
Capítulo 25: Sensaciones
Bill estaba contento, eran muy escasos sus días libres y no sabía qué hacer. Eran apenas las nueve de la mañana. Después de algunos minutos de pensarlo se decantó por ir al cementerio a visitar a su mamá y después se pasaría por el pueblo para saludar a sus antiguos amigos. Pero antes debía ir a sus aposentos y cambiarse por algo menos elegante. El traje aterciopelado en color blanco con ribetes plateados que vestía era demasiado suntuoso y caluroso para un día de caminata en un pueblo marítimo y soleado. Había decidido guardarse el pastelito del desayuno para zampárselo más tarde, y lo iba mordisqueando alegremente, paladeando el sabor del recuerdo cuando entró confiado en su habitación. La sobria sala de recepciones estaba vacía y los candelabros apagados, pero el joven no lo notó. Entró directo a la recamara, pensando en que debería usar, cuando algo sobre su cama le llamó la atención.
Sobre las mantas color carmesí descansaba una pesada corona, la más exquisita que Bill había visto jamás. Estaba completamente forrada por diminutos diamantes e incluso en la oscuridad de su habitación, titilaba.
— ¿Pero qué diantres…?— dijo al ver aquel bicho reluciente, mientras hacia una bola con el papelillo del pastelito que ya había pasado a mejor vida.
—Mi primera corona, cuando fui proclamado heredero a los quince años. — el pelinegro se volvió con la agilidad de una pantera y los ojos abiertos por el espanto al escuchar la grave voz que desgarró el silencio sepulcral de su habitación.
Después suspiró pesadamente una vez superada la sorpresa de verlo y pasó de Tom, quien estaba recargado contra uno de los postes de la cama y fue directo al ropero.
—Por Dios Tom — se quejó Bill — ¿esto se va a volver una costumbre entre nosotros?
—Bill, tenemos que hablar. — dijo el príncipe ignorando la pregunta que se le acababa de dirigir.
— ¿De qué? Entre tú y yo todo esta mas que dicho— respondió, mientras sacaba un par de pantalones negros hechos de suave cuero curtido y una camisa blanca de manga bombacha, suave y fresca como algodón egipcio. — Y ahora si no te molesta… tengo que vestirme — se volvió y lo encaró, dándole a entender con una mirada que se esfumara — y llévate tu corona.
—No, no todo está dicho y no me iré.
Bill se contuvo las enormes ganas que tenia de echarlo, al notar el tono tan diferente con el que Tom hablaba. No era presuntuoso, ni arrogante, incluso su alta figura parecía levemente encorvada, como si temiera ser rechazado de un momento a otro.
—Entonces ¿Qué es lo que tienes que decirme? —preguntó, con los ojos cerrados. Bill sabía que no debía interesarle nada de lo que Tom pudiera decirle, pero era condenadamente difícil resistirse, y mil veces más si se portaba con esa actitud tan insegura y tan impropia de él.
—Yo… bueno…— Tom estaba nervioso como nunca antes lo había estado en su vida, era ahora o nunca— Bill, ya no puedo mas — se acercó confiado al pelinegro, quien estaba prácticamente atrapado con la espalda apoyada contra el ropero negro y respiraba, o más bien hiperventilaba.
— ¿De qué hablas? — preguntó, con el rostro a escasos diez centímetros del de Tom. Podía ver incluso el almendrado color ocre de sus ojos brillantes. No quería que se acercara más, no lo soportaría, así que levantó la mano y la puso sobre el pecho de Tom para detenerlo. El contacto quemaba.
—Bill…No sé qué palabras usar para mostrarte el arrepentimiento que siento por todo el daño que te he causado — las palabras salieron tan despacio como gotas de sangre de una herida muy profunda. Bill se quedó sin respiración ¿acaso había oído bien? Su corazón aleteaba alocado, preso nuevamente dentro de la dorada jaula de una esperanza que estaba siendo nuevamente concebida en su interior, por más que él lo intentara detener; había empezado a echar raíces, a crecer nuevamente como un enredadera. El príncipe se estaba abriendo totalmente, mostrando su oscura desesperación. Tom prosiguió — la verdad es que el tiempo que estuve contigo fue la única vez en mi vida que he sido feliz. Tú lo sabes, toda mi vida ha sido un lecho de rosas, un cataclismo, pero sin libertad, siempre dirigida y controlada y hasta ahora no me había quejado, hasta que lo expusiste tú de manera tan vehemente hace tres días. No negaré ninguna de tus palabras porque no son nada más que la verdad. Disfrutaba con la humillación y el sufrimiento ajeno; toda mi vida lo he hecho, pero al final me ha salido el tiro por la culata y solo he conseguido hacerle daño a la única persona que he amado en mi vida — hizo una breve pausa para restañar delicadamente una lagrima solitaria que se desbordó del ojo de Bill y que resbalaba por su mejilla — ya no habrá más mentiras, ni engaños ni humillaciones. Por favor, dame otra oportunidad. Estoy deshecho sin ti.
