CAPÍTULO 5. DIOS SALVE AL REY

Mientras permanecía obcecado mirando aquel supuesto temblor en las tinieblas, la puerta de madera que estaba en la parte delantera de la capilla, a la izquierda del hombre, se abrió con brío, emitiendo un largo y pesado chirrío que reventó el silencio.

 

El hombre que rezaba se puso en pie, mirando con expresión consternada al duque, Thomas, y al conde, Georg. La puerta se cerró a sus espaldas desde fuera, mientras los hombres entraban a paso lánguido al lugar.

 

Un silencio solo interrumpido por el goteo continuo se hizo en la sala. Ese fue el momento en el cual el duque se posicionó al lado del otro hombre, colocándose frente al señor del norte.

 

Su alteza —dijo el conde haciéndole una larga venia al que ahora podía saber a ciencia cierta que se trataba del rey. El conde se irguió cuando este lo dispuso y tras un momento de silencio, el rey habló con tono lánguido:

 

¿Qué tal vuestra boda?

 

Fue un gran día, su majestad. Una lástima que no pudieseis asistir.

 

¿Y nuestra hermana?

 

La mejor de todas las esposas sin lugar a dudas.

 

Entonces podréis explicarnos ¿por qué tras uniros con vínculos de sangre a nuestra casa, habéis traído un ejército?

 

El rey alzó la mano y su hermano calló, obediente.

 

En efecto, numerosas son las mesnadas que traéis a vuestro nombramiento, señor.

 

Son por vuestra seguridad, su majestad.

 

¿Acaso creéis que mis tropas son insuficientes? —preguntó el duque, provocando que su voz estertórea retumbara por la piedra.

 

Más que suficientes, señor. No osaría decir lo contrario.

 

Explicad, pues, para qué semejantes huestes. ¿Acaso os proponéis reconquistar tierras? ¿Sin el permiso de vuestro rey? ¿Traicionarnos? —tronó Thomas.

 

Duque, solo era por precaución. Los caminos nunca son seguros y hay agitaciones entre la frontera de estos reinos y el vecino invasor.

 

Dice la verdad —contestó el rey.

 

Son demasiados hombres para un simple paseo.

 

También vos decís la verdad… Conde, si queréis ser mi nuevo chambelán, tendréis que dar mejores explicaciones y no tan vagas respuestas —dijo el rey. Esta vez con más ímpetu.

 

Fue a petición de Elizabeth, su majestad.

 

Por supuesto, ¿quién si no iba a estar detrás de todo esto? —alzó Thomas la voz.

 

¿Y qué le iba a decir a mi esposa estando en tiempos donde la paz no perdura más de una quincena, mi señor?

 

No es una gran escusa. Retira a tus hombres inmediatamente —ordenó William—. Te casamos con ella por un motivo y quiero que se cumpla.

 

Si me hacéis venir a veros tan pronto, señor, me será difícil.

 

No seáis insolente, conde… —habló el rey consiguiendo que su voz tomase un tono similar al de su hermano, de hecho, pudo incluso haberse tratado de él—. Los tres conocemos a mi hermana y sabemos que no es la primera vez que intenta asesinar a uno de los dos. Vigílala y serás recompensado.

 

El conde hizo una larga venia y con el semblante igual de inexpresivo, se retiró sin emitir más ruido que el de sus fuertes pasos acompañados del murmullo de su cota de mallas.

 

La puerta se cerró y los hermanos quedaron solos.

 

¡Necio! —habló Thomas—. Te dije que esto sucedería pero tú te empecinaste en que confiáramos en ella, en él, en ambos.

 

No está sucediendo nada que no haya predicho, hermano —dijo el monarca poniéndose de rodillas—. Y ahora, retírate, te haré llamar cuando te necesite.

 

¡Explícame de qué va todo esto!

 

El rey suspiró y sin mirar a su hermano comenzó a orar en baja voz hasta que Thomas le tocó el hombro con cierto ímpetu, atrayendo la vista del rey.

 

Sentí un murmullo procedente de las vigas, lo cual me distrajo de la escena principal, para cerciorarme de que no se estuviese acercando a mi posición. 

 

¡Dejadme, os he dicho! —gritó el rey obligando a su hermano a alejarse—. Estoy ocupado, ¿no lo veis?

