
Capítulo 15: ¿Es una broma?
Después de la huida de Bill, el príncipe Thomas había pasado los dos días más agonizantes de su joven existencia.
Había esperado de pie en el lujoso salón de recepciones soberbiamente adornado de su palacio, con el cuerpo frío y tieso como un bloque de hielo, a que llegara su “futura esposa”.
Y cuando finalmente apareció la terrible criaturita, en medio de la música ensordecedora de las trompetas, Tom se horrorizó por completo.
—Supongo que vendrá detrás ¿no? No puede ser ella… es imposible —le cuchicheó a Andreas al oído, al mirar lo que se le aproximaba.
—Tal vez…—terció el rubio sin mucha convicción, aguantando la risa.
— ¿De qué te ríes anormal? ¿Te parece gracioso? — bisbiseó Tom, molesto.
—Silencio— susurró su madre, mientras los heraldos anunciaban que finalmente, y después de tanta controversia, tenían frente a ellos a Su Alteza, la Princesa Ambrosía de Grimaldi.
La cara de Tom se contrajo en una mueca de puro terror. La conmoción en el salón, quedo repentinamente silenciada, eclipsada, por la gracia y la belleza de la joven princesa.
—No me jodas…—bramó Tom — ¡es una criaja! — su voz subió un par de octavas por la sorpresa, y reverberó por todo el silencioso salón; incluso se escuchó la risa sofocada y socarrona de Andreas. El Rey les siseó molesto a ambos para que se callaran.
Si el príncipe Thomas era la galanura y la gallardía convertidas en hombre, la princesa Ambrosía era la delicadeza y la exquisitez convertidas en mujer. Era delgada, pálida como el alabastro, con el cabello largo, liso y dorado, peinado sencillamente en un tocado, adornado con una tiara llena de diamantes que titilaban. El vestido color marfil que llevaba encima la hacía ver más blanca que la nieve. Su rostro diminuto, de expresión triste y desafiante, era un ovalo perfecto. Las facciones de su cara parecían haber sido esculpidas a mano, y sus enormes ojos color azul profundo eran alucinantes. Pero era prácticamente una niña.
—Oh Tom… tendrás unos hijos hermosos— alabó su abuela, mirando a la princesa del mismo modo como se examina una obra de arte que se acaba de adquirir y Tom quiso vomitar ahí mismo.
Ambos príncipes fueron presentados, quedando frente a frente en absoluto silencio, mirándose con los ceños fruncidos y muecas de desdén, siendo observados por toda la realeza tanto de Calabria, como la recién llegada población real de Mónaco.
Tom jamás se había sentido más ridículo y furioso en la vida, y al parecer la pequeña princesita sentía lo mismo.
— ¿Cuántos años tienes? — le preguntó entre susurros. Las rubias cejas de la muchacha se contrajeron en una mueca de enfado.
—Quince— respondió rodando sus enormes ojos. Su voz era armoniosa, aguda y musical — ¿y tú?
—Diecinueve… pero tu… ¿quince? Eres apenas una mocosa, que se supone que haga contigo ¿jugar a las muñecas?
—Y tú eres un anciano, ¿acaso he de pasarte tu bastón y las píldoras para dormir?— contraatacó ella con enojo y Tom sintió deseos de echarse a reír por lo bizarro de la situación. Aquella chiquilla además de arrogante, le pareció demasiado fresca.
—Esta es una broma ¿no? — le dijo, perforando con la mirada los espejos de agua azulada que eran los ojos de la princesa, quien no se amedrentó como solían hacer todas las personas a las que Tom le dirigía esa furibunda mirada. Solo ella y Bill parecían inmunes y eso no le gustó para nada.
—Ojalá lo fuera— respondió ella, luciendo terriblemente molesta, y sin decir nada más se dio la vuelta y se alejó corriendo fuera del salón, dejando a Tom estático y con un palmo de narices. Los soberanos de Mónaco se disculparon con los de Calabria por el errante comportamiento de su joven hija antes de salir corriendo tras ella.
[…]
—Parece que te has topado con la horma de tu zapato—le dijo después Andreas entre risitas bobas, mientras caminaban por el pasillo principal en dirección al jardín, donde iba a tener lugar el almuerzo— tiene tu mismo carácter Tom, se harán pedazos entre ustedes.