—Tom…yo…has dicho… ¿es enserio? Tú me has… tu dijiste…a la única persona que he… amado…— Bill se atragantó. Las palabras de Tom eran lo último que habría esperado escuchar en su vida. Su sinceridad era intensa y en sus ojos brillaban profundamente las lágrimas que suplicaban el perdón.
—Sí, lo dije, eres lo único que he deseado y he amado en mi vida. No puedo curar tu dolor, pero puedo verlo, y no tienes por qué estar solo, no para siempre. Déjame reparar el daño que te causé.
—Pero Tom… no lo entiendes, esto… esto no está bien…te vas a casar en unos días y yo…además…somos hombres…
—El que no entiende eres tú, Bill— lo interrumpió, mientras acortaba el poco espacio que había entre ellos y le rodeaba con los brazos — no pienso casarme con Ambrosía, no sé que me inventaré, pero no podría soportar estar casado con ella y verte a ti todos los días, porque siento que tu y yo fuimos hechos para estar juntos, y no dejaré que te vayas, no voy a perderte por segunda vez, como si somos hombres o perros o caballos, lo que importa es lo que sentimos estando juntos — y le abrazó, le abrazó con todas sus fuerzas. Por un instante pensó que Bill le rechazaría como la ocasión anterior al sentir la postura envarada y nerviosa del pelinegro, pero lentamente se fue relajando, hasta que sintió como finalmente rodeaba su cuello usando sus brazos, entregándose nuevamente a él.
Tom sonrió, triunfal, escondiendo su sonrisa en el tibio cuello de Bill. El alivio fue inmenso, brutal, la liberación a los sufrimientos de ambos.
Si, las cosas estaban complicadas, terriblemente complicadas para ambos y Tom no tenía ni idea de que era lo que iba a hacer. Lo único que tenía en claro era que no se permitiría perder nuevamente a Bill; estando juntos, poco a poco irían saltando los obstáculos.
Bill buscó la boca de Tom con desesperación, y cuando se encontraron, comenzaron a devorarse en un vaivén desesperado, ansiado por un largo tiempo. La lengua de Tom, húmeda y suave pugnaba por entrar en la boca de Bill, restregándose por sus labios, y el pelinegro gustoso le dio entrada, abriendo la boca y ladeando su cabeza. Ambas bocas encajaron a la perfección, como las piezas perfectas para un complicado y único rompecabezas. El contacto se volvió penetrante y apasionado de un momento a otro, solo podían escucharse los roces húmedos y los jadeos ahogados que emitían los príncipes cuando se separaban apenas para respirar.
—Pon el pestillo…— suspiró Bill aun dentro de la boca de Tom, quien asintió y con pesar rompió el contacto. Antes que nada deberían asegurar su anonimato. Segundos después se escuchó un agudo crujido metálico y la puerta quedó completamente asegurada. Bill se acercó a la cama, sintiéndose mareado y tomó la pesada corona entre sus manos — ¿ahora si vas a decirme para que trajiste esto?
—Claro que si — Tom sonrió con picardía y algo de inocencia, lo que hizo que las entrañas de Bill se retorcieran y se agitaran; tomó la corona de manos de Bill— es algo que he querido hacer desde el primer momento en que volví a verte. Quédate quieto.
—No me digas que…— Bill retrocedió al ver las intenciones de Tom. — No, ni hablar.
—Si te lo digo, no te alejes, acércate— pidió, y Bill luego de un momento de vacilación asintió y se acercó a Tom, refunfuñando.
—Pierdes tu tiempo Tom, pero como desees. — Aun se resistía y miró la corona con inseguridad.
