Capítulo 21: Camino a Casa
Ochenta días después, en las frescas horas del amanecer, la Familia Imperial se reunió en la calzada, a las puertas del palacio Grimaldi. El aire olía a la prolongada y dulce muerte del verano, y al abigarrado regreso del otoño. El Rey Magnus, portando una enorme y pesada corona hecha de oro puro estaba cómodamente apoltronado en una amplia calesa forrada en terciopelo rojo, acompañado por la tímida y dulce Reina, el oscuro y enigmático Príncipe Adam, y la pequeña y solemne Princesa Ambrosía. La brisa matutina hacía ondear los estandartes y el sol se reflejaba en las espadas y en las puntas de las lanzas de los soldados que los escoltarían.
Bill y el resto de los hombres esperaban en el embarcadero. Cuando apareció la calesa adornada con cintas y banderas, los ojos de la princesa buscaron de inmediato a Bill, y sonrió al reconocerlo. Desde que había sido nombrado Erpa-ha, la princesa siempre verificaba que en todas las ocasiones públicas, su guardia y amigo personal apareciera ricamente ataviado con el atuendo de un príncipe; pero para su enfado, el pelinegro seguía optando por la sencillez, y como único detalle sobresaliente, en las muñecas lucía las anchas pulseras de plata, símbolo de comandante de los Valientes del Rey. El enorme arco hecho de madera y remaches de plata lo llevaba en la espalda y el carcaj de madera flexible, decorado con florituras de oro, cargado con docenas de flechas delgadas, cuyas puntas estaban llenas de un oscuro, viscoso y mortal veneno, estaba atado a uno de los costados de la silla del caballo, junto a la funda que contenía su enorme espada.
Esperó con paciencia, vigilando todo a su alrededor, beneficiándose de la altura que le otorgaba el estar montado sobre su adorado corcel blanco, casi tan finamente ataviado en tonos dorados y blancos como el mismo Bill.
La Familia Imperial subió al barco y asomó por los barandales blancos y delgados de la cubierta más alta, haciendo gala de elegancia entre los gritos, vítores y aplausos de la multitud enfebrecida que despedía con esperanza a su amada hija, quien partía en un largo viaje, para no volver en mucho tiempo.
Todos reían, algunos gritaban, pero nadie, absolutamente nadie, se percató de que la princesa lloraba escondida en su parasol, salvo Bill. Ansioso, el joven pelinegro desmontó y dejó a su caballo en manos de su esclavo, quien lo llevaría a las bodegas. Avanzó con paso discreto, hasta colocarse detrás y ligeramente al lado de la chiquilla; puso una mano de largos dedos rematados en uñas esmaltadas en negro sobre el frágil hombro de Ambrosía, y la princesa automáticamente se relajó.
Por la tarde, el ánimo de Bill decayó, pues fue consciente de que solo una semana lo separaba de Calabria, y se inquietaba al pensar en lo que podría pasar al llegar ahí. En su interior, sus sentimientos se encontraban y combatían ferozmente y eso le dejaba un profundo cansancio mental, aunado al desasosiego que le causaba la depresión afligida de Ambrosía.
Había dejado a la chiquilla, ahora de 16 años, dormida en el amplio y lujoso camarote asignado para ella, y se había asegurado de que un par de Valientes del Rey custodiaran sin descanso la puerta. En aquellos momentos, seguido por un par de sus esclavos, vagaba por los corredores con un objetivo: las barracas de sirvientes y esclavos en el piso más profundo del barco. El sol comenzaba a ocultarse, majestuoso por el horizonte azul de agua, y todos los trabajadores regresaban fatigados de sus faenas en el barco. Cuando Bill y su compañía llegaron al pasillo lleno de puertas, todas idénticas y todas abiertas, los recuerdos le atenazaron mordisqueándole el alma con añoranza y un poco de melancolía. Una increíble sensación de tristeza se apoderó de él al mirar a todos los trabajadores, famélicos, enjutos, de tripas consumidas y rostros demacrados. Se preguntó si así se vería él cuando había huido a toda prisa de su hogar, escondiéndose en aquellos diminutos camarotes encalados, como el puñado de esclavos que ahora ahí moraban; suspiró pesadamente y después los llamó a voces.
