
Capítulo 30: Planes Cancelados
El enorme y suntuoso castillo de Calabria estaba sumido en un extraño silencio. El ambiente de soñolienta melopea que venía reinando días atrás se había esfumado abruptamente desde que se había dado a conocer la noticia que corrió a través de las habitaciones reales hasta las bodegas de los sirvientes. Pronto, todos en el palacio se enteraron de que el poderoso Erpa-ha de había desparecido.
Corría el transcurso del tercer día desde su desaparición y las tropas enteras de Mónaco y Calabria se habían movilizado y habían emitido una alerta. El rango de Bill era demasiado alto y la prioridad de los soldados era encontrarlo, y encontrarlo a salvo. Las pesquisas eran encabezadas por el mismísimo príncipe Thomas y el Noble de alto rango Gustav, apoyadas por sus respectivos capitanes.
Los Reyes de Calabria estaban sumamente apenados, y los soberanos de Mónaco profundamente indignados. El Rey Magnus había amenazado al Rey Jörg, vociferando a todo pulmón por más de veinte minutos en su sala de recepciones privada, advirtiendo que si se le entregaba a su Erpa-ha con el más mínimo rasguño, no sólo no habría boda; si no que Mónaco le declararía la guerra a Calabria.
—¿Por un simple comandante? —había preguntado Jörg; recibiendo como respuesta una mirada repleta de odio por parte de Magnus— ¿Cancelarás la boda y la fusión de nuestros Reinos?
—No es sólo eso Jörg, Bill es mucho más, es… uno más de la familia. Y la boda queda suspendida hasta que encuentre a mi “simple comandante”.
—No entiendo porque tanto cariño hacia un… sirviente, y no creas que no veo el encaprichamiento de vuestra hija por él; ni siquiera mira a mi Príncipe Thomas e incluso el mismo Thomas ha empleado a todos mis soldados para buscarle. —El Rey Magnus sonrió con petulancia.
—No te ofendas amigo mío, pero William es mucho más valioso en cuanto a actitudes que ese altanero Príncipe hijo tuyo, y si tuviera al menos una gota de sangre real, lo casaba con mi hija sin pensármelo siquiera. ¿Sabes qué? Quizá hasta lo haga.
—No lo harás —el rostro de Jörg se ensombreció—, tampoco creo que sea más valeroso que Thomas, quien es precisamente eso, un príncipe de sangre real pura; pero estoy de acuerdo en que sea buscado si tan valioso es para tu familia, no objetaré nada a mis soldados.
—Si lo hicieras serias muy corto de visión, viejo amigo; es prioridad para mi familia que el joven aparezca, así tenga que saquear y quemar toda la isla, y más os vale que lo encuentre intacto.
— ¿Serias capaz de declararme la guerra, amigo mío, por un simple príncipe recién nombrado?
—Totalmente capaz— había respondido Magnus, antes de retirarse dando un sonoro portazo.
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El tintero estaba volcado sobre la mesa, dejando sobre la madera un lento reguero de tinta negruzca, semejando lentos riachuelos de sangre oscura. Algunas gotas cayeron sobre la mullida alfombra de la enorme sala de audiencias generales y estrategias militares del palacio de Calabria.
Comenzaba a caer la tarde, iluminando tenuemente un cielo plomizo que amenazaba lluvia. El lugar estaba vacío a excepción de la solitaria figura del príncipe Thomas, quien estaba de pie frente a las ventanas, con la frente apoyada contra el cristal y sus pensamientos corriendo desbocados. Sobre la enorme mesa de madera africana oscura con forma rectangular en la que cabían fácilmente unas cuarenta personas estaban desperdigados sin cuidado los rollos de papiro y los pergaminos sobre la búsqueda de Bill.
