Capítulo 16: Lejos
Dos días después, Bill se hallaba sentado en la orilla de su camastro de paja, (los sirvientes no podían dormir en colchones) sin poder conciliar el sueño. El murmullo intenso que producían las olas al chocar contra el casco del barco, irritaba y molestaba al joven, además del intenso calor. Le dolía la espalda. No había hecho otra cosa que restregar la cubierta del barco sin descanso y se sentía triste y enojado.
Bill se puso de pie, se cubrió los hombros con una de sus delgadas camisas con agujeros y salió descalzo de su camarote. Caminó con sigilo por el largo pasillo bordeado de puertas idénticas, donde todos los demás sirvientes dormían. Aun faltaban cinco horas para el amanecer. Tras quince minutos de ligera caminata, por fin llegó a su objetivo, la proa del barco. Al llegar se apoyó con indolencia sobre los barandales y entrecerró los ojos, que le escocían por el viento que le acariciaba el rostro y le agitaba el pelo conforme el barco avanzaba lentamente.
Por fin se lo permitía. Pensaba intensamente en Tom. Lo extrañaba, si, lo extrañaba enormemente. Para que engañarse a sí mismo. Extrañaba su risa grave y contagiosa. La suavidad y el perfume de su piel, su enorme sonrisa perfecta, su gallardía, su posesividad, su apasionamiento. Si tan solo hubiese actuado diferente, no tan arrogante… Pero aunque hubiese sido así, aunque ambos hubieran ido juntos a darle el último adiós a su madre, y aunque Tom se comportase de otro modo, más sensato, su separación era inminente. Bill se limpió con rabia una lágrima de dolor que brotó de su comisura derecha.
Se imaginaba ahora a Tom, sonriente, feliz, cuidando con esmero de aquella princesa estirada, sin rostro, que estaba destinada a ser su esposa, destinada a disfrutar por las noches de su cuerpo, de sus besos, de su amor, y de día por su compañía, su plática y su alegría. Se sorprendió así mismo sintiendo un intenso rencor contra una muchacha que no conocía y que esperaba nunca conocer. Sus dientes rechinaron. Los odiaba a ambos.
También pensaba en su madre. Recordaba a la perfección su hermoso rostro de ojos grises, con una sonrisa dibujada siempre en sus facciones, y su cabello tan negro como la noche, brillante y limpio. Su corazón se arrugó, y volvió a prometerle, donde quiera que ella estuviese, que la llenaría de orgullo.
Su mejor amigo Georg también ocupaba una parte de su mente. Sobre todo aquellas por reacciones suyas tan inesperadas de cariño y ternura, cuando durante toda su vida se había comportado con brusquedad y camaradería, riéndose de él, y riéndose con él, como cualquier gran amigo. Era el mejor amigo que se podría imaginar, aunque le inquietaba bastante su actitud protectora e incluso hasta un poco romántica. Llego a la conclusión de que su vida estaría totalmente jodida si aparte de todo, le sumaba a Georg como un posible admirador, pero pensó que aquello era muy soberbio de su parte, así que tachó de estúpidas esas suposiciones y las desechó, pensando siempre en su amigo como se piensa en un hermano.
Y fue así, mientras Bill se hallaba con esos comederos de cabeza, que se le sumó una compañía de lo más inesperada…
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Antes de que su guardia alcanzara a llegar al pasillo de entrada, la pequeña ya había salido de sus elegantes aposentos y avanzaba a toda carrera por la cubierta de madera a toda carrera, corriendo como una joven gacela en medio de la oscuridad. El viento le azotó el rostro en cuanto dejó las protecciones de los camarotes, lo que la hizo tropezar y golpearse la espinilla contra el filoso canto de un escalón, pero la niña apenas sintió el dolor. Corrió por las cubiertas de pálida madera pulida, mientras que el punzante dolor que le oprimía el costado casi la hacía caer, pero lo soportó. Unos cuantos instantes después llego a la cubierta de proa. Solo podía pensar en el agua del océano, aunque no sabía si para contemplarla, purificarse o arrojarse en ella.
En su apresurada carrera ni siquiera reparó en la alta figura melancólica y encorvada de Bill. Llegó a trompicones hasta el barandal y ahogó un grito de terror al tropezar de nuevo, pues hubiera caído por la borda si una fuerte mano no la hubiese sujetado del hombro con firmeza. Esa misma mano la asió con más energía, pues aun estaba casi colgando del barandal e hizo algo de fuerza, hasta arrojarla con brusquedad sobre la madera de la cubierta. Ella no pudo ver a Bill en la oscuridad y cuando estaba a punto de huir, nuevamente fue sujetada del brazo y una grave voz masculina le dijo:
— ¿Sabes lo que podría pasarte si te encontraran? ¿Qué haces aquí?
La voz sonaba joven pero firme. Luego el chico la cargó y se la echó al hombro con un rápido movimiento y caminó hacia las cubiertas inferiores, sacudiéndola como si fuera un costal de trigo.
