CAPÍTULO 4. LA CAPILLA

 Tras subir las escaleras, accedí a la cocina. Los fogones todavía estaban encendidos, todo el personal había salido de sus camas para alimentar a la corte del señor del norte.

El negro mate de mis ropas desentonaba con respecto a las túnicas blancas de los hombres y mujeres que nutrían el horno con madera, rociaban la carne de venado con grasa, troceaban verduras, especiaban el vino, calentaban las ollas o amasaban el pan.

Los olores se mezclaban en el aire, donde flotaba una capa de humo denso que aproveché para salir de mi escondite. A pesar de tener el disfraz, me exponía a que otro monje no me identificase y alertase a los guardias, pero esperar a que terminase la cena (que sabiendo el apetito de los norteños, sería esconderme hasta cuando sirviesen el desayuno), sería una autentica pérdida de tiempo.

Miré a mí alrededor y vi que faltaba poco para llevar a las bocas de los norteños semejantes viandas. Fue entonces cuando comencé a avanzar por la cocina con pasos mesurados, la cabeza agachada, mirando mis botas de cuero nada dignas de un sacerdote, atravesando el espacio que separaba la cocina de una escalera que la comunica con la sala del trono, donde me encontré una silla vulgar, tal vez un poco más grande que otras, completamente vacía.

Una luz trémula y pálida caía sobre el trono como si de un velo se tratase, estaba hecha a contra relieve con oro fundido engarzado en las líneas y espiarles que recorrían la alta madera del respaldo y el reposa brazos. En realidad no es que fuese una simple silla, tenía su encanto, pero todos sabemos que ese hombre solo sienta su culo en mármol blanco u oro macizo, no en un pobre cojín de terciopelo. Aun así ahí estaba yo, ante la sala del trono vacío con dos mesas horizontales abarrotadas de soldados ebrios a falta de la comida. No tardé en situar al conde, a cuyo lado estaba el duque, muy lejos de sus hombres, junto a una puerta de madera fundida en la penumbra que tal vez conectase con la capilla.

Según las indicaciones que había recibido, el monarca estaba rezando en la capilla, sin embargo, daba igual donde estuviese, lo mejor que podía pasarme siendo un ladrón era encontrar la cámara vacía o con el rey durmiendo en su lecho de plumas sobre el pecho desnudo de uno de sus amantes. Ojala viviese para ver eso, pero me temo que el tiempo de contemplaciones ha terminado, porque recorriendo esta sala lo único que hacía era demostrar lo poco que conocía el castillo.

La puerta principal entreabierta me invitó a salir ahora que los cocineros entraban cargando grandes bandejas de estaño con carne y más cerveza de cebada, manjares que no tenía tiempo de catar a pesar del apetito que extrañamente se me iba abriendo en el estómago.

Me escurrí por la puerta en el justo momento en el cual se acercaba a mi posición el hermano del rey, motivo para que los hombres comenzaran a vitorearle entrechocando sus picheles contra las mesas de madera que temblaban con la fuerza de sus golpes.

 Fuera, la lluvia arremetía contra la piedra del patio. No había ni una sola luz producida por la luna, solo la trémula lumbre de los braseros que castañeaban cada vez que una gota caía dentro.

Seguí el sendero de luces zigzagueantes, mojando levemente mi túnica en el acto, y me dirigí a la izquierda donde los pequeños castillos solían tener las capillas. La presencia de dos guardias apostados en el exterior, me indicó que la información obtenida meses atrás era cierta.

Pasé ante los guardias sin que estos se inmutaran y seguí hasta el final de la construcción, hacia la esquina que daba al muro. Esa parte se quedaba media camuflada con la construcción de enfrente, ente eso y la oscuridad, pude escalar guiándome por las aperturas de la construcción, donde las palomas formaban sus nidos ahora que estaban vacías de troncos de madera con las que los arquitectos alzaron la construcción.

Solían rellenar los bloques hasta una altura de un metro, para evitar que gente como yo entrase por los tejados. Salté todo lo que pude impulsándome con los pies. La sotana no era muy cómoda para realizar estas hazañas, pero tampoco sería imposible hacerlo vestido así. Me quedé colgado de la pared, con las manos introducidas en los agujeros cuadrados, mirando los guardias. Me alcé con ayuda de los pies y tras volver a impulsarme con los brazos, conseguí que mi mano derecha llegase a otro hueco. Elevé la pierna derecha y la alcé hasta el agujero en el que antes estuvo mi mano. Llegado a este punto, el esfuerzo mayor ya estaba hecho.

Las paredes resbalaban tanto por el moho como por la lluvia. Las pesadas telas mojadas me ralentizaban, pero si me quitaba el hábito corría el riesgo de quedarme sin un disfraz de lo más útil.

Trepé hasta el tejado, donde a mis espaldas, habían unos guardias mirando hacia las afueras, hacia la ciudad dormida. Me alcé lentamente hasta quedar de cuchillas entre las tejas de piedra y miré las figuras que hablaban en susurros mientras miraban la explanada.

Comencé a andar por el tejado, sintiendo como las telas se metían bajo mis pies, provocando que mis pasos fuesen lentos y torpes. Levanté la ropa y la até a mi cintura y seguí caminando hacia la ventana de grueso cristal.

