Capítulo 24: Planes y Desencuentros
Las mañanas en Calabria eran brillantes, fragantes y muy frescas, pero a menudo frías. Algo que le encantaba a Bill.
Cuando el primer canto de los zorzales ermitaños rasgó la quietud del alba, Bill ya llevaba levantado bastante tiempo y estaba conversando afuera en los jardines con el capitán de sus tropas en una charla amena, salpicada con alegres accesos de risa.
Sólo tres días habían transcurrido desde su llegada al palacio, y después de aquel primer encuentro que tuvo con el príncipe Tom y el príncipe Andreas, el segundo se había limitado a ignorarlo rotundamente, escondiendo su rostro magullado y herido de la sonrisa de suficiencia que esbozaba Bill siempre que tenia oportunidad, y el primero, cuando no estaba con sus padres o con algún aburrido parlamentario intentaba hablarle y le hacía señas, mismas que el pelinegro se esforzaba en no notar.
Para Bill, su estancia en el castillo estaba llena de altibajos emocionales y crisis nerviosas. Veía cosas donde no las había, y no las veía donde si estaban. Rehuía casi siempre las extrañas miradas de Tom, pero a veces se las sostenía con altivez y otras veces con adoración, pero no se permitió quedarse a solas nuevamente con él. La primera vez había tenido suerte, si había una segunda… mejor no tentar al destino…
Siempre que Ambrosía se veía obligada a pasar un rato con Tom, Bill estaba indiscutiblemente presente y lo miraba con advertencia y algo de cólera, pues Tom había tomado la irritante costumbre de molestar a la chiquilla para cabrearlo.
Lo único que lograba distraerlo era pasar tiempo a solas con su pequeña princesa predilecta, que parecía tan deprimida como siempre y un poco más caprichosa que de costumbre, pero Bill la atendía con adoración y esmero; consolaba sus accesos de llanto y soportaba con calma las rabietas que hacia cuando debía encontrarse con Tom, o cuando sus padres la bombardeaban con regaños, o cuando alguna modista real la pinchaba con un alfiler (cuando aquello se suscitaba, Bill montaba en cólera y vociferando como demonio, echaba fuera de la habitación a todos y después se pasaba más de cuatro horas reconfortando a la pequeña criatura con voz baja y ronca).
Bill no tenía descanso entre las actividades que constaban en cuidar de su princesa, comandar sus tropas, ignorar a Tom, burlarse de Andreas y estar con Gus. Asimismo, sus sirvientes en Calabria eran más respetuosos y Gustav estaba cada vez más visible; lo buscaba, mandaba por él, llegaba sin anunciarse. Era un guardián mucho más receloso de lo que Bill recordara jamás.
Después de despedirse del alegre capitán, Bill calculó que Ambrosía ya estaría despierta y se encaminó hacia sus aposentos con la ligereza de una gaviota. Los sirvientes ya empezaban a pulular por todo el palacio y los jardineros se afanaban sin parar, a tan solo cuatro días del gran evento en el cual Bill procuraba no pensar en lo más mínimo…
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Tom, Thomas Von Kaulitz, el enigma más misterioso con el que alguien podría llegar a toparse, estaba maquinando un plan…
La actitud de Tom había cambiado totalmente y de manera drástica desde la llegada de Bill. Le había dado esquinazo a Andreas y pasaba de él como si pasara de un montón de estiércol, y de sus escribas, de sus guardias y hasta de sus padres –quienes creían que su cambio de actitud se debía a la princesa y estaban más felices que nunca-.
Su mente y todos sus sentidos estaban enfocados en el pelinegro. Lo necesitaba, lo anhelaba como nunca, pero era condenadamente difícil acercarse a él. Bill jamás estaba solo, siempre estaba aquel rubio cansino llamado Gustav con él, ese tío que le parecía a Tom demasiado familiar aunque aun no sabía de dónde o porque, o alguno de sus enormes soldados de mirada fiera y despiadada, o incluso la princesa Ambrosía se interponía entre él y el pelinegro con su áurea y diminuta presencia, y cuando por algún castigo divino tenían que estar juntos, la chiquilla sólo miraba a Bill y sólo estaba atenta a lo que él decía, o miraba, o suspiraba. Tom estaba desesperado.
Después de aquel primer violento acercamiento nocturno, donde Bill le había golpeado y le había escupido todas sus venenosas verdades a la cara, Tom pasaba el tiempo pensando y pensando en algún modo de recuperarlo. Pero por más que le diera vueltas, no podía rebatir las conclusiones corrosivas a las que había llegado Bill, y que le machacaban el pecho y le llenaban la cabeza de telarañas de hilos lechosos cuyas arañas hace mucho las habían abandonado.