Cuando los esclavos se percataron de su presencia, todos salieron de sus camarotes, con las sonrisas estampadas en sus morenos rostros. Los hombres lo veneraban y daban su vida por él. Además de la amabilidad y respeto que el moreno les tenia, ver a Bill significaba regalos, comida y bebida. El joven guardaespaldas y ahora noble de Italia les sonrió en respuesta; hizo una seña amable a sus propios esclavos y entonces se comenzaron a repartir entre los trabajadores botellas de vino, pasteles de miel, dátiles confitados y trozos de chocolate suizo, además de mantas de franela nuevas, sandalias y barras de jabón perfumado de lavanda (todo un lujo en aquel entonces para los sirvientes). Aquellos regalos eran comunes desde que Bill se había convertido en guardaespaldas, y lo cubría todo de su dinero, que, después de tantos cargos y títulos de nobleza, comenzaba apilarse en cantidades impresionantes.
Pasó todo el crepúsculo con los sirvientes, comiendo, bebiendo y haciendo bromas; se retiró cuando la luna estaba en lo alto. Estaba tan agotado, que cuando llegó a su camarote, a tres puertas de distancia del de Ambrosía, se dejó caer en la cama, aun vestido, y ya estaba completamente dormido cuando sus dos esclavos de más confianza le retiraron con cuidado, con muchísimo cuidado, los pesados ropajes de terciopelo oscuro, las pulseras de plata y el ankhdel cuello.
El último día de viaje, todo el ambiente del barco estaba un poco lúgubre y decaído, apagado, y olía un poquito a polvo decadente y húmedo.
Bill estaba sentado en el gran comedor, acompañado únicamente por Gustav, mientras los sirvientes se afanaban en limpiar los restos del banquete que habían degustado. Ambos bebían vino tinto a pequeños sorbos y estaban callados, llevaban callados desde que la cena había terminado y la familia Imperial se había retirado. Bill había llevado a la Princesa a su camarote, e incluso se había tomado la libertad de despedirse de ella dejando un casto beso en su frente.
Gustav quería hablar, pero estaba sondeando al silencioso pelinegro. Bill parecía casi tan desdichado como Ambrosía.
—Hey… Bill— el aludido alzo la vista. — ¿todo bien, colega?
—Pues…— el moreno dejó escapar un prolongado suspiro — no lo sé Gus.
—Se que debe ser algo muy jodido… no sé el porqué, pero veo en ti una renuencia desesperada por regresar a tu antiguo hogar, estas incluso peor que Su Alteza Ambrosía.
Bill le lanzó una mirada cargada de suspicacia.
— ¿Cómo sabes eso?
—Pues… — el rubio parecía desconcertado — tú me lo dijiste, hace algunos meses.
Bill tuvo el atisbo de un recuerdo, de una terrible embriaguez y una resaca horripilante, y de muchas cosas que no debieron salir de su boca
—Creo… si, lo recuerdo…
—Entonces… no entiendo Bill… ¿Qué puede ser tan malo como para no querer volver?
Bill parecía bastante aturdido a causa de todas sus emociones encontradas y estuvo callado durante un buen rato.
—Yo… — comenzó — estuve un tiempo en el palacio de Calabria — confesó.
—Comprendo… ¿trabajaste ahí? — Bill negó con la cabeza — ¡Espera! ¿Entonces conoces al príncipe ese? Al futuro esposo de nuestra princesa ¿es en verdad tan, tan jodido?
Bill se volteó y clavó la mirada en la hermosa obra Nympheas, que el mismísimo Claude Monet había pintado para el Rey Magnus, un par de décadas atrás.
—No te lo imaginas.
—Yo creo que todos exageran un poco; no puede ser tan malo ese Príncipe. — pero antes de que pudiera decir otra palabra, Bill le lanzó otra de sus miradas oscuras y penetrantes.
—Mira, Gus, no podría describírtelo porque esta mas allá de las palabras, lo que él y yo vivimos fue… fue especial e irrepetible pero no te lo diré porque forma parte de un pasado que necesito olvidar; pero muy aparte de eso, el príncipe y yo no quedamos en buenos términos… él pretendía… —Bill calló por un segundo, en el que el corazón de Gus dejó de palpitar, estaba totalmente intrigado — el trató de esclavizarme ¿ya? No sé qué demonios pretendía, pero como ya lo notaste, no se lo permití y por eso me fui.
