Capítulo 19: A la Deriva

Cuando Bill despertó, el sol aun estaba en lo alto, pero ya no era abrasador. Al salir, limpio, fresco y animoso, los jardineros habían regresado de sus labores y, con las desnudas y morenas espaldas encorvadas, desyerbaban y podaban la gran extensión cubierta de flores exóticas y regaban los cientos de sicómoros y sauces que hacían de los terrenos reales un bosque fragante y bañado de sol.

Por dondequiera que pasaba, con su esclavo y su escriba, los trabajadores se erguían y hacían una reverencia. A Bill le parecía de lo más extraño y se sentía intimidado, pero respondía con una flamante sonrisa que dejaba aturdidos a los trabajadores.

Los terrenos reales comprendían una vasta extensión de jardines y templos, además de las amplias salas con sus pórticos y pasillos bordeados de columnas.

Al llegar a los aposentos de la princesa, que eran su destino, Bill encontró a su pequeña benefactora de pie junto al estanque, sola. Estaba pálida y su mirada denotaba fatiga. No había dormido.

Le pidió a su compañía que se fuera y entonces se aproximó rápidamente a la princesa, quien dejó escapar una débil sonrisa.

Alteza— le dijo mientras inclinaba respetuosamente la cabeza.

Saludos Bill— le dijo en voz tan baja como el murmullo de una paloma.

Linda tarde… ¿Puedo preguntarle algo?

Sí, puedes… pero antes… De ahora en adelante, en la intimidad, no me hables así Bill, solo tengo quince años, deja de lado las formalidades.

Bill asintió ante aquel pequeño y serio rostro. La princesa se sentó sobre la hierba y metió los desnudos pies en la tibia y cristalina agua de su pequeño estanque.

¿Dónde está tu esclava? —preguntó Bill.

En el rostro de Ambrosía asomó un destello de rebeldía.

Le dije que se fuera. Me gusta estar sola de vez en cuando y ya tengo edad para hacer casi todo lo que me plazca.

Pero no puedes estar sola… si tu padre se enterara…

Mi padre— resopló ella — mi padre no sabe el daño que me ha hecho… tanto que no puede hacerme más.

Ambrosía tomo una minúscula piedra y la arrojó a la superficie quieta del estanque.

¿Qué pasa princesita? — Bill se arrodilló sobre la hierba, a su lado con el semblante nublado de preocupación.

Oh Bill— susurró ella, moviendo la cabeza lacónicamente —. Para ti, la vida será fácil a partir de ahora. Cuando tengas edad y dinero suficiente podrás casarte con quien desees, hacer lo que tú y tu esposa elijan y disfrutar de tus hijos. Sin embargo yo…— levantó sus enormes ojos cristalinos hacia Bill y su boca temblaba. Toda la hermosura que había en sus facciones, en su largo cuello y en su dorado cabello lacio estaba teñida por la aflicción—. No quiero ser la Gran Esposa Real. No estoy dispuesta a ser solo el rostro bonito de los sellos que estarán vigentes no sé cuantos años. No deseo casarme con el arrogante y déspota de Thomas. Solo quiero paz, Bill; poder vivir como yo elija.

Tímidamente, Bill acarició el brazo de la princesa, para reconfortarla, pues era lo mejor que podía hacer. Él sabía que todo lo que ella decía era verdad y muchos sentimientos ambivalentes se enfrentaban en su interior. Una extraña mezcla de odio,adoracióny celos hacia Tom. Pero no iba a abrumar a Ambrosia con tan patética plática.

Gracias— murmuró ella, poniendo su pequeña y graciosa mano sobre la mano blanca y llena de venas abultadas de Bill. — Tuve mucho miedo en la mañana, pensé que Gustav te mataría.

¿Matarme? ¡Ja!— se burló, arrancándole una sonrisa de los labios a la princesa.

Por cierto, en verdad siento que estés lastimado —levantó una mano y repasó con sus dedos cuidadosamente la ceja rota de Bill, sujeta por un par de vendoletillas blancas — ¿te duele mucho?

