Notas: He estado trabajando en la historia en cada momento libre que tengo.

Opté por hacer los capítulos más cortos, para que no me lleve tanto tiempo subirlos y no se pierda el hilo de la historia, espero que no les moleste 🙂

Capítulo 11: Regalos y Caos

No, no y ¡NO!

¿Por qué no? — Tom estaba de pie, con los brazos cruzados fuertemente en el pecho, para no hacer ninguna locura.

Por qué no, tú eres loco ¡de remate!

Si no fueras tú, ya te habría mandado degollar

No me interesa, ya te dije que no voy a aceptar, así que mándame a degollar las veces que te venga en gana.

¿Por qué eres tan difícil? — Tom se llevó la mano a la frente, frotándosela con fastidio.

¿Yo difícil? Tú eres el que está peor que una cabra, yo no puedo aceptarlo y además ni siquiera puedo mantener algo así.

¿Y quién te está diciendo que lo mantengas?

Pues… es eso pero dicho de otro modo.

Mira Bill, no me pasaré toda la mañana discutiendo esto contigo ¿me entiendes? Solo hay dos opciones, lo aceptas y el vive o no aceptas y el muere. Punto. Decídelo— y tras decir esto, Tom montó de un salto en su caballo negro y lo miró desde arriba, con superioridad.

Bill retorció los pies calzados en botas por la tierra suelta del piso. ¿Cómo podía hacerle esto? Definitivamente algo malo pasaba dentro de la cabeza de Tom, algo se había atrofiado ahí dentro después de años y años de caprichos cumplidos.

Aceptó la derrota al ver el brillo triunfal en los ojos del príncipe.

Con una mueca entre fastidiada y tristona se volvió hacia el magnífico caballo blanco que esperaba de pie a su lado, inofensivo como un cachorro, perfectamente ensillado y deslumbrantemente blanco. Bill contempló su rostro altivo y noble, la brisa fresca le agitaba la crin platinada, y parecía que sus enormes ojos de agua suplicaban su piedad. Bill suspiró pesadamente y acarició la frente del animal.

No me mires así Capri… nunca te dejaría morir— le dijo en voz muy baja— aaahh de acuerdo, de acuerdo, acepto— farfulló mirando a “su nuevo caballo”— pero que sepas que lo aceptaré solo porque no quiero que lo mandes matar— le dijo a Tom en tono mordaz, sin voltearse para verlo. Sabía que el príncipe tendría estampada en toda la cara una sonrisita de suficiencia y eso lo hacía perder los nervios. ¿Es que siempre tenía que salirse con la suya?

Sinceramente Bill, no veo el porqué de tu negatividad. Te estoy regalando un magnifico corcel pura sangre español para salvarle la vida y tú lo desprecias— le dijo mientras acicateaba gentilmente a Aquiles para que se colocara al lado del caballo blanco.

Pues por eso precisamente— siseó Bill, completamente molesto. —Me estas regalando éste caballo— lo señaló gesticulando exageradamente con los bazos como si fuera una gran falta de respeto de cuatro patas— no puedo ni pensar en cuánto cuesta éste animal, y entonces tu vienes y me lo regalas y de la nada aparezco yo, un simple vagabundo mal avenido montado en un finísimo corcel. ¡Creerán que me lo robé y terminare con una soga maloliente al cuello! — se llevó ambas manos al cuello, rodeándoselo, para remarcar sus palabras.

El apuesto rostro de Tom se oscureció al escuchar aquello.

Nadie te dirá nada y nadie opinara nada, y mucho menos te pondrán una mano encima, confía en mí. — le sonrió y después recuperó su expresión de enfado— ¡así que ya deja de poner tantas pegas! Súbete al caballo y vamos, que te enseñare a cabalgar como lo hace un noble.

No te gastes Tom— el tono de Bill, tanto como su rostro repentinamente se nublaron de pena y tristeza— por más que lo intentes siempre seré un mendigo bastardo— le sonrió dulcemente y después hizo el amago de subirse al caballo.