El Príncipe había volcado el tintero en un arrebato de angustia y desesperanza al leer lo que Gustav acababa de dejarle. El más reciente pergamino relataba que en efecto, los soldados habían logrado reconstruir la última maniobra de Bill, y encontraron el rastro que lo llevó hasta su antigua casa, donde llegaron con ayuda de Georg. Pero eso no era lo que desesperó a todos; el dato alarmante era que los soldados habían encontrado en el piso de arriba signos de lucha, una vela volcada, los muebles desordenados y una oscura mancha de sangre negruzca que se había comenzado a coagular en el fondo de las grietas de la madera del suelo del antiguo dormitorio de Bill. Sin duda alguna, alguien lo había atacado…
Tom estampó su puño sobre el grueso cristal, obteniendo como resultado que este se agrietara desde el suelo hasta el techo. Incluso algunas astillas de cristal aterrizaron a sus pies; no le importó. Después caminó de regreso hasta la silla en donde había estado sentado, se dejó caer fatigado y se arrancó la corona de la cabeza, lanzándola contra la pared en un arrobo de violencia. Estaba completamente apabullado, pasando por la peor crisis que hubiera tenido en sus veinte años de existencia.
Estaba a punto de comenzar a treparse por las paredes cuando un sonido en la puerta lo alertó, y al volver la mirada saltó de la silla como si hubiese recibido una especie de descarga eléctrica.
Sus ojos se desorbitaron y su capa se agitó al momento en que Tom salió a trompicones de la silla por la sorpresa ante la visita; como si la pequeña y menuda figura de la princesa Ambrosía fuese a transformarse de pronto en una hambrienta tigresa de la India.
—Tom —habló ella con su aguda voz de soprano—. ¿Podemos hablar?
El príncipe tragó duro y asintió, ya más tranquilo, aunque con la misma sorpresa helada. Aquella chiquilla jamás se había dirigido a él ni siquiera por su nombre, pero ahora lo buscaba y eso se le antojaba muy, muy extraño.
—¿Huh?… ah, sí, si pasa —dijo él, sintiéndose muy cortado; la guió hacia los mullidos sofás blancos que estaban al centro de la gigantesca y vacía habitación y esperó a que ella se sentara, como todo un caballero. Después él tomó asiento frente a ella y se quedó callado como un muerto, mirando el apasionante diseño a base de grecas de la alfombra.
—Tom… ¿Qué noticias tienen? —preguntó ella muerta de timidez. Tenía las manos juntas en el regazo y apretaba de manera inconsciente la tela de su vestido color marfil.
Tom la miró atentamente; nunca la había tenido tan cerca, por lo que nunca había podido apreciar verdaderamente su hermosura.
Tenía en realidad una belleza legendaria.
Sus cabellos rubios eran tan finos que parecían de cristal, sus labios rosas se curvaban como los de un Cristo Infante, pero todo era dominado por los límpidos ojos azules que nunca mentían. Totalmente hermosa, aunque esa hermosura se encontrara ahora teñida de desesperanza y aflicción.
—Las… búsquedas van bien —mintió Tom sin saber por qué. Dentro de él había surgido un extraño sentimiento de protección que no quería ver sufrir a la chiquilla.
—¿Por qué todos me mienten? —ella se lamentó.
—¿…Cómo dices?
—Sé que me mienten Tom… de otro modo no me habrían ocultado los pergaminos, ni mis padres estarían tan furiosos y nerviosos; por eso tu me dirás la verdad ¿lo harás? — preguntó, clavando sus enormes ojos azules en los orbes marrones de Tom, en una muda suplica mojada de lagrimas saladas.
—Bueno… —balbuceó el príncipe. Si, le contaría la verdad—. Los soldados pudieron encontrar su rastro y seguirlo pero… —decidió mirar hacia otro lado mientras hablaba—, lo perdieron llegando a la… esto, a la antigua casa de Bill.
—¿Y que encontraron ahí? —preguntó ella con perspicacia, acorralándolo.
Tom suspiró sintiéndose derrotado, se levantó y fue hasta la mesa para tomar el informe de Gustav y se lo tendió a la princesa mientras volvía a sentarse frente a ella; y fue testigo de cómo sus azules pupilas se iban dilatando y aguando aun más conforme leía los hallazgos. Cinco minutos después, Ambrosía lloraba con desolación, sumiendo a Tom en un estado de terrible incertidumbre.
