Capítulo 22: Cara a cara… Otra vez
La mañana llegó, bañada de los brillantes rayos de sol que se colaban a través de las blancas nubes esponjosas tan típicas del cielo italiano.
El barco encalló en el puerto de Calabria, cerca del faro. Bill, Gustav y el resto de los soldados se reunieron en la cubierta más alta, ligeramente detrás de la familia imperial. Los Reyes, la Princesa Ambrosía y el Príncipe Adam estaban a punto de desembarcar; solo aguardaban a que las calesas que los llevarían al palacio se reunieran en tierra.
Mientras esperaba, el joven pelinegro se acercó al barandal, preguntándose que vería por debajo de él, esperando que todo lo que recordaba no hubiese cambiado en el año que había estado lejos. Y nada había cambiado. Por debajo de él se extendía el alegre puerto de la ciudadela de Calabria, que brillaba pintoresco bajo los rayos del sol, y más allá de él se desplegaba todo un panorama de calles muy iluminadas. Bill recordaba a la perfección todos sus nombres mágicos y talismánicos, nombres de calles en los que podía llegar a ocurrir casi cualquier cosa. Vio las tiendas diminutas y oscuras que parecían hacerle señas, y supo que olor tendrían; no le hacía falta entrar en ellas para saber que olerían a frescor, humedad y especias, y que estarían repletas de extraños tesoros. Vio los balcones de hierro forjado de los que colgaban las banderas imperiales con los colores azul y blanco del palacio, y que chasqueaban al viento dándole la bienvenida y le hacían guiños, como un mar de seda. Los muros de soporte encalados estaban igual que siempre, relucían con destellos blancos manchados por la blandura del rojo ladrillo, allí donde se había desprendido la pintura a causa de la brisa salina. También estaban los edificios, viejos y mal conservados, que contenían escaleras de caracol oxidadas y medio derruidas y cámaras secretas cuyos muros estaban manchados por los restos de sacrificios de sangre.
Era real, estaba ahí, le pertenecía. Calabria… Bill había recorrido sus calles un sinfín de veces, durante los días largos, calurosos, viscosos, asfixiantes e interminables de su infancia. Había huido de ahí, en busca de un falso hogar, pero finalmente había regresado a la verdadera cuna de su nacimiento. Calabria lo sabía, sabía que aquel chico con rostro de ángel le pertenecía y trataba de seducirlo con sus encantos, con los ríos, las praderas, las calles adoquinadas… con el castillo, misterioso, enigmático, anidado en las entrañas de las colinas, de muros silenciosos pintados de blanco y azul, donde le aguardaba la habitación en la que había venido al mundo, emergiendo de entre los muslos pringados por la sangre de la mismísima Reina.
Había elegido con mucho cuidado su atuendo para aquel día. Lucía un traje sobrio, de terciopelo azul oscuro, adornado con bordados y florituras de hilo hecho de plata. Las botas brillaban, lustrosas, llenas de remaches y terminadas en espuela. La capa se agitaba al viento, al igual que sus cabellos negros y llevaba su casco de comandante bajo el brazo. Había dejado el arco de momento, solo portaba su espada y las navajas, escondidas en lo más recóndito de la capa, las botas y la casaca. Iba ataviado como el príncipe que ahora era. Sobre el pecho amplio y sereno, el pelinegro lucia el emblema platinado de los príncipes Erpa-ha, los Señores Herederos de Italia.
La gente del pueblo estaba reunida en el puerto para observar a los recién llegados, y todos aplaudían, saludaban, incluso lloraban. Bill escaneó rápidamente todos los rostros, encontrándolos conocidos a todos, pero no vio a Georg ni a sus padres; se inquietó. Cuando la familia Imperial finalmente bajó del barco, el pelinegro se puso el yelmo (no quería que nadie lo reconociera aun) y caminó detrás de ellos, en línea recta tras la princesa, cuyos hombros rígidos y postura tensa le revelaban lo asustada e incómoda que estaba. Gustav caminaba en silencio al lado de él. Parecía más preocupado por vigilar a Bill que por hacer su trabajo y vigilar al príncipe Adam.