La pequeña pronto perdió el sentido de la orientación. Nunca había ido por las cubiertas de tercera clase, hasta el laberinto de aposentos de sirvientes, cocinas y bodegas. Cuando al fin el joven la bajó en un angosto pasillo, flanqueado por muchas puertas iguales, todas cerradas, las lágrimas corrían por sus mejillas y temblaba de miedo y frio.
Entonces la tomó de la mano y la condujo con rapidez por el pasillo, con paso seguro. La luna iluminaba el lugar y ella pudo vislumbrar que la figura que la pastoreaba con decisión, era sumamente alta. Al llegar casi al final del corredor, el joven abrió una puerta, se metieron, la cerró tras él y la aseguró. De pronto se encendió una luz y la pequeña pudo ver que se hallaba en un pequeño camarote encalado, en donde había un camastro sobre el suelo, una silla tosca y un baúl a medio hacer.
El muchacho se volvió para observarla; la niña le sostuvo la mirada y sintió su temor desvanecerse. Era un hombre muy joven, aproximadamente de la misma edad que su hermano mayor, con rasgos angulosos y enérgicos, mentón afilado pero fuerte, enormes ojos felinos bien delineados y una mirada penetrante. El cabello oscuro y largo y la delgada ropa de franela bastante desgastada, le indicaron que se trataba de un joven sirviente. Así que debía encontrarse en las inmediaciones de los camarotes de los esclavos.
—Aun tiemblas— observó el muchacho. —El aire está muy caliente, pero el viento puede ser mortal.
Tomó del camastro su harapienta manta de lana y frotó a la chiquilla vigorosamente.
El sobresalto de este contacto rápido y eficiente sacudió de la mente de la niña los últimos vestigios de su pelea con sus padres.
Su padre quizá ya estaba buscándola para volver a aturdirla con el sermón de siempre: “Eres la única hija real que Mónaco posee. No permitiré que una rienda mediocre y dolorosa te sujete, mi pequeña flor. Las cadenas que tú has de llevar serán de oro, y como princesa heredera, tienes que casarte con un príncipe de tu mismo rango y altura, y el único digno de tu casta es el príncipe Thomas Von Kaulitz. Serás reina de Calabria, ese lugar tan mágico y lleno de océanos tan azules como la eternidad…”y mil fruslerías mas. Se abrazó a sí misma, temblando de frustración y tristeza, mientras clavaba el mentón en el pecho, en un adorable puchero. Su padre no sabía la magnitud del error que había cometido al decidir casarla con semejante elemento. Ella odiaba a Tom. Lo había odiado desde el primer momento en el que lo había visto. Un par más de lágrimas brotaron de sus ojos.
El joven pelinegro le cubrió con delicadeza los temblorosos hombros con la manta y la acostó sobre el camastro.
—No tengas miedo— la tranquilizó— Dime que hacías en la cubierta. ¿Acaso te perdiste por accidente? — Ella no contestó —si no me lo dices, tendrás que decírselo al amo de los misterios y llevar la desgracia o algo peor sobre ti y tu familia.
Vaya que Bill sabia como se manejaban los de la realeza. Tembló de miedo ante lo que podrían llegar a hacerle a esa pequeña señorita. — Si llegaste ahí por error, entonces yo puedo llevarte con tu familia y no diré una palabra de lo ocurrido, aunque no entiendo como lograste pasar sin ser vista por alguno de los muchos guardias.
La pequeña no lograba contener el llanto. Se limpió el rostro con la vieja manta y se sonó la nariz, pero ni así pudo articular palabra. Bill recordó la botella de vino que había hurtado de la cocina la noche anterior. La sacó, limpió el gollete y se la ofreció.
—Ten, bebe un poco de vino. Te hará sentir mejor.
La niña tomó la botella y bebió, luego se la devolvió.
—Es un vino barato, sabe amargo— se quejó.
— ¡Vaya! De modo que si tienes lengua ¿en qué sector sirves? ¿Acaso tus padres son esclavos que vienen de la ciudad?
— ¡Claro que no! Vivimos en el palacio —replicó ella, ofendida.
—Entonces, ¿trabajas en las cocinas reales? ¿Acaso en el harén del Rey?
Los cristalinos ojos de la niña lo fulminaron.
— ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Si se me antoja pasear por la cubierta del barco de mi padre a la media noche, no es asunto tuyo, esclavo! Y, a propósito, ¿Qué hacíastúen ese lugar? — preguntó ella, con énfasis.
Bill, de hecho, estaba ahí como cada noche, pensando melancólicamente en su mediocre vida, y en lo que le deparaba el destino, que sin duda lo odiaba.
Entonces la miró atentamente. Por primera vez reparó en el desgreñado cabello de la niña, y en las horquillas de diamantes incrustadas en su melena dorada, que titilaban como solitarias lunas abandonadas, además del fino vestido de seda oscura que vestía. Los ropajes de la familia imperial. El pelinegro cerró los ojos.