Bill no estaba preparado para la reacción de Gustav. El rubio se levantó en cuanto Bill pronunció aquellas palabras. El movimiento fue tan violento que las dos copas de vino se volcaron, derramando el elixir rojizo sobre el mantel blanco. Gustav tenia las aletas de la nariz dilatas, los dientes apretados y se había puesto rojo de puro coraje.
— ¡¡ ¿Qué pretendía qué?!! — vociferó, fuera de sí. Bill era su mejor amigo y no podía siquiera concebir el que alguien le pusiera una mano encima.
—Gus… shh —le chistó — cálmate. — pero el rubio no atendía razones.
— ¿Cómo pretendes que me calme? ¿Esclavizarte? ¡Pero si tu eres un Erpa-ha! no puede ni tocarte.
—Antes de llegar a Mónaco solo era otro plebeyo mas ¿lo olvidaste? —terció el moreno con dulzura. El que Gustav lo defendiera de manera tan vehemente le había parecido lo más cálido del mundo.
—Oh… si, en eso tienes razón — aceptó el rubio, sentándose a regañadientes. El enfado aun era latente en su rostro y palpitaba furiosamente en sus sienes. — mira Bill, no hay por qué preocuparse, ahora tu eres importante, eres un noble y nadie tiene el derecho a menospreciarte ¿comprendes? Sinceramente no sé porque no has asignado un par de Valientes del Rey para cuidar a Ambrosía en lugar de hacerlo tú mismo, eso te está impidiendo vivir tu vida. Ella se va a casar, y entonces qué ¿seguirás toda tu vida pegado a sus faldas? Una vez casada, ya no necesitara de tu protección, para eso tendrá un esposo y todo un reino a sus pies. Tú eres un príncipe ahora, tienes influencias y suficiente dinero, puedes tomar un escuadrón de Valientes del Rey, conquistar algún lugar y erigir tu propio palacio.
Gustav siguió parloteando hacia la cara sin expresión de Bill, aunque por dentro el moreno sentía cada palabra de Gustav como una ponzoñosa espina que se clavaba en lo más profundo de su alma, y no sabía cómo responder.
Al final, solo opto por responder de la manera más criptica posible, e inclinando la cabeza, le dijo:
—Sabias palabras Gustav, pero como tú me lo dijiste el mismo día que te conocí, yo a la Princesa le he ofrendado mi vida y la cuidaré todo el tiempo que me sea posible, incluso si he de cuidarla de sí misma, y por favor, ya no hablemos de Thomas ni de Calabria, mañana estaremos ahí y eso ya es suficiente — acto seguido se levantó — que pases buena noche Gus y gracias — le dio un puñetazo amistoso en el hombro y después se retiró.
Bill salió hacia el azul atardecer, en el que las pálidas estrellas que apenas se asomaban encendían fuegos de plata sobre la superficie del alborotado océano. Su alta y oscura figura se deslizaba con fluidez por los pasillos, y todos los que lo miraban hacían una profunda reverencia, pero Bill no los miraba, estaba sumido en la preocupación.
Recorrió rápidamente el barco de punta a punta hasta llegar a la proa, el mismo sitio donde hacia exactamente un año, se ponía a pensar y meditar. Nuevamente, no sabía lo que le deparaba el destino, no sabía cómo iba a reaccionar al ver nuevamente a Tom, ni si iba a sentir celos de su preciosa princesa (aunque lo dudaba), y lo que más le preocupaba es pensar en cómo Tom iba a reaccionar al verlo, y al verlo con su futura esposa además. Algo muy profundo en él, cantaba y presentía malos tiempos, pero decidió, de momento hacer oídos sordos. También estaba emocionado, vería a Georg, su gran amigo y a sus padres, que habían sido tan buenos con él, y a todos los habitantes del pueblo, su familia, quienes siempre lo había aceptado y estimado, casi todos. Pero sobre todo, ardía en deseos de ir a visitar a su madre, de ir a mostrarle que ella tenía razón al decir que él había nacido para sobresalir y supo que ella se sentiría muy orgullosa al verlo.
Tan ensimismado estaba en sus pensamientos, que no sintió la presencia que se le unió, hasta que una pequeña mano se poso en su hombro, obligándole a voltearse de inmediato; estaba tan sorprendido que ya había desenvainado la espada, lista para clavársela a quien quiera que se atreviese a atacarlo; pero entonces recordó en donde estaba.