La princesita lloraba devastada, con la cara escondida entre las manos, los hombros temblorosos y el cabello cubriéndole el rostro, y Tom se sentía terriblemente culpable, no quería que ella llorara más, así que se deslizó de su asiento al de ella y la tomó en sus brazos para consolarla.
—Calma princesita.
—¿Crees que… este muerto?
—No, no lo creo; Bill es fuerte —dijo Tom, negándose a pensar siquiera en la posibilidad de lo que Ambrosia acababa de plantear. ¿Y a todo esto porque la consolaba? Ella pretendía quitárselo, estaba seguro.
De todas maneras no la soltó.
Tom sentía que estaba abrazando a una especie de conejo pequeño y esponjoso. La princesa era muy delgada y las manos que tenía aferradas a sus solapas eran tan blancas que lucían casi transparentes, incluso se podía ver el tenue trazado de venas color lavanda por debajo de la palidez de la piel. Era linda, tierna y dulce y olía maravillosamente a flores, golosinas y color rosa. Entendía mejor porque Bill la quería tanto; su hermosura era grande, pero jamás podría casarse con alguien como ella; la veía más bien como vería a una hermana pequeña, con una especie de cariño intocable a base de cólera y protección.
La tarde continuó su lento y majestuoso camino hacia el ocaso, y comenzaba a anochecer cuando Tom se dio cuenta de que la princesa se había quedado dormida en su regazo, así que encogió los hombros y se levantó con ella en brazos sin hacer apenas esfuerzo, pero cuidándose de no despertarla y caminó fuera del salón de audiencias.
En el pasillo se encontró con Gustav.
—¡Ahí esta! —bramó al ver a Tom, quien dio un ligero brinco— ¿Qué les has hecho? — preguntó amenazador y asustado.
Tom torció el gesto, molesto.
—Nada. ¿Qué voy a hacerle? ¿Qué le han hecho ustedes? Sería mejor pregunta —dijo Tom, bien plantado con ambos pies en el suelo.
—¿A qué te refieres? —cuchicheó el rubio, extendiendo los brazos para tomar a la princesa durmiente, pero Tom no se la entregó.
—Me refiero a que la tratan peor que a un bebé; es una chica algo frágil, sí, pero no abusen de ello, díganle la verdad, merece saberla.
—No me digas que tu le dijiste que…
—Sí, se lo dije —cortó Tom—, ella es miembro de la familia Real de Mónaco, no una chiquilla insignificante, tiene derecho a saber lo que sucede a su alrededor —dijo, extendiendo los brazos para que Gustav se hiciera cargo— ¿Alguna novedad? — preguntó, pero calló abruptamente al ver venir a su abuela con paso lento, como aparecida desde la niebla del averno.
La anciana esbozó una sonrisa desdentada, radiante y repleta de ternura al ver a Tom; Él siempre le alegraba el día, y disimuladamente lo examinó, enfureciéndose al encontrar el enorme parecido entre el perfil de la frente, la nariz, la boca y sobre todo los ojos de Tom con los rasgos perfectos y andróginos de Bill.
—Tom querido —chilló la mujer, tendiéndole los brazos.
Tom suspiró, hizo una mueca parecida a una sonrisa y le dio un leve abrazo.
—Que tal abuela —dijo.
Gustav hizo una reverencia forzada, tanto por el desagrado como por el peso de la Princesa que dormía ahora en sus brazos.
—Buen día Majestad —dijo el rubio a regañadientes—, si me lo permiten me retiro.
—Espera —espetó la mujer, mirando a la Princesa Ambrosía—. ¿La Princesa, está bien?
—Si lo está abuela —terció Tom—, solo se ha quedado dormida.
