Capítulo 23: Enfrentamientos
La ceremonia de bienvenida había concluido finalmente después de cuatro largas horas terriblemente aburridas y Bill había logrado pasar todo el tiempo tranquilo, e ignorando a Tom, lo cual le suponía mucho esfuerzo, porque el príncipe parecía taladrarle la nuca con la mirada. Pero el primer paso estaba zanjado.
A los recién llegados les habían asignado el ala oeste del palacio, un sitio suntuoso y elegante, pero frío y oscuro. A Ambrosía no le gustaba. Ella extrañaba su soleado y cálido palacio en Mónaco. Las barracas y el campamento de los soldados y guardias de Mónaco se había instalado en el jardín, al pie de las ventanas de la princesa, pero el Rey Magnus se había negado de manera terminante a que Bill y Gustav se quedaran con ellos, de modo que a ambos se les había asignado una habitación enorme y elegante (quizá demasiado elegante), y esclavos para que los atendieran en todo momento, por ser nobles de alto rango.
La habitación de Bill estaba al final del pasillo, lejos de la de Ambrosía, y al extremo opuesto de la de Gustav, quien no podía dejar de sentirse intranquilo.
Cuando hubo terminado la ceremonia, se dirigió directo hacia Bill, arrastrándolo a un rincón poco iluminado.
— ¿Pero qué rayos…? — Se quejó por el zarandeo mientras su espalda chocaba contra la pared con un golpe seco, y distinguió a Gustav por el halo dorado de su cabello — ¿Gustav?
—Cállate Bill — le cuchicheó el rubio.
— ¿Cómo que me calle? ¿Qué bicho te picó?
—Escúchame joder, sé que me dijiste que tenías ciertos problemas con el príncipe Thomas, pero nunca me dijiste que fueran tan graves — susurró el rubio, parecía muy escandalizado.
— ¿Qué? — La voz de Bill se volvió repentinamente aguda — ¿cuales problemas? Todo está bien.
—Baja la voz — le urgió — no soy idiota Bill, los dos se estaban mirando como dos lobos hambrientos en plena cacería.
—Pues… — el pelinegro no sabía ni que inventarse — seguro que fue por celos, porque me vio con Ambrosía.
—No estoy ciego tampoco… — atacó el rubio — yo creo que hay algo mas, aun no logro descifrar su mirada.
Bill ya harto de tanto enredo, se irguió y se cambió el casco de brazo.
—Yo creo que ya estás inventando cosas y viendo lío donde no lo hay, relájate Gus. Tengo que ir a buscar a Ambrosía, nos vemos en la noche — se despidió con camaradería y emprendió el camino hacia las habitaciones que sabía eran de la princesa, dejando a un Gustav solo y sumido en sus pensamientos…
Los recién llegados estaban tan cansados por el largo viaje, que todos, sin excepción, pidieron la cena en sus respectivas habitaciones.
Gustav y Bill se reunieron en las habitaciones del primero para cenar juntos. De modo que, el comedor principal se quedo prácticamente semivacío. Los Reyes de Calabria, comprensivos, cenaron platicando animadamente entre ellos. El príncipe Tom y el príncipe Andreas cenaron en el comedor también, algo que había sorprendido a todos, porque generalmente, Tom no cenaba y no se aparecía por el gran comedor prácticamente para nada.
El joven príncipe estaba indignado, molesto y muy a la expectativa. Le había supuesto un esfuerzo enorme no acercársele a Bill en la ceremonia y había aguantado toda la tarde, escuchando las estúpidas palabras de desprecio ofendido que Andreas le dirigía a Bill, así que esperaba verlo al menos durante la cena. Pero el pelinegro, la princesa Ambrosia y todos los llegados de Mónaco brillaron por su ausencia y el coraje en Tom se acentuó.
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— ¿Pero qué me estas contando? — bramó Gustav riendo a carcajadas, atragantándose con el líquido ambarino de su copa, y maldiciendo después al sentir que le quemaba la carne blanda de la garganta.
Bill estaba enfurruñado, pero fingía totalmente, también estaba a punto de llorar de risa. Volvió a abrir el panfleto y soltó una risilla.
