y despreocupado.
Georg había levantado la mirada al sentir otra presencia en la habitación, y el costal que estaba llenando con esponjosas bolas blancas se le escurrió de los dedos y aterrizo en el piso sin hacer el más mínimo ruido al ver quien había decidido prácticamente materializarse en el aire.
Bill parpadeó, se irguió y sonrió con camaradería y confianza pensando en cuánto lo había extrañado. Contempló el rostro hermoso y maravillado de Georg mientras el castaño lo miraba con sus ojos reluciendo como joyas verdes incrustadas en una montura de adularia, y esa belleza se quedó profundamente grabada en su memoria. Hubiese reinado un silencio sepulcral de no ser por el soniquete aburrido de las máquinas de hilar.
— ¿Bill?
—Hola Geo— Bill sonrió, mostrando su perfecta y blanca dentadura. La larga caminata que había hecho desde el cementerio hasta el pueblo había alborotado su negra cabellera, le había encendido un poco las mejillas y había hecho que sus ojos brillaran como nunca.
Cuando escuchó su voz, cuando vio su silueta, las tripas de Georg se revolvieron y treparon rápidamente por su esófago, amenazando con salir disparadas de su boca, aunque aquello fuese imposible.
Aunque Bill era bastante más alto que Georg, su estructura y musculatura lo imponían, y cuando el castaño avanzó a grandes zancadas hacia él, Bill se sintió de repente como una hormiga que se enfrenta a un elefante. Las facciones de Georg estaban crispadas, los delgados labios fruncidos, el ceño arrugado.
“¿Por qué estará tan molesto?” se preguntó Bill con preocupación y algo de miedo al ver lo que se le venía encima. Georg podría romperle todos los huesos del cuerpo con tan solo un buen apretón.
Estaba cerca. Casi sobre él. Incluso bufaba un poco. Bill cerró los ojos, listo para recibir el primer golpe o la primera bofetada o el primer empujón o lo que fuera que Georg tenía en mente para atizarle, pero nada de eso sucedió. De un momento a otro sus pulmones fueron completamente vaciados de aire mientras dos brazos le comprimían los costados como un par de boas constrictoras, como lo eran siempre los abrazos de Georg. Georg lo estaba abrazando con fuerza, con mucha fuerza, y también con desesperación, con confianza y seguridad. Bill se sintió en casa y luchó por liberar los brazos y devolver el abrazo, pero entonces se dio cuenta de algo. Georg se estremecía, lo sacudían los sollozos. Su amigo estaba llorando, “llorando, está llorando” repetía la mente de Bill una y otra vez. “Soy un mal amigo” se dijo al momento de liberar sus brazos de un tirón y rodear a Georg con fuerza para llorar con él en ese tan ansiado reencuentro.
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—Aun no lo puedo creer. Es decir, ¡estás aquí! — Georg se había repetido a si mismo cerca de cincuenta ocasiones, y en cada una de ellas, Bill había sonreído y le había dado una palmada en la espalda o un amistoso jalón en la oreja.
—Estoy aquí, no soy un espectro ni una maldición ni nada por el estilo Geo— murmuró Bill, sentado en el piso de la habitación de Georg con las piernas cruzadas y el rostro encendido. Estaba tan feliz de ver a su amigo que poco había faltado para que se pusiera a bailar. Después de recuperarse del abrazo de muerte que el castaño le había propinado y detener la tremenda ola de emoción que los embargó al volverse a reunir, Georg había parado todas las maquinas, había cerrado el taller y se había llevado a Bill a su casa, donde el moreno le relató durante más de dos horas seguidas todas las aventuras por las que había pasado desde que Georg y familia lo alentaran a marcharse en aquel barco. Geo estaba anonadado, y mientras más le contaba Bill, más se sorprendía.
