Notas: Bueno, lo prometido es deuda y aquí está el capitulo 🙂

Un millón de gracias a todas las nenas que comentan, en verdad me hacen el día.

Nos leemos pronto!

Capítulo 12: Huída

¿Andreas? ¿Qué demonios haces aquí? — Tom soltó a Bill a regañadientes y éste se alejó en el acto, caminando hacia atrás entre tropezones, aun inclinado hacia adelante, rodeándose el pecho y tratando de recuperar el aire. Los antebrazos le punzaban.

Con cuanta alegría me recibes, Alteza— respondió el rubio con sarcasmo.

Modifica tu tonito Andreas, que tú también eres un príncipe y como iguales puedo romperte la boca si me cabreas.

Lo sé, pero me gusta cuando te cabreas.

Mejor te largas por donde llegaste. Yo no te invité. Lleva tu huesudo trasero de vuelta a Sicilia.

Vamos Tom, ya te esperé suficiente tiempo. No pensé que fueras a enojarte así y menos por alguien como éste bastardo indigno— hizo un gesto de desdén hacia la posición donde estaba Bill, quien apretó los dientes y bajó la mirada, humillado.

No estoy de humor para tus estupideces, y aun no me dices a que rayos has venido. — suspiró el príncipe, mirando a Andreas, pero sin perder a Bill, usando su vista periférica.

Oh Tom, Tom, ¿Cómo que a qué? En dos días es tu cumpleaños ¿ya te olvidaste de tu compromiso y de la princesita esa que llegara aquí para que la desposes y así joderte la vida? Pensé que en estos momentos te sentaría mejor tener a tu mejor amigo aquí para pasar ese trago amargo, pero al ver que ya te juntas con cualquier basura…

Bill estaba encorvado, el dolor comenzaba a mitigar, miró bizqueando a Andreas, y todo su cuerpo pareció volverse de hielo.

Tom se quedó inmóvil, completamente aturdido. Lo había olvidado por completo. Sacudió la cabeza, como queriendo reacomodar sus ideas y le lanzó una mirada desesperada al rostro estupefacto de Bill.

¿Estas comprometido? — el murmullo roto de Bill hizo que Tom se quedara clavado en su sitio, como si alguien le hubiese golpeado en la cabeza con un mazo.

¿Y a ti que te importa, maldito ilegitimo? — Andreas lo fulminó con la mirada. Aun le molestaba inmensamente la belleza y perfección de Bill, tanto que quería borrarla a golpes — que, ¿quieres que termine lo que Tom estaba empezando? — ofreció, acercándose a Bill con movimientos felinos y peligrosos.

Andreas, cierra tu enorme bocaza— intervino Tom, deteniendo el avance del rubio solo con simples palabras.

De verdad Tom, no te sigo ¿Por qué tienes a este gusano aquí? —Andreas arrugó la nariz con asco, dándole la espalda a Bill— es del pueblo, pobre y además ¡tiene puesta tu ropa!

A Bill casi no le dolían aquellas palabras, no le interesaba Andreas, si lo golpeaba, el respondería sin pensarlo. Lo que le dolía más que nada era que Tom no abría la boca en su defensa. Le dolía haberse enterado por labios del rubio ladino sobre el compromiso de Tom. Se sintió herido y traicionado.

Sabía que tarde o temprano esto pasaría, pero no pensé que me dolería tanto”pensó, con amargura.

Ese es problema mío Andy— dijo Tom, más sosegado y eso hizo sentir al rubio más seguro. Tom por lo visto, no lo echaría así que se acercó más, y Bill reculó hasta topar con pared.

Tenemos mucho de qué hablar Tom, han pasado muchos días. — Su voz era suave, con un leve matiz sensual casi velado completamente. A Bill se le calentaron los ánimos y sintió un vahído de náuseas.

Sí, si hay que ponernos al día— aceptó Tom, sintiéndose un poco nervioso. Sólo quería estar a solas con Bill, no sabía realmente para que. Era cuestión de minutos que volviera a echar fuera a Andreas.