—No es mentira capullo, aquí lo dice. Escucha. — el pelinegro se aclaró la garganta y enfocó la vista, ya que después de semejante cena consistente en mucha langosta y media botella de coñac, le costaba un poco distinguir las letras más pequeñas. — Las damas y las esposas de los cortesanos se beneficiarán por igual si usan los saquitos perfumados debajo de la almohada. La fragancia se obtiene de una complicada mezcla a base de canela, pétalos de rosa y escaramujo — tras decir eso, levanto su brillante mirada y le sonrió a Gustav con un destello de picardía, después volvió a mirar la revista — el estiércol de vaca, bien molido y húmedo se vende por libra para aplicarlo como cataplasma en la barbilla y en los diviesos—. Gustav, que era el que estaba tendido más próximo al fuego, se dejó caer de espaldas sobre la alfombra y rodó de risa, mientras que Bill reía con la cabeza echada hacia atrás, aguantando las carcajadas que sacudían su delgado cuerpo.
— ¿Pero de dónde coño has sacado tú esto? — le preguntó el rubio, arrancándole el papel de las manos luego de levantarse. Ambos estaban sentados de piernas cruzadas, (igual a un par de indios) sobre la mullida alfombra en tonos dorados y rojos que estaba en la estancia de la habitación de Gustav. Los troncos empotrados en la chimenea crepitaban alegremente y las llamas los calentaban e iluminaban; parecían tan solo un par de críos riéndose por alguna travesura al final de un largo día. Gustav escaneó rápidamente la revista, buscando el artículo que Bill había leído y después le lanzó una mirada acusadora. —Aquí no dice nada de estiércol de vaca— sentenció, haciendo viscos para leer las pequeñas letras.
— ¿No me vas a decir que te lo creíste…? Jeeeeesús — y al ver la furia en los ojos de Gustav, Bill volvió a estremecerse de risa, mientras se sujetaba la barriga ya adolorida.
—Pequeño desgraciado— bufó Gustav, arrojándole el panfleto directo al rostro, lo que provocó que Bill riera aun más — algún día, señorito “Bill sabelotodo” esa lengua tuya va a meterte en problemas.
— ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? —bramó el moreno, mientras el rubio, riendo se le echaba encima, para obligarlo a disculparse, pero Bill era más rápido y lo esquivó rodando elegantemente hacia un lado — además de lento. — Ambos, terriblemente cansados y mareados se quedaron tendidos de espaldas, mirando la intrincada pintura de ángeles, nubes y querubines del techo, mientras sus cuerpos sufrían los últimos estertores de sus ataques de risa.
Después de unos minutos, sólo se escuchaba el crepitar de las llamas y Bill se percató de lo tarde que era. Se puso de pie, se despidió de Gustav, y salió rumbo a su habitación.
Afuera en el pasillo, todo estaba oscuro y un poco lúgubre. Las antorchas casi extintas emitían un resplandor muy tenue que hacia brillar sutilmente los marcos dorados de las enormes pinturas que decoraban la pared.
Bill caminaba con los ojos entrecerrados por el sueño y disfrutaba de los repiqueteos de su espada al chocar contra el cinturón, pero fue otro sonido el que lo alertó.
Un tenue susurro, el roce de ropas y cabello agitándose. Bill sonrió para sí mismo.
—Vaya, vaya, vaya— la voz que habló a sus espaldas fue burlona y fría como un témpano.
Bill suspiró pesadamente. Habría sido demasiado hermoso que pudiera pasar la primera noche en Calabria sin problemas, pero los problemas ya se habían presentado, materializándose en la figura del engreído príncipe Andreas.
— ¿Qué quieres? — Bill bufó, sin voltearse a mirarlo.
—Que me mires cuando te hablo.
—Sigue soñando, idiota— desdeñó Bill, agitando su cabellera elegantemente y prosiguiendo su camino, hasta que el rubio príncipe se le puso delante, con las aletillas de la nariz dilatadas por la furia.
— ¿Quién demonios te crees que eres para hablarme así?
Bill lo miró detenidamente, con rostro serio y enigmático. Se llevó el índice a la barbilla, pensativo, haciendo que Andreas se sulfurara más.
—Te hablo como me salga de las pelotas— respondió, esbozando una sonrisa tan burlona y peligrosa que Andreas se alejó un poco de él.
El príncipe Andreas estaba tan furioso como no lo había estado nunca en su vida. En cuanto había visto a Bill, había renacido en dentro de él el mismo sentimiento de negro coraje y celos enfermizos y quería machacar la hermosura del pelinegro con sus propias manos, pero Bill ya no era el mismo joven delgado y desprevenido que había estado a su merced tiempo antes y no se atrevía a ponerle una mano encima, porque tenía la certeza de que el pelinegro se la arrancaría con los dientes de ser necesario, pero si podía humillarlo con palabras.
