Capítulo 17: Sorpresas

Bill había vivido días atormentados y noches sin reposo. En su mente la única imagen que veía era la de la Princesa, en elmomento en que los sirvientes de Su Majestad, el Rey, llegaban para arrestarlo.

Después de una larga semana, el barco por fin atracó en el puerto de Larvotto, Mónaco y era hora de desembarcar. Junto con sus compañeros, Bill presenció en absoluto silencio cuando la familia real (Los Reyes, rubios y solemnes, un joven príncipe de negros cabellos y mirada cargada de oscuridad y la pequeña princesita) se reunía en la cubierta más alta para desembarcar, rodeados de un gigantesco enjambre de guardias.

Bill esperó pacientemente hasta que habían desaparecido con paso lento por la amplia calzada que se apreciaba desde el barco, para bajar a buscar a su caballo a las bodegas.

Al llegar al sótano de navío, y tras una espera de menos de cinco minutos, un barbudo y mal encarado caballerango apareció, jaloneando y tironeando al blanco corcel por la crin y la cabezada burdamente improvisada con cuerdas. El animal se resistía y lanzaba una coz (1) tras otra, intentando patear a su agresor.

Al verlo, Bill montó en cólera. Atravesó de un salto la pequeña mesa llena de papeles y unas cuantas hebras de paja y apartó al hombre con un brusco empujón y como por arte de magia el indomable animal se quedó quieto y sumiso en cuanto Bill sustituyó al caballerango para acariciarle la enorme frente con delicadeza.

¿Cómo te atreves, plebeyo? — gruñó el hombre, molesto, al momento que trataba de ponerse en pie.

¿Pensabas que iba a quedarme ahí de pie viendo como maltratas a mi caballo? —el pelinegro bufaba de rabia, y pasaba sus largos dedos por entre los blancos cabellos de la crin del animal, desenredando los nudos que se le habían formado.

No me jodas enclenque, que estoy seguro que no es tuyo, es demasiado fino como para que lo tenga alguien como tú ¿a quién se lo robaste?

No se lo robé a nadie y además no es asunto tuyo, gordo— respondió Bill, alzándose en sus casi dos metros de estatura, muy por encima de la cabeza del caballerango, quien, con una mueca de desprecio, reculó, acojonado y lo dejó marchar.

Estúpido— resopló al salir. Seguía molesto, pero al menos ya había bajado del condenado barco, y se dedicaba a calmar al corcel y revisarlo por cualquier golpe o herida que le hubiesen podido hacer. El animal estaba intacto.

Bueno Capri… esto…— susurró y miró hacia todos lados. Mónaco no era pequeño como Calabria. Era una ciudad en toda regla. Limpia, con hermosas decoraciones barrocas, talladas en cantera rosada y parches aquí y allá de verdes jardines poblados de árboles, arbustos y macizos de flores de colores. Los monumentos, glorietas, edificios, fuentes y callejuelas eran del mismo tono rosáceo. Decenas de carruajes jalados por caballos iban y venían, atestando la avenida principal, adornada con simpáticos farolillos de hierro y cristal, de por si llena de jinetes y personas a pie, donde, clavado hasta el fondo, entre las colinas, se alzaba un enorme palacio señorial, con amplios torreones iluminados, y largos y delgados obeliscos que se erguían dignos hacia el cielo. Su tamaño era imponente, pero la arquitectura se apreciaba más modesta que el pomposo castillo gótico y elegante de Tom en Calabria — ¿Y ahora qué?

Estaba a punto de emprender por la calzada, para buscar algún lugar donde hospedarse que no fuera muy costoso, cuando observó, tieso de terror, como se aproximaban a él un par de guardias de Su Majestad, acompañados por un heraldo.

¿Eres William, sirviente recién llegado en el barco imperial ésta misma mañana? — preguntó el heraldo con gentileza, al observar la palidez del muchacho.

Bill apenas asintió.

Te traigo un llamado de la princesa heredera Ambrosía de Grimaldi. Te ordena que te presentes ante ella, ahora mismo, en el jardín norte del palacio. ¡Vamos!

El heraldo se dio la vuelta y esperó a que el aturdido joven comenzara a caminar, y entonces, emprendieron el viaje, seguidos por los soldados.

