Capítulo 2: La Misa
Bill se separó de sus labios solo para volver a besarle con más intensidad. Le rodeó el cuello con las manos, aproximándose a su cuerpo más todavía, lo cual le permitió atrapar el labio inferior de Tom con los suyos; lo succionó, sintiendo cómo un fuego se esparcía por todo su cuerpo cada vez que los labios templados de su hermano le correspondían al dejarle vía libre para que su lengua explorase toda la cavidad.
Bill introdujo su mano bajo la camisa desabotonada de Tom, donde las yemas de sus dedos palparon un pecho suave y fibroso en el que pudo leer con las manos el dictado de su corazón. Le mordió el labio a su hermano, quien le tomó por la cintura dejando su pierna entre las de Bill quien sentía como la sangre corría a su entrepierna dándole latigazos eléctricos.
De repente, su hermano le sujetó del cabello, haciéndole gemir contra sus labios hasta que Tom tiró tan fuerte que le obligó a separarse.
Mientras Tom le miraba a los ojos, el agarre se iba deshaciendo. Bill se pasó la lengua por los labios lastimados a causa de la barba de su hermano, con cuyo aliento cálido le aliviaba las rozaduras.
Bill se aproximó de nuevo a Tom, pero apenas consiguió alcanzar a entrelazar sus labios cuando este le viró el rostro y se empezó a alejar de él, pasándose la manga de la camisa por los labios húmedos.
Caminó por la sala hasta el espejo donde continuó abrochándose la camisa bajo la atenta mirada de Bill, que con el ceño fruncido le observaba con los dedos en sus labios consolando el doloroso rechazo con el calor de su propio cuerpo.
—No lo entiendo —le dijo Bill, acercándose, entrando en la visión de su hermano al ponerse ante el espejo.
—¿Qué hay que entender? Me has besado, pero te lo voy a perdonar por las circunstancias.
—¿Que me perdonas? ¿Qué hay que perdonar?
—Soy un hombre casado…
Bill abrió los ojos ante la respuesta.
—¿Me estás diciendo que quieres a tu esposa?
Tom se puso la corbata y procedió a hacerse un doble nudo Windsor ante la atenta mirada de su hermano.
—¿No dices nada? —Hizo una pausa—. Pues claro que no dices nada, no la quieres a ellas y ambos lo saben ¡Y les da igual tanto a la caprichosa de tu esposa como a ti, que se lo pagas todo!
—Pero, bueno, ¿y esto ahora qué es? —contestó, poniéndose la chaqueta—. ¿Qué más dará lo que yo haga en mi vida privada si no es de tu incumbencia?
—Si me incumbe, porque no quieres que yo esté en ella.
—Bill, pudiste haberte venido conmigo a Malta y no lo hiciste, elegiste a mamá y, ¿sabes qué? Elegiste mal, Bill Kaulitz, elegiste mal.
A Bill se le formó un nudo en el estómago que recorrió su busto entero, sacudiéndolo, hasta llegar a la garganta.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó en un hilo de voz, viendo cómo su hermano se alejaba de él en dirección a la puerta—. ¿Me estás diciendo que es demasiado tarde para nosotros? ¿Qué no entiendes lo que me llevó a hacer caso a mamá?
Tom se dio la vuelta, se mordió el labio y sin decirle nada dejó caer sus parpados en un movimiento lento que hizo que a Bill se le erizara todo los vellos de los brazos.
Tom bajó a la planta inferior donde lo primero que se encontró fue con un hombre barbudo, de pelo largo, con una camisa blanca desabrochada y unos tejanos descoloridos, además del añadido de una guitarra acústica en la mano.
Maldijo que por segunda vez en su vida le tocase echar al vagabundo de turno de la casa.
—Hola, ¿nos conocemos? —preguntó Tom, imponiéndose entre su tía Otilia y el hombre que le miró a través de sus greñas con aquellos ojos claros.
—Hola, debes ser Bill o tal vez Tom, ¿cierto?
Tom asintió mientras le daba la mano.
—Mi más sincero pésame. La señora Kaulitz era una mujer encantadora y singular, muy recta en muchas cosas, pero un amor de persona, ¡tenía un alma que pocos tenías!
—Ya, ya, claro, ¡un alma! Pero, creo que no he tenido el placer de conocerle, ¿usted es el señor…?
—Me llaman Rayo de Luz Cegadora.
Tom asintió con la boca abierta.
—¿Podría acompañarme fuera, Rayo de luz? ¿Puedo llamarte así? —Se mordió el labio escondiendo una risa.