No, no me duele nada— respondió el con una sonrisa. —Se necesita mucho más para lograr hacerme daño— y nuevamente acudieron a él fragmentos de su pasado. Fragmentos del frio rostro de Andreas, golpeándolo hasta casi matarlo, sangre, el preocupado rostro de Tom cuando la fiebre casi había consumido toda su sangre… Su huida del castillo desesperada e impregnada de suerte, el rostro hermoso, pálido y muerto de su adorada madre… Su piel palideció.

¿Bill? ¿Estás bien? —la princesa le dio un suave apretón a su antebrazo, trayéndolo de regreso.

Sí, lo siento Alteza… a veces recuerdo cosas que preferiría olvidar.

Algo me dice que tu pasado es terrorífico en verdad, y que alguien te hizo mucho daño — el pelinegro la observó con ojos como platos ¿sería vidente? o quizá solo era muy perspicaz — pero no te preocupes, no te pediré que me cuentes nada. Si algún día lo he de saber, será porque tú desees contármelo.

Gracias…

Al fin el sol comenzaba a descender y emprendía su diario retorno hacia el reposo, y los faldones rojos y flameantes de su ardiente luz avanzaban majestuosos por los jardines imperiales cuando Ambrosía se puso de pie. Bill se levanto más rápido aun y la ayudó a incorporarse

Creo que ahora me iré a descansar, y Bill… sé lo que mi padre te dijo, pero en verdad no necesitas estar pegado a mí como mi sombra, además Gustav te necesitara para enseñarte algunas cosas. Poco a poco iras acostumbrándote a mi rutina y… —la chiquilla parecía terriblemente apenada— espero que encuentres agradable y placentero trabajar conmigo.

Te aseguro que será un completo placer.

Un rubor rosado y adorable le cubrió las mejillas y Bill, embobado, solo atinó a sonreír.

La escoltó hacia la entrada de sus habitaciones, y cuando estuvo seguro de que ella estaría bien, se retiró. Regresó a sus habitaciones con el ánimo decaído. El carácter de la princesa, comparado con el de Tom era la otra cara de una moneda, pero entonces recordó que ella había sido segunda hija y había aprendido a convivir y compartir con su hermano, el príncipe de mirada enigmática que Bill aun no conocía.

Joder Tom, si al menos tu hubieses tenido algún hermano… las cosas serian tan diferentes…”

&

Setenta días después, el emisario enviado por la abuela de Tom había regresado al castillo de Calabria y las noticias que traía con él, eran alarmantes.

Me ha costado mucho conseguir esa información, Majestad. — El hombre sudaba copiosamente mientras, arrodillado, le ofrecía a la anciana un pergamino enrollado y atado con una cinta dorada.

¿Trabajo? ¿Por qué?

Todas las personas en el pueblo le son terriblemente leales al joven.

¿Leales? — repitió ella, como un loro.

Así es, nadie quería hablar… tuve que motivarlos un poco, pero a la mayoría poco le importaba perder hasta la vida. Es un chico muy protegido. — acto seguido le mostró a medias una pequeña bolsa de terciopelo tieso y rojo, que contenía algunos trozos pequeños de cuerpos humanos.

Guarda eso— espetó la anciana, asqueada; después le entregó una bolsa llena de monedas de oro —ahora vete.

El imponente emisario se marchó después de hacer una exagerada reverencia y Lucila leyó con trabajo el pergamino, pues sus manos temblaban tanto que las letras bailoteaban ante sus pequeños ojillos nubosos.

Ahora no tenía la más ínfima duda. William Diávolo, el joven hijo de Constanza, era el príncipe hermano de Tom, y estaba vivo.

Leyó y releyó el panfleto durante mucho tiempo. Toda la información estaba ahí.

El joven pueblerino cuya descripción rezaba: piel muy blanca, esbelto, delgado, muy alto, cabello oscuro, largo y liso. Piernas largas, fuertes manos, rostro altivo y noble de rasgos angulosos y enormes ojos castaño oscuro.

Era exactamente la descripción de Tom.

Las notas siguientes del emisario relataban que nunca nadie vio a Constanza embarazada, ni con pareja siquiera.

Se había hecho con el niño una noche de septiembre, casi veinte años atrás, y en los días siguientes lo presentó como su hijo.

