
Capítulo 20: Nuevo
El primer verano de Bill en Mónaco había llegado. Nueve meses habían transcurrido desde su atropellada huida de Calabria, y su vida había dado un completo y nuevo giro.
Si su madre lo viera en aquellos momentos, apenas lo reconocería: el joven pelinegro se había metamorfoseado, para renacer de entre las sombras de su oscuro pasado.
Se había convertido en un joven callado y digno, que poco se dejaba llevar por la emoción. Además de desempeñarse como el guardia personal de la princesa Ambrosía, había resultado ser un excelente estratega y un gran luchador. Nadie superaba su destreza con el arco, la espada, el hacha y la lanza. Dominó sin problema alguna la geometría, los instrumentos de medición, ataque y caza y la pluma de dibujo. Su ojo penetrante y su don natural le permitían detectar a simple vista a algún enemigo y a desplegar cualquier división de ataque o defensa por mas difícil que fuera. Había sido ascendido a comandante de las tropas de choque y entrenaba personalmente a los aurigas y a los Valientes del Rey; la élite del ejército italiano.
En apariencia también se había transformado. Su cuerpo ya no era huesudo, famélico y pálido; sus costillas, que alguna vez fueron pateadas hasta fisurarse, ahora se encontraban envueltas, sujetas y firmes detrás de una dura porción de músculo. Su cabello azabache brillaba como terciopelo negro mojado, pero ya no lo llevaba alborotado como la melena de un león, ahora, nueve meses después, le caía en delicadas cortinas negras a los lados del rostro y por debajo de los hombros; mostrando apenas unas cuantas rastas blancas que asomaban de entre los sedosos mechones negros. Su mirada de avellana se había profundizado; los rasgos se habían acentuado, y su expresión era solemne, con un leve matiz de alegría. Se delineaba los ojos con autentico kohl egipcio, sus labios resplandecían y hacía dos meses, había decidido ponerse un arillo de metal en la ceja derecha, lo que le confería un aspecto enigmático y un poquito salvaje.
Iba ataviado siempre en colores negros, con telas finas, entre las que destacaban el algodón, el terciopelo, el lino y el cuero, lleno de remaches y fundas en donde guardaba su cuchillo, su espada y numerosas navajas para arrojar.
La Familia Imperial estaba completamente satisfecha con él y la princesa Ambrosía lo adoraba.
Comenzaba el mes de Junio y en Mónaco, eran tiempos de celebrar. Festejaban el Jubileo del Rey y el palacio se hallaba día y noche sumido en un estado de febril embriaguez.
Era hora de cenar. Bill esperó pacientemente mientras el heraldo mayor anunciaba solemnemente su llegada. Los concurrentes guardaron silencio, hicieron una breve inclinación de cabeza y después prosiguieron con sus conversaciones.
Bill buscó ansiosamente a la princesa con la mirada y la encontró sentada al lado de sus padres, así que, relajado, fue a situarse, como siempre, en la mesa que estaba justo detrás, donde Gustav y los demás guardias comían y bebían alegremente.
Se dejó caer en la silla al lado de su rubio amigo y sonrió.
—Saludos.
Gustav le hizo un guiño a otro guardia. A todos les gustaba Bill y lo trataban como a su igual.
— ¿En dónde te habías metido? La cena ha comenzado hace mucho.
—Fui a dejarle órdenes al capataz de los aurigas, hay un par de soldados que están algo revoltosos y necesitan ser controlados. — respondió el pelinegro, frotándose delicadamente la frente con la punta de sus dedos.
—Eres demasiado eficiente ¿lo sabías? No sé de donde sacas tanta energía ¿Cuál es el truco? Confiesa— le acusó, apuntándole directo a la cara con una pata asada de ganso.
Bill se rió quedamente, mostrando su blanca dentadura.
—No tengo ningún secreto Gustav, mejor guarda tu arma antes de que te la arrebate de un mordisco — volvió a reír cuando Gustav le propino una buena dentellada a la carne humeante.