Luego de darle vueltas y más vueltas durante tres días enteros, llegó a la resolución de que, para obtener el perdón, iba a tener que suplicarlo, y dejar a un lado el orgullo.
Y como le molestaba tener que hacerlo.
Por las mañanas después de despertar, se quedaba medio enterrado entre sus sábanas blancas, pensando en Bill, imaginándoselo. Nunca se había masturbado tantas veces y con tanta pasión como en aquellos tres días, y lo hacía visualizando a su hermoso y místico pelinegro. Fantaseaba con él, y ardía en deseos de volverlo a besar, de acariciarlo y hacerlo suyo nuevamente, una y otra vez hasta saciarse o incluso romperse de deseo. Estaba totalmente eclipsado por el nuevo aspecto de Bill, tan oscuro, tan intenso…tan sexual.
También pensaba en Ambrosía, pero no de la misma forma de siempre: con rebeldía y desagrado. Ahora era diferente. Después de ver la actitud tan…cariñosa y fraternal de Bill hacia con ella, (porque no podía decir lo mismo de la actitud de ella hacia él). Tom podría apostarse el reino entero a que ella estaba totalmente flipada por Bill. Pero sorprendentemente aquello no le molestaba demasiado, y únicamente sentía curiosidad y una pizca de irritación contra aquella frágil criaturita con el poder de destruirlo todo en una rabieta si se lo proponía. (Sus soldados inspiraban francamente terror y se veían ansiosos por matar algo, aunque una sola palabra de Bill y todos bajaban la cabeza igual que perros sumisos).
Quizá, su tranquilidad más grande respecto al encaprichamiento de Ambrosía por Bill, era el saber que (en el más remoto de los casos en el que su boda se anulara) jamás le permitirían intentar nada con él, por no tener Bill sangre de noble corriendo por sus venas, aunque hubiese sido proclamado Príncipe Heredero de Italia. El linaje real no estaba plasmado en su carne (eso creían todos al no conocerse la verdad sobre su ascendencia).
Y lo que más seguridad de le proporcionaba a Tom, fue el tener la certeza de que aun lograba acaparar toda la atención y los sentidos de Bill. Lo había notado la noche en que estuvieron cara a cara, antes claro de que Bill se cabreara y lo echara prácticamente a patadas.
Suspiró. El sol comenzaba a alzarse por el horizonte, penetrando tenuemente por entre los cortinajes de la habitación de Tom, justo en el momento en que el príncipe exhalaba ruidosamente mientras se corría pensando en Bill; su mano (totalmente pringada de semen) que rodeaba con firmeza su miembro, perdió velocidad mientras el emitía los últimos jadeos agónicos que le provocara el orgasmo. No se molestó en limpiar nada cuando un potente rayo solar se abrió paso y trepó hasta su cama, incrustándose directamente en su ojo izquierdo, haciendo que el príncipe frunciera el ceño, molesto y se diera la vuelta, enterrándose profundamente entre sus sabanas.
Ese sería el día, recuperaría a Bill costara lo que costara, no podía pasar más tiempo.
No lo soportaría…
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Al llegar a los aposentos de la princesa, Bill se unió a la pequeña conmoción que ahí había.
— ¡Ah Bill! — La potente y atronadora voz del Rey Magnus reverberó por las paredes y taladró los tímpanos del joven guardaespaldas —mi muchacho, al fin llegas.
El Rey estaba de pie en el umbral de la habitación, en compañía del serio y solemne príncipe Adam, quien le lanzó a Bill otra de sus miradas enigmáticas y cargadas de oscuridad, incluso se veía bastante exasperado; el príncipe Adam no tenia paciencia para los arrebatos de rebeldía de su hermanita y ya quería volver a Mónaco, con ella o sin ella, le daba igual. Solo quería irse. Gustav también estaba ahí, silencioso y tolerante, con rostro serio y expectante.
— ¿Qué sucede Majestad? — la voz de Bill fue amable y respetuosa.
—Ah, Bill, ésta veleidosa hija mía — dijo, compungido — no atiende razones, no sé qué hacer con ella.
— ¿Qué le sucede? ¿Está bien? — el tono de Bill se volvió de inmediato apremiante y preocupado y trató de visualizar a la princesa ladeando la cabeza para ver por entre las siluetas que tenía delante.
—Sí, sí lo está, pero no quiere comer, no quiere obedecer, Estoy desesperado. ¿Podrías hacer el favor de intentar razonar con ella? A ti te escucha. — el Rey parecía fatigado y se frotó la frente con tanta fuerza que Bill creyó que estaba a punto de arrancarse la piel de cuajo. Incluso su rubicundo y abundante bigote parecía lánguido y aguado.