El sinuoso camino que llevaba hacia la alta colina donde descansaba el palacio estaba adornado con cintas de tergalina blanca, donde cada pocos metros había una estaca de plata, clavada con saña en lo más profundo de la tierra, y de la que colgaba un simpático farolillo de papel blanco, con una vela ardiendo alegremente dentro.
Una vez en tierra, el caballerango que muchos meses atrás despreciara e insultara a Bill, ahora le ofrecía en una profunda reverencia las riendas plateadas de su caballo blanco.
—Gracias — dijo el joven, montándolo después de ayudar a su princesa a apearse en la calesa. Con una orden breve, la procesión emprendió el viaje hacia el castillo, en silencio. Gustav montado en su magnífico alazán castaño cabalgaba cauteloso y pensativo al lado de Bill, quien iba detrás de la calesa real. Los soldados y Valientes del Rey iban a pie, fieles y leales detrás de su comandante con las lanzas y espadas listas. Gustav les había informado la noche anterior que tal vez Bill se toparía con algunos problemas y todos los hombres habían jurado protegerle con su vida. Lo adoraban.
Después de algunos minutos, las trompetas del palacio sonaron anunciando su llegada, y los nobles y cortesanos de Calabria se reunieron en la amplia explanada del Palacio para obtener algún atisbo de la hermosa Princesa que dentro de poco se convertiría en su Reina.
Al cruzar las verjas de la entrada hechas de hierro decorado al estilo barroco, el joven pelinegro fue un importante blanco de miradas. Era imposible confundirse: era una persona de alto rango. Se veía por la manera en que montaba. Tenía un aspecto magnifico. Era muy alto, de largo cabello oscuro, mandíbula firme, y cuyo casco alado enmarcaba un rostro amable y burlón.
Al contrario de sus antiguos temores, Bill no estaba nervioso ni asustado como pensó que lo estaría. Se sentía frio, tranquilo y sereno. No tenía miedo. Se apeó de su caballo con una elegancia desbordante y entró al palacio por las enormes puertas, erguido, con paso firme y decidido detrás de la Familia Imperial. Gustav lo vigilaba en todo momento, solo para asegurarse. Cuan lejano le parecía a Bill el recordar que hace un año, el mismo Tom le había hecho cruzar aquellas puertas, haciéndolo sentir como un cervatillo asustado ante la imponencia y elegancia del castillo, y que ahora, le parecían lo más normal y común del mundo.
Al llegar a la oscura antecámara que precedía el enorme salón de recepciones se reunió con Ambrosía. Estaba ahí, sola, con un par de guardias de Mónaco a su lado, pues sus padres y su hermano ya habían entrado y saludaban efusivamente a los Reyes de Calabria.
—Bill… — ella lo miró, con la indecisión brillando en sus ojos claros.
—Tranquila, aquí te estaré esperando, no pasara nada, ahora tienes que ir y… jum, sentarte ahí, supongo, pero no pienses en nada pequeña.
—No Bill — ella negó con firmeza — no quiero ir sola, por favor acompáñame.
—Pero, ¿cómo se verá que yo entre contigo? No creo que sea tomado muy… bien
—Eso no importa Bill, tú eres mi guardia personal, nadie dirá nada, por favor.
Ella no tenía ni idea de la prueba tan grande que le estaba imponiendo a su guardaespaldas, quien nuevamente, se sentía atrapado entre la espada y la pared.
Bill había estado evitando en todo momento mirar hacia dentro del salón, pero en aquel momento no pudo contenerse más. Volvió su afilado y gatuno rostro para mirar a través del humo de los inciensos que llenaban el salón. El arzobispo ya estaba ahí, enorme, rosado y regordete, con la mano apoyada en el cayado de oro puro que le servía también como bastón, sentado en el estrado. También divisó entre la multitud vestida con sedas y oropeles, al arrogante y presuntuoso príncipe Andreas, con su suave cabellera larga, color rubio platino, que le caía en una suave cascada por delante de los hombros y espalda. Su corona era de oro y lucia magníficamente, pero con una actitud tan desdeñosa e insolente, que Bill tuvo que apartar la mirada, sintiéndose asqueado. El rubio príncipe se había colocado en un estrado lleno de sillas amplias, tapizadas en terciopelo color sangre, al lado de donde habían colocado seis grandes tronos hechos de oro, que se erguían regios, con sus picos y puntas lanzándose hacia el techo.