— ¿Pero qué…? — El rubio rió, incrédulo — me haces reír. No eres más que un pobre plebeyo advenedizo disfrazado de noble, cada centímetro de ti grita lo que eres: un bastardo indigno que fue dado a luz por una ramera — Bill se detuvo en el acto, estático, incrédulo, rabioso. Las palabras de Andreas le calaron profundo, como alguien que vierte acido dentro de una herida abierta, y la furia relampagueó en sus oscuros ojos.
— ¿Qué es lo que has dicho? — Bill se adelantó un paso — dímelo en mi cara, de cerca, maldita perra rubia.
El moreno hizo crujir los huesos de sus manos al cerrarlas en puños y su boca se inundó de sabor.
— ¿Cómo osas hablarme de esa manera? Yo te voy a enseñar lo que son los modales— tronó el rubio y lanzó su puño derecho directamente a la mandíbula de Bill, quien al verlo, no se movió. Solo tensó las piernas y se inclinó levemente hacia adelante, listo para recibir y amortiguar el golpe, el cual, le pareció demasiado flojo y sin potencia.
Se escucho un leve crujido, casi imperceptible, y Andreas retiró la mano, que le había quedado algo dolorida al chocar con el hueso de la quijada de Bill.
— ¿Es todo lo que tienes? — le dijo, mientras se limpiaba con el dorso de la mano un pequeño borbotón de sangre que comenzaba a descender lentamente por su mandíbula—. Bueno, mi turno. — y en un visto y no visto, Bill arqueó su brazo hacia atrás y estampó con todas sus fuerzas los nudillos entre el pómulo izquierdo y la nariz de Andreas, abarcando también parte del ojo. Se escuchó un sonoro crujido y el rubio cayó de culo al piso, con la cara convertida en una máscara sanguinolenta.
— ¡Joder! ¡Me rompiste la nariz!— Gritó el príncipe, llevándose la mano al rostro, tenia los dientes apretados y el rostro contraído en un rictus de dolor — tu, asqueroso rastrero… pagarás caro esto.
—No me digas — Bill se agachó al lado de Andreas, y lo tomó por el cuello de la casaca, levantándolo violentamente y acercando sus rostros. El príncipe tosió — ya no tienes tanta ventaja ¿no? Ya no puedes tomarme desprevenido como antes ¿verdad? Y si decido cobrarme el dolor que he sufrido haciendo que tus pellejos conozcan un dolor mucho más terrible, entonces lo haré, mi preciosa perrita rubia— comenzó a apretar— así que no te metas en mi camino, no me hables, es más, ni me mires, porque ahora, tu y yo estamos en el mismo rango y si me cabreas, no dudaré en atravesarte las tripas de lado a lado con mi espada, y bailaré a tu alrededor mientras te desangras. — Lo soltó bruscamente, haciendo que el cráneo del rubio rebotara contra el frío suelo — Oh, y buenas noches Alteza — le dijo con cinismo, antes de meterse en su habitación y cerrar de un portazo.
—Maldito cretino— murmuró Bill, mientras se quitaba la espada con todo y funda y la arrojaba rabioso contra un sillón. ¿Cómo se había atrevido a llamarle así a su madre? Era un milagro que siguiera vivo. Se planteó seriamente regresar y clavarle la espada en un ojo, pero descartó la idea, ya que si lo mataba se iniciaría todo un circo tedioso y aburrido en el que buscarían al culpable y probablemente terminaría envuelto en llamas al centro de una hoguera de leña verde.
Caminó lentamente, cuidando no tropezar con nada. Toda su habitación se hallaba sumida casi en las penumbras y el ambiente era cálido y apacible, pues el fuego de la chimenea estaba casi extinto y solo se notaba un halo rojizo por toda la habitación; a Bill le gustaba, y estaba tan cansado que quería tirarse sobre la cama y no saber nada de nadie hasta el día siguiente, y estuvo a punto de hacerlo, pero se dio cuenta de algo extraño: sus dos esclavos brillaban por su ausencia…
—Parece que alguien te hizo enojar…
El cuerpo de Bill se tensó como las cuerdas de una guitarra y un sonido ahogado de sorpresa se escapó de entre sus labios al escuchar esa voz… era su voz, y no se lo había esperado.
