Prólogo
Cuando llamaron a Bill por primera vez, estaba en su camerino, en un Pub a ciento cincuenta kilómetros del domicilio familiar, repasándose los labios con carmín, asegurándose de que la peluca rubio platino estuviese bien puesta y el vestido rojo de su madre bien ceñido por sus escasas curvas.
Le llamaron al móvil y tuvo que cogerlo tras delinearse los ojos de negro, preguntó “¿Quién es?” con voz de mujer, olvidando que podía tratarse de algún conocido, no lo era, pero tuvo que cambiar a su voz de hombre cuándo la policía forense le dijo que su madre acababa de fallecer y que, por favor, viniese a identificar el cadáver.
—Gracias —musitó antes de colgar su móvil y detenerse ante la figura de su alter ego “Billy Starduz” una joven de veinticinco años, travesti desde los dieciséis, enamorada del amor y de David Bowie, pero que sobre todo deseaba triunfar en el mundo de la música y, por supuesto, ser mujer.
Se quitó la peluca de la cabeza y la soltó en aquella mesa vacía esperando a que las lágrimas viniesen, pero no lo hicieron. Solo podía mirar su reflejo en el espejo esperando a que “la otra”, que no era Bill Kaulitz, la consolase, pero no lo hizo. Ni Billy ni Bill lloraron, solo se miraron a los ojos, deseando hablar con una persona, con el hermano de Bill y el exnovio de Billy.
Cogió el teléfono y temblando buscó su número en la agenda. No lo tenía. Lo habría perdido cuando cambió de compañía telefónica. Pensó en llamar a su madre para que se lo dijese (ella seguramente lo tendría), pero entonces calló en el hecho de que su madre había fallecido. Un nudo en la garganta le mantuvo paralizado en la silla mientras soltaba las primeras lágrimas. Pero se las secó rápidamente, pensando que hasta que no lo identificase aquello podría tratarse de un error.
Salió del local completamente vestido como un hombre, cogió el coche aparentando máxima serenidad y entró en el hospital (solo), le enseñaron el cuerpo (solo), asintió pesadamente mientras una mezcla entre arcada y nudo en la garganta se le aferraba a las cuerdas vocales. Intentó no derramar una lágrima mientras fuese un hombre. Así lo hizo.
Salió y mientras las palabras “infarto” y “era la edad” se repetían por su mente, volvió al ático en pleno Berlín y no local donde cantaba, y desde ahí y con todavía su disfraz de hombre hizo todo el papeleo previo al funeral: catering, misa, invitados, las flores… La celebración de la muerte de su madre estaba lista. Solo faltaba que los invitados aceptasen y su hermano contestase al mensaje que le había dejado en Facebook para que todo rotase. Así era el protocolo que había seguido su madre el día de la muerte de su padre y así era el protocolo que seguiría él hoy.
Cuando llamaron a Tom por primera vez, estaba follándose a un travesti. Estaba enculando al muy bujarrón cuando la vibración de su móvil se empezó a escuchar de forma intermitente. A pesar de ello lo siguió embistiendo e incluso con más fuerza, para olvidarse de su maldito trabajo en el bufete de abogados, para olvidarse de su esposa y para de su hija. Tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de pensar en todo aquello y centrarse en los pechos operados que se movía en círculos hipnotizadores. Sacó su miembro y se masturbó a propósito para correrse en los inmensos pechos operados del travesti que, mirándole a los ojos, se comportó como una buena actriz porno y gimió, acariciándose las tetas, mientras eyaculaba.
Tom se limpió, se puso los calzoncillos, se abrochó el pantalón tras meterse la camiseta blanca dentro, luego se hizo el nudo de la corbata, se puso la americana y pagó al hombre que se despidió de él con una mirada provocadora. Le picó el ojo y salió al pasillo oscuro, pintado de rojo borgoña, de aquel club donde la música, al principio sosegada, iba creciendo hasta alcanzar su volumen original en la pista de baile central, donde ya no quedaba casi nadie, solo sus compañeros del bufete bailando un paso doble con las camareras o prostitutas a las cuales se asían como si su equilibrio dependiese del fuerte agarre sostenido entorno a sus nalgas.
Salió de ahí sin suscitar el interés de ninguno de sus compañeros de trabajo, por lo que recorrió la calle solo, en silencio, exhalando vaho, mirando las construcciones de los altos edificios que se levantaban a su alrededor. Apenas veía el gran puente de lo borracho que iba, así que siguió caminando en dirección a su coche aparcado dos calles por debajo del club.
Volvió a casa sin saber cómo y metió el coche en el garaje, al lado del de su esposa. Salió del coche y entró en la casa donde el calor del hogar lo estremeció en comparación con el frío que había sentido fuera.
Subió guiado por la luz de su móvil hasta la cocina donde prendió la luz buscando agua, pero como hacía poco que la había reformado, tardó en ubicarse. Tras hallar la jarra de agua, cerró la puerta de la nevera, tras la que encontró a su mujer, de pie, con un albornoz puesto, cuya aparición le sobrecogió.
Eran poco más de las cinco de la mañana. Una hora en la que no era ni lo suficientemente tarde para encontrar a su familia despierta ni lo suficientemente pronto como para encontrar a su madrugadora mujer en pie.
La miró sirviéndose un vaso de agua, esperando a que le dijese algo. Aquella era la primera vez en la historia de su matrimonio en la que le pillaba volviendo a hurtadillas de sus correrías nocturnas, mentira, era la primera vez que ella mostraba signos de darse cuenta de que él volvía de alguna de sus correrías nocturnas.
Tom se sentó porque si no lo hacía se desplomaría en el suelo de cansancio. Esperó a que ella se sentase delante de él, con su albornoz de satén negro puesto y el pelo completamente despeinado, para regañarle o le montase un dramón típico de hembra herida.
—Tom, cariño, ¿has recibido alguna llamada en las últimas horas? He estado intentando contactarte.
Tom la miró sin entender nada.
—No, cariño, no he mirado el teléfono. ¿Podemos hablarlo mañana?
—A las nueve de la mañana saldremos a Alemania, cariño.
Tom la miró frunciendo el ceño, al mismo tiempo que se levantaba de la silla para quitarse la chaqueta.
—¡Venga ya! ¿No me vas a gritar? ¿¡Esta es tu forma de vengarte de mí, de tu marido!? ¿¡Amenazándome con echarme de mi propia casa!?
—Tom, tu madre ha muerto
Tom se quedó mudo. Tragó saliva como pudo y sin decir nada dejó la chaqueta en la encimera, cruzó al lado de su esposa para irse al dormitorio, pero ella le sujetó de la muñeca, obligándole a mirarle. Su esposa le observó, contemplando los ojos acuosos de un borracho devolverle una mirada vacía.
Le abrazó con lágrimas en los ojos, oliendo en su camisa el fuerte hedor a alcohol y a perfume de mujer que no era ella.
Continuará…
Muchas gracias por leer, espero que les guste. ¿Qué tal el primer capítulo?