—Oh no— susurró.
— ¿No sabes entonces quién soy?
Bill negó con la cabeza.
—Pensé que se iba a caer; que era una esclava que vagaba por donde no debía.
Entonces, la princesa Ambrosía sonrió y toda su cara se iluminó. Era una sonrisa contagiosa, llena de buen humor y cordialidad. Pero él no pudo corresponder. Sabía que ella podría mandarlo matar. Había puesto las manos por la fuerza sobre un miembro de la familia real y tendría que pagarlo con su vida.
— ¡Que emocionante! ¿Realmente creíste que estaba a punto de caerme por la borda?
El muchacho tragó saliva.
—Sí, Alteza
—Oh vamos— desechó ella —me salvaste, entonces te perdono. Pero, ¿Qué harás ahora conmigo? Los guardias deben estarme buscando, porque saben que hui y mi padre sin duda estará furioso. Hui porque… porque mi padre me obliga a casarme…— empezó a sollozar en silencio, y Bill la observó con impotente angustia—. Me obliga a casarme con… con el príncipe gruñón y horrible de Calabria, en tan solo un año.
La mandíbula de Bill se desencajó y su piel se erizó de horror. Observó con más detenimiento a la princesa. De modo que esta niña era lo que él consideraba su “rival”. Recordó con ironía lo que había pensado esa misma noche, sobre la estirada y arrogante futura esposa de Tom. Y ahora, su única reacción había sido enterrar la cabeza en la arena, como un avestruz.
La princesita lloraba con desolación. Entonces se sentó y le tendió las manos.
—Por favor, ¿podrías tomar mi mano? ¡Tengo tanto miedo y nadie lo entiende! ¡Nadie!
“¿Qué más da?” pensó desolado, al tiempo que se deslizaba de la silla y se sentaba junto a ella en el camastro. “Ya la toque una vez y soy hombre muerto”. La rodeó con los brazos y la estrechó para consolarla.
—Calma princesita —murmuró mientras la acariciaba. —La vida sigue adelante. Algunas decisiones no dependen de nosotros y solo queda como remedio el acatarlas. Deja que tus lágrimas fluyan.
Después de un rato, la pequeña se durmió con la cabeza apoyada en el hombro de Bill, y el permaneció inmóvil, pensando. Tendría que haber algo realmente mal calculado con el destino, con Dios o con el demonio, como para permitir que esa pequeña niña que le parecía tan frágil como un ángel, cayera en las manos de alguien como Tom. Bill no sabía ni que pensar. Notó, con agradable sorpresa que no odiaba a la princesa por saber que iba a ser la esposa de Tom. Lo odiaba mas a él, porque no quería que le hiciera a la pequeña lo mismo que hacía con todas las personas que lo rodeaban, pero esa situación ya no dependía de él y se sintió condenadamente impotente. Pasada una hora, la sacudió suavemente.
—Alteza, es hora de irse, la llevaré de regreso con su padre. No creo que deba quitarse la manta.
Cuando Bill se volteó, antes de salir, se encontró con la penetrante mirada celeste de Ambrosía, quien lo observaba atenta y pensativamente. La tenue luz del amanecer empezaba a iluminarlos, y en la pálida aurora, la chiquilla parecía haberse desahogado.
— ¿Cómo te llamas? — preguntó al pelinegro
—William, Alteza.
—William, William.
—Bill,siloprefiere.
—Sí, lo prefiero. Entonces Bill— sonrió— yo soy Ambrosía.
—Ambrosía— canturreó Bill — el elixir de los Dioses. La miel del Olimpo.
La chiquilla se quedó gratamente sorprendida. Jamás nadie había logrado descifrar el enigma escondido en su nombre.
— ¿Cómo sabes eso?
—Lo leí. Me gusta la mitología griega— respondió, levemente avergonzado.
—Vaya… no pensé que supieras leer… —la niña rectificó en cuanto se percató de la expresión ofendida en el rostro de su salvador — generalmente los… ejem, sirvientes no leen.
—Entiendo Alteza.
— ¿Qué mas sabes hacer? — Ella lucia pensativa nuevamente — ¿sabes pelear? ¿Manejar armas? ¿Montar a caballo?
—Yo… bueno…
—No seas modesto, responde, si o no.
—Sí, si se luchar y conozco algo sobre manejo de armas… no muchas pero todo se aprende alteza, y tengo caballo propio— ella rió nuevamente con su risa burbujeante y ésta vez, el pelinegro sonrió.
—Muy bien entonces. Voy a regresar yo sola y no me llevaré tu manta ¿acaso crees que no sé lo que mi padre te haría si supiera lo que ha pasado esta noche? Sólo guíame hasta la cubierta. Yo encontrare el camino desde ahí. Y no temas, no le hablare a nadie sobre ti.
Se quitó la manta y la dejó caer. El hizo una reverencia y, sin agregar nada más, ambos salieron del camarote.
& Continuará &