— ¿Estas de coña? La partiré en dos al primer envión— el rubio se carcajeó — además… ¿es que no la viste, joder? Es una mocosa, seré de todo, pero no un maldito pedófilo. Va a tener solo dieciséis cuando tengamos que unirnos en esa ridícula boda, y creo que todos notamos que tiene tantas ganas de casarse conmigo como yo con ella.
—Podrían acostumbrarse… con mucho trabajo, o podemos fingir un accidente… —le dijo Andreas, pensativo, pero reconsideró al ver la amenaza palpitando en las pupilas de Tom — bueno…al menos es bonita.
—Eso no me interesa… que jodida situación, solo deseo salir de aquí y no verla la cara a nadie — se lamentó Tom en voz baja, y al llegar al jardín alegremente adornado con mesas blancas, manteles de encajes hilados, copas de champaña y demasiada comida, se preguntó con intensidad y una clase muy particular de añoranza que estaría haciendo su hermoso pelinegro.
[…]
Bill llevaba apenas un par de horas en altamar cuando el príncipe Tom dejó caer su puño con fuerza, en tres ocasiones, sobre la puerta de maderos oscuros de la casa de Georg.
— ¡Abrid en nombre del príncipe! — bramó uno de los guardias, y tres segundos después la puerta se abrió, dejando ver el enorme cuerpo de Georg. Sus ojos verdes derritieron con su veneno los orbes marrones de Tom, quien le sostuvo la altiva mirada.
— ¿Dónde está? — tronó.
—No está aquí.
—Mientes, hazte a un lado —le dijo y se metió en la casa apartándolo de un empujón, buscando a Bill por todos los rincones, revolviéndolo todo a su paso con ayuda de sus altaneros guardias— ¡Bill! Sal de donde sea que estés ¡¡ahora!!— gritó furioso.
Georg lo miraba desde la puerta con ambos brazos cruzados, y una insana sonrisa de satisfacción adornándole la cara.
—Puedes revolver esta casa todo lo que quieras, no lo vas a encontrar.
—Entonces dime en donde lo encuentro, por tu bien— amenazo con la voz afilada como navajas de afeitar.
—Lo haría, pero yo tampoco lo sé — mintió sonriendo con maldad.
—Mentiroso infeliz — Tom estaba totalmente rabioso — ¡ustedes, búsquelo por fuera! — ordenó a sus guardias, quienes se desperdigaron a cumplir la orden, como un montón de conejos asustados.
—Pierden su tiempo— dijo Georg, dando gracias a Dios que sus padres se habían ido al taller desde antes de que amaneciera — revolverán toda la isla y tampoco lo encontrarán.
—¡¡ ¿Dónde demonios esta Bill?!! — gritó Tom a tres palmos de su cara, a punto de perder la cordura. Georg sintió el regusto fresco y dulzón del aliento del príncipe arañándole el rostro y le entraron arcadas, aunque no apestaba para nada.
Georg lo asesinó con la mirada.
—Siempre supe que le harías daño, que le joderías la vida. Debí impedir que te lo llevaras, habría sido mucho mejor para Bill si se hubiese muerto antes que caer en tus manos— le dijo, ignorando su pregunta. La expresión de Tom era la de un hombre que acaba de recibir un puñetazo en plena cara. El castaño disfrutaba enormemente del desasosiego de Tom, se revolcaba de alegría en su coraje.
—Tú no sabes nada, no eres más que un miserable ignorante. — le dijo Tom, a punto de perder los estribos. Georg vio como la mano del príncipe se deslizaba hacia la empuñadura tapizada de rubíes de su espada.
—Tal vez lo sea, pero aquí el más ignorante ahora eres tú, porque te estás muriendo en vida por saber en donde esta Bill, y aunque me arranques la piel a pedazos no te lo diré.
— ¿Bueno y que tal si comenzamos? —respondió Tom, sacando la espada de su funda en un rápido movimiento y poniendo el filo plateado como espejo en el cuello de Georg, pero el castaño no se inmutó.