Deja de decir eso Bill…— Tom se inquietó, un vago sentimentalismo dulce y triste afloró desde su estomago y por primera vez en muchos años, sintió ganas de llorar. Pero no lo hizo, llorar era para los débiles.

Bill puso el pie izquierdo en el estribo del mismo lado y se impulsó hacia arriba. La pierna le temblaba por la tensión ejercida y antes de que pudiera pasarla por el lomo del corcel y sentarse, el peso le ganó y quedó tendido sobre su abdomen en el lomo del animal, desmadejado como un muñeco de trapo. Tom estalló en estrepitosas carcajadas.

Bill me estas matando— Tom se doblaba de la risa. Bill había comenzado a patalear en el aire, buscando el modo de bajarse del caballo y se sentía muerto de vergüenza.

Tom, deja de reírte y ayúdame— chilló desesperado.

Tom se bajó de su caballo pero no pudo ayudarlo, tenía un ataque de risa, como nunca lo había tenido, al ver a Bill en esa posición, pataleando, con el trasero al aire y gritando por ayuda. El caballo empezaba a impacientarse también y movía la cabeza de un lado a otro.

Bill, para de moverte en primer lugar, o el caballo va a tirarte— Hipó de risa. Bill obedeció y se quedo quieto, respirando con dificultad por tener el estomago apretujado contra el lomo del caballo. Después sintió la liberación, cuando Tom lo asió hacia atrás. Creyó seriamente que iba a irse de culo al suelo, pero su espalda chocó contra el pecho de Tom y sintió su aliento sobre su oído.

Ten más cuidado, te podrías romper y no quiero que eso suceda— le susurró con esa voz ronca tan condenadamente sexual, después le dejo un leve mordisco en el cuello y lo enderezó. Le cuerpo de Bill se tensó, su espalda se puso rígida como el palo de una escoba y un conjunto de mariposas se agitó desde el fondo de su estomago. Esperaba que nadie los hubiera visto. Tom nunca era cariñoso con el fuera de sus habitaciones, y aquello se había visto muy comprometedor. Bill volteó nerviosamente hacia todos lados, pero no había nadie a la vista, quizá porque se encontraban en la entrada del sotobosque de fresnos y laureles que estaba en el lindero de los terrenos reales y sus ropas negras no llamaban mucho la atención. Salvo por el caballo tan deslumbrantemente blanco, bien podrían pasar completamente desapercibidos.

Tranquilízate nadie nos molestará aquí— le dijo al verlo tan nervioso — ahora veamos si podemos enseñarte a montar… un caballo— Tom sonrió con una leve burla en el fondo de su sonrisa— pon el pie en el estribo— ordenó y después negó al ver que Bill vacilaba— hazlo firmemente Bill, el caballo debe saber que quien manda aquí eres tú. Así, correcto— aprobó cuando Bill puso el pie nuevamente en el estribo con firmeza y tensó la pierna. —Ahora has de ser rápido, sujeta el cuerno de la silla, es tu punto de apoyo e impúlsate hacia arriba y levanta la pierna derecha hasta que termines sentado, no es la gran ciencia.

Bill obedeció, puso todas sus fuerzas sobre su pierna izquierda y tomó el envión demasiado rápido. Sus manos se movieron también demasiado rápido. Los nervios se apoderaron de él. Manoteó hacia arriba mientras iba subiendo y no supo cómo fue que terminó sentado en el caballo, pero mirando hacia atrás. Al verlo, Tom se tiró al piso, revolcándose de risa ante la expresión de miedo y desconcierto de Bill.

¡¡¡ Por Dios Bill!!! — se apretaba la barriga, que ya le dolía de tanta risa. Bill le lanzó una mirada de basilisco, con los ojos entrecerrados y los mofletes hinchados, como un niño chico. La indignación pudo mas con él, y en un sólo movimiento se dio la vuelta, de manera un poco torpe por el exceso de largo de sus piernas y sujetó las riendas, esperando mientras Tom hipaba de risa.