Con infinito esmero, Tom colocó la pesada corona sobre la cabellera oscura de Bill, quien sintió el frio metal amoldarse a la perfección sobre el delgado orbe de marfil que protegía su cerebro.
—Lo que pensé — dijo Tom, con la voz ronca por la excitación. Bill levantó una ceja en un gesto de interrogación — si, tú naciste para ser un príncipe Bill.
—Vamos Tom, no juegues — rechazó el pelinegro, inseguro y sintiéndose completamente ridículo. El no había nacido para ser un príncipe, jamás podría tener el privilegio de ostentar una corona sobre la cabeza y el hecho de tener la de Tom puesta le hería de una manera muy particular y dolorosa.
—No juego, además, eres un príncipe ¿no? Eres un Erpa-ha de alto rango y todo eso — murmuró acariciando la plateada insignia que relucía en el pecho de Bill.
—Ah sí — Bill bajó la vista hacia su insignia — esto.
—Si esto — la voz de Tom adquirió de pronto el tono cortante y peligroso de los celos — también se que eres algo así como la nana de Ambrosía ¿Qué te traes con ella?
—Eso es cosa mía y de ella — bufó Bill, colérico y apartó la mano de Tom de un violento manotazo; reconocía aquel tono a la perfección; Tom estaba a punto de echar por la borda todo el progreso que había logrado — eso a ti no te importa.
—Aja. Entonces ¿estás acostándote con ella? — ¡OH CRISTO! No había querido decir eso. Era el demonio quien había dicho eso, no él. Tendría que haber seguido dando muestras de ingenio chispeante y risitas incrédulas. Pero ya era demasiado tarde. El rostro de Bill se había tensado de repente, volviendo a alzar la muralla, y sus ojos se endurecieron y se volvieron insondables.
— Cretino. No podías esperar a echármelo en cara ¿no? Quizá es lo que tu harías, pero yo no. Lo que tengo con Ambrosía es hermoso y muy especial, demasiado especial para que los machitos como tú lo comprendan. Gracias a ella no me morí de hambre ni de frio, o desesperación, gracias a ella no me volví loco. Soy lo único que tiene, solo en mí puede confiar, ¿no lo entiendes? Ambrosía ha sido mi soporte, ella me aceptó sin preguntar y se preocupa por mí, así como yo por ella— resaltó con énfasis, irradiando rabia color rojo sangre por los ojos— No, no lo entiendes, para ti, ella no es más que un estorbo.
—Lo siento, en verdad no quise decir eso. No pensé que fuera tan importante para ti— intentó volver a acercarse a él, pero Bill lo rechazó.
— ¿Cómo quieres que te de una segunda oportunidad cuando me atacas en cuanto ves una posibilidad? ¿Cuándo nunca te detienes a analizar tus palabras ni preocuparte por lo que yo siento?
—Sí, tienes razón, tengo una boca enorme y sé que me puedo comportar como un perfecto imbécil, te dije que cambiaria y lo voy a intentar, solo… solo dame algo de tiempo…— pidió Tom, incomodo y molesto por tener que dejar su amado orgullo a un lado —otra vez— pero era necesario o volvería a perder a Bill y no toleraba ni siquiera el pensar en esa posibilidad.
El enfado de Bill se disipó casi por completo al ver el rostro ceñudo y preocupado de Tom. Lo que decía era válido, había que aceptarlo, y tenían que aprender mucho el uno del otro y ayudarse mutuamente o terminarían peor que la primera vez. Pero aun se sentía ofendido por los pensamientos tan impuros de Tom sobre algo que le parecía a Bill tan límpido y puro como lo era la princesa Ambrosía.
—Está bien— suspiró Bill, dejando de lado sus reflexiones y tomó el rostro de Tom entre sus manos para besarlo, acción a la que el príncipe respondió intensamente, recorriendo el cuerpo delgado y esbelto de Bill con manos avariciosas. El pelinegro, poseído por la pasión, rió quedamente ante la desesperación de Tom y se dejó hacer, gimiendo de manera gutural en el oído de Tom cuando este le estrujó con fuerza el trasero. Era increíble la manera en la que el príncipe conocía su cuerpo. Como si fuera el suyo propio. Sabia donde tocar, donde besar, donde hacer presión…todo.