 

Thomas bufó, mientras se alejaba de la posición de su hermano, retirándose hacia mi dirección lo cual me obligó a esconderme en aquella esquina.

 

Hasta el momento, la posibilidad de ser descubierto no era mucha, pero ahora que el hombre se acercaba a paso lento pero contundente, no pude evitar que mi latido se acelerase. Casi lo tenía a mi derecha. Mi cuerpo aunque pequeño y entrenado para confundirse con la oscuridad, no encajaba íntegramente en aquella cornisa, con lo cual si el duque, por algún casual, se giraba hacia su derecha, me vería.

 

No me voy a ir de aquí —dijo—. No, Bill, tengo que saberlo ahora.

 

Y se giró hacia su izquierda haciendo que el aire saliese lento de mis pulmones en un placentero suspiro de alivio. Pero todavía podía verme.

 

¿Qué queréis saber?

 

¿Cómo no has visto semejante traición? Acabas de unir en matrimonio al tercer hombre más rico después de mí con la mujer que tiene las agallas y el poder de elevarlo a rey. ¿Acaso no recordáis cuando mató a nuestro hermano? O ¿cuándo intentó envenenarte? ¡Está loca! Deberíamos haberla encerrado en algún monasterio cuando tuvimos la opción.

 

Se abrió el silencio entre los hermanos. Bajo la atronadora voz del duque se elevaron los murmullos del rey que provocaron que Thomas lo maldijera en baja voz. Vi, desde mi esquina cómo se agitaba cual perro enjaulado. Se detuvo, y luego volvió hacia él. Entonces, desde el altar sonó la voz del rey:

 

Eso es lo que os importa, duque, que tenga casi tantas tierras como vos… Y no me habléis de traición, pues ambos sabemos que fuiste vos quien acabó con la vida de nuestro padre y de nuestro hermano.

 

¡Pero si fue ella! Lo sabes perfectamente, ella mató a nuestro hermano.

 

¡Pero vos lo sabíais y tendríais que habérmelo dicho! Y no fue a mí a quién quería envenenar, sino a vos y lo sabéis tan bien como yo.

 

Tom rio desquiciado mientras se llevaba las manos a su pelambrera morena.

 

Tú… tú… eres el peor de los cuatro, siempre lo has sido. ¡Te dio igual que matase a padre, te dio igual la muerte de nuestro hermano y que ella sea una zorra traidora! ¡Y lo peor es que la defiendes!

 

¡No agotes mi paciencia, Tom! Y dejad de tutearme, sigo siendo tu rey y vos mí supuesto leal y humilde siervo, así que tratadme como tal.

 

Tom se lanzó de rodillas a su lado, lo tomó violentamente del rostro y le obligó a mirarle a la cara.

 

Soy el más humilde y leal de tus siervos, Bill, ¿es que todavía no lo ves? Si no confías en mí, tu gemelo, ¿en quién? ¿En la zorra? Esa te va a estar diciendo todo lo que quieras escuchar, te dirá que te quiere pero la verdad es que cuando te apuñale no soltará ni una lágrima por ti.

 

Bill lo miró impávido, mientras Tom temblaba a su lado, agitado, arrebatado por la emoción del momento, luego agachó la cabeza sumisamente ante la atenta mirada de su hermano.

 

Sé que lo sois, sé que nunca me traicionaríais, pero, me guardáis rencor, mucho rencor, demasiado, desde el día en que rechacé proclamar mi victoria en los campos del norte (en las que ganamos las tierras fronterizas) y desde que osé no tomar como esposa a la princesa que me habíais elegido.

 

Me dijisteis que no llegarías vivo a esa boda y ya han pasado más de tres años de eso, si en lugar de ayunar y rezar, comieseis e hicieseis una vida más activa, no tendríais esos achaques de salud que siempre os mantienen en palacio.

 

Hermano, a pesar de la decisión de padre de entregarme la corona, siempre os he considerado a vos portador de ella de alguna manera, ya que como el comandante de mis ejércitos, llegáis allí con vuestra espada a donde mi oratoria no puede llegar.