—Cristo… Cristo Bendito…
La princesa Ambrosía levantó lacónicamente una ceja dorada.
—Saludos Bill, sabía que te encontraría aquí— su voz era queda y átona, como siempre y miró con asombro y algo de espanto la postura amenazadora de Bill — ¿me vas a atizar?
—No, claro que no — dijo, guardando la espada nuevamente en un solo movimiento. Tiró de la chiquilla hasta encararse con ella y la abrazó con todas sus fuerzas — Lo siento, lo siento muchísimo. No puedes imaginar cuanto lo siento. No me odies.
La princesa no dijo nada, pero sus manos encontraron el rostro de Bill, acariciaron sus sienes doloridas y se movieron lentamente, echando hacia atrás su sedosa cabellera negra. Permanecieron inmóviles uno enfrente del otro durante bastante tiempo, sumidos en un silencio de amistad y comprensión que no necesitaba ser roto.
Bill soltó con cuidado a la princesa en cuanto sintió los fuertes y rápidos golpeteos de su corazón rebotando contra la blandura del pecho femenino, e hizo una inclinación de cabeza.
— ¿Recuerdas que aquí nos conocimos, Bill?
—Lo recuerdo perfectamente, Alteza.
—Y aquí estamos, juntos aun, un año después. — la princesa suspiró y miró hacia las profundidades azules del océano.
—Lo que más recuerdo, es esto, el mar, y un intenso frio.
—Pero hacía calor Bill.
—Yo tenía frio, y más cuando me di cuenta de quien eras tú, pensé que me mandarías matar.
La chiquilla hizo un puchero ofendido y frunció el ceño.
— ¿Por qué habría hecho eso? Tú me salvaste, si no hubieses estado aquí, yo habría caído por la borda— la princesa afianzó ambas manos al delgado barandal, encaramó los pies y se columpió hacia adelante, con algo de esfuerzo por lo largo de su vestido, provocándole a su guardia un ataque de pánico.
— ¡Por Cristo! ¿¡Que haces!? — vociferó Bill; la sujetó por la cintura y tiró hacia atrás, sin hacer apenas el mínimo esfuerzo. Ambrosía reía, su risa volvía a ser chispeante, alegre y musical; agitó los pies, que le colgaban a más de veinte centímetros del suelo y puso sus manos sobre el antebrazo que le rodeaba la cintura.
— ¿Lo ves? Siempre estás aquí Bill— le dijo, descansando la nuca sobre el hombro de su guardia.
—Oye señorita —la regañó él, utilizando un tono que pretendía ser severo, pero que se resquebrajó de inmediato al ver el brillo intensamente juguetón de los ojos azules de la princesa— avísame al menos cuando vayas a hacer alguna otra barbaridad así, no me tomes desprevenido — la puso en el suelo e hizo que se volviera por completo hacia el — ¿Sabes lo cerca que estuve de sufrir un infarto? ¡Casi se me sale el corazón!— pero ella no dejaba de sonreír y lo volvió a abrazar, rodeando el fuerte torso de su guardia con sus delgados brazos, clavó su afilado rostro en las profundidades del firme pecho de Bill y aspiró su fresco aroma. Eso la tranquilizaba, aunque jamás se había mostrado tan efusiva.
Bill estaba algo descolocado pero no la rechazó. Le gustaba lo que sentía y rodeó el cuerpo de la chiquilla con un brazo mientras peinaba su largo cabello con la mano que tenia libre.
—No sé qué haría sin ti Bill — el murmullo le llegó a Bill algo apagado porque la princesa habló con la cara apretujada contra sus ropajes. El moreno no sabía que responder a eso y solo continuó acariciándole el cabello — ojala nunca tuvieras que irte de mi lado.
Bill frunció el ceño, extrañado ante esa afirmación.
— ¿Por qué habría de irme? Ya no sabes lo que dices ¿acaso tienes sueño?