—Al parecer estas desesperado por mi amigo, que cómico. Por lo visto harías de todo por tenerlo de vuelta, pero a ver, usemos la cabeza “majestad” — en su voz no había más que coraje, burla y desdén — si estas tan desesperado por él, adivina qué pensará de ti, si ¿además de que por culpa tuya, su madre se murió en la más miserable soledad, te cargas a su único y mejor amigo?
Aquella revelación descolocó tanto a Tom, que la espada se le escurrió de entre los dedos y se estampó contra el piso con un agudo sonido de metal tintineante.
—… ¿Qué dijiste?
— ¡Lo que escuchaste, gilipollas!
—No puede ser… no… no te creo… es una mentira — una desagradable sensación de pánico le comenzaba a picotear la nuca y el fondo de la garganta.
— ¿Crees que mentiría con eso, estúpido? Oh sí, ya se. Eres como todos los malditos aristócratas de tu clase. —Georg comenzó a pasearse con fría tranquilidad delante del petrificado príncipe—Como eres rico, te crees el dueño de todo y de todos, y mira que hasta puede que sea verdad. Puedes matarme aquí si quieres, hacerme pedazos. Sé que nadie te diría nada, ni hablarían de eso. Total, un pueblerino menos, nada de qué preocuparse. Pero lo que más me da gusto, es saber que Bill se te escapó de entre los dedos como si fuese una ráfaga de viento; delante de tus mismas narices, y ¿sabes qué? ni con todo el maldito dinero del mundo lo podrás encontrar.
Tom trastabilló hacia atrás, repentinamente mareado. Su mente obsesiva nunca le había creído a Bill lo que le decía sobre su madre. Su absurda justificación era que jamás la había visto y por eso pensaba que era puro teatro del pelinegro para abandonarlo.
—Yo no le creía… pensé… pensaba…
—Pero hay que ser imbécil en verdad, ¿Por qué puñetas Bill te mentiría con eso, idiota? Y si aún no me crees pues lárgate al cementerio y busca la única tumba con una lapida blanca, a ver si te convences; y si no pues me buscas, sí señor, que yo te ayudo a desenterrar la caja para que veas frente a frente a la madre de Bill, y si ni así eres capaz de creer, pues podríamos montarnos algún ritual de vudú, o magia negra o algo, así quizá consigamos traerla de regreso de la muerte y entonces, tal vez Bill hasta pueda llegar a perdonarte— Georg seguía escupiendo vitriolo, disfrutando del color ceniciento que había tomado la piel de Tom.
—Alteza, solo encontramos esto —uno de sus guardias había aparecido por el umbral, llevando en las manos la silla azul de montar del caballo que él le había regalado a Bill, totalmente sucia y llena de barro. En la otra mano colgaban las riendas, igual de manchadas —y averiguamos que el joven partió en la madrugada en un barco, pero no sabemos hacia donde se dirige, trataremos de averiguarlo.
Tom lo observó estúpidamente por un momento, rumiando una y otra vez el hecho de que había perdido a Bill, tal vez para siempre, mientras la certeza de que había preferido lanzarse solo a lo desconocido antes que volver con él, penetraba poco a poco en su conciencia. Se limitó a levantar su espada del suelo, guardarla en la funda que colgaba de su cinturón y salir rápidamente de la casa, sin mirar a nadie.
En cuanto Georg se quedó solo, toda la ira y la adrenalina acumulada en su sistema se esfumó.“Joder, como le he hablado y sigo vivo”pensó, mientras se dirigía tambaleante hacia el patio, donde apenas alcanzó a inclinarse para vomitar la bilis que se había acumulado en su vacio estómago.
[…]
La tarde cayó con su pesado manto, caliente y húmedo como un beso, llenándolo todo con su resplandor rojizo-anaranjado. El cielo se volvió amarillo y las nubes se tiñeron de dorado, y bajo ese cielo de colores surrealistas fue que Tom llegó al cementerio del pueblo.