Bill tomó un poco de ganso asado, carne de lubina deshebrada y pepinos rellenos. Había pasado tanta hambre durante toda su vida, que para él, la hora de la comida era algo sagrado y jamás desperdiciaba nada. Comió con la mirada clavada en el lustroso cabello dorado de la princesa y la mente revuelta. Su tiempo comenzaba a terminarse y eso turbaba al joven. Quedaban escasos dos meses para la Gran Boda Real y aun se resistía a regresar a Calabria; pero otra parte de él quería hacerlo por tres razones. Le atemorizaba dejar sola a su joven protegida en manos de Tom, quería visitar la tumba de su madre y a Georg… y también quería volver a ver al príncipe Tom, aunque no sabía muy bien para qué. La indecisión le ponía los nervios de punta y lo desconcentraba.
Cuando empezó la música, Bill apartó su plato vacío, se retrepó en su asiento y observó todo con una discreta sonrisa.
Las horas pasaron y la gente no dejó de comer, beber y reír. Bill estaba sentado, pensativo, con la barbilla apoyada en las manos. Por fin después de horas, el Rey empujó la mesa y se puso de pie. Todos los que aun eran capaces de hacerlo también se levantaron e hicieron una profunda reverencia.
Gustav y Bill también se pusieron de pie, y en la entrada del salón se separaron. Bill caminó en silencio detrás de la princesa Ambrosía, quien iba platicando afablemente con su escriba.
Al llegar a los aposentos de la princesa, ésta lo invito a pasar, como casi todas las noches. A veces, el pelinegro le contaba historias o le leía, y otras veces la princesa le confiaba sus secretos e inquietudes. A él no le molestaba. Sabía que su presencia la reconfortaba.
—Adelante, Bill — invitó cordial, como siempre; después se volvió a su esclava — trae vino tibio con especias y algunos pasteles de miel — ordenó, mientras se sentaba sobre los almohadones de colores en su salita de recepción, esperando que Bill hiciera lo mismo.
La esclava llenó dos pequeñas copas de oro con el rojizo vino y puso un enorme platón lleno de pastelillos y dátiles confitados delante de ellos; acto seguido se retiró.
—No te vi temprano durante la cena… ¿Dónde habías estado?
—En el galerón de los aurigas Alteza… —respondió el pelinegro, cálido. La princesa suspiró.
—Bill, ya le comenté a mi padre que te ha dejado demasiadas responsabilidades, hay días en los que apenas puedo verte.
—Está bien, me gusta lo que hago, pero trataré de venir más seguido a protegerte así sea únicamente del viento — respondió, tomando un sorbo del suave vino, paladeando el picante sabor del clavo en su garganta, el cual se acentuó al ver el tímido rubor que se comenzaba a extender en las mejillas de la princesa.
—Bill… — la princesa estaba nerviosa; se retorcía los dedos y hacia pucheros de vergüenza — ¿irías… vendrás conmigo…ya sabes… a Calabria? — Bill la miró de hito en hito, sin saber que responder — no podría hacer lo que tengo que hacer si no te tengo conmigo.
En realidad, Bill ya se había decantado por no ir a Calabria por la seguridad de todos, pero no podía negarse a la petición de Ambrosía. La princesita lucia terriblemente desdichada, pues se había resignado al compromiso aunque eso decayera en su ánimo siempre alegre y relajado.
Bill se sentía atrapado entre la espada y la pared. No quería dejar sola a Ambrosía, y menos cuando ella se lo pedía, pero también sabía que, al regresar a Calabria y toparse de frente con Tom, se agitarían en el los recuerdos y los sentimientos que tanto trabajo le había costado enterrar en lo más profundo de su alma y no sabía con seguridad que es lo que podría pasar, porque de enfrentarse a Tom, lo haría de frente, sin titubear, aceptando lo que viniera.
—Por favor… — su tono se había vuelto de suplica, al ver la vacilación en los ojos de Bill.
