Capítulo 26: De tumbas y lápidas
Bill despertó un par de horas después, al sentir una ráfaga de aire frío engancharse en su columna y trepar por su espina. Se incorporó con la rapidez de un resorte, sintiéndose desorientado. Miró a su alrededor. Estaba desnudo en su cama, debajo del cobertor rojo sangre que cubría su cuerpo y lo mantenía tibio, y estaba solo. A su lado las sabanas estaban revueltas, puso su mano sobre ellas y estaban frías. Hacía mucho que Tom se había ido. Un hálito de amargura estuvo a punto de cernirse sobre él, cuando reparó en una hoja de papel rígido, doblado por la mitad, que descansaba sobre su almohada. La tomó con manos temblorosas. La caligrafía era perfecta, de trazos largos y elegantes.
Bill:
Dormías tan profundamente que me dio pena despertarte. Sé que te dije que no me iría, pero tu amigo el rubio volvió a buscarte, por suerte se fue, creo que no lo notaste. Báñate. Tendré que estar con un emisario durante la tarde, pero te buscare en la noche.
Con cariño, Tom.
Leyó la nota casi diez veces, sonriendo como un autentico gilipollas. Si, Tom lo volvía un gilipollas rematado. Y le encantaba.
Se irguió con lujuriosa lentitud, deslizó sus dedos por entre los sedosos mechones de su cabellera –los que no estaban enredados en rastas-, bostezó y estiró su cuerpo de felino. Se sentía extrañamente dolorido, rígido y pegajoso; no era una sensación que le desagradara del todo después de recordar el motivo por el cual se encontraba en ese estado.
Los italianos eran amantes del diseño, y el palacio de Calabria estaba ricamente equipado con las mejores y últimas tecnologías de la época, como lo era el complicado diseño de tuberías de plomo y calderas de gas, que bombeaban agua caliente y fría hasta los cuartos de baño, que estaban bien provistos con avanzados sistemas de ducha.
El baño de la habitación de Bill, por ser uno de los más elegantes, tenía una espaciosa tina hecha de porcelana color marfil, que descansaba sobre sus garras hechas de oro puro y un avanzado sistema de ducha de agua caliente. A Bill le encantaba y entro al baño desnudo, soñoliento y alegre, tan feliz como no se sentía hacia muchísimo tiempo.
Después de tomar el baño más largo que había tomado en toda su vida, salió del baño con una túnica envuelta en la cadera; el pecho mojado con las gotitas brillando en su piel como tímidas estrellas y las rastas bicolores sueltas y húmedas.
Afuera, en el dormitorio, todo estaba limpio y en perfecta calma, y aunque aquello no era nuevo si lo sorprendió mientras un tenue rubor le coloreaba las mejillas. La cama estaba perfectamente hecha con un cobertor dorado en lugar del rojo sangre que había sido testigo mudo de la carnal reconciliación entre Tom y él. La chimenea ahora encendida crepitaba alegremente y había calentado la habitación. En la mesa estaba su almuerzo servido en una bandeja de plata cubierta por un domo hecho del mismo fino material. Bill se acercó y levantó el domo. Después levanto el siempre omnipresente paño de lino que mantenía la comida caliente o fresca según fuera el caso. Le habían servido una ensalada fresca con pequeños trozos de esponjoso queso de cabra, tostadas con mantequilla, té caliente y paté de foie gras. Sonrió y fue a terminar de vestirse. Una de sus dos esclavas aun seguía presente y estaba acomodando la ropa del pelinegro sobre la cama cuando éste se acercó. La muchacha, completamente ruborizada bajó la vista, después de echarle una buena ojeada al torso desnudo de Bill. Sus ojos lo devoraron con deleite, pero se ampliaron de horror al ver la terrible cicatriz que adornaba su costado y sintiéndose cortada, se excusó y salió a toda prisa.
—Oh vamos, no está nada mal — se dijo a si mismo viendo su cicatriz — bueno, no tan mal — se corrigió y terminó de vestirse a toda prisa. Cuanto odiaba aquella marca. Tanto como al príncipe que se la causó.