—Oh bueno, entonces puedes retirarte —le dijo al rubio, quien la miró con el ceño fruncido. Gustav no tenía ni idea del porque la aparición de la anciana había hecho que se le formara un nudo en el estomago, pero sabía que ese tipo de sensaciones casi nunca se presentaban sin que hubiera una buena razón para ello; y además el gusano de la preocupación por Bill seguía royendo sus entrañas. Tendría un ojo puesto en la anciana, dentro de él surgió una chispa de sospecha, todo su ser gritaba peligro. Se retiró.
—Te ves preocupado cielo. ¿Está todo bien?
—No abuela, no estoy bien, estoy preocupado por un… amigo, un Erpa-ha de Mónaco que ha desaparecido.
—¿Desaparecido? —replicó la abuela, con tono agudo.
—Sí, alguien lo ha atacado y si no aparece no se… habrá muchos problemas…todos en el Reino entero le buscan… ahora si me disculpas…
La anciana se había quedado sin voz, y prácticamente sin color… ¿sería posible que fuera el mismo? ¿Tan obsesionada había estado con la captura del Príncipe menor que no sabía quién era en la actualidad?
—¿Y… como se llama ese joven al que todos están buscando?
—¿…Te interesa?
—Sí… tal vez pueda ayudar…
—William Diávolo.
—¿Y… dices que es… un Erpa-ha? —replicó ella con un hilo de voz.
—Sí, ya te había hablado de él, hace un año abuela, es el hijo de mi nana.
—Ya veo… —la anciana balbuceó estúpidamente y miró hacia otro lado.
—¿Estás bien? ¿Sabes algo de él? —dijo Tom con la voz repentinamente fría.
—¿Yo? Oh no querido —sonrió la anciana, disimulando a la perfección— en verdad espero que lo encuentren pronto sano y salvo, pobre chico… ¿te gustaría venir a tomar el té conmigo, Tom? Hoy sirven escalopes de langosta con trufas en áspic.
—Gracias abuela, pero no. Detesto el áspic. Me provoca náuseas. Disfrútalo tú.
—Tú te lo pierdes, entonces invitaré al príncipe Andreas.
—Andreas se llevó su huesudo trasero a Sicilia hace cinco días. Sus padres lo requerían ahí, pero seguro vuelve dentro de poco. — informó.
—Oh, bueno, querido, ésta bien, pero tú toma algo, aun falta para merendar.
—Seguro abuela— dijo Tom encogiendo los hombros sólo para liberarse de ella— ahora si me disculpas— dijo antes de volverse a meter en la sala de audiencias con paso rápido…
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Cuatro días.
Bill despertó a medias de su lacerante sopor, bañado por los brillantes rayos del sol del atardecer que se colaban por la pequeña y polvorienta ventana de aquella sala de torturas. Solo podía ver el piso ensangrentado y mugriento, y durante un momento la realidad volvió a dar uno de sus lentos y mareantes saltos mortales y Bill no pudo reconocer el lugar. Pero poco a poco fue recordando, mientras el dolor de abría paso por su cuerpo de manera lenta, como la punta de un cuchillo muy oxidado que rebusca gusanos entre los restos de tripas podridas. Tenía todo el cuerpo dolorido, el hambre mordisqueándole el estómago y un sabor a polvo y sangre rancia en la boca.
Se hallaba bailando en el filo de la inconsciencia cuando sintió como sus labios eran limpiados con una especie de esponja húmeda y fría, y abrió un poco, muy poco la reseca boca, rota y llena de sangre. Consiguió abrir a medias el ojo izquierdo, ya que el derecho lo tenía completamente cerrado y con una plasta de sangre supurante y medio coagulada, y enfocó a uno de los guardias que le ofrecía un poco de agua, empapándole los labios con una esponjita.