Exactamente quince minutos después, se hallaba de pie en la orilla del jardín, esperando, tenso. Tenía la mano bien sujeta a la cabezada de su caballo para sentirse más seguro.

Delante de él, a unos cuantos metros, sobre unos almohadones de alegres colores, tendidos encima de una estera hecha de juncos, esperaban dos mujeres y una chiquilla.

Si, es ella”,se dijo, experimentando una extraña oleada de placer.

Algunos metros más allá, pudo vislumbrar a un par de guardias y otro joven, seguramente algún noble, (por el atuendo que vestía), que no despegaba los ojos de la pequeña figura de la princesa.

Adelante, ella te espera— le dijo el heraldo, amablemente.

Bill tragó saliva, se soltó de su caballo y se aproximó.

La princesa estaba de rodillas sobre el suelo, y hablaba con sus dos hayas reales. Cuando se dio cuenta de que él se aproximaba, hizo una seña a las mujeres y éstas se retiraron. Ambrosía se puso de pie y esperó.

A Bill le pareció que tenía que caminar una eternidad, pero un momento después ya estaba de rodillas ante ella, con el rostro contra la hierba tibia y dulce.

La princesa hundió suavemente su mano en la melena oscura del muchacho.

Así que viniste, Bill — saludó alegremente —ahora ponte de pie y mírame.

Cuando Bill se incorporó, sus ojos se encontraron durante unos segundos, reconociéndose. La princesa asintió y señaló hacia los almohadones.

Siéntate aquí, a mi lado —invitó —Creo que no tengo una agradable manta vieja y sucia, pero espero que sea suficiente con mi agradable estera de juncos, vieja y sucia. Dime, Bill, ¿Qué has hecho desde que nos vimos la última vez, hace cuatro días?

He cumplido mis deberes en el barco, princesa.

¿Fregar las cubiertas y hacer encargos?

Sí, eso mismo.

¿Y no planeas hacer otra cosa hasta el día en que te mueras?

Tengo sueños, Alteza, pero todos los hombres los tienen. Pienso buscar algún sitio donde pueda alojarme, y donde acepten a mi amigo —señaló hacia su caballo, que mordisqueaba alegremente un fresco macizo de peonias blancas.

¿Ese es tu caballo? Es bellísimo—alabó la princesita, con ojos brillantes. Bill asintió. —Le gustan las peonias de mi madre.

Lo siento — se disculpó— ahora lo quito.

Déjalo — La princesa puso una mano sobre el brazo desnudo del pelinegro, y él se estremeció.

Ya sabes que ahora soy la princesa heredera no de uno, si no de dos reinos— comentó suavemente.

Lo sé, Alteza.

Te debo un favor, Bill, y quiero concederte algo.

Alteza, usted no tiene ninguna deuda conmigo, solo hice lo que consideré que era mi deber. Nada más.

Oh, tonterías. Piensa ¿Qué deseas?

Sé lo que deseo”se dijo él, sin asomo de duda.

Alteza, lo que más deseo es un trabajo que mantenga mi mente ocupada y me impida pensar y recordar mi pasado.

Ella frunció los labios, incrédula.

¿No quieres una buena casa? ¿Algunas tierras? ¿Un par de esposas?

No, no y no. Solo quiero vivir una vida buena, honorable y productiva.

Ambrosía se puso de pie y palmeó para llamar a sus sirvientes.

¿Estás seguro? — insistió.

Totalmente.

Entonces veré que puedo hacer.

&

Mientras tanto, en Calabria, el príncipe Tom se había atrincherado en sus aposentos. Apenas se le veía durante el día. Solo toleraba la presencia de sus escribas, y a veces, del príncipe Andreas.

Despertaba muy temprano cada mañana, se aseaba el mismo como siempre, apenas tomaba un bocadillo como desayuno y partía en su caballo directo hacia el cementerio, donde siempre, sin falta, cada mañana, con lluvia, ventisca o sol, dejaba una corona de rosas blancas colgando a un lado de la impecable lapida blanca de su antigua haya, platicaba un poco con ella y sin falta, antes de marcharse, repasaba con los dedos el nombre de Bill tallado en la piedra.