¿Cómo demonios nadie le pregunto? ¿O la lapidaron viva?”se quejó mentalmente la anciana, con los ojos clavados en la amarillenta hoja que sostenía.

Maldita serpiente traidora— susurró la mujer, con los dientes apretados. Aunque debía reconocer el esfuerzo titánico que le habría supuesto a su joven y miserable dama de compañía el cuidar y mantener vivo al príncipe, que había nacido casi muerto y al borde de la asfixia.

Se sentó fatigosamente en su ornamentada silla de oro, aun con el papel entre las manos.

Así que te dicen Bill, mi pequeño niño— susurró, mientras acariciaba a hoja rugosa en donde el emisario había dibujado un pequeño retrato hablado de Bill, que no le hacía honor a su belleza.

La anciana había pasado casi veinte años preguntándose porque le tenía aquel odio tan acérrimo a su propio nieto y jamás se pudo responder a sí misma, pues de haber conocido el enigma que encerraba cada pareja de gemelos que nacía (lo cual no era común, ni estaba investigado a fondo) habría tratado a Bill tan bien como trataba a Tom o incluso mejor, porque ambos príncipes eran un milagro de la naturaleza.

Pero para ella, Bill había sido un error, un demonio enviado por el mismísimo Lucifer para ser engendrado por su hija, aprovechándose del estado grávido de ella. Suposiciones estúpidas basadas en un fanatismo absurdo y en una espiritualidad fanática y ofensiva, que escondida tras una mal formada imagen puritana, despreciaba la palabra de Dios.

Estaba ansiosa y no sabía cómo actuar.

Las últimas notas del pergamino informaban que el joven se había ido en un barco con destino desconocido, pero aquello no calmó a la vieja mujer. Estaba segura de que el joven volvería.

Se levantó, con algo de esfuerzo, porque era incapaz de permanecer quieta por más de cinco minutos. Su mente estaba lúcida a pesar de sus casi ochenta años, y trabajaba rápidamente.

Rengueó lentamente hasta llegar a los enormes ventanales de piso a techo que dejaban ver varios metros más abajo, el gran lago cristalino y la enorme extensión de jardines palaciegos, donde el príncipe Tom practicaba tiro con arco, acompañado del príncipe Andreas.

Su abuela lo observó con atención por más de un cuarto de hora, en los que Tom, acertó sin falla alguna diez de diez tiros, destrozando la flecha en el último lance, por la fuerza que le imprimió al arco. Sonrió cuando el príncipe Andreas estalló en vítores y aplausos, mismos que Tom ignoró. Parecía muy desdichado. Por un momento la anciana se imaginó que, en lugar de él príncipe Andreas, fuese el príncipe William quien estuviera vitoreando a Tom, pero desechó aquella imagen mental casi enseguida y se alejó de la ventana.

Tenía que pensar en el asunto. Si estaba en lo correcto, el único que sabía sobre la verdadera casta de Bill y de donde provenía, era el anciano medico real, de quien no temía ni sospechaba, pues de haber hablado el médico, hace mucho se habría sabido la verdad. Desconocía si el chico lo sabría, pero eso poco importaba. Su destino estaba escrito, y su sentencia de muerte, firmada.

Hizo llamar nuevamente al espía que le había entregado toda la información del joven príncipe, y esperó impacientemente a que llegara.

Estoy para servirle, Majestad— le dijo, con la frente pegada al frio suelo de mármol y los brazos extendidos cinco minutos después.

De pie —le dijo, irritada —tengo otro trabajo para ti.

Soy todo oídos Majestad, usted manda y yo obedezco.

Quiero que tomes a los tres mejores soldados que haya en nuestras filas y los mezcles entre la prole del pueblo. Quiero saber en cuanto este joven —levanto el pergamino, mostrándole el burdo retrato de Bill — ponga un solo pie en el puerto.

Como ordene, Majestad… pero si me permite recordárselo, todos en el pueblo dicen que el muchacho jamás volverá.

La ex reina Lucila lo paralizó con su oscura y penetrante mirada.