Cuando Bill hubo terminado, Georg lo miró con una nueva clase de respeto y admiración. Le era difícil conciliarlo: el mejor de sus mejores amigos desde siempre ahora era todo un príncipe, además de comandante y a saber que tanto más. Para el castaño aquello fue delicioso, no había nada que lo llenara más de orgullo que ver a su amigo en la cima, envuelto en poder.
—Tu madre tenía razón Bill.
El moreno frunció el ceño, intrigado.
—Siempre lo tenía, ¿pero a que te refieres en este caso?
Georg suspiró sintiendo una clase muy peculiar de nostalgia. Aunque le alegraba demasiado ver a Bill, ya que pensó que no lo volvería a hacer, se sentía triste por el cambio operado en su amigo; quizá hasta un poco celoso, pero no de su éxito, si no de las responsabilidades que le impedirían estar con él como cuando eran niños, sin nada mas de que preocuparse, pero no se lo dijo. Sólo se dedicaba a escucharlo y a admirar su estampa y el halo de autoridad que lo rodeaba. Ya nada quedaba de lo que antes fuera su delgado y siempre hambriento amigo.
—Siempre decía que tú habías nacido para sobresalir y mírate ahora. Eres comandante, guardaespaldas y… príncipe heredero. Se te subirá la fama a la cabeza y después no querrás hablarme— dijo el castaño a modo de broma, pero una pequeña parte de su tristeza de engarzó en la frase y Bill la captó de inmediato. Negó tenuemente con la cabeza y su mirada se volvió de adoración.
—Nunca haría eso Geo, pareciera que no me conoces… ¿crees que dejaría de hablarte a ti, a mi mejor amigo? Para nada— negó y sonrió repitiendo: — para nada, de hecho vine buscándote para pedirte, incluso rogarte que vengas conmigo, que trabajes conmigo.
Georg parpadeó y luego soltó una carcajada.
—Muy buena la broma Bill. — el pelinegro frunció los labios, ofendido.
—No es broma — tronó— te necesito, necesito un buen consejero. Un visir.
—Entonces— el castaño abrió desmesuradamente los ojos, y Bill pudo ver su propio reflejo en el brillo de sus verdes pupilas iridiscentes. — ¿trabajar para ti?
—No, no. Trabajar conmigo.
— ¿En verdad? — La esperanza se abrió paso como la haría una marea en plena tormenta por el pecho de Georg— estaría contigo y…— lo miró detenidamente— ¿Qué se supone que tendría que hacer?
—En términos técnicos realmente nada— rio Bill— tendrás que estar a mi lado todo el tiempo, porque tengo muchas responsabilidades y a veces se me va la cabeza, así que en general tendrás que estar atento, necesito de tu mente rápida y tu ojo crítico, deberás recordarme si olvido algo, darme tu sabio consejo cuando te lo pida y cuando no también y en general solo eso. — Georg sonrió y pasó el dedo sobre la frescura de la camisa blanca de Bill, y después miró su ropa, limpia pero ya luida y vieja. Bill siguió su mirada y su sonrisa de hizo más amplia —te verás como yo en tan solo una semana— aseguró.
— ¿Entonces cuando empezamos? — soltó Georg.
—A ver…— Bill se frotó el mentón luciendo pensativo— hoy es miércoles, así que podríamos empezar el próximo lunes, para que hables con tus padres y termines lo que tengas que hacer y en general te prepares. El lunes vendré a buscarte y empezaremos. Tendrás trajes, armas, un caballo y mucho tiempo disponible para aprender— la voz de Bill tembló un poco al final, porque se dio cuenta de que, para el lunes, Tom y Ambrosía ya estarían probablemente casados y estaba seguro de que todo iba a cambiar, pero teniendo a Georg y a Gustav consigo, presentía que todo sería al menos no tan difícil, y que sus amigos le impedirían caer en la locura.
—Me parece perfecto Bill— dijo Georg con filo en la voz. Había notado perfectamente el estremecimiento del cuerpo de su amigo y supo de inmediato que Bill le ocultaba algo profundamente importante e intensamente triste para él. Quizá si fuera bueno para ese trabajo, podría descubrir las cosas más ocultas que vivían dentro del ama de su amigo.