El hombre asintió servicial y con la guitarra en la mano, ambos hombres salieron al exterior donde la luz pálida del sol marchito de Alemania les recibió.
—¿Le importa que fume?
Tom negó.
—Señor, ¿cuánto quiere?
El hombre alzó una ceja mientras encendía el porro en sus labios.
—¿Para qué iba a querer yo dinero? —Soltó el humo—. Solo quiero despedirme de su madre. Significó mucho para mí cuando dejé mi trabajo y cambié de vida. Me gustaría cantarle nuestra canción y poco más.
—No me lo ponga más difícil, ¿cuánto? ¿Doscientos?
—¿Quiere? —dijo, ofreciéndole una calada. Tom negó enérgicamente.
—No se lo vuelvo a repetir, si tengo que llamar a la policía lo haré.
—¿Me sujeta esto? —Le tendió el cigarro—. Se le ve demasiado tieso, termíneselo usted, hombre, lo necesita más que yo. —Miró al cielo mientras se colocaba la guitarra y comenzaba a afirmarla, dando primero unas puntadas a la guitarra para luego hacer acopio de su oído de músico para dedicarle su debido tiempo a cada cuerpo—. ¿Qué le parece 900.000?
—¿Perdón?
El hombre comenzó a tocar la guitarra todavía mirando al cielo.
—¿Está usted vacilándome? ¡Llamaré a la policía ahora mismo!
Rayo de Luz Cegadora dejó de tocar la guitarra.
—¡Cómo usted quiera! —Y se metió la mano en los bolsillos, sacó un puñado de hojas cuadradas de poco más de quince centímetros y se las tendió a Tom para que viese con sus propios ojos un fajo de fotografías hechas con una polaroid en las que aparecía una mujer delgada y alta, cantando en un pub con un vestido de terciopelo rojo.
Pasó las fotografías confundido, porque le parecía que aquella mujer era su madre, sin embargo, eran una fotos tan nuevas que no le vio ninguna razón de ser hasta que vio la última, un primera plano… No podía ser. Miró cada rasgo: los ojos almendrados, marrones, delineados de negro, la nariz respingona idéntica a la suya, los labios carnosos, el lunar en la mejilla… Se rio, se rio ante la cara de Rayo de Luz porque aquello era increíble, demasiado grotesco para ser cierto, demasiado descabellado, surrealista, estúpido, ofensivo… Aquel monstruoso ser vestido de mujer no podía ser su hermano gemelo.
Buscó al hippie por todo el jardín ahora vacío hasta que se dio cuenta de que ya era hora del funeral, lo cual le hizo salir corriendo hacia la casa tras guardarse las fotos en el bolsillo interior de la chaqueta.
En pleno recibidor se encontró a su esposa con la niña en brazos. Lo miró aturdida.
—¿Estás fumándote un porro?
Tom se sacó el cigarro de la boca inmediatamente y lo tiró al exterior. Cerró la puerta planteándose cuánto tiempo había estado tragando el humo de aquella porquería con avidez.
Bill no le había dicho que había dos amantes resentidos en la sala, pero menos le había contado sus repentinos arranques transexuales que lo impulsaron a un puto escenario donde exhibirse en minifalda ante un grupo de desviados.
—Tom, cariño, ¿qué pasa? —le preguntó su mujer.
—¿Y Bill? —la miró pálido.
—No lo sé, ¿no estaba contigo? —le preguntó. Tom negó mirando el salón donde se encontraban una veintena de las sillas blancas dispuestas hacia el ataúd cerrado de la madre—. ¿Has mirado en el salón?
En la primera fila del lado derecho, se encontraba su hermano en la esquina más próxima a las ventanas; a su lado, su hija, su mujer, luego su asiento, un asiento vacío y el hippie afinando la guitarra.
Pasó al lado de su hermano, lo miró, este levantó la vista y le devolvió una mirada de ojos brillantes, ojerosos, enmarcados en un rostro enjuto con los labios separados, pálidos y secos.
Tom tomó asiento junto a su mujer, miró el ataúd cerrado a un metro y medio, puede que dos, de él. Tragó saliva, recordando que tenía que salir cuando el cura le diese la palabra y todavía no se había preparado nada, ya que en su cabeza solo había imágenes sueltas de la noche anterior, el vuelo, la charla con el hombre que a su lado se comía los canapés y su hermano con aquella mirada donde la lujuria se había tornado un hielo eterno en el que pendía la humedad de la tristeza.
Repentinamente, un dolor se le atenazó a las tripas, obligándole a encorvarse levemente mientras se ponía la mano en la panza. Hambre, era hambre, quiso creer.