Volverá… ya lo verás— dijo, con un ronroneo amenazador —su madre está sepultada en el cementerio del pueblo, así que puedo jurarlo, volverá, y esta vez no se me escapará.

&

La práctica de tiro con arco del príncipe Tom había concluido, y, ahora, acompañado por el príncipe Andreas, se relajaba en uno de los elegantes sofás del pórtico central bebiendo un potente trago de licor de madeira, mientras observaba hacia la nada, sumido en completo silencio. Después de casi tres meses de haber perdido a Bill, estaba más resignado a su suerte y se permitía pensar e imaginar de vez en cuando, como sería su vida venidera, casado con la caprichosa princesita de Mónaco y yendo y viniendo todo el tiempo en asuntos reales. Tenía la vaga esperanza de que en alguno de aquellos viajes futuros, podría tal vez toparse de nuevo con Bill.

Por ahora dejaba que su vida flotara a la deriva y aprovechaba al máximo el poco tiempo libre que tenía por delante. El sol estaba bajando y se encontraba parcialmente escondido detrás de una alta pared de pinos, los cuales eran agitados salvajemente por el viento de una tormenta que se aproximaba.

Andreas…— su voz era pastosa por la flojera.

El rubio príncipe volvió hacia él una mirada soñolienta.

¿Qué?

¿Tienes… hum… algún plan para tu vida? — Cómo el rubio no respondió, Tom prosiguió — cuando yo esté…casado—pronunció la palabra con asco — no vas a poder estar metido aquí todo el tiempo.

Supongo que no — comentó el rubio, sintiéndose extrañamente molesto. No se quería separar de Tom.

Mi vida ya esta arreglada, pero que pasa con la tuya. ¿No piensas casarte o algo así?

En realidad nunca lo he pensado, tu sabes que mis padres son muy jóvenes y les queda mucho tiempo de reinado… además no creo encontrar una buena esposa.

Tal vez la princesa Ambrosía tenga alguna prima — dijo Tom y cinco segundos después ambos rieron a carcajadas; después volvieron a quedarse en silencio.

Tal vez… pero sea como sea, cuando seas Rey, podrás hacer lo que te venga en gana… podremos irnos a viajar en barco o a recorrer las ciudades…

No creo que sea tan sencillo… y aun espero alguna oportunidad para quitarme de encima tan molesta carga.

Ambos príncipes siguieron conversando, sin llegar a profundizar en algún tema en particular, hasta que, cuando la luz del sol se había extinguido, Tom decidió ir a visitar a su madre.

Después de despedirse de Andreas, inició la larga caminata hasta los aposentos de la Reina. Cuando entró en la gran sala de recepción, la Reina salió a saludarlo, envuelta en un sobrio vestido de seda dorada. El joven príncipe la abrazó y se tomaron del brazo. La reina lo condujo hacia su habitación privada y le señaló un cómodo sofá y le indicó que se sentara.

Corren demasiados rumores por el palacio, Tom. ¿Tan desdichado te sientes por casarte con Su Alteza Ambrosía, que tienes que hacerlo público?

No quiero casarme con Ambrosía. Es demasiado flaca y huesuda.

Pero harás un gran esfuerzo para complacer a tu Real Padre ¿no es así?

Tom empezó a hacer pucheros de asco, en actitud rebelde.

Intento hacerlo, pero me cuesta mucho. No soy aburrido como él.

¡No digas tonterías! Tienes mucho que aprender y será mejor que te des prisa en hacerlo, porque tu tiempo quedara rigurosamente controlado y se acabaran tus libertades. No podrás darte el lujo de cometer muchos errores, hijo mío, de modo que comételos ahora y saca el mejor provecho de ellos.

Aquellas palabras dejaron pensativo a Tom, pero asintió.

Deseo dormir. ¡Como quisiera que parara este viento infernal!

La Reina le tomó la mano cariñosamente.

Ve entonces. Ahora dale un beso a tu madre. — Mientras el príncipe se marchaba, la reina se sumió nuevamente en su aura de tristeza y melancolía, pues siempre que veía a Tom a los ojos sentía que algo muy importante faltaba en su vida, pero no sabía el qué.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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