—Que impaciente Tom, que impaciente— canturreó Bill mientras se apoderaba del cuello de Tom usando la boca y enredaba sus largos dedos entre las frías trenzas negras. Por un momento su mente divagó, pensando que estaba entre los brazos de la mismísima medusa, y que las trenzas de Tom se convertirían de un momento a otro en voraces serpientes venenosas, pero a Bill no le importó si tenía que morir en su veneno, gustoso lo haría. Alejó aquellos pensamientos de su mente después de darse cuenta de su viaje de hormonas y se concentró en la carne tibia del cuello de Tom que tenía enfrente. Sus roces eran ligeros como plumas, apenas leves toques con los labios húmedos y cerrados sobre la bronceada piel de Tom. Sus bocas volvieron a unirse después, frotándose en un bamboleo intenso, devorándose con frenesí. No lo habían notado, pero ambos se habían ido recorriendo hasta que la parte trasera de las rodillas de Bill chocó contra el borde de la cama, haciéndole perder estabilidad y obteniendo como resultado que su cuerpo se escurriera hacia abajo. Ambos cayeron sobre la cama sin despegar apenas sus labios de los labios contrarios. Bill se pegaba al cuerpo de Tom buscando mas contacto, más intensidad, como fundiéndose sobre él. Demasiado entusiasta. La corona rodó sobre las mantas y aterrizó con un golpe sordo en el piso de madera pulida, quedándose medio oculta bajo la cama. Los príncipes la olvidaron en el acto.
—Hum Bill… ¿Cómo puedes vivir dentro de esta ropa tan apretada? — Tom luchaba por desnudar a Bill lo más rápido que podía, pero las ceñidas ropas del pelinegro eran difíciles de quitar, y Bill lo agradeció, porque de no ser así, ya estarían todas desperdigadas en jirones inservibles por la brutalidad con la que el príncipe lo jaloneaba. Pero no le molestaba, eso lo excitaba aun más.
—Así me gustan— cortó Bill, mientras le quitaba a Tom la banda de lino blanco y rígido por el almidón que tenía en el cuello sujetando su camisa y deslizaba sus manos hacia abajo, llevándose la pesada casaca de terciopelo negro de Tom a su paso.
—Eso no es justo— jadeó el príncipe, y después de hacer un monumental acopio de paciencia, pudo coordinar sus ansiosos dedos para comenzar a dejar al descubierto la piel nívea y blanquecina del pecho de Bill.
Después de unos segundos, ambos príncipes estaban casi completamente desnudos; Bill yacía sobre la cama, incitando a Tom con movimientos sinuosos y sugerentes, igual que una anguila eléctrica desprendiendo estática, hipnotizando a Tom con sus movimientos sugestivos. Una tenue sonrisa pícara estaba desplegada en su cara y sus ojos ardían de deseo y expectación. Tom apenas podía dejar de mirarlo, era un milagro que no hubiese comenzado a babear encima de él.
—Bésame Tom… como solo tú sabes hacerlo— demandó el pelinegro, en apenas un murmullo, y en la fracción de segundo siguiente, Tom estaba nuevamente sobre él, reclamando con su lengua todo el espacio disponible dentro de la boca de Bill, quien gemía y correspondía con entusiasmo, retorciéndose de gusto, de amor, de placer. Jamás había sentido a Tom tan cercano y a la vez tan inseguro y vacilante y eso lo catapultaba casi directamente al éxtasis.
Recorrió con la punta de sus cuidadas uñas cada musculo resaltado en la espalda de Tom; bajó por sus costados y se enganchó firmemente a su cadera, hundiendo las uñas en su carne cuando sintió como el príncipe le daba un lametón muy húmedo a su pezón izquierdo y apretaba entre sus dedos el derecho, haciendo que se pusieran duros y erectos casi de inmediato.
—Ahh… ¡Tom! — jadeó, cuando el príncipe infiltró una mano dentro de sus pantalones, traspasando la barrera de la ropa interior y se enredó alrededor de su miembro.
—Siempre listo— Tom soltó un silbido de admiración al sentir el miembro de Bill completamente despierto y duro como un asta. ¿Pero a quien quería engañar?, el estaba igual, o quizá hasta más duro.