—No, no tengo sueño — ella rió, con tristeza y un poquito de sarcasmo; sus brazos se apretaron más en torno a Bill quien empezaba a ponerse ansioso. — No soy tonta, quizá muy joven, pero no tonta y he visto el modo en el que te tensas cuando se menciona Calabria. No sé porque, pero tengo el presentimiento de que en poco tiempo te voy a perder… y no quiero que eso pase porque… — pero las palabras que con tanto anhelo quería decir, se le quedaron amarradas en la garganta ¿Cómo iba a confesarle a su guardaespaldas, que le profesaba un amor tan profundo como el océano que los rodeaba? Que él era el hombre que ella deseaba tener, con quien deseaba vivir hasta morir, a quien deseaba darle hijos… aquel con el que quería compartir su lecho, su vida, e incluso su muerte. No podía, no podía hacerlo, porque por muy Erpa-ha que fuese Bill, jamás sería considerado digno de ella. Y además ya estaba comprometida, y dentro de unos cuantos días, le pertenecería a otro hombre, un hombre al que odiaba y despreciaba, y entonces Bill se iría a buscar su destino y…
— ¿Por qué dices eso? — el pelinegro la distrajo al separarla con ternura de su cuerpo para mirarla a los ojos. Pero Ambrosía no quería verlo. Sus ojos estaban anegados, ocultos tras una espesa cortina de lágrimas de dolor, de frustración, de decepción; se sentía avergonzada por sus pensamientos y no quería que Bill lo viera, sería como dejar su alma al desnudo — si esto te tranquiliza, entonces te repito que me quedaré contigo hasta que tú quieras.
Con firme delicadeza, él le obligó a volver el rostro, y sacando su propio pañuelo de seda, limpió las lágrimas de Ambrosía con toques ligeros como el roce de una pluma.
Ella no respondió y Bill sintió como ella le rodeaba nuevamente el cuello con los brazos, necesitaba mucho consuelo y el pelinegro se lo ofreció, estrechándola fuertemente, mientras los últimos rayos de sol se deslizaban por las torres y pilares que sostenían las cubiertas, arrastrándose entre el casco del imponente barco, para desaparecer al fin bajo el oscuro poder de la noche.
& Mientras tanto, en Calabria &
El hermoso e imponente castillo de acabados góticos de Calabria, una verdadera joya arquitectónica, con sus torres terminadas en punta, sus arcos ojivales y techos abovedados, estaba sumido en un estado de incesante actividad. El reino entero festejaba las próximas nupcias reales y la inminente coronación de un nuevo soberano, aunque en los oscuros y húmedos rincones de las tabernas del pueblo, se temía y se sospechaba que la situación no mejoraría, pues todos sabían sobre el carácter arrogante y frio del príncipe Thomas y se preguntaban que les depararía cuando el joven fuese coronado Rey.
Los sirvientes del palacio trabajaban sin parar. Se habían re-decorado todos los aposentos reales y las nuevas y opulentas habitaciones reales para los recién casados estaban terminadas. Los arquitectos, artistas, canteros e ingenieros no tenían un minuto de descanso. Se trazó la larga y amplia avenida que el Rey planeara, desde las puertas de los nuevos aposentos hasta el lago, con la orden de que estuviera flanqueada por esfinges de ángeles tallados en marfil. Los pintores trabajaban de día y de noche en los vastos y soleados muros de la nueva avenida, a fin de dejar testimonio de la milagrosa concepción del príncipe Thomas, de su real nacimiento, de su coronación como heredero, y se dejaba un extenso espacio para plasmar en la historia de su vida, su próxima boda y el nacimiento de sus propios herederos. Se construyeron además estanques y jardines alrededor del palacio, que pronto estuvieron poblados de pájaros, en tanto las mariposas, polillas y abejas se deleitaban con las flores.
La actividad era incesante. La capilla del palacio había sido modificada también y en las cocinas se preparaba todo para el gran banquete. En el salón principal, la montaña de regalos envueltos en metálicos colores crecía a pasos agigantados. Nuevas calesas reales se habían fabricado, exagerando el uso de terciopelo carmesí y adornos en oro y platino.
El príncipe Tom contemplaba toda aquella actividad con desesperante apatía, rodeado de su altanero séquito de escribas y guardias. El príncipe Andreas se había convertido en un morador más o menos permanente del palacio de Calabria y a menudo le hacía compañía al voluble príncipe Tom cuando éste se encontraba de ánimo.
Los Reyes observaban con poca preocupación la actitud del príncipe, confiados en que, estando una vez casado, sus nuevas obligaciones matrimoniales le harían cambiar de parecer… pero nadie sospechaba lo que estaba a punto de suceder…
& Continuará &