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—Ya era hora capullo — tronó Gustav entre molesto y divertido cuando Bill se le unió en las barracas perfectamente arreglado. Incluso tuvo que parpadear ante la imagen que ofrecía el pelinegro; llevaba el pelo perfectamente alisado, con las rebeldes rastas desparramadas en su espalda, los parpados completamente negros y los ojos remarcados con kohl, dándole a su rostro gatuno un matiz indescifrable y un poquito tenebroso.
—Tengo derecho a disfrutar de mi tiempo libre ¿no lo crees? — respondió Bill, mientras se inclinaba y le echaba una ojeada al mapa de Calabria que descansaba sobre la mesa del capitán, quien se mantenía callado como muerto y miraba con lealtad a su comandante.
—Si joder, pero además te has echado tres horas de siesta.
—Gustav, pareces mi prometida — se burló el moreno haciéndole un guiño al capitán— ¿todo en orden? — le preguntó directamente al capitán, quien se levantó de un salto, hizo una reverencia y asintió.
—Todos los hombres están listos, avituallados y aburridos, mi señor.
Bill se carcajeó.
—Me lo imagino — comentó y se acercó a un par de Valientes del Rey que estaban en la entrada de la tienda completamente inmóviles. Bill acarició sus pesados escudos de cobre y, verificó las lanzas, las flechas y las espadas. Todo estaba reluciente como él les había ordenado. Gustav observaba todo con rostro serio.
—Aun así no hay que bajar la guardia capitán, nunca se sabe que puede pasar, y mantenme informado de todo, ya sabes que hacer.
—A la orden.
Bill salió al rayo del sol seguido de cerca por Gustav.
—¿Qué vas a hacer hoy, Bill?
El aludido levantó la vista hacia el cielo y entrecerró un ojo, haciendo un gesto de molestia porque la luz del sol lo deslumbraba.
—Iré al cementerio, y después me pasare por el pueblo— le dijo, volviéndose a mirarlo— me hace falta un buen consejero y tengo el candidato ideal— dijo con emoción en la voz. Si alguien iba a estar con él, trabajando y aconsejándolo, no podía pensar en nadie más que en su fiel amigo Georg.
—Oh, me gustaría conocerlo, pero yo no tengo el día libre. —Refunfuñó el rubio— A todo esto, ¿Por qué tienes el día libre?
—Porque Ambrosía está cansada y quiso quedarse recostada —le dirigió una mirada de lánguida añoranza a las ventanas de cortinas cerradas que sabia pertenecían al dormitorio de Ambrosía—, pero no te preocupes, dejé a mi mejor par de soldados afuera de su puerta.
—Sabes Bill, uno de esos días esos soldados tuyos van a hacer alguna barbaridad, están muy bien entrenados y son muy agresivos, además de un poco altaneros. Hoy por la mañana se divertían azuzando a los guardias del príncipe rubio, al que le reventaste las napias con tu puño.
—No puedes culparme — sonrió. Comenzaron a caminar con dirección a la explanada de cantera negra. El calor era ya opresivo y se alzaba en oleadas desde la piedra, amenazando con hacerlos sudar— han de estar así de entrenados para que nunca nadie pueda sorprenderlos, y en cuanto a la guardia de Andreas, déjalos que se diviertan.
—Bueno, tienes razón, aunque tu entrenamiento me parece un poco despiadado, y aun así te siguen amando.
—Gracias, lo tomaré como un cumplido. —Bill se sintió halagado. Llegaron a unos cuantos metros de las verjas de hierro que estaban abiertas de par en par, custodiadas por un par de gendarmes callados y quietos como las piedras.
—Por nada. ¿No te llevarás a Capri? —dijo Gustav frunciendo el ceño. Le parecía extraño que Bill no sacara a su adorado corcel, cuando a veces se tomaba horas enteras en cuchichearle cosas al odio. Le parecía alucinante que incluso siendo un animal, parecía comprender a la perfección lo que Bill le decía.
—No, esta vez no. Quiero caminar.
—¿Estás seguro? —Gustav parecía bastante receloso de repente—. No sé… tengo un mal presentimiento, Bill, mejor no vayas, o llévate al menos a algún soldado.