 

»A mis ojos, sois tan rey como yo, pero creo que la difícil decisión de padre siempre ha sido mal recibida por vos, sin embargo, y a pesar de que comprendo vuestra desdicha, ¿de verdad por diez minutos he de perder mi reino?

 

William se detuvo, se alzó sobre sus piernas delgadas desacostumbradas a pasar días de cabalgata. Se movió agitado por la sala y entonces, tomó la corona, su gran corona de oro con diamantes, rubíes, zafiros, esmeraldas y perlas engarzadas. La sostuvo entre sus manos y buscó en ella con los ojos algo oculto a la vista de todos, algo que solo él podía ver.

 

Aquella verdaderamente era la gran joya del rey, no era lo mejor que había contemplado, pero sí una obra maestra de la artesanía que se podría vender por demasiado dinero, tanto que muy pocos la podrían comprar.

 

Nunca tomé represalias hacia vuestra persona a pesar de haber acometido parricidio —dijo el rey volviendo su vista hacia su hermano, completamente de rodillas en el suelo—, porque he mirado en el fondo de mi corazón y sé que yo ansiaba lo mismo, es por ello por lo cual temo que de alguna forma os haya trasmitido mi pensamiento egoísta, por lo tanto, sé que su sangre mancha tanto mis manos como las tuyas… aunque también puede que acabar con él fuese el acto de misericordia más grande que haya contemplado, tanto hacia nuestro decrepito padre, como hacia nosotros. 

 

 Un silencio sepulcral se hizo en la sala. Solo el chisporroteo de las llamas y las gotas cayendo se sentían en toda la capilla. Ahora los hermanos eran dos figuras pequeñas y menguadas ante la figura de piedra tallada del dios. Parecían idénticos así sentados.

 

El dios doble me ha dicho que alguien va a traicionarme.

 

Será la zorra. Se cree que por estar preñada del norteño va a ser reina, como si no tuviese que pasar todavía delante de nuestros ataúdes.

 

Tom, temo por tus hijos, ¿cómo están?

 

Sanos y fuertes. Son jóvenes pero ya han luchado batallas. ¿Y tus bastardos?

 

Durmiendo —contestó—. Será mejor que te retires.

 

Thomas bufó, airado, mientras se ponía en pie.

 

¿Qué vas a hacer con ellos? —preguntó mientras se retiraba.

 

Casarlos cuando sea el momento… tienen sangre regia al fin y al cabo. Duque, ya podéis dejarme a solas.

 

Pero no pueden gobernar —aclaró mientras el rey alzaba de nuevo el cántico y tras un breve silencio, respondió: 

 

Tengo a tus hijos para que me sucedan.

 

Elegirás a Henry, me supongo.

 

El rey le miró a los ojos con aquella serena mirada lastimera que le caracterizaba. Se puso en pie superando la altura del mayor de los hermanos y aclaró:

 

Elegiré al mejor, no al mayor.

 

En un rápido movimiento que hizo temblar la llama de las velas, Thomas, duque y comandante de los ejércitos reales, clavó sus pulgares en los ojos de su hermano, reventándole los globos oculares que se deshicieron en sangre.

 

El rey gritó como pocas veces atrás había escuchado vociferar a un hombre. En ese momento, de la viga saltó una figura negra, pequeña, ágil y atlética que apuñaló a Thomas en el costado, lo cual le arrancó un grito que se sumó al de su hermano, que quebraba el silencio de la capulla.

 

¡Por diez minutos no voy a perder mi reino!

 

Thomas consiguió arrodillarlo mientras retorcía sus dedos en la herida de su hermano, que clamaba:

 

¡¡¡No lo mates!!! ¡¡¡No lo mates!!!

 

Y el asesino se abalanzó sobre el hombre, agarró sus manos y sacó sus duros dedos de las cuencas de aquellos ojos, arañándole las sienes y la cara ensangrentada en el acto.

 

La guardia irrumpió y consiguieron que el duque soltase la cara teñida en rojo del rey, que se había desmayado entre gritos y sangre.

 

Lo último que le escuché decir antes de huir por la ventana por la que había entrado fue:

 

¡Traición!

Notas finales: ¿Qué les ha parecido? ¿Demasiado fuerte? ¿Cruel? ¿Cómo ven la relación entre los hermanos?

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