(¡Bam!)
(Portazo)
— ¡Georg! Pedazo de tarambana ¿en dónde estás? — la voz fúrica del señor Listing reptó por las paredes hasta taladrar los oídos de ambos jóvenes que habían dado un salto al escuchar la puerta cerrarse con estrépito. Los dos se habían levantado, pero con actitudes muy distintas. Georg se levantó pesadamente, con las pupilas dilatadas de sorpresa, mientras que Bill había dado un salto ágil, lleno de fluidez y elegancia y había desenfundado su espada en un acto reflejo justo cuando la puerta de la habitación de Georg fue abierta rápidamente y se azotaba contra la madera.
—Papá…— la voz de Georg se escuchó repentinamente chiquita.
—No me digas “papá” joven. ¿Por qué has cerrado el taller? Cuantas veces tengo que decirte que es lo que nos proporciona el dinero para…— pero el señor Listing detuvo su furiosa letanía hacia su hijo cuando reparó en la figura un tanto desgarbada que esperaba en altiva quietud, con una sonrisa tímida dibujada en sus perfectas facciones. Bill había guardado la espada y esperaba que el señor Listing terminara. Quiso defender a Georg, pero si algo había aprendido era a respetar a los mayores, por eso se mantuvo totalmente callado, porque a fin de cuentas el regaño era un tanto cómico— ¿Bill…?— la incredulidad en la voz del señor Listing fue tan grande que incluso se podía saborear.
—Señor Listing— Bill inclinó la cabeza en un gesto tan elegante que el padre de Georg se sintió un tanto cortado.
— ¡Bill! Muchacho, apenas puedo creerlo…— el señor olvidó completamente su regaño y se adelantó para abrazar a Bill en un asfixiante abrazo de oso. Bill supo de inmediato de donde había heredado su amigo esa cualidad para dislocar huesos con sus gruesos brazos apretujantes como boas.
—Papá— se quejó Geo— no lo dejas respirar. —El señor en el acto lo soltó.
—Lo siento hijo— le dijo a Bill.
—No… no pasa nada— dijo, haciendo acopio del aire que el padre de Georg le había hecho soltar cuando le apretujó los pulmones contra la espina.
—Enserio que no puedo creerlo, es irreal, tu aquí… no sabes las veces que me atormenté pensando en que habría sido de ti, en si hice bien al prácticamente empujarte fuera de Calabria… tantas noches sin dormir.
—Fue lo mejor que pudo haber hecho por mí— Bill cuadró los hombros y miró directamente al señor Listing con adoración— de no ser por Usted, y su esposa y mi Geo— le paso el brazo por los hombros a éste ultimo— seguramente ya estarían mis huesos podridos y descarnados en alguna apestosa celda del palacio. Es gracias a ustedes que ahora soy lo que soy.
—Veo que te has convertido en todo lo que tu santa Madre prometió que ibas a ser.
—Desde luego papá— dijo Georg con emoción— ¡espera a que lo sepas! Bill es el guardaespaldas de la princesa Ambrosía, la que se casa con el cateto ese de Thomas el domingo— Bill torció el rostro en un leve gesto de dolor al escuchar esas palabras. Aun no sabía cómo saldrían bien librados de aquello. Incluso se estaba planteando volver a huir después de todo, pero se resistía, Thomas y Ambrosía lo necesitaban. — Además es comandante de los soldados de Mónaco, los que vimos con esas lanzas enormes y los escudos y…— Georg hizo una pausa demasiado teatral— lo proclamaron Príncipe Erpa-ha. — llegados a ese punto, los ojos del padre de Georg se abrieron como platos y su lengua se atascó en el fondo de su garganta, provocándole un violento ataque de Tos. Bill y Geo lo palmearon en la espalda para ayudarlo a recuperar el aliento.