Un relámpago me iluminó completamente, lo cual me hizo mirar atrás, hacia los guardias que recorrían la muralla con las ballestas cargadas. Un solo presentimiento de que yo podía estar ahí y me ensartarían con sus virotes.

Seguí avanzando, evitando las tejas sueltas, hasta que mis manos se encontraron con aquel cristal que empujé hacia dentro con relativa facilidad. Se quedó medio abierto, pero lo suficiente como para que mi cuerpo pequeño entrase. Me deslicé por las paredes hasta tocar el suelo, donde mis pies, al entrar en contacto con la superficie, emitieron débiles murmullos que se perdieron por la capilla, donde el rumor de las gotas de lluvia era duplicado por el eco de las bóvedas.

Desde la esquina más cercana a la puerta, pude apreciar una capilla parcamente ornamentada en cuyo altar se erigía la figura de dos dioses extranjeros. Sobre la mesa, donde el sacerdote daba su retahíla, había una rica ofrenda digna de un rey, que superaba con creces la pobreza que detonaban las paredes desnudas de tapices, cristaleras o cuadros. Dentro se mezclaban el olor a humedad y a vela con el del incienso de las últimas misas.   

Frente a dicho altar se encontraba un hombre, de rodillas en el centro del habitáculo, rezando con los brazos extendidos en cruz y la cara alzada.

Desde donde estaba, observé la figura inmóvil sin saber qué movimiento acometer ahora, porque había aprovechado el ruido de los truenos para entrar, pero este rezador se podía girar en cualquier momento.

Busqué otras alternativas, y solo vi, gracias a una de las candelas del altar, una puerta cerrada a la izquierda del hombre.

Sobre mi cabeza había varios tablones de madera que soportaban la estructura y que eran el camino y auxilio ideal de asesinos y ladrones. Busqué por dónde escalar, pero no encontré nada mejor para auparme que la mesa ocupada por un cofre de oro y candelabros donde se queman velas negras.

El hombre continuaba con los brazos extendidos en cruz y si sé lo que estaba haciendo, tardará dos minutos más en cambiar de postura, así que sopesé salir por donde había entrado, pero esa puerta… si tan solo pudiese pasar al otro lado… ¡pero me vería! Se encontraba demasiado cerca.

Un rayo rompió una oscuridad apenas mordida por velas que no dudaban en apagarse cuando la corriente y las gotas de lluvia entraban por los agujeros del techo.

Miré arriba, como suplicándole al techo que me echase una mano para llegar a él, pero nada ocurría, solo otro golpe de luz que recortaba las sombras de los postes de madera dibujando figuras humanas donde solo había sombras…

De repente escuché las telas de la larga túnica roja ribeteada de flores doradas plegarse sobre ellas y chocar contra el suelo, al igual que su cabello castaño oscuro, cortado a media melena, cuando apoyó  la frente en el piso.

Miré al hombre, inmóvil. Ahora que se había agachado podía ver lo que había ante él: un cojín de terciopelo rojo donde reposaba una aleación perfecta de oro, diamante, zafiros y perlas. La corona estaba ahí, a escasos metros de mí, pero no podía sacarme de la cabeza aquella especie de sombra que creí descubrir en los tablones, por lo que alcé la vista y la busqué en aquella oscuridad, pero no había nada.

Comencé a vigilar los tablones de madera, intentando percibir alguna vibración, algún ruido, un quejido, lo que sea… pero no había manera de captar algo, porque era un día perfecto para pasearse por las vigas y recorrer el castillo desde las alturas. Lástima que no estuviesen por todo la construcción.

Dejé de preocuparme del hombre que pronunciaba una baja letanía entre sus labios apoyados sobre un suelo recubierto de polvo y serrín, pues una ansiedad comenzó a atraparme lentamente sin que yo pudiese ponerle fin, lo cual me hizo caer presa de una agitación que me llevó a respirar con urgencia, sintiendo fuerte el golpeteo de mi corazón, al mismo tiempo que un sudor frío bañaba mi frente, en una mezcla de calor por la humedad, la túnica y la posibilidad de que aquella sombra fuese verdadera.

Vigilé los andamios con sospecha, si estaba ahí, como presiento, se esconderá en las sombras del tercer pilar que conectaba con uno que atravesaba la estructura de este a oeste y que a su vez se unía con una única viga. Esperé paciente al siguiente rayo, pero la lluvia había acampado y ahora se escuchaba con más fuerza la letanía del hombre que se había vuelto a poner con los brazos en forma de cruz. Gotas furtivas caían fuera, sobre la piedra; dentro, un aire helado me bañaba la cara pero yo solo podía sentir más calor, más asfixia, más miedo. Un rayo de luna cruzó el pequeño rosetón de la capilla e iluminó el suelo y la viga central hasta más de la mitad, hasta la ramificación.

Miré al rezador. Miré la viga.

Vacié la mente al completo, solo me importaba saber si aquello estaba ahí o en mi cabeza. Parpadeé. Y el aire se agitó en esa zona de luz que estaba vigilando. Le acababa de ver, pero solo porque él quería que le viese.

Ahora estoy completamente seguro de que no saldré con vida del castillo.

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