El cura, un tipo rubio que no conocía, se puso a la izquierda del féretro y con aire solemne comenzó el réquiem.
—Bueno… buenos días a todos, estamos aquí para homenajear otra cándida alma que llega al seno de Dios, nuestro señor. Todos ya nos sabemos esta misa de pulvus sumus, pulvus seremus, así que…
Dejó de escuchar cuando la mujer del tocado se sentó a su lado, junto al hippie. Empezó a sentir un gran calor por las mejillas, el cuello, debajo del abdomen y en las piernas. Se metió el dedo índice entre el cuello y la corbata buscando algo de aire que parecía no querer ingresar en sus pulmones.
—Cariño —le susurró a su mujer en la oreja—. ¿Cuánto falta para que termine el funeral?
—Una hora, puede que más.
Tom se aclaró la garganta seca y se frotó los ojos, que seguramente habrían adquirido un matiz rosado y húmedo por la droga, la cual comenzaba a hacerle sonreír cada vez que el cura hablaba en aquel todo ceremonioso o leía algún versículo que arrancaba sollozos tras de él.
Contuvo la risa aclarándose la garganta. Parpadeó varias veces mirando hacia el ataúd de madera roja y mirándole fijamente, empezó a recrear como sería el discurso:
“No entiendo cómo todos ustedes se han reunido aquí, viejos hipócritas, cómo se nota que están deseando la lectura de testamento, viejos buitres, hijos de puta, ¡Salid de mi casa! ¡Salid de mi casa!”
Segundo intento:
“Porque tú vieja zorra me amargaste la existencia cuando decidiste por los dos los que era conveniente, ¡bruja! ¡zorra! ¡hija de…!”
Tercer intento:
“Mama, ojalá me hubieras criado igual que a Bill, no comprendo cómo él tiene tanta facilidad para ser el mismo, mientras yo… yo te insulto el día de tu muerte en lugar de llorar porque, mamá, nunca te volveré a ver, nunca te podré decir que te equivocabas, que lo que siento por Bill no es lujuria, ojalá fuese solo lujuria, y después de un puto polvo pudiese sacármelo de mis entrañas, pero… pero…”
Cuarto intento:
“Buenas tardes a todos, muchas gracias por asistir a la emotiva despedida de mi madre, la Señora Kaulitz, una de las pocas mujeres de nuestra familia tan dedicada a la beneficencia, la religiosidad, el bien estar de sus hijos y familia, siempre con una sonrisa, siempre, siempre con una sonrisa estirada sobre su arrugada piel, para todo, hasta para decirme lo que no tenía que hacer: Tom, no estudies en el conservatorio de música; Tom, no salgas con esa chica de baja ralea, sino con esa, conozco a la zorra de su madre; Tom, me voy a divorciar porque este matrimonio no me da dinero que diga… ¡felicidad!, lo siento mucho por ambos; Tom, siento mucho que ella te haya rechazado, pero, mira, era demasiado para ti, Tom, si te hubieses licenciado en medicina, hubieses hecho el superior de guitarra, supieses griego, latín, francés, inglés y chino, a lo mejor y solo a lo mejor podrías haberla merecido; y, Tom, por favor, no me hagas dejar de sonreír y vístete, es desagradable encontrarte en el sofá ejecutando practicas onanistas a tu hermano pequeño.”
Miraba al cura sin saber qué veía. Empezaba a dolerle el abdomen por ambos lados, como si unas manos de largas uñas estuviesen clavadas a su derecha e izquierda.
—Yo creo que, antes de pasar a las últimas palabras, podríamos terminar con la colaboración de nuestro hermano Georg, que quiere cantar una canción en honor a mamá… ¡a la señora Kaulitz!
Buscó con la vista al tal Georg, que no era otro sino Rayo de Luz Cegadora. Lo miró con asco, lo debió haber detenido, pero una vez más volvió a sentir un gran dolor en las tripas en una mezcla entre retortijón y miedo a tener que decir unas últimas palabras.
Los primeros acordes de la canción sonaron y la voz del hippie se expandió por toda la sala al canto de:
—This is the end… my only friend the end…
Tom lo miró con la boca abierta, sin creerse lo que estaba escuchando.
El cura animaba con las palmas, que fueron secundadas por algunos de los integrantes de la misa.