Ambos príncipes estaban de pie cerca de las puertas que daban a la terraza. Las puertas de la entrada aun seguían abiertas de par en par, con los guardias de pie ahí, distraídos. Bill aun estaba inclinado, rodeándose el torso con los brazos, y el cabello formando una cascada oscura que escondía su rostro. Ya no estaba dolorido, pero fingía estarlo, mientras su cerebro trazaba planes a toda prisa. Miró de reojo hacia las puertas, calculando la distancia. No era mucha y tenía el camino prácticamente libre, solo tendría que esquivar a Andreas, que era el más próximo a él.

Estaba esperando su oportunidad, ni siquiera escuchaba la conversación de los príncipes, todos sus sentidos estaban puestos en la distancia que había entre la puerta y él. Sin moverse casi, se examinó así mismo, haciendo fuerza con todos sus músculos y ligamentos, tensándolos. Los sintió perfectos y fuertes, repletos de adrenalina.

Era ahora o nunca. Aprovechó el momento en el que Tom se llevaba ambas manos a la cabeza con frustración para salir corriendo. Se lanzó a través la habitación como un bólido, derrapó al llegar a la entrada y logró pasar por debajo de los brazos envueltos en armaduras que se cerraron en el aire. Apenas pudo captar por una fracción de segundo el rostro anonadado de Tom antes de desaparecer de su vista, pero esa mirada llameante y furiosa lo perseguiría por mucho tiempo.

¡Bill! — El alarido furioso de Tom le atravesó el cuerpo como un relámpago en plena tormenta— ¡maldita sea, detenedlo inútiles! — aulló con rabia.

Bill ya estaba en el pasillo cuando alcanzó a escuchar el petulante comentario del rubio cansino.

Por Dios Tom, deja que se largue ese maldito bastardo.

El maldito bastardo te molesta” pensó Bill, mientras imprimía más velocidad a sus piernas.

Tanto el príncipe Tom como sus dos guardias corrían tras él. Bill los miraba cada que volteaba sobre sus hombros. Tom corría como un toro, bufando. Se acercaba peligrosamente a él. No se quería imaginar lo que le haría si llegaba a cogerlo, y fue el miedo lo que le hizo tomar más velocidad. Jamás se le había hecho más largo ese maldito pasillo.

¡Más vale que te detengas Bill o será peor para ti!— gritó Tom.

El príncipe ya estaba casi sobre él, con las manos como garras estiradas, a unos cuantos centímetros de su cabello negro, cuando, de una de las muchas bifurcaciones que desembocaban en aquel largo y oscuro pasillo, apareció un grupo de gente, una enorme comitiva. Bill pudo distinguir el brillo enceguecedor de un trío de coronas de picos muy largos, y los ropajes largos y pesados que resonaban contra el piso, además del sonido de las armaduras de los caballeros que los escoltaban. Alcanzó a esquivarlos dando un salto y pegándose a la pared como una pegatina y siguió corriendo con la misma fuerza. Aquel grupo de gente también se movió, apartándose de tan repentina aparición, y varios rostros lo siguieron con miradas de extrañeza. Los ojos oscuros de Bill se conectaron por una breve fracción de segundo con unos ojos azul claro, idénticos a los suyos en forma y tamaño, pero mucho más tristes y maternales a la vez, y no supo porque, pero algo incomodo se agitó en su interior. Pero no se podía detener, si Tom lo alcanzaba estaría perdido. Sus zancadas eran enormes, gracias al largo de sus piernas y ganó mucha ventaja, mientras que Tom tuvo que detenerse ante sus padres y su abuela, haciendo frente a toda la delegación que les acompañaba.

Bill pudo adivinar y hasta sentir el tremendo enfado de Tom.

Pues que se lo guarde— se dijo a sí mismo, enfadado, y al fin logró desembocar en el jardín. La luz del sol le golpeó de lleno en el rostro, deslumbrándolo, pero no perdió tiempo, siguió corriendo, pasando de largo aquel jodido laberinto, los macizos de flores que ya no le gustaban, las fuentes, que ahora le parecían feas y ruidosas y metros y metros de piso de cantera gris, casi negra.