—Por el amor de Dios, Gustav, no seas ridículo. ¿Qué podría pasar? Relájate.
—No vayas Bill, por favor, vamos mañana, o permíteme avisarle al Rey y te acompaño.
—Gustav, me estás poniendo nervioso, no me pasará nada. Yo crecí aquí, recuérdalo. Es mi pueblo, mi gente ¿Qué podría suceder?
—No sé. —El rubio estaba sumamente intranquilo y la impaciencia se iba acumulando rápidamente en su interior—. Pero no vayas.
—Mira, cálmate. Ve con Adam o a hacer lo que tengas que hacer, por la tarde te buscaré para contarte todo, aunque tendrás que esperar porque prometí ir primero a ver a Ambrosía.
Tras decir eso y antes de que Gustav pudiera volver a detenerlo, Bill se dio la media vuelta y se alejó del palacio caminando a grandes zancadas por la vereda. Intentaba ir relajado, pero sentía la penetrante mirada de Gustav clavada en su nuca, lo que le impedía disfrutar de la caminata; pero pronto la sensación desapareció cuando Bill fue dejando atrás paulatinamente el castillo y sus torres imponentes…
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—¡¡OH DIOS SANTO!! — el potente grito desgarró la sofocante quietud del mediodía, e hizo saltar a Bill—. Mi muchacho… ¿Bill? Eres tu ¿no? ¡SI! Eres tú. No lo puedo creer.
El sepulturero y encargado del cementerio era un diminuto anciano encorvado, que aunque no era tan mayor, el trabajo que desempeñaba le hacía ver casi como una calavera. Estaba sumido en su melancólica y solitaria rutina diaria, únicamente acompañado por su fiel perra mestiza que lo seguía de tumba en tumba, y lo miraba con plácida y lánguida ensoñación, tirada sobre su abdomen mientras el buen hombre hacia su trabajo bajo el asfixiante y húmedo clima del mediterráneo cuando reparó en un joven impecablemente ataviado, de larga cabellera negra y casi dos metros de estatura. Pero en cuanto había enfocado la vista en el noble rostro, había dejado caer la pala y había gritado al reconocer los oscuros y cálidos ojos del hijo de Constanza.
—Soy yo mismo, Doménico —respondió el pelinegro, sonriendo con su sonrisa chocolateada.
—Cuánto tiempo, Bill, cuánto tiempo. Pensé, pensamos que no te íbamos a volver a ver por aquí y sin embargo aquí estas, y tan fino y tan elegante ¿pero que ha sido de ti? ¿Heredaste un reino o algo parecido? —El anciano sonrió con autenticidad y una punzada de cariño por aquel joven desgarbado subió lentamente por sus entrañas.
—Tenía que volver… tú sabes… mi madre.
—Claro, claro que lo sé, ella estará feliz de verte ¿eh? No te preocupes, tienes el tiempo que quieras ¿quieres que te lleve? —Ofreció el anciano sonriéndole a Bill mientras este, acuclillado acariciaba y mimaba a la enorme y dócil perra negra, que tenia las mandíbulas abiertas y la lengua de fuera, en una especie de sonrisa guasona.
—Descuida, iré yo —dijo Bill, irguiéndose después de haberle dado unas palmaditas en el lomo a la perra y referirse a ella como “buena chica” — hermosa como siempre está ésta “mulata” —dijo refiriéndose a la can por su nombre.
—Gracias Bill, gracias, ya está tan anciana como yo, pero nos acompañamos, somos un par de viejos sentimentales —Bill sonrió con tristeza—. Oh vamos, no pongas esa cara. Anda, ve con Constanza que debe estar impaciente por verte, aquí nos vemos cuando vuelvas— y le propinó al joven un ligero empujón hacia el sendero que serpenteaba por entre las primeras lapidas.
Bill camino con ligereza por entre las tumbas con los ojos agudos, buscando, hasta que la encontró. Estaba en el mismo montículo que recordaba, pero ya no era de tierra negra y húmeda. Después de un largo año la tierra se había ido cubriendo de verdes retoños de pasto suave que trepaban hasta la cima del pequeño altillo; y ahí, donde las verdes y pesadas copas de los pinos siempre daban sombra al suelo, donde los colores ocres de octubre de los otros árboles llameaban oscuramente en la noche, donde el kudzu consumía lentamente todo a su paso, se alzaba la enorme, impecable y solitaria lapida blanca, única en todo el cementerio.
