CAPÍTULO 2. LAS MAZMORRAS
La espina era profunda y casi podría tratarse de un fémur incrustado en mi corazón antes que de una simple espinita de pescado. Llevaba ahí años y lejos de sanar con el tiempo se mantenía abierta y supurante.
Una arcada me devolvió a la realidad pues en algún lugar no tan lejano de mí se descomponía un cadáver ya sea animal o humano. El olor era tan fétido que tuve que evitar tomar aire por la nariz e internarme a toda prisa entre las callejuelas de aquel paraíso subterráneo que sería la envidia de cualquier ladrón, ya que en aquellas catacumbas un experto sigiloso como yo podría esconder cualquier tesoro… además estaba en el centro de la ciudad y bajo el castillo, lugar donde se amontonaban las riquezas de diferentes cortesanos que no siempre se quedaban más de una semana y, claro, como en el trayecto siempre es normal perder cosas…
Se me hizo la boca agua de solo pensarlo.
El hechizo para llamas que me enseñó aquel mago en el mercado negro no duraba demasiado dada mi inexperiencia en la hechicería, por ello me veía obligado a conjurarlo continuamente hasta el punto de agotarme y caminar a tientas en una oscuridad abrumadora donde no se veía nada y solo se escuchan murmullos lejanos como los gimoteos de una rata, pasos triples, aguas fluyendo, una voz apagado procedente del final, el viento caliente remover hojas secas que por azares del mismo viento habían llegado a parar ahí…
Estaba acostumbrado a caminar a tientas, a vérmelas a solas en la oscuridad, pero como ladrón se necesita conocer demasiado bien los alrededores antes de lanzarse a la aventura, si no te pueden pasar estas cosas como quedarte en la oscuridad, agotado y sin víveres para soportar un extravío en estas calles infinitas que harían perder la cordura al más calmado… ¡era culpa de la espina! Era mi fallo, mi defecto… ya me lo había dicho mi maestro. Si no me olvidaba de esa espina sería para siempre un ratero del montón, o peor, un bandido… tal vez por eso le asesiné… porque sabía que lo que decía era cierto. Sabía que si no sacaba la espina seguiría peligrosamente de cerca la senda del asesino que era muy distinta a la nuestra…
En realidad no sé cómo acabé con él, fue durante un entrenamiento… estábamos practicando. Debía aprender a luchar. Puede que ese día estuviese más susceptible de lo normal, pero era comprensible pero nada evitó que su cuello se rompiese emitiendo un estremecedor sonido que todavía escucho en el fondo de mi cabeza.
Llegué a un callejón sin salida y lo descubrí de la peor de las formas posibles, pues mi nariz casi estalla cuando choqué contra la pared a la cual casi ensarto con el puñal de lo desorientado que estaba.
Invoqué la luz que iluminó el sendero erróneo por el cual mis pies se habían dejado llevar. Saqué el mapa del jubón y cuando me di cuenta de que estaba perdido ya era demasiado tarde.
Mi corazón se lanzó al galope antes de que mi cerebro reaccionara… perderse aquí era una locura, perderse aquí podía implicar la muerte. Me maldije aunque eso no sirviese de nada.
Traté de tranquilizarme. Cerré los ojos buscando paz y respiré sabiendo que todo tenía solución menos la muerte. Podría haber cometido un error fatal pero también cabía que solo me hubiese desviado un poco y la salida estuviese próxima.
Me puse en marcha, esta vez con una antorcha prendida que improvisé con los restos de algún mendigo que se ocultaba en las catacumbas del castillo. La idea de la antorcha me disgustaba porque eso me haría visible para algún asaltador con intenciones más perniciosas que la mía. En un combate podría vencerle sin dificultad pero estaba yendo sin mi elemento, sin la oscuridad y el sigilo a mi favor, pero sin la lumbre me perdería en las entrañas de este inhóspito lugar.
Miré el mapa sin comprenderlo porque cada esquina que señalaba no se correspondía con la que yo veía, cada pasillo que me señalaba me llevaba a un lugar sin salida.
Me detuve ya sin saber muy bien qué hacer… me sentí como un ladrón novato que no había prestado atención a la más importante de las lecciones de su maestro “mantente siempre atento”. Fue tal el furor al que me llevó la frustración que quise romper el silencio que desde hacía horas rasgaba mis oídos acostumbrados al bullicio de la calle o al ronquido del señor de un majestuoso castillo cuyas chucherías debía robar para la dama de otro acaudalado, que deseaba el mismo zafiro perfecto de bordes redondeados engarzado en diamantes. Pero esta era una misión diferente. Aquí debía valerme de todos mis sentidos que debían estar más afilados que mis propias dagas para llevarla a cabo sin morir en el intento.
