Capítulo 14: Pérdida
Cuando el primer montículo de tierra impactó contra la dura tapa de madera pulida y oscura del féretro de Constanza, su único hijo se estremeció y sus ojos se cristalizaron por millonésima vez. Sin embargo ya no tenía más lágrimas para derramar. Aun brillaban tenuemente en sus mejillas los fantasmas de las lágrimas que había derramado durante toda la noche anterior y sus fuerzas ya no daban para más.
En el cementerio del pequeño pueblo se hallaba reunida una pequeña multitud, gente que quería y estimaba a la siempre buena y afable Constanza y a su joven hijo, aquel niño desnutrido y frágil con el que ella había llegado en brazos una tormentosa noche septembrina muchos años atrás y al que todos habían acogido con cariño, como uno más de ellos, sin hacer preguntas.
La mañana del sábado era igual a las que ella amaba, había llovido al amanecer y ahora brillaban tenues rayos de sol, que iluminaban el paisaje húmedo, haciendo sus colores más vividos y limpios. Bill arrojó una algodonosa rosa blanca que aterrizó con un suave rebote sobre el ataúd de su madre, seguida por más y más paladas de tierra negra. El pelinegro sintió un latigazo de frío, escondió las manos en los bolsillos de su pantalón y olisqueó delicadamente el aire. Olía a pino, a agua de mar, y madera quemada. Olía a casa.
Además de la gente del pueblo que le hacía compañía, a unos cuantos pasos estaba su más reciente amigo. El blanco corcel que Tom le había regalado y que le seguía a todos lados como si se tratase de un perro guardián. A su lado Bill no se sentía tan solo. De alguna manera aquel enorme animal lo reconfortaba, causándole extraños sentimientos de amistad, compañerismo y sobre todo de una lealtad que desconoce límites.
Los amigos se lamentaban, la mayoría lloraba. Georg y sus padres eran los más próximos a Bill. Ellos también lloraban en silencio, mientras el sacerdote de la parroquia decía unas palabras verdaderamente bellas en memoria de Constanza. Pero Bill ya no lloraba, dentro de él radicaban nuevos y oscuros sentimientos, de rencor, de odio, de tristeza. Se estaba muriendo por dentro, pero no quería que lo notara nadie más. No quería causar lastima ni que le tuvieran piedad. Sin embargo, cuando la pesada lapida de mármol blanco pulido (regalo de todos los habitantes del pueblo) fue colocada sobre el montículo de tierra recién formado, no pudo evitar desplomarse al leer el epitafio, y las palabras que su madre le había dedicado.
“Constanza Diávolo”
1886-1928
“Madre devota, fiel amiga”
“A mi amado hijo, William Diávolo: Naciste para brillar. Fuiste, eres y siempre serás mi mayor regalo”
Bill recibió condescendiente todos los abrazos, apretones de mano y palabras de aliento de sus conocidos, sin escuchar siquiera lo que le decían. Cuando la mayoría se había retirado, se dejó caer de rodillas frente a la lapida. Delineó delicadamente, con la punta sonrosada de su dedo índice las doradas letras esculpidas en el mármol, porque la cortina de lagrimas que empañaba sus ojos le impedía volver a leerlas, y depositó en la lapida el último beso de despedida para su madre. Georg observaba en silencio, mudo de pena.
Acto seguido se levantó con garbo (exactamente igual al de Tom), miró severamente a Georg, con entendimiento y después se alejó del cementerio, caminando al lado de su esbelto caballo blanco en dirección al mar…
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Había anochecido. Bill acababa de llegar a la casa de Georg justo cuando su madre servía la cena. Se le notaba más sereno, pero también más frio y distante. Aceptó sentarse a cenar, y comió en silencio, dando las gracias en todo momento a la madre de su amigo. Solo faltaba el padre de Georg, que había salido a supervisar su más reciente embarque de algodón.
Justo estaban por terminar cuando el señor Listing llegó como una tempestad. Ignoró a su esposa y a su hijo y fue hasta Bill, levantándolo con brusquedad de la silla. En sus ojos húmedos y enrojecidos no había más que terror. Bill pasó saliva fuertemente, asustado.
— ¿Q-Que pasa…?
—Bill, estas en grave peligro, no hay tiempo.
— ¿Peligro? ¿Tiempo? —el chico no entendía nada.
— ¡Sí! — bramó el padre de Georg, haciendo que Bill pegara un bote.
—Papa… suéltale… está asustado— Georg se adelantó y puso una mano en el brazo de su padre.
—Georg, tu no entiendes, está en grave peligro.
— ¿Pero porque?
—Vendrá hacia acá, el príncipe Tom con una enorme escolta, ¡y vienen a por ti! — lo sacudió.
— ¿¡Qué?! ¿Cómo lo sabes? — Georg se interpuso delante de Bill, haciendo que su padre finalmente lo soltara.