El pelinegro estaba terriblemente indeciso; miró detenidamente a la princesa, quien había bajado la mirada y cruzado los brazos delgados y cubiertos por una fina pelusilla rubia. No sabía hasta qué punto la chiquilla tenía dominio sobre él, pero no quería defraudarla, se lo debía. Ella siempre se comportaba con mucha educación y tenía una sonrisa dulce y tímida, y para él, era una chispita de luz que brillaba en la negrura cenicienta de cada noche vacía.
—De acuerdo, iré — aceptó, tomándole la mano — no te preocupes.
El rostro de la princesa se iluminó al escuchar aquello y sonrió, haciendo sentir a Bill, no mejor, pero al menos, no tan mal.
—Muchas gracias Bill— dijo ella, bostezando. El pelinegro se puso de pie.
—No hay nada que agradecer, descansa ahora — se despidió, dejando un tenue beso en el dorso de su mano; acto seguido hizo una reverencia y se retiró.
Iba tan distraído y ensimismado en sus pensamientos, que al salir de los aposentos de la princesa, estuvo a punto de darse de frente con la esbelta y oscura figura del príncipe Adam, el hermano de Ambrosía.
—Alteza, lo siento, no lo vi— dijo, inclinando respetuosamente la cabeza.
—Bill— saludó el príncipe, serio. Se quedaron mirando por unos segundos. Adam y Bill habían tenido muy pocos encuentros, donde únicamente se saludaban con respeto; pero para el príncipe, el guardia de su hermana era todo un misterio. Si bien, todos en el palacio Grimaldi consideraban a Bill una pieza única en cuanto a destreza y belleza, ya todos estaban acostumbrados. Pero tenerlo de frente en una noche oscura, con la tenue luz anaranjada de las antorchas chisporroteando en el brillo oscuro de sus ojos y perfilando los ángulos afilados de su rostro y la curva de sus labios, era una tentación grande, que hasta al príncipe Adam le suponía esfuerzo resistir.
Después de un minuto, Bill rompió el contacto con los ojos azules de Adam, excusándose y retirándose apresurado después. El príncipe siempre lo ponía nervioso, sobre todo cuando lo examinaba con aquellos iris suyos, tan azules como Bill no había visto otros.
Bill guió sus pies fuera de los aposentos reales y hacia la oscuridad. Iba directo a sus aposentos, sintiéndose cansado y agobiado. Al llegar a la pequeña glorieta que separaba las habitaciones de Ambrosía de las suyas, apareció Gustav, sonriendo.
—Eh Bill, te estaba buscando chaval.
Bill sonrió levemente, agradecido de que su rubio amigo empujara con su sonrisa fuera de su mente aquellos oscuros pensamientos.
—Aquí me tienes— le dijo tenuemente, cruzándose de brazos.
—Vamos, nos esperan en la cervecería, es noche de guardias— el rubio hacía referencia a la noche semanal en la que todos los guardias del palacio tenían asignada para salir a despejarse y celebrar un poco en la intimidad de la servidumbre. Bill asintió y emprendió la marcha al lado de Gustav, quien no dejaba de parlotear, alegre. El sonido de sus botas creaba ecos que rebotaban a lo largo de los pasillos repletos de columnas, que subían hasta las vigas de los altos techos bien construidos del palacio, y únicamente combinaban con el sonido como de campanas que producían sus armas al bambolearse con su caminar.
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—Mira, Bill — dijo Gustav, levemente mareado, poniendo su tarro de cerveza con estrépito sobre la mesa de madera — eres totalmente críptico, yo ya te he relatado toda mi vida. Hasta te conté cuando le prendí fuego al granero de mi abuelo y tú… nada. No es justo, no es justo.