Podemos perder todo el día aquí si eso quieres— su tono era de ultratumba, cosa que hizo que Tom volviera a resollar de risa, mientras hacía intentos de subirse a Aquiles. Lo intentó tres veces, pues la risa había hecho que perdiera las fuerzas. Bill estaba cabreadísimo y algo avergonzado, no lo miraba, su vista estaba clavada al frente.

Al cuarto intento, Tom subió gallardamente sobre su caballo y sujetó las riendas.

No me puedes culpar, tu cara fue de época. Deberías haberte visto— Tom se limpió una lagrimita que se le había escapado de la comisura, haciendo que Bill enrojeciera de rabia.

Por mi puedes quedarte riendo toda la mañana, tal vez esa linda moza de cuadra pueda enseñarme como cabalgar y más rápido que tu.

La sonrisa de Tom desapareció tan rápido como cuando las nubes ocultan el sol.

¿Ah sí? — su mirada alegre se congeló— yo no te lo recomendaría, algo muy malo podría ocurrirle a esa niñita si se acerca a lo que es mío, imagínate lo que podría pasarte a ti…— la amenaza quedo flotando, latente, en el aire.

Aquellas actitudes eran desconcertantes para a Bill.Suyohabía dicho, pero no se sentía suyo. Tom podía jugar y reír como todo un niño, pero al más mínimo comentario que no le agradara, algo se torcía en su interior y afloraban sus más bajos sentimientos de posesividad y celos. No era la primera vez que amenazaba a Bill.

Éste le había pedido de mil formas que lo dejara marchar a ver a su madre. Pero el príncipe siempre contestaba que ella se encontraba bien, o de lo contrario ya le habrían avisado.

Ya vámonos a cabalgar Tom— Bill rió nerviosamente y entonces la amenaza en las pupilas de Tom se esfumó y volvió a reír— pero tienes que enseñarme cómo hacerlo porque siento que me caeré y terminaré comiéndome el suelo.

No te caerás, si no tienes miedo. Debes apoyar bien los dos pies en los estribos y controlar las riendas, ellas son tu timón. Además nuestras botas tienen espolones, son para marcarle al caballo el ritmo, debes tocarlo muy suavemente para que camine.

O-ok— respondió Bill, nervioso, tanto que se le fue un poco la mano y hundió dolorosamente los talones en los costados del caballo, quien reparó asustado y Bill cayó de culo al piso.

Será una larga mañana…— suspiró Tom con pesadez mientras se bajaba de su caballo para ir a auxiliar a Bill.

&

Después de 3 horas de intentos, caídas, carcajadas por parte de Tom y berrinches de parte de Bill, el segundo consiguió mantenerse sobre su caballo sin caerse, seguro al fin. Descubrió que el animal era como otra extensión de su cuerpo, y que las riendas lo guiaban, solo había que saber cómo sujetarlas.

Tom lo había adentrado en las colinas, llegando hasta un riachuelo cristalino y poco profundo, donde dieron de comer y beber a los caballos.

Bill se había sentado sobre la mullida aguja de pinos, a la rivera del riachuelo, y miraba a Tom, quien había guiado a su caballo unos pasos dentro del agua para que bebiera. No había caso, Tom era un controlador nato, quizá demasiado. Tenía bien sujeto a su negro corcel por la brida, mientras que el caballo blanco que ahora era de Bill, vagabundeaba libre y tranquilo por la orilla, bebiendo agua a ratos y comiendo alegremente del fresco musgo que crecía entre el agua y la tierra.

El bosque estaba silencioso, tranquilo y apacible. Una fina capa de nubes algodonosas lo iba cubriendo poco a poco mientras caía la tarde. Sin duda por la noche caería una llovizna ligera.

El ambiente era tan místico, que Bill esperaba ver de un momento a otro a algún hada o duende correteando por ahí, pero de momento se entretenía en mirar a Tom.