—Claro que si Alteza, yo hablaré con ella — hizo una reverencia respetuosa y se adelantó hacia la habitación. Le hizo un guiño a Gustav antes de entrar, mismo que fue respondido con la misma locuaz alegría.
Una vez adentro del suntuoso dormitorio asignado a Ambrosía, Bill la buscó entrecerrando los ojos al sol matinal que se colaba por los enormes ventanales, y la encontró sentada en un pequeño escabel forrado de seda color rosa pálido, mirando por las ventanas hacia el jardín. Su madre, la Reina, estaba de pie frente a ella, con los brazos cruzados y el ceño fruncido en una mueca de preocupación.
—Alteza— susurró el pelinegro para anunciarle su presencia y la Reina se le acercó, sonriendo.
—Bill, cuanto me alegra que estés aquí, Ambrosía amaneció algo decaída, ojalá al menos puedas hacer que coma algo. —Su voz fue un susurro tan tenue que Bill tuvo que agudizar el oído para poder escuchar.
—Vaya tranquila, Mi Reina, yo me ocuparé de vuestra hija.
La Reina asintió, satisfecha.
—Entonces ordenaré que traigan el desayuno, para ambos.
—No Majestad, no es necesario, sólo el de ella. — dijo Bill, pero la reina ya se había marchado.
Con cautela, con mucha cautela, Bill se acercó a la figura inmóvil de la princesa, absorto ante su fresca belleza matinal. Llevaba encima un ligero y vaporoso vestido amarillo de algodón, con algunas joyas incrustadas. Su diminuto rostro de ojos enormes y cristalinos y nariz respingada estaba en calma, y el sedoso torrente de cabello dorado descansaba quieto sobre su espalda. Se podía captar incluso el aroma tibio de su piel; y cuando ella levantó los ojos, Bill creyó que podía sumergirse en sus azules profundidades y caer al abismo negro que eran sus pupilas.
—Saludos, Bill — le sonrió y Bill pensó que ella era la criatura con la más absoluta belleza melodramática que había visto en toda su vida.
—Buen día, Ambrosía — respondió al sentarse frente a ella en el banquillo que estaba libre — ¿Cómo has pasado la noche?
Ella no respondió, únicamente encogió un hombro de manera casi imperceptible y volvió su vista hacia el jardín.
—Hace rato sacaron a caminar a los caballos y les dieron de comer, ahí estaba Capri.
— ¿Y lo trataron bien?
—Muy bien, el señor gordo que los llevaba le dio únicamente a él unas zanahorias y le canturreaba algo en el oído, pero Capri sigue siendo muy tozudo y casi lo mordió.
—Se llama Bernardo y es el caballerango, ni siquiera él puede con mi Capriccio— le dijo el moreno, sonriendo. Ella también sonrió.
— ¿Cómo lo sabes?… ¿lo conoces? Porque él parece conocer muy bien a tu caballo— dijo ella lanzándole una mirada llena de suspicacia.
Bill cerró los ojos, inhaló muy hondo y se decidió. Ya era hora de comenzar a revelarle a la princesa algunas de las verdades de su pasado, antes de que pudiese enterarse de alguna otra manera que afectara la relación que tenían.
—Lo sé porque… porque yo… veras yo…— era complicado— nací aquí, en Calabria…—Y como supuso, la princesa abrió desmesuradamente los ojos en un gesto de total incredulidad y se llevó una mano a la boca para contener un silencioso grito. Su boca formó una pequeña y perfecta “o”. Continuó antes de que ella pudiese responder — Nací aquí, en el pueblo. Mi madre fue institutriz y sirvienta de alta categoría — comentó, irónico y cínico, pero sin mencionar ni por asomo a quien había instruido— no sé quién es mi padre y a decir verdad no me interesa saberlo y no tengo más familia, ahora estoy solo en el mundo— pero al ver la expresión herida en el rostro de la chiquilla rápidamente rectificó — bueno, no solo, ahora te tengo a ti, — le tomó la mano y ella sonrió—y a Gustav, y a mis hombres, ustedes son mi familia.
—Entonces — ella no parecía saber que decir; retiró la mano luciendo muy avergonzada — ¿es por eso que no querías volver?
—Si Alteza.
— ¿Alguien te hizo algo? ¿Por eso huiste? — la princesa se retorcía los dedos, parecía tan desdichada…
—Si Alteza.
— ¿Quién fue? — la expresión de fiereza que atravesó su pequeño rostro fue casi cómica, casi. La furia que relampagueó en sus ojos fue autentica.
—Eso ya no importa Alteza, ya ha pasado.