Se dio la vuelta lentamente hacia el lugar de donde provino el grave sonido como de campana de catedral que era la voz de Tom, y enfocó mejor la vista, creyendo que lo que había escuchado era solamente producto de su imaginación.
Pero no era ninguna alucinación. En el rincón más oscuro y alejado de la habitación de Bill, entre el hueco que dejaba la cama y el enorme ropero donde estaban guardados todos sus finos trajes, aquellos confeccionados en las telas más frescas y raras, pesadas y brillantes, estaba de pie el príncipe Tom, con la espalda apoyada indulgentemente en la pared y los brazos cruzados. Tenía el aspecto de un maldito Dios Griego y una expresión juguetona en el rostro. Bill solo podía distinguir el brillo de su dentadura gracias a que el príncipe le sonreía.
— ¿To…Tom?— balbuceó y se atragantó, quedándose de repente sin habla— ¿eres tú?
El príncipe hizo un gesto de incredulidad y dejó escapar una breve carcajada, que se escuchó seca y sin una pisca de alegría.
—Por supuesto que soy yo Bill ¿Quién mas se atrevería a colarse en tu habitación en una noche tan oscura? — respondió, sugerente y se acercó.
Bill, intimidado, retrocedió unos pasos, sintiéndose exactamente igual de inseguro e indefenso como la liebre que se enfrenta al lince. Tom lo había tomado totalmente desprevenido y con la guardia baja. Su espalda chocó contra el borde de la mesa que estaba frente a la chimenea casi exangüe, haciendo que el jarrón de porcelana, repleto de algodonosos botones de rosas rojas que descansaba sobre la superficie de madera bailoteara sobre su eje peligrosamente. El sonido de la porcelana repiqueteando contra la madera le crispó aun más los ya alterados nervios.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó, consiguiendo salir un poco de su aturdimiento.
—Este es mi palacio, genio ¿lo recuerdas? Puedo ir a donde me plazca.
Tom se había detenido delante de Bill, a escasos cinco centímetros de su cara y lo observaba fijamente, sin parpadear, queriendo grabar dentro de sus ojos la belleza lóbrega y casi irreal que emanaba del joven comandante.
—Pero ésta es mi habitación— enfatizó, inflando un poco los mofletes — ¿quién rayos te crees que eres para venir y meterte aquí de ésta forma? será muy tu palacio pero es MI habitación.
— ¿Por qué no te callas de una buena vez? — sentenció el príncipe, sin dejar de contemplarlo ¿En verdad había pensado que era hermoso? Porque la palabra no le llegaba. Era más bien algo surrealista el verlo, tan elegante y sombrío, con una gélida y tenebrosa seguridad en sí mismo. Era utópico el tenerlo nuevamente de frente, con los oscuros ojos abiertos por el terror y los labios entreabiertos, deseables. El cálido aliento de Bill le arañó el rostro y Tom lo aspiró, avaricioso, como si se tratara del elixir mas divino. Levantó lentamente la mano derecha; (no quería asustarlo) y acarició con la punta de los dedos, los relieves de plata bordados cuidadosamente en la casaca. El pecho de Bill estaba muy caliente, y Tom podía sentir cada uno de los aleteos de su corazón, que golpeteaba ansioso contra las costillas. Después y con infinito esmero, tomó entre sus dedos una rebelde rasta blanca que había escapado de entre las demás y que descansaba ociosa sobre el terciopelo azulado que cubría la clavícula de Bill. La apretujó con cuidado y maravillado por la suavidad, muy lentamente inclinó la cabeza y la olisqueó, ante la mirada atónita del pelinegro. Le parecía demasiado elegante, perfecto, casi falaz, y la expresión plasmada en su hermoso y afilado rostro era indescifrable. Podía leer un poco de miedo, si, pero también había orgullo, altivez y una leve sombra de amargura.
Una sonrisa melancólica bailoteó lentamente por los labios de Tom.
Bill permaneció inmóvil, petrificado como una estatua, mirando intensamente los movimientos de Tom. El príncipe lucia tan perfecto como de costumbre. Bill podía ver con claridad su suave cuero cabelludo a través del complicado diseño que el trenzado llevaba y quiso acariciarlo, pero se contuvo. Cuando el príncipe se le acercó, el moreno olió algo dulzón en el aliento de Tom, algún olor de la infancia enterrado a mucha profundidad. Lo pensó durante un momento. Si, su aliento olía a pastelitos de vainilla. Cuando sus ojos se conectaron, Tom se irguió, le tomó en sus brazos, y le besó.