En momentos de calma, como aquellos, los atribulados pensamientos y sentimientos de Bill le atacaban el cerebro sin compasión alguna. Tenía miles de preguntas en la cabeza, miles de interrogantes. Eran tantas que al intentar buscar el comienzo de la maraña de razonamientos, comenzaba a dolerle la cabeza. Pero debía pensar ya en ello y decidirse, porque los días pasaban y pasaban y él se sentía a cada momento más ligado a Tom, más protegido y asustado a la vez. Era como ir a la deriva en el mar, sobre una balsa sin remos construida de frágiles bambús, y que se dirigía en línea recta a un gran frente de nubes oscuras y tormentosas.

Aun no sabía con exactitud qué es lo que el príncipe quería, o buscaba, o esperaba de él. Estaba claro que lo deseaba, de eso ni duda cabía, pues en cuanto lo miraba, el príncipe se ponía como un tren, y aunque eso excitaba muchísimo a Bill, también lo hería, pues al parecer, él solo deseaba su cuerpo, y Bill estaba entregándose en cuerpo… y alma, y eso, estaba seguro, no era correspondido por el príncipe ni por asomo, ya que en cuanto empezaban a hablar de sentimientos, Tom lo cortaba, molesto, o le hacía el amor apasionadamente para distraerlo y funcionaba, pero a la larga era peor, porque así, Bill mas se enganchaba y sentía que el momento de la separación le dolería de mas.

¿Y quien dice que nos vamos a separar?”le decía Tom, con los labios pegados a su cuello, y con su cuerpo sudoroso restregándose contra el pecho de Bill con cada fuerte embestida que le propinaba y entonces Bill ya no respondía.

Pero Bill no era ningún tonto, ni ningún niño, y sabia que por más que se engañara a sí mismo, Tom era importante, demasiado, era nada más y nada menos que el príncipe heredero de todo el maldito reino, (aunque con él se comportara como cualquier otro chico de 18 años, sin preocupaciones), y que ese príncipe, seria Rey más pronto que tarde y que sus correrías y jugueteos subidos de tono con él se habrían de terminar. Algo que aterrorizaba a Bill, pues no podía ni pensar en separarse de Tom, pero que a la vez quería que sucediese, pues ya estaba perdiendo su esencia y engañándose, aparentando ser alguien que no era. Sus ideas eran encontradas y chocaban entre si dentro de su mente, ocasionándole bestiales dolores de cabeza. Tom en cambio parecía no preocuparse absolutamente de nada.

Otra de las cosas que más extrañaba a Bill, era que el príncipe hacia lo que quería. No lo comprendía. Pasaba por alto las invitaciones a eventos que le llegaban, despedazándolas en la cara de sus escribas, ignoraba los llamados de sus padres, y de su abuela, quienes tampoco venían nunca a visitarlo, despachaba a los nobles amigos suyos que iban a saludarlo y solo se dedicaba a ir y venir con él, y Bill no lo podía negar, eso lo hacía sentir muy especial, pero al mismo tiempo le aterraba el momento en el que todo eso se vendría abajo por el estilo de vida al que Tom estaba destinado, un destino en el que Bill no estaba incluido.

Y lo que Bill más detestaba, era que Tom le tenía prohibido irse. Ni siquiera le permitía hablar de ello, ignorando sus deseos por ver a su madre. Bill le suplicaba y le juraba regresar, e incluso le ofreció que le hiciera compañía, pero Tom se negaba rotundamente y eso le cabreaba.

Tom no iba a poder tenerle siempre alejado de su madre, sus amigos y su gente, gente del pueblo que lo estimaba y le daba trabajo de día y amistad y diversión por las noches. Era en gran parte lo que más extrañaba de su antigua vida, además de que la preocupación por el estado de salud de Constanza crecía a pasos agigantados por cada segundo que no la veía, se sentía ansioso y deprimido, pues el príncipe le había dicho que solo serían amigos, pero lo trataba como a un esclavo, encadenado a él con gruesas cadenas de oro y remaches de diamantes. No duraría por siempre. Bill ya había trazado un plan. Escaparía esa misma noche, mientras el príncipe dormía. Los guardias que custodiaban las puertas de la habitación de Tom se dormían ya bien entrada la madrugada y ahí aprovecharía Bill para huir. Ya tenía bien reconocidos los terrenos y sabía exactamente por donde debería ir para no ser visto.