— ¿Eres un Príncipe Heredero, Bill?
El moreno asintió.
—Sí, desde hace algunos meses. No es la gran cosa…
—No tengo palabras…
El señor Listing lo miró con orgullo y estuvo a punto de abrazarlo de nuevo, pero en ese momento entró la madre de Georg y al verlo, todo estalló en lágrimas, risas, abrazos y felicitaciones que se fueron prolongando al ritmo de la tarde. Bill se quedó y les acompaño en el té de la tarde, que consistió en un suave bollo sultana con mantequilla derretida y té de hojas de limón.
Para Bill aquello fue lo más significativo que le había sucedido desde que lo habían nombrado Erpa-ha y disfrutó de sus amigos igual que lo haría un crio de ocho años sin preocupación alguna.
Que maravillosos eran los días libres…
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—Creo que será mejor que me retire— Bill se levantó del sofá en donde estaba cómodamente apoltronado.
— ¡No! ¿Ya? — la madre de Georg se puso triste al instante.
—Tranquila mamá, Bill va a estar mucho tiempo por aquí, lo verás muy seguido.
—Oh bueno— aceptó resignada. Georg también se levantó.
—Vamos amigo, te acompaño al Palacio.
Bill se despidió de los padres de Georg con sendos abrazos y besos en las mejillas, prometiéndoles visitas periódicas y cuidar e instruir bien a su hijo cuando comenzara a irse con él. Ya en la puerta, Bill encaró a Georg.
—Quédate con tus padres, yo puedo regresar.
— ¿Estás seguro Bill? Tengo un mal presagio.
Bill puso los ojos en blanco con fastidio. ¿Es que Georg estaba igual que Gustav? Seguro se llevarían muy bien.
—Tonterías, nos vemos en unos días, amigo. — El moreno rodeó al castaño en un fuerte abrazo y le palmeó la espalda, con la sensación de que estaba palmeando el lomo de un toro. Georg correspondió algo tarde. De un momento a otro, una preocupación apabullante le oprimía el pecho.
Bill se marchó andando calle abajo, sonriendo ante las coincidencias en malos augurios a los que sus amigos habían llegado. No los entendía. ¿Qué le podría pasar? Absolutamente nada. Aunque no pudo reprimir un estremecimiento. Los largos años de entrenamiento en Calabria con su madre y después, en Mónaco habían dejado un sexto sentido en él. Sintió que era observado y volteó hacia todos lados. No vio nada y apresuró un poco el paso. No tardaría ni una hora en llegar al palacio, lo que significaba llegar a la calidez de la habitación de Ambrosía para platicar con ella, y más tarde a la suculenta y romántica lujuria que le ofrecerían los fuertes brazos de Tom.
Que equivocado estaba…
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—Majestad— el enorme emisario que había conseguido toda la información sobre Bill varios meses atrás, y que después encabezara la cuadrilla de espías enviados al pueblo por la malévola ex Reina Lucila, estaba postrado, con la frente rozando el suelo y los brazos extendidos.
—De pie— ordenó imperiosa una voz vieja y cascada, totalmente afectada por la ronquera y una larga enfermedad pulmonar.
El hombre se levantó ágilmente, agitando en el proceso sus finos ropajes. Al levantar la vista, sus ojos se toparon con otro par de ojos del color del ártico; fríos y despiadados. La anciana Lucila estaba sentada en su amado trono de oro bruñido y tenía las manos arrugadas quietas en el regazo; de vez en cuando acariciaba con ternura a la gata blanca de Tom, que dormitaba sobre sus muslos envueltos en finas sedas tornasoles.
Una chispa de depravada maldad ardió en sus ojos al adivinar a que había venido el emisario.
—Le traigo noticias Majestad. El chico volvió.
— ¿Estás seguro? — su voz se volvió apremiante y chillona a causa de la sorpresa y un resplandor de alegría y excitación casi enloquecidas iluminó su rostro. Había temido llegar a morirse sin que el príncipe hiciera su aparición, pero finalmente había llegado como una presa atraída al cepo.