En tres ocasiones se había topado con Georg y el aire se cargaba de tensión. Pero ninguno hizo el intento nunca de hablarse. Las tres ocasiones, se habían ignorado como si no estuviesen y ni siquiera habían cruzado la mirada.

Después, pasaba el día cabalgando, tan lejos como podía llegar con su caballo. A veces dejaba que Andreas lo acompañara, pero con la condición de que mantuviera la boca cerrada en todo lo referente a Bill.

Cuando llegaba al palacio, pasada la hora del crepúsculo, no hablaba con nadie. Dejaba a su caballo en los establos y se dirigía a sus habitaciones, donde se encerraba hasta el día siguiente.

Durante toda su vida había sido digno y callado, pero ahora, lo era diez veces más. Su expresión se había ido tornando melancólica con el paso de los días. Sus ojos apenas brillaban. Gritaba a todos por la más mínima cosa y se había vuelto susceptible hasta extremos insospechados.

No soportaba a sus padres, ni de cerca. No podían mencionar una palabra de su próxima boda sin que el príncipe montara en cólera y prácticamente los echara de sus aposentos.

Pasaba el tiempo en soledad, pensando intensamente en Bill, apesadumbrado. Soñaba con él. Le parecía escuchar su voz en el ulular del viento y su risa en la cascada de agua dulce que chapoteaba y salpicaba alegremente en el lago, y, a veces, hasta creía verlo sonriéndole con su natural indolencia y bondad, al pie de la terraza, o en el umbral de las enormes puertas ornamentadas de sus habitaciones, con su melena larga y alborotada y su cuerpo delgado pero fuerte, temblando en la oscuridad. Pero sabía que aquello era imposible y pensó seriamente en que estaba comenzando a perder el juicio.

Como única y obligatoria distracción se reunía, como todos los viernes, con su abuela en punto de las seis de la tarde para tomar el té y escucharla hablar de mil banalidades, que últimamente tenía mucho que ver con su futura e infantil esposa y aquellos bisnietos que esperaba poder llegar a conocer.

El primer viernes de la ausencia de Bill, Tom llegó temprano a los aposentos de su abuela, esperó somnoliento, mientras era anunciado y después, cuando finalmente pasó, se inclinó exageradamente hacia abajo, para responder el abrazo de la ex reina Lucila.

Después de tres aburridísimos cuartos de hora, Tom apenas prestaba atención a la cháchara de su abuela. Miraba por las enormes ventanas hacia la nada, con la mente en blanco y la quijada apoyada en la mano derecha, mientras que hacia círculos en el filo de su taza de té con el índice de la mano izquierda. Se le cerraban los ojos y estuvo a punto de quedarse dormido ahí mismo, hasta que un comentario llamó su atención.

Tom, cielo, te he visto muy distraído y triste ¿está todo bien? — preguntó la anciana, con amabilidad.

Si abuela —respondió casi automáticamente.

¿Es por lo de la boda cierto? Tu madre me dijo que no quieres casarte.

No —acertó —no quiero, pero parece que no tengo otra salida.

Cariño, así son las cosas, un sólo soberano no puede reinar, deben ser dos, además, la princesa Ambrosía es hermosa.

¿Quién dice que no se puede?— se quejó Tom, ignorando el comentario que alababa la hermosura de su futura esposa, sin impresionarse un ápice.

Pues… —la vieja carraspeó, incómoda. Tom siempre conseguía acorralarla con su natural agudeza y perspicacia —…las tradiciones.

Las tradiciones… las tradiciones me tienen harto. Cuando sea Rey será lo primero que cancele.

La antigua mujer rió ásperamente, palmeando la mano bronceada y llena de venas de Tom con la suya, arrugada y marchita.

Aun te queda mucho por aprender, querido — comentó, dándole un ligero sorbo a su té.

Abuela… ¿recuerdas a Constanza?

La mujer lo miró, extrañada y después de un instante, casi sonrió.

Como olvidarla, mi fiel dama de compañía y después tu haya e institutriz — “además de mi cómplice” pensó — ¿Por qué me preguntas sobre ella? Hace muchos años que desapareció, o eso tengo entendido.

Volví a encontrarla.

Oh, vaya— la anciana, de repente se tensó, como en diecinueve años no lo hacía, y un espasmo de miedo gélido le carcomió la espina. ¿Y si alguien supiera la verdad? ¿Acaso Tom lo sabía? — ¿y qué tal se encuentra? — preguntó, sondeando al príncipe.