—Ya nos conocíamos ¿no? — murmuró Bill, tratando inútilmente de quitarle los pantalones a Tom, ayudándose incluso con una rodilla. Al ver sus intentos, Tom se irguió de rodillas sobre la cama, y se sacó el pantalón rápidamente, dejándose caer sobre Bill casi en el acto, o de lo contrario, Bill sería capaz de asestarle un rodillazo en toda la entrepierna, cuyo dolor afectaría seriamente su excitación. Segundos después estaban nuevamente pecho a pecho. La fricción que crearon sus miembros al juntarse por poco los hace terminar en ese instante, pero lo aguantaron.
—Humm…, podrás ser todo un comandante, pero aún sigues siendo un poco torpe— se rio Tom, pero antes de que el pelinegro pudiera replicar, tomo un puñado de rastas negras y blancas de la nuca de Bill y lo jaló con fuerza hacia abajo, dejando expuesto y vulnerable su delgado cuello de marfil; lo recorrió con la punta de la lengua lentamente, muy lentamente para la desesperación de Bill, quien le clavo las uñas en la cadera, como si su vida dependiera de ello.
—cállate….hummm… ¡ah! — Bill estaba casi llorando de placer al sentirse completamente dominado por Tom; no podía mover su cabeza, ni las piernas, porque el príncipe las tenia apretadas usando las propias, lo único que podía mover eran las manos, y las arrastró hasta el pecho de Tom, donde presionó las uñas contra sus duros pectorales, maravillándose ante la sensación.
— ¿Me extrañaste? ¿Eh? — preguntó Tom, sonriendo, con la boca pegada a la clavícula de Bill, queriendo parecer muy pagado de sí mismo, pero el pelinegro captó una chispita de inseguridad detrás de su tono sardónico, y asintió lentamente.
—Si… ¡Sí! Joder te extrañaba a cada maldito minuto, a cada segundo— casi gritó, rodeándole el cuello con los brazos.
Para Tom, aquello fue suficiente, cualquier rastro de inseguridad abandonó su cuerpo y volvió a clavar su boca en la boca de Bill; resiguió con los dedos las líneas de su pecho, deteniéndose por un momento en la abultada cicatriz de piel más blanquecina y suave que adornaba el costado de su pelinegro; la repasó, bordeando suavemente los relieves y apretándola un poco. Aunque el recordar el motivo de semejante marca lo cabreaba terriblemente, era su favorita, porque él la había cuidado y la había visto sanar con el paso lento de los días. Bill ronroneó de gusto.
—Yo también te extrañaba, y no sabes cuánto— declaró, antes de lanzar ambas manos a la parte inferior del cuerpo de Bill. Le parecía algo irreal el poderlo tener nuevamente así, desnudo bajo su cuerpo, entregándose sin reparos, gimiendo y lloriqueando de placer. Su miembro aun más duro que el de Bill, ambos chorreando de gusto. Tom estaba desesperado por poseerlo nuevamente, quería hacerlo en ese mismo momento, pero Bill no estaba preparado y por nada del mundo se arriesgaría a lastimarlo. Volvió a rodear su hombría y comenzó a masturbarlo rápidamente, disfrutando de las expresiones de un Bill con ojos cerrados, mejillas ruborizadas y blanquinegras rastas serpenteantes desparramadas sobre la almohada. Era una visión que habría detenido el palpitar de los mismísimos Dioses.
—Joder…eres tan… hermoso…— y acto seguido repasó el pulgar por los labios entreabiertos de Bill, quien entendió lo que el príncipe quería y dejo salir su lengua rosada, que lamió y embadurnó de saliva los dedos de Tom, dejándolos empapados.
— ¡Tom!… Uggg— gorjeó Bill, tensando las caderas cuando sintió como Tom se colocaba entre sus piernas, separándolas e insertaba lentamente y con infinito esmero un dedo lubricado por su propia saliva en su ardiente y secreta abertura.
— ¿Te gusta? — preguntó Tom, aguantando apenas el orgasmo al que estaba a punto de llegar solo de ver las señales de deleite del pelinegro.
—Si… me gusta, me gusta…— el resuello ahogado de Bill fue apenas inteligible y después no pudo ni articular palabra. El dedo que Tom tenia dentro de él profundizaba y acariciaba sus suaves paredes internas y aterciopeladas; pronto se le unió un segundo dedo, y después, muy lentamente un tercero; Bill se llevó ambas manos al rostro sudoroso y enrojecido; se tiró de las rastas y mordisqueó su labio de pura desesperación. Cuando Tom abrió con cuidado los tres dedos que tenia dentro de él, Bill gritó a todo pulmón:
—¡¡Ahhh!! ¡Tom!… ¡Si, sigue así!