El corazón de Bill latía a ciento cincuenta mientras se acercaba a paso lento. Las manos le sudaban, estaba muy nervioso. ¿Pero nervioso porque? A fin de cuentas solo era el cementerio donde descansaban los restos de su madre y nada podría pasar.
— ¿Qué podría pasar eh Miles? — le pregunto a la lapida que tenía más cercana y que pertenecía a Miles Bianchi, 1820-1846, un soldado del ejército confederado al que habían matado de un tiro en los bosques de Escocia y al que habían traído en carreta hasta su hogar para enterrarlo en el barro italiano. Sorprendentemente después de dirigirle esa frase, Bill se relajó totalmente y trepó la poco empinada colina sombreada, recubierta de musgo, se puso de rodillas y apoyó la mejilla sobre el frescor del mármol blanco.
—Hola mamá —saludó con voz ronca y levemente chirriante, con su ya casi imperceptible acento italiano— ¿Qué tal se está ahí? Espero que no sea muy frio. Aquí hace calor, hace calor y esta amarillo como la arena y el océano es del mismo color que tienen los ojos de la princesa Ambrosía cuando está contenta, deja que te cuente de ella…
Bill se tendió sobre la mullida alfombra de agujas de pinos durante varias horas y mientras le relataba a su madre todo un año de aventuras miraba a su alrededor. Le encantaba aquel océano de lapidas que parecían brotar del suelo como setas del bosque, las cruces de madera y granito maltratadas por la intemperie, los ángeles callados y esas calaveras aladas tan desgastadas que bien podrían haber sido afloramientos naturales; y mirando todo aquello se percató de algo que no había notado antes: la lapida de Constanza estaba totalmente blanca, parecía que acababa de ser colocada, no tenia una sola brizna de polvo o de tierra, y a los costados, en los jarrones hechos del mismo mármol, había dos esponjosos ramos repletos de rosas blancas en cuyos pétalos aun brillaban las gotitas de rocío.
—He de preguntarle a Doménico una vez que salga de aquí quien te ha estado visitando— le dijo a la lapida, con el ceño fruncido.
Pasada la hora de la comida se incorporó del suelo, se sacudió los restos de agujas de pino, y tras despedirse de su madre con un beso al mármol y un “volveré pronto” se encaminó a la salida. Quería preguntarle al cuidador quien era la persona que al parecer venia de manera cotidiana a visitar a Constanza, y que además le dejaba frescos ramos de rosas blancas, las favoritas de Bill.
El anciano dormitaba de manera apacible sentado en una silla de madera desvencijada dentro de la pequeña oficina que estaba al lado de las verjas de entrada al cementerio. Bill entró despacio, cuidándose de no hacer ruido ¿Por qué? No lo sabía. Llego al pie de la mesa, donde las manos arrugadas y llenas de callos estaban apoyadas al lado de una taza semivacía, cuyo contenido probablemente era café frio y dulzón; la superficie de madera llena de arañazos y rayones estaba salpicada por una galaxia de pequeñas miguitas de pan que se habían desprendido del trozo mas grande; una mitad de hogaza de pan duro y frio. La otra mitad la masticaba alegremente la fiel compañera canina del anciano.
Al verlo, el interior de Bill se apretó y rechinó los dientes por la furia y la desesperación. Maldijo a los aristócratas, aquellos desalmados que le robaban a la gente el poco dinero que tenían con los estúpidos impuestos. Despotricó justo en el momento en que con un suspiro, extrajo del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsita del tamaño de su mano, llena hasta el borde de liras de oro y la dejó sobre la mesa sin hacer ruido. Pero el anciano despertó en ese momento con un sobresalto, parpadeó y enfocó su nubosa vista en Bill.
—Ah, Bill — canturreó— ¿Qué tal la visita?
—Interesante, muy interesante. Y te tengo una pregunta interesante también.