—Bueno…—Bill estaba alegre y achispado, producto de la gran cantidad de alcohol que saturaba sus venas, desde la cena, la reunión con la princesa y los cinco tarros de cerveza que ya llevaba encima — soy huérfano — comentó, abriéndose finalmente a Gustav — mi madre no tiene ni un año que murió y…— hipó — no conozco ni quiero conocer a mi padre, debe ser…, huh… todo un bastado…
—Qué pena… que tristeza — dijo Gustav, balbuceando, con un ojo ya más cerrado que otro y los espejuelos totalmente chuecos— pero confiesa ya, donde aprendiste a pelear…
—Aprendí con el general Takeshi… —otro hipido— el primer año creí que me mataría a palos, pero el segundo y sobre todo el tercero pude derribarle de dos golpes… y el era de la élite del ejército japonés…ya sabes tío, así de grande— abrió sus brazos en todo lo amplio que daban, exagerando; un chorro de cerveza ambarina se derramó del tarro y fue a aterrizar en el suelo de madera lleno de manchas marrones— me hacia recorrer todo Calabria, de punta a punta, joder y a pie y…
— ¿Vienes de Calabria? — preguntó Gustav, repentinamente lucido.
—Sí, ahí naci— afirmó Bill, bizqueando.
—Va-ya —dijo Gustav, remarcando cada silaba — ¿Quién lo diría?… ¡espera! —Gritó, haciendo que Bill saltara sobre su banco — ¿entonces conoces al príncipe Thomas, el prometido de nuestra princesa?
—Así es y no sé cómo se les pudo ocurrir casarla con él — bisbiseó, arrepintiéndose un poco de sus pensamientos hacia Tom, pues en las largas horas de agradable soledad que había disfrutado en Mónaco, Bill se dio cuenta de que Tom no era déspota, orgulloso y egoísta porque quisiera serlo, sino porque así había sido educado.
—¿En serio es tan desagradable… es?
—Ni te lo imaginas… pero en el fondo es… lindo…— entrecerró los vidriosos ojos con ensoñación y sonrió hacia la nada, como un idiota. Gustav le propinó un pisotón para traerlo de vuelta al presente.
—Lo dudo eh… yo también naci ahí — Bill arqueó delicadamente las cejas, sorprendido, pero hizo más que arquear las cejas, un bizco muy gracioso que hizo carcajear a Gustav — si Bill no hagas esa cara, mi padre era el consejero del… Rey —Gustav dejó escapar un sonoro eructo, arrancándole a Bill otra carcajada — lo siento, mis disculpas… como te decía, mi padre era el consejero pero surgieron… problemas cuando yo era niño entre… el príncipe y yo y pues bueno… llegamos aquí y aquí nos hemos quedado… y para serte totalmente sincero, no recuerdo ni siquiera su cara, menos su caracter…
Gustav y Bill continuaron hablando de Tom, de Calabria, del océano tan azul que se perdía con el horizonte…de Constanza, de Ambrosía, y afortunadamente para ambos, ninguno recordaría mucho aquella conversación.
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Bill sentía que alguien construía un ala nueva del castillo, pero dentro de su cabeza. Él joven pelinegro tenia resaca, y era una resaca horripilante, un autentico monstruo tenaz e imposible de ahuyentar, que concentraba kilos de presión en sus mandíbulas babeantes. Tres golpes retumbaron en las puertas de su habitación, creando ecos en los techos abovedados, que resonaron con fuerza en su cerebelo. Un esclavo entró y, luego de hacer una reverencia, dijo respetuosamente:
—Le ruego que me acompañe, noble Bill.
Éste lo siguió, luego de vestirse a toda prisa. El esclavo lo llevó hasta la sala real de audiencias e hizo una inclinación para indicarle que pasara. Dentro del gran salón estaban reunidos prácticamente todos los guardias y escribas, incluyendo a Gustav, y, al centro del lugar, sobre el trono, estaba El Rey, tamborileando impacientemente con sus dedos cortos y regordetes. Bill palideció y se postró; pensó que algo muy malo había ocurrido y que él era el culpable.
—Gustav— bufó el Rey — ve y ponte ahí, al lado de William.
El joven rubio, tan pálido como el pelinegro se situó frente al rey, temeroso.
—Tengo entendido— comenzó el soberano —que ustedes dos, irán con mi hija al reino de Calabria, dentro de dos meses…— comentó, pensativo — pónganse de pie.