—Shhh, cállate o nos van a escuchar— cuchicheó el príncipe sonriendo ante la angustia excitada de Bill. Su pequeño agujero estrecho le comprimía fuertemente los dedos, y Tom se estaba preparando mentalmente para no correrse en cuanto pudiera penetrar en aquella cavidad tan apretada y abrasadora.
—Es tu culpa Tom… ¡ah!…¡¡aaahhh!! ¡Ya!, hazlo… ¡házmelo ya! — volvió a gritar totalmente poseído por la lujuria, sus caderas parecían tener vida propia y se alzaban para chocar contra la mano de Tom, buscando más profundidad.
Tom seguía acariciando con fruición el duro miembro de Bill, totalmente calado de pre-semen, igual que el suyo y lentamente retiró sus dedos, sacándolos del interior del pelinegro.
Con ayuda de la vasta humedad que reinaba en ambos cuerpos, Tom se acaricio a sí mismo, lubricándose.
Bill bufó y frunció el ceño con disgusto, su entrada abierta se contraía, añorando la presión que había estad ejerciendo la mano de Tom, pero volvió a suspirar cuando Tom lo tomó de la cadera, tirando de él hasta levantarlo y dejando que su trasero se apoyara sobre sus muslos. Bill abrió las piernas en casi toda su extensión, acomodándose, y rodeó la cadera de Tom con fuerza.
—Mírame bien— ordenó Tom con la voz ronca por la impaciencia— quiero ver tus ojos abiertos fijos en mi — y acto seguido se posicionó, presionando el pequeño agujero semi-cerrado de Bill.
— ¡Ya! ¿A qué esperas? ¡¡¡Hazlo ya!!!— demandó el pelinegro, alzándose contra Tom, quien le separó las nalgas y lentamente empezó a presionar hacia dentro; se introdujo muy lentamente en Bill, apretando los dientes ante semejante estrechez, tanta, que incluso le dolía un poco.
—Uggffmm…. ¿no… te duele?
—Ahh… ¿Qué? … no, no me duele— gimió Bill quedándose muy quieto mientras sentía como Tom se introducía en él por completo; por un momento tuvo la sensación de que seguiría y seguiría, hasta partirlo en dos. Ambos se quedaron quietos, jadeando y acostumbrándose, sobre todo Bill a la presencia sobrecogedora de Tom dentro de él.
Pero cuando Tom iba a empezar a moverse, dos pares de golpes secos resonaron en la puerta.
Ambos príncipes se quedaron inmóviles, congelados y volvieron el rostro hacia la puerta cerrada al mismo tiempo. Gracias al cielo que Tom había cerrado con el pestillo, si no hubiesen sido pillados en pleno acto.
Bill miró a Tom con el terror inundando sus enormes ojos, pero el príncipe sólo respiró fuertemente, mandando a quien fuera que estuviese fastidiando mentalmente al infierno.
—Escucha Bill— cuchicheó cerca del oído del pelinegro, quien apenas podía pensar— tenemos que despistar a quien quiera que sea y hacer que se largue ¿me entiendes?
— ¿Pe-pero cómo? — susurró Bill arqueando la espalda y apretujando las sabanas en sus puños sudorosos. Estaba casi desesperado por restregarse en Tom. Volvieron a golpear la puerta con más insistencia.
—Tienes que improvisar, Bill, es tu habitación ¿no?— murmuró Tom en su oído con impaciencia maliciosa y después lamió y mordisqueó su lóbulo, dejándolo empapado. Bill adivinó en el acto por donde iban los tiros, al captar en Tom una nueva actitud juguetona y arriesgada.
—Urggg… ¿q-quien? ¿Quién es? — En vez de su voz grave, solo se escuchó un murmullo roto que trató de disimular con un ataque de tos.
—Soy yo, Gustav, abre de una vez Bill, joder— demandó el rubio, tratando de abrir la puerta sin poder lograrlo gracias al enorme pestillo de hierro que la mantenía bien sujeta al marco de madera.
—N-no puedo ahora estoy… uhfmm…ocupado…— jadeó cuando Tom, con una sonrisita traviesa en la boca, le dio una muy leve estocada, haciendo que todo en su interior se revolviera y se apretara.