El sepulturero y velador del lugar apenas tuvo tiempo de dejarlo pasar al hacerse a un lado para que el caballo negro del príncipe no lo pisoteara al cruzar las rejas. Tom no tuvo que buscar mucho, tras avanzar un poco flanqueando un océano de lapidas grisáceas ya medio carcomidas y rodeadas por los perennes matorrales de kudzu que crecían desenfrenados por doquier, por fin había encontrado la pesada lapida blanca, alzándose solitaria, coronando un montículo de tierra negra y húmeda.
Ahora se encontraba de pie frente a ella. La brisa vespertina mecía lentamente su pesada capa de terciopelo negro, refrescaba sus ropajes, negros también y agitaba sus trenzas, más negras que la noche. Parecía un caballero de la noche, un hijo de la noche. Lo único que no era negro era la corona (siempre que salía del palacio debía llevarla encima) hecha de platino, con sus picos afilados, pálidos y plateados que chisporroteaban con luz propia al rayo del sol.
—Constanza… — susurró Tom, con los remordimientos carcomiéndole el pecho desde adentro hacia afuera.
Había leído el epitafio cerca de 20 ocasiones, y aun no lo creía.
— ¿Por qué tenias que ser tu? ¿Y por qué precisamente tu hijo? — Murmuró en voz muy baja —así que William Diávolo… no sólo Bill.
Jamás se esperó aquello. Nunca creyó lo que Bill le decía. Pensaba que era otro chiquillo más del pueblo, sin familia, como un perillo faldero, con suerte de haber sido acogido por él. Y ahora se había dado cuenta demasiado tarde de que Bill no era ningún perro. Era el hijo de su nana, la mujer que prácticamente lo había educado. “¿Eso lo hace algo así como hermano mío?” se preguntó a sí mismo.
“Joder Bill, si tan solo me hubieras dicho el nombre de tu madre, yo mismo habría movido el cielo y la tierra para salvarla”pero entonces recordó que nunca se había molestado en indagar esa información, por conocer a Bill profundamente. Solo había estado pensando en su propia satisfacción, como el maldito egoísta que era.
Se agachó y acaricio delicadamente el nombre de Bill, esculpido con esmero en la piedra blanca, sintiendo la rabia hervir lentamente dentro de su cuerpo.
—Constanza, maldita hija de puta—se irguió y le dio una patada a la tierra suelta, desparramándola a los lados de la lapida — yo te consideré mas madre que mi propia madre por más de la mitad de mi vida, ¿Por qué no llevaste a Bill al castillo? ¿Por qué no me lo presentaste? ¿Por qué tenias que esconderlo? ¿Por qué me abandonaste cuando apenas estaba descubriendo el mundo? Otra situación habría ahora, estoy seguro que de no ser por tu maldito secretismo, incluso Bill y yo habríamos crecido juntos, como amigos.
Pero entonces, el príncipe tuvo la certeza de que aquella desgracia tan grande para él, no era culpa de nadie más que suya. “No sabes cómo lo siento Bill, daría lo que fuera por decírtelo”
Tom recordó con amargura el día en que dejó de ver a su nana, casi abruptamente. Fue el mismo primero de Septiembre, cuando estaba cumpliendo diez años. Simplemente ella dejó de ir, dejó de instruirlo, haciéndole llorar por meses su ausencia.
Sintió el subidón de una marea desagradable que le pinchaba terriblemente la nuca y el cuello, haciéndole sentir terriblemente incomodo, enfermo, casi desahuciado. Su estomago se agitó, provocándole arcadas y un malestar general, que no podía ser curado con nada.
Y ahora estaba muerta. Todo había sido verdad y él se sentía como la persona más estúpida que había pisado el planeta.
Pensó avergonzado en Bill, en todas las veces en que él le había suplicado por ir a verla; en aquel ultimo día, en el que, presa de la inseguridad y el terror a perderle, no había hecho otra cosa que amenazarlo e incluso golpearlo, obteniendo como resultado eso a lo que el mas le temía. Perderlo. Y lo había perdido para siempre.
“Supongo que me lo merezco ¿no? Será mi cruz, cargare toda mi vida con la culpa y el arrepentimiento, sin podérselo hacer saber jamás” y una brisa suave y perfumada fue lo único que obtuvo en respuesta, mientras se alejaba con paso lento y cansado del silencioso cementerio, arrastrando tras de sí, a su enorme y negro caballo.
& Continuará &