Muerta —espetó él, y la anciana casi suspiró de alivio, pero logró contenerse.

Cuanto lo siento, cielo — le comentó, fingiendo totalmente, pues morirse, fue lo mejor que su antigua dama de compañía pudo haber hecho por ella — se que la querías.

Tuvo un hijo — comentó inocentemente Tom —y él y yo… ¿abuela? ¿Abuela estas bien? — le preguntó, repentinamente preocupado, pues la ex reina se había quedado inmóvil, con la expresión de alguien que ha recibido un terrible puñetazo. —Toma, bebe esto —le acerco un vaso de agua a los labios, y la anciana pareció reaccionar.

Lo siento Tom, a veces este viejo cerebro me juega malas pasadas — le dijo, con voz temblorosa, riendo nerviosamente — me decías que tiene… ¿un hijo?

Sí, un joven.

Vaya… y ¿Qué edad tiene?

Tiene mi edad.

¿Y tú, lo conoces? — la voz de la anciana había adquirido de repente un tono mortalmente venenoso.

Sí, lo conozco —le respondió, sintiéndose extrañamente inseguro al ver la expresión asesina en los ojos de su abuela.

¿Y, como se llama? ¿Cómo es?

No sé muy bien —mintió, totalmente desconfiado. Se había arrepentido de hablar, y no le diría más cosas sobre Bill a su abuela. Repentinamente se sintió temeroso por la seguridad de su adorado pelinegro, por más lejos que estuviese. Algo en la mirada de su abuela no le daba buena espina, y decidió hacer caso a su intuición— solo lo supe cuando me entere de su muerte, además, su hijo se fue de aquí en un barco y dicen que jamás volverá. — comentó, haciendo una mueca de dolor ante su propia afirmación.

Oh, bueno, si su madre… murió, y me supongo que no tiene padre — Tom negó casi imperceptiblemente — entonces, nada lo detiene aquí.

Supongo —Tom se puso de pie. — Estoy cansado abuela, y tu luces cansada también, reposa un poco — le dijo, mientras se inclinaba para depositar un beso en la frente llena de arrugas — estuvo delicioso el té, como siempre — mintió.

Gracias querido, descansa. — lo despidió ella, distraída, mientras lo seguía con los ojos clavados en su ancha espalda. Tom se alejó caminando con garbo, hasta que desapareció tras las grandes puertas de oro que ella tanto amaba.

Una vez sola, la antes reina, se retrepó en el pequeño trono que habían construido en su habitación, sintiéndose incomoda y pensativa. Aquella información revelada por su nieto era inquietante y peligrosa. Jamás pensó en que su fiel dama de compañía pudiese llegar a traicionarla, pues de lo contrario habría muerto decapitada como el par de matronas que ayudaron en el nacimiento de los príncipes.

Pero ahora, el saber que Constanza tenía un hijo, un hijo de la misma edad que su perfecto nieto, la inquietaba y agitaba sus pensamientos de manera muy desagradable, aunque no había nada seguro. Quizá, Constanza si había tenido un hijo propio, seguramente de algún pescador que la dejó, tirada con todo y criatura, pero aun así, la anciana sospechaba y desconfiaba, más que nada por la edad del supuesto muchacho. La antes soberana, no se había olvidado nunca de la terrible noche en que Tom, y elotronacieron. Nunca olvidó la terrorífica imagen de aquel bebé debilucho y amoratado, que le pareció tan repulsivo, por más sangre azul que pudiera correr por las venas. Ella había vivido diecinueve años pensando que el esqueleto del pequeño príncipe se pudría en el fondo del rio, como lo había ordenado, pero quizá, y solo quizá, había una ínfima posibilidad de que ese hijo de su antigua dama de compañía, fuese el mismísimo príncipe menor, y eso amenazaba toda su tranquilidad personal y el futuro del reino.

De algún modo investigaría todo lo que se supiera del joven hijo de Constanza, y actuaria conforme lo requiriera el resultado de sus pesquisas. Solo había una cosa que daba por sentado. No permitiría que se supiera la verdad, jamás, así tuviera que asesinar al joven príncipe menor con sus propias manos.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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