—Como que no… Oh, oh… uh…un momento— tronó Gustav en un tono tan sorprendido como ofendido— Bill… ¿acaso estas pajeándote? — la voz del rubio sonaba escandalizada. —pequeño sucio.
— ¡N-no!… uhmm… si…si, coño, ¡lárgate!— Bill no sabía ni que decía, solo podía mantener la vista y su atención fijas en el rostro tan erótico y prohibido de Tom, y en su expresión lúbrica y obscena y rogar porque no se le escapara una palabra inadecuada, como el nombre del príncipe por mencionar un ejemplo.
— ¡Joder! Bill, me lo podrías haber dicho antes, desgraciado impúdico— murmuró disgustado Gustav— ¿no crees que sea demasiado temprano para hacer esas cosas? Eso se hace de noche, loco.
— ¡Gustav! — ahora la voz de Bill salió en un gritito demasiado agudo; con Tom moviéndose tan condenadamente sensual y lento sobre el no iba a aguantar mucho mas sin ponerse a chillar ahí mismo— ¡vete! Luego te busco… diablos.
—Ya me voy, ya me voy; me está entrando repelús nada más de escucharte— Gustav sonaba ya más calmado y hasta un poco procaz — cuando termines con eso búscame en las barracas, pero antes limpias bien, o no volveré a poner un solo pie dentro de tu habitación— se carcajeó y ambos jóvenes pudieron escuchar sus pasos alejándose, hasta que los dejaron de oír. Bill suspiró.
—Eso estuvo cerca— murmuró el pelinegro, sintiéndose cortado y hasta un poco absurdo. Pensó que Tom también se sentiría así, después de que interrumpieran su arrebato de pasión. Hizo el amago de levantarse de encima de Tom, pero el príncipe, al ver sus intenciones, lo sujetó de la cadera con fuerza, manteniéndolo en su sitio, con la espalda recostada sobre el lecho y su espalda baja y trasero apoyados en sus muslos.
— ¿Qué haces? — jadeó Tom, alucinado.
— ¿Cómo qué?…. Oh… ¿quieres seguir? — preguntó Bill algo desconcertado, y luego noto que no hacía falta preguntar, sentía la dura hombría de Tom clavada hasta lo más profundo de su trasero, cálida y palpitante, hinchada a más no poder, a punto de reventar. Entonces se percató de que su propio miembro seguía despierto y totalmente erecto, rojizo y con la punta hinchada y brillante por el liquido pre-seminal.
Entonces ambos príncipes se miraron a los ojos y el ansia y la lujuria anterior renacieron más intensas y potentes que antes. La interrupción de Gustav solo había avivado las llamas de un acto que los volvía locos, tentándolos a hacerlo por el placer de hacer lo prohibido, por el placer de reencontrarse después de tantos meses de amargura y dolor.
Las manos de Tom ascendieron lentamente por los muslos de Bill, acariciándolo hasta llegar a su miembro, el cual sacudió justo en el momento en que le propinó la primera estocada, golpeándolo en lo más profundo del recto.
— ¡Joder Tom! — gritó el menor y en respuesta solo recibió una especie de gruñido. Tom había cerrado los ojos y comenzado a acariciar el miembro de Bill con fuerza y agilidad, manteniendo el ritmo con las profundas embestidas que empezó a propinarle y en ese momento, Bill no pudo ni pensar. Apoyó los antebrazos sobre las sabanas y tensó las piernas alrededor de la cintura de Tom, levantando así su cuerpo, buscando más profundidad con cada entrechocar de su trasero contra la pelvis de Tom.
La temperatura se elevó de un momento a otro y ambos príncipes se cubrieron de perladas gotitas de sudor, que se resbalaban y resplandecían adornándolos como si fueran un millar de diamantes incrustados en la piel.
—No… no aguantaré mas…joder— bramó Tom, totalmente aturdido y excitado a más no poder.
—Tom…vamos revienta en mi…termina en mi— Bill tenía la espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás, ahogado en su propia espiral de placer; de vez en cuando agitaba involuntariamente un brazo mientras hacía fuerza apoyándose en los codos. Ambas manos, -la suya y la de Tom- subían y bajaban acariciando su miembro con desenfreno, aumentando la velocidad. Tom le apretó suavemente la punta resbaladiza y Bill se revolvió como un animal enjaulado y un gañido profundo salió de su garganta. Estaba a punto… a punto… Levantó una vez más la parte inferior de su cuerpo justo en el momento en que Tom le asestó la más profunda acometida, rozando con el glande un punto oculto en lo más profundo de sus entrañas.