Quiso hablar, darle las gracias, incluso pedirle un poco más cuando escuchó cómo se abrían los cerrojos metálicos y entonces decidió que volvería a dormirse, no sabía bien si por el cansancio, el dolor o la pérdida de sangre, ya que podía ver perfectamente un buen charco de la misma alrededor de sus rodillas, pero de cualquier manera se dejó caer de nuevo en la inconsciencia. Sentía tanto dolor que se preguntó cómo no había muerto aún; esperaba hacerlo pronto para poder descansar de la terrible tortura a la que estaba siendo sometido. El guardia se alejó de inmediato, volviendo a su puesto inmóvil en el fondo de la habitación, y cuando la anciana, seguida del enorme espía y el otro guardia entraron; Bill se sumió de nuevo en su doloroso síncope.
—¿Aún sigue vivo? —preguntó la anciana con admiración, mientras el espía le levantaba la cabeza a Bill sujetándolo por las estropeadas y sucias rastas.
—Aún está vivo Majestad —dijo el hombre, esbozando una sonrisita burlona.
—Es resistente como una bacteria… ¿Quién lo diría?… —dijo la anciana seriamente; luciendo pensativa—. No sabes lo que acabo de averiguar. ¿Tienes idea de quién es éste joven? —El hombre palideció y se quedó mudo— ¿no sabes? Bien, te lo diré yo. Este chico no es uno más de esos niños bastardos y muertos de hambre que pululan por el pueblo; no sé como lo hizo, pero es un príncipe Erpa-ha. ¿Sabes qué significa eso?
—N-no majestad.
—Significa que posee uno de los títulos de nobleza más altos jamás otorgados, y significa que si alguien se entera de lo que le hemos hecho, sería nuestra ruina… necesitamos deshacernos de él lo más rápido que podamos.
—Usted manda Majestad.
—Ahora iré a tomar el té; cuando regrese y si aun está vivo lo meterás en la jaula, y cuando muera lo sepultaras en lo más profundo del bosque.
—Como ordene Majestad.
—Te has portado bien; puedes ir también a descansar antes de acabar con él, que los guardias vigilen la entrada —se volvió hacia los recién mencionados y los atravesó con sus frías pupilas— que absolutamente nadie se atreva a entrar aquí o los meteré en la jaula ¡juntos! —amenazó. Acto seguido se retiró, seguida por su espía, charlando alegremente.
El par de soldados habían tomado sus puestos al lado de la puerta, callados como piedras, pero los pensamientos del que le había ofrecido agua a Bill volaban como luciérnagas aletargadas dentro de su mente.
No le parecía justo lo que estaban haciéndole al Príncipe, era noble, bondadoso, y sobre todo un niño, uno totalmente inocente; cuando se enteró que iban a meterlo a la jaula cilíndrica, todo su cuerpo se apretó y fue presa del coraje.
“Acabará haciéndolo y nadie la detendrá, no le importa que sea un Príncipe, el hijo de los Reyes, su nieto, ni el hermano del príncipe Thomas”
Maldijo a la anciana y odió su despreocupación y su alegre crueldad.
“El chico no le importa en lo más mínimo. Le da igual que su propio nieto muera de la forma más atroz posible, lo desangrará hasta dejarlo reseco.”
¿Pero de que privilegios gozaba la vieja bruja? Era poderosa, si. Pero no más que el importante e implacable príncipe Tom, quien día a día ganaba más fuerza y respeto en todo el Reino y quien estaba desesperado buscando al chico, sin saber siquiera que era su hermano. ¿Le agradaría la idea? ¿Lo salvaría? El guardia quería creer que fuese cierto.
“Tienes que librarlo de ese destino” le había dicho su conciencia. “Tienes que informarle a su hermano, así el podrá salvarlo y castigar a los que le han hecho tanto daño”
Si, definitivamente lo haría.
Estaba de pie al lado de la puerta cuando se llevó una mano al estómago e hizo un fingido gesto de dolor. Su compañero lo miró con curiosidad, y asintió cuando le dijo que tenía que ir urgentemente al baño.
Al parecer había caído en el engaño, y cuando salió del pasillo y desapareció de la vista del otro guardia, echó a correr como perseguido por el mismísimo demonio. Debía encontrar al príncipe Tom antes de que fuera demasiado tarde. Disponía de un par de horas por decir mucho.
& Continuará &