Tom se molestaría enormemente con él. Quizá, después de asegurarse de que su madre estuviera estable, y si el príncipe aun quería que regresara, lo haría… si es que Tom no iba en su busca de inmediato, pero era imperioso que fuera a ver a su madre, no podría esperar ni un día más. Algo cantaba en su sangre, un mal presentimiento. Se sentía nervioso, pensaba que en cualquier momento el príncipe lo descubriría, pero Tom no sospechaba nada.

Después de tres cuartos de hora más o menos, ambos jóvenes regresaban al palacio, montados en sus caballos, los cuales caminaban lentamente. Ambos iban callados, Bill por nervios y Tom porque estaba tranquilo y disfrutaba del silencio.

Se encontraban en los limites que unían los jardines con los bosques, a lo lejos se podía ver la gran explanada principal de cantera gris y las imponentes verjas de hierro forjado al estilo barroco de la entrada y entonces, a Bill le pareció que el ulular del viento entre las ramas cantaba su nombre, así que no prestó demasiada atención la primera vez, pero si a la segunda y a la tercera.

Biiiiiill— se escuchaba lejano, pero con cada paso que daba su caballo ese sonido se fortalecía, hasta convertirse en verdaderos alaridos. Tom entrecerró los ojos para intentar ver más allá, pues él también había escuchado el llamado.

¡Biiiiiill! — el grito fue tremendamente más fuerte. Bill vio una silueta que saltaba y agitaba los brazos por detrás de las verjas, donde estaban apostados dos guardias que le impedían el paso. Solo le bastó medio segundo para reconocer a aquella silueta de grandes músculos y brillante y largo cabello castaño. Incluso podía imaginar el encendido color verde de aquellos ojos.

¡¡Georg!! — le inundó una gran alegría al ver a su amigo y sin pensarlo salió a todo galope hacia él, descubriendo que lo podía hacer perfectamente bien. El caballo voló como una flecha, dejando a un Tom pasmado detrás.

Casi se fue de bruces al piso al saltar del caballo, pero se recompuso. Ambos guardias le permitieron el paso, pues lo conocían y conocían la preferencia del príncipe hacia él, así que se hicieron respetuosamente a un lado, pero Bill no tenia ojos para nadie más.

Se fundió en un cálido y reconfortante abrazo con su mejor amigo, sintiendo en los fuertes músculos de los brazos que rodeaban su cintura y en su aroma a campo y almizcle, todos los recuerdos de la infancia y sonrió, sonrió de manera deslumbrante.

¡Bill! Mi hermano, cuánto tiempo. —le dijo el grandulón, espachurrándolo en un férreo abrazo. Sus recién sanadas costillas protestaron, pero Bill no lo notó.

Si Georg— Bill no le soltaba —creo que han pasado años desde la última vez que te vi ¿Por qué no viniste antes?

¿Qué no vine? ¡Claro que vine, vine desde el primer día! — Bill sintió náuseas al escucharle ¿Qué había venido?

¡¿Cuándo?! ¿Con quién hablaste? No me dijeron nada— gritó

Hablaba con este par de mequetrefes que están aquí parados sin hacer nada, ellos prometieron pasarle los recados al principito caprichoso ¿no te lo dijo?

No Georg, no me dijo nada, pensé que me habías olvidado— la expresión de Georg se descompuso al ver la mueca tristona de Bill y pasó de una inmensa alegría a un negro odio.

¡Claro que no! No sabía qué rayos había pasado contigo. Ese loco te llevó casi muriéndote y nadie me dijo nada, no sabía si habías sobrevivido o no, ni que había pasado contigo, y además tu madre— al oírlo, Bill deshizo el abrazo y lo tomó por ambas solapas de la camisa.