Y ahí, sentado justo en medio, en primer plano, estaba el Príncipe Thomas brillando en todo su esplendor, perfecto, callado, altivo e inalcanzable. Tenía el rostro ceñudo y actitud hosca, miraba hacia la nada. Estaba exactamente igual que como lo recordaba, aunque sus recuerdos difícilmente podrían hacerle honor a su rostro perfecto. Estaba sentado sin prestar interés a nada. Iba vestido en negro, como siempre, y la corona que descansaba sobre su cabeza era plateada, delgada y muy puntiaguda, la más estilizada de todas, salpicada con pequeños rubíes acomodados simétricamente. Ocupaba uno de los dos tronos que estaban al centro. Sus padres estaban a su izquierda, conversando contentos, mientras que a su derecha, al lado del trono vacio que debería ocupar Ambrosía, estaban los padres de ella, con los rostros adustos, serios y expectantes. Ya no parecían tan contentos.
Pero Bill no podía apartar su mirada de Tom por más de dos segundos, era una fuerza titánica la que lo instaba a acercársele, como si fueran dos piezas imantadas, únicas y hechas a medida que luchaban por juntarse. Bill dio un paso al frente sin darse cuenta, con los ojos brillantes; se lamió los labios y volvió a lamérselos. En aquel momento nada le importaba, solo sabía que quería ir hacia Tom y abrazarlo para sentirse en casa nuevamente…
Pero entonces recordó a Ambrosía, y recordó que Tom nunca lo había querido para nada más que para jugar, y lo más doloroso de todo, que solo lo veía como se ve a un perro faldero, al que se puede golpear y encadenar. Lo había intentado esclavizar, jamás se había interesado realmente por él, nunca lo dejó volver a su hogar para darle a su madre el ultimo adiós, siempre lo vio como una diversión mas, como el bufón de la corte real.
Descaminó el paso que había dado y regresó su mirada a Ambrosía.
— ¿Bill?
—Vamos Alteza — le dijo volviéndose hacia ella. Un oscuro fuego había comenzado a arder dentro de él — yo iré contigo.
— ¿Estás seguro? — Ella parecía ahora recelosa — y si mejor…
— ¿Mejor qué? — Bill le dirigió una mirada interrogante. Sin darse cuenta se había ido encorvando un poco para quedar a la altura de la chiquilla.
—No… nada
—Vamos, dime, que sucede.
—Bueno… — en el acto ella se ruborizó hasta la raíz del pelo — es una idea descabellada nacida de la desesperación… —aclaró, levantando las manos— pero deberíamos fugarnos… tu y yo.
Bill parpadeó una vez, aturdido, y luego dejó escapar una risita incrédula.
—Si tal vez… pero sabes perfectamente bien que no tardarían ni un día en encontrarnos, y yo probablemente termine con el cuello en una guillotina y tu encerrada hasta el final de tus días.
Por más que quisiera replicar, la princesa no tenia respuesta para eso, pues sabía que era verdad, así que, con actitud enfurruñada se acomodó el cabello y alisó su largo y pomposo vestido.
—Anda, vamos a encararnos con ese apestoso príncipe.
Y salieron hacia la luz del sol que se colaba por los enormes ventanales del salón.
Ambos jóvenes tenían la misma expresión luctuosa en el rostro. Parecía que en lugar de ir a una recepción, iban a un funeral. Bill podía sentir las oleadas de nerviosismo e incertidumbre que brotaban del cálido cuerpo de la princesa, y se obligó a ser fuerte por ella, porque se lo debía.; y por eso se aproximó, sin duda ni vacilación, hacia la persona a la que había jurado nunca volver a ver.