La boca de Tom era amarga y dulce como el vino, y su saliva tenía un suculento sabor a corrupción rojiza. Bill dejó que el sabor fluyera dentro de él, lo bebió y extrajo fuerzas de él, como si fuera la poción que reviviría a cualquier persona que estuviera al borde de la muerte. Aquel sabor lo era todo. Y como lo era todo, con un gatillazo doloroso, los recuerdos acudieron a su mente… Entonces rompió el contacto y alejó a Tom de un empujón, mientras jadeaba para recuperar el aliento y sacudía la cabeza para reacomodar sus ideas. Miró encolerizado al príncipe y murmuró en un peligroso tono de rabia apenas contenida:
—No vuelvas a tocarme, no te atrevas a ponerme un solo dedo encima otra vez.
— ¿Qué? — Tom estaba desconcertado. Hacia escasos cinco segundos, Bill había estado sumiso y complaciente, no entendía tal cambio de actitud.
— ¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué me rechazas?
—Y todavía lo preguntas— Bill estaba molesto y habló con cinismo. El coraje que le había hecho pasar Andreas aun seguía hirviendo a fuego lento dentro de él, y la actitud beligerante y avasalladora de Tom lo avivaba aún más con cada palabra que salía de sus labios.
—Si te lo pregunto, es porque no lo sé…— le dijo, acercando sus labios poco a poco al cuello de Bill, quien al sentir el aliento de Tom por debajo de su oreja, se estremeció de pies a cabeza. El príncipe rió ante la confusión de Bill, y fue ese sonido ahogado, con un leve matiz de burla, lo que hizo que todo estallara. Su mente evocó algunas de las palabras que antaño el príncipe y sus allegados le dirigieran.
Tranquilo, todo va a ir bien.
Eres hermoso.
Me has embrujado.
Confía en mí, nunca te lastimaría.
Ahora eres mi esclavo.
Te abrirás para mí cuando yo te lo ordene.
Cuanto lo siento, Bill.
A mi amado hijo, William Diávolo.
— ¿No sabes por qué? — Estalló Bill, gritando a todo pulmón, mientras le metía una tremenda hostia en toda la cara a Tom, volteándole el rostro violentamente. El golpe fue tan fuerte que la mano le picaba y le ardía, al rojo vivo — tienes mala memoria Alteza, porque yo recuerdo muy bien todo, tus humillaciones, tu falta de interés, solo buscabas en mi tu propio placer y por tu maldita culpa no me pude despedir de mi madre, la única persona a la que he amado en mi maldita vida. Pero ya lo olvidaste todo ¿no? y ahora pretendes que vuelva a caer en tus manos ¿no? Pues estas equivocado, no tienes idea de cómo me arrepiento de haberte conocido, y de haber caído en tus estúpidos juegos. Ah, y para que te quede claro, si estoy aquí no es por ti Tom, no te confundas. Me das asco.
Tom aun estaba volteado, apretando los dientes ante el dolor y el ardor de su mejilla y otro más profundo, el de su orgullo. Lentamente volteó y volvió a enfocar su vista en Bill. No quedaba ni la sombra del joven ingenuo y debilucho que había sido en el pasado. Y ahí estaba delante de él, contemplándole con esa expresión de santurronería y condenada seguridad en sí mismo… Borrar a bofetadas aquella obstinación del rostro de Bill y arrastrar ese cuerpo delgado hasta sus aposentos resultaría lo más sencillo del mundo… ¿Pero que estaba pensando? ¿Pegar a Bill? Seguramente el moreno lo mataría antes que dejarse poner una mano encima nuevamente. Se acarició el rostro, dolorido, pero no pensó en regresar en golpe.
—Vamos Bill, sabes que en el fondo no lo quieres, sabes que me deseas, como yo a ti, y estas muriéndote porque te haga mío otra vez, porque te corrompa con mi saliva. ¿Por qué te haces el difícil?
—Te lo tienes muy creído ¿no? — Bufó el menor, irónico, rabioso, cruzando los brazos delante del pecho — ¿Por qué desearía yo que alguien como tú me posea nuevamente? Esos tiempos ya pasaron, y prefiero clavarme la lengua a la mesa cada mañana antes que volver a estar contigo. En realidad, Tom, tú no conoces una mierda de la vida, siempre aquí encerrado en tu palacio, esperando a que te atiendan, estirando la mano para todo, vociferando, dando órdenes. Nunca has tenido que pelear para salvar tu vida, ni rebuscar en la basura algo para comer o para vestir. ¿Por qué querría estar yo con alguien que no puede ver más allá de su nariz?