—Pietri, el que trabaja como jardinero en el palacio se lo dijo a su esposa, y ella me lo dijo a mí esta misma tarde. Por lo poco que me contó, hubo una especie de celebración con una princesa que vino desde lejos, pero ésta ya se va y el príncipe planea venir a buscar a alguien en casa de un chico castaño de ojos verdes a primera hora mañana ¿Quién mas si no Georg? Y vienen a por ti, Bill.
— ¿Qué vamos a hacer? — se lamentó la mamá de Georg, llevándose ambas manos a los ojos para ocultar sus lágrimas.
—No haremos nada— y todos voltearon a mirar a Bill, quien se había alejado y miraba por la ventana, con los brazos cruzados. Su voz era fría y salvaje, igual que su mirada —si quiere venir a por mí, pues que venga.
Bill no tenía miedo de Tom, al contrario, quería verle, quería hacerle frente para atacarle como el príncipe lo había hecho con él, para demostrarle que jamás iba a poder esclavizarlo. No le importaba si lo mataba, Bill no tenía nada que perder ya, se mataría antes que volver con él, pero no sin antes hacerle pagar porque por culpa de él, su madre había muerto en soledad, llamándolo.
—Pero Bill ¿tú eres tonto? — Georg lo encaró, furioso. Bill ni lo miró.
—No, pero no tengo miedo de él, ni de él ni de nadie.
—Bill, no estás pensando con claridad, entiendo que estés nublado por la pena pero…
—Señor Listing—Bill lo interrumpió, tajante— usted no tiene ni idea de cómo me siento. No saben todo lo que he perdido en tan poco tiempo.
—No, probablemente no lo sabemos Bill querido, pero lo que sí sabemos es que no queremos que te lleven, ni que te encierren, porque sabes que a la realeza no le importa si eres libre o no, si eres honrado o indeseable. No queremos que nada malo te suceda cariño— la voz cascada y rota de la madre de Geo aflojó un poco el nudo de su coraje.
—Aunque quisiera… no tengo a donde ir. Tarde o temprano me encontrará…
—No si nos adelantamos muchacho— respondió el señor Listing y se sentó a la mesa, haciendo planes a toda velocidad.
— ¿Qué quieres decir papá?
—En unas horas, exactamente a las cinco de la mañana zarpa un barco a Mónaco y escuche que están solicitando ayudantes, porque la mayoría están perdidos de borrachos en la taberna.
— ¿Entonces usted cree que yo podría…?
—Por supuesto Bill, y no es que puedas, es que tienes que irte de aquí, ya nada te ata a este lugar, si te quedas terminaras tu vida como yo, labrando de sol a sol para conseguir apenas unas cuantas liras para pagar impuestos y sostener a una familia, pero tú puedes hacer más. Tu naciste para ser más, tu madre siempre lo decía, estaba convencida, además eres el chico más culto y educado que hay en el pueblo, no te quedes a pasar una vida mediocre aquí, o encerrado en las mazmorras del palacio.
Aquellas palabras habían calado hondo en la conciencia de Bill, y decidió que quería que su mamá se sintiera orgullosa de él. Se prometió llegar a ser mas en la vida, como ella siempre se lo había dicho.
—De acuerdo— aceptó sintiéndose inseguro—… creo que entonces iré a preparar lo poco que traje— y tras decir esto se escurrió escaleras arriba, pero al llegar al desordenado cuarto de Georg, se dio cuenta de que no tenía nada.
— ¿Bill? — se dio la vuelta para mirar a Geo, quien estaba recargado en el marco de la puerta. —…voy a extrañarte… viejo
El corazón de Bill se encogió y en esos momentos más que nunca deseó no quedarse solo.
— ¿Por qué no te vienes conmigo Georg? —ofreció esperanzado.
Georg calló. Estaba pensando, pero después de algunos segundos negó ligeramente con la cabeza.
—No puedo hermano… alguien tiene que encargarse de los viejos.
—Comprendo — dijo con voz trémula —también voy a echarte de menos.
Bill lucía tan desesperanzado y frágil, que su mejor amigo, sin pensárselo si quiera lo envolvió en un cálido y asfixiante abrazo de oso, sorprendiendo al pelinegro. En las últimas veinticuatro horas, Georg se había mostrado más afectuoso que nunca. A Bill le pareció un poco raro pero no podía darse el lujo de ponerse a divagar sobre el asunto, porque según el padre de Georg, le quedaban aproximadamente seis horas para ser liberado o esclavizado según se mirara y le apostaba mil veces más a la libertad.
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—Oye Bill… ¿estás seguro de que sólo eso que tienes encima piensas llevarte?
—Seguro.
—Pero… es tu casa… tus cosas. —Georg no entendía porque Bill había llegado hasta su casa y en lugar de entrar, solo la había cerrado a cal y canto, guardándose la llave en el bolsillo del pantalón.