Buscó los ojos de su hermano mientras la dama de negro sacaba un móvil en el que, por un momento, vio en la pantalla de bloqueo la imagen de una rubia cantando con un vestido rojo. Se volvió hacia el Samsung Galaxy buscando la imagen de su hermano, pero en la pantalla interior solo estaba la mujer en liguero y sujetador, luego puso la cámara para grabar la actuación. Tom elevó la mirada hacia la mujer que le guiñó el ojo, este intentó sonreírle pero en su lugar solo le salió una mueca perturbadora.
Volvió a buscar con la vista a su hermano, quien no le miraba a él, sino al hippie, con los ojos y la boca abierta, los brazos extendidos sobre sus piernas, sujetándose las rodillas, completamente encorvado en la silla.
—Yo creo que le quieres —le dijo la dama de negro, obligándole a mirarle a los ojos.
Tom se rio por lo alto, luego intentó controlarse al ver que el cura y todos se habían dado cuenta de quién se estaba riendo.
—¿A quién quiero? —le susurró a la mujer al oído, posando sus labios en el lóbulo de su oreja, para que a propósito el aire húmedo de su aliento le rozase la piel caliente.
—Yo creo que quieres a tu hermano y más cuando se pone esos vestiditos, porque serás un cerdo misógino, pero te pone tu hermano, te gusta tu hermano, sobre todo porque follártelo así, con tacones y peluca, sería como follarte a tu madre, ¿no era eso lo que querías?
Se alejó de la mujer que miraba la cámara con una sonrisa en los labios como si nunca le hubiese hablado, porque ¿había hablado, verdad?
Miró la guitarra lacerada y el rostro compungido del cantante en pleno acto:
“—Father?
—Yes, son?
—I want to kill you”.
Tom temblaba, las palabras de la canción le daban vueltas por la cabeza que cada vez le dolía con más intensidad. Le empezó a costar más coger aire.
“—Mother! I want to… (grito)!”
El hippie volvió a su asiento y como si nada hubiese pasado, el cura le dio la palabra a Tom, que se levantó de la silla con un nudo en la garganta. Cualquiera que le conociese se percataría de que tenía la piel levemente amarillenta y sudada, pero igualmente se posicionó ante la gente a la que miró con los ojos muy abiertos.
Quería decir cualquier cosa, por lamentable que fuese, e irse al baño, porque cada vez se encontraba peor, y se temía lo que era, sin embargo, no quería creerse que le estuviese dando un apretón en el funeral de su madre.
Oprimió los labios y sacó el móvil para ver la hora. No podía salir a dar un discurso en ese estado, por lo que pensó que podía fingir que le llamaban, pero ya era demasiado tarde, todos verían que se trataba de una pantomima y quedaría fatal, tenía que hacer algo para salvar aquel funeral de mierda, y eso fue lo que hizo:
—Buenas tardes a todos. —Hizo una pausa para mirar a su público, deteniéndose en el rostro del hippie que parecía medio ido, la mujer del tocado negro, que le guiñó un ojo y su hermano, que parecía una estatua—. Muchas gracias por asistir a la emotiva despedida de mi madre, la señora Kaulitz, una de las pocas mujeres de nuestra familia que se han dedicado en cuerpo y alma a la beneficencia, la religiosidad y el bien estar de la familia, siempre con una sonrisa, siempre, siempre con una sonrisa. —Sonrió, mirando a su hermano que seguía lívido—. En sus últimos años sufrimos un distanciamiento bastante prolongado del cual… me arrepiento enormemente, porque a pesar de todos nuestros errores como madre e hijo, el mío ha sido fundamentalmente no haber vuelto para pedirle perdón y decirle lo mucho que la quería. —Se detuvo dramáticamente con un brillo en los ojos que provocó que su hermano ladease la cabeza y alzase una ceja—. Te echaremos de menos, mamá.
Sonrió buscando en el bolsillo interno de su chaqueta las fotos, esperó a que su hermano se acercase para abrazarle, le tendió las fotografías que Bill atrapó con la mano derecha.
—Míralas luego —le susurró al oído—. No, ahora, ¿vale?
Bill asintió, y sin esperar a que su hermano empezase, Tom comenzó a retirarse en dirección a la planta superior, sabiendo que su hermano no le haría caso, sabiendo que iba a destrozarlo, pero sabiendo también que si no empezaban a actuar ya, las consecuencias serían peores que un despropósito de actuación en pleno funeral.
Continuará…
La canción es «The end» de The Doors.
Reconozco que es raro que se traten temas escatológicos en cualquier escrito, película, cuadro o lo que sea, pero creo que a Tom no le faltan motivos para ponerse malo.
Espero que les haya gustado y muchas gracias por leer y comentar. *_*