Las afiladas palabras de Bill le chocaron de una manera muy molesta y jodida. Quería callarlo atrapándolo nuevamente desde atrás… “Desde atrás- dijo malévolamente el demonio que vivía dentro de su cabeza- Si, me acuerdo muy bien de esa postura, pero había muchas más”
Recordó las noches salvajes y resbaladizas de sudor cuando lo único que podía saciar su voraz apetito era devorarse el uno al otro. Pero esas noches no eran nada comparado con el día que Tom no podía soportar traer a su memoria, el que no podía evitar recordar con cada horrible detalle. Cuando arrastró sin cuidado ni miramientos a Bill por todo el palacio, apretándole el cuello, cuando lo arrojó al suelo sin contemplaciones y hundió su puño en la blandura de un estomago consumido, Tom había dejado de ser Thomas Von Kaulitz. El demonio se había apoderado de él. Quizá fuese una excusa fácil, pero era justo lo que había sentido. Y después había vivido todo un largo año lleno de miseria, con la sensación de haber meado sobre la mona lisa o algo por el estilo.
La vergüenza y el horror ante lo que había hecho no le llegaron hasta el momento en el que había contemplado la fría y abandonada lapida blanca, que ahora yacía solitaria en el helado cementerio. Y no se sentía listo para hablar sobre ello. Se le daba mejor el herir.
—Por mucho que quieras negártelo, cuando te toco, te pones como un tren y tu cuerpo se desbarata — Bill se mordió el labio para acallar un aullido de furia, Tom tenía razón, pero nunca iba a admitirlo — acéptalo, tarde o temprano, el cervatillo volverá a caer en las garras del lobo.
Y Bill sonrió, con la que Tom reconoció como su sonrisa más herméticamente defensiva.
—Quizá el lobo deberá tener cuidado, porque si se acerca demasiado al cervatillo, éste podría arrancarle la garganta de un buen mordisco — y sonrió triunfal al ver la amargura en el rostro de Tom — y ahora haz el favor de largarte.
Tom quiso lanzarse sobre él y abrazarle, enterrar el rostro en su cuello y pedir perdón por todas aquellas noches perdidas, las que habían acabado desgarrándoles el alma a los dos. Quería borrar el brillo de aquella sonrisa falsa de su rostro. No podía soportar ver aquel gesto manchando los labios que conocía tan bien, los labios que había abierto separándolos con su lengua y que le habían llevado a la zona prohibida que se extiende entre el placer y la locura…
Pero no podría hacerlo, porque aquello exigiría que mostrara su desesperación, y la capacidad de abrirse de forma tan clara, con la posibilidad de ser rechazado que llevaba implícita, no estaba dentro de él.
Los ojos de Bill eran desmesuradamente fríos. Pero debajo de la frialdad que llenaba aquellos ojos había una extraña simpatía, una chispa de soledad y sabiduría.
—Escúchame bien Bill, no sé porque estás aquí, pero tarde o temprano, y quizá más temprano de lo que te imaginas tendrás que explicármelo todo, o lo averiguaré por mi cuenta, qué más da, y además te advierto que si llegaste hasta aquí fue para quedarte… lo quieras o no. Yo siempre obtengo lo que quiero, de una u otra forma, y lo que quiero, eres tú.
Y tras decir eso se marchó, en el mismo instante en el que la última ardiente braza rojiza de leña se extinguió con un último y agónico siseo.
Entonces Bill se quedó solo, y toda la adrenalina acumulada en sus músculos le abandonó, dejándolo extrañamente flojo y débil. Una oleada de nostalgia tan intensa como jamás había experimentado se abrió paso por todo su cuerpo y le hizo estremecer, pero gracias a un considerable esfuerzo de voluntad logró calmar la agitación de sus pensamientos. De un momento a otro, un cansancio apabullante lo abrumó, y solo fue capaz de sacarse las botas a patadas, quitarse la pesada casaca y dejarse caer en la cama aun hecha y ya estaba dormido, con el puño enterrado dentro de su boca para no gritar, antes de haber transcurrido tan solo diez minutos de la partida de Tom.
& Continuará &