—Si Majestad. — el hombre no entendía el porqué la anciana quería saber todo sobre el joven pelinegro. Le parecía bastante inocente.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Qué pruebas tienes? — la voz sonó igual a un ladrido.
—Esta mañana entró al cementerio y fue directamente a…— el hombre sacó una hoja de pergamino muy arrugada— a la lapida de Constanza Diávolo y estuvo ahí por varias horas— la anciana asintió pero no estaba satisfecha aún— después fue al pueblo. Los tres hombres que tengo ahí lo reconocieron e hicieron preguntas con mucha sutileza. Todos los habitantes confirmaron que se trata William Diávolo, mejor conocido como Bill.
— ¿Y en donde está ahora? — demandó nuevamente con una voz tan penetrante, que había sonado mas a un aullido ésta vez.
—Toda la tarde ha estado metido en casa de la familia Listing. Mis hombres están a los alrededores, un par iba a seguirlo y el tercero me esperaría. Por eso he venido por sus órdenes.
Las manos de la anciana comenzaron a temblar y se le pusieron húmedas y heladas. Al fin iba a poder terminar lo que no debió comenzar hacia veinte años. Le dirigió una mirada de una malevolencia tan fría al emisario que éste se vio forzado a desviar la vista.
—Arréstalo.
— ¿…Majestad?
— ¿Acaso eres sordo? ¿O te haces estúpido? ¡Arréstalo! —La anciana se irguió con la furia destellando en su iris helado.
— ¿Pero… bajo que cargos?
—Los que quieras, arréstalo, secuéstralo, captúralo, como desees, y después… llévalo al “nido”
EL hombre palideció. Lo que ella llamaba el “nido” no era otra cosa que una oscura habitación en la torre más baja del castillo, y que estaba próxima a las mazmorras.
Durante su juventud, había sido el lugar predilecto de la Reina Lucila. Era un cuarto pequeño, oscuro y hediondo, con las paredes negras y el suelo pegajoso. Era el último lugar al que una persona quisiera ir a parar. Estaba equipado con los más sádicos artefactos de tortura jamás inventados. Contaba con la “silla de interrogatorio”, artilugio de donde sobresalían picos de hierro del asiento, el respaldo y los reposabrazos. También tenía un “aplasta cabezas” aunque la Reina no era muy fiel a ese dispositivo. Prefería los que causaban el máximo dolor posible. Sus favoritos eran: La cuna de Judas, la doncella de hierro, el potro, la sierra, la guillotina y su predilecto, la jaula cilíndrica, un raro mecanismo inventado por un alemán. Consistía en una jaula cilíndrica hecha de hierro, con afiladas estacas en el interior que giraba y se contraía mientras las estacas atravesaban la carne y desangraban el cuerpo de la desgraciada criatura que estuviera dentro, causándole la mas agónica y lenta de las muertes.
—De… de acuerdo Majestad. — tartamudeó el espía, quien siempre había sido cruel y sádico por naturaleza. Superó la primera impresión y cuadró los hombros. Solo era un trabajo más, y le pagarían una exorbitante suma de oro por apresar a aquel joven tan delgado y con tan mala suerte.
—Ya vete— la anciana se volvió a medio recostar en el trono— y que absolutamente nadie los vea, ¡nadie! — Gritó— cuando lo tengas vienes a avisarme, y procura que cuando esté ahí no haga ningún ruido.
El emisario se marchó rápidamente mientras la mente de la anciana vagaba con pereza. Sus manos se deslizaban de manera casi inconsciente por el suave pelaje albino de la gata. Sentía cierta emoción, la misma que sentía siempre que se acercaba una tortura. Le encantaban. Repasó en su mente la lista de los aparatos que había en el “nido” aun sin saber cuál usar con su indeseado nieto. Pero algo se le ocurriría muy, muy pronto…
& Continuará &