¿Qué pasa con mi mamá? Dime que está bien Georg, ¡Dímelo! — le sacudió casi sin fuerzas. No tenía las suficientes para zarandear aquel corpachón.

El aludido bajó la vista y su gran cuerpo pareció hacerse pequeño.

No Bill, ella no está bien— un enorme nudo, el más grande que había sentido jamás, se formó en la garganta del pelinegro. Sus ambarinos y almendrados ojos se inundaron de agua nubosa— está agonizando Bill… y solo dice tu nombre. Le queda realmente poco. El médico dice que no hay nada más que hacer y solo le administra la droga para el dolor. No pierdas tiempo, está en mi casa ¡vamos!

Por supuesto que no lo haré, ahora mismo iré con ella— anuncio Bill, presa de una desesperación tan grande que casi le impedía caminar. No pensó en Tom, ni en despedirse. Solo ansiaba ver a su madre.

Georg asintió con rostro grave. Estaban por emprender la retirada cuando vio como la silueta del príncipe envuelta en sus negros y finos ropajes se abalanzaba sobre su amigo sin miramiento alguno. Fue tan rápido y certero que no pudo ni siquiera avisarle. Tom pasó su brazo izquierdo por el cuello de Bill y lo haló hacia atrás, haciendo que el menor jadeara y tuviera dificultad al respirar, tanto por el agarre, la sorpresa y el dolor.

Tú no vas a ningún lado Bill, ¿Qué no te lo deje claro? Permanecerás aquí— le dijo, con voz pasmosamente calmada mientras tironeaba de él hacia dentro de la explanada — ¡detenedlo!— le dijo a los guardias, cuando se percató de las intenciones de Georg, de arrebatar a Bill de sus brazos. Los guardias apuntaron las puntas de sus espadas al cuello de Georg, quien retrocedió, con la rabia y la impotencia palpitando en cada una de sus venas. El menor se jaloneaba y pataleaba, pero le era imposible soltarse del fuerte agarre del príncipe al no tener un buen punto de apoyo.

Suéltame Tom, ahora no hay tiempo para juegos, tengo que ir ¿no escuchaste? Mi madre está muy mal. —farfulló.

Cállate Bill, y deja moverte. No irás a ningún lado. ¿Crees que es un juego? Pagarás muy caro tu osadía.

Bill no podía creer que Tom le hiciera aquello, pensaba que era una pesadilla, un mal sueño. Pensaba que despertaría de un momento a otro y se toparía con un Tom sensato y preocupado, que le decía que fuera con su madre para acompañarla en lo poco que le quedaba de vida. Pero no, no era una pesadilla, era la cruel realidad, que se desplomó sobre él, cuando entre jaloneos y tirones, llegaron a las habitaciones de Tom, quien cerró de un portazo ante sus atónitos guardias.

¿¡Qué demonios te pasa Tom?! —le gritó con rabia, justo en el momento en que el príncipe lo soltó, dándole un ligero empujón, dejándolo al lado de una de las enormes columnas de mármol que servía de pilar para sostener el alto techo abovedado, pintado a mano con miles de querubines regordetes— ¡me mentiste! ¡Sabias que mi madre estaba delicada!, te lo dijeron ¿no? Y aun así pasaste de mí cada vez que te lo pregunté ¿¡y ahora no puedo ir?! Estás loco, quítate de en medio, no pienso quedarme ni un segundo más aquí. — Bill se estaba poniendo histérico.

Mira Bill, aquí el único que puede decidir, gritar, y dar órdenes soy yo, y si digo que no vas, es porque no vas y se acabó. — Tom estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados, bien plantado en el total de su estatura, mirándolo con superioridad.

¿Pero porque? ¿Por qué me haces esto? Es mi madre joder, que tengo que ir a verla— Tom negó con un elegante movimiento de cabeza y Bill cayó presa de la impaciencia y la exasperación. Se jugó su última carta, apelando al honor del príncipe— ¡lo dijiste! — al ver la duda cruzar como relámpago por el rostro de Tom, prosiguió. — justo al segundo día de estar juntos ¿ya lo olvidaste? ¡Dijiste que sería tu amigo, no tu esclavo ¡y me tratas como a uno! Me mentiste ¡me mentiste joder! Tú me ayudaste, me salvaste, ¿Por qué me haces esto?— volvió a gritar.