A lo lejos pudo ver a Bernardo caminando lentamente con rumbo a los establos, llevando con él al caballo de Tom y al suyo propio, y entonces torció en su dirección.

No sabía que tan cruel podría llegar a ser Tom en algún momento de enfado, presentía que mucho, y no iba a dejar atrás a su caballo. Seguramente Tom se desquitaría con él.

¡Bernardo! — gritó a todo pulmón, y el interpelado se detuvo y lo miró con una ceja canosa alzada.

¿Joven Bill? ¿Está usted bien? — preguntó, al mirar llegar sin aliento al joven pelinegro.

Sí, muy bien… uff…pero necesito a Capri… si —jadeó— he de salir con urgencia. — respondió inclinado hacia adelante, con las manos descansando en sus rodillas. Ya sentía un dolorcito punzante en el costado de tanto correr.

Oh, yo… si claro, lo llevaba a desensillar, pero aquí esta, si es un viaje largo asegúrese de que coma y beba algo— le dijo entregándole las riendas.

Si lo hare… esto…gracias— le dijo mientras se trepaba a la silla de un salto, haciéndolo de manera perfecta—gracias por todo Bernardo— y tras decir eso y soltar un leve grito que hizo correr al caballo a todo galope, despareció entre una nube de polvo.

Mientras veía desaparecer a caballo y jinete, el caballerango tuvo la triste certeza de que no volvería a ver al apuesto pelinegro en mucho, mucho tiempo.

Al llegar a la verja de entrada, Bill se topó con otro par de sorprendidos guardias. Estaban a punto de impedirle el paso, pero por impulso, o quizá desesperación, ordenó que lo dejaran pasar, y para su sorpresa, ambos obedecieron. Tanto uniformado ya le tenía hasta las narices, no quería volverlos a ver.

Bill se sintió enormemente agradecido y afortunado al salir del castillo. Hasta el aire le parecía diferente, más limpio y fresco, o quizá lo que sentía limpio y fresco era tener nuevamente su libertad. Si aquel grupo de gente tan pija no hubiera llegado en ese momento, seguramente ya estaría atado con enormes cadenas al cuello, manos y pies a una de las gruesas columnas de la habitación de Tom, o peor aún, en algún húmedo y oscuro calabozo, repleto de ratas. Se estremeció desagradablemente ante el pensamiento.

Después el dolor le atacaría sin piedad por haberle dejado de tal manera, y haberse enterado de todos los embustes del príncipe y su descarada traición, pero ahora solo tenía una cosa en mente. Dentro de poco, y con mucha suerte, lograría ver a su madre.

Se lanzó camino abajo, con el dolor palpitando en el pecho y su cabello azotado por el viento como brillante sudario.

Dobló sobre una de las veredas más transitadas, donde había praderas sembradas de trigo, que asemejaban océanos dorados, cuando vio a lo lejos la silueta de su amigo Georg, que caminaba rápidamente, encorvada y deprisa. Detuvo su caballo a su lado.

¿Quieres que te lleve? — ofreció, reprimiendo una sonrisa al ver de nuevo la expresión tan conocida de su mejor amigo. Georg sonreía, entre asombrado y eufórico.

¡Bill! ¿Qué demonios? — sonrió y con ayuda de Bill que le había extendido el brazo derecho, se sentó sobre el lomo del caballo, detrás de él y rodeó su torso con ambos brazos.

Sujétate bien— dijo Bill mientras le ordenaba suavemente al caballo volver a correr, orden que fue obedecida de inmediato.

Aun no creo que seas tú ¿Cómo te escapaste del príncipe lunático? Estaba condenadamente preocupado. Y además con todo y caballo.

No fue fácil Geo, si me coge, me arranca la piel a tiras, pero te contare después, es largo y ahora tengo prisa— le cortó Bill, animando a su caballo a correr más. El anhelo de ver a Constanza le apuñalaba el alma mientras más se acercaba al pueblo.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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