Seguí avanzando con el mapa en mano, dejándome llevar por mi instinto de supervivencia que me clamaban para que fuese por ese corredor estrecho que tanto se asemejaba al del diseño. Lo seguí con cautela hasta el final, sintiendo cómo a cada paso que daba se iba encogiendo más, hasta el punto de caminar casi de cuchillas, apartando a las gimientes ratas a mi paso, así como las telas de araña que se cruzaban en mi camino, para seguir por aquel corredor que ya era un túnel estrecho que crucé sabiendo que podría desprenderse dada la edad y el desuso, pero por el que continué avanzando a pesar de que el chillido de las ratas se hacía cada vez más humano, más de mujer, y por fin distinguí un clamor femenino.
Era un jadeo agónico, una carcajada estertorosa y casi orgásmicas, luego humo con hedor a carne quemada seguido de un aullido gutural que erizaba la piel porque parecía liberar al mismísimo animal herido que llevaba dentro, pero no por ello menos peligroso. Comenzó a oler a sangre.
Llegué al final del túnel, sobre mi cabeza se veía una titilante luz anaranjada que solo significaba una cosa. Me aupé de un salto y agarré la cornisa con mis brazos, dejé mi cuerpo suspendido en el aire apoyando el dorso en la piedra húmeda y pegajosa durante un tiempo en el cual me alcé lentamente hasta poder ver algo más que la piedra rezumante de carne pútrida y hueso. Terminé de elevarme hasta que la espalda llegó al techo, me encogí todo lo posible para poder alzar la rodilla derecha y luego la izquierda, quedándome hecho un ovillo en aquel conducto por el que echaban a los prisioneros de la peor de las maneras…
Contemplé desde mi posición la claridad que imperaba fuera de aquel hueco en la pared, esperando, aguardando a que ella apareciera en mi campo de visión, pero no lo hacía.
Reconocería esa voz por muy distorsionada que estuviese, por muy lejos que se encontrase y por muy baja que sonase.
Otro grito de garganta me sacó de mis pensamientos. Seguía sin ver nada, pero podía oler la carne lacerada fundirse bajo la tenaza ardiente de un verdugo sin piedad. Me aproximé a la salida del túnel, un arco perfectamente delineado excavado en piedra roja que delimitaba la sala de torturas del muladar por el que había trepado.
Me arrodillé para bajar la cabeza que rozó el suelo de piedra cubierto de sangre seca. Mis ojos primero se posaron en la izquierda donde solo estaba la oscuridad, luego viajaron hacia la derecha y la luz de las llama me cegó. Cerré los ojos y parpadeé repetidas veces hasta poder mirar con los ojos abiertos a una mujer clavada de manos y pies a una cruz de madera en la que soltaba alaridos de cruel dolor que mi conocida le infligía con un extenso palo de metal primero negro, dorado y anaranjado en la punta.
La hundió en la carne sin miedo, con lentitud, saboreando la carne blanca ponerse roja y cada vez más morada hasta entrar en ella y clavarse en su muslo antes níveo arrancándole a la joven pelirroja un grito que me puso los pelos de punta.
Sin previo aviso, soltó el arma que lanzó sin casi preocupación en mi dirección. Aparté la cara de del suelo con temor a que el candor del metal me alcanzase pero cayó lejos de mí. Me mantuve agazapado en la oscuridad, escuchando…
—¿Estás dispuesta a colaborar? —preguntó ella.
No escuché la respuesta, porque estaba demasiado ocupado saliendo cual serpiente de mi escondite para huir antes de que aquella mujer me encontrase cuando fuese a coger su varita del horror.
Me confundí con las sombras de la amplia sala, adentrándome en un lugar donde no había ley. La puerta estaba vacía de guardias y solo era iluminada por unas ascuas a punto de extinguirse.
Giré sobre mis pies para contemplar el cuerpo desnudo de la dama frente a Aalis quien la tenía aprisionada con sus delicadas manos de asesina… ¿Un asesino de élite en la corte de William IV de Suburbia? Aquello jamás lo habría podido vaticinar ni en mis mejores desvaríos de imaginación, pero al menos había podido entrar en el castillo sin ser avistado. Solo me quedaba recorrer todo el amasijo de corredores, llegar al salón del trono, recorrer las cámaras de los cortesanos y acceder a la más alta torre donde su majestad el rey dormiría con un ojo abierto por si alguien como yo intentaba hacer de las suyas y le intentaba apuñalar en el costado, que era lo más común, solo a mí se me ocurría arriesgar la vida para robar una corona.
Notas finales: ¡Muchísimas gracias por leer! Si hay algún error, me gustaría saberlo. 🙂