Ambos jóvenes se levantaron, dignos e impasibles, después de asentir.
—Bueno… eso cambia las cosas, puesto que aun no estaba decidido quien se quedaría con ella y, me agrada que sean ustedes dos. Por lo tanto William, te nombro Erpa-ha.
Todos los presentes se quedaron boquiabiertos. Bill escuchó aquellas palabras en silencio, como si le llegaran desde muy lejos, y su mente se embotó.
—Pensaba hacerlo dentro de poco tiempo— continuó el Rey, impasible —dado que te has destacado como mi servidor. Pero debe ser ahora, porque no puedo permitir que un plebeyo cuide de mi tesoro más preciado ahora que se va lejos. Te nombro a ti, y a tus hijos, Erpa-ha, Príncipe Heredero de Mónaco y de toda Italia, por siempre. Yo, Magnus, Rey de Mónaco, dispongo que así sea.
Bill hizo una profunda reverencia en señal de respeto y agradecimiento. Estaba tan sorprendido que no pudo decir palabra y el Rey lo entendió.
—En cuanto a ti— se volvió hacia Gustav— te concedo el puesto de Jefe de Los Profetas del Sur y del Norte.
Eso convertía al fiel Gustav en el máximo dignatario político, después del Rey. Gustav hizo una reverencia, emocionado.
—Gran poder dejas en mis manos, poderoso toro. No haré mal uso de él.
—Que así sea entonces. Ahora todos a trabajar. Bill, Gustav, vayan a ocuparse de lo suyo. —Se volvió al resto de los hombres — pasaremos el resto del día en conferencia ¡vamos! — urgió; y ambos guardias salieron en completo silencio.
Una vez afuera se dieron un caluroso abrazo de felicitación y cada uno partió a cumplir sus diferentes responsabilidades.
Al caer la tarde, Bill deambulaba tranquilo y sereno, al lado de la princesa Ambrosía, quien estaba verdaderamente feliz por su nuevo título de nobleza.
Rodearon el estanque lleno de peces dorados, juncos y nenúfares; la princesa admiraba las flores, los pequeños pececillos y lo cristalino del agua mientras que el pelinegro la observaba con una discreta sonrisa. De repente, ella señalaba algún pez en especial, o una flor demasiado grande y Bill sonreía, dándole la razón. En realidad no sabía de dónde nacía tanta paciencia para con la chiquilla, pero podría estar toda la tarde viéndola señalar cosas sinsentido, o consolándola porque había visto un pájaro morir. Supuso que habría sido, después de todo, un buen hermano, de haber tenido alguno.
—Dime Bill— murmuró con la cabeza inclinada — ahora que eres noble de alto rango y príncipe del Reino, ¿no piensas tener hijos para que hereden tu titulo?
Bill sonrió al ver la dorada cabeza inclinada de Ambrosía, esquivando su mirada, y respondió con seriedad:
—Para tener hijos, Alteza, primero debo tener una esposa.
—Bueno, hay decenas de doncellas nobles, dignas de ti, eres un príncipe ahora.
—Con todo respeto, Majestad, pero no creo que vaya a casarme nunca.
—Pero… todos los hombres buscan eso… ¿acaso no deseas un hogar lleno de hijos? ¿Es porque te hemos cargado con demasiadas responsabilidades?
—Tal vez sea eso— respondió el pelinegro incómodo. Jamás iba a confesarle que estaba a punto de casarse con la única persona que el amaba, y que iba a amar, probablemente, durante toda su vida. Y también estaba todo el asunto de amar a un hombre, si se enteraran, lo condenarían y torturarían por sodomita y moriría en medio del más terrible de los sufrimientos. Ella se percató del abanico de emociones reflejadas en los claros ojos del nuevo príncipe, y suspiró.
—No te preocupes, no volveré a preguntar — él la tomó de la mano y continuaron caminando sin prisa ni rumbo, hasta perderse entre los fragantes jardines imperiales.
& Continuará &
Q emoción 🙈🙈🙈