—Pero Bill… te he arrastrado al último lugar en la tierra al que querrías volver — escondió su pequeña cara entre sus manos y empezó a sollozar — ¿Qué te hice? ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No llores — se acercó a ella y le rodeó los temblorosos hombros con un brazo; su piel estaba helada y por eso la cargó y la llevó hasta la cama, donde las mantas blancas ya estaban perfectamente alisadas — no me has obligado a nada ¿de acuerdo? Si estoy aquí es porque así lo quise, no pienses más en eso. — le cubrió los hombros con la capa blanca que estaba sobre la cama, la que estaba confeccionada en el más fino y suave de los terciopelos y que ella usaba cuando iba con Bill a montar a caballo.
A Bill le inquietaba terriblemente ver llorar a Ambrosía, se sentía estúpido e incompetente, además de nervioso e intranquilo, una sensación horrenda.
— ¿Estás seguro? — sorbió por la nariz con desconsuelo y Bill, desesperado, quiso matar al mundo— A veces siento que no tomo en cuenta tus ideas o tus sentimientos.
—Y es así como debe ser, ahora no pienses más en eso. — el pelinegro declaró tajante, ahora Ambrosía siempre estaba triste, y él quería que estuviera feliz, como lo era cuando daban largos paseos bajo el anaranjado atardecer de Mónaco.
La princesa asintió y se limpió las lágrimas con el pañuelo de seda que Bill le ofreció, y que tenía grabada una letra “B” en una caligrafía antigua y barroca, llena de florituras, en el mismo momento en el que tres discretos golpes resonaron en las puertas cerradas.
La voz grave de Bill ordenó que entrase quien quiera que fuera; dos jóvenes esclavas hicieron una profunda reverencia y colocaron sobre la cama una charola grande de plata con el desayuno cubierto por unos grandes domos plateados, acto seguido se retiraron.
—Yo no tengo hambre— dijo la princesa en voz muy baja y arrugó la nariz, exactamente igual que lo haría un conejo. Bill asintió y se levantó para acercarse a la charola a ver qué era lo que habían osado ofrecerles.
—Cuando yo era pequeño— dijo con una chispa de soledad en la voz, mientras separaba las servilletas de lino de los cubiertos de plata y destapaba las humeantes viandas con dedos cautos. La princesa observaba y escuchaba todo atentamente— a veces mi madre podía llevarme algo de comida, ya sabes, las sobras de donde ella trabajaba, pero casi nunca podía hacerlo porque en general las sobras eran para los perros de la casa donde servía; entonces cuando yo no podía aguantar más el hambre, recorría la playa en busca de algún cangrejo o un langostino, asados saben muy bien — Bill aspiró el vapor de la comida casi con deleite — cuando no podía, o simplemente no se les daba la gana a los bichejos de salir de sus escondites, yo rebuscaba en los basureros de las tabernas del pueblo, ahí casi siempre podía encontrar algo que no estuviera lo suficientemente podrido como para matarme, aunque me enfermé un sinfín de veces, ya sabes, casi todo estaba medio podrido por el calor y la humedad— explicó, como si fuera lo más normal del mundo— pero servía para llenarme la tripa, y cuando no… bueno, entonces dormía todo el día y toda la noche ¿sabes?, así se engaña al hambre — la princesa había dejado prácticamente de respirar y tenía una expresión de terrible culpabilidad en el rostro. Bill incluso podría jurar que se le habían revuelto las tripas por el color verduzco que estaba tomando su pequeño rostro. — ¿segura que no quieres? — volvió a ofrecer al momento que acercaba la charola a donde ella estaba sentada y retiraba el paño de lino que cubría un par de bandejas de plata que contenían pan caliente, pescado ahumado, dos copas rebosantes de zumo de naranja, una ensalada verde y húmeda, con aroma de cebollas y brotes de papiro y un par de llamativos pastelitos de vainilla con frambuesas que a ambos les hicieron agua la boca.
La princesa se lanzó a por la comida con una ferocidad inusitada, mientras que Bill la observaba complacido mientras tomaba pequeños bocados de su desayuno, disfrutando del oscuro, suculento y aromático sabor a humo de su pescado, y los bocados de frescura húmeda de la ensalada. Un verdadero manjar.
—Así es mejor ¿no lo crees? — comentó cuando hubieron terminado. Ella asintió, soñolienta y con una tenue sonrisa complacida en los labios, aunque el relato de los terribles recuerdos de la infancia de Bill aun hacían estragos en su mente.
—Definitivamente — dijo bostezando — estoy muy cansada, creo que el resto del día descansare en mi lecho — el asintió mientras sostenía las mantas, ella se recostó. — disfruta de tu tiempo libre Bill, pero deberás venir después a contarme todo lo que hayas hecho.
& Continuará &