—Ya lo sé— le cortó, algo molesto mientras tironeaba de los barrotes de la ventana, asegurándose de que ninguno estuviese suelto. Bill no quería explicarle el porqué no iba a entrar en su antiguo hogar. No quiso que supiera que nada mas al entrar iba a derrumbarse al ver todos los recuerdos de su madre y el pequeño pero acogedor lugar en donde con tanto cariño ella le había criado. Simplemente era superior a sus fuerzas.
—Entonces te irás ¿así? —Bill lo miró, enarcando delicadamente una oscura ceja —quiero decir, solo con lo que traes puesto… ¿y todo lo demás?
— ¿Qué es todo lo demás? — Respondió, después de echarle una última ojeada a su casa, mientras comenzaba a andar por la oscuridad, cuesta abajo, hacia el muelle —no tengo nada Geo, como mucho quizá pueda sacar de ahí un par de pantalones rotos y dos camisas y ya, ¿para que las quiero?
—Bueno… no había pensado en eso —comentó Geo, pensativo, rascándose el mentón, mientras observaba como Bill se aferraba a la crin de su caballo con fuerza, como si necesitara sostenerse de algo —Hey… no estés nervioso —le dijo con suavidad, desenganchando los dedos temblorosos y helados de Bill de la crin del animal. Estaban tan fríos que se le habían quedado agarrotados y Georg los envolvió en su cálida y enorme mano — se que todo esto es peor que una patada de mula en todos los huevos, pero mírale el lado positivo, al menos mañana estarás en alta mar y no encerrado en ese jodido castillo, te lo pasaras de época.
—En verdad te lo crees ¿no? —Rió Bill por la ingenuidad de su amigo —espero al menos que ahí no me esclavicen o algo peor, quizá hasta termine siendo el chapero de algún déspota Rey —se carcajeó, pero para su sorpresa, Georg le apretó la mano con demasiada fuerza, haciéndolo sisear de dolor, después se detuvo — ¿Geo?
—Bill… dime que ese asqueroso príncipe no te obligo a hacer nada, que no… que no te tocó…— al castaño le temblaba la mandíbula, en realidad le temblaba todo el cuerpo, tanto, que envío vibraciones a través de la mano de Bill, sacudiéndole los huesos que la unían con su muñeca. No podía imaginarse algo así. Simplemente no podía… al príncipe poniendo sus asquerosas manos sobre el blanco y demasiado esbelto cuerpo de su amigo, cuerpo que le parecía casi intocable para cualquier mortal…
—Claro que no —mintió Bill con voz aguda, nervioso y liberó su mano de un tirón — ¿Cómo se te ocurre?
—No te creo y como me entere que algo así paso, te juro que le arranco las pelotas a ese tipo y se las meto hasta el fondo de la garganta, me paso por el falo que sea un jodido príncipe — para Geo aquello no colaba, y lo creyó menos cuando vio el intenso nerviosismo de Bill, y sus muecas de dolor y enfado. Pensó en encararlo para que le contara la verdad palabra por palabra, pero los nervios y sentimientos de su amigo estaban tan hechos polvo que supo que no lo soportaría. Lo dejaría de momento. En cambio metió la mano al bolsillo oculto de su chaqueta, y después puso en las manos de Bill una bolsita de terciopelo azul, repleta casi hasta el tope de monedas de oro.
— ¿Y esto?
—Es el oro que me dejo el príncipe lunático, usé apenas un par de monedas y nos alcanzó para todo —le respondió, y antes de que Bill se atreviera a rechazar el dinero le advirtió —ni se te ocurra decir que no, es lo menos que te debe ese maldito, me parto de alegría al saber que te le escapas de entre las manos usando su propio dinero, y Bill, lo necesitas y lo sabes, como me lo regreses te rompo la boca de un guantazo.
Bill se tragó las nauseas y el asco al procesar las palabras de Georg, y decidió que por ésta vez, su amigo tenía razón.
—Cálmate grandulón, vaya que linda despedida que me estás dando. — se quejó Bill, dándole una patada a una piedra mientras se guardaba la pesada bolsita azul.
— ¿Me porté como un idiota no? Lo siento viejo, es que ese tipo logra sacar lo peor de mi— “desde un principio supe que te haría mucho daño” pensó, pero no se atrevió a decirlo en voz alta, así que solo pasó el brazo por los hombros de Bill y ambos comenzaron a tambalearse, cantando con voz exageradamente grave y tristona una boba canción naval, mientras el enorme barco que se llevaría lejos a Bill, emergía poco a poco de las sombras, flotando, calmado y majestuoso sobre el tranquilo mar.
Si Bill hubiese tenido la suficiente fortaleza para entrar en su antiguo hogar, habría visto que, sobre su delgado y sucio colchón había una hoja blanca doblada por la mitad, y que al leerla su vida habría cambiado para siempre de una manera radical.
Pero nuevamente el destino no lo quiso así.
& Continuará &