Tom había tenido demasiada paciencia, pero tanto alarido había terminado por cabrearlo.

¿Y quién te crees tú que eres? Si te salvé y cuidé de ti fue porque así lo quise. Me he pasado de tolerante y bueno contigo, pero se acabó. Aquí se hace lo que yo digo, ¿está claro? te dije que serias mi amigo y lo fuiste, pero ahora eres mi esclavo y como buen esclavo que eres, te portarás bien y te quedaras aquí sin hacer alboroto, y te abrirás para mí cuando yo te lo ordene. —Bill se llevó ambas manos a la boca, horrorizado. —Tu cuerpo es mío, tú eres mío. Siempre que yo te requiera, estarás para mí y harás lo que yo te diga que hagas. No me interesa si tengo que encadenarte a uno de estos pilares, sabes bien que lo haré.

¡Jamás! No lo hare jamás, tu no me conoces, escogiste mal Tom, yo no le sirvo a nadie. No eres más que un mocoso malcriado y mimado y yo no seré otro de tus caprichos, no voy a ser ningún esclavo. ¡No sabes quién soy! — Los ojos de Bill se movían desesperados, buscando un escape. Estaba sudando, comenzando a desesperarse. Ya no quedaba nada, ¿Qué podría hacer él, un mendigo, contra un príncipe que lo tiene todo? Todo el poder, todos los medios, que con solo tronar los dedos podría mandarlo a la guillotina, o a la horca… Estaba jodido.

Tom terminó por perder toda la cordura y su rostro se convulsionó por la ira.

¡Claro que se quién eres¡ Eres un chico muy mono que no se ha enterado de cuál es su sitio. Eres un montoncito de mierda que se quedara sin garganta en dos minutos si no cierra su ¡JODIDA BOCAZA!

Tom acortó el espacio que lo separaba de Bill, se encaró con él y le hundió con saña el puño derecho de lleno en el estómago. Bill retrocedió hacia atrás, tambaleándose, presa del dolor y la falta de aire. Tom volvió a arremeter, sujetándolo por los hombros, apretando su piel como unas tenazas. Bill sintió los dedos de Tom hundirse en su carne hasta casi aplastarle los huesos.

Estaba en shock, no podía creer que Tom le hubiera golpeado. Todas sus esperanzas e ilusiones cayeron en picado, haciéndose pedazos. No volvería a ver a su madre, eso seguro, quizá tampoco volvería a ver la luz del sol, al parecer la amenaza iba enserio. Y cuando la verdad penetró en su cerebro, lo aturdió por completo. No tenía nada que hacer, no era nadie, de repente se sintió de nuevo un niño pequeño, insignificante, débil y vulnerable, que estaba completamente a merced de un monstruo gigante y egoísta, con mucho poder y nada de paciencia. Bill jamás se había sentido más solo. Sus ojos se aguaron, inundados en lágrimas, pero ni una sola resbaló por su mejilla. En todo aquel infierno, no se escucho ni un sollozo, ni un quejido, ni un chillido. Y la situación empeoró aun más.

Vaya…, parece que tu nueva mascotita sí que te ha hecho rabiar.

Ambos voltearon de inmediato (Bill quizá un poco más lento) hacia las puertas, que ahora estaban abiertas de par en par, y de dónde provino aquella vocecita venenosa.

Tom fulminó con la mirada al par de incompetentes guardias que tenía asignados y bufó, sin soltar a Bill. Después dirigió su furiosa mirada hacia la silueta que acaba de llegar. Unos ojos color azul celeste le respondieron con una mirada tanto de alegría como de desprecio.

Andreas.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Un comentario en «El príncipe y el mendigo 11: Regalos y Caos»

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