El anciano sonrió y levanto las cejas entrecanas, dándole la pauta para que hiciera su pregunta.
—Tú que estas aquí todo el tiempo, ¿Quién es la persona que vino a dejar un ramo de rosas en la tumba de mi madre?
EL anciano parpadeó.
—Pues, el príncipe Thomas, como siempre.
Al escuchar aquello, la mandíbula de Bill estuvo a punto de irse al piso, literalmente.
— ¿Qué? — Quiso comenzar a manotear de la sorpresa, pero si algo le había inculcado Constanza, era a mantener una actitud serena y rostro impasible aunque estuviese muriendo por dentro— ¿Tom? ¿El príncipe? ¿Por qué? ¿Cuándo?
—Cuantas preguntas —sonrió el hombre— si he de confesarte, la primera vez me quede totalmente sorprendido.
—Puedo imaginarlo ¿La primera vez? ¿Cuándo fue eso? — dijo apenas disimulando el leve temblor de su voz.
—Fue una semana después del entierro de Constanza, desde entonces cada mañana, en el momento justo en que asoma el sol, viene el príncipe Tom como un espectro, ya te digo chico, no ha faltado ni un día — aseguró el hombre al ver las expresiones de sorpresa que se desplegaban en los ojos del joven—deja a su caballo aquí, atado a la verja y entra con las rosas en las manos, se queda un aproximado de una hora y vuelve a salir. Siempre viene solo, uno pensaría que alguien como el estaría todo el tiempo rodeado de guardias, pero nada. No me habla, solo me saluda y se despide como todo un caballero y cuando se va, voy a ver a tu madre y ahí está, la lapida impecable y las flores adornando la vista.
Bill estaba temblando ¿de qué? De sorpresa, de adoración y un poco de culpa. Jamás se lo habría esperado de Tom, siempre tan arrogante y pagado de si mismo, El siempre orgulloso, petulante, endiosado y creído príncipe bajándose del Olimpo para un acto tan simple y humilde como era llevar flores al panteón.
—Ya… ya veo — bueno, me parece que he de agradecerle en persona— comentó mas para sí mismo que para el enterrador.
—Pero Bill, quien sabe cómo podría tomarlo…— parecía pensativo— el príncipe Tom es muy extraño, lo he pensado y tengo una conclusión. — El pelinegro escuchó atentamente— tu madre fue su institutriz y seguramente le cogió cariño, debe ser por eso.
Bill lo pensó y accedió a darle algo de crédito, pero él sabía que algo más profundo que el cariño hacia su madre muerta era lo que había movido a Tom. Tenía que preguntárselo en persona.
—No te preocupes, Doménico, tendré cuidado —le dijo para tranquilizarlo. El anciano asintió con rostro enigmático—. Ya he de irme.
—Vuelve pronto Bill y por favor llévate esto —dijo señalando con un índice lleno de líneas de edad la bolsita que contenía el oro.
—No, es un regalo para ti — respondió el moreno de manera tan tajante que el anciano no pudo replicar— Si lo rechazas me voy a sentir muy ofendido, no fui a buscarme la vida, a trepar con mis propias manos y a aguantar de todo tipo de bajezas para que al volver, mis amigos rechacen lo que tanto esfuerzo me costó obtener para ellos. — en realidad estaba dramatizando un poquito, incluso hasta sobreactuando, pero había surtido efecto. El anciano había tomado la bolsita con sus manos levemente temblorosas a causa de la edad y tantos años de esfuerzo y trabajo ininterrumpido, la sopesaba con adoración— así que por favor, contrata a alguien más, con eso puedes pagarle por años y además tener un retiro tranquilo y— levanto un dedo al ver que el anciano iba a replicar— te traeré lo mismo siempre que venga a ver a mi madre, así que acostúmbrate de una vez, además podrías comprarle algo de carne a la mulata, la harías feliz— acto seguido se agachó y acarició a la enorme y tranquila perra a modo de despedida— cuídalo bien ¿eh? — la perra dejó escapar un ladrido agudo y le lamió la cara, movía tanto la cola que todo su cuerpo se sacudía. Bill se incorporó.
—Gracias Bill.
—Hasta pronto Doménico…
& Continuará &