—¡¡Biiiill!!…vamos…no te reprimas— vociferó Tom
—¡¡Ahhhh!!… ¡¡Sssssiiii!!—Los gritos de Bill eran demasiado sonoros, y Tom lo silenció con su boca, tragándose cada uno de sus alaridos y una feroz mordida que el moreno le propinó sin siquiera darse cuenta.
El abdomen de Bill sufrió una convulsión, se encogió y segundos después quedó completamente empapado por su propia simiente, que salió como en un borbotón, caliente y espesa, y sintió su interior contraerse, repleto de la semilla abrasadora de Tom, tanta que se empezaba a escurrir un poco por los bordes de su pequeño agujero profanado. Tom soltó una especie de volea de gruñidos incomprensibles mientras terminaba; su cuerpo temblequeó y cayó laxo sobre Bill. Ambos respiraban con jadeos entrecortados, completamente fatigados. El pelinegro le rodeó el cuello con los brazos y seguía con las piernas enredadas en su cintura; no se movieron, aun querían sentirse. Bill percibió como el corazón de Tom latía desaforadamente, golpeteando dentro de su caja torácica, exactamente igual al suyo, y por más de un minuto entero latieron juntos, al unisonó, ante el atento oído de ambos jóvenes.
—Jumm… que extraño— la voz de Tom era un susurro grave e intenso— no sabía que eso fuera posible.
—hmmm— Bill no quería ni hablar, aun seguía bajando y bajando por cada una de las espirales multicolores de su orgasmo.
—Estamos pegajosos, Bill— murmuró Tom con una chispa de pillería en su voz, restregando su firme abdomen contra el de Bill, sintiéndose húmedo y pringoso por los restos de la eyaculación del pequeño; observó directamente al pelinegro con los ojos semi-cerrados. Hermoso, completamente.
—Hmmmm— volvió a canturrear Bill, sonriendo.
— ¿Solo eso piensas decir?
—Hmmmmmmmm
Tom rió quedamente y encajó sus pulgares sobre los huesos de la pelvis de Bill arrancándole un profundo suspiro de placer y dolor; enterró el rostro en su cuello, mordisqueándolo, clavándole los afilados colmillos, pero ni llegar a herirlo y se impulso hacia atrás, saliendo lentamente de él.
—Uurrgggggmfff ¡Tom! — dejó escapar un chillido de sorpresa al sentir como si al salir de él, Tom le revolviera las entrañas y arrastrara con el todo a su paso. Los restos de la eyaculación del príncipe se desparramaron desde su trasero y entre sus piernas, plasmando una mancha blanquecina sobre las frazadas rojas de su cama.
—Menos mal, pensé que te habías quedado sin voz después de tanto grito.
Bill se sonrojó y sonrió con culpabilidad, haciendo que el alocado corazón de Tom palpitara más rápidamente; si seguía así pronto sufriría una combustión espontanea o algo por el estilo.
—Hmm ¿Tom? — Esperó a que el aludido le lanzara una mirada cargada de ensoñación— te extrañaba.
—Y yo a ti— respondió, sonando extremadamente cursi pero no le importó. Tenía a Bill nuevamente, ¡y lo quería! Era capaz de bailar “la danza de las flores” de Tchaikovski en pelotas si el pelinegro se lo pedía. Se recostó a su lado con mucha lentitud y le abrazó fuertemente. Bill se acomodó en la curva de su brazo y recargó la cabeza en el pecho de Tom; suspiró satisfecho y feliz y cerró los ojos.
— ¿Tom?
— ¿sí?
—Tengo sueño— el príncipe rio quedamente.
—Duérmete entonces
— ¿Te quedarás aquí?
—Sigue siendo mi palacio así que si, me quedare aquí. Contigo.
— ¿Estás seguro?
—Muy seguro. Duérmete ya.
—Está bien— el moreno bostezó y acto seguido se hizo una pelotita, pegándose a Tom.
—Te quiero. — susurró Tom con los labios pegados a la pálida frente de Bill, pero el pelinegro ya estaba profundamente dormido.
& Continuará &