&
Tom suspiraba sin cesar, aburrido, hastiado hasta las pelotas, rebelde. Quería irse de ahí, pero no sabía ni siquiera a donde. En cuanto el murmullo apagado que reinaba en el salón se detuvo de ipso facto, supo que la voluble y rara princesita había hecho acto de presencia, pero no iba a mirarla hasta que fuese estrictamente necesario. Sabía que estaba comportándose como un crio de cinco años, pero poco le importaba lo que pensaran de él. Suficiente iba a ser tener que cargar con un matrimonio que detestaba por el resto de su vida.
Vio por el rabillo del ojo la áurea figura de luz que era su futura esposa, parecía resplandecer y brillar con luz propia cuando era golpeada por los cálidos rayos del sol. No se podía negar por más que quisiera a aceptar que ella era hermosa.
Pero alguien más venia con ella. Un caballero, sin duda, por la vestimenta, el porte y la altura.
Según las reglas de etiqueta que tan absurdas le parecían a Tom, tenía que levantarse y reverenciar a su futura esposa, y ella tendría que hacer lo mismo ante él, antes de tomarse la mano y sentarse ambos en el trono. Solo faltaban seis días para la ceremonia que los uniría de por vida, pero ya tenían que empezar a fingir que se toleraban. Todo aquello le parecía a Tom de lo mas insensato, ilógico, disparatado, incongruente, ridículo y estúpido, pero necesario.
Se levantó a regañadientes, y se volvió hacia las dos figuras que esperaban dos escalones más abajo, de pie sobre la mullida alfombra roja…
En cuanto el príncipe volvió finalmente la vista hacia ellos, Bill se quitó el yelmo dorado de comandante de la cabeza en actitud orgullosa, permitiendo que su sedosa cabellera negra cayera en cascada sobre sus hombros, y clavó su oscura y serena mirada en Tom… y el tiempo se detuvo para ambos.
La sorpresa fue grande para Bill, e inmensamente grande para Tom. Su corazón se detuvo por varios latidos, también su respiración, y hasta su sangre parecía haberse coagulado en sus venas. ¿Era real, u otro más de sus espejismos? Pero al ver el pálido y orgulloso rostro de Bill, que no reflejaba nada más que coraje, supo que sí, que era real, porque sus alucinaciones generalmente estaban de mejor humor.
El príncipe, azorado, dio un trastabillante paso hacia atrás. Apenas podía creer lo que veían sus ojos. Le dirigió una fugaz mirada de reojo a la princesa, porque sus ojos parecían haberse anclado a los del pelinegro. Sus manos comenzaron a sudar. En el estrado, la mandíbula del príncipe Andreas se fue hasta el suelo y no pudo reaccionar.
Los ojos de Tom se desorbitaron, como si así pudiese ver mejor y comprender por fin lo que se erguía frente a él. ¿Cuántas noches había soñado con tenerle? ¿Cuántos días había fantaseado con encontrarlo, de encontrarse, para volver a apasionarse? ¿Cuán sumido lo había dejado en su soledad y miseria…? ¿Para aparecer finalmente ahora, unos cuantos días antes de su boda?
Y, finalmente después de tanta zozobra, por fin lo tenía enfrente, sosteniéndole la mirada en abierto y altivo desafío. Tom sintió que su boca había perdido todo el rastro de humedad, y que su corazón salía disparado y se estrellaba contra sus costillas con la fuerza de una bala de cañón, para rebotar locamente contra su esternón. ¿Qué debía hacer? ¡¿Que se supone que debía hacer ahora?! Por un momento, su mente se bloqueó, quedándose completamente en blanco, no supo qué hacer.
Entonces un leve siseo ahogado le hizo reaccionar, porque estaba de pie ahí, en medio del gran salón, haciendo un completo ridículo frente a todas las personas reunidas.
Volvió a enfocar su vista y relacionó lo que tenia frente a él. Bill, un Bill elegante y hermoso, vestido tan finamente como un noble. No. No como un noble, solo le faltaba tener una corona en la cabeza para ser todo un príncipe. Se pregunto cómo luciría si se quitaba su propia y pesada corona y la colocaba sobre la cabellera oscura de Bill… mmmm sería mala idea, terminaría haciendo cosas que no quería hacer, por lo menos no frente a todos.
Y junto a su caprichoso y adorable pelinegro, estaba de pie su futura esposa, con el aspecto de una muñeca de porcelana hecha miniatura, moldeada con cuidado y esmero.
Entonces Tom se dio cuenta de la postura de la princesa, que se inclinaba hacia Bill, como queriéndose esconder tras él. Y también vio la postura de Bill, protectora, como si quisiera escudar a la princesa con su propio cuerpo, de él, y una enorme y negra nube de celos se cernió sobre su cabeza.
Le dirigió a Bill una mirada de ardiente furia. En sus ojos no había amor, ni pena, solo dolor y culpabilidad, y una rabia ciega. Pero Bill no se arredró en ningún momento, y respondió a aquella mirada con el llamear de la suya. El fuego que había en sus ojos crujía y chisporroteaba. Parecía como si estuviera a punto de salir disparado y trazar un sendero llameante por el aire hasta llegar a Tom y chamuscarle los ojos con su feroz luminiscencia.
Tan agresiva era su mirada, que Tom terminó por desviar la suya.
No entendía, no entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero en el fondo, se sentía sorprendido, asustado y orgulloso.
Extendió la mano de manera automática hacia la princesa, quien, después de un momento de vacilación, colocó su pequeña mano dentro de la de Tom, y tras dirigirle a Bill una mirada de muda suplica, dejó que Tom la condujera hacia el frio y duro trono de oro, donde se sentó sin decir palabra, ni levantar la mirada.
Acto seguido y después de lanzarle a Ambrosía una alegre mirada de complicidad, Bill hizo una leve reverencia y se retiró al fondo del salón, donde Gustav y sus hombres aguardaban.
Durante todo el tiempo que Bill y Tom estuvieron encarados, como un par de gladiadores esperando para destrozarse el uno al otro, Gustav había permanecido de pie, tenso y con los dientes apretados, al igual que los Valientes del Rey, quienes esperaban la mas ínfima señal para derramarse con las lanzas en alto y atravesar el cuerpo de Tom y de todos los remilgados cortesanos de Calabria. Poco importaba si se desataba una guerra, los soldados lo estaban deseando. Pero ahora Bill estaba sano y salvo, comandándolos de nuevo, digno y gallardo como siempre, y Gustav se permitió relajarse.
&
Las presentaciones eran aburridísimas, así mismo lo era también el sermón del arzobispo. Ninguno de los jóvenes nobles prestaba atención.
Los reyes escuchaban atentos, y hasta la maligna abuela de Tom estaba interesada, tanto que no se percató en quien era el pelinegro tan elegante que fungía como el guardaespaldas de la princesa.
El tiempo pasó, Ambrosía jugueteaba nerviosamente con un flequillo dorado de la manga de su vestido, enrollándolo y desenrollándolo mientras pensaba en las musarañas. Bill y Gustav permanecían de pie, y de vez en cuando se cuchicheaban alguna bobería, o criticaban a algún remilgado y ambos reían por lo bajo.
Tom permanecía pensativo, con la mirada clavada en la lejana figura de Bill, con la certeza de que el apuesto pelinegro lo ignoraba a propósito. No sabía si le gustaba o no, pero se sentía excitado y emocionado, como hacía un año no lo hacía. Estaba prácticamente saltando por la emoción.
No podía dejar de contemplarlo, lo había intentado muchas veces, y en todas había fracasado. En algún momento de su ausencia, adivinó Tom, Bill había cambiado, y mucho. Todo en el era mil veces más hermoso que antes. Su rostro había adquirido una fría belleza marfileña: los pómulos, protuberantes y afilados, los arcos negros gemelos de sus cejas que se lanzaban hacia las sienes, los estanques negros de sus ojos, que se llenaban de parpadeos luminosos mientras el joven soñaba despierto. Su cabellera caía sobre su frente y enmarcando su rostro, como una lamina traslucida de un color negro azulado. Completamente hermoso, y completamente lejano. Tom jamás lo había sentido más lejano. Su inocencia se mezclaba con una altivez casi helada que lo hacía inescrutable.
Y ya estaba deseando aprisionarlo entre sus brazos otra vez…
& Continuará &